Categoría: Venezuela

Día 4: La humillante fortuna

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Es mediodía y a pesar de ser domingo hay cierto movimiento en las calles. Al margen de una avenida puede verse un hipermercado en el que algunas personas llevan horas haciendo fila, pero no para comprar en un rato, lo cual ya es profundamente injusto, sino para que cuando mañana los portadores de una cédula de identidad terminada en los números ocho o nueve aumenten sus posibilidades de encontrar la mayor cantidad de productos disponibles a precios regulados, pero igualmente inalcanzables para muchos. Eso si tienen suerte, porque la fortuna de ser humillados pasa por cuatro fases:

Primera: hacer cola a la intemperie desde casi veinticuatro horas antes de la apertura del día que están autorizados a comprar porque arbitrariamente alguien así lo decidió.

Segunda: ser divididos tres grandes grupos en los cuales se realiza un sorteo para seleccionar cuáles de los asistentes puede entrar al supermercado, pues no hay para todos.

Tercera: si superaron el filtro del sorteo, encontrarse con estanterías que no estén vacías y haya por lo menos una de las cosas que buscan (leche, harina de maíz, aceite…)

Cuarto: sentirse felices porque no perdieron el tiempo invertido en la cola, pero sabiendo que el próximo lunes, probablemente tendrán que volver a casa cansados, con hambre y las manos vacías.

Ya son las seis de la tarde, ha caído el sol y la cola es visiblemente más larga. Hay unas trescientas personas, muchas siguen el orden de la fila acostadas, otras forman grupitos donde conversan sin descuidar la mochila que dejaron para marcar territorio. Ninguno sabe quién será el flamante ganador del permiso para comprar una limitada cantidad y variedad de comida. Y como dice la canción: “algo grande o algo pequeño, el ganador se lo lleva todo”… También la humillación.

Foto:

Gaínza

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Día 3: No hay billete

Decían que en el futuro no sería necesario utilizar papel moneda, que todas las transacciones serían electrónicas y el metálico quedaría sólo como tesoro de coleccionistas. En algunos de los países del primer mundo podemos ver que todo se paga como por arte de magia y la mayoría de las transacciones ya ni siquiera requieren el pin de la tarjeta de turno: con apenas acercarla a un dispositivo electrónico ya la operación está hecha.

Cuando en uno de los países más ricos del mundo no hay efectivo, cualquiera podría pensar que el petróleo ha traído el futuro, pero no, esto no es producto del oro negro sino de la estrategia de un gobierno que cada vez acorrala más a los venezolanos. En el país en el que antes un “no hay billete” se usaba para explicar el motivo por el que aún se manejaba el mismo carro en un lustro, ahora el “no hay billete” es literal. No hay dinero en efectivo, en los cajeros automáticos se pueden retirar diez mil bolívares (lo que cuesta una Coca-Cola pequeña) y por taquilla, treinta mil. De modo que muchos comercios se ven obligados a trabajar con puntos de venta de un sistema bancario cada vez más ineficiente, un sistema de comunicaciones del siglo pasado y, muchas veces, inexistente por falta de electricidad. Y si un comercio no tiene el anhelado dispositivo para poder cobrar, depende de Internet para recibir transferencias o de la “generosidad” de un comercio vecino que le permita utilizar el suyo a cambio de una “conveniente” comisión por cada operación. Pero esto no es todo, como en las ofertas de la teletienda, hay más y usted se sorprenderá: los billetes están a la venta.

Una mujer se dirige a un lugar en el que pasa su tarjeta de débito por un millón de bolívares (el equivalente a cinco salarios mínimos y que alcanza para cinco cartones huevos o dos kilos de manzana), compra billetes pagando 35% de comisión, la más baja de toda la zona, pues algunos según la urgencia del cliente se aprovechan y piden hasta el 43% sobre la cantidad registrada en el aparato.  A eso hay que sumarle que los billetes de más baja denominación emitidos por el Banco Central de Venezuela antes de la última devaluación, ya no son admitidos en la mayoría de los comercios y hasta los que vigilan automóviles en la calle ponen mala cara si alguien se los ofrece para pagar la propina obligatoria por haber hecho algo que nadie les pidió.

En el mundo al revés llamado Venezuela se compran billetes, aunque para la mayoría del país no hay billete.

Fotos:

El Universal

Gaínza

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Día 2: Flacos

 

A eso de las tres de la tarde vi una cola de unas ochenta personas, no para entrar hoy, sino guardando el puesto para comprar mañana cuando abra el supermercado. No la hice, primero necesitaba el abrazo de los míos.

Hoy vi a algunos amigos. Siempre llego sin avisar porque así es más bonito. Me aseguro de que están en casa y aparezco de pronto, en silencio para ver sus caras de sorpresa, el brillo en sus ojos y esperar a que el tembloroso giro de las llaves nos permita fundirnos en un abrazo eterno bajo el umbral de la puerta.

Esta vez la sorprendida he sido yo. Con una sonrisa intenté disimular el dolor al verlos ojerosos, enflaquecidos, con ropa que les queda grande porque la crisis en el país ha disminuido las porciones de comida diaria. Hay alegría, claro que la hay, ¿quién no se alegra al ver a un ser querido? Pero esta vez es como visitar a un enfermo en el hospital, preocupada  sin saber si va a mejorar, pero con la firme esperanza de que así sea.

No hay palabras para describir la situación, así que nos dedicamos a hablar de épocas pasadas en las que como ya es conocido por propios y extraños “éramos felices pero no lo sabíamos”. Las visitas se reducen en horario y todo va en función de una especie de ruego permanente: que no se apague el carro mientras me llevan a casa, que no se vaya la luz porque se daña la comida, que el gas alcance para que la cena no quede a medio hacer.  Todos se disculpan porque no hay mucho que ofrecer, pero un vaso de agua o medio aguacate compartido con quien te importa sabe mejor que un plato de langostinos y vino a solas frente al televisor. El problema es que esto debería ser una decisión voluntaria, no el resultado de una miseria forzada.

Llego a casa y me despido rapidito para reducir el riesgo de quien me abre la puerta y también de quien desde el carro espera que entre para poder irse tranquilo. La alegría puede ser muy amarga, mucho.

 

Me quedo dormida en el sofá recordando un poco frustrada que seguimos sin leche, y aunque la cola era “de las cortas”, hoy no era el día.

La felicidad está hecha de momentos que le robamos a las sombras. Hoy pude decir cerquita “te quiero, me has hecho mucha falta”. Fue un día de miradas llenas de luz que estos días alumbrarán mi vida como la cruz que cada diciembre corona el cerro que me vio nacer y ahora adorna una ciudad de flacos que nada tienen que ver con la vanidad.

Foto:

Gaínza

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En camino

 

Llevo mucho tiempo sin hablarte, no porque esté brava contigo, sino por el dolor que me produce ver cómo estás.

Para los que siempre estamos hablando el silencio revela el tamaño del roto que se lleva en el alma. Y para los que lo notan, es la alarma que manifiesta la gravedad de lo que está sucediendo.

Desde hace meses tus calles están en un inquietante silencio, pero observándolo todo, como esperando que la rebeldía se sacuda el polvo y decida de nuevo alzar su voz. El silencio ha sido directamente proporcional a la decepción, la impotencia, incluso al miedo a no ser capaz de salir de una situación horrible que poco a poco va dejando más muertos en el intento y más vivos que siguen aturdidos un camino infame que jamás imaginaron ser obligados a recorrer.

No hay desengaño más grande  que descubrir que el enemigo no sólo estaba al frente, sino que siempre estuvo en nuestra propia casa.  Al saberlo por fin se entiende porqué costaba tanto seguir adelante, quién era el que le metía palos a la bicicleta, lo grande y pesado que era el lastre… Las traiciones son tales porque no se esperan, por eso la rabia se apoderó de mí cuando vi a un zorro viejo burlarse de muertos, dolientes, de todos, y ofrecer nuestro futuro, sangre, sudor y lágrimas ante una ilegal Asamblea Nacional Constituyente.

Cuando se identifica una rémora, hay que soltarla y seguir sin ella. Tú rémora es parte de tu enemigo, y a los enemigos se les mira de frente, se les tiene cerca, pero no se les mete en casa.

Me acerco, no tengo ventana pero no la necesito. Cierro los ojos y veo tu verde, siento tu olor, oigo tu llanto conviviendo con tu inexplicable sonrisa en medio del caos. Sé que estás harta de gritar sin que nadie te escuche y pienso en esos tontos que pelean mientras algunos miran y, otros, acostumbrados a pescar en río revuelto, roban tanto a bravucones como a los entretenidos testigos.

No sé si al llegar te reconoceré, tampoco si tú lo harás. Supongo que sí, a un amor se le reconoce en la mirada. No sé lo que me espera los próximos días, sé lo que te pasa, pero también que voy rumbo a una brutalidad para la cual no hay palabras. Sé que voy a llorar mucho, pero ya siento moverse en mi pecho eso que se pondrá como caballo desbocado en la sabana cuando toque tu suelo y me arrope tu cielo.

Querida Venezuela, vamos a volver a vernos, por eso ahora rompo mi silencio y comienzo un diario en el que le cuento al mundo cómo estás. Será muy duro, pero así es tu realidad.

Foto: Gaínza

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En tus manos

 

En estos dieciocho años más de uno –aunque ahora lo niegue o se arrepienta– sabe que este régimen llegó al poder (y se ha mantenido) gracias a su “ayudita”. Esa ayudita consistió en votar creyendo ciegamente en las mentiras que contaron o votar a cambio de un puesto de trabajo o algún otro beneficio. Y quien no ayudó con su voto, lo hizo todos aquellos domingos que prefirió irse a la playa en lugar de al colegio electoral.

Por supuesto, hay una gran parte de los venezolanos que ni por acción ni por omisión ha contribuido al desastre que ahora nos afecta a todos. Son venezolanos que han hecho todo lo que han podido para salir de esta tragedia que se ha extendido como la gangrena en el cuerpo de un país tan hambriento y maltratado como los innumerables enfermos que intentan ganarle la batalla a la muerte en nuestros hospitales, esos ranchos que se caen a pedazos y donde cada día aumenta la desesperación mientras los médicos intentan hacer milagros incluso cuando no hay ni con qué lavar una herida.  

Los errores no han faltado en estos años, las excusas tampoco. Hemos perdido la cuenta de las veces que algunos han “saltado la talanquera” sin la menor vergüenza, nos hemos hartado de promesas que se han desvanecido como el humo de las parrillas que ahora poquitos pueden permitirse un día feriado. La decepción que sentimos es comprensible, llevamos mucho tiempo poniéndole fecha al fin de esta pesadilla: “de diciembre no pasa”, “el 23 de enero se acabó”, “febrero es un mes caliente”, “el 19 de abril es el día”… Llevamos demasiados muertos, demasiados presos, demasiado dolor, demasiado cansancio. La frustración se volvió a casa con los pulmones llenos de gas y los ojos llenos de lágrimas. Parece callada, algunos hasta creen que se ha rendido, olvidan que no hay nada más elocuente que el silencio y que este se romperá cuando haya recuperado la fuerza necesaria para gritar de nuevo, tan fuerte, que Venezuela volverá a oírse en cada rincón del mundo.

Por desgracia no podemos cambiar el pasado, pero sí podemos seguir luchando para cambiar nuestro futuro. Ese monstruo de las diez cabezas llamado chavismo, se resiste, pero no por eso debemos rendirnos. No podemos permitir que el mundo crea que el país todavía lo apoya.

El grupo de narcos que ostenta el poder se las ha arreglado para que sus alcahuetas llenen de trampas un proceso electoral que saben perdido si todos votamos. Porque si estuvieran tan seguros de su triunfo no cambiarían a los electores de sus centros de votación, no retrasarían los plazos, no invalidarían candidaturas, no generarían la confusión a la que han jugado desde el principio, no gastarían tanto en campaña y, sobre todo, no se preocuparían tanto por hacer que no vayamos a votar. La sola insistencia del chavismo por aumentar la abstención debería ser una motivación para votar.

El país está cansado, mejor dicho, el país está arrecho y tiene toda la razón, pero si queremos que el mundo sepa que así es, lo mejor es ir a votar, no facilitarle las cosas a Nicolás Maduro ni a ninguno de sus compinches. Hay que votar, entre otras cosas, para que tengamos la tranquilidad de haber hecho todo lo posible para acabar con esta tiranía. Que podamos vernos al espejo sin que el remordimiento nos diga: chamo, faltó tu voto. Faltó el tuyo que estabas en el país, eras mayor de edad, estabas inscrito, no estabas preso y tampoco enfermo.

Cuando les hables a tus hijos o nietos, diles con orgullo que marchaste, hiciste huelga, firmaste, votaste, volviste a votar, volviste a firmar, marchaste otra vez, hiciste paro de nuevo, votaste, y volviste a votar…   Que cuando te vayas a dormir sientas la tranquilidad de haber hecho todo lo que pudiste para salvar el pedacito de país que estaba en tus manos. Porque si cada uno se hace cargo de su pedacito de Venezuela, muy pronto podremos juntar las piezas y armarla de nuevo.

 

 

Fotos: runrun.es

 

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El engaño del siglo XXI

 

Dijeron que ya no habría pobres ni niños de la calle, basta mirar alrededor para saber el resultado. Dijeron fortalecerían el sector industrial y atraerían la inversión,  por eso expropiaron empresas que ahora están arruinadas.  Dijeron que el sueldo alcanzaría, pero ahora se necesitan más de 18 salarios mínimos para cubrir la cesta básica. También dijeron que podrías revocarlos cuando quisieras, pero pusieron mil trampas y suspendieron el referéndum revocatorio. Dijeron que acabarían con la corrupción, ocultándola bajo mucha propaganda, claro.

Dijeron que eran un ejemplo para el mundo, prueba de ello es la oda al nepotismo y la podredumbre representada de forma extraordinaria por la Contraloría General de la República. Dijeron que gobernarían para todos, pero amenazan, encarcelan, torturan o matan si no piensas como ellos. Dijeron que no faltarían las medicinas, pero hace falta pasar días mendigando para encontrarlas. Dijeron que crearían las mejores universidades, pero de esas casas de adoctrinamiento no hay ni una que valga un medio partido por la mitad, por eso sus hijos estudian en el extranjero.

Dijeron que cuidarían nuestros recursos naturales, pero el arco minero está destrozando uno de nuestros tesoros más preciados. Dijeron que la electricidad fallaba porque no llovía y, cuando llovía, le echaban la culpa a una iguana. Dijeron que acabarían con la oligarquía, la burguesía y el capitalismo, ¿han visto quiénes son, cómo viven, qué comen, los carros tienen, cómo viajan y visten? Dijeron también que Venezuela era el país más democrático del mundo,  pero lo que no consiguieron con votos intentan alcanzarlo con las armas. Dijeron que teníamos la mejor Constitución del mundo, que dentro de ella todo y fuera de ella nada, pero la violan sistemáticamente hasta el punto de convocar sin previa consulta una Asamblea Nacional Constituyente para elaborar una nueva Carta Magna, obviamente a su medida.

Dijeron que acabarían con la inseguridad y la violencia, pero el año pasado murieron casi 28500 personas por esta lacra. Dijeron que los jubilados vivirían dignamente, le llaman dignidad a que la pensión no alcance para comer. Dijeron que el país crecía a paso de vencedores cuando lo que realmente aumentaba era el saldo de sus cuentas bancarias. Dijeron que el Guaire sería navegable y apto para bañistas, pero ahora se burlan cuando alguien tiene que meterse en sus aguas fétidas para poder salvar la vida.

Dijeron que Miraflores sería la sede de una universidad, hasta ahora en lugar de recibir estudiantes, celebran allí sus muertes. Dijeron que habría libertad de expresión, lo saben bien los medios censurados y la larga lista de periodistas vetados, amenazados, robados, perseguidos,  golpeados…

Dijeron que las empresas públicas no darían pérdidas, se referían a las que ya no producen. Dijeron que el abastecimiento estaba asegurado… Previa humillación a cambio de una caja con unos cuantos víveres, claro. Dijeron que acabarían la escasez y las colas, ¿desde cuándo no compras lo que quieres, cuando quieres y donde quieres? Dijeron que el dólar se mantendría a 6,30BsF, olvidaron decir que solamente  para los enchufados que hacen negocio con ellos. Dijeron que controlarían la inflación,  a tres cifras le llaman control.

Dijeron que repudiaban toda tipo de injerencia extranjera, aunque no consideren tal el protagonismo de cubanos o chinos, ni las conexiones con grupos terroristas. Dijeron que no había crisis hospitalaria, prefieren que la gente se muera de mengua en sus camas. Dijeron que el país sería justo y próspero, que apretarían la mano contra el narcotráfico; para demostrarlo, nombraron a un narco Vicepresidente de la República, cuentan con todo un cártel en la cúpula del gobierno y, como guinda para la torta,  los sobrinos de la primera dama arrastran la bandera nacional en una cárcel de Nueva York después de haber sacado innumerables kilos de cocaína por la rampa presidencial del principal aeropuerto del país.

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Dijeron que su revolución era humanista. Por eso cada día se multiplican los presos políticos, diariamente reprimen las manifestaciones con armas de fuego que disparan a quemarropa contra quienes se atreven a recriminarles su gran teatro. Dijeron que respetarían la propiedad privada, lo demuestran entrando a las viviendas a golpear y robar a sus habitantes aunque sean menores de edad. Dijeron que eran animalistas, lo dejaron claro cuando dispararon a un pobre perro asustado durante un allanamiento ilegal.

Dijeron que  eran el “corazón del pueblo”, aunque además de utilizar la diversidad sexual como descalificación, no  la consideren parte del mismo. Dijeron que su revolución era bonita, por tal motivo cubren el rostro a los detenidos, piden rescate en moneda extranjera a cambio de no presentarlos ante tribunales militares, se divierten torturándoles con descargas eléctricas, obligándoles a comer heces, cubriéndoles la cabeza con bolsas de plástico, colgándoles de los brazos para que apenas rocen el suelo con la punta de los pies, violándoles con tubos o fusiles…

Dijeron que tendríamos patria, socialismo o muerte. Mintieron en todo, excepto en lo de la muerte.

Fotos:

Web

@mgutierrezphoto

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Sí, sí y sí

Había escrito algo para contar un poco qué significa este domingo para Venezuela. Citaba los artículos de la Constitución que nos amparan para participar en la consulta popular que la dictadura se empeña en censurar y ya no sabe cómo impedir. Comparaba la diferencia entre este momento y cada uno de los obstáculos que hemos encontrado en nuestra lucha por salir de esta desgracia llamada “socialismo del siglo XXI”. Recordaba la cruel espera observando la baranda del CNE, la impotencia que hemos sentido cada vez que pisotean nuestros derechos, el dolor que anida en nuestras vidas desde hace casi dos décadas… Como imaginan, el texto no era nada alegre. No podía serlo porque el país está pendiendo de un hilo y cuando uno se lo está jugando todo siente muchas cosas, pero no alegría.

Decidí entonces abrir otra hoja en blanco, cerré los ojos y me imaginé mañana con mi cédula desperrugida, vencida desde hace mucho y que guardo con cariño porque el momento en el que me la saqué Venezuela era un país con problemas, pero feliz. Me imaginé frente a esa papeleta con tres preguntas y recordé todos los motivos por los que debo marcar tres veces SÍ. Sé que por ahí hay alguno que todavía duda de la utilidad de la consulta popular de mañana, por eso se me ocurrió hacer una especie de tour por las experiencias vividas por los venezolanos en estos años para que al recordarlas cada uno sepa la importancia de cada casilla diciendo SÍ.

Si usted alguna vez ha tenido que participar en una vaca para pagar el entierro o el rescate de alguien, si ha tenido que mendigar medicinas, ha hecho cola para comprar alimentos o los ha pagado muy  por encima de su precio. Si usted se ha visto obligado a hacer trueque de aceite por pañales, se ha ido quedando solo porque sus amigos o familiares tuvieron que irse del país. Si usted tiene sobrinos o nietos que no conoce, años que no abraza a sus hermanos o no le puede dar un beso a su mamá. Si usted ha pasado solo su cumpleaños, si la cena de Navidad le ha acompañado un televisor,  si ha tragado grueso o se ha secado las lágrimas para que no lo pillen con el guarapo aguado desde casa. Si le ha tocado ir a recoger a la morgue un cadáver tiroteado o ha tenido que esconderse para no ser usted ese cadáver. Si ha tenido que pedir dinero para intentar salvarle la vida a un familiar enfermo, si ha recortado del mercado para poner en un potazo. Si hace tiempo no sabe lo que es comer carne, o peor aún, si cada día se le hace más difícil comer. Si no tiene con qué comprarle zapatos a sus hijos o ha dejado de mandarlos a colegio porque no tiene ni para el desayuno. Si tuvo que guardar su título en una maleta para comenzar de nuevo en otro lugar, con suerte, lavando platos. Si le han cerrado en la cara las puertas del su consulado, si le han pedido comisión a cambio de su pasaporte. Si usted no tiene palabras para expresar su repudio por abusos como este:

Si a usted se le hace un nudo en la garganta cuando escucha un “vete para tu país”, si ha tragado gas o corrido por su vida. Si ha tenido que rendir el champú con agua o picado en trocitos el jabón. Si ha sido amenazado, le han dejado sin empleo o le han encarcelado por pensar distinto. Si usted ha sentido escalofrío cada vez que escucha acercarse una moto, si se ha bajado de la camionetica nada más que con lo puesto. Si ha dado gracias a lo que sea, incluso a un malandro que en medio de un atraco decidió dejarlo vivir. Si usted ha sufrido en una cola la inclemencia del sol, la lluvia o la GNB. Si ha visto adelgazar a sus vecinos o ya toda la ropa le queda grande. Si dentro de su nevera o la de otros solamente hay agua y luz, si tiene que levantarse a la carrera para llenar los botes antes que el líquido fétido que sale por los grifos vuelva a irse, si se han dañado sus electrodomésticos debido a los innumerables cortes de luz. Si siente una patada en el estómago cuando ve cómo la impunidad reina en cada esquina, si la vergüenza ajena se apodera de usted cada vez que un vocero de la dictadura abre la boca…  En fin, si usted es venezolano y quiere aunque sea medio poquito a Venezuela, tiene millones de motivos para marcar mañana SÍ, SÍ, SÍ.  Aproveche esta oportunidad.

Hágalo sin miedo. Que cada SÍ suyo se sume al de millones exigiendo el país que merecemos. Hágalo con seguridad y rapidito para que le dé tiempo a otro de hacer lo mismo. Deje las fotos para después.

Este 16 de julio no hay espacio para las excusas, Venezuela merece irse a dormir con el contundente SÍ de millones de venezolanos abrumando a la dictadura.

Este 16 de julio será un día largo, duro y, sobre todo, un día muy importante. Jamás una afirmación será tan contundente. Cuando sepamos el resultado, los rostros de millones de venezolanos y estas líneas serán la expresión de muchas cosas… También de alegría.

Imágenes:

@Naky

Camila de la Fuente (@konzapata @camdelafu)

 

 

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Los últimos héroes

Desde abril cuando comenzó la nueva ola de protestas en Venezuela, decenas de personas han perdido la vida como consecuencia de la violencia con la que Nicolás Maduro y sus secuaces atacan para seguir en el poder de un país que sólo les interesa por el dinero que le ordeñan.

Muchos eran jóvenes con múltiples reclamos a una dictadura que convirtió la nación en un enorme albañal cuya porquería está ahogando a millones de personas. Sus nombres se han sumado a la larga lista de víctimas del chavismo, un proyecto que se presentó como el maravilloso genio de la lámpara, pero se quedó en  humo demostrando su verdadera cara: la gran estafa que poco a poco ha ido despojando hasta de sus sueños a los venezolanos.

Mi papá decía “el cementerio está lleno de valientes”, y tenía razón. Nuestros cementerios y cárceles se están llenando de valientes que, cada día, vencen el miedo a enfrentarse a una cuerda de cobardes capaces de matar para proteger el bienestar de otros asesinos más cobardes aún que dan órdenes desde la comodidad de Miraflores o algún ministerio. Cada vez que se confirma una nueva muerte, la población termina proclamando una heroicidad que debe llenarnos de orgullo a todos. Sin embargo, me niego a que por culpa de este régimen despiadado Venezuela se convierta en una necrópolis de chamos que no llegaban a los 20 años.  Yo no quiero sentir orgullo por muchachos muertos, quiero saberlos vivos aunque nunca lleguemos a conocernos.

Yo no quiero un país lleno de calles con nombres de jóvenes baleados, quiero un país con calles llenas de muchachos respirando, suspirando. Quiero muchachos que estudien, trabajen, rían, se diviertan, se enamoren…  Quiero que se reúnan con sus amigos sin tener que esperar años, que salgan de su casa sin que sus padres teman no verlos regresar. Que trabajen en lo que les gusta, que no se vean obligados a deambular por diferentes rincones del planeta vendiendo arepas o mendigando empleo. Que no tengan miedo a caminar de noche ni que su vida social se desarrolle en funerarias y aeropuertos. Quiero que compren lo que puedan permitirse con su salario sabiendo que si desean más, la forma de obtenerlo es trabajando mucho sin vender su conciencia ni quitarle a otros lo que tienen. Quiero que se enamoren y lo celebren con sus panas, los mismos que luego servirán de muletas para seguir adelante cuando les cueste caminar por la senda del desengaño con el corazón roto. Quiero que crucen las fronteras por placer, no por necesidad. Que hagan colas solamente para los conciertos de sus artistas favoritos, que tengan la piel tostada de tanto ir a la playa o de hacer deporte al aire libre sin que eso signifique volver a casa sin zapatos. Quiero que las vacas sean para fiestas o viajes, no para  pagar rescates, tratamientos médicos ni funerales.

Quiero que se gradúen, organicen parrillas que comerán cuando terminen de pintar las rejas de sus casas cada diciembre,  que mientras pasan su primera resaca juren con una cerveza helada no volver a beber jamás, que hagan bromas con los que se han casado primero y luego con los últimos solteros, que si así lo deciden conviertan a sus padres en abuelos, vayan en patota a un juego de béisbol o aprieten los dientes viendo a la Vinotinto. Sueño con el día en el que se peinen las canas o sonrían por las calvas que alguna vez albergaron melenas bonitas cuidadas con litros de champú. Quiero que tengan la oportunidad de equivocarse y corregir sus errores, que vean salir el sol mientras bailan en una fiesta y no sientan escalofríos cuando escuchen una moto cerca. Venezuela no necesita mártires, necesita a su gente viva. No hace falta una larga lista de héroes sino que saquemos del poder al grupito de cobardes que con arma en mano se creen dueños hasta de nuestra forma de pensar.

Todos los venezolanos tenemos derecho a vivir, a disfrutar de las maravillas que ofrece la fortuna de abrir los ojos cada mañana, a eso que algunos llaman “vivir la vida”. Y esta necesidad no tiene ninguna relación con la vida idílica de un cuento de hadas donde todo es perfecto, tampoco con la repugnante opulencia y despilfarro propios de la banda de malandros que pretende perpetuarse en Miraflores a cambio de acallar con balas o una bolsa de víveres la miseria reinante en el país.  Simplemente exigimos nuestro derecho a vivir sin tener que decidir entre desayunar y pagar el autobús, entre comprar pan o un antibiótico. Nuestro derecho a envejecer sin tener que agradecerle a ningún delincuente que nos haya perdonado la vida.

Es una verdadera tragedia respirar esquivando disparos de todo tipo y que el futuro de Venezuela esté siendo exterminado ante la indolencia de gobiernos que han preferido lavarse las manos y mirar para otro lado, como si al hacerlo la sangre derramada en nuestras calles desapareciera de sus conciencias. Es una vergüenza que el país que albergó a cientos de miles de personas que huían de dictaduras atroces en otras latitudes, ahora se encuentre tan solo viendo morir a sus muchachos o escuchando el ensordecedor grito de dolor que queda cuando desaparecen entre una jauría de uniformados.

Hace unos días el gran Laureano Márquez entrevistado por César Miguel Rondón habló de innumerables venezolanos brillantes que han dejado una imborrable huella en nuestra historia. Es deber de todos hacer lo posible por evitar que la dictadura siga matando jóvenes cuyos sueños se quedaron atrapados en una nube de gas o destrozados por un disparo a quemarropa.

Es nuestra obligación que estos muchachos sean nuestros últimos héroes, que sus rostros no se borren de nuestras mentes y nos obliguen a hacer posible el país que ellos ya no podrán ver, el país que se merecían.

Una Venezuela en democracia es el tributo que le debemos a esos héroes cuyos nombres conocimos de la forma más desgraciada y a los que preferiría mil veces anónimos, pero vivos y sonrientes, celebrando triunfos.

vinotinto

Fotos:

El Comercio

Reuters

Runrun.es

Vinotinto Sub20

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La marcha del hambre

 

Los tarifados del régimen dirán que es una exageración, que en Venezuela no hay hambre y las colas en los supermercados es porque hay dinero de sobra para comprar. Ya saben, como en cualquier país del mundo donde los ricos hacen cola en los supermercados para comprarlo todo simplemente porque pueden permitírselo.

Rayma

La marcha de las ollas vacías o marcha del hambre no es solamente la de familiares de niños desnutridos internados en esas barracas en las que se han convertido nuestros hospitales, tampoco la de las personas que se han visto obligadas a buscar entre la basura algo para comer. Es la marcha de aquellos que ven cómo el salario no les alcanza para cubrir dos baldas de la nevera, la de los que tienen que recurrir al trueque para conseguir alimentos básicos en cualquier hogar, la de los que deben recorrer decenas de supermercados o cientos de kilómetros para comprar la comida que no consiguen en su barrio, la de quienes han visto disminuir las porciones en su plato, las de quienes saltan una o más comidas al día, la de los que dan de desayuno a sus hijos un vaso de agua con azúcar o los mandan a la escuela con un mango para la merienda. La de quienes escuchan a sus tripas protestar con el mismo murmullo que hacen las ollas cuando ya no queda nada en el fondo.

Es también la marcha de quienes no pueden seguir la dieta especial necesaria para determinadas enfermedades, la de quienes ya no tienen ni sobras con qué alimentar a sus mascotas, la de aquellos que han sufrido una drástica bajada de peso mientras la cúpula del régimen exhibe sin vergüenza una barriga reflejo de la asquerosa abundancia a expensas de millones de personas.

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Marchan quienes tienen que conformarse con comerse una viuda porque ni siquiera es posible salpicarle un poco de mantequilla, los que esperan que la corrupta GNB no se quede con los envíos hechos por familiares en el extranjero, también aquellos que con toda la impotencia del mundo alguna vez han tenido que acudir a un bachaquero y pagarle diez veces o más lo que cuesta realmente un producto de primera necesidad. Es la marcha de quienes han tenido que cerrar sus negocios porque no pueden hacer frente a los continuos aumentos de sueldo que decreta Maduro al tiempo que congela los precios.

La marcha del hambre es la de los que tienen la mitad de sus ollas llenas de agua porque no saben cuándo les cortarán el servicio, y mucho menos cuándo se lo restablecerán, la de quienes hacen lo que está a su alcance para ayudar a los demás. La de los que han aprendido a picar la mitad de la mitad de la mitad.

Esta marcha debería ser también la  de esos que disparan a quemarropa para defender un régimen al que no le importa que salgan a la calle apenas con desayuno ni que duerman en el suelo reventados por el cansancio. Debería ser la marcha que abra los ojos a los uniformados que reprimen sin piedad a personas que pasan las mismas penurias que ellos. Debería ser el momento de dejar de cometer crímenes creyendo que podrán evadir su responsabilidad.

La de hoy es la manifestación de quienes no saben cuándo por fin podrán trabajar para algo más que medio comer, la de los que sueñan con entrar a un supermercado sin hacer cola, sin carnet de partido, sin cartilla de racionamiento y encontrar estantes llenos de todo tipo de víveres asequibles sin la vigilancia de ningún militar corrupto.  Es la marcha de todos los que saben que si el régimen chavista sigue en el poder, llegará el día en el que las calles pasarán de ser el escenario de la lucha por la libertad a una gran fosa común en la que irán cayendo uno a uno venezolanos extenuados de tener la barriga pegada al espinazo.

La marcha del hambre es la de todos los venezolanos hambrientos de libertad, justicia, seguridad, medicinas…  Y también de pan. Porque de este circo macabro protagonizado por asesinos con su decadente función desde 1998 ya estamos hartos.

Fotos:

Reuters

La Patilla

Reuters

 

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