Autor: Yedzenia Gainza

Los últimos héroes

Desde abril cuando comenzó la nueva ola de protestas en Venezuela, decenas de personas han perdido la vida como consecuencia de la violencia con la que Nicolás Maduro y sus secuaces atacan para seguir en el poder de un país que sólo les interesa por el dinero que le ordeñan.

Muchos eran jóvenes con múltiples reclamos a una dictadura que convirtió la nación en un enorme albañal cuya porquería está ahogando a millones de personas. Sus nombres se han sumado a la larga lista de víctimas del chavismo, un proyecto que se presentó como el maravilloso genio de la lámpara, pero se quedó en  humo demostrando su verdadera cara: la gran estafa que poco a poco ha ido despojando hasta de sus sueños a los venezolanos.

Mi papá decía “el cementerio está lleno de valientes”, y tenía razón. Nuestros cementerios y cárceles se están llenando de valientes que, cada día, vencen el miedo a enfrentarse a una cuerda de cobardes capaces de matar para proteger el bienestar de otros asesinos más cobardes aún que dan órdenes desde la comodidad de Miraflores o algún ministerio. Cada vez que se confirma una nueva muerte, la población termina proclamando una heroicidad que debe llenarnos de orgullo a todos. Sin embargo, me niego a que por culpa de este régimen despiadado Venezuela se convierta en una necrópolis de chamos que no llegaban a los 20 años.  Yo no quiero sentir orgullo por muchachos muertos, quiero saberlos vivos aunque nunca lleguemos a conocernos.

Yo no quiero un país lleno de calles con nombres de jóvenes baleados, quiero un país con calles llenas de muchachos respirando, suspirando. Quiero muchachos que estudien, trabajen, rían, se diviertan, se enamoren…  Quiero que se reúnan con sus amigos sin tener que esperar años, que salgan de su casa sin que sus padres teman no verlos regresar. Que trabajen en lo que les gusta, que no se vean obligados a deambular por diferentes rincones del planeta vendiendo arepas o mendigando empleo. Que no tengan miedo a caminar de noche ni que su vida social se desarrolle en funerarias y aeropuertos. Quiero que compren lo que puedan permitirse con su salario sabiendo que si desean más, la forma de obtenerlo es trabajando mucho sin vender su conciencia ni quitarle a otros lo que tienen. Quiero que se enamoren y lo celebren con sus panas, los mismos que luego servirán de muletas para seguir adelante cuando les cueste caminar por la senda del desengaño con el corazón roto. Quiero que crucen las fronteras por placer, no por necesidad. Que hagan colas solamente para los conciertos de sus artistas favoritos, que tengan la piel tostada de tanto ir a la playa o de hacer deporte al aire libre sin que eso signifique volver a casa sin zapatos. Quiero que las vacas sean para fiestas o viajes, no para  pagar rescates, tratamientos médicos ni funerales.

Quiero que se gradúen, organicen parrillas que comerán cuando terminen de pintar las rejas de sus casas cada diciembre,  que mientras pasan su primera resaca juren con una cerveza helada no volver a beber jamás, que hagan bromas con los que se han casado primero y luego con los últimos solteros, que si así lo deciden conviertan a sus padres en abuelos, vayan en patota a un juego de béisbol o aprieten los dientes viendo a la Vinotinto. Sueño con el día en el que se peinen las canas o sonrían por las calvas que alguna vez albergaron melenas bonitas cuidadas con litros de champú. Quiero que tengan la oportunidad de equivocarse y corregir sus errores, que vean salir el sol mientras bailan en una fiesta y no sientan escalofríos cuando escuchen una moto cerca. Venezuela no necesita mártires, necesita a su gente viva. No hace falta una larga lista de héroes sino que saquemos del poder al grupito de cobardes que con arma en mano se creen dueños hasta de nuestra forma de pensar.

Todos los venezolanos tenemos derecho a vivir, a disfrutar de las maravillas que ofrece la fortuna de abrir los ojos cada mañana, a eso que algunos llaman “vivir la vida”. Y esta necesidad no tiene ninguna relación con la vida idílica de un cuento de hadas donde todo es perfecto, tampoco con la repugnante opulencia y despilfarro propios de la banda de malandros que pretende perpetuarse en Miraflores a cambio de acallar con balas o una bolsa de víveres la miseria reinante en el país.  Simplemente exigimos nuestro derecho a vivir sin tener que decidir entre desayunar y pagar el autobús, entre comprar pan o un antibiótico. Nuestro derecho a envejecer sin tener que agradecerle a ningún delincuente que nos haya perdonado la vida.

Es una verdadera tragedia respirar esquivando disparos de todo tipo y que el futuro de Venezuela esté siendo exterminado ante la indolencia de gobiernos que han preferido lavarse las manos y mirar para otro lado, como si al hacerlo la sangre derramada en nuestras calles desapareciera de sus conciencias. Es una vergüenza que el país que albergó a cientos de miles de personas que huían de dictaduras atroces en otras latitudes, ahora se encuentre tan solo viendo morir a sus muchachos o escuchando el ensordecedor grito de dolor que queda cuando desaparecen entre una jauría de uniformados.

Hace unos días el gran Laureano Márquez entrevistado por César Miguel Rondón habló de innumerables venezolanos brillantes que han dejado una imborrable huella en nuestra historia. Es deber de todos hacer lo posible por evitar que la dictadura siga matando jóvenes cuyos sueños se quedaron atrapados en una nube de gas o destrozados por un disparo a quemarropa.

Es nuestra obligación que estos muchachos sean nuestros últimos héroes, que sus rostros no se borren de nuestras mentes y nos obliguen a hacer posible el país que ellos ya no podrán ver, el país que se merecían.

Una Venezuela en democracia es el tributo que le debemos a esos héroes cuyos nombres conocimos de la forma más desgraciada y a los que preferiría mil veces anónimos, pero vivos y sonrientes, celebrando triunfos.

vinotinto

Fotos:

El Comercio

Reuters

Runrun.es

Vinotinto Sub20

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La marcha del hambre

 

Los tarifados del régimen dirán que es una exageración, que en Venezuela no hay hambre y las colas en los supermercados es porque hay dinero de sobra para comprar. Ya saben, como en cualquier país del mundo donde los ricos hacen cola en los supermercados para comprarlo todo simplemente porque pueden permitírselo.

Rayma

La marcha de las ollas vacías o marcha del hambre no es solamente la de familiares de niños desnutridos internados en esas barracas en las que se han convertido nuestros hospitales, tampoco la de las personas que se han visto obligadas a buscar entre la basura algo para comer. Es la marcha de aquellos que ven cómo el salario no les alcanza para cubrir dos baldas de la nevera, la de los que tienen que recurrir al trueque para conseguir alimentos básicos en cualquier hogar, la de los que deben recorrer decenas de supermercados o cientos de kilómetros para comprar la comida que no consiguen en su barrio, la de quienes han visto disminuir las porciones en su plato, las de quienes saltan una o más comidas al día, la de los que dan de desayuno a sus hijos un vaso de agua con azúcar o los mandan a la escuela con un mango para la merienda. La de quienes escuchan a sus tripas protestar con el mismo murmullo que hacen las ollas cuando ya no queda nada en el fondo.

Es también la marcha de quienes no pueden seguir la dieta especial necesaria para determinadas enfermedades, la de quienes ya no tienen ni sobras con qué alimentar a sus mascotas, la de aquellos que han sufrido una drástica bajada de peso mientras la cúpula del régimen exhibe sin vergüenza una barriga reflejo de la asquerosa abundancia a expensas de millones de personas.

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Marchan quienes tienen que conformarse con comerse una viuda porque ni siquiera es posible salpicarle un poco de mantequilla, los que esperan que la corrupta GNB no se quede con los envíos hechos por familiares en el extranjero, también aquellos que con toda la impotencia del mundo alguna vez han tenido que acudir a un bachaquero y pagarle diez veces o más lo que cuesta realmente un producto de primera necesidad. Es la marcha de quienes han tenido que cerrar sus negocios porque no pueden hacer frente a los continuos aumentos de sueldo que decreta Maduro al tiempo que congela los precios.

La marcha del hambre es la de los que tienen la mitad de sus ollas llenas de agua porque no saben cuándo les cortarán el servicio, y mucho menos cuándo se lo restablecerán, la de quienes hacen lo que está a su alcance para ayudar a los demás. La de los que han aprendido a picar la mitad de la mitad de la mitad.

Esta marcha debería ser también la  de esos que disparan a quemarropa para defender un régimen al que no le importa que salgan a la calle apenas con desayuno ni que duerman en el suelo reventados por el cansancio. Debería ser la marcha que abra los ojos a los uniformados que reprimen sin piedad a personas que pasan las mismas penurias que ellos. Debería ser el momento de dejar de cometer crímenes creyendo que podrán evadir su responsabilidad.

La de hoy es la manifestación de quienes no saben cuándo por fin podrán trabajar para algo más que medio comer, la de los que sueñan con entrar a un supermercado sin hacer cola, sin carnet de partido, sin cartilla de racionamiento y encontrar estantes llenos de todo tipo de víveres asequibles sin la vigilancia de ningún militar corrupto.  Es la marcha de todos los que saben que si el régimen chavista sigue en el poder, llegará el día en el que las calles pasarán de ser el escenario de la lucha por la libertad a una gran fosa común en la que irán cayendo uno a uno venezolanos extenuados de tener la barriga pegada al espinazo.

La marcha del hambre es la de todos los venezolanos hambrientos de libertad, justicia, seguridad, medicinas…  Y también de pan. Porque de este circo macabro protagonizado por asesinos con su decadente función desde 1998 ya estamos hartos.

Fotos:

Reuters

La Patilla

Reuters

 

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Venezuela no está sola

Este domingo en Madrid se llevó a cabo una vez más una manifestación de venezolanos que rechazamos la dictadura que azota nuestro país. Como en otros lugares del mundo, la diáspora se pone en acción para que nuestros vecinos escuchen y se unan a nosotros en un reclamo que debería ser común para todos: la defensa de la libertad, de los derechos humanos, el repudio a la tiranía, la corrupción, la violencia y el narcotráfico.

Llegué temprano y me senté en un banquito de la Plaza de España a observar a la gente que iba llegando, a estudiarme el texto que había redactado fundiendo las ideas de la organización, las mías y las de uno de tantos venezolanos que cada día se levanta con la firme convicción de no ponerle a la dictadura el país en bandeja.

La marcha  salió de la mencionada plaza subiendo por la emblemática Gran Vía. Luego giró en la calle Alcalá hasta llegar a la Puerta del Sol, el lugar donde millones de personas alguna vez han derramado lágrimas de alegría o tristeza bajo las agujas del reloj que cada primero de enero indica que un nuevo año ha comenzado. Una marcha pacífica como todas las que se hacen en Venezuela, pero con una abismal diferencia, aquí marchamos sabiendo que la policía está para protegernos, no para reprimirnos tirando a matar.

Lo que sigue son las palabras que leí minutos antes de comenzar a caminar.

Cuando me preguntaron si podía leer hoy un manifiesto, la organización me dio un texto con sus ideas y propuse las mías, pero sentí que hacía falta algo más, que debía hablar para los venezolanos que estamos hoy aquí, pero también para los que están llevando gas y plomo en nuestras calles, por eso me puse en contacto con uno de ellos. Muchos de ustedes lo conocen, se llama Luis Carlos Díaz , a él le pregunté qué es lo que necesitan de nosotros.

Para el mundo no es un secreto que la “revolución bolivariana” ha sido un fracaso absoluto, una de las mentiras más grandes que llevó a un país entero a un precipicio de miseria, violencia y corrupción que parece no tener fondo. Por ese barranco hemos rodado todos, por eso la lucha de los venezolanos no es de derecha ni de izquierda, tampoco de ricos contra pobres. Quienes están manifestándose en las calles de nuestro país no son golpistas. Esto no es un golpe de Estado, al contrario, es una lucha pacífica de ciudadanos contra una dictadura.

Los manifestantes que están en Venezuela necesitan que les demostremos que no están solos, que estamos con ellos, que somos ellos. Pero que seamos ellos de verdad, no un ratico ni nada más por Instagram. Necesitan que seamos ellos todo el tiempo.

Nuestra obligación como venezolanos es rescatar la democracia en nuestro país, luchar hasta conseguir que vuelva a ser un Estado de Derecho, es decir, un país donde se respeten las leyes, las instituciones, donde los funcionarios públicos estén al servicio de los ciudadanos, no de ningún partido político ni de quien ocupe Miraflores. Un país donde los medios de comunicación públicos sean eso, públicos, de todos, no de un grupito dominante, y donde los medios privados o públicos, al igual que todos los ciudadanos gocen de un elemento fundamental de la democracia: la “libertad de expresión”, un derecho tan pisoteado en los últimos tiempos que el periodismo se ha convertido en una profesión de alto riesgo. Bueno, vivir en Venezuela es ya correr un alto riesgo. Caminar por las calles de nuestro país, buscar comida, intentar hacer lo que cualquier persona alrededor del mundo considera una vida normal, para los venezolanos es retar a la muerte.

Tenemos que rescatar el país para todos, especialmente para los jóvenes que cada día se enfrentan a la tiranía de Nicolás Maduro y sus cómplices. Tenemos que rescatar el país porque se lo debemos a todos esos muchachos que buscando un futuro mejor, perdieron la vida a manos de asesinos con y sin uniforme. Por los presos políticos, por aquellos que han sido torturados y/o amenazados, por quienes están siendo juzgados en cortes marciales, por quienes están pasando hambre o se ven obligados a mendigar medicinas, por los millones de familias separadas en los diecinueve años que lleva esta pesadilla, y también por nosotros, por quienes tuvimos que hacer las maletas un día y cruzar la frontera con el alma dobladita entre ropa inadecuada para otros climas y cajitas de Toronto para aguantar la nostalgia.

Nosotros somos ellos en el mundo y ellos son nosotros en Venezuela. Esto significa que debemos hablar de nuestro país, ser pacientes cuando nos pregunten qué es lo que pasa y explicarlo aportando datos, ayudar a difundir la información sobre lo que está ocurriendo día tras día (ojo, INFORMACIÓN, no cadenitas con notas de voz del primo del tío de una ex compañera de clase que trabaja en X). Debemos desenmascarar al aparato de propaganda chavista, buscar ayuda, mantener el contacto con quienes están allá, no abandonar a nuestra familia y amigos. Llamarles aunque sea para que se desahoguen contándonos cómo se sienten. Dejar de buscar excusas para asistir a una concentración como ésta. No vale decir que está lejos, en Venezuela nuestra gente camina kilómetros porque le cierran el metro o le bloquean las autopistas. No vale excusarse en el calor ni en la lluvia, en Venezuela protestan incluso cuando llueven bombas y se hace cola en el supermercado aunque esté cayendo el diluvio universal.

Nosotros somos ellos aquí, ellos son nosotros allá. Tenemos que ser ciudadanos ejemplares, responsables, cumplir con nuestras obligaciones, ser los mejores en cualquier cosa que hagamos. Debemos tener claro que por donde caminamos somos un tricolor con siete estrellas y aunque no la llevemos puesta, todo lo que hagamos afectará esa bandera. Huir de la sombra de la viveza criolla que tanto daño le ha hecho a nuestra tierra. Debemos ser generosos en la medida de nuestras posibilidades y  también humildes para reconocer cuando necesitamos ayuda. Tenemos que echarle pichón y prepararnos para acompañar a nuestros compatriotas en los tiempos que vendrán, porque duele decirlo, pero vienen tiempos peores y necesitarán toda nuestra ayuda.

No están solos, no estamos solos. Los venezolanos estamos desparramados por el mundo, pero unidos luchando contra una dictadura. Nosotros somos ellos aquí, ellos son nosotros allá.

 

 

 

 

Gracias a Manuel Rodríguez por ofrecerme la oportunidad de hablarle a mis paisanos y a @LuisCarlos por sus palabras y paciencia.

 

Fotos:

TGM

Agencia EFE

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No habrá paz para los enchufados

NO HABRÁ CARTEL

Una de las grandes frustraciones de la diáspora venezolana es no poder estar en las calles de nuestro país protestando junto a todos los demás. Es inexplicable el dolor que se siente al ver cómo esta dictadura intenta diezmar a la población a través de formas tan perversas como: dispararle bombas a quemarropa, obligarle a tirarse a la cloaca más grande del país para no morir tiroteada, negarse a abrir un canal humanitario para mitigar la escasez de comida y medicinas, atacar hospitales y viviendas, juzgar civiles en tribunales militares, utilizar las tanquetas como aplanadoras… En fin, una sanguinaria pesadilla.

Es aterrador estar en medio de semejante situación. También es tremendo vivir en cualquier lugar del mundo con la angustia de perder a un ser querido a manos del hampa, o lo que es lo mismo, de la dictadura. Es una tortura no poder tomar el primer vuelo con destino a Caracas para enfrentar allí las feroces cargas de gas, balas y metras con las que violando el derecho internacional, uniformados y paramilitares atacan sin piedad a un pueblo hambriento de alimentos, justicia y democracia.

Aunque no éramos capaces de imaginar tanto sadismo, las acciones de Nicolás Maduro y demás represores han dejado de sorprendernos. Pero como no estamos en los años treinta, tampoco al otro lado del Muro de Berlín (por más que lo parezca), ni mucho menos en la época en la que los petrodólares compraban amigos alrededor del globo, ya no es tan fácil tapar el sol con un dedo. Una de las ventajas de vivir en el siglo XXI es el poder de Internet, la herramienta que rompió la barrera espacio temporal y nos permite saber en tiempo real lo que de verdad está pasando en Venezuela, convirtiendo en insuficiente todo el inútil sistema de medios de comunicación al servicio del tirano.

La propaganda que habla de un gobierno extraordinario, con un sistema de salud envidiable, tan preocupado por la alimentación de sus ciudadanos que les hace llegar cajas de comida a sus casas, un sistema educativo que como churros produce egresados en lo que sea, y que enarbola la bandera de un patriotismo exacerbado en pie de lucha contra un montón de guerras imaginarias declaradas por un imperio que casualmente no ataca a ningún otro país de la región, es la misma que con patriotismo y todo se va al carajo cuando los grandes defensores del chavismo son sorprendidos haciendo la compra en supermercados de Oranjestad o Miami, cuando pasean alegremente por las calles de Madrid, París, Ginebra o Nueva York. Porque las virtudes del chavismo deben vivirlas obligatoriamente millones de venezolanos, especialmente aquellos que hurgan en la basura para engañar al estómago, pero no los hijos de Hugo Chávez, Jorge Rodríguez, Diosdado Cabello y un sinfín de sinvergüenzas que, salvo el desfalco hecho al tesoro nacional, jamás podrían mantener con guardaespaldas y todo a su prole en países capitalistas tan caros y distantes de la “revolución bonita”.

Demostrando su prepotencia (además de una gran falta de inteligencia) los voceros de la dictadura se permiten dar charlas sobre derechos humanos en lugares tan remotos como Aranjuez, mientras en diferentes regiones del país asesinan uno tras otro a jóvenes manifestantes.  Sabemos que las misiones diplomáticas de Venezuela no son más que sucursales del chavismo destinadas a la propaganda que con ayuda de muchos interesados pagados durante años con dinero público, intentan esconder lo que realmente ocurre en nuestro país. Son innumerables los pasaportes diplomáticos que con el sagrado nombre de nuestra Venezuela han sido utilizados para privilegiar a personas cuyo único “mérito” es ser familiar o amigo de algún miembro del régimen,  y hasta el peluquero de la hija de Hugo Chávez. Tan evidente ha sido la corrupción durante las dos últimas décadas, que los únicos que justificadamente se encuentran en el extranjero, son los dos sobrinos de Nicolás Maduro que están en una cárcel de Nueva York por planificar el traslado de 800Kg de cocaína (sí, ochocientos kilos) en un viaje que, por supuesto, no hicieron en burro.

Es cierto que los hijos no son responsables de los crímenes que cometen sus padres, pero si hacen la vista gorda sabiendo que con el salario de un funcionario público venezolano no se puede pagar una vida de opulencia y despilfarro, dejan de ser inocentes para convertirse en cómplices. Son tantos los “revolucionarios” que gozan de una vida maravillosa en el extranjero mientras los verdaderos dueños del dinero hacen largas colas para poder comer, que es imposible pasar desapercibidos, y más aún cuando no hacen otra cosa que vanagloriarse de los lujos que gozan gracias a los litros de sangre vertida a lo largo y ancho del país. Es por eso que cada día en diferentes puntos del mundo los enchufados son increpados por venezolanos que tuvieron que salir del país que destruyó esa mafia llamada chavismo. Es por eso que suizos, australianos, belgas, etc., se sorprenden al ver en sus tranquilas calles a personas gritando de dolor exigiendo explicaciones a una cuerda de parásitos que sin la menor vergüenza ríen mientras los hogares venezolanos están de luto.

De Venezuela hemos salido alrededor de dos millones de personas, muchos médicos están trabajando de repartidores, ingenieros de taxistas, contadoras como servicio doméstico. Muchos trabajan durante largas jornadas para poder sobrevivir y tener aunque sea 50 dólares con qué comprar comida a la familia que dejaron en Venezuela. Muchos otros tienen empleos mejores y se pueden permitir una vida menos dura, pero eso no calma el dolor de haberlo dejado todo en la tierra que nos vio nacer y donde a pesar de sus imperfecciones éramos felices hasta que un grupo de delincuentes la llevó a la ruina. Precisamente esa gran diáspora generada por el chavismo seguirá gritándole a todos los enchufados lo que son. Seguirá avergonzándolos en cualquier parte del planeta para que sus nuevos vecinos y amigos sepan cómo llegaron a vivir como viven, cuánta sangre se ha derramado para mantenerlos, de dónde sale el dinero para guardaespaldas, vacaciones y compras. Y lo haremos no solamente en perfecto castellano, sino en inglés, italiano, francés, alemán, árabe o cualquier otro idioma del país donde ustedes viven por capricho y los demás por necesidad. Los increparemos hasta que el aire que respiren les huela al gas con el que atacan las protestas, que lo que coman les sepa al agua del Guaire, la imagen de los cadáveres o el eco de las balas invadan sus sueños, hasta que bajen la cabeza por haber parrandeado a costa del sufrimiento de millones de personas y sientan náuseas por llevar en sus venas sangre de asesinos.

Asuman que este es el impuesto por disfrutar de dinero mal habido, que no encontrarán rincón del mundo donde esconderse de la justicia, que no habrá día en el que caminen sin temor a ser repentinamente perseguidos por un venezolano gritándoles lo que son. Sepan que no habrá paz para los enchufados.

Videos y fotos:

@RCTVenlinea

@ReporteYA

@CaterinaV

Web

 

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Decepción

Foto zocalo

Hace tiempo alguien me escribió diciéndome que el infierno que leía sobre Venezuela no era tan malo, pues allí hay felicidades y tristezas como en cualquier parte de este planeta. Dijo que la militancia política le harta, que dicho hartazgo venía de tanta gente en la misma onda de hablar de los mismos asuntos en una quejadera que se hace infinita y que no le agrega nada positivo al acaecer. Para él, «existe un país con un día a día cada vez más tapado por el discurso politiquero de dos bandos que torpemente han asumido una realidad dividida. Unos empeñados en hacernos creer que hay un sistema justo y otros del bando que les molesta la felicidad que tenemos que construir sin salir del país. Y en medio de los simplistas y escamoteadores discursos en los que unos apuestan a que todo está bien y otros lo contrario, viven los que se cansaron de ambas apuestas».

No le gusta leer sobre  lo que considera «el manido tema de la pobre Venezuela».  Para él es una decepción, pues «hablar del gobierno del país es un tiro al piso, demasiado fácil sobre todo desde fuera».

Al principio quise aclararle que contar lo que pasa en el país no es militancia política, simplemente es decir la verdad. Supongo que cada quien cuenta la historia según le va y, no cabe duda que quien esté enchufado a las filas del chavismo tiene una versión idílica de la situación venezolana, pero para mí y para casi todas las personas que conozco dentro y más allá de nuestras fronteras es sencillamente un infierno, así, sin atenuantes: un infierno. Cuando alguna vez sus palabras vuelven a mi mente intento entenderlas, pero no he podido.

No hace falta explicar que en Venezuela no hay dos bandos enfrentados, sino un régimen asesino que hostiga a un país que no lo quiere porque está harto de tanta sangre y miseria. Ya no hace falta, salta a la vista cada vez que los uniformados o los paramilitares chavistas atacan a la población civil. Sin embargo, es necesario que cada uno de nosotros le muestre al mundo eso que callan los medios de comunicación controlados por el chavismo. Además de denunciar a los protagonistas de esta dictadura, tenemos que dejar al descubierto a cada uno de los sinvergüenzas que van por el mundo haciendo propaganda sobre el régimen que les paga muy bien a costillas del dinero que nunca se invirtió en medicinas (por citar un solo ejemplo).

Quien exige a los venezolanos «una sorpresa con algo fresco y más personal, más del alma y sus laberintos», parece olvidar que no hay nada más personal que luchar por la libertad, no hay nada más del alma que escoger el camino que se quiere recorrer. ¿Acaso es poco laberinto el que transitan diariamente millones de personas buscando un lugar donde haya comida, medicamentos o un sitio dónde resguardarse de las balas y las bombas –caducadas o no– que les dispara a quemarropa un régimen asesino que cada día los acorrala más?

Ignorar lo que pasa en Venezuela, callar como si nada estuviera pasando, pretender que las personas se acostumbren a vivir bajo un régimen que los quiere obedientes, dependientes, incluso indolentes, es pedirle a seres humanos que vayan contra su propia naturaleza, esa que nos lleva a jugarnos la vida por ser libres.

Es probable que más de uno se sienta defraudado al leer a cualquier venezolano que expresa el dolor que genera la situación del país y la repugnancia que produce el régimen que instauró Hugo Chávez y Nicolás Maduro intenta perpetuar “como sea”. Seguramente resultemos profundamente fastidiosos, necios y quién sabe cuántas cosas más para quien pretende que actuemos “con normalidad”. Si ese es el caso, si están hartos de escucharnos o leernos, entonces ayúdennos a salir del chavismo, ayúdennos a volver a vivir en democracia, a que nadie nos imponga qué, cómo y cuándo podemos hablar o comer. Ayúdennos a que la felicidad no sea haber conseguido medio kilo de pasta después de seis horas de espera bajo el sol. Ayúdennos a tener un mundo de cosas bonitas para contar. Si no, entonces ármense de paciencia porque todos vamos a seguir haciendo ruido hasta que el mundo entero nos escuche y nadie tenga excusas para justificar su negligencia.

Lo importante no es lo mucho o lo poco que defraudemos a los demás, sino hacer lo correcto y no defraudarnos a nosotros mismos.

Vivir una mentira, eso sí que es decepcionante.

 

 

Fotos:

Reuters

@LuisCarlos

Miguel Gutiérrez

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F y G

 

G tenía dieciséis años, iba con un pantalón que arrastraba un poco cuando no lo estaba pisando con sus Converse. F tenía uno más y aprovechaba los tacones para cruzar la calle en diagonal y no llegar tarde. Ambas se miraron, sonrieron y comenzaron a hablar. Llevaban unos tres minutos compartiendo la acera camino a su primer día de clases de francés,  pocos metros que dieron comienzo a una vida juntas pero no revueltas. Cuando les tocó presentarse en la clase nadie creía que acababan de conocerse, parecían amigas de toda la vida, y lo eran, simplemente se habían conocido ese día.

Eran y siguen siendo totalmente diferentes, G casi no se maquilla, nunca usa tacones y es extraño que vaya de compras. F no sale de casa sin haberse puesto máscara en las pestañas y es tan raro verla con zapatos bajitos que sólo la delata su forma de caminar. Tenían gustos totalmente opuestos en todo salvo contadas excepciones, una de ellas eran las películas que consumían en sesiones doble de cine incluso dos veces por semana. Pero lo que más las unía era su pasión por ver las estrellas. Muchas veces se ponían de acuerdo con sus amigos y después de llenar con combos de hamburguesas o multitud de perolitos de comida china el carro prestado de los padres de alguno de ellos, subían a la colina más alta de la ciudad y allí pasaban horas viendo lo bonita que les parecía, hablando de todo un poco y escuchando Radiohead con el cielo como techo. En esos años ninguno de los comensales pensaba que llegarían a separarse por mucho tiempo. En esos años nada en el mundo era mejor que Valencia.

Año y medio después abril había llegado dando la mayoría de edad a G. Al poco tiempo F y ella vivían juntas en un apartamento con una ubicación envidiable (daba a una calle ciega) donde eran felices por encima de cualquier cosa. Tenían rutinas muy distintas, sus vidas iban cambiando. Sin embargo, lo mejor de aquella cotidianidad llegaba cuando caía la noche y bajaban con una manta a la calle ciega desde donde acostadas veían las estrellas. No era necesario esperar a San Lorenzo para ver muchas, tenían la suerte de que el poste de la calle estaba dañado la mayoría de las veces y esa oscuridad les permitía pedir multitud de deseos mientras soñaban con viajar por el mundo, hablaban de amores, reían, lloraban… En esto tampoco estaban de acuerdo: una quería ir a Estambul, la otra a Florencia. G ahorraba todo lo que podía para irse lo más pronto posible, F bastante menos porque quería hacerlo más adelante y gastaba mucho en zapatos.

El tiempo siguió pasando y F se mudó muy lejos como para bajar a la calle en cuatro plantas de ascensor, pero lo suficientemente cerca para seguir soñando juntas cada semana en la colina.

Un buen día G se fue a Estambul y se quedó tanto tiempo que F por primera vez tuvo miedo de no volver a verla. Todavía recuerda su regreso como si fuera un sueño, la alegría que sintió, el abrazo que se dieron y lo bonita que era la falda que le trajo: larga, estrecha y en su gris favorito. El país cambió, se fue poniendo tan peligroso que ya no era divertido volver caminando del cine a medianoche. F se fue a vivir a Europa y todavía no ha vuelto. G tiene un hijo maravilloso al que le gusta comer jojotos crudos, así que también emigró para poder darle un futuro sin hambre ni balas.

Hace años que no se ven pero siguen siendo almas gemelas. Hablan poco porque los husos no ayudan, pero se siguen amando,  porque el amor no es solamente el que nos une a alguien por sangre, el que nos llena la piel de deseo o el que sentimos por el lugar en que nacimos. El amor profundo también puede encontrarse en los amigos, sólo hace falta saber reconocerlo.

Pocos días atrás G leyó a F y recordó aquella calle donde acostadas contaban estrellas fugaces, le mandó un abrazo profundo lleno de la angustia que comparten en diferentes puntos del mundo. G y F hoy no pueden estar en las calles venezolanas ni para protestar ni para soñar. Tuvieron que irse, cada una a otro lugar a vivir y hacer lo posible por regresar, porque ambas saben que regresarán, ambas saben que volverán a verse y que volverán a ver juntas las estrellas desde la tierra que las vio nacer y las está esperando.

                                                                                              G, je t’aime!

                                                                                                                                   F.

 

Fotos:

Rafael Villegas (rafaelev@gmail.com)

Diego Hernández

 

 

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De palo es Pinocho

Venezuela #19A

Dos meses han pasado desde la última vez que fui capaz de escribir sin que a los pocos minutos la sangre me hirviera tanto que me obligara a abandonar de golpe el teclado. Y sé que para muchos es difícil entenderlo, pero a veces es muy complicado tener la determinación necesaria para seguir adelante cuando hay tantos frentes abiertos. En ocasiones el sentimiento de impotencia es tan grande que sólo queda cerrar los ojos muy fuerte y esperar a que pase el temblor sin que nos lleve con él.

Mi abuela me contó que cuando era pequeña vivió en una casa con tantas goteras que primero escampaba fuera que dentro. De modo que abundaban los perolitos regados por todas partes intentando recoger agua para evitar el menor daño posible. Así me siento yo, Venezuela es un rancho con multitud de goteras en medio de un aguacero de miserias, una legión de malandros disparando a quemarropa, la nevera de adorno y unas bolsas de basura en la puerta donde el que puede busca algo que llevarse a la boca para no morirse de hambre aunque en el intento termine siendo alcanzado por el plomo. En resumen, como dirían los viejos: “el rancho está ardiendo”.

Hacer frente a esta situación no es fácil, la vida se convierte en una pesada carga, en todo eso que nunca imaginamos que nos tocaría ver ni siquiera de lejos. De pronto las peores imágenes propias de territorios azotados por el hambre, la violencia y las enfermedades saltaron de nuestros televisores y se apoderaron de nuestras calles, de nuestras casas. Casi sin darnos cuenta, o más bien, sabiéndolo pero sin poder hacer demasiado para evitarlo, llegamos a este desastre que nos amenaza con más balas, cárcel, muertos, injusticia… Como si no hubiéramos tenido ya lo que hasta la mente más enferma consideraría suficiente.

De pronto sentí que me ahogaba, que no podía respirar. Ese ahogo se multiplicaba pensando en las horas que cada día pasa mi mamá haciendo cola en el supermercado, en el patrimonio que gastan mis hermanos para conseguir alimentos que parecen alucinaciones, en lo flacas que están muchas de las personas que reconozco solamente por la sonrisa que al ver un ser querido ilumina por un momento sus rostros demacrados por el hambre y la impotencia, en los muchachos que cada día engrosan la lista de presos políticos o defunciones. Es muy difícil no sentir que te duele la vida cuando todo lo que te importa se está yendo al carajo. Es misión imposible controlar el llanto cuando alguien pregunta por tu gente. Porque por más estoico que uno quiera parecer, siempre hay una lágrima rebelde que desbarata ese “bien” con el que podría haberse engañado al interesado, y por qué no, a uno mismo.

Ese ahogo, esa angustia y ese llanto pasaron del teclado al volante, a los libros, al plato del desayuno, a la debilitada almohada que me escucha cada noche. Por eso dejé de escribir, por pasarme estos dos meses combatiendo entre el dolor que siento y el instinto de supervivencia, sintiéndome egoísta por permitirme semejante lujo mientras millones de personas están jugándose la vida en esa bomba de tiempo que es mi país. Dejé de escribir intentando pensar en cosas bonitas, hablar de cosas bonitas, pero fue inútil. No fui capaz de producir nada con lo que pudiera engañar a nadie y mucho menos a mí, al contrario. Por eso preferí el silencio aunque éste me llevara a lidiar con el sentimiento de culpa por mi absurda pretensión de una “vida bonita” cuando la realidad es bien distinta.

Hoy 19 de abril es un buen día para volver a escribir, porque a pesar del dolor hoy hay algo bonito que contar. Millones de venezolanos saldrán a la calle para exigir libertad, democracia, justicia. Este día tiene un significado especial porque hace más de dos siglos Venezuela se cansó de la opresión e inició su camino a la independencia. Sin embargo, todos sabemos que recuperar la democracia no será cuestión de un día, de modo que si está luchando una nueva generación de venezolanos, tampoco nos vendría mal sumar nuestro propio día en el calendario, no para que nuestros descendientes de dos siglos más tarde nos recuerden con el mismo orgullo con el que nosotros recordamos las hazañas de un Libertador que este régimen malsano ha prostituido hasta el infinito, sino para que le devolvamos al país lo que durante años le dio a nuestros abuelos, padres y a nosotros mismos. A Venezuela le debemos mucho y sólo nosotros podemos sacarla de la cloaca en la que el chavismo la ha sumido.

Estos dos meses de lucha interna han servido para darme cuenta de que la única forma de que mi país no me duela es vaciándome las venas, y no, no puedo ni quiero. Estos dos meses no han podido cambiar que lo más bonito de mi vida está en ese pedazo de tierra que en el mapamundi parece un rinoceronte rodeado de papagayos. Mi familia, mi infancia, mis recuerdos, mis costumbres, mi acento, mis sueños, todo salió de allí, de ese país del que me siento orgullosa aunque ahora no tenga pasaporte. Del país que tiene que tapar las goteras de violencia, narcotráfico, escasez, corrupción e impunidad que el chavismo representa, y la mejor forma de eliminar esas goteras será acabando con ese rancho que muchos tienen en la cabeza, construir una casa con bases sólidas, con techo de verdad, sus matas de mango donde dar refugio a los loros y un jardín donde sentarse a recibir los amigos y ver volver a los que una vez tuvieron que irse.

Los sentimientos hay que demostrarlos y defenderlos, incluso de uno mismo. No hacerlo es deshonrarlos como si no valieran nada o nada tuvieran para dar llenando su existencia. Así como cuando uno se enamora de verdad y sabe que de volver a nacer se volvería a enamorar del mismo ser, así siento yo cuando pienso en mi país, porque si volviera a nacer y pudiera escoger dónde, no hay mejor lugar para mí que Valencia. Si volviera a nacer, volvería a ser venezolana. Y aunque todos sabemos cómo acaba el cuento, lo que recordamos es que al principio de palo es Pinocho.

 

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En ese momento

Botticelli-primavera

Era un día cualquiera, sin ofertas especiales, sin grandes anuncios ni llamativos elementos decorativos. Un día como muchos otros en los que aparentemente no hay nada que celebrar, pues, aunque parezca obligatorio hacerlo cuando el calendario comercial lo señala, escoger las propias fechas importantes es -como poco- rebeldía.

Se fue a la cama con el peso de la tristeza, sabiendo que no era feliz. Incluso sintiendo vergüenza por una actitud que no le pertenecía, con la que no se identificaba, pero que había tenido y mantenido con una frialdad pasmosa y a la vez incapaz de apagar sus sentimientos.

Se había estrellado contra un muro de vanidad que apareció abruptamente mientras pedía ayuda. El golpe fue tan fuerte que la impulsó a tomar medidas para evitar que se repitieran situaciones que no la hacían feliz, entre ellas, mirar para otro lado como si al hacerlo desapareciera aquello que empañaba su sonrisa.

Dicen que un castigo duele más a quien lo impone que a quien lo recibe. Ella nunca creyó mucho en eso hasta que decidió castigar a alguien que amaba. A veces es necesario dar un baño de humildad a aquellos que se creen mejores porque son capaces de reprimir sus emociones, incluso sus sentimientos ignorando que no es una cualidad, sino simple cobardía.

Pasaba el tiempo y ella no miraba al muro. Sabía que estaba allí porque en su mente le había colgado la Primavera de Botticelli, pero lo ignoraba como si no se perdiera de nada de lo que había al otro lado, como si fuera fácil ignorar un Botticelli. Intentaba quitarle peso al asunto frivolizando como si se tratara de un par de zapatos de los que no se podía comprar. Da igual lo bonitos, lo buenos, lo bien que calzaran o lo mucho que los deseara. Estando fuera de su alcance era preferible no torturarse ni buscar imitaciones… Total, no eran más que zapatos.

Creyó que hacía bien en castigar, en dar una lección siendo soberbia y utilizando una potestad para juzgar como si ella no se equivocara. Fue entonces cuando pensó en el amor, en el amor de verdad. No en ese sucedáneo con fecha para flores, bombones o canciones empalagosas. No en el que busca en otros lo necesario para llenar vacíos propios, ni ese que hace creer que sin el otro la vida pierde sentido. Tampoco el del aterrador “me perteneces” o el lapidario “para siempre”. No en ese del ¿dónde estás?, ni en el del “por favor, no me dejes”.  Pensó en el amor como sinónimo de comprensión, confianza, empatía, libertad, generosidad, igualdad, integridad, respeto, admiración. En las imperfecciones que lo hacen único, en las equivocaciones que lo hacen humano, en la voluntad para cuidarlo como se cuidan las plantas, pues hasta el cactus más puntilloso necesita un poquito de agua.

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Desconexión

A veces, por una o muchas razones toca desconectarse de alguna manera del día a día que agobia a todos los venezolanos. Vivir fuera significa llevar una doble o una múltiple vida: la del país de residencia, con trabajo, clases, cuentas… La del país de nacimiento, con angustia por la incontrolable inseguridad dueña de las calles, la ira ante la multitud de calamidades con las que diariamente lidian nuestros seres queridos, el pesimismo por la cantidad de puertas que el régimen cierra a una nuestra libertad, la impotencia de ver cómo el mundo da la espalda a un país entero que no sabe cuánto tiempo le queda de oxígeno en una bombona que maneja el chavismo. La vida que queremos y por la que luchamos intentando mejorar con el paso del tiempo, y también la vida con la que quisiéramos premiar a nuestros padres o heredar a nuestros hijos.

No es sencillo intentar engañarse con aquello del “ojos que no ven, corazón que no siente”. Venezuela late, late fuerte, altera como una taquicardia, duele como un infarto. Venezuela, y todo lo que significa, bombea cada gota de sangre que recorre nuestras venas. Por eso ahora que está mal, nosotros estamos mal. Por eso a ratos nos entretenemos con otras cosas como si se tratara de tranquilizantes que nos calmaran el dolor al menos durante unas horas. Intentamos encontrar un mecanismo que nos permita sanarla para que vuelva a la normalidad llamada democracia y que no se pare, porque cuando deje de latir no habrá resucitación posible. Si Venezuela deja de latir, nos moriremos por dentro, con ella, con nuestra infancia, con nuestra familia y amigos, con nuestros olores, colores y sabores, con nuestra sonrisa…

Hay tantos frentes abiertos que un día sin leer lo que pasa, sin hablar con nuestras fuentes directas a la realidad, nos deja mucho más perdidos que cuando faltábamos a un par de clases de matemáticas. De modo que toca hacer un esfuerzo mayor al de todos los días, cuando bailamos entre husos, para seguir adelante sin perder contacto con lo que no sale en esos noticieros – para los que no somos más que una simple línea que pasa por el teleprompter a toda velocidad. Es como abrir el viejo libro del señor del turbante, hincar los codos y pedirle a alguien de confianza que te explique lo que no entiendes porque te has perdido, exactamente así, pero en versión cruel: con multiplicaciones por los asesinatos, sumas de los abusos de Nicolás Maduro y sus secuaces, divisiones entre las opiniones dentro de la MUD, restas de la cantidad de comida que queda en la despensa de nuestras familias y un igual que siempre significa lo mismo: el país cada vez peor, pero elevado a una potencia de las que vuelve loca a las calculadoras que ponen ERROR en sus pantallas porque sencillamente no le dan los números.

La desconexión no es más que una forma de retrasar el inevitable corrientazo que nos recuerda la vida que voluntaria o involuntariamente hicimos a un lado, y que sigue latiendo… Quién sabe hasta cuándo.

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Memoria y Cuenta

Hemos presenciado la burla en la que Nicolás Maduro simuló hablar de su gestión. Como es normal en un régimen que no respeta las instituciones y usa la Constitución Nacional como un paquete de pañuelos,  ese teatro no sirvió de nada.

El hombre que ocupa la presidencia de Venezuela en lugar de presentarse como corresponde ante la Asamblea Nacional que a pesar de su mayoría, cada vez parece estar más maniatada por parte de quien debería proteger nuestra Carta Magna, lo hizo ante el Tribunal Supremo de Justicia cuyos magistrados –además de auto votarse para formar parte del mismo–  demostraron una vez más que no están al servicio del país, sino del grupo de malandros que no valen ni el sueldo que cobran del cada vez más escaso erario público.

Lo que Maduro contó no tiene sentido recordarlo, la Memoria y Cuenta 2016 podría resumirse con sus dos sobrinos que siguen presos por narcotráfico en una cárcel de Nueva York. Ese es uno de los múltiples ejemplos de cómo el chavismo ha gestionado los recursos del Estado. Ojalá fuera un caso aislado, pero no, todavía hay mucha basura debajo de las alfombras de Miraflores. El triste espectáculo de Maduro fue como si el dueño de un circo se presentara ante los payasos a su mando para decir que todo está bien y luego se regocijara por los aplausos recibidos. Por eso es más útil dejar de darle vueltas al show ante el TSJ y contar a quienes ven a Venezuela como un lugar lejano donde es imposible que ocurra eso que no tiene espacio en sus noticieros, una memoria y cuenta (más personal) en la que muchos de los treinta millones de venezolanos pueden verse reflejados y, ellos, ajenos a este drama, puedan entender porqué los venezolanos exigimos una salida democrática, pacífica e inmediata de esta situación.

Estos son los números:

29000, las muertes violentas que se registraron el año pasado en todo el territorio nacional.

1, el lugar que ocupa Caracas en el ranking de las capitales más violentas del mundo.

6, las horas mínimas de cola que mi madre hace cada vez que va a comprar comida (si hay).

126, los amigos, familiares, vecinos o ex compañeros de clase que hicieron las maletas y salieron del país desde 1999.

19, los países donde estamos desparramados.

20, la media de kilos que han perdido los que aún no se han ido.

5, el valor de la moneda con la que me compraba la merienda en el colegio y me sobraba para chocolates.

6, los secuestros exprés que han sufrido personas cercanas.

107, los presos políticos que siguen encerrados sin las más mínimas garantías procesales.

X, los amigos que han estado presos en el Helicoide.

2, los sobrinos que con menos de 7 años han sido encañonados en medio de un asalto a casa.

230, los kilos de medicinas que se recogieron en España y un amigo consiguió llevar a Caracas.

1, la arepa que se come al día un muchachito de 14 años que lucha contra el hambre mientras intenta aprender algo en un liceo perdido en Cabimas.

102 (de 102), el lugar Venezuela ocupa en el Índice de Estado de Derecho del “World Justice Project”.

2,2, los millones de bolívares que costó mi casa.

8, mil (millones antes del cambio de nombre) cuesta hoy el kilo de carne de res.

1, el inútil que tenemos como Defensor del Pueblo.

41, los años de democracia que llevaba el país cuando con los ojos vendados se lanzó por este barranco.

3684,31 el valor de un dólar hoy en el mercado negro.

N, los países que nos han dado la espalda.

800, la tasa de inflación estimada con la que Venezuela cerró el 2016.

7, el mínimo de farmacias recorridas cada vez que recetaban medicinas a mi padre.

14, las diferentes marcas de leche que se podían encontrar sin problemas en cualquier supermercado.

482,3 (%) el aumento de la Canasta Alimentaria Familiar en un año.

2648, los casos de violación a la libertad de expresión en los últimos quince años.

3, las horas de atasco que toma subir los 30Km que separan Maiquetía de Caracas con el miedo de ser atracado antes de poner pie en casa.

∞, los eventos tristes y alegres que me he perdido por la distancia.

20, los segundos que tardan en salir las lágrimas cuando hay que pisar la maravillosa Cromointerferencia con la que Cruz Diez llenó de color el principal aeropuerto del país.

365, los días que extraño en la ventana el verde de mis montañas.

2, los millones de venezolanos que se han visto obligados a emigrar.

18, los años de alegría que nos ha robado la estafa llamada “Revolución Bolivariana”.

Esta es la Memoria y Cuenta de una venezolana de verdad, que sabe exactamente dónde nació. Sin relaciones con el narcotráfico, con miedo a sumar lutos por culpa de las balas, aterrada por ese juego macabro que este régimen asesino impone jugar a todos los venezolanos. Es prácticamente el mismo balance de millones de personas que cada día sufren las consecuencias de una dictadura que ha superado en destrucción, tiempo, corrupción, muertos, represión y miseria a la experiencia que nuestros abuelos vivieron con Marcos Pérez Jiménez hasta aquel lejano enero de 1958 en el que nuestro país ingenuamente creyó que jamás volvería a tener que luchar para recuperar la democracia.

Fotos:

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