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F y G

 

G tenía dieciséis años, iba con un pantalón que arrastraba un poco cuando no lo estaba pisando con sus Converse. F tenía uno más y aprovechaba los tacones para cruzar la calle en diagonal y no llegar tarde. Ambas se miraron, sonrieron y comenzaron a hablar. Llevaban unos tres minutos compartiendo la acera camino a su primer día de clases de francés,  pocos metros que dieron comienzo a una vida juntas pero no revueltas. Cuando les tocó presentarse en la clase nadie creía que acababan de conocerse, parecían amigas de toda la vida, y lo eran, simplemente se habían conocido ese día.

Eran y siguen siendo totalmente diferentes, G casi no se maquilla, nunca usa tacones y es extraño que vaya de compras. F no sale de casa sin haberse puesto máscara en las pestañas y es tan raro verla con zapatos bajitos que sólo la delata su forma de caminar. Tenían gustos totalmente opuestos en todo salvo contadas excepciones, una de ellas eran las películas que consumían en sesiones doble de cine incluso dos veces por semana. Pero lo que más las unía era su pasión por ver las estrellas. Muchas veces se ponían de acuerdo con sus amigos y después de llenar con combos de hamburguesas o multitud de perolitos de comida china el carro prestado de los padres de alguno de ellos, subían a la colina más alta de la ciudad y allí pasaban horas viendo lo bonita que les parecía, hablando de todo un poco y escuchando Radiohead con el cielo como techo. En esos años ninguno de los comensales pensaba que llegarían a separarse por mucho tiempo. En esos años nada en el mundo era mejor que Valencia.

Año y medio después abril había llegado dando la mayoría de edad a G. Al poco tiempo F y ella vivían juntas en un apartamento con una ubicación envidiable (daba a una calle ciega) donde eran felices por encima de cualquier cosa. Tenían rutinas muy distintas, sus vidas iban cambiando. Sin embargo, lo mejor de aquella cotidianidad llegaba cuando caía la noche y bajaban con una manta a la calle ciega desde donde acostadas veían las estrellas. No era necesario esperar a San Lorenzo para ver muchas, tenían la suerte de que el poste de la calle estaba dañado la mayoría de las veces y esa oscuridad les permitía pedir multitud de deseos mientras soñaban con viajar por el mundo, hablaban de amores, reían, lloraban… En esto tampoco estaban de acuerdo: una quería ir a Estambul, la otra a Florencia. G ahorraba todo lo que podía para irse lo más pronto posible, F bastante menos porque quería hacerlo más adelante y gastaba mucho en zapatos.

El tiempo siguió pasando y F se mudó muy lejos como para bajar a la calle en cuatro plantas de ascensor, pero lo suficientemente cerca para seguir soñando juntas cada semana en la colina.

Un buen día G se fue a Estambul y se quedó tanto tiempo que F por primera vez tuvo miedo de no volver a verla. Todavía recuerda su regreso como si fuera un sueño, la alegría que sintió, el abrazo que se dieron y lo bonita que era la falda que le trajo: larga, estrecha y en su gris favorito. El país cambió, se fue poniendo tan peligroso que ya no era divertido volver caminando del cine a medianoche. F se fue a vivir a Europa y todavía no ha vuelto. G tiene un hijo maravilloso al que le gusta comer jojotos crudos, así que también emigró para poder darle un futuro sin hambre ni balas.

Hace años que no se ven pero siguen siendo almas gemelas. Hablan poco porque los husos no ayudan, pero se siguen amando,  porque el amor no es solamente el que nos une a alguien por sangre, el que nos llena la piel de deseo o el que sentimos por el lugar en que nacimos. El amor profundo también puede encontrarse en los amigos, sólo hace falta saber reconocerlo.

Pocos días atrás G leyó a F y recordó aquella calle donde acostadas contaban estrellas fugaces, le mandó un abrazo profundo lleno de la angustia que comparten en diferentes puntos del mundo. G y F hoy no pueden estar en las calles venezolanas ni para protestar ni para soñar. Tuvieron que irse, cada una a otro lugar a vivir y hacer lo posible por regresar, porque ambas saben que regresarán, ambas saben que volverán a verse y que volverán a ver juntas las estrellas desde la tierra que las vio nacer y las está esperando.

                                                                                              G, je t’aime!

                                                                                                                                   F.

 

Fotos:

Rafael Villegas (rafaelev@gmail.com)

Diego Hernández

 

 

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De palo es Pinocho

Venezuela #19A

Dos meses han pasado desde la última vez que fui capaz de escribir sin que a los pocos minutos la sangre me hirviera tanto que me obligara a abandonar de golpe el teclado. Y sé que para muchos es difícil entenderlo, pero a veces es muy complicado tener la determinación necesaria para seguir adelante cuando hay tantos frentes abiertos. En ocasiones el sentimiento de impotencia es tan grande que sólo queda cerrar los ojos muy fuerte y esperar a que pase el temblor sin que nos lleve con él.

Mi abuela me contó que cuando era pequeña vivió en una casa con tantas goteras que primero escampaba fuera que dentro. De modo que abundaban los perolitos regados por todas partes intentando recoger agua para evitar el menor daño posible. Así me siento yo, Venezuela es un rancho con multitud de goteras en medio de un aguacero de miserias, una legión de malandros disparando a quemarropa, la nevera de adorno y unas bolsas de basura en la puerta donde el que puede busca algo que llevarse a la boca para no morirse de hambre aunque en el intento termine siendo alcanzado por el plomo. En resumen, como dirían los viejos: “el rancho está ardiendo”.

Hacer frente a esta situación no es fácil, la vida se convierte en una pesada carga, en todo eso que nunca imaginamos que nos tocaría ver ni siquiera de lejos. De pronto las peores imágenes propias de territorios azotados por el hambre, la violencia y las enfermedades saltaron de nuestros televisores y se apoderaron de nuestras calles, de nuestras casas. Casi sin darnos cuenta, o más bien, sabiéndolo pero sin poder hacer demasiado para evitarlo, llegamos a este desastre que nos amenaza con más balas, cárcel, muertos, injusticia… Como si no hubiéramos tenido ya lo que hasta la mente más enferma consideraría suficiente.

De pronto sentí que me ahogaba, que no podía respirar. Ese ahogo se multiplicaba pensando en las horas que cada día pasa mi mamá haciendo cola en el supermercado, en el patrimonio que gastan mis hermanos para conseguir alimentos que parecen alucinaciones, en lo flacas que están muchas de las personas que reconozco solamente por la sonrisa que al ver un ser querido ilumina por un momento sus rostros demacrados por el hambre y la impotencia, en los muchachos que cada día engrosan la lista de presos políticos o defunciones. Es muy difícil no sentir que te duele la vida cuando todo lo que te importa se está yendo al carajo. Es misión imposible controlar el llanto cuando alguien pregunta por tu gente. Porque por más estoico que uno quiera parecer, siempre hay una lágrima rebelde que desbarata ese “bien” con el que podría haberse engañado al interesado, y por qué no, a uno mismo.

Ese ahogo, esa angustia y ese llanto pasaron del teclado al volante, a los libros, al plato del desayuno, a la debilitada almohada que me escucha cada noche. Por eso dejé de escribir, por pasarme estos dos meses combatiendo entre el dolor que siento y el instinto de supervivencia, sintiéndome egoísta por permitirme semejante lujo mientras millones de personas están jugándose la vida en esa bomba de tiempo que es mi país. Dejé de escribir intentando pensar en cosas bonitas, hablar de cosas bonitas, pero fue inútil. No fui capaz de producir nada con lo que pudiera engañar a nadie y mucho menos a mí, al contrario. Por eso preferí el silencio aunque éste me llevara a lidiar con el sentimiento de culpa por mi absurda pretensión de una “vida bonita” cuando la realidad es bien distinta.

Hoy 19 de abril es un buen día para volver a escribir, porque a pesar del dolor hoy hay algo bonito que contar. Millones de venezolanos saldrán a la calle para exigir libertad, democracia, justicia. Este día tiene un significado especial porque hace más de dos siglos Venezuela se cansó de la opresión e inició su camino a la independencia. Sin embargo, todos sabemos que recuperar la democracia no será cuestión de un día, de modo que si está luchando una nueva generación de venezolanos, tampoco nos vendría mal sumar nuestro propio día en el calendario, no para que nuestros descendientes de dos siglos más tarde nos recuerden con el mismo orgullo con el que nosotros recordamos las hazañas de un Libertador que este régimen malsano ha prostituido hasta el infinito, sino para que le devolvamos al país lo que durante años le dio a nuestros abuelos, padres y a nosotros mismos. A Venezuela le debemos mucho y sólo nosotros podemos sacarla de la cloaca en la que el chavismo la ha sumido.

Estos dos meses de lucha interna han servido para darme cuenta de que la única forma de que mi país no me duela es vaciándome las venas, y no, no puedo ni quiero. Estos dos meses no han podido cambiar que lo más bonito de mi vida está en ese pedazo de tierra que en el mapamundi parece un rinoceronte rodeado de papagayos. Mi familia, mi infancia, mis recuerdos, mis costumbres, mi acento, mis sueños, todo salió de allí, de ese país del que me siento orgullosa aunque ahora no tenga pasaporte. Del país que tiene que tapar las goteras de violencia, narcotráfico, escasez, corrupción e impunidad que el chavismo representa, y la mejor forma de eliminar esas goteras será acabando con ese rancho que muchos tienen en la cabeza, construir una casa con bases sólidas, con techo de verdad, sus matas de mango donde dar refugio a los loros y un jardín donde sentarse a recibir los amigos y ver volver a los que una vez tuvieron que irse.

Los sentimientos hay que demostrarlos y defenderlos, incluso de uno mismo. No hacerlo es deshonrarlos como si no valieran nada o nada tuvieran para dar llenando su existencia. Así como cuando uno se enamora de verdad y sabe que de volver a nacer se volvería a enamorar del mismo ser, así siento yo cuando pienso en mi país, porque si volviera a nacer y pudiera escoger dónde, no hay mejor lugar para mí que Valencia. Si volviera a nacer, volvería a ser venezolana. Y aunque todos sabemos cómo acaba el cuento, lo que recordamos es que al principio de palo es Pinocho.

 

Fotos:

 

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Sin velitas

No hubo flores, bombones, perfumes, viaje, sorpresas, ni cita en la peluquería.

Esta vez nadie ordenó una paella ni puso carne en la parrilla. Tampoco nadie peló verduras para un sancocho.

No se descorcharon botellas de vino, ni siquiera se llenó de cervezas la nevera.

El día comenzó en silencio, sin alegría, sin serenata.

El teléfono sonó sin encontrar respuesta. El timbre no recibió ni una sola caricia en toda la jornada.

No hubo zapatos nuevos que mirar frente al espejo, ni un vestido bonito al cual cortar la etiqueta. Nada de postres especiales, ni mariachis con sus trompetas.

Fue un día como cualquier otro, viviendo con el miedo a la delincuencia, lidiando con instituciones corruptas, aprovechando las horas de agua para regar las matas y poner una lavadora antes que se vuelva a ir la luz. Recorriendo farmacias, llevando sol en la cola de los supermercados, regresando a casa con las manos llenas, pero no de regalos, sino de impotencia e indignación.

Peinó sus canas recordando cuando no las tenía, cuando mientras se rizaba el pelo soñaba con el negocio que quería montar, la casa que quería comprar, los hijos que quería tener y la vejez que quería vivir descansando sobre la recompensa a décadas de duro trabajo e innumerables sacrificios que le esperaban. Con los ojos aguados sintió que tenía razón en haber pedido a todos no actuar como se acostumbra en una fecha especial, pues no sentía ganas de festejar teniendo a dos de sus hijos demasiado lejos y a los cercanos pasando por la misma tragedia que ella.

¿Cómo podría celebrar sin quitarse del alma a la muchacha que hace unos días hurgaba en la basura?

Así que sin velitas que soplar, cerró los ojos y pidió un deseo. Nadie sabe qué, pero tampoco hace falta adivinarlo. Ni harina, ni leche, ni azúcar, esos no pueden seguir siendo regalos.

Aunque muchos padres venezolanos en este momento no tengan más urgencia que evitar quedarse con la despensa vacía, es otro el mejor regalo que podrían recibir un día cualquiera –ojalá pronto– en el que seguro recuperarán las ganas de celebrar.

 

¡Feliz cumpleaños!

 

 

Foto:

Jacob Ufkes

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Nada ha cambiado

Ayer fue el primer día después de las fiestas, el día en el que comenzó la vuelta a la rutina que mañana lunes aplastará más de la mitad de los propósitos de Año Nuevo que no se hayan extinguido en la semana que está por terminar.

Se acabó la temporada de las sonrisas porque sí, de ceder el paso a los conductores que intentan cambiar de carril, de esperar pacientemente a que los despistados noten el semáforo en verde, de saludar en los ascensores y agradecer a quien amablemente presiona el botón para dejar entrar al que se quedaba fuera. Finalizó ese tiempo en el que el mundo parece un lugar mejor porque la mayoría sale de casa con el propósito de que así sea, porque se niega a dejar a los aguafiestas salirse con la suya.

Ayer las tiendas no sólo estaban llenas de personas que cambiaban o devolvían regalos por problemas de talla, también abundaban los desagradecidos que despotricaban sobre lo recibido, los que aprovechaban la ocasión para hacer inventario de los desaciertos con lazo que durante años han sufrido por parte de maridos, suegras, cuñados… Entre las largas filas detrás de las cajas registradoras incluso se podía escuchar cómo algunos calculaban las pérdidas entre lo que habían pagado por regalos con un valor económico mucho más elevado de lo que tenían entre manos. Otra vez las calles volvían a estar llenas de gente que estaba demasiado preocupada por sus bolsas como para darse cuenta de que seguía en el mismo lugar el indigente al que hace apenas unos días habían deseado “feliz Navidad” mientras dejaban caer algunas monedas.

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Por más que intentemos engañarnos, todo sigue igual. Mientras en una parte del mundo el problema más grande para algunos es el tiempo que pierden haciendo colas para devolver regalos, en otra, miles esperan horas en las puertas de los supermercados para –con suerte– tener algo que comer. Al tiempo que en Europa se esquivan viandantes que ocupan las aceras con sus grandes paquetes, no muy lejos hay personas huyendo de las bombas que son todo excepto un maná. Y así lamentablemente seguirá pasando un día tras otro de este año que apenas comienza: con poco o nada para algunos y demasiado para otros tantos que, cegados por su egoísmo, ni siquiera agradecen. Cada uno vuelve a lo suyo hasta que el próximo diciembre la música, las guirnaldas y las vacaciones establezcan una nueva tregua en la que el planeta entero se pondrá de acuerdo y nos volveremos a creer que ser mejores personas es posible, aunque no por mucho tiempo, pues así se ha decidido.

 

Fotos:

Alexander Dimitrov

El Mundo

El Nacional

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El que viene…

 

Para los venezolanos no es fácil despedir un año terrible sin temor a que el próximo sea igual o peor. No importa el lugar del mundo donde hoy las campanadas sonarán a diferentes horas, no importa cuántos deseos se pidan con la mirada al cielo o los ojos apretaditos para intentar contener las lágrimas. En el corazón de cada una de las personas de bien que independiente del punto cardinal que pisen sienten cómo el pie se les va solito cuando suenan los tambores, late con fuerza un deseo común: la próxima Nochevieja todos juntos.

Porque en este año a las muchas desgracias que aquejan a nuestro país se ha sumado una pobreza tan grande que ha dejado miles de mesas sin la tradicional cena de estos días, o peor aún, sin un pedazo de arepa que llevarse a la boca. La vida de los venezolanos se ha convertido en una carrera de obstáculos en la que las medallas se muerden porque de verdad se comen. Ahora más que nunca las fotos familiares están cojas de seres queridos que desde lejos sufren por la imposibilidad de ayudar a todos los que quisieran.

Con semejante panorama no es de extrañar que las calles del país estén en silencio por el desasosiego generalizado y la ausencia de los cohetes que muchos más de una vez deseamos callar por un rato. Tampoco resulta incomprensible que por solidaridad con nuestra tierra, más allá de las fronteras se renuncie a celebrar como se haría en condiciones normales. Si bien es cierto que hacer ayuno de hallacas no cambiará la situación del país, también lo es que cada uno tiene su propia manera de acompañar a sus seres queridos.

Durante décadas hemos sabido cómo los cubanos cada diciembre suspiran deseando celebrar el siguiente en su amada isla, y aunque somos más novatos en esto de las dictaduras, ya llevamos años con la esperanza de volver a casa para estar rodeados de nuestra familia compartiendo en una mesa llena del fruto de nuestro trabajo. Si uno está o se siente solo no le sirven de nada esas reuniones donde la abundancia y hasta el despilfarro hacen de las suyas. Cualquiera cambiaría en este momento su ración de marisco y champaña por un abrazo con su vieja y una hallaca aunque fuera a medias.

Lo siento por quien esperaba encontrar alegría en estas líneas, pero hoy no hay ganas de jugar a la alegría o el disimulo, ni de desconectar para sentirse menos triste. Hoy hay tristeza que juega garrote, hay corazones arrugados, guarapos aguados, nudos en la garganta y lágrimas muy amargas.  En Venezuela este 31 diciembre como desde hace un tiempo, millones de familias se acostarán con la barriga pegada al espinazo, y las que tienen algo que comer no están para fiestas. Hoy la cosa está fea como nunca la imaginamos, estamos bajo la sombra de la corrupción, la violencia y la carestía, haciendo de tripas corazones para seguir luchando por una vida mejor, por recuperar lo que nos han arrebatado, por volver a ser el país más feliz del mundo de verdad y con razón.

La única forma de usar esta tristeza es convertirla en energía para seguir adelante, pelear sin descanso hasta conseguir lo que queremos, utilizar esta sombra como certeza de que sin la misma no hay luz. Del túnel de la dictadura han salido muchos, nosotros también somos capaces. Es nuestra responsabilidad hacer lo posible para que la próxima Nochevieja estemos todos juntos sin asientos vacíos, comiendo lo que nos hemos ganado y brindando sin sentimientos de culpa. Que las maletas salgan a pasear por cada rincón del planeta pidiendo ir a Venezuela.

Queridos venezolanos echándole pichón en nuestra tierra o cualquier otro lugar del mundo:

Feliz Año Nuevo y muy pronto una Venezuela libre en la que podamos volver a abrazarnos con la fuerza de nuestro inconfundible cañonazo.

Foto:

unsplash.com

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Era él

Era de noche, escuchó un ruido abajo y quiso saber de qué se trataba, pero era pequeña. A sus siete años no le temía a la oscuridad, aunque tampoco sabía qué podría ser esa sombra que vio pasar desde su habitación. De su cama a la escalera sólo había que dar tres pasos, así que siguiendo su oído bajó algunos escalones, no muchos por si tenía que ir corriendo a avisar a sus padres y no pocos desde abajo para que no la alcanzara lo que sea que estuviera moviéndose entre los muebles.

Su miedo no tenía nada que ver con las películas de terror que televisaban los domingos (El Exorcista o La Profecía), al contrario, E.T. y ALF estaban demasiado presentes para pensar en algo feo. Si acaso, temía que fuera un ladrón, si bien su casa era segura y la puerta estaba cerrada. Así que siguió allí sentada en silencio espiando entre los escalones que daban directo a la sala donde de pronto todo volvió a la normalidad.

Era tan curiosa como testaruda, por lo que en lugar de volver a dormir prefirió quedarse allí y prestar mayor atención para detectar movimientos que seguramente se repetirían. Fue entonces cuando escuchó susurros que no lograba entender. Pasaron algunos minutos en los que la curiosidad aumentó tanto que la empujó a seguir bajando escalones: primero los pies, luego los brazos y apoyándose en éstos, el resto de su cuerpo. Uno, dos, tres y ya estaba a mitad de la escalera con los ojos bien abiertos creyendo que era tan invisible como eso que escuchaba sin poder saber qué era.

El cristal de la puerta dejaba pasar la luz de la calle, mas no era suficiente para descubrir quién estaba en casa haciendo ruido sin querer. Sintió que la estaban mirando, ignoraba quién o cómo, pero quienquiera que estuviera abajo había detectado su presencia.

No sabía muy bien si subir tan despacio como había bajado o enfrentar al intruso. Después de dudarlo durante unos segundos, la pequeña se armó de valor, se incorporó, terminó de bajar y encendió la luz de la escalera para descubrir el misterio. Apenas tuvo tiempo de ver cómo una silueta se abría paso entre el árbol de Navidad, regalos y la mesa del comedor. Los regalos, allí estaba la clave. Corrió detrás pero no le dio tiempo, al llegar al fondo de la sala de la tele la silueta había desaparecido. Se escapó por poco.

Emocionada regresó al comedor y notó que faltaban galletas en el platico que había dejado. Era él quien estaba dejando los regalos bajo el árbol y tuvo que irse de prisa porque ella lo había descubierto. La alegría era incontenible, Santa Claus acababa de estar en su casa, igual que en la de todos los demás niños, aunque ella había tenido la suerte de por lo menos verlo entre sombras. Al mirar a la derecha su madre estaba –casi de espaldas en la escalera– y su hermano mayor en la puerta de la cocina. Ambos tenían cara de sorpresa y a ella le pareció normal, pues les estaba contando lo que había pasado. Su madre y su hermano se miraban sonriendo cuando a ella se le ocurrió que a lo mejor Santa seguía en casa escondido, dado que la sala de la tele daba al lavandero y éste por un lado al patio y por el otro a la cocina. Buscaron pero no había nadie.

Los regalos perdieron importancia ante la aventura de esa noche en aquella casa. La niña era casi una celebridad entre sus amigos y hermanos pequeños que fascinados preguntaban detalles mientras algún envidioso desdeñaba la historia alegando que ni Santa Claus, ni el Niño Jesús, ni los Reyes Magos existían porque lo regalos los hacen los padres. Algo que con los años e independientemente de la conclusión a la que se llegue, nunca podrá quitar a ningún adulto la llave del cofre donde juegan los recuerdos de su infancia.

¡Feliz Navidad!

 

 

 

 

Fotos:

unsplash.com

 

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Purgatorio y Navidad

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Hoy saqué las cajas con los adornos de Navidad y quise pensar en otra cosa: luces que se enredan aunque las hayas guardado con cuidado, bombillitos que se queman con mirarlos, figuritas de medidas inverosímiles, etc.

Lo primero ha sido bajar al purgatorio que todos tenemos en nuestras casas (llámese garaje, trastero, cuarto de los corotos, etc.). Ese lugar donde reposan las cosas que usamos poco o nunca pero que no siempre tenemos el coraje de sacar de nuestras vidas. Otro día debería escribir sobre las limpiezas profundas. Sé que me repito –será mi amor por Dante– pero esas operaciones con como un “Juicio Final” donde jugamos a ser el Dios que decide lo que sube a los cielos, lo que se va al infierno y lo que se queda penando entre cajas perfectamente identificadas pidiendo clemencia. El caso es que cuando uno visita el purgatorio doméstico siente el deber de poner orden (otra vez).

Pones un disco decembrino para entrar en ambiente e intentas espantar la nostalgia. Pacientemente y con alegría seleccionas eso que está identificado como “Navidad”. Cajas de formas raras, etiquetas de “frágil” pegadas por todos lados, puntas de pino que se asoman por los ranuras… En fin, todo depende un poco del cuidado con el que se han embalado. Es allí cuando surgen los problemas: ¿a quién le gusta recoger las cosas de Navidad? Lo de agrupar bolas, adornos varios,  enrollar cintas, embalar muñecos y desarmar árboles es una de las tareas más tediosas del mundo. Tanto, que una que yo conozco bien se hace la tonta hasta febrero y con la excusa del día de una virgen en la que no cree, casi deja el arbolito hasta San Valentín.  De modo que si cuentas con la bondad y paciencia de una de las personas con quien compartes el techo, te escudas en tu buen gusto e impones la ley de hierro que dice: yo la monto pero tú la recoges. La respuesta a esa frase es siempre un apresurado sí, pues claro, se mete todo lo que cabe en según qué cajas y adiós señores, hasta el próximo diciembre.

Superado el trauma de abrir las cajas de nuevo, toca el siguiente paso: decidir de qué color poner el árbol.  Verde no porque verde ya es, rojo no porque lo tiene todo el mundo, plateado tampoco porque así era el del año pasado. De pronto azul para darle uso a esa bolas de allí.  Fucsia no, desentona con el resto de la decoración… Y así hasta que se toma la decisión sintiendo que habrá que recurrir a algo extra porque visto de lejos el arbolito parece desnudo. Muñecos del año de la pera que se cuelgan casi en honor a la resistencia a perderse entre tantas mudanzas, figuras que no recordamos de dónde salieron, pero son bonitas y se lo han ganado. Piezas horrorosas que sólo sirven como relleno en la parte no visible cuando le des la vuelta si lo ha adornado otro.  No hace falta comprar todos los años un traje nuevo para el árbol, pero tampoco seguir exprimiendo las pelotas de 1977 que ya no se sabe ni de qué color eran cuando cruzaron el umbral de la puerta. Si no hay niños en casa es mucho más sencillo (o no) dependiendo de la importancia que se le dé al trasto.  Es decir, no vendrá el apocalipsis por tener a Batman colgando de alguna rama.

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Según el método de cada uno, podría parecer que he saltado un paso: las luces. Esos artefactos endemoniados que con toda la calma del mundo pasan el año enredándose para divertirse cada diciembre viéndonos la cara de desesperación. Da igual si se guardan en su empaque tal y como vinieron, se enredan y siempre tienen una luz antipática que deja la mitad de la extensión inoperativa. De manera que toca convertirse en inspector de CSI para localizar a la saboteadora, reponerla si es necesario y, dependiendo de la calidad o precauciones, pillar un corrientazo de los que nos hace pensar en cosas muy lejanas a la paz y el amor. Otra cosa, ¿a quién se le ocurrió esa forma de tortura expresada en agudos villancicos que acompañan a las luces? ¿Estamos seguros de que no es ese el motivo de estrés de esos días? No todo va a ser culpa de los bombillos de repuesto que siempre salen perdiendo bajo las pantuflas de quien los busca, ni del instinto suicida que tienen las bolas de cristal más bonitas o  difíciles de encontrar. En resumen, las luces de Navidad son capaces de sacar de sus casillas a un monje budista.

Al tener el árbol armado muchos se ven obligados a activar un mecanismo anti desastre capaz de resistir los ataques de cariño y curiosidad de criaturas en pañales, gatos y/o la pérdida de equilibrio de algún invitado en pleno rito de exaltación de la amistad. Un trabajo perdido porque ninguno funciona, caerse es un riesgo intrínseco de los árboles de Navidad. Los más experimentados hacen grandes esfuerzos por mantenerse en pie, algunos hasta tienen un punto donde detener la caída,  pues saben que si quieren seguir luciendo sus galas todos los años, deben llevar la fiesta en paz con niños y mascotas.

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Como en este caso el arbolito no basta, hay que abrir las cajas del pesebre. Cuando se limita a una representación pequeña no hay inconvenientes, pero esas ciudades en “miniatura” que se reproducen con más o menos creatividad deberían ser objeto de estudio. Uno de los elementos más destacables del pesebre está relacionado con las proporciones. A veces las ovejas son tan pequeñas que parece que el niño Jesús se las podría comer de un bocado (por eso se ponen lejos), otras el buey parece un cachorro del burro. Es más, no son pocos los lugares donde los padres del niño son tan grandes que entre las casitas asemejan a Godzilla atacando Tokio. Un despropósito que analizado fríamente hace pensar que en lugar del nacimiento, se asiste al linchamiento de un bebé. En muchos países de Latinoamérica  no se coloca el niño hasta la doce de Nochebuena porque se supone que hasta entonces no ha nacido. Si ese es el caso, ¿cómo es que los Reyes Magos ya están instalados a pocos metros de la improvisada cuna? Se supone que aún les faltan casi dos semanas para llegar… El eterno dilema entre la lógica y la fantasía.

Decorar la casa en Navidad es divertido, permite hacer higiene mental. Es una forma de mostrarnos como somos (discretos, atrevidos, descuidados, perfeccionistas, tradicionales o vanguardistas). Sin embargo, cada vez que los cables se enredan, los adornos se caen y las luces se queman mientras las pruebas, deja de sonar descabellado el método de una amiga que envuelve su arbolito en un plástico gigante y lo manda al purgatorio de su casa junto con todas esas cosas que usa una vez al año.  A lo mejor en febrero me animo a imitarla, mientras, voy a servirme otra copa de vino antes que las luces vuelvan a cobrar vida y se enreden con las pelotas jubiladas.

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Lo que no me dijiste

Tenía que contarte muchas cosas, pero no sabía por dónde empezar. Lo he retrasado mucho tiempo, lo sé. Diecinueve años han pasado, diecinueve años llevo esperando poder contarte algo que te hiciera arrepentirte por partir así de repente, sin decir adiós ni nada, sin un último consejo, sin una “última vez”…  No dejaré pasar más tiempo, temo que si lo hago cada vez tendré que agregar cosas peores al inventario.

Debes saber que por más surrealista que parezca, por más propio de una película de terror o un reporte de guerra, no estoy inventando nada. Lo que te cuento  hoy es la pura verdad.

Un año después de tu marcha a traición un tirano ganó la presidencia del país. Sí, uno de esos militares que se presentó como un mesías y terminó siendo tan dictador como ese contra el que tú conspirabas en los años 50.  Las cosas han degenerado hasta un punto que sé no conociste ni siquiera cuando vivías en aquel pueblo donde la pobreza unía casi tanto como la sangre. Al principio todo parecía muy bueno, el tipo proponía cambiar la Constitución –para luego saltársela cuando le diera la gana. Despotricaba de la corrupción y la oligarquía al tiempo que ofrecía patria, mucha patria. Sin embargo, mientras muchos salían del país (yo entre ellos) la mayoría pensaba que ese loco resentido no duraría mucho en el poder y tampoco llegaría a convertirnos en una segunda Cuba. El “no vale, no creo” era denominador común de muchas conversaciones sobre el futuro del país, y a los que “huíamos” nos miraban como a paranoicos víctimas del pesimismo y la exageración.

A ese régimen lo llamaron “Revolución Bolivariana” y con la excusa de hacer al país más “bolivariano” le cambiaron el nombre. Incluso los símbolos patrios no son como los conociste. Convirtieron el 4 de febrero en día festivo. Imagínate tú, celebrar una mortandad. Como de oligarquía el hombre sabía mucho, empezó a poner donde había a sus amigos y familiares, ofendía públicamente a su complaciente mujer y hasta intentó colarnos en la Constitución más de una trampa-jaula.

Estarás pensando que era imposible ser tan idiotas, pero con tristeza debo decirte que te equivocas. Supongo que por aquello de “verdugo no pide clemencia” el presidente golpista también recibió su dosis en el 2002. El golpe fracasó, pero siguen en la cárcel los funcionarios que se negaron a disparar contra las personas que apoyaban en las calles de Caracas la salida del tirano de Sabaneta. Expropió todo lo que le vino en gana (algunos cobraron, otros simplemente fueron despojados de sus pertenencias). La mayoría de las empresas expropiadas son una ruina que ostentan un lapidario logo que dice “Hecho en Socialismo”. Esto es como una de esas pesadillas donde todo es absurdo y desproporcionado, inclusive hemos tenido un Ministerio para la Suprema Felicidad.

Te preguntarás cómo es que podía permitirse tanto. Verás, el barril de petróleo se disparó a más de cien dólares y dio plata para muchas cosas, entre ellas, regalarle de todo a los gobiernos alcahuetes de los países simpatizantes, llenarse de joyas que desfilaba la familia presidencial sin el menor pudor, innumerables viajes a todo dar en aviones de lujo para hijos y demás enchufados del régimen, adquirir propiedades o abrir millonarias cuentas en el extranjero. El saqueo es incalculable y el descaro es  –como poco – indescriptible.

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Una taza de avena

 

Laida es la más chiquita de cinco hermanas (Las Rodríguez). Todas son conocidas en el barrio donde nacieron y crecieron, el mismo donde vivió su madre hasta el final de sus días. De todas, ella es la más guapa, la más agradable, ocurrente y simpática, la que siempre tiene una sonrisa a flor de labios y un brillo en los ojos capaz de desarmar cualquier preocupación. Así la recuerdo.

Desde que la conozco nadie ha se ha quejado de ella, salvo ese periodo de su vida en el que fue chavista –algo que todos le perdonan como quien perdona a un amigo que ha caído en las drogas y no mencionan nunca como los que consiguieron salir de ellas.  Su bondad, sus ganas de trabajar y su fortaleza la hicieron cosechar amigos por donde pasaba. Siempre fue muy curiosa y le gustaba escuchar historias sobre cómo era el mundo al otro lado de las fronteras que ella nunca había cruzado. Un atlas no es capaz de transmitir la emoción que alguien siente cuando el amor de su vida camina sonriente por la terminal de un puerto para recogerla después de un largo viaje.

Tiene una casa modesta, pequeña pero siempre muy limpia. Aunque era una mujer pobre nunca le faltaba un color bonito para pintarla cuando se acercaba la Navidad. Hace unos quince años redondeaba el sueldo de su marido trabajando como peluquera a domicilio y –remunerada o no – su disponibilidad ha sido total para ayudar a quien puede. Su compañía amenizaba las largas y pesadas jornadas de trabajo en un negocio cuyos beneficios han ido mucho más allá de las manos de su dueña. De pronto aparecía en silencio y se ponía en una esquina esperando que se detectara su presencia como si creyera que el aroma del café humeante que traía en una taza no la delataría.

Todas las mañanas (después de despedir a su marido e hijas), Laida iba café en mano a dar los buenos días. Como es una mujer detallista se había dado cuenta de que yo no tomaba café, así que muchas tardes a la hora de la merienda se aparecía con una gran taza de avena recién hecha, cremosa, llena de leche y  la dosis justa de canela. Yo por esa avena habría hecho cualquier cosa, beberla me llevaba de vuelta a esas mañanas en las que no podía ir al colegio sin haber terminado la tacita que me preparaba mi abuela. Laida tiene el secreto para hacerla igual, un secreto que como yo también ignoran los cocineros de los mejores hoteles del país. Daba igual si engordaba o no, cuando pasaba tiempo sin llevarme yo le pedía descaradamente que preparara un poco. Nunca se negó.

El roce hace el cariño, y a esa negra que desayunaba con mi madre es imposible no tenérselo. Cuando la recuerdo no sólo siento nostalgia de su avena, sino por las tardes que nos reímos hasta que nos dolía la barriga, por sus palabras de ánimo cuando era necesario y sus ocurrencias cuando alguien estaba de mal humor. Esa mujer ha conocido a mis amigos sin conocerlos, ha viajado conmigo sin moverse de su barrio. La felicidad es sobre todo compartir pequeñas cosas.

Todo ha cambiado mucho y Laida ya no es tan alegre como antes. Vive angustiada porque tiene serias dificultades para conseguir comida, le preocupa que llegue el día en el que ni ella ni sus hijas puedan alimentar a sus nietos. Sabe que la situación va a peor y que hay pocas o ninguna garantía de que mejore. Se le ponen los pelos de punta al pensar que no tiene fondos para hacer frente a una enfermedad grave y que cuando se le sube la tensión porque no consigue pastillas para controlarla, los cubanos del consultorio pirata que hace años puso el gobierno cerca de su casa le mandan Ibuprofeno.

Laida me escribió hace unos días para decirme que siempre se acuerda de mí y con tristeza recordó que al hacerme avena jamás pensó en la cantidad de leche que utilizaba, ponía la necesaria y listo. Ahora casi nunca consigue para preparar el biberón a sus nietos y, cuando tiene, sabe que debe parar una vez que el agua se ve un poco blanca. Habla sobre la cantidad de personas que ha visto pasando hambre y de la impotencia por no poder ayudarles, de cómo el más simple diagnóstico médico es casi un desahucio. Dijo: “Antes ser pobre significaba tener un carrito viejo, vestir de ropa sin firma, ir de vacaciones a la playa más cercana, ahorrar para ponerle rejas a la casa o para celebrar los quince años de una hija. Hoy ser pobre es pensar con qué vamos a rellenar los tres panes que cenaremos esta noche porque no nos alcanza para harina de maíz, es escoger entre comprar un kilo de pollo o uno de caraotas. Hoy soy rica entre los pobres, pues hay gente buscando comida en la basura y para no llegar a eso una de mis hijas se va del país, se lleva a mis niños y quién sabe cuándo volveré a verlos.”

Quisiera que recuperara la sonrisa, las ganas de vivir, por eso le dije que escribiría sobre ella.

Negra: sé que no es fácil, pero aprieta los dientes. No te puedes perder el capítulo final de esta larga pesadilla. Cuando por fin termine, sé que tú también estarás en pie para celebrar y ayudar a levantar el país. Brindaremos con una taza de avena. Eso sí, la haces tú porque a mí nunca me quedará tan buena.

Fotos:

campechehoy.mx

saboramexico.com.mx

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¿A esto lo llaman feminismo?

 

Hace un par de días vi por casualidad cómo lapidaban por las RRSS a una mujer que viviendo eso que podría llamarse “explosión de felicidad de una madre” ha expresado –de la forma más respetuosa posible–  su punto de vista sobre la maternidad y las renuncias que representa. Con una candidez casi típica en este tipo de situaciones, intentaba convencer a aquellas mujeres que pudieran encontrarse en la misma disyuntiva que ella alguna vez atravesó. Es cierto que los ejemplos utilizados no son precisamente los más dramáticos que alguien pudiera dar, pero la vida no siempre está llena de dramas y cuando alguien intenta motivar a otros es libre de utilizar lo que considere apropiado.

A la señora Astrid Klisans la han llamado machista, clasista e incluso cerda. Y no, no lo ha hecho una manada de machos alfa con ganas de aplastar a una mujer por estar en desacuerdo con lo que ellos piensan, no. Lo han hecho señoras que se supone defienden la igualdad de género, el derecho a pensar diferente, el derecho a expresarse sin temor a lo que puedan decir los demás.

Que una mujer en su vida no haya puesto pie en un spa o vaya dos veces al año a la peluquería no le da derecho a tratar mal a otra que sí se lo puede permitir.

Cómo es que las mujeres que dicen defender el potencial que muchas tenemos para ocupar puestos de dirección en grandes empresas, altos cargos públicos, etc., son las mismas que nos creen tan idiotas como para que una publicación en una revista –con un público bastante definido, de paso– nos vaya a influenciar hasta hacernos cambiar de convicciones o nos haga sentir la presión de “la sociedad”.  ¡Tremendas defensoras!   Señoras, gracias pero no, gracias.

¿A esto lo llaman feminismo? El ataque de un montón de mujeres que no tienen las mismas posibilidades que otra, en lugar de feminismo lo que parece es una gratuita demostración de envidia y resentimiento.

La señora Klisans no es ministra de Igualdad. No es suya la culpa de que exista la vergonzosa brecha salarial de género o que la conciliación familiar sea casi una utopía. Es simplemente una mujer que tiene un determinado tipo de vida y, como es legítimo, tiene el derecho de expresar lo que siente al respecto, a echar o no de menos la anterior y a sentir que en la actual lo más importante no es ella misma –signifique eso renunciar a clases de chino,  al gimnasio, a hacerse mechas o estar aterrada sobre si será capaz de ser buena madre o no. No es su culpa si otras no pueden permitirse determinados “lujos”.

Señoras, ser madre no hace a una mujer mejor que otra, pero no serlo tampoco. Ni es más digna la que madruga y suda para no perder el metro, que aquella que no tiene necesidad de hacerlo.  Cada quien tiene lo que tiene, y a quien no le guste la propia vida debe ocuparse de hacer lo posible por conseguir la que sí sin que esto signifique verter insultos hacia quienes tienen una distinta y evidentemente mejor en el aspecto económico.

¿Qué tiene de malo que una mujer piense que ser madre o ver la sonrisa de satisfacción de unos abuelos es lo más bonito que hay? ¿Vivir bien es motivo para que una mujer sea calificada de clasista o cerda? ¿Por qué es “mierda de la buena” que una mujer diga que con la maternidad ya no puede dedicarse a ella como antes? ¿Qué importancia tiene si dedicarse a sí mismas era ir a un spa, viajar, fumarse un porro, hacer botellón, ir a la peluquería o pasarse el día en Twitter? ¿La culpa de que millones de mujeres no tengan recursos para llegar a fin de mes sin angustias o ir a la peluquería semanalmente es de la señora Klisans? ¿De verdad tener la piel de porcelana es suficiente motivo para ser insultada?

klisans

Una mujer tiene todo el derecho del mundo a ser feliz llevando las axilas sin depilar o a echar de menos ir de copas con su pareja porque no tiene presupuesto, tiempo o con quien dejar a sus hijos (si los tiene) y no por eso es una cerda. Tampoco lo es si decide no ser madre o si prefiere vender libros. ¿Por qué otra no puede sentirse feliz de ser mamá?

Muchas de las limitaciones son autoimpuestas y hay quien no tiene vida propia aunque no esté cuidando muchachitos. Tener hijos, ir a un spa, retocarse las raíces, hacerse la manicura, ir en tacones, casarse, ir de compras, al gimnasio, leer una novela, viajar (o no) es totalmente compatible con hacerse respetar, luchar por los derechos propios y de los demás. Ya basta de anónimas creyéndose una autoridad suprema con la facultad de determinar qué es machismo y qué no. Basta de ir gritando “en el nombre de las mujeres” un feminismo que no es tal, sino una bochornosa forma de odio, envidia y resentimiento. Pues entre las cosas más machistas del mundo también se encuentran esos grupos de chismosas que se juntan para despellejar a una mujer que no les simpatiza porque vive o viste mejor.

Cada quien toma sus decisiones considerando las consecuencias que éstas comportan. Si no es el caso, entonces lo que toca es madurar, no lapidar a una extraña que publica en una revista que abunda precisamente en esas peluquerías a las que dicen no poder ir las de piedra en mano.  Evidentemente un hijo no está para cubrir eventuales vacíos que alguien pueda sentir en su vida. Sin embargo, cada una sabe qué le llena y porqué quiere ser madre (o no).

A juzgar por los comentarios, no parece que les moleste que una señora se haya tomado la libertad de contar una experiencia personal, sino que esa señora sea guapa, vista bien y pueda permitirse cosas a las que dudo renunciarían muchas de las que la han atacado. ¿Realmente pretenden hacerle creer al mundo que si tuvieran las mismas posibilidades renunciarían a cualquiera de esas cosas que les gustaría hacer o tener y que ahora no pueden permitirse?

Señoras, eso no es feminismo, es hipocresía, discriminación y, sobre todo, envidia. El feminismo no debería ser ordinariez ni una forma de venganza para aplicar la ley del embudo que durante años se ha aplicado a las mujeres. El feminismo es otra cosa, pero fundamentalmente es mucho más que una marca comercial que vende feminismo.

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Instagram @astridklisans

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