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No estás sola

De repente las cosas cambian. Un día notas algo extraño y piensas que probablemente te estás poniendo paranoica, que seguro no es nada, pero por si acaso pides cita a tu ginecóloga.

No quieres darle importancia al asunto, pero sabes que está allí en tu cabeza. Intentas entretenerte con banalidades: enciendes la tele, ves zapatos, te haces la manicura, abres una botella de vino… Sigues con tu rutina, pero sintiendo una especie de sombra a la que de vez en cuando miras de reojo.

Parece inevitable que sin ser pesimista te vengan a la cabeza nombres de personas cercanas o no que han vivido lo mismo. Pasan los días y casi sin darte cuenta de pronto te ves en una sala sola (aunque nada cambiaría si estuviera llena de gente) para hacerte una prueba a la que intentas no dar mayor importancia. Reina el silencio entre ese grupo de sillas alrededor que, por suerte, nadie ocupa. El cansancio se nota, no es agradable dar vueltas en la cama y pasar la noche en vela. Bueno sí, pero no por angustias.

Durante la espera piensas en todas esas veces que al salir de la ducha te miras en el espejo, confirmas la firmeza del pecho, que los pezones apunten hacia donde quieres (o no), con discreción, sin vulgaridad. Recuerdas cuando con más o menos prisa les has puesto aceite, crema, el perfume de toda la vida. Cada vez que con severa vanidad criticaste lo mal que te sentaba algún sujetador que ni loca debías comprar o lo guapa que te sentías con algún otro que desde ese momento se convertía en elemento indispensable. Tanto, que te llevabas uno de cada color.

Piensas en todos los años que «ellas» llevan haciéndote compañía, en el perro que con una mordida a los siete años sembró la ingenua duda sobre si sus colmillos se habían llevado toda posibilidad de crecimiento. Evocas la primera camiseta que utilizaste, el top al que más rosca le diste durante la adolescencia, en todos los cambios que ha sufrido tu cuerpo a lo largo de estos años a los que nada puede quitarle lo bailado. Revives la primera vez que te desnudaste ante sus ojos perdidamente enamorados.

Los pensamientos se ven interrumpidos por la llamada para pasar de nuevo por lo mismo y, mientras oyes atentamente lo que dicen, actúas como si nada y sintiéndote novata, como si jamás hubieras sentido cómo te miran literalmente por dentro o cómo una máquina aplasta hasta las inquietudes más lejanas y el dolor se apodera de todo durante la eternidad que parece durar la prueba.

La incertidumbre se convierte en tu peor enemiga y el cansancio no te ayuda a combatirla, pues sabes que sólo se acaba cuando llegan las certezas (buenas o malas, pero certezas). Todas las mujeres estamos obligadas a jugar una ruleta en la que nunca queremos tener el «número premiado». El bicho está ahí. Su nombre: Cáncer. El apellido se resume a códigos que no se entienden sin que alguien con bata blanca te los traduzca. El médico suelta el pronóstico, uno mejor sería no tenerlo, pero ni modo, ahí está y hay que atacar. Lo mejor es la sentencia con imponente seguridad: “de esto se sale”.

Ya está todo listo y todos los que deben estar están: el amor necesario, los amigos, la confianza, el profesional que sabe lo que hace y sigue los protocolos sin improvisar inventos raros. Esta es la última noche con ansiedad, pues al monstruo se le acabó la guachafita, mañana tempranito lo sacarán y luego harán todo lo necesario para que no vuelva a aparecer.

Llegar hasta aquí no ha sido sencillo, pero ya falta muy poco. Todo va a salir bien, te lo aseguro. Aquí estoy, aquí estamos. Amiga, no estás sola. Esto para ti es pan comido y muy pronto vamos a celebrar que de estos meses no queda más que el informe médico.

Para MJ.

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Cuarenta

40

 

El 14 de febrero cumplí cuarenta años, una edad a la que desde niña pensé que no llegaría. Tal vez porque me parecía algo tan lejano como el año 2000, cuando según los predicadores que daban lata los domingos por la mañana se supone que se acabaría el mundo. Yo no podía pensar en llegar a los cuarenta años cuando estaba ocupada en plena adolescencia mirando fijamente a los ojos de ese profesor de Filosofía que tanto me gustaba. Él que con esa voz pausada me obligó a sacar las mejores notas de todo el bachillerato y al que me encantaba rebatirle los ejemplos de comparativos en inglés con un “The Beatles are not better than The Rolling Stones, they are just different.”  Cuando eres chama creces a tal velocidad que no haces planes tan a largo plazo (si es que haces planes). Casi no da tiempo a notar cómo tu cuerpo empieza a formar curvas, aunque sean discretas. Y vas así, a toda mecha como Alicia Silverstone en esa moto que termina tirada porque ciertas cosas es mejor hacerlas en avión. Si sabes quién es Alicia Silverstone, recoge tu cédula, yo espero.

Los años de miradas cómplices con chicos mayores que yo, de pelo largo y zarcillo que no gustaban a mis padres (cosa que los hacía aún más fascinantes, a los chicos, claro) contrastaban con las rutinas de tacones y perlas por la mañana y pies descalzos atravesando la ciudad al salir del cine casi a medianoche. Era imposible prever que el resentimiento de un niño malcriado con envidia por no haber recibido en Navidad el mismo carrito de juguete que su vecino, diezmaría parte de los mejores años de mi generación, arrasaría mi país desgarrándome el alma cada vez que alguien hacía las maletas para volver “cuando esto se acabe”.  Media vida bajo la sombra del chavismo que, incluso a miles de kilómetros amenazaba cada minuto, pues hasta en aquellos momentos en los que el amor me sorprendió sujetándome por la cintura para robarme el beso que estaba dispuesta a entregar sin oponer la menor resistencia, el chavismo estaba allí, acechando, listo para atacar en forma de algún tipo de atropello, de algún tipo de desgracia. Listo para romper sueños y hasta mandar al carajo una inolvidable mañana en Portofino.

Portofino

Media vida bajo una sombra que he burlado de todas las maneras imaginables, algunas con más éxito que otras, evidentemente. Y sí, tengo cuarenta años, no estoy casada, no tengo hijos, no tengo novio, no tengo hipoteca, casa y tampoco tengo deudas. Porque no quiero, no me gustan los cobardes y porque lo más importante siempre debe ser hecho porque así lo deseas, no porque los demás lo esperan o crean que lo necesitas. No pretendo que alguien me mantenga, no pienso en quién me cuidará cuando sea anciana, no sé si llegaré a anciana. No quiero tener un hijo para ver cómo me cambia la vida ni para convertirme en “mejor persona”. La maternidad no es garantía de nada. No cabe duda de la cantidad de sujetos despreciables que en nuestro mismo país vive con una prole que no les hace precisamente mejores seres humanos. Si eso es ser egoísta, ni modo. Yo creo que es más egoísmo juntarse para no estar solo, tener un hijo para solucionar una crisis de pareja o porque los demás lo tienen, tener otro porque uno es poco, vivir con alguien con quien no eres feliz y aparentar lo contrario. Usar a los muchachitos como moneda de cambio para obtener algún beneficio, eso sí es egoísmo. Mi opción no es mejor ni peor que otras, es diferente.

Nací sin el gen de montarme películas por un calentón después de varias copas de vino, ni el de sacrificar amigos por amantes. Voy a las fiestas acompañada de mi bolso de turno, sin sentirme culpable, fracasada, ni merecedora de lástima o de encerronas con hombres ofertados en saldo por internet. Son cuarenta años que no me pesan cuando me veo al espejo. No tengo cirugías, no me inyecto nada para parecer más joven, no escondo mi edad ni me ofende la de los demás. No me sorprenden las modas porque la mayoría son sólo un déjà vu, lo que mi abuela llamaría “más viejas que zapato de orejita”. Huyo de esas ridículas fiebres gastronómicas cuyos seguidores dan ternura cuando pretenden dar a conocer su infinita sabiduría sobre qué es una panela o las propiedades de aguacates que se encogerían de vergüenza al ver uno de verdad. Con mis propias manías (que no son pocas) hasta yo tengo bastante. No hago pilates, ni zumba, ni corro por ahí. Voy al gimnasio cuando no tengo flojera, cuando entro en pánico porque algún trapo se ajusta más de la cuenta, cuando no me quedo enganchada al televisor o sencillamente cuando recuerdo que no es gratis. No cuento calorías cuando voy al supermercado, sino minutos de placer, nunca prefiero el chocolate a la pasta, ni una discoteca a un concierto. Siempre hago las cosas al revés: no estudié y luego me puse a trabajar, me puse a trabajar y luego estudié y trabajé a la vez. Si se me antoja, pido de postre un entrante. En lugar de estar frente a la cámara, prefiero estar detrás, ahí, donde se toman las decisiones, donde se manda.

Gorra

No me importa ir al teatro, comprar, viajar ni dormir sola. De hecho, la mejor parte de la noche es cuando me doy vuelta y puedo seguir rodando hasta la otra punta de la cama. No creo que por ser mujer tenga la verdad en mis manos ni que tener ovarios sea razón para que la ley se incline a mi favor. No acepto lecciones de feminismo de gente que no sabe hacerse escuchar sin necesidad de quitarse la camiseta o que no tuvo el valor de rebelarse ni siquiera en su propia casa. No creo en los que hablan de democracia pero cuando pierden una votación para secundar una huelga, piden repetir porque si no, les toca ir a clase. Tampoco pierdo el tiempo escuchando hablar de “sororidad” a mujeres que juzgan a otras porque usan tacones de diez centímetros o van perfectamente maquilladas, como si eso quitara el derecho a opinar. No permito que ningún hombre me haga sentir que valgo menos que él.

Tengo cuarenta años, no pido permiso ni doy explicaciones, aunque tampoco lo hacía con veinte. Aún no he hecho la gran fiesta que imaginaba desde los treinta y nueve, ni siquiera he podido reunir a los más cercanos para comer churros. Así que he decidido ser discreta y seguir como si nada, acumulando motivos. Dicen que realmente eres mayor cuando das importancia a los médicos, y tal vez sea verdad. De modo que no sé cuánto me quede de salud, pero con que me alcance para ver a mi país libre será suficiente para tirar la casa por la ventana, juntando los cuarenta de muchos con los reencuentros de otros y, sobre todo, con la libertad de todos. No importa que no haya espumoso, con guarapita de parchita también se brinda.

Tengo cuarenta años y el chavismo me ha robado veinte. Nunca supe cuánto faltaba para que esto acabara, pero ahora más que nunca estoy convencida de lo cerca que está el momento de ver a los asesinos salir del poder y terminar sus días en una cárcel. Valencia, ahí voy para verlo contigo rodeada de verde y de tu cautivador olor a tierra mojada.

 

Fotos:

Gaínza

Ricardo Gómez Ángel (unsplash)

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Si fueras venezolano

BBC

 

Siempre he creído que utilizar ejemplos prácticos hace más sencilla la comprensión de aquello que nos es ajeno. Como cuando todavía no sabía contar y mi abuela me enseñaba cuántos días faltaban para ir a la playa: te duermes, te despiertas, desayunas, vas al colegio, te bañas, comes, juegas, te duermes, te despiertas… Repites todo de nuevo y ya será el día de ir a la playa. Parece una tontería, pero que me explicaran las cosas en base a mi vida diaria era la mejor manera de hacerme entenderlas.

Así que pensé en toda esa gente que desde hace días no hace más que hablar de «golpe de Estado» en Venezuela sin tener en cuenta nuestra Constitución ni lo que cada venezolano vive. De manera que aquí lo explico con ejemplos prácticos para que puedan comprender qué es lo que nos ha llevado a la calle una y otra vez:

Si en lugar de ir al supermercado que más te gusta a llenar tu carrito con por lo menos seis marcas  distintas de leche para escoger entre desnatada, semi, sin lactosa, de soja o ese cuento con sabor a almendras, tuvieras que cambiar un paquete de pañales por un pote de leche en polvo. Si la ausencia de esas estanterías de aceite de diferentes orígenes e intensidades que bien conoces te obligara a negociar con tu vecina para que por media botella tú le dieras medio kilo de pasta.  Si en lugar de relajarte en una bañera de agua caliente, exfoliar tu piel, ponerte mascarilla en el pelo o depilarte las piernas a toda prisa bajo la ducha, tuvieras que picar en trozos una pastilla de jabón, rendir el champú con agua y sacarle el mayor provecho posible a un cubo de agua fría porque no están las cosas como para desperdiciar el agua ni el gas. Si tu madre no fuera a la farmacia con la receta, pidiera sus medicinas y pagara,  sino que tuviera que esperar a que tú hicieras maromas para mandarle el tratamiento necesario durante los próximos seis meses o incluso un año. Si en lugar de subir al transporte público a la hora que te apetece, tuvieras que hacerlo a un camión de cochinos para ahorrarte los kilómetros que separan tu casa de tu lugar de trabajo. Si no usaras tus redes sociales para farandulear o criticar a «la derecha» y te vieras en la necesidad de pedirle a tus seguidores ayuda para conseguir un medicamento o dinero para cubrir la operación de algún familiar o amigo.

Si cada vez que salieras a la calle lo hicieras sin tu teléfono porque llevarlo contigo sería facilitarle el camino a la muerte. Si tu tiempo de encierro comenzara al ocultarse el sol. Si la totalidad de tu sueldo de novecientos euros te alcanzara solamente para comprar un cartón de huevos. Si al ver una carroza fúnebre recordaras que en una como esa alguien te hizo el favor de mandarte junto al cadáver la ampolla que resistió los baches de 400Km de carretera para ayudar a salvar la vida de una amiga en coma. Si en lugar de ver nacer a tus mellizos prematuramente en un hospital público con todas las condiciones hubieras tenido que hacerlo en uno sin oxígeno o donde el primer apagón mandara al demonio hasta los monitores.

Hospital

Si tuvieras que coordinar con tus hermanos según el terminal del documento de identidad para hacer la cola que permitiera comprar dos kilos de pasta por cabeza una vez al mes (si todavía quedara llegado el momento). Si en lugar de ir al parque tus hijos tuvieran que jugar en el patio de tu casa donde hasta el techo está enrejado. Si tus protestas rodeando el Congreso no se resolvieran con la «violencia policial» que denuncias, sino a punta de plomo directo a la cabeza. Si la inviolabilidad de tu domicilio durara hasta que unos uniformados te lanzaran lacrimógenas por la ventana o les diera por entrar y llevarse de tu casa incluso a tus sobrinos menores de edad. Si al ser detenido por manifestarte en la calle supieras que tendrás defensa de oficio y un juicio con todas las garantías, pero no desaparecerás, no te raparán la cabeza, te desnudarán, te llevarán a una celda cinco metros bajo tierra, tampoco te obligaran a comer excremento, te violaran con un fusil ni te arrancaran las uñas. Si tus largas tardes de zapping hubiesen desaparecido porque los medios de comunicación públicos estuvieran secuestrados, los privados amenazados o cerrados y para informarte dependieras de la conexión a internet más lenta de la región.

Si irte de vacaciones no fuera más que un lejano sueño porque llevas años con el pasaporte caducado y renovarlo para por fin emigrar o ir a ver a tu familia te costara como poco los 500€ que te pide el funcionario de turno para entregártelo en meses. Si tu versión del interrail fuera una caminata de miles de kilómetros atravesando los Andes hasta pedir refugio en algún país vecino. Si tus amigos en lugar de ser vegetarianos por decisión, comieran yuca, plátano o mango porque no consiguen otra cosa. Si al salir tu única opción fueran los zapatos rotos que te quedan porque los demás ya tienen el hueco muy grande. Si el registro electoral o la garantía de ser auxiliado por tu consulado en cualquier lugar del mundo desapareciera porque tu nombre está en una lista de disidentes. Si toda la gente que te rodea estuviera cada día más delgada porque come lo que puede cuando puede. Si tu carro llevara meses sostenido por cuatro bloques porque así se quedó cuando dejaste de conseguir neumáticos o repuestos. Si tus grupos de Whatsapp no se llamaran «amigas» «marcha» ni «running», sino «tanquetas», «medicinas», «comida» o «trueques varios», y tu galería de imágenes constara de fotos de medicamentos, personas heridas o  precios del kilo de queso en lugar de memes. Si tu única expectativa de futuro se limitara a regresar vivo a tu casa. Si la recepción de ayuda humanitaria en tu país fuera declarada inconstitucional.

En fin, si llevaras años escuchando a una cuerda de sinvergüenzas o fanáticos defendiendo cómo un grupo de asesinos, narcotraficantes y corruptos destruye tu país y empeña todas sus riquezas, seguro que me entenderías. Pero no lo haces, y sabes por qué, porque estás muy cómodo en tu casita o en el bar bebiendo cañas y arreglando el mundo. Cuando tocas el interruptor se enciende la luz, cuando quieres saber qué pasa, puedes verlo en el medio de comunicación que te da la gana, cuando no te gusta el gobierno de turno, votas para cambiarlo. Cuando te enfermas, vas a un hospital donde tienen con qué atenderte.  Y si lo que cuento te parece demasiado largo, imagínate lo que es padecer esto y mucho más durante cada día de los últimos veinte años. Sí, veinte años. Muchos más de los que te tomaría analizar cada pequeño detalle de tu tranquila vida de luchador con conciencia de clase.

Ya sé que te cuesta entenderlo porque NO ERES VENEZOLANO, no se trata de tu vida ni la de la gente que amas. Tú con tal de defender «tus ideales» vas por ahí grabando videos con tus fabulosas gafas de sol, vestido con una camiseta del Ché Guevara o tapando el logo de tu Apple con una calcomanía de Gramsci como si eso te hiciera menos capitalista que nosotros. A ti que eres de “izquierda” te da igual lo que le pase a millones de personas que claman por libertad, democracia y la oportunidad de vivir en paz. Porque total, qué derecho van a tener todos esos imperialistas que exigen comida, medicinas, agua corriente y que no los maten por opinar. Para qué necesitarán todo eso si  tan sólo son exagerados de derechas, no como tú que, de sensibilidad, justicia, derechos humanos y democracia sabes mucho, pues siempre estás del lado de quienes hacen lo correcto, y quienes hacen lo correcto son siempre los que piensan como tú.

 

Fotos:

BBC

Gaínza

 

 

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¿Por qué dejé de escribir?

Valencia

 

 

Llevo meses haciéndome la misma pregunta todos los días, viendo de reojo la computadora, a veces con rabia, otras con miedo y muchas con vergüenza. La misma vergüenza que uno siente cuando sin excusas sabe que está aplazando algo.  Y no, no se trataba de flojera, se trataba de un profundo rechazo a la realidad. No era la primera vez que me pasaba, desde que comencé a escribir este blog he tenido que enfrentarme a momentos duros para mí y para mi gente. Y debo decir que estos últimos son los más dolorosos, pues creo que tengo más fortaleza para reponerme de los golpes, pero me es insoportable ver sufrir a la gente que amo, ver a mi tierra destrozada, sentir la incertidumbre sobre lo que nos espera y, lo peor, no saber cómo evitarlo.

Mis días en Venezuela no fueron fáciles, pero decir eso me parece casi ofensivo para quienes están allí todos los días luchando por comer, no caer enfermos y escapar a las balas. Contar día tras día lo que estaba viviendo era una tortura, la forma más dolorosa de relatar lo que estaba viendo y a la vez quedarme corta porque hay escenas que no pueden describirse con palabras. Necesitaba respirar, coger impulso y seguir narrando lo que veían mis ojos y los de mis allegados, pero también necesitaba hablar de otra cosa, de algo que no hiciera sentir peor a quienes siguen allí. Algo que los hiciera olvidarse por un momento de la tragedia que tienen alrededor. Me odié mucho por no ser capaz de escribir algo más amable, ligero, alguna tontería. Me habría gustado hablar de besos robados, de cómo muchas mujeres tenemos clasificados nuestros zapatos de tacón, de la odisea de recordar después de un rato conduciendo que dejé junto a la puerta de casa lo único que tenía que llevar a mi destino y, por supuesto, no debería haber olvidado. Necesitaba un poquito de banalidad, no para mí, o bueno, para mí también, pero sobre todo, para ellos. Y como no era capaz de hablar de otra cosa, preferí callar.

Este año vi mi ciudad triste, mi barrio vacío, solo, cada vez con menos gente. Vi aumentar las sillas vacías en mi casa y una habitación más que espera el regreso de su propietario aunque sea para juntarse con sus hermanos el día de Navidad y ver durante horas el Chavo del 8 como si todavía fuéramos niños.  Volví a sentir la desolación que dejan las despedidas y volví a disimular frunciendo el ceño para hacer creer que estaba brava. El ceño fruncido siempre es un buen muro de contención para las lágrimas.

Cuando alguien me preguntaba “¿por qué dejaste de escribir?”  en la mayoría de los casos no sabía muy bien qué responder. De manera que lo arreglaba diciendo: “pronto volveré”,  aunque no supiera muy bien cómo ni cuándo. A lo mejor no soy lo suficientemente fuerte para afrontar este tipo de experiencias, a lo mejor es la edad o simplemente no estaba preparada para tanto palo, pero, ¿acaso había solo venezolano preparado para esto? Definitivamente no. Sin embargo, eso no nos ha evitado presenciar el desmoronamiento de nuestra tierra.

A veces siento que Venezuela ha muerto y mis amigos y yo estamos cargando su ataúd mientras el barro del cementerio nos hunde los pies como entorpeciendo nuestra llegada a su sepulcro. Otras siento que está en parada cardiorrespiratoria y estamos todos echándole pichón para reanimarla, un rato cada uno mientras los que están inactivos se desesperan porque la cosa está realmente fea. Otras me siento tan poderosa como la gran montaña que con su inigualable verde enmarca la ciudad que me vio nacer y creo firmemente que esto también pasará, que regresaremos a nuestras casas, que nuestros viejos no tendrán que angustiarse por comida o medicinas, que nuestros niños sabrán lo que es jugar chapitas en una calle cerrada y que jamás se volverá a repetir esta historia terrible que tuvo inicio hace veinte años cuando éramos un país joven y lleno de ilusiones.

Venezuela ha sufrido el desengaño de un hombre que la engatusó para robarle todo el dinero que tenía, destrozarle la casa, matar a sus hijos y dejarla en la calle hambrienta y en harapos. Pero ella no se ha rendido, sigue siendo fuerte, joven, bella. Ha adquirido mucha experiencia en sucesos que le eran lejanos en tiempo y espacio. Ha aprendido con sangre que los príncipes azules no existen y los de boina roja mucho menos. No sabe cuánto durará la agonía, pero sabe que acabará y ella sobrevivirá para que muchos sigan su ejemplo y no caigan en la misma trampa.

Mientras ese momento llega, toca hacer de tripas corazón, dejar la lloradera para después, tal vez para el día en el que celebremos que esta pesadilla terminó. Este es el motivo por el que estoy aquí de nuevo, para transmitir cómo la vida se abre paso en medio de la miseria, igual que cuando un niño nace y llena de esperanza todo lo que le rodea. Tengo que seguir aquí para contarlo… Ojalá y ustedes sigan allí leyendo hasta que lo bonito llegue.

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F y G

 

G tenía dieciséis años, iba con un pantalón que arrastraba un poco cuando no lo estaba pisando con sus Converse. F tenía uno más y aprovechaba los tacones para cruzar la calle en diagonal y no llegar tarde. Ambas se miraron, sonrieron y comenzaron a hablar. Llevaban unos tres minutos compartiendo la acera camino a su primer día de clases de francés,  pocos metros que dieron comienzo a una vida juntas pero no revueltas. Cuando les tocó presentarse en la clase nadie creía que acababan de conocerse, parecían amigas de toda la vida, y lo eran, simplemente se habían conocido ese día.

Eran y siguen siendo totalmente diferentes, G casi no se maquilla, nunca usa tacones y es extraño que vaya de compras. F no sale de casa sin haberse puesto máscara en las pestañas y es tan raro verla con zapatos bajitos que sólo la delata su forma de caminar. Tenían gustos totalmente opuestos en todo salvo contadas excepciones, una de ellas eran las películas que consumían en sesiones doble de cine incluso dos veces por semana. Pero lo que más las unía era su pasión por ver las estrellas. Muchas veces se ponían de acuerdo con sus amigos y después de llenar con combos de hamburguesas o multitud de perolitos de comida china el carro prestado de los padres de alguno de ellos, subían a la colina más alta de la ciudad y allí pasaban horas viendo lo bonita que les parecía, hablando de todo un poco y escuchando Radiohead con el cielo como techo. En esos años ninguno de los comensales pensaba que llegarían a separarse por mucho tiempo. En esos años nada en el mundo era mejor que Valencia.

Año y medio después abril había llegado dando la mayoría de edad a G. Al poco tiempo F y ella vivían juntas en un apartamento con una ubicación envidiable (daba a una calle ciega) donde eran felices por encima de cualquier cosa. Tenían rutinas muy distintas, sus vidas iban cambiando. Sin embargo, lo mejor de aquella cotidianidad llegaba cuando caía la noche y bajaban con una manta a la calle ciega desde donde acostadas veían las estrellas. No era necesario esperar a San Lorenzo para ver muchas, tenían la suerte de que el poste de la calle estaba dañado la mayoría de las veces y esa oscuridad les permitía pedir multitud de deseos mientras soñaban con viajar por el mundo, hablaban de amores, reían, lloraban… En esto tampoco estaban de acuerdo: una quería ir a Estambul, la otra a Florencia. G ahorraba todo lo que podía para irse lo más pronto posible, F bastante menos porque quería hacerlo más adelante y gastaba mucho en zapatos.

El tiempo siguió pasando y F se mudó muy lejos como para bajar a la calle en cuatro plantas de ascensor, pero lo suficientemente cerca para seguir soñando juntas cada semana en la colina.

Un buen día G se fue a Estambul y se quedó tanto tiempo que F por primera vez tuvo miedo de no volver a verla. Todavía recuerda su regreso como si fuera un sueño, la alegría que sintió, el abrazo que se dieron y lo bonita que era la falda que le trajo: larga, estrecha y en su gris favorito. El país cambió, se fue poniendo tan peligroso que ya no era divertido volver caminando del cine a medianoche. F se fue a vivir a Europa y todavía no ha vuelto. G tiene un hijo maravilloso al que le gusta comer jojotos crudos, así que también emigró para poder darle un futuro sin hambre ni balas.

Hace años que no se ven pero siguen siendo almas gemelas. Hablan poco porque los husos no ayudan, pero se siguen amando,  porque el amor no es solamente el que nos une a alguien por sangre, el que nos llena la piel de deseo o el que sentimos por el lugar en que nacimos. El amor profundo también puede encontrarse en los amigos, sólo hace falta saber reconocerlo.

Pocos días atrás G leyó a F y recordó aquella calle donde acostadas contaban estrellas fugaces, le mandó un abrazo profundo lleno de la angustia que comparten en diferentes puntos del mundo. G y F hoy no pueden estar en las calles venezolanas ni para protestar ni para soñar. Tuvieron que irse, cada una a otro lugar a vivir y hacer lo posible por regresar, porque ambas saben que regresarán, ambas saben que volverán a verse y que volverán a ver juntas las estrellas desde la tierra que las vio nacer y las está esperando.

                                                                                              G, je t’aime!

                                                                                                                                   F.

 

Fotos:

Rafael Villegas (rafaelev@gmail.com)

Diego Hernández

 

 

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De palo es Pinocho

Venezuela #19A

Dos meses han pasado desde la última vez que fui capaz de escribir sin que a los pocos minutos la sangre me hirviera tanto que me obligara a abandonar de golpe el teclado. Y sé que para muchos es difícil entenderlo, pero a veces es muy complicado tener la determinación necesaria para seguir adelante cuando hay tantos frentes abiertos. En ocasiones el sentimiento de impotencia es tan grande que sólo queda cerrar los ojos muy fuerte y esperar a que pase el temblor sin que nos lleve con él.

Mi abuela me contó que cuando era pequeña vivió en una casa con tantas goteras que primero escampaba fuera que dentro. De modo que abundaban los perolitos regados por todas partes intentando recoger agua para evitar el menor daño posible. Así me siento yo, Venezuela es un rancho con multitud de goteras en medio de un aguacero de miserias, una legión de malandros disparando a quemarropa, la nevera de adorno y unas bolsas de basura en la puerta donde el que puede busca algo que llevarse a la boca para no morirse de hambre aunque en el intento termine siendo alcanzado por el plomo. En resumen, como dirían los viejos: “el rancho está ardiendo”.

Hacer frente a esta situación no es fácil, la vida se convierte en una pesada carga, en todo eso que nunca imaginamos que nos tocaría ver ni siquiera de lejos. De pronto las peores imágenes propias de territorios azotados por el hambre, la violencia y las enfermedades saltaron de nuestros televisores y se apoderaron de nuestras calles, de nuestras casas. Casi sin darnos cuenta, o más bien, sabiéndolo pero sin poder hacer demasiado para evitarlo, llegamos a este desastre que nos amenaza con más balas, cárcel, muertos, injusticia… Como si no hubiéramos tenido ya lo que hasta la mente más enferma consideraría suficiente.

De pronto sentí que me ahogaba, que no podía respirar. Ese ahogo se multiplicaba pensando en las horas que cada día pasa mi mamá haciendo cola en el supermercado, en el patrimonio que gastan mis hermanos para conseguir alimentos que parecen alucinaciones, en lo flacas que están muchas de las personas que reconozco solamente por la sonrisa que al ver un ser querido ilumina por un momento sus rostros demacrados por el hambre y la impotencia, en los muchachos que cada día engrosan la lista de presos políticos o defunciones. Es muy difícil no sentir que te duele la vida cuando todo lo que te importa se está yendo al carajo. Es misión imposible controlar el llanto cuando alguien pregunta por tu gente. Porque por más estoico que uno quiera parecer, siempre hay una lágrima rebelde que desbarata ese “bien” con el que podría haberse engañado al interesado, y por qué no, a uno mismo.

Ese ahogo, esa angustia y ese llanto pasaron del teclado al volante, a los libros, al plato del desayuno, a la debilitada almohada que me escucha cada noche. Por eso dejé de escribir, por pasarme estos dos meses combatiendo entre el dolor que siento y el instinto de supervivencia, sintiéndome egoísta por permitirme semejante lujo mientras millones de personas están jugándose la vida en esa bomba de tiempo que es mi país. Dejé de escribir intentando pensar en cosas bonitas, hablar de cosas bonitas, pero fue inútil. No fui capaz de producir nada con lo que pudiera engañar a nadie y mucho menos a mí, al contrario. Por eso preferí el silencio aunque éste me llevara a lidiar con el sentimiento de culpa por mi absurda pretensión de una “vida bonita” cuando la realidad es bien distinta.

Hoy 19 de abril es un buen día para volver a escribir, porque a pesar del dolor hoy hay algo bonito que contar. Millones de venezolanos saldrán a la calle para exigir libertad, democracia, justicia. Este día tiene un significado especial porque hace más de dos siglos Venezuela se cansó de la opresión e inició su camino a la independencia. Sin embargo, todos sabemos que recuperar la democracia no será cuestión de un día, de modo que si está luchando una nueva generación de venezolanos, tampoco nos vendría mal sumar nuestro propio día en el calendario, no para que nuestros descendientes de dos siglos más tarde nos recuerden con el mismo orgullo con el que nosotros recordamos las hazañas de un Libertador que este régimen malsano ha prostituido hasta el infinito, sino para que le devolvamos al país lo que durante años le dio a nuestros abuelos, padres y a nosotros mismos. A Venezuela le debemos mucho y sólo nosotros podemos sacarla de la cloaca en la que el chavismo la ha sumido.

Estos dos meses de lucha interna han servido para darme cuenta de que la única forma de que mi país no me duela es vaciándome las venas, y no, no puedo ni quiero. Estos dos meses no han podido cambiar que lo más bonito de mi vida está en ese pedazo de tierra que en el mapamundi parece un rinoceronte rodeado de papagayos. Mi familia, mi infancia, mis recuerdos, mis costumbres, mi acento, mis sueños, todo salió de allí, de ese país del que me siento orgullosa aunque ahora no tenga pasaporte. Del país que tiene que tapar las goteras de violencia, narcotráfico, escasez, corrupción e impunidad que el chavismo representa, y la mejor forma de eliminar esas goteras será acabando con ese rancho que muchos tienen en la cabeza, construir una casa con bases sólidas, con techo de verdad, sus matas de mango donde dar refugio a los loros y un jardín donde sentarse a recibir los amigos y ver volver a los que una vez tuvieron que irse.

Los sentimientos hay que demostrarlos y defenderlos, incluso de uno mismo. No hacerlo es deshonrarlos como si no valieran nada o nada tuvieran para dar llenando su existencia. Así como cuando uno se enamora de verdad y sabe que de volver a nacer se volvería a enamorar del mismo ser, así siento yo cuando pienso en mi país, porque si volviera a nacer y pudiera escoger dónde, no hay mejor lugar para mí que Valencia. Si volviera a nacer, volvería a ser venezolana. Y aunque todos sabemos cómo acaba el cuento, lo que recordamos es que al principio de palo es Pinocho.

 

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Sin velitas

No hubo flores, bombones, perfumes, viaje, sorpresas, ni cita en la peluquería.

Esta vez nadie ordenó una paella ni puso carne en la parrilla. Tampoco nadie peló verduras para un sancocho.

No se descorcharon botellas de vino, ni siquiera se llenó de cervezas la nevera.

El día comenzó en silencio, sin alegría, sin serenata.

El teléfono sonó sin encontrar respuesta. El timbre no recibió ni una sola caricia en toda la jornada.

No hubo zapatos nuevos que mirar frente al espejo, ni un vestido bonito al cual cortar la etiqueta. Nada de postres especiales, ni mariachis con sus trompetas.

Fue un día como cualquier otro, viviendo con el miedo a la delincuencia, lidiando con instituciones corruptas, aprovechando las horas de agua para regar las matas y poner una lavadora antes que se vuelva a ir la luz. Recorriendo farmacias, llevando sol en la cola de los supermercados, regresando a casa con las manos llenas, pero no de regalos, sino de impotencia e indignación.

Peinó sus canas recordando cuando no las tenía, cuando mientras se rizaba el pelo soñaba con el negocio que quería montar, la casa que quería comprar, los hijos que quería tener y la vejez que quería vivir descansando sobre la recompensa a décadas de duro trabajo e innumerables sacrificios que le esperaban. Con los ojos aguados sintió que tenía razón en haber pedido a todos no actuar como se acostumbra en una fecha especial, pues no sentía ganas de festejar teniendo a dos de sus hijos demasiado lejos y a los cercanos pasando por la misma tragedia que ella.

¿Cómo podría celebrar sin quitarse del alma a la muchacha que hace unos días hurgaba en la basura?

Así que sin velitas que soplar, cerró los ojos y pidió un deseo. Nadie sabe qué, pero tampoco hace falta adivinarlo. Ni harina, ni leche, ni azúcar, esos no pueden seguir siendo regalos.

Aunque muchos padres venezolanos en este momento no tengan más urgencia que evitar quedarse con la despensa vacía, es otro el mejor regalo que podrían recibir un día cualquiera –ojalá pronto– en el que seguro recuperarán las ganas de celebrar.

 

¡Feliz cumpleaños!

 

 

Foto:

Jacob Ufkes

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Nada ha cambiado

Ayer fue el primer día después de las fiestas, el día en el que comenzó la vuelta a la rutina que mañana lunes aplastará más de la mitad de los propósitos de Año Nuevo que no se hayan extinguido en la semana que está por terminar.

Se acabó la temporada de las sonrisas porque sí, de ceder el paso a los conductores que intentan cambiar de carril, de esperar pacientemente a que los despistados noten el semáforo en verde, de saludar en los ascensores y agradecer a quien amablemente presiona el botón para dejar entrar al que se quedaba fuera. Finalizó ese tiempo en el que el mundo parece un lugar mejor porque la mayoría sale de casa con el propósito de que así sea, porque se niega a dejar a los aguafiestas salirse con la suya.

Ayer las tiendas no sólo estaban llenas de personas que cambiaban o devolvían regalos por problemas de talla, también abundaban los desagradecidos que despotricaban sobre lo recibido, los que aprovechaban la ocasión para hacer inventario de los desaciertos con lazo que durante años han sufrido por parte de maridos, suegras, cuñados… Entre las largas filas detrás de las cajas registradoras incluso se podía escuchar cómo algunos calculaban las pérdidas entre lo que habían pagado por regalos con un valor económico mucho más elevado de lo que tenían entre manos. Otra vez las calles volvían a estar llenas de gente que estaba demasiado preocupada por sus bolsas como para darse cuenta de que seguía en el mismo lugar el indigente al que hace apenas unos días habían deseado “feliz Navidad” mientras dejaban caer algunas monedas.

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Por más que intentemos engañarnos, todo sigue igual. Mientras en una parte del mundo el problema más grande para algunos es el tiempo que pierden haciendo colas para devolver regalos, en otra, miles esperan horas en las puertas de los supermercados para –con suerte– tener algo que comer. Al tiempo que en Europa se esquivan viandantes que ocupan las aceras con sus grandes paquetes, no muy lejos hay personas huyendo de las bombas que son todo excepto un maná. Y así lamentablemente seguirá pasando un día tras otro de este año que apenas comienza: con poco o nada para algunos y demasiado para otros tantos que, cegados por su egoísmo, ni siquiera agradecen. Cada uno vuelve a lo suyo hasta que el próximo diciembre la música, las guirnaldas y las vacaciones establezcan una nueva tregua en la que el planeta entero se pondrá de acuerdo y nos volveremos a creer que ser mejores personas es posible, aunque no por mucho tiempo, pues así se ha decidido.

 

Fotos:

Alexander Dimitrov

El Mundo

El Nacional

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El que viene…

 

Para los venezolanos no es fácil despedir un año terrible sin temor a que el próximo sea igual o peor. No importa el lugar del mundo donde hoy las campanadas sonarán a diferentes horas, no importa cuántos deseos se pidan con la mirada al cielo o los ojos apretaditos para intentar contener las lágrimas. En el corazón de cada una de las personas de bien que independiente del punto cardinal que pisen sienten cómo el pie se les va solito cuando suenan los tambores, late con fuerza un deseo común: la próxima Nochevieja todos juntos.

Porque en este año a las muchas desgracias que aquejan a nuestro país se ha sumado una pobreza tan grande que ha dejado miles de mesas sin la tradicional cena de estos días, o peor aún, sin un pedazo de arepa que llevarse a la boca. La vida de los venezolanos se ha convertido en una carrera de obstáculos en la que las medallas se muerden porque de verdad se comen. Ahora más que nunca las fotos familiares están cojas de seres queridos que desde lejos sufren por la imposibilidad de ayudar a todos los que quisieran.

Con semejante panorama no es de extrañar que las calles del país estén en silencio por el desasosiego generalizado y la ausencia de los cohetes que muchos más de una vez deseamos callar por un rato. Tampoco resulta incomprensible que por solidaridad con nuestra tierra, más allá de las fronteras se renuncie a celebrar como se haría en condiciones normales. Si bien es cierto que hacer ayuno de hallacas no cambiará la situación del país, también lo es que cada uno tiene su propia manera de acompañar a sus seres queridos.

Durante décadas hemos sabido cómo los cubanos cada diciembre suspiran deseando celebrar el siguiente en su amada isla, y aunque somos más novatos en esto de las dictaduras, ya llevamos años con la esperanza de volver a casa para estar rodeados de nuestra familia compartiendo en una mesa llena del fruto de nuestro trabajo. Si uno está o se siente solo no le sirven de nada esas reuniones donde la abundancia y hasta el despilfarro hacen de las suyas. Cualquiera cambiaría en este momento su ración de marisco y champaña por un abrazo con su vieja y una hallaca aunque fuera a medias.

Lo siento por quien esperaba encontrar alegría en estas líneas, pero hoy no hay ganas de jugar a la alegría o el disimulo, ni de desconectar para sentirse menos triste. Hoy hay tristeza que juega garrote, hay corazones arrugados, guarapos aguados, nudos en la garganta y lágrimas muy amargas.  En Venezuela este 31 diciembre como desde hace un tiempo, millones de familias se acostarán con la barriga pegada al espinazo, y las que tienen algo que comer no están para fiestas. Hoy la cosa está fea como nunca la imaginamos, estamos bajo la sombra de la corrupción, la violencia y la carestía, haciendo de tripas corazones para seguir luchando por una vida mejor, por recuperar lo que nos han arrebatado, por volver a ser el país más feliz del mundo de verdad y con razón.

La única forma de usar esta tristeza es convertirla en energía para seguir adelante, pelear sin descanso hasta conseguir lo que queremos, utilizar esta sombra como certeza de que sin la misma no hay luz. Del túnel de la dictadura han salido muchos, nosotros también somos capaces. Es nuestra responsabilidad hacer lo posible para que la próxima Nochevieja estemos todos juntos sin asientos vacíos, comiendo lo que nos hemos ganado y brindando sin sentimientos de culpa. Que las maletas salgan a pasear por cada rincón del planeta pidiendo ir a Venezuela.

Queridos venezolanos echándole pichón en nuestra tierra o cualquier otro lugar del mundo:

Feliz Año Nuevo y muy pronto una Venezuela libre en la que podamos volver a abrazarnos con la fuerza de nuestro inconfundible cañonazo.

Foto:

unsplash.com

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Era él

Era de noche, escuchó un ruido abajo y quiso saber de qué se trataba, pero era pequeña. A sus siete años no le temía a la oscuridad, aunque tampoco sabía qué podría ser esa sombra que vio pasar desde su habitación. De su cama a la escalera sólo había que dar tres pasos, así que siguiendo su oído bajó algunos escalones, no muchos por si tenía que ir corriendo a avisar a sus padres y no pocos desde abajo para que no la alcanzara lo que sea que estuviera moviéndose entre los muebles.

Su miedo no tenía nada que ver con las películas de terror que televisaban los domingos (El Exorcista o La Profecía), al contrario, E.T. y ALF estaban demasiado presentes para pensar en algo feo. Si acaso, temía que fuera un ladrón, si bien su casa era segura y la puerta estaba cerrada. Así que siguió allí sentada en silencio espiando entre los escalones que daban directo a la sala donde de pronto todo volvió a la normalidad.

Era tan curiosa como testaruda, por lo que en lugar de volver a dormir prefirió quedarse allí y prestar mayor atención para detectar movimientos que seguramente se repetirían. Fue entonces cuando escuchó susurros que no lograba entender. Pasaron algunos minutos en los que la curiosidad aumentó tanto que la empujó a seguir bajando escalones: primero los pies, luego los brazos y apoyándose en éstos, el resto de su cuerpo. Uno, dos, tres y ya estaba a mitad de la escalera con los ojos bien abiertos creyendo que era tan invisible como eso que escuchaba sin poder saber qué era.

El cristal de la puerta dejaba pasar la luz de la calle, mas no era suficiente para descubrir quién estaba en casa haciendo ruido sin querer. Sintió que la estaban mirando, ignoraba quién o cómo, pero quienquiera que estuviera abajo había detectado su presencia.

No sabía muy bien si subir tan despacio como había bajado o enfrentar al intruso. Después de dudarlo durante unos segundos, la pequeña se armó de valor, se incorporó, terminó de bajar y encendió la luz de la escalera para descubrir el misterio. Apenas tuvo tiempo de ver cómo una silueta se abría paso entre el árbol de Navidad, regalos y la mesa del comedor. Los regalos, allí estaba la clave. Corrió detrás pero no le dio tiempo, al llegar al fondo de la sala de la tele la silueta había desaparecido. Se escapó por poco.

Emocionada regresó al comedor y notó que faltaban galletas en el platico que había dejado. Era él quien estaba dejando los regalos bajo el árbol y tuvo que irse de prisa porque ella lo había descubierto. La alegría era incontenible, Santa Claus acababa de estar en su casa, igual que en la de todos los demás niños, aunque ella había tenido la suerte de por lo menos verlo entre sombras. Al mirar a la derecha su madre estaba –casi de espaldas en la escalera– y su hermano mayor en la puerta de la cocina. Ambos tenían cara de sorpresa y a ella le pareció normal, pues les estaba contando lo que había pasado. Su madre y su hermano se miraban sonriendo cuando a ella se le ocurrió que a lo mejor Santa seguía en casa escondido, dado que la sala de la tele daba al lavandero y éste por un lado al patio y por el otro a la cocina. Buscaron pero no había nadie.

Los regalos perdieron importancia ante la aventura de esa noche en aquella casa. La niña era casi una celebridad entre sus amigos y hermanos pequeños que fascinados preguntaban detalles mientras algún envidioso desdeñaba la historia alegando que ni Santa Claus, ni el Niño Jesús, ni los Reyes Magos existían porque lo regalos los hacen los padres. Algo que con los años e independientemente de la conclusión a la que se llegue, nunca podrá quitar a ningún adulto la llave del cofre donde juegan los recuerdos de su infancia.

¡Feliz Navidad!

 

 

 

 

Fotos:

unsplash.com

 

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