Día 14: No soy tu mami

 

Entre las cosas que más rechazo me generan desde hace unos años están los uniformes. No debería, porque usar uno para mí comporta que estoy haciendo lo que me gusta. Cada color tiene su significado y es fácil distinguir quién es quién según el lugar en el que uno se encuentre. Los uniformes son sinónimo de autoridad en un determinado contexto, pero en Venezuela hay unos cuántos que equivalen a delincuencia, crueldad, traición y muerte.

Andaba con dos amigas y nos tocaba meternos por una calle que ha sido cerrada por “seguridad”, pero no como la de ayer. Esta calle estaba “cerrada” con unos conos endebles como nuestras instituciones y sucios como la conciencia de los miembros de la Asamblea Nacional Constituyente. Al lado de uno de los extremos de la fila de conos estaba atravesada una patrulla de la policía municipal,  y parado por ahí se movía un policía solo y con actitud igual a la de cualquier malandro de los que uno se encuentra por la calle. La única diferencia era el uniforme.

El agente, que parecía más perdido que cucaracha en baile de gallinas, no paraba de mirar a los lados como si pensara que en cualquier momento era a él a quien iban a atracar. Detuvo el carro y con tono desagradable dijo que no podíamos seguir. Preguntamos cómo hacer para entrar al lugar si esa era la única entrada. Respondió con un simpático y razonable “porque no, mami” sin, por supuesto, dar opciones para poder salir de aquella ratonera que él había creado.

A ver, a ver, a ver, puedo pasar por alto la grosería del “porque no”, pero ¿MAMI? ¿Desde cuándo tengo cara de ser la mami de alguien? ¿A cuenta de qué un policía se permite llamar “mami” a una ciudadana? Les diré el motivo: porque sí y punto. En este país donde los tiroteos se dan entre agentes de guardia contra compañeros en sus horas libres, que llamen “mami” a una mujer carece de importancia para muchos. En el mismo lugar donde un uniforme parece ser suficiente justificación para robar teléfonos, meter mano, dar palizas o disparar a quemarropa, que me llamen “mami” se supone debo tomarlo como un gesto amable del baboso de turno, sea porque esta es su forma de negar indicaciones sobre cómo entrar a un lugar o de pedir que me apure dándole hasta los zapatos que llevo puestos.

Da igual el rincón del país y la situación en la que uno se encuentre, los venezolanos tenemos claro que topar con un agente uniformado (del rango o jurisdicción que sea) es hasta peor que encontrarse con un malandro, porque incluso cuando no están ocupados robando, violando o matando, la mayoría de ellos inspiran cualquier cosa, menos respeto. Y si bien es cierto que es muy común escuchar a desconocidos llamarse “chico” o “mi amor”, por más poder que tenga un cretino uniformado y por mucho que le ofenda mi reacción, que no espere silencio, yo no soy su “mami”.

Foto:

Independent

Yedzenia Gainza

http://www.yedzeniagainza.com

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