Día 8: En la cola

Por seguridad es mejor no revelar los trucos que se usan para hacer una cola o meterse en el centro de la ciudad.  Aquí parte del trabajo de regresar a casa sano y salvo consiste en hacerse responsable de la propia seguridad. Ya sabemos todos para qué está la policía, esos uniformados que siempre llegan tarde cuando están atracando o matando a alguien, pero que cuando hay una protesta amanecen en la calle listos para ejercer la fuerza como sea.

Mi mamá piensa que regresé ilesa debido a la cantidad de santos, ángeles, vírgenes y cuanta entidad con aureola me acompaña (según ella) a petición suya. Yo pienso que esta vez tuve suerte y los numerosos atracos que se registraron le tocaron a otros. El caso es que el centro de la ciudad es un reflejo del país: negocios cerrados porque no aguantaron más, tiendas emblemáticas que desaparecieron, locales en venta por todos lados, taguaras que abren hasta mediodía porque después todo se queda desierto y se multiplican las probabilidades de recibir un balazo a cambio de la venta del día o la mercancía restante. Las tiendas lucen sucias, viejas, pocas tienen aire acondicionado y la mayoría no tiene ni ventilador para sus propios empleados. Los vendedores ambulantes son los reyes de las aceras en las que los perros hambrientos yacen esperando la muerte,  las cucarachas conviven con las legumbres y las pacas de efectivo, pues los buhoneros venden todo a muy bajo precio, pero sólo billete sobre billete que luego llevan a uno de esos sitios donde son puestos en venta con un recargo que da dolor de hígado.

En la cola también hay de todo: gente que no tiene qué comer, muchachitos descalzos que caminan de la mano de mujeres embarazadas con barrigas que albergan más parásitos que esperanza de vida. Jóvenes y viejos, pobres y menos pobres, todos intentan estirar al máximo los recursos disponibles, se mira mucho el precio y se organiza la logística para pasar poco tiempo expuesto y comprar lo que se pueda.

Me puse a hacer la cola para comprar un lujo: aceitunas rellenas de pimentón y algo de pasitas. Paré en el único sitio donde se conseguían aceitunas, se podía pagar con tarjeta y la gracia salía a setecientos mil bolívares el kilo, mientras que por cuatro salarios mínimos o, lo que es lo mismo, ochocientos mil bolívares, podía llevarme a casa un kilo de pasitas. Con este despropósito tiré la casa por la ventana para satisfacer las ganas de preparar hallacas con mi mamá. Después de veinte minutos escuchando el malestar de la gente harta de un gobierno que no para de robar y que con su barriga llena se burla de un pueblo famélico, una amiga me dijo que las pasitas y aceitunas estaban a mitad de precio en un negocio a media cuadra distancia. Me despedí de mis amigos de cola (la gente con la que uno despotrica de la miseria del país mientras espera) y me fui corriendo al otro sitio donde después de otros vente minutos haciendo una cola cuatro veces más larga que la anterior supe que las pasitas estaban a cuatrocientos cincuenta mil, pero no había aceitunas. Dejé a mi amiga en esa cola y volví a la anterior donde ya no reconocía a la gente que estaba esperando turno.

Después de llamarme pendeja mentalmente y de conocer a más gente que se quejaba de estar viviendo como jamás imaginó, me resigné a empezar otra vez de cero.  Una media hora después salió la dueña del negocio a preguntar qué quería cada uno e nosotros. Paró en la pareja que estaba detrás de mí y dijo: “hasta aquí vendo por hoy”. Cuando le pregunté a cuánto estaba el kilo de aceitunas rellenas… ¡Sorpresa! Ya costaba novecientos mil. En circunstancias normales la habría mandado al carajo y me habría ido a mi casa, pero como es evidente, el tiempo es dinero y mientras más se tarda en hacer una compra, más cara sale, las aceitunas no son excepción.

Sintiéndome cómplice de un robo compré las aceitunas. Mientras pagaba probando una y otra vez el aparato que se toma su tiempo para conectar con el banco y luego decir más de la mitad de las veces que el intento ha fallado o la operación ha sido rechazada, vi cómo en mi cara cerraban el negocio y en cuestión de minutos desaparecieron los clientes frustrados, los buhoneros con sus sacos llenos de legumbres, bichos y billetes, algunos de los carros que estaban estacionados, y hasta el perro.

Mañana toca explorar otro lugar intentando pasar desapercibida entre la multitud, haciendo amigos temporales y manteniendo la paciencia cuando algún sinvergüenza defienda el chavismo y se alegre al escucharme decir que ojalá Chávez estuviera vivo, aunque luego se trague la rabia cuando termino la frase con un “para verlo preso en Tocuyito pagando por haber robado y convertido a este país en un vertedero”.

Foto:

Web

Yedzenia Gainza

http://www.yedzeniagainza.com

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