Categoría: Diario

Día 24: Todo con dinero

 

Es cierto que en Venezuela reina la escasez, que millones de personas no tienen acceso a los alimentos más básicos, tampoco a medicinas. Ropa y calzado suenan a compras propias de millonarios y tener un automóvil operativo es más la excepción que la regla. Sin embargo, en este país donde gobierna un cártel que dice ocuparse de los más necesitados hace falta dinero, mucho dinero para sobrevivir.

No es extraño ver sujetadores o carteras deterioradas, pantalones desgastados (por el uso, no por moda) sábanas desteñidas, tazas sin orejita, lámparas sin bombillos, acondicionadores de aire rotos, muebles viejos, rejas oxidadas, paredes con filtraciones, tuberías con fuga, neveras sin luz, cuchillos sin mango, cacerolas sin tapa, ventanas sin cristales, techos con goteras, bombonas de gas vacías… La precariedad es cotidiana y la prioridad es comer o guardar comida. De manera que los arreglos domésticos se van retrasando hasta llegar al punto en el que las casas se han ido convirtiendo en ranchos de concreto y tejas. Sólo el dinero permite pensar en algo más que alimentarse.

En el país del Socialismo del Siglo XXI quien no tiene dinero, se muere. Así de simple. Los dólares son el seguro médico de cualquier persona y quien tenga aunque sea un billete de diez guardado, sabe que con eso tiene más garantías que una aseguradora de las que no pagan casi nada, y si lo hacen, es tarde. Quien no tiene plata para pagar alimentos a precio normal, debe esperar a que la limosna en bolsa llegue, aunque eso signifique semanas de hambre o comiendo mangos. Quien no tiene dinero en efectivo, sabe que debe pagar el triple o más por un kilo de verduras. Quien no puede pagar una clínica privada sabe que la muerte está rondando los contaminados pasillos de los hospitales públicos.

En algunas panaderías hay colas interminables para poder comprar, si acaso, una o dos barras de pan por persona. En otras pueden verse hasta panes campesinos, de coco o dulces, de esos con restos de azúcar y melao’ encima. En esas no hay cola, los contados y afortunados clientes piden lo que quieren, pagan y se van.

En la revolución bonita una consulta médica cuesta unos doscientos mil bolívares, y un trozo de pan con un triangulito de queso y otro de jamón cuesta sesenta mil. Un médico privado gana en una hora lo mismo que el taxista que tardó veinte minutos en trasladar al paciente a la clínica. El médico que trabaja en un hospital público sueña con ganar en un mes lo que el privado o el taxista hacen en tres horas.

El chavismo dijo que acabaría con los privilegios de la clase política de hace veinte años, pero no dijo que lo haría sustituyéndola y dejándola en pañales. Tampoco dijo que para satisfacer su resentimiento y mantener su estatus harían del país su reino de corrupción, muerte y cocaína. Los que cobraron durante años dólares preferenciales o siguen chupando dinero público por haber “asesorado” al cártel que nos gobierna, dicen que el chavismo acabó con la desigualdad en Venezuela, que lo poco o mucho que se ve en los medios de comunicación de los países donde viven tranquilamente (incluso evadiendo impuestos hasta que la ley los obliga a pagar) es mentira de una oposición golpista, que en Venezuela no hay hambre, como si prueba de ello fuera que el líder del régimen engulla una empanada en cadena nacional. El descaro es directamente proporcional a los bultos que tienen en los bolsillos. Y mientras esos alcahuetes siguen hablando gamelote en Europa o en la burbuja chavista que los protege en nuestro territorio, la extinta clase media hace maromas para estirar la quincena que no da para tapar las goteras,  los pobres escarban en la basura o tocan casa por casa a ver quién les da algo de comer, y los enchufados siguen despilfarrando lo robado demostrando que en el socialismo del siglo XXI todo se puede conseguir con dinero, con el dinero robado a las arcas públicas y que distribuyen muy bien, entre ellos y sus familias.

 

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Gaínza

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Día 23: Lo peor de cada uno

 

 

En el tiempo que llevo aquí no debería quedar algo capaz de sorprenderme, pero lo hay. Me resisto a pensar que esto de ahora es mi país, que esta es la gente que siempre ha estado aquí. Me avergüenza saber que compartí calles, playas, aire con estos buitres que proliferan por todas partes.

Dicen que las circunstancias difíciles son las que muestran el verdadero yo de las personas. Están quienes tienen un espíritu inquebrantable y no permiten que lo que ocurre alrededor corrompa sus valores. Están quienes ceden ante la necesidad y, para no morir de hambre, con vergüenza se ven haciendo lo que jamás pensaron. Pero también están los que siempre estuvieron al acecho, tan ocupados envidiando los logros ajenos que nunca se dedicaron a conseguir los propios. Tan ocupados con su resentimiento contra el que estudió una carrera, compró una casa o  montó un negocio, que jamás les pasó por la cabeza que las carreras, las casas o los negocios se sudan, se consiguen a base de constancia, sacrificio, entusiasmo.

En los últimos días he visto pandas de ladrones saquear licorerías, como si robar en grupo fuera menos robo, como si el alcohol saciara el hambre. He recibido llamadas telefónicas de una enfermera de un hospital público ofreciéndome varias dosis de un medicamento que se robó y por el que pide dinero (no tiene importancia la cantidad). También la de una mujer a la que le sobraron medicinas donadas por una fundación que ayuda a quien lo requiere, y en lugar de devolverlas, las vende porque “algo tiene que sacar”. He visto gente aprovecharse de la enfermedad de terceros incluso haciéndose pasar por primos del afectado y así sacar dinero de donaciones que jamás llegan a quien las necesita. He visto a niños vender papelitos de colores e ir subiendo el precio a medida que esperan un descuido del potencial cliente para llevarse la cartera, los papelitos y hasta la arepa que les brindan. No han faltado los taxistas que duplican la tarifa cuando saben que el servicio tiene como destino una clínica privada. He visto cajeras que cobran casi el doble en la cuenta alegando que la carta vista por el cliente es vieja y los precios han cambiado. He visto comerciantes que cobran a sus vecinos el 15% de comisión por utilizar el punto de venta para cobrar, pero pretenden que les presten pan cuando se les acaba el que tenían para vender perros calientes.

He visto tantas cosas que no puedo enumerarlas todas, pero sobre todo, he visto que el chavismo ha sacado lo peor de cada quien, ha convertido este país en un país de carroñeros miserables a los que no les importa matar a alguien con tal de obtener algo gratis, porque esto es lo que aprendieron de este régimen de ladrones: tener todo lo que quieren regalado, y si no hay, entonces robarlo, no importa a quién, no importa cómo. El chavismo es una forma de vida, la de los vividores, los vagos, los resentidos, los sinvergüenzas, los asesinos, los narcotraficantes, los corruptos… El chavismo es el origen de la descomposición social de un país que jamás imaginamos. Un país que no reconozco, que me da vergüenza, un país que está en guerra contra el que no quiere revolcarse en ese chiquero. Una Venezuela demasiado distante de la que llevo en la sangre. Estos zamuros ni volviendo a nacer podrían ser guacamayas.

Queda mucha gente honesta, incapaz de jugar con las penurias propias o ajenas, llena de ganas de luchar por un país decente, llena de ganas de trabajar, dispuesta a reconstruir todo lo que estos narcotraficantes han destrozado, pero comienza a preocuparme que el régimen nos mate y los vecinos se coman los restos mientras en República Dominicana algunos se bajan los pantalones y el resto del mundo mira hacia otro lado para luego darse golpes de pecho y, por supuesto, sea demasiado tarde.

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Nathalie Sayago

 

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Día 22: Nuestra terraza

Venezuela en este momento es lo más parecido a la planta de salidas de cualquier aeropuerto, pero no al de cualquier ciudad, sino al de una zona de guerra. Se va todo el que puede. Las desgarradoras despedidas se multiplican a diario y cada vez las maletas se van más vacías porque muchos venden hasta la ropa a fin de reunir un poquito más de dinero que les acompañe a su nuevo destino. La sensación del que se va ahora es muy diferente a la del que lo hizo hace diez o veinte años. Antes se iba quien quería, adonde quería y de la mejor manera,  ahora se va el que puede, adonde puede y como puede.

Los viajes en autobús de Caracas a Santiago de Chile pasaron de ser una aventura de locos a una necesidad de cuerdos. Los pasajes en avión son demasiado caros para el poder adquisitivo de los emigrantes y ya no hay mucho donde escoger, pues Maiquetía está más cerca de ser un cementerio abandonado que del principal aeropuerto de este pobre país rico.

El tiempo ha sido implacable y no me ha permitido ver al primer emigrante del 2018 sino hasta pocas horas antes de su partida. El primer emigrante del 2018 no lo es por ser el  primero en recibir un sello de salida de este país, sino porque de los pocos amigos que me quedan aquí, él es quien inaugura las despedidas de este año.

En Venezuela organizarse no significa hacer planes, sino tener la habilidad de adaptarse a las circunstancias para cumplir la mayor cantidad de compromisos posibles. A lo largo de una jornada hay que recalcular la ruta a cada rato y, lastimosamente, no siempre se puede hacer otra cosa que aplazar asuntos importantes.

Cuando comenzaba a caer la noche me dieron la cola para la casa de mi amigo, el usufructuario de la azotea con una de las mejores vistas de la ciudad. En medio de una ola de emociones tuvimos que adecuarnos al momento, lo cual por lo menos a mí me sirvió para concentrarme en resolver pendientes que impedían el paso a lágrimas de adiós. Mi paciente y gran amigo tuvo la generosidad de conformarse con un rato en el que mi aporte a su viaje fue lo que mejor se me da: hacer las maletas.

En menos de una hora embalé veintitrés kilos de zapatos, camisas y parte de su vida en una, mientras que en otra sus pantalones custodiaban las botellas de ron necesarias para combatir la nostalgia cada vez que el frío del fin del mundo afecte su fascinante espíritu tropical. Casi no hablamos, yo daba órdenes que él obedecía sin rechistar sabiendo que si terminábamos rápido podríamos subir a ese lugar donde hemos sido tan felices. Mientras él se movía por casa como gallina sin cabeza para acercarme todo lo que le pedía, yo sudaba como si estuviera corriendo en el gimnasio. ¡Lo conseguimos! Todo estaba embalado y podíamos subir tranquilos a la que llamamos terraza.

Hablamos demasiado poco para lo que nos habría gustado. Como siempre, dejamos cuentos mochos que algún día retomaremos. Yo miraba alrededor la espléndida ciudad que me vio nacer y trataba de decirle que me sigue pareciendo la más bonita del mundo aunque luzca sucia y maltratada. Nos abrazamos diciéndonos cosas bonitas, pero no demasiado (para soslayar la tristeza), al tiempo que pasaba por mi cabeza un tráiler de las noches que compartimos comida china, nos reímos, vimos películas y aviones hasta quedarnos dormidos bajo las estrellas que nos custodiaban.

Dice que volverá, pero yo no le creo. Algún día nos veremos de nuevo, de eso sí estoy segura. Y me gustaría mucho que fuera en esa terraza que nunca disfrutarán los vecinos envidiosos incapaces de entender el significado de la amistad más allá de las fronteras, más allá del tiempo y de los silencios. Algún día volveremos a estar todos juntos y celebraremos viendo las luces de nuestra querida Valencia. Algún día.

Buen viaje, mi Ch.

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Gaínza

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Día 21: En la basura

 

Transitar por las calles de cualquier ciudad venezolana es moverse en las entrañas de la miseria. Es difícil no sentir un nudo en la garganta e ignorar el sentimiento de impotencia que sacude a cualquiera que presencia las terribles escenas con las que he tropezado.

Mientras seguía en mi búsqueda constante de alimentos pasé por un conocido barrio de los que alguna vez podían considerarse de clase media. Un barrio normal, con casas bonitas y áreas verdes que han derivado en jaulas para los vecinos, parques donde hay más malandros que árboles, viviendas abandonadas, en venta, o ambas y, como no, una tristeza irrefutable incluso en los árboles.

El barrio que sigue siendo importante para generaciones de ciudadanos que durante la infancia jugaron alegremente por sus calles, ahora es uno de los puntos donde es más evidente la carestía de este país. Señoras pidiendo limosna en los semáforos, niños tocando timbres a ver quién les regala comida, improvisados cuidadores de carros que agradecen más una empanada que unos billetes inútiles… La mayoría lleva los zapatos rotos (si es que tiene) usa ropa sucia y en muchos casos se confunde con los vecinos que aún teniendo una casa propia, una carrera y un empleo, ya no pueden comer más de una vez al día.

Allí, en medio de todo este paisaje podrido con grafitis de “Viva Chávez” estaba una pareja buscando el almuerzo: él agachado escarbaba entre dos bolsas de basura de las que extraía pedacitos de no sé qué que ella,  con una barriga enorme (no sé si de embarazo o de parásitos) recibía de pie.  Ambos se chupaban los dedos y yo los observaba con dolor desde un semáforo en el que no es posible esperar la luz verde porque es mejor arriesgarse a chocar que a ser encañonado.

Seguí mi camino con la imagen de aquella pareja que se alimentaba de basura y me pregunté hasta cuándo esta pesadilla, hasta cuándo Venezuela va a seguir pasando hambre, ¿hasta cuándo el chavismo nos va a chupar la sangre?

Temo que la respuesta es: hasta que nosotros sigamos permitiéndolo. Sin embargo, es muy complicado luchar contra un régimen asesino cuando el hambre amenaza con dejar a un pueblo a merced de sus verdugos, los mismos que llegaron al poder jurando que se ocuparían de “la gente”, “del pueblo”, que acabarían con los pobres. Aunque no puedo decir que hayan mentido, a los pobres los están liquidando y,  al resto del país, también.

Foto:

Kervin García Mannillo

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Día 20: Cachapas solitas

Aquí los días pasan muy rápido. Las colas para comprar, las vueltas por la ciudad buscando determinados alimentos, gasolina, etc., consumen las horas de los venezolanos. Como creo haber dicho en otras oportunidades, vivimos en una diligencia permanente, siempre ocupados buscando algo, siempre llamando a algún amigo para solucionar algún problema. Aquí nada es definitivo, todo se convierte en una sucesión de paños calientes: un neumático usado para reponer el roto mientras se localiza uno nuevo, piezas recicladas de algún carro en desuso para mantener relativamente operativo uno menos destartalado… En fin, soluciones improvisadas para salir de la contingencia mientras se sueña con la llegada del momento en el que todo vuelva a ser como antes.

En medio de las diligencias se me ocurrió comentar el incontenible deseo de comer uno de los motivos que hacen de mi tierra un lugar único: cachapa con queso. Soñaba con una cachapa redondita del tamaño de un plato no precisamente de postre, con un cuadrito de mantequilla fresca y un disco de queso blanco derritiéndose lentamente mientras se me salían los ojos. Mi acompañante comenzó a salivar y fuimos a buscar un lugar para comprar varias, llevarlas a casa y compartir el antojo en familia. Lo normal sería acompañar las cachapas con una ración de cochino frito de esas que obstruyen arterias casi a la misma velocidad con que provocan sonrisas en los comensales, pero mucho me temía que no iba a ser tan fácil.

Después de pasar por dos locales cerrados, uno por vacaciones y otro no sé si para siempre, paramos en uno con unas veinte mesas de las cuales solamente una estaba ocupada (por cuatro mesoneros con cara de aburrimiento). Después de conversar con un encargado tan amable que por suerte hacía sombra a la desagradable e incompetente cajera, el antojo se quedó a medias, no había ningún tipo de queso de los que parecen haber sido inventados para acompañar a las cachapas. Quedaba solamente queso blanco rallado, del mismo que teníamos en casa, así que pedimos las suculentas y grandes delicias de maíz solas, ya nos encargaríamos de completarlas en casa.

Cada cachapa costó veintidós mil bolívares, más del diez por ciento del salario mínimo. Y no crean que este es un plato comparable a la langosta, más bien es un plato simple, humilde, algo que hasta hace no mucho estaba al alcance de todos. Bueno, igual que el resto de la comida.

Comimos en familia intentando no hablar sobre lo increíble que era Venezuela sin queso de mano, telita, queso guayanés o cochino frito. Es como imaginar una Italia sin pizza o sin Parmigiano Reggiano. Al fin y al cabo todo lo que pasa en este país es increíble, aquí cada día la realidad aniquila las tradiciones más modestas y supera con creces hasta la más espeluznante ficción.

Foto:

El fogón de Polo

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Día 19: Diversión por cable

 

Un día como hoy en el que el silencio nada tiene que ver con la resaca y la soledad corresponde a la incertidumbre sobre lo que ocurrirá en el año que acaba de comenzar, la televisión por cable es la única válvula de escape que queda en Venezuela.

Si lo permiten la iguana comecables, la alineación de los planetas, el imperio maligno y todas esas cosas a las que el régimen culpa por la falta de electricidad, es posible evadir por un rato la dura realidad que azota al país. Los venezolanos estamos siendo atacados por todos los frentes y el único refugio que nos queda está compuesto por cuatro paredes rodeadas de candados, cadenas, cercos eléctricos y/o casetas de vigilancia privada en las que nos sentimos casi seguros. No hay muchas oportunidades de ocio, la inseguridad y la inflación las han desaparecido. Queda solamente un fiel control remoto con el que cada ciudadano que puede huye de las largas y ridículas cadenas de radio y televisión hechas por el régimen abusando de su poder y tratando de lavarle el cerebro a todos a punta de propaganda chavista.

En menos de un minuto los televidentes podemos escoger entre canales de moda donde una camiseta de algodón no es un artículo de lujo, programas de gastronomía en los que el uso de carne o azúcar parecen propios de ciencia ficción, películas de cualquier género (incluyendo la comedia que sirve para no pensar en nuestra desgracia), documentales donde hienas se aprovechan de los restos de una cebra (una ejemplo de chavismo en el mundo animal), dibujos animados donde hay parques que nuestros  niños nunca han visto por su barrio, extraordinarios viajeros que muestran lugares paradisíacos que pueden ser visitados sin necesidad de comprar dólares en el mercado negro y sabiendo que el mayor peligro es una indigestión.  La televisión es nuestro entretenimiento más seguro, ya ni ir a la playa representa una liberación.

No son pocos los autodenominados chavistas que reconocen tener televisión por cable para huir de la transmisión permanente de basura en los canales sometidos por ley a las cadenas nacionales. Otros también están hartos, pero a falta de dinero para pan, no les queda sino aguantar el circo.

Los afortunados que tienen un juego de dominó son los que mejor pasan las horas aunque falte la tele. Los que siguen creyendo la fantasía de tener derecho a todo sin trabajar juegan al solitario mientras alimentan con promesas de futuro el hambre que sienten hoy. Estos últimos son los que peor llevan el cruel desengaño.

Imagen:

Rayma Caricatura

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Día 18: Tramonto sull’Arno

 

Venezuela es un maravilloso y desconocido paraíso para el mundo. La cantidad de petróleo que se encuentra en las profundidades de nuestro territorio y que podría haber sido una fuente inagotable de riqueza palpable para todos nosotros no ha sido más que la causa de una corrupción que se ha multiplicado durante los años de expolio chavista. El potencial turístico que tiene Venezuela ha sido aplastado por la avaricia de un régimen que prefiere sacar dinero rápido con olor a oro negro y a la industria que más ha crecido en los últimos años: el narcotráfico.

Una persona muy querida y yo tenemos la costumbre de hablar cada fin de año para contarnos todo aquello que se nos hubiera escapado durante los meses anteriores, los proyectos que tenemos para el año que llega y, obviamente, para felicitarnos con calma antes que las campanadas, las uvas y la avalancha de mensajes enloquezcan nuestros teléfonos.

Esta vez tuvimos que programar una hora para poder tener nuestra tradicional conversación. No obstante, considerando lo que he estado viviendo últimamente y que aquí cuento sólo por pedacitos, tuvimos que buscar la manera de no convertir un momento bonito en un drama, al menos durante la hora que suele durar la llamada. Para evitar las lágrimas acordamos que cada vez que alguno de los dos estuviera desviándose hacia la terrible situación que vive Venezuela, el otro interrumpiría inmediatamente usando una imagen extraordinaria, de esas que se quedan para siempre en la memoria de quien las ve y que permiten volar por un momento a uno de los lugares más bonitos del mundo en una ocasión especial: el atardecer en el Arno.

Quien haya tenido la suerte de caminar por Florencia sabe que uno de los mejores recuerdos que puede traerse de allí es el sol desapareciendo despacio sobre el río Arno y las primeras estrellas abriéndose paso entre una estela de inigualable amaranto en el cielo toscano.  No hay palabras, simplemente hay que vivirlo.

En condiciones normales Los Roques, Morrocoy, Canaima, el Salto Ángel, el relámpago del Catatumbo y los innumerables tesoros grandes o pequeños que sólo se pueden ver en Venezuela serían suficiente motivo para iluminar mi rostro con una sonrisa imborrable durante mucho tiempo, pero esta vez no puedo, ya que cada uno de estos lugares sólo me recuerda el daño que cada día sufre mi tierra, mi gente, mi vida. Así que mi conversación de fin de año se convirtió en un compasivo “tramonto sull’Arno” aproximadamente cada minuto y medio.

Allá donde estés, gracias por hacer lo posible para frenar el llanto que tantas otras veces has escuchado con paciencia y calmado con dulzura dándome un fuerte abrazo, a pesar de la distancia.

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Gaínza

 

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Día 17: A oscuras

 

Una de las tantas mañanas en las que los rayos del sol iluminaban con dulzura las no tan primeras horas del día, recuerdo haberme quedado mucho rato jugando entre besos y sonrisas. Cerré los ojos y recorrí su rostro con mis dedos para poder identificarlo si un día perdía la vista o la sordera me impedía reconocer su voz. Él se dejó acariciar y yo lo memoricé para siempre.

Desde entonces, aunque uso el escáner muy pocas veces, tengo grabado en un maravilloso archivo el rostro, la voz, la risa de toda la gente importante en mi vida.  Rebeca es una de ellas.

Rebeca es una de esas amigas que aguanta cualquier chaparrón y no te suelta hasta que haya pasado. Guarda largos silencios, pero ahí está si la necesitas. Es sumamente religiosa y posee una infinita paciencia que le permite quererme a pesar de mi incredulidad. Es tan puntual que hasta llega antes de la hora pillándome siempre sin haberme puesto máscara en las pestañas. Rebeca ha estado ahí en momentos duros y, por supuesto, en otros tan banales como coquetear con la suerte en el bingo. Esta vez se presentó en casa con una sonrisa espléndida que no han borrado las náuseas que le genera su gravidez. Afortunadamente llegó quince minutos antes y eso sirvió para que pudiera saludarla y notar el nuevo volumen de su vientre. Subí a su carro y cinco minutos después estábamos en el salón de su casa, un lugar tan acogedor como su familia.

Cuando el reloj marcaba las seis se fue la luz, yo quería pensar que sería por poco rato, pero en el fondo sabía que no. Su madre sacó una velita que hizo lo que pudo durante las tres horas y media en las que mi amiga me contó cómo se enamoró, cómo organizó una boda en veinte días y nos actualizamos sobre dónde y qué hacía cada uno del viejo grupo de amigos. Mientras hablaba con ella y me llevaba a la boca trocitos de queso, recordaba aquella mañana en la que sin saberlo me entrené para un día como este. Ella hablaba y yo imaginaba los hoyitos en sus mejillas cuando contaba entre risas los nervios antes de la boda y los detalles de último minuto. Yo aprovechaba la penumbra para que no me notara la tristeza por haberme perdido ese momento.

Entre negrura di las gracias a su familia. Me dejó en casa y también entre negrura nos despedimos. Ambas sabemos que seguimos estando ahí aunque no nos veamos, da igual si es por culpa de la distancia o por el colapso del sistema eléctrico nacional.

Eran casi las once de la noche cuando la electricidad volvió a nuestros hogares, sólo la electricidad, pues este país lleva casi veinte años viviendo en las tinieblas del chavismo. Hoy la oscuridad no pudo con Rebeca irradiando felicidad. Ojalá pronto este país vuelva a dar a luz la democracia que tanto necesitamos.

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Cherry Laithang

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Día 16: Llegó el CLAP

 

El hambre es uno de los mecanismos de control más efectivos del chavismo. Con una moneda que se perdió en el abismo de la inflación y una escasez galopante, a los venezolanos cada hora que pasa les dificulta el acceso a los alimentos básicos. El chavismo dice buscar solución a este problema con la creación de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción, mejor conocidos como CLAP, una especie de promesa de alimentos al alcance del bolsillo de los ciudadanos que puedan permitírselo.

Se supone que los productos se entregan casa por casa a quienes muestran su fidelidad con esa cartilla de racionamiento llamada “Carnet de la Patria”. Oficialmente la organización de los CLAP depende de los consejos comunales, un nido de corrupción en el que un grupito de enchufados decide quién puede acceder a la bolsa de comida y quién no. Eso sin contar las comisiones que cobran bajo cuerda para garantizar la entrega de la bolsa y la cantidad de quejas de los beneficiarios que se encuentran con paquetes sin precinto donde faltan productos.

Existen bolsas que entrega la dictadura desde Caracas y otras que dependen de las gobernaciones regionales, es decir,  de la dictadura en chiquito. A una señora que conozco le llegó la suya, pero no a la puerta de su casa.  Después de pagar casi un mes antes prácticamente toda su pensión, tuvo que esperar al reparto a las puertas de un camión donde no faltaban los empujones que ella veía de lejos con vergüenza ajena. La desesperación era para recibir un paquete con los siguientes productos:

7 kg de harina de maíz

2 l de aceite de girasol

3 kg de arroz

1 kg de pasta

1 kg de caraotas negras

300 ml de salsa inglesa

150 ml de salsa de soja

300 ml de salsa de ajo

340 ml de mayonesa

350 ml de kétchup

Esa bolsa correspondía al mes de diciembre. Ahora la pregunta del millón de lochas: ¿Esto es suficiente para comer durante un mes? De un paquete de harina salen veinte arepas, lo que significa que son ciento cuarenta arepas que, por supuesto, no se rellenan con un solo kilo de caraotas. Las ciento cuarenta arepas dan para comer casi cinco cada día. Si una familia es de cuatro miembros, el desayuno está relativamente cubierto, la primera semana con relleno y las siguientes sin. El resto de los días la misma familia tiene para comer dos veces pasta, y once veces unos setenta gramos de arroz. ¿Son ideas mías o esto no es suficiente para vivir? Si les parece que la familia es numerosa, es importante recordar que en América Latina una familia de cuatro miembros no es precisamente lo que más abunda, al contrario, es lo que podría considerarse una pequeña y rara unidad familiar.

Creo que el recuento hecho en los últimos días no es difícil entender la causa de tanta desnutrición, tanta cola, tanta hambre. Lo peor es que para un sector de la población esta bolsa de miseria (repartida según la cantidad de amigos que tengan los responsables) es la única garantía de alimentos con la que cuentan, por lo que sin importar la repulsión que genere el régimen, siguen sintiendo miedo de que descubran que no votan a su favor durante las elecciones, ya que el control llega incluso a llamarles por teléfono o buscarles en su casa para asegurarse el voto “de agradecimiento”.

Ayer llegó el CLAP, la bolsa con la que el chavismo materializa su “patria, socialismo o muerte”,  una muerte que se acelera haciendo realidad un proyecto fríamente calculado para acabar con un país.

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Gaínza

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Día 15: Habemus leche

 

Han pasado dos semanas desde que comenté por aquí la escasez de leche y azúcar que impide algo tan sencillo como desayunar con una cremosa taza de café con leche humeante y lleno de cariño. Durante estos días el cariño ha sido el mejor azúcar para los guayoyos de mi mamá, lo cual no ha impedido que cada vez que salimos de casa, todos busquemos leche.

No es una obsesión, pero casi. La leche no es un capricho para ponerle al café, es indispensable en las familias donde hay niños, de manera que cada quien hace lo que puede para encontrarla y rendirla al máximo. Cada vez que mantengo una conversación con alguien, extraño el momento en el que me ofrecen un cafecito con leche. Sé que mis interlocutores también, pero todos nos hacemos los locos y seguimos hablando.

Esta tarde estuve con alguien a quien conozco desde la adolescencia. Llevábamos rato hablando y nos provocó un café. Bajamos al cafetín del edificio donde nos encontrábamos y pedimos dos “blanquitos”. Recibimos por cuarenta mil bolívares (el veinte por ciento de la pensión de un jubilado) dos tazas de café con leche con la característica espuma que no necesita dibujos porque con las burbujitas basta. Las tazas venían así, a secas, sin platico porque “no había”, es decir, en la camarera no había ganas de lavar dos platos y la forma de evitarlo era no permitir que se ensuciaran. Obviamente no nos dieron sobre de azúcar, ni siquiera un bote con el cual echarnos un poquito. La desganada camarera preguntó si queríamos y ella misma se encargó de distribuir dos cucharaditas rasas entre ambas tazas.

Acompañamos el café con unas galletas que mi amiga traía en el bolso. Aquí ningún negocio llama la atención a un cliente por traer consigo algo que ellos no tienen disponible. Disfrutamos de la merienda en una cafetería que contaba seis personas (camarera y cajero incluidos), algo inimaginable en un lugar donde por lo general había que hacer piruetas para ser atendido porque la cantidad de clientes a cualquier hora era par a la barra de una discoteca un sábado por la noche.

Salí de la cafetería y me fui a la caza de alimentos en el supermercado. A día de hoy el kilo de pimentón (verde y con los días, más bien, las horas contadas) cuesta doscientos mil bolívares, la pensión de un mes de cualquier jubilado que tenga la suerte de agarrar número a las tres de la mañana en la puerta de un banco que no comienza a atender hasta las once. Allí los dejé asumiendo el riesgo de no volver a encontrarlos por debajo de ese precio. Di vueltas por el supermercado buscando algo de eso que no se consigue y temiendo que la cola me hiciera salir cuando ya no quedara ni rastro de sol.

¡Bingo, leche en polvo! Una sola marca, nada de escoger, eso es una suntuosidad absurda del capitalismo salvaje. Paquetes de novecientos gramos que engañan con la falsa ilusión de pagar doscientos setenta mil bolívares el kilo cuando en realidad son trescientos mil. Sí, trescientos mil bolívares. Vendían dos bolsas por persona y, como andaba acompañada, agarré cuatro que luego distribuimos entre los más cercanos. Cuando llevas algo así en el carrito, toca ponerle un montón de cosas encima para impedir que alguno meta mano y se lleve lo que probablemente haya desaparecido de los anaqueles, pues cuando encontré las mías, quedaba una treintena.

Cuando me acerqué con el precioso contenido a la cola para pagar que mi acompañante llevaba rato haciendo, podría pensarse que la misión había sido cumplida, faltaba una tontería: esperar a ser llamado, poner los productos, pagar e irse. Pero no, no es tan sencillo.

Después de una hora y tres minutos de espera, llegó mi turno. Las compras no deben superar los dos millones de bolívares, por lo que en caso de superar la cifra, hay que retirar productos que pasarán en otra operación que requiere identificarse con el número de documento de identidad, confirmar el nombre, pasar la tarjeta, colocar la huella dactilar, dar el tipo de cuenta bancaria, repetir el número de documento de identidad, confirmar el monto, insertar la clave y esperar que el sistema de pago funcione para no tener que empezar desde el principio con esa compra, ya que obviamente al pasar el pico que supere la cantidad antes señalada, hay que hacer todo de nuevo.

Una vez finalizado el pago, hay que tener a mano todos los tiques para que antes de salir del supermercado una persona constate que los productos de carrito y tique coinciden, coloque un sello y por fin se lleve a cabo el extraordinario fenómeno de un cliente abandonando un supermercado con los productos que acaba de pagar.

Alegría, algo de sol me esperaba en el estacionamiento. Mañana tomaré café con una leche que durará mucho menos que la rabia de vivir esto.

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Gaínza

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