Adictos

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Todo comienza con una pequeña transgresión, una travesura que nos hace recordar cuando de niños escondíamos los lapicitos con los que rayábamos las paredes. El problema está en lo adictivo de este tipo de acciones, y por más razones que busquemos para justificarnos, la verdad es que toda adicción es peligrosa.

Somos adictos y la mayoría de las veces ni siquiera lo reconocemos. Adictos al cigarrillo, al chocolate, al trabajo, a las causas perdidas, a la telebasura, a los amores imposibles, al alcohol, al gimnasio, a las drogas, a las redes sociales, a procrastinar, a las compras inútiles, a los carbohidratos, a los móviles… Todos tenemos una debilidad, y por mucha integridad que haya en nuestra conciencia, todos nos levantamos un día con el alma un poco menos cara que el resto.

No siempre nuestras adicciones son ilegales, pero eso no les quita su verdadero efecto: crear dependencia. Nos engañamos al principio creyendo eso de “una vez al año no hace daño”, creando la excepción para confirmar la regla, sucumbiendo a la ingenuidad del “yo me controlo”. Las emociones y las sensaciones nos atrapan, pero llegado el momento nos damos cuenta de que a pesar del daño que nos pueda hacer, no somos capaces de renunciar a nuestra travesura favorita, y es allí cuando “comienza Cristo a padecer”.

Las adicciones hacen daño porque son ellas las que terminan por controlarnos a nosotros, y la razón se convierte en un campo de batalla del que podríamos salir con los pies por delante si no espabilamos a tiempo.

“Poder decir adiós es crecer” cantaba mi porteño favorito, y es eso lo que toca hacer con las adicciones: dejar de estirar ese placer que muchas veces nos arrastra por un camino que no queremos recorrer, y lo peor, arrastra a quienes más queremos. Olvidar las excusas como “una última vez y ya”, “el  1º de enero”, “mañana lo dejo”, para finalmente decidirnos por el “hasta aquí” y el “se acabó lo que se daba”, apretar los dientes, alejarnos de la tentación mientras aún nos tiemblen las piernas, y si es necesario pedir ayuda para conseguirlo. Luego, cuando hayamos superado el periodo de abstinencia y seamos lo suficientemente fuertes para decir que no, ya estaremos listos para pararnos frente a esa que ya no nos controla.

Nada termina hasta que se termina, por eso la fecha más especial para dejar un vicio es el día en el que lo miras a los ojos para decirle: se acabó. Y aunque sea mucho más difícil de lo aparente, en esto no hay imposibles porque el tiempo lo cura todo.

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Rentería, un negro como tú.

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En un país de peloteros, ser futbolista profesional es casi tan raro como una Caracas sin tráfico, y en el de lo posible ese milagro algunas veces se ha dado.

Si bien es cierto que Venezuela ha hecho grandes progresos en el fútbol y que con el paso de los años hemos aprendido a valorar a nuestros futbolistas, también lo es que en la tierra donde niños y niñas crecimos sobre todo jugando chapitas, el béisbol manda.

Creo que no hace falta decir que me encanta el fútbol, pero tampoco puedo engañar a nadie. A mí lo que me pone los pelos de punta es escuchar el batazo que precede a la cara de tonta que pongo mientras sigo la trayectoria de un jonrón. La esgrima me apasiona, el fútbol me encanta,  pero por encima de cualquier deporte, yo soy magallanera… Sí, magallanera. ¡Qué le vamos a hacer!

Pero esto no es para hablar de mí sino para hablar de un venezolano que sangra rojo como todos los demás. Ni afrodescendiente ni eufemismos tontos, Emilio Rentería es negro, nuestro negro. “Negro” en plan cariñoso como nos tratamos entre nosotros, sin ignorancia, sin desprecio, sin segunda intención.

Chamo,  un negro como tú ha tenido que pasar en repetidas ocasiones por la desagradable experiencia de padecer la ignorancia y la maldad de personas que obviamente se han quedado atrás en la escala evolutiva de la raza humana, tanto, que actuando como simios demuestran que hasta en la selva serían rechazados. La indignación por lo que sufren muchos como tú es el motivo para escribir esta nota.

A lo mejor a los venezolanos ser hijos de tanta mezcla nos ha servido para entender que ninguna raza está por encima de otra, que el conjunto de seres humanos conformamos una sola, la misma por la que en estos casos siento una profunda vergüenza. Porque aquí no hay selección natural que valga, los imbéciles no desaparecen, al contrario, los hay en todas partes.

Me pregunto si a las personas que te insultaban durante un partido de fútbol, o al alcalde del Municipio Alto Hospicio (Ramón Galleguillos) que desde el lejano Iquique también hizo gala de su poca función neuronal, les ha pasado por la cabeza la cantidad de veces que ciudadanos chilenos han tenido que aguantar que otros descerebrados aquí en el viejo mundo los llamen “sudacas”. Me pregunto si les hace gracia cuando son vistos con desdén solamente por venir de ese rincón que el venezolano Ricardo Montaner con tanto cariño llamó en una de sus canciones “el último lugar del mundo”. También me pregunto qué sienten los que alguna vez llamaron “sudaca” a algún recién llegado a España ahora cuando “extranjero” es el que ha dejado la península ibérica para intentar ganarse el pan en la Europa rica donde si bien prácticamente han eliminado el desempleo, no lo han conseguido del todo con el racismo y la xenofobia.

No hay nada mejor que viajar para combatir la estupidez. Y no es que aplauda el maltrato que sufren muchos ahora (quien ha sido alguna vez víctima de algún comentario xenófobo o racista  jamás se permitiría celebrar un hecho tan despreciable), pero en ocasiones a algunos lo que les hace falta es recibir una cucharada de su propia medicina para vivir en carne propia el daño que generan cuando abren la bocota. La de los descerebrados incapaces de entender que la homofobia, el racismo, la xenofobia, etc., no son otra cosa sino la ignorancia en su máxima expresión, esa sí que debería ser una raza aparte.

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Hace unos días una amiga española que está viviendo en Helsinki me escribió esto: “Tan al Norte hay algunos un poco racistas con los españoles. Esto me ha hecho entender muchas cosas… Nunca me había pasado al revés, estoy simplemente alucinada porque lo he experimentado al otro lado.” Debo decir que se trata una muchacha sensible, de mente abierta, que a pesar de reconocer que alguna vez los prejuicios se le han cruzado por la mente, de allí nunca los ha dejado salir. Por su condición de estudiante no tuvo que vivir el calvario de buscar trabajo o vivienda, se fue a Finlandia con una beca de estudios que podía haber disfrutado en cualquier otro lugar de Europa, y cuando llegó ya tenía techo asegurado para todo el año académico. Ahora ella es “la negra” de su grupo, el centro de todas las miradas al bailar, la que recibe las gracias por haber sonreído a alguien que le ha prestado algún tipo de servicio, pero también la que ha sentido la “diferencia” por ser menos rubia que las “locales”, el desprecio por ser “del Sur”. Ella, una rubia europea que ha sido víctima del racismo es la prueba de que tarde o temprano (y por desgracia) en algún momento de nuestras vidas todos somos negros como tú, como Dani Alves, Mamadou Koné, o Mario Balotelli.

Rentería, un negro como tú que ha conseguido vivir de lo que le gusta, que ha llenado de orgullo a muchas personas que han celebrado tus goles sin pensar si nacieron catires, pelirrojos, trigueños, albinos, tanto o más negros que tú, lo que debe pensar es que está muy lejos del odio de gente tan pobre que en toda su vida podrán contar sólo un “minuto de gloria”: ese durante el que fueron retratados imitando a un mono para insultar a un ser humano. Eres un hombre que ha demostrado tener sentimientos (porque llorar ante una humillación no es debilidad, debilidad es juntarse en manada como las hienas para atacar a sus presas y reír mientras lo hacen), un ejemplo para muchos niños que no pueden jugar en su calle porque la delincuencia los obliga a regatear para eludir balas. Un negro como tú es precisamente lo que más hace falta en este mundo. Y quien tenga un poquito de sensibilidad, otro poquito de inteligencia, o haya visto de cerca nuestra América, sabe lo que digo.

No soy creyente, pero tampoco hace falta serlo. La tierra es redonda, el mundo da vueltas tan rápido como un balón de fútbol, y ese mismo mundo es el que le pita un “fuera de juego”, cobra una falta, o golea a quien lo merece cuando menos se lo espera. Estoy convencida de que dondequiera que estés (y con nuestro apoyo) le meterás un golazo al racismo… Y lo harás de chilena.

¡Basta ya de ignorancia! Dale un parao´al racismo.

#DaleUnParaoAlRacismo

#TarjetaRojaAlRacismo

Foto: 1.- El Nacional. 2.- Williams Marrero (El Nacional).

Vídeos: Jugones (LaSexta). Youtube

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El país de los pendejos

Cada vez que veía que una persona permitía a otra abusar de su generosidad mi papá decía: “Todos los días sale un pendejo a la calle, y quien lo consigue se lo queda”.  Funcionaba para muchas cosas, y por supuesto lo repetía como una mantra al ver el resultado de las elecciones.

En “la cuarta” uno iba al supermercado y se arropaba hasta donde le alcanzaba la cobija, no le mendigaba nada a nadie, no se vendía aplaudiendo. La patria no era significado de penurias y necesidades insatisfechas, la patria era otra cosa, pero todo esto ya se los he contado antes.

Siempre existió el vivo, el que se la daba de vivo, el que no se dejaba, y por supuesto, el pendejo. Todos poblaban hasta el más modesto barrio de la inmensidad venezolana. Los más peligrosos eran los vivos y los pendejos, los primeros porque se aprovechaban de cualquiera buscando su propio beneficio, y los últimos porque eran imprescindibles para que los vivos hicieran lo que les diera la gana. En resumen, todo vivo necesitaba de un pendejo, y a mayor cantidad de pendejos a su servicio, mayor era el éxito del vivo. Normalmente el vivo tiene que ir cambiado de sitio porque una vez que ha exprimido al máximo a los pendejos de un lugar, se va a uno nuevo para conseguir otros. A veces ocurre algo maravilloso, el pendejo por fin abre los ojos, se convierte en uno de los que no se deja, se sacude al vivo y hasta se cuida de no volver a caer.

¿Les suena esto? Claro que les tiene que sonar. Este era el país que un 23 de enero de hace más de medio siglo se hartó de tanta represión, salió a las calles y acabó con una dictadura. Este es el país que hizo sudar a un corrupto al que el tiempo en la silla no le bastaba  para emborracharse y mantener con nuestro dinero a una barragana que hacía las veces de primera dama. Este país es el que llevó a un presidente a juicio por malversación de fondos. Sí, y también el que llevó a un golpista a la presidencia para convertirlo en una especie de deidad cuyo único milagro fue dejar pasar los mejores años de renta petrolera para hundirnos en la miseria más profunda y convertirnos en emigrantes con familias desparramadas en los cuatro puntos cardinales.

Ya sé que no es lo mismo salir a protestar en un país donde se respetan los derechos humanos que en uno donde por hacerlo te conviertes en el blanco de las balas de malandros armados por el régimen.  Pero tampoco podemos negar que estamos haciendo gala de la cantidad de pendejos que tenemos por metro cuadrado. ¿Alguien puede decirme qué carajo hacen miles de personas aguantando una cola kilométrica propia de hambrunas africanas para comprarse como mucho cinco trapos? ¿Por qué seguimos permitiendo que este régimen de inútiles tape bocas a punta de muñecas de plástico a precio de ganga?

Trapos, muñecas, juguetes y televisores. ¿Esas son nuestras necesidades? Nos hemos convertido en los pendejos necesarios para que los vivos sigan haciendo lo que quieren. Yo me resisto a pensar que somos los sinvergüenzas que seguimos con el mismo novio aunque nos tenga como venados a punta de tanto cacho, me resisto a pensar que somos los pendejos que un día salimos a la calle para que un miembro del PSUV nos hiciera suyos.

No quiero que me regalen las cosas, ni que me pongan todo en la mano. No quiero robar a nadie, quiero ganarme honradamente lo que luego utilizaré cómo, dónde y con quien me apetezca. Quiero ir a un supermercado a comprar lo que yo pueda permitirme y no lo que otros me impongan comer. No quiero ver a mi familia marcada como ganado, y supongo que el resto de los venezolanos quieren lo mismo que yo.

Me resisto a pensar que a falta de champú cuando quieren lavarse el pelo, las mujeres venezolanas se conforman con admirar el de una Barbie. Me resisto a pensar que cuando alguien está enfermo lleva su enfermedad mejor si sale vestido de ZARA a peregrinar por las farmacias. Me niego a aceptar que en mi país la gente prefiere tener un plasma gigante aunque no tenga luz con qué encenderla. Por eso siento que se me deshace el hígado cuando veo los centros comerciales llenos de colas humillantes propiciadas por un régimen de ignorantes y seguidas por una legión de sinvergüenzas que se humillan sin pensar en el daño que hacen al resto.

Qué bonito sería que un día el país se despertara con menos pendejos, que a las tiendas con remates forzados no fuera nadie, que los centros comerciales estuvieran desiertos y que le dejáramos claro a la revolución del saqueo que nosotros no queremos limosnas, queremos trabajar sin que nos maten en el intento.

Estamos a las puertas de una nueva Navidad pisoteados por los mismos malandros, dándoles la razón a quienes en febrero dijeron que esto no se acababa, a los que en mayo dijeron que llegaría el Mundial, terminaría y sería la misma vaina, a los que dijeron que los pobres presos políticos estaban haciendo por nosotros lo que no nos merecemos. Aquí estamos pensando cómo estirar las utilidades para poder tener un pernil en el horno el 24 de diciembre y peregrinando por aceitunas para las hallacas casi con la misma desesperación que por antibióticos o insulina. Y mientras tanto, una cuerda de sinvergüenzas egoístas están allí en su cola para comprarse unos trapitos con los que darán menos lástima a quienes los ven en los noticieros alrededor del mundo donde no saben que se los van a estrenar después de haberse bañado con un tobito, sin luz, y estirando al máximo el desodorante y el champú.

“Y aquí vamos los pendejos” es lo que deberían corear en esas colas mientras desde Miraflores alguno se ríe y duerme como un niño porque “ser corrupto es una nota”.

En el país de los ciegos el tuerto es el rey,  en el de los pendejos el corrupto es presidente, y seguirá siendo así hasta que todos consigamos volver a ser de los que no se dejan.

 

 

 

 

 

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La garza y los cerdos

 

Madrid, viernes por la tarde. Caminaba con la inquebrantable vanidad propia de toda mujer recién salida de la peluquería. Sí, porque no hay mejor psicólogo que un peluquero ni mejor antidepresivo que un par de zapatos nuevos.  Ese es el tratamiento para los bajones de ánimo, especialmente los otoñales acentuados por un cielo gris, la lluvia amenazante y el frío inclemente. Soluciones sencillas para problemas sencillos. A fin de cuentas un bajón lo tiene cualquiera. Otra cosa es estar enfermo de depresión, esas son palabras mayores.

Mientras caminaba escuché a dos individuos burlarse de alguien. Hablaban de una garza, de sus largas y delgadas piernas, pero no lo hacían como quien describe a un ave elegante y bonita, lo hacían con desdén. No paraban de reír y seguían haciendo comentarios típicos de esos hombres que tienen la lengua de un tamaño inversamente proporcional al de sus cerebros. En fin, un par de idiotas como todos esos que se sienten muy machotes cuando van en grupo, igualitos a los que se creen los dueños del patio del colegio y pasan sus días atacando al más débil obligándole a seguir un juego donde el miedo de algunos y la negligencia de muchos han originado una plaga que parece no tener fin. Dos tipos que durante su niñez o adolescencia no tuvieron padres o cualquier otro referente de autoridad capaz de ponerlos en su sitio.

Giré un par de veces para hacerles notar con la mirada el asco que me producían, cuando de pronto entró en escena una muchacha alta, bonita, delgada, de pelo oscuro y largo con unas ondas suaves. Se trataba de una muchacha que no habría pasado inadvertida ante los ojos de un cazatalentos que sin pensarlo la catapultaría a las pasarelas más cotizadas del mundo. Su altura (no menos de 1.80m) y su elegancia no podían esconder la indignación que la llevó a increpar a los idiotas que llevaban burlándose de ella varios metros de acera. Ella era “la garza” de la que se burlaban esos acomplejados a los que les sacaba por lo menos una cabeza. No tuvieron lo necesario para responder a las preguntas de la chica, simplemente seguían riéndose como si la situación fuera graciosa. No pude evitar intervenir, no soportaba verla sola y a punto de romper a llorar frente a los dos cerdos que seguían llamándola “garza”.  La gente no sabe el daño que puede hacer con una sola palabra.

La muchacha cedió al llanto, me contó que le había costado salir de casa porque estaba tan deprimida que había adelgazado mucho, y a pesar de llevar unos bonitos pantalones negros (que dejaban al descubierto unos tobillos finos –objeto de deseo de millones de mujeres–) no se sentía lo suficientemente guapa para ir a la terapia que sigue desde que dejó a un hombre que la maltrataba y le hacía pesar su espectacular estatura.

No hace falta que cuente aquí lo que le dije, ojalá hubiera podido acompañarla. Nos despedimos y cada una siguió su camino. Yo con la tranquilidad de tener bajones corrientes, y ella con una sonrisa que había hecho desaparecer las lágrimas. Nunca sabré su nombre, sólo sé que por las calles del mundo se mueven aves maravillosas que a pesar de tener las alas heridas se enfrentan a cuanto depredador las amenace, y aunque rompan a llorar por la impotencia, hacen todo lo posible por proteger su plumaje para que no les salpique la porquería en la que a los cerdos les gusta revolcarse. Y estoy segura de que desde ese día, ella, la muchacha alta de piernas largas, pelo oscuro, mirada dulce y piel suave, verá a las garzas con otros ojos y una gran sonrisa. Estoy segura de que no pasará mucho tiempo hasta que de nuevo extienda sus alas y por fin vuelva a volar.

Fotos: Web, Orlando Leiva y Milagro Villanueva.

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Fuera de foco

 

Dicen que una imagen vale más que mil palabras y nuestra forma de relacionarnos en el mundo actual parece confirmarlo. Sin embargo, ese empeño en inmortalizarlo todo para “recordar” o mostrarle al mundo lo que vivimos nos está alejando cada vez más de lo realmente importante: vivir.

Ahora todo el mundo es fotógrafo, cineasta… Muchos se empeñan en convertir su vida en una especie de reality show donde transmiten en tiempo real todo lo que les pasa. Etiquetas van y etiquetas vienen. Exponen a sus hijos convirtiéndolos en presa fácil de cuanto degenerado circula por las redes buscando imágenes que satisfagan sus perversiones. Todo el mundo se entera de quién es la parejita de turno y de qué color son las sábanas que sudan.

No debería ser yo (una enganchada al teléfono) la que critique la permanente interacción en las redes sociales. No obstante, hay una línea que algunos parecen no ver y que no deberíamos cruzar porque hacerlo lleva a crear un álbum de fotos de cada cosa convirtiendo el paso por este mundo en una especie de photocall que no distingue entre encuentros, parrilladas, conciertos, funerales y fiestas. Sí, acabo de incluir en el mismo paquete funerales y fiestas porque algunos han llegado al punto de creer que ambas cosas son lo mismo.

¿Alguien se ha parado a pensar que en la mayoría de los casos la obsesión por la foto se roba el momento? Es maravilloso tener un recuerdo de un día, de un encuentro o una celebración, pero es muy triste que eso sea lo único, que nadie hable entre sí porque todos están muy ocupados haciendo su propia versión para publicar, que el centro de atención sea el “pásame las tuyas”. De verdad, es muy triste.

Da lástima ver cómo algunos llegan a profanar la propia intimidad para que el mundo sepa con quién se han metido en la cama o en la bañera. ¿Se puede ser tan infinitamente infeliz como para aparentar lo contrario ensuciando una experiencia íntima al hacer que todo el mundo la conozca hasta el más mínimo e innecesario detalle? Fotos de hospitales, de resultados negativos de enfermedades de transmisión sexual, y un etcétera tan variopinto como espeluznante. ¿Es necesario? ¿Hay tanta gente tan manca de atención o cariño? ¿Es la mejor forma de conseguirlo? ¿Es más importante despertar la envidia o la lástima ajena que nuestros propios sentimientos?

Hace unos meses un ser querido que dista mucho del exhibicionismo esperó pacientemente un descuido mientras me hacía creer que probaba una cámara. Me dijo que iba a ser padre…  Silencio, que nadie se mueva. No fui capaz de decir absolutamente nada –por más increíble que parezca– y la cámara dejó de grabar eso que jamás habría sido publicado. Unos segundos después de sentir cómo me recorría por dentro, la emoción decidió salir, así, como siempre, sin más testigos que los involucrados.

Si pasas la tarde junto a alguien en el banco de un lugar cualquiera, no importa cuántas fotos hagas o cuántas veces vuelvas. Ni siquiera importa si un día el banco deja de estar allí, lo que de verdad cuenta es el brillo del sol que iluminaba a sus ocupantes, la mano que jugaba con tu pelo, el rostro que reconocerías con sólo pasear tus dedos sobre él. Eso no hay “like” ni “RT” que lo entienda (ni lo sustituya).

BANQUITO

Piénsenlo, los mejores momentos de nuestras vidas ocurren mientras estamos fuera de foco.

No quiero decir que debamos olvidarnos de las fotografías, sino que lo realmente importante es la experiencia, la emoción, el sentimiento. No se trata de avergonzarnos como hacen en el fondo esos que miran a los lados antes de besar a alguien. Se trata de vivir de verdad y sobre todo, de no prostituir nuestra intimidad. Y ya sé que en muchas ocasiones somos tan felices que podríamos subirnos a lo más alto de una montaña para expresar lo que sentimos, pero no nos engañemos, nadie que es realmente feliz sacrificaría un solo minuto de lo que está viviendo por ir a contárselo a todo el mundo. Y si lo hace es porque de verdad no lo es pero quiere aparentarlo.

Es triste ver que cada vez más todo se reduce a una imagen y no hay una emoción, un olor, nada profundo capaz de ir más allá de lo que sirve para cosechar “likes” o seguidores. Tal vez se deba a que no soy una experta en informática, a que soy una paranoica – o a ambas cosas– pero me pregunto de qué tamaño va a ser el hueco en la memoria de todos esos que han dejado de vivir por inmortalizarlo todo. ¿Inmortalizarlo todo para qué?  ¿Para cuando seamos viejos y la senilidad no nos deje reconocer a un antiguo amor? Seamos sinceros, no necesitamos de tanto para algo tan sencillo. Estaremos tan viejos que incluso con la foto a todo color y en formato valla de autopista seremos incapaces de recordar nada ni a nadie que no haya dejado huella en la verdadera memoria, la del alma.

Estoy segura de que en este momento quienes leen esto comienzan a recordar esa caricia, esa mirada, ese beso que no aparece en ninguna parte más que en la taquicardia que nos genera. Porque no hay “like” capaz de recrear o multiplicar emociones.

Si en medio de una mudanza o un incendio, si por un virus o la acción de un sin oficio que viole mi nube se desintegra el contenido de mis archivos de imagen, lo lamentaré, mucho. Pero lo que he vivido, eso no me lo quita nadie.

Y si la vejez y la falta de memoria hacen de las suyas, no se empeñen en hacerme recordar lo que ya no pueda, mejor disfrutemos del aquí y el ahora, pero de verdad sin dejar ir lo importante.

Comencemos a vivir el momento.

 

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Usted no puede imaginarlo

Le trataré de “usted”  para marcar aún más la distancia, porque siento tanto desprecio que tutearle significaría acercarle a mí, y yo con usted no quiero ningún tipo de acercamiento. Incluso hablarle de lejos no evita la profunda repugnancia que me lleva a dedicarle estas líneas.  No obstante, Óscar Morales, no espere que lo llame “señor”, pues su acto lo aleja de toda la dignidad necesaria para semejante trato.

Ensucio mi blog con su nombre porque si no suelto todo lo que llevo dentro, es probable que no consiga conciliar el sueño o termine teniendo pesadillas con un mundo lleno de gente con el cerebro podrido como el suyo y sin el más mínimo vestigio de humanidad.

Óscar Morales, usted no sabe lo que es recibir esa terrible noticia, no sabe lo que es pasar la noche entera en una silla dura o en el suelo velando el sueño y calmando los quejidos de un ser querido. Usted no puede imaginar lo que es perder un amigo por culpa del maldito cáncer, no sabe lo que es ver cómo una vida se va apagando poco a poco, cómo languidece la mirada, o cómo se esconde el terror con una sonrisa tranquilizadora para padres o hijos. Usted nunca ha tenido que ir a buscar un turbante bonito para una amiga, y mucho menos la ha ayudado a acomodarse la peluca.

LAZOS

Usted Óscar Morales, no puede imaginar la angustia que se siente en cada despedida porque podría ser la última vez que escuche la voz de ese valiente que con un abrazo asegura que seguirá estando al día siguiente. Usted ignora la amargura de las lágrimas cuando una biopsia da positivo o el médico dice “vamos a intentar otro tratamiento”. Usted no sabe lo que son las náuseas, los vómitos, los eructos, ni mucho menos la soledad que vive una persona que renuncia a ver a sus seres queridos porque se avergüenza de los efectos secundarios de la quimioterapia. Usted no ha visto de cerca las llagas en la boca de alguien desesperado por dar un beso.

Usted no sabe lo que es ponerse una mascarilla y hablar poquito para que todos tengan su oportunidad de saludar, tampoco sabe lo que es dar un abrazo con la mirada porque los dolores no permiten uno de verdad. Usted no sabe lo que es quitarle los puntos negros del rostro, o hacerle la manicura a alguien que ya no puede hablar pero que con una lágrima agradece que aún en las peores circunstancias se le mantenga bonita.

Usted, indecente Óscar Morales no sabe lo que es cargar con un cuerpo ligero porque sólo lo componen un puñado de huesos cubiertos de piel. Usted no sabe lo que es buscar esperanza hasta debajo de las papeleras de un hospital. Usted no ha escuchado nunca gritos de dolor, ni los estertores de la muerte que inmisericorde arranca de este mundo a personas que sólo por el asqueroso acto que usted ha cometido durante años, merecían más que usted seguir estando aquí.

OM

Usted no puede imaginar lo que es peregrinar por farmacias buscando un medicamento, o lo que es peor, no tener con qué comprarlo y pedir en la calle. Tampoco ha tenido que hacer eventos para recaudar los fondos necesarios para costear un tratamiento. Usted ignora lo que es oír a alguien mendigar morfina para poder descansar. Usted no sabe lo que es tener que preparar de repente un funeral porque cuando todo parecía ir bien un sacudón torció el destino. Usted desconoce el grosor del nudo que se hace en la garganta cuando hay que darle la fatal noticia a un niño. Usted no sabe a qué huelen los repartos de Oncología o la habitación de un enfermo terminal.

Usted miserable Óscar Morales nunca ha tenido que prometer a una amiga cuidar de sus hijos si llegara a faltar, tampoco ha visto a un hombre subir dos plantas con una sola pierna para poder seguir durmiendo junto a su mujer. Usted jamás ha tenido que dejarlo todo para cuidar a un ser querido. Tampoco sabe lo que es dejar de lado el agnosticismo para rezar porque es lo único que el amor de su vida pide hacer por su madre.

Usted no sabe lo que es ser esclavo de las medicinas, los horarios y los experimentos. Usted jamás ha visto agitarse un pañuelo desde la ventana de un hospital.

Usted no tiene la capacidad para sentir y mucho menos para entender el dolor que recorre el alma cuando alguien después de mucho luchar, pierde la batalla. Usted no sabe lo que es maldecir sin parar por lo injusta que es la vida.

Estoy convencida de que usted no tiene ni la más remota idea de lo que en realidad es el cáncer, qué significa, el dolor que trae y el daño que hace. Porque si a lo largo de los años que lleva vivo hubiera tenido aunque fuera de lejos a un paciente de cáncer, le aseguro que jamás se habría atrevido a jugar con esto, ni siquiera por un día, mucho menos para obtener un beneficio económico durante cinco años.

Usted, Óscar Morales, de hoy en adelante va a vivir con la zozobra de la realidad, la terrible realidad que no le deseo pero que desgraciadamente las estadísticas de esta enfermedad le harán conocer algún día. Y no quisiera estar en los zapatos de sus familiares o amigos, porque en el mundo no hay hueco lo suficientemente profundo para esconder la cabeza por la infinita vergüenza que deben sentir gracias a su vomitiva avaricia.

Y no crea que devolviendo el dinero o incluso entrando a prisión disimulará el hedor del traje de miseria que lleva puesto. No se lo quitará nunca, aunque supongo que en cinco años le habrá agarrado el gusto.  Y tampoco se preocupe por los enfermos de cáncer, ellos necesitan de personas de verdad, seres humanos  que los respeten, los cuiden y los quieran, pero no me molestaré en explicarle lo que esto significa porque como todo lo demás, esto usted no puede imaginarlo.

Un ex concejal de Izquierda Unida en Elche simula un cáncer 5 años para cobrar una pensión

Foto y artículo: El Mundo.

Lazos: Web

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La margarita

Ella que en todo lo demás no, era suiza en su calendario menstrual.  Llevaba algo de retraso que no impidió que continuara con su agitada vida. No se puso paranoica, su sangre fría le hizo pensar que “ya llegaría”. No tenía ni siquiera el recuerdo de un “susto” a los veinte, a ella no le pasan esas cosas.

Pasaron los días y nada cambiaba, no sintió ansiedad pero se le ocurrió revisar su agenda. Comprobó que la última vez que vio a ese que no es su novio (un adulto aún más experimentado que ella) la pasión hizo de las suyas bajo la atenta mirada de la ruleta de la ovulación. Es una relación adulta, sin compromisos, incluso sin futuro. No están enamorados. Él no tiene sentimientos y a estas alturas no hay ser capaz de enamorar a esa mujer. No hacen tonterías pero siempre hay un riesgo. Volvió a mirar la agenda y sin decírselo a nadie se dio un día de plazo antes de utilizar ese test de embarazo que siempre tiene a mano para sacar de dudas a sus amigas, las mismas que están experimentando el boom demográfico que suele suceder al boom de bodas y despedidas de soltera.

Podría haber sido un día cualquiera, pero no. Ella que no tenía ninguna obligación con el posible padre que a esas horas navegaba en las tranquilas aguas del mar de la ignorancia, no estaba muy segura de si deseaba un resultado negativo. Mientras abría el empaque del test y leía las instrucciones recordó una larga conversación que tuvo con uno de sus amigos, ese al que le confió que sí quería tener un hijo aunque a juzgar por el camino que llevaba iba a tener que renunciar a esa idea. Recordó que él le dijo que no hacía falta que tuviera pareja, estaba convencido de que ella podría sola porque a fin de cuentas los hombres en la mayoría de los casos son casi accesorios en ese aspecto… En resumen, un padre no era fundamental para tener un hijo. Eso sí, se lo dijo mientras miraba la hora para ir a buscar los suyos al colegio y pensaba en silencio qué les haría de cenar esa noche.

 margaritas

Al tiempo que preparaba los elementos necesarios con mucha precisión para no equivocarse, se planteó las dos posibilidades que tenía: Un resultado negativo se iba a la basura con test y todo. Uno positivo… Un positivo ya era otra cosa. Fue en ese momento cuando comenzó su monólogo: –No  quiere tener hijos, ¿para qué se lo voy a decir entonces? Si dice que no y estoy decidida, no le voy a hacer caso, asumo toda la responsabilidad y punto. Mmmm, tal vez lo más práctico, incluso lo más inteligente en este momento sería no tenerlo, ¿pero por qué no, por comodidad? De pronto esta es la única oportunidad que tendré. Si lo hubiera planeado, obviamente no sería esta la situación. Estoy siendo egoísta, mucho, pero en este caso uno de los dos va a ser injusto con el otro, no va a haber acuerdo y si no quiere… No voy a obligarlo a ser padre, pero tampoco él puede obligarme a renunciar. Mejor me ahorro la conversación y no le digo nada. Aunque estaría haciendo mal, sin saberlo él me lo agradecerá. ¡Cuánto condicional, yo no estoy para esto!

Ya es mayorcita, no le debe nada a nadie. Nadie la va a juzgar –yo no me atrevería–. Hasta le cedería sin problemas uno de mis nombres favoritos –los que quedan, ya casi todos los he dado–. A nuestra edad nuestros padres quieren nietos, y nuestros hermanos o amigos quieren sobrinos. En fin, los niños son siempre bienvenidos.

Pensándolo bien, sí que le debe algo a alguien, además de cariño y predicarle con el ejemplo, a su virtual hijo le debe estabilidad, tiempo, un millón de cosas… Y también un padre.

En ese momento era más que nunca dueña de su destino (tal vez de dos). Así que dejó de romperse la cabeza y se concedió unos minutos de paz antes de ver el resultado:

NEGATIVO

test

Cuestionamientos, cuentas y la posibilidad de traer al mundo a una persona más fueron a dar a la basura.

Se arregló como de costumbre, se soltó el cabello, se subió a sus tacones y me contó esta historia mientras vaciábamos una botella de vino en el bar de siempre –todo tiene sus ventajas–. También se la contó a ese que no es su novio, ni lo será…

Siempre es mejor lo que sucede, y por algo la margarita dijo NO.

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Pa’ lante es pa’ allá

 

A veces recibes un golpe duro y tratas de seguir a pesar de ir cojeando por el dolor. Te cuesta, pero ahí vas tratando de erguirte poco a poco sin saber que un par de pasos más adelante te espera otro mazazo que te dejará sin aliento. Te duele tanto y tan profundamente que no te quedan fuerzas para seguir, ni siquiera para llorar.

Llega un momento en el que casi te acostumbras al dolor, no se trata de agarrarle el gustico (no lo tiene) sino de ir cojeando de la pierna derecha, sujetarte el costado izquierdo, caminar como Quasimodo y aunque sea de vez en cuando levantar la mirada para ver lo empinado que es el campo minado que te espera sin considerar que llevas una enorme piedra atada a tu quebrantada espalda.

El pecho duele, respirar duele, querer duele, continuar duele… Todo te duele. De pronto provoca mandarlo todo al carajo, dar media vuelta y rodar por la bajadita -“sigan sin mí, me quedo aquí”-. Pero no es esa tu naturaleza, tu instinto guerrero y la misma cojera te impiden dar marcha atrás. La “señora” que vive dentro de ti y sabe levantar la ceja mucho más que tú, te mira de reojo y desafiante te pregunta: “¿Eso es todo, ya está?”. Respondes que sí, que el lastre es muy pesado y a estas alturas nadie te quita lo bailado, pero vacilas y sigues haciendo un esfuerzo indescriptible, aguantando el dolor con la presión en el pecho y viendo por dónde pisar.

Dicen que la vida jamás te carga con más peso del que puedes soportar, y  tal vez sea un ejemplo este verano gris en el que el sol más espléndido del mundo no ha brillado para muchos, pero aún así ha salido cada día.  Algunos dicen que solo puedes con todo, pero se equivocan, a veces es necesario que alguien te ayude con la carga. Puede que la ayuda llegue sola o que no te quede ni voz para pedirla… Es entonces en el momento más oscuro en el que el cansancio no te deja hablar y el dolor no te deja ver bien, cuando tu mirada se cruza con otra y finalmente todo sale. Tu ángel guardián (que es tuyo porque tiene algo de mundano y viste de negro) te estrecha entre sus enormes brazos, te quita por completo el peso de encima y por fin te libera.

Todo tiene fin, los problemas se resuelven, los dolores se alivian, los abrazos dulces se diluyen. “Todo” es la clave, y todo pasa…

Oh dulce ángel guardián, no soy tan buena como para que me cuides el día entero todos los días, pero tampoco hace falta, basta con que de vez en cuando aparezcas, liberes mi espalda y me desnudes el alma.

Gracias a ese ángel de mirada celestial y cuerpo terrenal la “señora” ya no me mira de reojo porque sabe que cojeando por un lado o por los dos voy a continuar el camino, y aunque el sol siga quemando en lugar de brillar, el terreno se vuelva pantanoso o las minas compliquen la escalada obligándome a recalcular mil veces la ruta , no voy a abandonar.

“Caminante no hay camino, se hace camino al andar…”

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Cerati, me equivoqué

 

Anoche cuando me vencía el sueño aparecías tú con tu mirada seductora y tu enigmática sonrisa. Yo quería quedarme durmiendo para seguir viéndote y olvidar la realidad que me despertaba por la presión de muchas lágrimas atascadas en el pecho. Alguna rebelde se escapa a ratos, pero las demás siguen allí acumulándose mientras yo sigo sin saber cuándo van a estallar.

Soy una egoísta y esta vez tengo las pruebas. Yo que en algún momento hasta deseé que te fueras de una vez, ahora no soporto saber que ha ocurrido de verdad. Buenos Aires ahora no sólo se ve, sino que es más susceptible porque su león más guerrero, su más divino porteño decidió quedarse a mirarla desde lo más alto.

 Te pedí que me llevaras con vos, pero no me hiciste caso, y te entiendo, allí donde estás hay lugar para pocos.

Desde hace un par de meses tengo un hueco que no he sido capaz de llenar con tus canciones a las que cada vez les subía más el volumen para no escuchar mis miedos. Desde ayer el hueco es más grande, y sé que será imposible llenarlo. Ahora te escucho sin miedos que ahuyentar, te escucho y nada más.

Hermoso, me equivoqué en todo, al desear que te fueras, al desear que volvieras, al desear lo que tal vez tú ya no deseabas. Creí que estaba preparada, que sería más fácil, que lo tenía asumido. Ningún esquema me sirve, ninguna palabra me consuela. Me equivoqué en todo, ni estaba lista, ni lo tenía asumido, ni es nada fácil. Contra toda racionalidad creí que algún día todos podríamos saber qué era eso que tanto te entretenía en tu sueño. ¿A quién quise engañar? Cuando uno ama, por más que lo intente no es racional.

 

Después de una larga siesta decidiste que era mejor seguir durmiendo, estabas cansado de tanto hacer… Te fuiste para que dejáramos de esperarte, y no sé cómo hacer para poder ir a buscarte.

Yo que siempre he dicho que no tengo corazón aquí sigo sintiendo el pecho apretado. Supongo que son sentimientos buscando escapar a falta de un lugar donde poder alojarse. ¿Dónde meto todo eso Gustavo Adrián? ¿Te lo llevo para que te lo lleves? En mi cuerpo hay un tsunami de tristeza porque se apagó esa pequeña lucecita que yo no miraba para no reconocer que estaba encendida, esa lucecita que se llamaba esperanza. Me tocará buscarte entre la multitud desde donde verás cuánto nos diste a tantos. Hermoso monstruo, no lo podés imaginar.

subte

Donde estoy hoy el sol brilla más que nunca pero no hay sombra que besar, todo es gris. Los colores santos y también los paganos te acompañan en tu viaje, cuando llegues a destino mándame alguno (mejor si es el de tus ojos).

Hoy es uno de esos días en los que odio la distancia, ni siquiera puedo ir a despedirte. A lo mejor la misma distancia me está compensando con tiempo porque ambos saben que lo necesito.

Creí que había crecido y sabía decir adiós, creí que podría hacerlo, pero en eso querido Gustavo Cerati, en eso también me equivoqué.

 

 

Fotos: cerati.com, web y La Nación.

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Las huellas de la revolución

 

Cuando nacimos una de las primeras cosas que nos hicieron fue empatucarnos de tinta los pies y plantar nuestras huellas en un cartoncito. Qué bonito, ya éramos parte del mundo. Años después cuando nos sacaron la cédula fue el turno de nuestras manos, nos empatucaron de tinta los dedos y nos dieron un cartoncito con un número que se supone nos metía en la cuenta de ciudadanos con derechos, y como éramos chiquitos, pocos deberes. Con la mayoría de edad uno de nuestros derechos era ir a votar, en la experiencia no podía faltar la empatucadita de tinta indeleble para estampar la huella en el cuaderno.

 

Salvo en el caso de los delincuentes, en pocas oportunidades íbamos a tener la necesidad de dejar nuestro sello de caracol en alguna parte. Y precisamente por la irresponsabilidad de muchos que se fueron a la playa, se quedaron viendo televisión en su casa o abusaron de su poder, diferentes procesos electorales dieron como resultado la República Bolivariana de lo Inverosímil, la misma que no demuestra adónde han ido a parar nuestros votos, pero que pretende hacernos creer que un kilo de harina de maíz dura un mes. En resumen, por la flojera de muchos, la insensatez de otros y la corrupción de muchos más, ahora tenemos un régimen que a punta de lujos no hace más que despilfarrar nuestro dinero, y como si fuera poco se cree con derecho a ir dándonos lecciones sobre cuántas arepas podemos comernos al día –como si nos las regalaran–.

Así pues el país más rico del mundo se convierte en un novedoso campo de concentración donde la gente trabaja duramente para ganar una miseria, se muere de mengua en los hospitales, es mutilada a falta de antibióticos, cumple el toque de queda impuesto por el hampa, se reserva el derecho a abrir la boca para no ser encarcelado, torturado o asesinado, y de paso, peregrina por los cuatro puntos cardinales buscando medicinas y alimentos evitando acercarse a unas fronteras cada vez más infranqueables debido al alambre de púas de la morosidad del Estado que ha ahuyentado a la mayoría de las aerolíneas que antes abundaban en nuestros aeropuertos, y al control horario impuesto por contrabandistas que simulan combatir a sus compinches. Confines que al ser cruzados demostrarían la facilidad de pagar con chapas antes que con nuestra moneda.

Según el régimen de Maduro la fórmula mágica para controlar la vergonzosa escasez que reina en el país es controlar lo que comemos igual que el tirano Castro hace con los cubanos, pero en plan moderno. Es decir, en lugar de solucionar el problema de la escasez en el país, el régimen derrochador pretende esconder las telarañas y los carteles de NO HAY –lo que más abunda en supermercados y farmacias– con máquinas captahuellas que en un año sin elecciones no harán más que aumentar los beneficios del enchufado que en su día también se llenó los bolsillos al ponerlas en los aeropuertos.

 

Venezolanos que quieran comer, pasen por aquí y posen su dedito… Es en este momento cuando me pongo bipolar porque no sé si partirme de risa o cortarme las venas. En un país en el que se va la luz a cada rato y todos los días, me quiere explicar el Comandante en Jefe de este DESASTRE, de dónde piensa sacar el soporte eléctrico para mantener encendidas esas máquinas. ¿Acaso el comandante supremo intergaláctico va a hacer el milagro de mantenerlas operativas encendiendo desde el más allá el dedo como E.T? ¿Vamos a seguir generando desempleo porque los supermercados siguen pelados y el control de lo que se compra o no lo llevan unos energúmenos uniformados de verde o rojo que primero se apartan lo que quieren para ellos? ¿Por qué para comprar harina uno tiene que comprar primero lo que a los supermercados bolivarianos se les antoje? ¿Por qué hay que tener carnet del partido de esta cuerda de incompetentes para poder llevar a casa un kilo de azúcar?  Unos peroles que no son capaces de funcionar correctamente en un proceso electoral, qué van a servir para estar en la línea de cajas de un establecimiento comercial.  Si son tan efectivos los controles ¿por qué no los utilizan para saber quién saca dólares de las arcas del Estado para rumbeárselos?

Utilizarán máquinas para controlarnos porque para el régimen todos los venezolanos (rodillita en tierra o no) somos culpables de cualquier cosa aunque no tenga cómo demostrarlo. Considerando que todos somos iguales, si ya nos catalogan de delincuentes por querer comprar a la vez harina de maíz y mantequilla, supongo que también Maduro y su combo son culpables de que tengamos que hacer cola para conseguirlo. Si para comprar un paquete de pañales tenemos que justificar con una Partida de Nacimiento la existencia de nuestro hijo, ¿dónde están los papelitos que justifican los 125 mil barriles de petróleo refinado que diariamente son regalados a Cuba?

 

Solamente me gustaría saber una cosita más ¿la maquinita estará programada para que podamos hacer “la señal de costumbre”? Es para ir limándonos las uñas porque creo que la del dedo medio es la única huella dactilar que los venezolanos estamos dispuestos a mostrarle a este régimen sinvergüenza.

Este injustificable racionamiento, además de una humillación para el país es una excusa más para seguir exprimiendo el dinero de la nación y repartirlo entre los amigotes de este despropósito sin precedentes.  Me gustaría llenarme los pies de tinta para plantar la huella de la soberana patada que se merece este régimen, pero como no hay jabón ni mucho menos agua en muchos hogares venezolanos, no quisiera generar más frustración entre quienes no podrían hacerlo.

Espero que después de tanto alboroto Venezuela no termine acostumbrándose a pasar por su particular y modernísima cartilla de racionamiento, así como cedió al “se robaron las elecciones”, a las colas, al NO HAY, y a pagar por el derecho a respirar allí donde todo apesta a putrefacción del siglo XXI. No quisiera que la sangre derramada por tantos venezolanos y los días de encierro y torturas que padecen los presos políticos terminen por perderse en una cola de lamentos y resignación. No quisiera que siguiéramos en este letargo infinito para que al final nos quede un país descuartizado como los cuerpos que “el hombre nuevo” ha puesto macabramente de moda en el país, porque esa responsabilidad sí que es indeleble de verdad.

A los que siguen pensando en el “Uh-Ah” y en el “no vale, no creo”, les recuerdo que las únicas huellas que esta “revolución” ha dejado en el país son las de la corrupción, la inseguridad, el fracaso y la miseria. No esperen a que una versión criolla del “ARBEIT MACHT FREI” sustituya al “BIENVENIDOS A VENEZUELA”. Piensen cuando les digan “ponga su dedo allí”  y no esperen a que la muerte se convierta en la forma más rápida de escapar de este yugo para reaccionar.

 Imágenes: Web, noticiascentro.com, el periodicovenezolano.com y Reuters.

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