¿Cómo duermen los ladrones?

Hace unos días salí  con una amiga a ver si en alguna tienda encontraba algo que le quedara bien a un par de zapatos que esta Navidad confirmaron que soy una enferma mental cuando se trata de tacones. Aunque a algunos les parezca raro, realmente no lo es tanto, muchas personas buscan el calzado que pueda quedarle bien a determinada prenda, pero las obsesas como yo buscamos algo que le quede bien a los zapatos de los que nos enamoramos.

No soy compradora compulsiva, simplemente daba una vuelta a ver si tropezaba con algo que me dijera “aquí estoy”, y lo encontré. Era un trapo negro, fabuloso y en oferta. Además tenía un cinturón de metal que le daba un toque tan chic que lo rendía irresistible. Como no podía ser perfecto, el metal estaba rayado, de modo que como toda mujer con un máster en compras, le quité a otra prenda uno que estaba intacto para cambiarlo por el feo.

Me metí en el probador con el trapo y unas sandalias que me servirían para calcular la altura de mis tacones. La vendedora me miró sorprendida –no es muy normal ver entrar a una mujer a los probadores sólo con 2 cosas–. El cinturón bonito se caía constantemente, así que decidí protegerlo con mi chaqueta para que no se dañara.

El atuendo me quedaba perfecto, excepto de largo. Aún descalza le faltaban unos 15 cm para cubrirme los tobillos. De manera que después de preguntar si era normal esa medida para piernas de preadolescente, volví al vestuario a quitarme la decepción.

Me entretuvo una llamada telefónica de esas que comienzan con excusas rebuscadas como si pudieran salvar una tarde de compromisos tirados por la borda. El punto es que al llegar a casa cayó al suelo el flamante cinturón. Pánico, horror, vergüenza.

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Sin mirar atrás

Parece que los humanos tenemos una hormona de la obstinación que nos lleva a repetir acciones a fin de alcanzar objetivos en los que antes fracasamos. Algunos podrían llamarle a esto “perseverancia”, otros masoquismo, la diferencia está en si el éxito depende de nosotros mismos o implica a terceros.

Cuando las cosas dependen de nosotros mismos, esa constancia, el esfuerzo, esa rebeldía, por lo general reciben su recompensa. Las cosas que más valoramos son las que nos hemos sudado, pero cuando alcanzar el objetivo también depende de los otros, todo se complica.

Trabajar en equipo es una de las tareas más difíciles que existe. Aunar el trabajo de dos o más personas, que todos deseen el mismo resultado y pongan el mismo empeño para alcanzarlo no es tarea fácil. A veces por el bien del proyecto toca llevar a cuestas la carga de algún fiel practicante de la ley del mínimo esfuerzo. Sin embargo, hay que asegurarse de que el peso de esa flojera ajena no sea precisamente el que hunda nuestra barca, de allí la importancia de descubrir la rémora que nos detiene para lograr soltarla de inmediato y seguir avanzando.

No está mal intentarlo de nuevo, pero cuidado, a excepción de “El Padrino” las segundas partes nunca fueron buenas. Las cosas son como son y ya está, no podemos dejarlo todo y ponernos en manos ajenas a ver si ocurre algo que las cambie. Hay que saber perder, asumir que retirarse a tiempo de una batalla no es un fracaso. Fracaso es obsesionarse con los imposibles y perder el tiempo intentando conseguir aquello que no depende únicamente de nuestra voluntad.  Cuando en la travesía hay quienes no reman, o peor aún, lo hacen en sentido contrario, lo más normal es que la barca se hunda por la sacudida de la más innocua de las olas.

Tenemos que aprender a diferenciar entre la perseverancia y el masoquismo, aprender de nuestros errores, romper las cadenas y cuidarnos de tropezar de nuevo con la misma piedra, en el mismo camino oscuro, y hasta con el mismo pie, pues ya conocemos el final.

La vida es demasiado corta como para perder el tiempo. Este año acaba de nacer, cualquier cosa que haya salido mal tiene que quedarse en el ayer. Aún nos quedan muchas razones para subir el volumen, para seguir nuestro camino sin arrepentimientos, sin rencores, y sobre todo, sin mirar atrás.

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Carta para un Nicolás sin santo

Cuando éramos niños según la costumbre de nuestras familias escribíamos una carta para pedir los juguetes que se supone nos habíamos ganado por haber sido buenos. En algunas casas el destinatario era el Niño Jesús, en otras San Nicolás, y algunas pocas los Reyes Magos. Los niños más afortunados escribían tres y en consecuencia recibían regalos por tres vías diferentes.

En mi familia como siempre hemos sido un poco paganos, los hermanos recibíamos un regalo navideño del Niño Jesús, otro de Año Nuevo que traía el anciano de los renos, y el más modesto el Día de Reyes, pero este último solamente si habíamos dejado los zapatos en un lugar visible.

A veces sucedía que el Niño Jesús nos dejaba los regalos en la casa de la abuela y San Nicolás los dejaba en la nuestra. Pareciera que tenían problemas de logística y se repartían las zonas pero no los días, así que todo llegaba en Navidad y nadie echaba de menos un paquete debajo del árbol el primer día del mes de enero, pues seguíamos bajo el efecto del olor a nuevo de los juguetes que habíamos recibido apenas una semana antes.

 

Cuando comienzas a peinarte las canas recuerdas con nostalgia esos días en los que tu vida se resumía a jugar, comer y dormir. Pero no porque llegar a adulto sea terrible, sino porque esa Venezuela de las hallacas, del pan de jamón, de las gaitas y el Ponche Crema se ha ido desvaneciendo bajo una enorme mancha de sangre y de miseria. Es por esto que este año y aunque ya no soy la niña de entonces, voy a escribir una carta cuyo destinatario no es santo e inspira cualquier cosa menos ternura o respeto. Conociendo sus ya célebres y múltiples limitaciones –en especial las intelectuales– les pido a los aduladores que están a su lado que se la lean, se la expliquen detalladamente, incluso que se ayuden de algún dibujo para que la entienda. Seré considerada y la escribiré como si tuviera de nuevo aquellos lejanos siete años de una infancia que sonríe en mi memoria, así será más comprensible. La carga de sarcasmo la dejaré para nosotros porque él no sabe lo que es eso.

Esta es la carta para un Nicolás sin santo:

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Las hallacas de la nostalgia

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Cada país tiene sus tradiciones navideñas: ravioli, cordero, cochinillo, pavo, langostinos… Los venezolanos tenemos un poco de todo, pero en Navidad reinan las hallacas.

Como podrán imaginar aquí no cabe la excepción, todos decimos: “la mejor hallaca la hace mi mamá”, eso no vamos a discutirlo.

Una hallaca es un plato muy elaborado que requiere de mucho trabajo hasta que por fin llega al paladar de nuestros seres más queridos, pues cuando se hacen tienen un nombre: el de cada una de las personas que nos importan y con quienes deseamos compartirlas aunque para conseguirlo tengamos que meterlas durante meses en el congelador.

Preparar hallacas es un evento especial que permite a las familias reunirse una vez al año para colaborar en la preparación. Cada uno tiene una labor determinada en una alegre cadena de montaje: picar aliños, cuidar el fogón, envolver, amarrar, hervir; hacer el guiso (una sola mano para que no se dañe),  lo más fastidioso: cortar, limpiar y aceitar las rebeldes, delicadas e imprescindibles hojas de plátano, y lo más sabroso: probarlas. La receta de familia pasa de generación en generación, las mujeres aprendemos de nuestras madres y abuelas, ayudamos en lo que podemos siempre bajo la supervisión de la matriarca de la cocina hasta que nos toca el terrible momento de ocupar ese lugar. Una mujer toma la batuta del guiso cuando se queda huérfana (o cuando el destierro la lleva más allá de nuestras fronteras).

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Adictos

Todo comienza con una pequeña transgresión, una travesura que nos hace recordar cuando de niños escondíamos los lapicitos con los que rayábamos las paredes. El problema está en lo adictivo de este tipo de acciones, y por más razones que busquemos para justificarnos, la verdad es que toda adicción es peligrosa.

Somos adictos y la mayoría de las veces ni siquiera lo reconocemos. Adictos al cigarrillo, al chocolate, al trabajo, a las causas perdidas, a la telebasura, a los amores imposibles, al alcohol, al gimnasio, a las drogas, a las redes sociales, a procrastinar, a las compras inútiles, a los carbohidratos, a los móviles… Todos tenemos una debilidad, y por mucha integridad que haya en nuestra conciencia, todos nos levantamos un día con el alma un poco menos cara que el resto.

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Rentería, un negro como tú.

En un país de peloteros, ser futbolista profesional es casi tan raro como una Caracas sin tráfico, y en el de lo posible ese milagro algunas veces se ha dado.

Si bien es cierto que Venezuela ha hecho grandes progresos en el fútbol y que con el paso de los años hemos aprendido a valorar a nuestros futbolistas, también lo es que en la tierra donde niños y niñas crecimos sobre todo jugando chapitas, el béisbol manda.

Creo que no hace falta decir que me encanta el fútbol, pero tampoco puedo engañar a nadie. A mí lo que me pone los pelos de punta es escuchar el batazo que precede a la cara de tonta que pongo mientras sigo la trayectoria de un jonrón. La esgrima me apasiona, el fútbol me encanta,  pero por encima de cualquier deporte, yo soy magallanera… Sí, magallanera. ¡Qué le vamos a hacer!

Pero esto no es para hablar de mí sino para hablar de un venezolano que sangra rojo como todos los demás. Ni afrodescendiente ni eufemismos tontos, Emilio Rentería es negro, nuestro negro. “Negro” en plan cariñoso como nos tratamos entre nosotros, sin ignorancia, sin desprecio, sin segunda intención.

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El país de los pendejos

Cada vez que veía que una persona permitía a otra abusar de su generosidad mi papá decía: “Todos los días sale un pendejo a la calle, y quien lo consigue se lo queda”.  Funcionaba para muchas cosas, y por supuesto lo repetía como una mantra al ver el resultado de las elecciones.

En “la cuarta” uno iba al supermercado y se arropaba hasta donde le alcanzaba la cobija, no le mendigaba nada a nadie, no se vendía aplaudiendo. La patria no era significado de penurias y necesidades insatisfechas, la patria era otra cosa, pero todo esto ya se los he contado antes.

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La garza y los cerdos

Madrid, viernes por la tarde. Caminaba con la inquebrantable vanidad propia de toda mujer recién salida de la peluquería. Sí, porque no hay mejor psicólogo que un peluquero ni mejor antidepresivo que un par de zapatos nuevos.  Ese es el tratamiento para los bajones de ánimo, especialmente los otoñales acentuados por un cielo gris, la lluvia amenazante y el frío inclemente. Soluciones sencillas para problemas sencillos. A fin de cuentas un bajón lo tiene cualquiera. Otra cosa es estar enfermo de depresión, esas son palabras mayores.

Mientras caminaba escuché a dos individuos burlarse de alguien. Hablaban de una garza, de sus largas y delgadas piernas, pero no lo hacían como quien describe a un ave elegante y bonita, lo hacían con desdén. No paraban de reír y seguían haciendo comentarios típicos de esos hombres que tienen la lengua de un tamaño inversamente proporcional al de sus cerebros. En fin, un par de idiotas como todos esos que se sienten muy machotes cuando van en grupo, igualitos a los que se creen los dueños del patio del colegio y pasan sus días atacando al más débil obligándole a seguir un juego donde el miedo de algunos y la negligencia de muchos han originado una plaga que parece no tener fin. Dos tipos que durante su niñez o adolescencia no tuvieron padres o cualquier otro referente de autoridad capaz de ponerlos en su sitio.

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Fuera de foco

Dicen que una imagen vale más que mil palabras y nuestra forma de relacionarnos en el mundo actual parece confirmarlo. Sin embargo, ese empeño en inmortalizarlo todo para “recordar” o mostrarle al mundo lo que vivimos nos está alejando cada vez más de lo realmente importante: vivir.

Ahora todo el mundo es fotógrafo, cineasta… Muchos se empeñan en convertir su vida en una especie de reality show donde transmiten en tiempo real todo lo que les pasa. Etiquetas van y etiquetas vienen. Exponen a sus hijos convirtiéndolos en presa fácil de cuanto degenerado circula por las redes buscando imágenes que satisfagan sus perversiones. Todo el mundo se entera de quién es la parejita de turno y de qué color son las sábanas que sudan.

No debería ser yo (una enganchada al teléfono) la que critique la permanente interacción en las redes sociales. No obstante, hay una línea que algunos parecen no ver y que no deberíamos cruzar porque hacerlo lleva a crear un álbum de fotos de cada cosa convirtiendo el paso por este mundo en una especie de photocall que no distingue entre encuentros, parrilladas, conciertos, funerales y fiestas. Sí, acabo de incluir en el mismo paquete funerales y fiestas porque algunos han llegado al punto de creer que ambas cosas son lo mismo.

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Usted no puede imaginarlo

Le trataré de “usted”  para marcar aún más la distancia, porque siento tanto desprecio que tutearle significaría acercarle a mí, y yo con usted no quiero ningún tipo de acercamiento. Incluso hablarle de lejos no evita la profunda repugnancia que me lleva a dedicarle estas líneas.  No obstante, Óscar Morales, no espere que lo llame “señor”, pues su acto lo aleja de toda la dignidad necesaria para semejante trato.

Ensucio mi blog con su nombre porque si no suelto todo lo que llevo dentro, es probable que no consiga conciliar el sueño o termine teniendo pesadillas con un mundo lleno de gente con el cerebro podrido como el suyo y sin el más mínimo vestigio de humanidad.

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