No todo es lo que parece

Él aparenta ser…

El marido perfecto, el padre perfecto, el vecino perfecto, el empleado perfecto, el cliente perfecto, el feligrés perfecto, el visitante perfecto, el amigo perfecto, el hijo perfecto, el cocinero perfecto, el jugador perfecto. El ciudadano perfecto, el ayudante perfecto, el contribuyente perfecto, el paciente perfecto, el sobrino perfecto, el pasajero perfecto, el nieto perfecto, el conductor perfecto, el compañero perfecto, el primo perfecto,  el admirador perfecto…

En casa:

¿Adónde vas? Vistes como una puta. ¿De dónde vienes? ¿Con quién estás? ¿Para qué vas a salir? Déjame ver el tique. El cambio está incompleto. Esta no es la marca que te pedí. No haces nada bien. ¿No ves que ya eres una vieja? Cállate, sólo dices estupideces. Estás gorda. ¿Para qué vas a estudiar? ¿Vas a gastarte en universidad el dinero de los niños? ¿Vas a conducir? Pero si no eres capaz, acabarás matando a alguien. Demasiado corto. Demasiado estrecho. Demasiado color. Pareces un cadáver. Demasiado maquillada. ¿Qué haces en la calle? ¿Qué amigas son esas? ¿Por qué te arreglas tanto? ¿Qué van a pensar de mí?  Vale, monta una empresa… Pero si te va mal nos dejarás a todos en la calle. Te irá mal, no sabes hacer nada. ¿Cómo que te vas? ¡Nos casamos por la Iglesia! Eso no se hace. ¿Acaso te acuestas con otro? La niña es mayor de edad, pero al pequeño no te lo llevas. Entonces nos abandonas. Me dejas después de 20 años de matrimonio, ¡vaya ejemplo de madre! ¡Llévate lo que quieras! ¿Para qué necesitas dos platos? ¿Piensas tener invitados? ¿Dos vasos? ¿No ibas a vivir sola?

Y mientras…

El admirador perfecto,  el primo perfecto, el compañero perfecto, el conductor perfecto, el nieto perfecto, el pasajero perfecto, el sobrino perfecto, el paciente perfecto, el contribuyente perfecto, el ayudante perfecto, el ciudadano perfecto. El jugador perfecto, el cocinero perfecto, el hijo perfecto, el amigo perfecto, el visitante perfecto, el feligrés perfecto, el cliente perfecto, el empleado perfecto, el vecino perfecto, ¿el padre perfecto?

¿El marido perfecto?

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Otra triste despedida

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Ese mosaico multicolor que ha dado la vuelta al mundo como símbolo de la emigración de innumerables venezolanos era para ella una fuente de alegría. Pisarlo significaba la visita de una de sus hijos, pero ahora volvía a ser gris, tanto como el dolor que en la soledad de su casa fue testigo de sus lágrimas por una nueva partida.

De sus cuatro muchachos ahora se iba el más pequeño. Ya había pasado por la misma despedida quince años antes, pero la situación era diferente. Su hija rebelde siempre había querido viajar a Europa, ¿quién no tiene sueños a los veinte años? Así que con la certeza de tenerla de vuelta pronto, la llevó al aeropuerto con una tristeza que no hizo sombra a todas sus esperanzas. A sus muchachos les gustaba su patria, allí habían crecido felices y tenían todas sus raíces. Sin embargo, el país cada vez se fue hundiendo más junto con la confianza de ver a “la desterrada” regresar. Muchas raíces se habían roto, las calles del barrio estaban desoladas y los pocos amigos que quedan ahora están haciendo las maletas.

Desde que su otra hija estuvo de vacaciones, ella y su marido temen que ésta también se vaya antes que un eventual matrimonio y/o un nieto le dificulten tomar la decisión –como ya le ocurre al mayor. El amor de una madre comporta sacrificios, la soledad, la distancia, mirar al cielo para ahogar el llanto… Cualquier cosa se hace por el bienestar de los hijos, incluso preferir tenerlos lejos a no tenerlos. Y aunque quince años no le han cerrado la herida que le sangra en cada cumpleaños, los domingos por la tarde o el día de Navidad, hace una semana la vio crecer cuando fue al aeropuerto para acompañar a su hijo menor, el que ya no es un niño y acaba de estrenarse como padre.

Aguantó como pudo para no hacerle al joven más duro el momento que incluía despedirse de una criatura que dará sus primeros pasos y dirá sus primeras palabras mientras él observa emocionado y con un sabor agridulce desde el otro lado de la pantalla. Sus amigas le dicen que no se preocupe porque pronto va a volver, pero todas saben que probablemente lo hará para buscar a su recién fundada familia y llevársela a un lugar más seguro donde puedan vivir en paz.

El síndrome del nido vacío es duro para cualquier padre, pero en  Venezuela el trauma se profundiza, pues se traduce en el síndrome del país vacío, en éxodo de querencias, en más ausencias en la cena del 31 de diciembre y en el “quién sabe cuándo volveremos a coincidir todos”.

Cuando la llaman siempre dice que está bien, nunca cuenta si le falta alguna cosa y le sobran excusas para simular que no hace colas. Si hay agua aprovecha para regar las matas, las únicas que no se han independizado ni tienen pasaporte. Cuando la visitan sus otros dos hijos habla de cualquier cosa, pero nunca de su tristeza, nunca del humano temor a morir lejos de sus seres queridos. Dice que vivirá muchos años porque no pierde la esperanza de recuperar el país en el que parió a cuatro niños que le han dado más satisfacciones que dolores de cabeza.

Sueña con despertar un día no muy lejano en una Venezuela donde comer no sea un lujo y vivir no sea delito. No se va, no quiere, no puede. Se queda esperando ver a sus cuatro muchachos juntos de nuevo, canosos y amontonados en un sofá viendo una película cuando como siempre, dos se reirán del par que se ha quedado dormido.

 

Foto: @jcsantamans

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¿Por qué ustedes sí?

La multitudinaria manifestación que se vivió en Caracas el primero de septiembre de este año pasará a la historia. Ha levantado ampollas no sólo en las filas del régimen que pone todo tipo de obstáculos para impedir el referéndum revocatorio al que tenemos derecho los venezolanos, sino que traspasó las fronteras hasta esos países donde debido a la cantidad de dinero público que les ha engordado los bolsillos, más de uno se cree con la potestad de decidir quién tiene derecho a qué en nuestra tierra.

Los tarifados españoles (y algún que otro rezagado por ahí) además de manipular con publicaciones igual que Diosdado Cabello –un elemento que no tiene tamaño para la vileza que alberga dentro de sí– se han permitido calificar de golpismo una manifestación pacífica de ciudadanos que exigen el cumplimiento de un derecho constitucional.

Y claro, aquí es donde comienzan las preguntas:

¿Por qué cuando ustedes rodean el Congreso de los Diputados son ciudadanos indignados y cuando los venezolanos marchamos por las calles de Caracas somos golpistas?

¿Por qué cuando ustedes protestan contra el gobierno se trata de “gente normal haciendo política” pero si lo hacemos nosotros se trata de “hostigar al presidente”?

¿Por qué son presos políticos los que durante medio siglo asesinaron a más de ochocientas personas y Leopoldo López que encabezó una manifestación sin haber tenido armas en la mano sí es terrorista?

¿Por qué cuando ustedes crean desde las entrañas de una universidad pública un partido para cambiar “la casta” que hasta entonces constituía la vida política española son regeneración y nosotros por querer cambiar la casta narcomilitar que pudre nuestras instituciones somos fascistas?

¿Por qué cuando ustedes hablan de los índices de pobreza, desigualdad y la tasa de paro en España son “la gente” harta de la crisis, pero nosotros cuando protestamos por la escasez de alimentos y medicinas somos manipuladores de la derecha?

¿Por qué cuando ustedes hacían campaña electoral en los actos de Tsipras era por solidaridad con el pueblo griego y cuando  un candidato a la presidencia del gobierno de España va a Venezuela (por electoralismo o no, me da igual en este momento) a mostrar al mundo la miseria en la que está sumida mi país es injerencia?

¿Por qué cuando hablan de la cantidad de personas que dependen de las ayudas sociales o de las instituciones caritativas son demócratas, pero cuando nosotros hablamos de la gente que se está muriendo en los hospitales por falta de comida o medicinas somos golpistas que queremos desvirtuar los logros de la revolución?

“En Venezuela un 72% de los ciudadanos dice que en los últimos 12 meses le ha faltado la comida, lo que se sitúa 31 puntos porcentuales por sobre el segundo país de la región que tiene esta dificultad (República Dominicana con el 41%”

¿Por qué en España es “represión brutal” que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado garanticen que las manifestaciones no degeneren en violencia, pero en Venezuela el uso de gas pimienta es “intervención del equipo de resolución de conflictos del Ministerio del Interior”?

¿Por qué cuando salen los antidisturbios con pelotas de goma a la calle son catalogados de matones al servicio de los ricos, pero cuando la Guardia Nacional Bolivariana dispara CON BALAS DE VERDAD a la cabeza de los manifestantes no?

¿Por qué en España llevarse detenidos a algunos asistentes a manifestaciones y someterlos a un juicio con todas las garantías que proporciona el Estado de Derecho es dictadura, pero cuando los venezolanos son secuestrados o detenidos, torturados, hacinados a 15m bajo tierra y sometidos a juicio sin las más mínimas garantías sí es democracia?

¿Por qué los jueces que aplican las leyes en España son corruptos, pero los que violan la Constitución en Venezuela no?

¿Por qué los españoles que emigran lo hacen para buscar las oportunidades que su país no les ofrece, pero los venezolanos lo hacen porque son ricos y quieren disfrutar de su dinero en el extranjero?

¿Por qué ustedes sí se creen con derecho a abrir la bocota cada vez que los venezolanos levantamos la voz contra el régimen de Chávez en su momento y ahora de Nicolás Maduro, pero nosotros no podemos criticar en España la cantidad de dinero público que han cobrado ayudando a crear la debacle que arruinó  a uno de los países más ricos del planeta?

¿Por qué nos piden dialogar con quien no nos gusta en el poder mientras ustedes en lugar de hacer lo mismo, fuerzan elecciones una y otra vez con la esperanza de que algún día engañen al número de incautos necesarios para hacerse con la Presidencia del Gobierno?

¿Por qué ustedes sí y nosotros no?

Yo se los voy a decir:  ustedes sí y nosotros no, porque a fin de cuentas con ir, aplaudir un rato, cobrar (en moneda extranjera, claro) y luego lamer pies con el Atlántico en medio es un gran negocio. Ustedes sí y nosotros no, porque ustedes y sus familias viven tranquilamente bajo el manto seguro que les proporciona la imperfecta pero democrática España. Ustedes sí y nosotros no, porque quienes tienen que verse las caras todos los días con la violencia, el hambre, los hospitales destrozados, la amenaza y la manipulación constante son los venezolanos.

Si lo que es bueno para el pavo también lo es para la pava, ¿qué les hace creerse superiores para con una mano reclamar a su propio gobierno eso a lo que creen que tienen derecho y con la otra calificar de fascistas, golpistas, terroristas, y un lamentable etcétera a los ciudadanos que en otras latitudes reclaman lo que ustedes –SÍ, USTEDES– ayudaron a arrebatarles?

Todo perro pelea para que no le quiten el hueso, es normal que les asuste  el fin de un régimen que ha dilapidado el dinero de los venezolanos manteniendo a sanguijuelas que tienen diferentes conceptos de democracia tan oportunistas como el cálculo de sus cuentas personales y el rédito electoral  les consiente.

Los venezolanos que sufrimos lo que pasa en nuestra tierra y pagamos impuestos en España (los que corresponden y cuando toca, no cuando están a punto de echarnos el guante) o cualquier otro lugar, tenemos derecho a interpelar a cuanto sinvergüenza se haya lucrado con nuestro dinero.  Y si no les gusta, con no haber ido a nuestro país a asesorar a los expoliadores era suficiente.  Así que aguanten su chaparrón en silencio y vayan buscando otros pendejos a quien venderles el humo. En Venezuela el 1º de septiembre de 2016 una gran cantidad de venezolanos que cree en la democracia de verdad cada vez está más cerca de cortarle el grifo a los corruptos que nos gobiernan y a los que se han enchufado a lo largo de estos años.

Ustedes sí porque mienten, nosotros no porque les quitamos la careta.

Foto:

Ingrid Arriechi

Reuters

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No me vengan con cuentos

Uno de mis amigos acaba de llegar a Venezuela. Me avisó que iría por trabajo y me ofreció su maleta para que la aprovechara dejándole solamente espacio para una muda de ropa, unas chanclas y un traje de baño.

Gracias a ese vasco al que vamos a llamar “Patxi” le mandé cosas a mi familia, pero no lo que muchos piensan. No envié jamón ibérico, aceite de oliva, salchichón ni queso de oveja. Tampoco perlas mallorquinas, pulpo gallego, mejillones en escabeche ni chorizos asturianos. En la maleta no había botellas de Rueda, Ribera del Duero, Rioja ni Cava. No metí turrones alicantinos, mazapanes manchegos ni ensaimada rellena de crema. No mandé olivas manzanilla, berberechos, horchata ni cecina. ¡NO! Tuve que empaquetar azúcar, lentejas, caraotas negras, café, leche, arroz, champú, acondicionador, toallas sanitarias, jabón, toallitas húmedas –el papel higiénico ocupa mucho espacio– pasta dental, desodorante, medicinas (para mi madre, mis amigos, para los casi desconocidos) zapatos, ropa para los niños… Eso es lo que conseguí hacer llegar a casa gracias a que alguien me hizo un favor y a la que en este caso llamaremos “suerte”, algo que no tiene todo el mundo.

¿Alguien puede decirme con qué se pasa un trago así? ¿Cuál es el imbécil que desde el bar viendo el partido del día con una caña en la mano y una tapa en la otra me va a decir que en España están peor? Peor un carajo. Peor estaban en Europa del Este mientras miles de tarados aplaudían a Lenin, a Stalin o a cuando hijo de poca madre tuviera a la gente pasando hambre. Peor estaban en los campos de exterminio nazi. Peor ya ni siquiera están en Cuba donde innumerables cubanos durante décadas han paseado las calles de La Habana mendigando a los turistas o haciendo felaciones a cambio de cuatro monedas que permitieran llevar a casa algo más de lo que cabe en una cartilla de racionamiento y sin temer que en el camino un malandro les quite a punta de plomo lo ganado.

Peor estaba España en plena guerra civil. Sí, esa que se acabó hace casi ochenta años y de la que cada uno se acuerda cuando le conviene. Peor estaban en cuanto país pobre la tierra parió, pero no en Venezuela. Así no se puede vivir en pleno siglo XXI. Así no se vivía ni cuando mi abuela conspiraba contra el asesino Pérez Jiménez, ni cuando mi bisabuela madrugaba para ir a sembrar maíz al campo. Ni siquiera se vivía así cuando mi papá estudiaba un año y trabajaba el siguiente para ayudar a criar a sus hermanos. La pobreza que había antes no es ni lejanamente comparable con el hambre que hay ahora.

Hacer colas desde la noche anterior para comprar comida, eso no lo había vivido nadie en ese país rico que diecisiete años de “revolución bonita” han dejado en harapos.

¡Maldita la hora!

¿Quién puede defender esto? ¿Los mismos que se molestan cuando ven que se habla de Venezuela en los medios de comunicación españoles? ¿Los mismos que consideran preso político a un terrorista y terrorista a un preso político? ¿Los mismos que se quejan de la falta de democracia española pero aplauden que no exista en Cuba? ¿Los mismos que se autodenominan defensores de los derechos humanos pero se hacen los tontos ante las purgas y las torturas que lleva a cabo el régimen de Maduro? ¿Los mismos que nunca han visto a sus madres haciendo trueque? ¿Los mismos que hablan de ecología pero dejan como un chiquero el lugar donde se reúnen para “arreglar el mundo”?

A mí me parece estupendo que a muchos españoles no les parezca cierto lo que ocurre en Venezuela ni les importe si lo es, pero por favor, no me vengan con cuentos, no busquen excusas y menos si son baratas. Los problemas de un país no son excusa para poner en duda lo que ocurre en otro.

Mientras miles de hipócritas desde la comodidad de sus casas siguen pintando a Venezuela como un paraíso, muchos venezolanos piden desesperadamente que les saquen de allí,  pero claro, Venezuela no es Siria y parece que  habrá que esperar a ver los cadáveres flotando en el Caribe para que por fin alguien haga algo. Y hasta que llegue ese momento, los que estamos en cualquier lugar del mundo debemos hacer lo posible por dar cuenta de lo que pasa y encontrar la manera de ayudar aunque sea con una simple pastilla de jabón a nuestros seres queridos.

Gracias a todos los “Patxi” que van a supermercados, preparan envíos, recorren farmacias o cruzan fronteras para ayudar a mi país.

Fotos:

S.A

Web

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Había pasado un año

 

 

Nadie lo había notado, nadie se dio cuenta pero hacía un año de aquella pesadilla.  El sol había salido y vuelto a ocultarse 366 veces desde aquella vez en que mientras en algún rincón del mundo el hombre de su vida celebraba su cumpleaños, ella estaba a merced de otro recibiendo una paliza como si se tratara de una piñata.  Como en muchos casos no tuvo marcas en la cara, esas que delatan enseguida al maltratador y que son difíciles de explicar a quien las nota.

Pasó una semana encerrada en su habitación, comía de vez en cuando alguna manzana y aprovechaba para ir al baño cuando el agresor estaba fuera de casa. No tenía adonde ir ni tenía familia cerca, todos sus amigos estaban de vacaciones fuera de la ciudad. Tampoco tenía ahorros ni trabajo. Se tomó fotos de las lesiones pero no se atrevió a ir al hospital ni a la policía. Le daba vergüenza que ella, una mujer joven, lista, guapa, tuviera que pasar por semejante humillación. Pensaba que al verla no la iban a acoger en ningún centro y que una vez allí su vida se hundiría cada vez más. Pensaba en todas las mujeres que después de dar el paso igual habían terminado en el cementerio. Pensó que era mejor guardar silencio y no ser una de ellas.

Habló con tres hombres por teléfono, los tres le dijeron lo mismo: “sal de allí inmediatamente”, pero poco más pudieron hacer. Todos vivían a muchos kilómetros de distancia, dos de ellos la escucharon desahogarse y otro le pidió que no le contara más si no denunciaba. Los tres entendían que la situación era difícil para ella. Sin embargo, a pesar de tener un millón de motivos para denunciar la que no era la primera paliza, ella no lo hizo. Se echó a llorar, le dolía todo el cuerpo, sentía el eco del dolor en el cuero cabelludo. Le costaba caminar y al hacerlo recordaba cómo el animal la había tirado por los tobillos y luego le había apretado tan fuerte los pulgares de los pies que perdió las uñas. Esas cosas no se ven, nadie las ve.

Poco a poco todo volvió a la “normalidad”, ella seguía soñando con que en alguna parte del mundo sonreía el hombre que nunca le levantaría la mano, el que aún conociéndola probablemente no sospechaba que ella hubiera pasado por algo así.

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Los que quedaban

 

 

Con el resultado de las elecciones presidenciales de 1998 muchos decidieron hacer sus maletas, y aunque ninguno pensó que el destierro cumpliría la mayoría de edad,  lo cierto es que cada vez ese lamentable aniversario está más cerca.

Al principio los que partieron pensaban que volverían en unos años, no se les ocurrió que terminarían formando una familia fuera, casándose con un banco firmando una hipoteca, ni hablando tan raro que les costaría que les creyeran dónde habían nacido.

 

Salieron deseando que todo volviera a la normalidad en poco tiempo, intentando aprender lo máximo posible para obtener un empleo mejor al regresar, sabiendo que dejaban familia y amigos pero que cada diciembre que fueran de visita encontrarían a todos los que se quedaron. Sin embargo, la situación fue empeorando cada vez más y cada año que pasaba el inventario de emigrados aumentaba de manera espeluznante.

Los primeros en irse sabían que dejarlo todo no era un paseo en un arcoíris, al contrario, era y sigue siendo duro, por lo que el deseo por la mejora del país no sólo era por la posibilidad de volver, sino por evitar que sus amigos se desparramaran por el mundo padeciendo los mismos momentos desagradables.

Desgraciadamente ninguna de las dos cosas se ha cumplido y los desterrados ahora ven cómo se van los pocos que quedaban. Hermanos, amigos, cada uno a un rincón diferente del mundo, el que ofrezca más oportunidades, el que permita dar un futuro mejor a los hijos, uno en el que no haya que buscar excusas porque no hay suficiente comida en la nevera. Lo que les espera es duro, mucho, pero no hay imposibles para quien ha sobrevivido al chavismo.

El alma se cae al suelo y el alivio por la salvación de uno, y otro, y otro… navega en el llanto por estas partidas. Los nuevos inmigrantes avisan en secreto a sus mejores amigos y piden consejo a los que ya dieron ese paso. Nadie debe saber hasta que falte poco y las maletas estén hechas. Es así como hijos recién nacidos dirán su primera palabra en medio de la ausencia de su padre, abuelos ahogarán su llanto en la esperanza de saber que sus nietos viven mejor y madres aliviarán su dolor sabiendo que sus muchachos  se las arreglarán para estar juntos por lo menos en Navidad.

El país se está quedando vacío, las casas desiertas. Se han ido hasta los que creímos que nunca se irían. La necesidad ha llevado a la desesperación que ya ha hecho zarpar a los primeros balseros venezolanos. Ni la imaginación más pesimista pudo imaginar algo así. Es indescriptible la punzada que se siente al ver en qué se ha convertido nuestra casa, es por eso que fantasear extrañando un país que ya no existe a veces la hace más llevadera.

Cada vez son menos los padres que esperan emocionados un reencuentro en la sala de llegadas de Maiquetía al tiempo que se multiplican los que sienten el desgarro de la despedida en la puerta de salidas. Los que se fueron primero saben perfectamente el grosor de ese nudo en la garganta y nada les habría gustado más que ahorrárselo a sus seres queridos, pero no han podido.

Muchos de los que quedaban también se van, queda la esperanza de volver a verlos algún día, tal vez un domingo cualquiera en Morrocoy, con una bolsita de empanadas recién hechas y la alegría de haber despertado de esta pesadilla.

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Venezuela on the Brink

 

Fotos:

Juan Santamans @jcsantamans

Samuel Hidalgo Futrillé

Gaínza

Caricatura:

Roberto Weil @WEIL_caricatura

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La necesidad tiene cara de perro

Un dicho que hace pensar en un perro vagabundo, sarnoso, flaco, sucio, lleno pulgas. Es difícil imaginar algo más triste, una sensación más fea. ¿Qué puede dar más lástima que un pobre perro indefenso y lleno de desgracias? Ya, un niño, pero la imagen es insoportable, por eso preferimos poner un cachorro de protagonista. Aunque también podría tratarse de un perro furioso listo para atacar, con una mirada tan agresiva que obliga a hacer cosas que no se querrían hacer.

Esa necesidad está llevando a mucha gente a jugarse la vida comiendo veneno. Cuando el hambre aprieta, cualquier cosa es buena para calmar los gritos de una barriga vacía implorando aunque sea agua sucia.

http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-36914422

La situación del país está obligando a que cada vez más personas renuncien a comer. No se trata de renunciar a la merienda a media mañana o media tarde como en otros lugares del mundo, eso es vivir en el lujo. Se trata de saltarse una, dos, o todas las comidas principales. De engañar al estómago con un mango, un mamón, arroz, cáscara de plátano sancochado, yuca… Y luego dormir para no sentir más hambre y poder soñar con una mesa bonita adornada con unos aguacates grandes, arepas recién hechas, una fuente llena de carne mechada, perico humeante con su poquito de cilantro, un pote de mantequilla cremosa lista para derretirse lentamente, un plato con queso de mano picado en triángulos cuyas puntas se salgan por los lados, caraotas refritas, tajadas maduras, el aroma a café con leche llenando de alegría la casa y una jarra de jugo de parchita brillando como el sol. El sueño de un desayuno que cada vez parece más inalcanzable.

En esas casas reina el silencio que sólo es interrumpido por el lamento de las tripas y la mirada de los niños que en su ingenuidad intentar sacar leche de unas tetas en las que no hay ni esperanza.

http://www.el-nacional.com/sucesos/ninos-murieron-consumir-yuca-amarga_0_896310494.html

Las exigencias culinarias son inversamente proporcionales al hambre, el “no me gusta” no existe. Se come lo que hay. No importa si es lo mismo de todos los días anteriores, si le falta sal, si está muy duro, si recuerda a la basura de la que se sacó o si es tan amargo como el trago que toca vivir y que ni un vaso de agua ayuda a pasar con facilidad. Se come y ya está, sin dejar sobras porque no se sabe cuándo tocará de nuevo un poco de lo que sea.

Mientras muchos tildan de exageradas las historias que se cuentan sobre lo que ocurre en Venezuela, hay millones de venezolanos que cada vez comen menos, o peor aún, no comen nada. Hay venezolanos muriendo de hambre o envenenados porque la necesidad los llevó a comprar o cortar una raíz que se convirtió en su último bocado. Mientras sinvergüenzas ignorantes siguen enseñando en televisión plantas venenosas como curativas, hay gente pasando hambre de verdad.  Mientras el presidente afirma comer arepas todos los días, hay gente que hace meses no sabe lo que es comerse una, ni siquiera vieja, ni siquiera sola.

Ojalá tanta necesidad con cara de perro no se convierta en una jauría iracunda que termine por saltar al cuello de sus maltratadores clavándole los colmillos hasta que dejen de respirar. Que esta pesadilla no la gane el hambre, que la gane Venezuela, que las arepas no sean un sueño, que no haya que escribir un día “muerto el perro, se acabó la rabia”.

Foto: dogguie.net

 

 

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Hola ¿Izquierda? ¿Unida?

Izquierda Unida

Debería ignorarles o ponerles en el quinto lugar de la lista de temas por los que suelo escribir de vez en cuando, pero sabiendo lo mucho que les gusta eso que en mi tierra llamamos “ser plato de segunda mesa” no voy a darles esa satisfacción, más bien voy a dejar que se lleven todo el protagonismo por el despliegue de miseria humana demostrada en una publicación de hace un par de días donde con la hipocresía propia de sus discursos y un cinismo más bien mediocre se han burlado de las grandes dificultades que atraviesan los venezolanos para comer –da igual si comida basura o saludable.

En primer lugar me pregunto cuál es la dieta de los integrantes de lo que queda de su partido, ese que se vendió por un quinto malo y de paso pagó la cama para poder entrar en el Congreso de los Diputados en las elecciones del pasado mes de junio. Ya sé que el marisco es muy sano, pero claro, queda como feo decirlo en voz alta. Mejor es comerlo calladito en las butacas de business cuando con dinero público de mi país intentaban sacar provecho del humo que en España nunca han podido vender a la mayoría, pues antes que los prepotentes de Somosaguas no pocos ya habían sacado provecho del dinero de los venezolanos.

España es un país donde es imposible escapar de las orillas. No hace falta que uno se identifique con un lado u otro, ya se encargan de hacerlo los demás: si no es con ustedes, a la derecha. Siendo venezolana no crecí en medio de ese veneno de “izquierdas y derechas” por el que tanto pelean de este lado del mundo. Esa división la sembró un hombre que llegó al poder contando una cosa y como es evidente, murió matando al dejar otra bastante distinta. Sin embargo,  esto no es para hablar de la porquería que sembró Chávez, ni de las alabanzas que  casi “rodilla en tierra” ha soltado más de un dirigente de este partido dentro y fuera de sede parlamentaria. No es para hablar sobre cómo se atragantan justificando el sapo de la dictadura cubana, invitan al Parlamento Europeo a condenados por terrorismo, votan contra la defensa de los derechos humanos de los presos políticos, ni de porqué llaman golpistas a los jóvenes que salen a protestar a las calles caraqueñas mientras los que hacen lo mismo en Madrid tienen el derecho de llamarse “indignados”. No, esto es para algo mucho más simple.

http://okdiario.com/internacional/2016/06/11/parlamento-europeo-denuncia-que-venezuela-hay-2-000-presos-politicos-203222

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Lo que nunca sabremos

Hablan a diario con ellos, les mandan mensajes, hacen cita para poder verlos en la pantalla de ordenadores o teléfonos. Preguntan cómo va todo, se fijan en los detalles, sacan información de lo que ven y de lo que ya no ven. No cuentan sus tristezas, ahogan el llanto, la angustia, las miradas que delatan.

No quieren preocuparlos por nada del mundo, sólo cuentan las cosas bonitas que viven y preguntan sin cesar si hace falta algo que puedan mandar. Ellos nunca profundizan mucho, “todo va bien, no te preocupes”. “Tenemos comida, tenemos de todo. No, no hacemos casi cola.” Los prisioneros del “Socialismo del Siglo XXI” intentan a toda costa disimular y convencer de que todo está bien a sus familiares en el extranjero, aunque cada vez están más flacos y ojerosos.

Aparecer de sorpresa en la casa de tu madre y ver que en la nevera tiene solamente agua y un poco de yuca hervida no es precisamente un evento feliz. Ver a tus amigos cadavéricos, perdiendo el pelo a mechones, con quince o veinte kilos menos por la “dieta Maduro” es como si te apuñalaran una y otra vez. Están –con razón– tan preocupados por encontrar comida que las sonrisas han ido desapareciendo de sus rostros para aflorar solamente al recordar aquellos tiempos en los que las panaderías tenían panes de todas las formas y tamaños.

Nosotros no conocíamos el rostro de la miseria, lo imaginábamos cuando los abuelos que llegaron a la tierra de lo posible procedentes de una Europa destrozada por la guerra nos contaban historias terribles y lejanas.  No entendíamos cómo un niño podía pasar el día con un huevo crudo batido con un poco de azúcar. Definitivamente nos quedamos cortos, en nuestro país ni siquiera hay azúcar y quien consiga huevos puede considerarse afortunado.

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Chavismo: una estafa piramidal

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La cantidad de basura que hemos tenido que escuchar los venezolanos en las intervenciones realizadas por algunos de los componentes de este moribundo gobierno, da para establecer una marca propia en el Guinness.

Una cuerda de malandros que creen tener el derecho de permanecer en el poder para siempre, aunque para conservarlo opten por matar de hambre o caerle a plomo a los ciudadanos de este país. Estos malandros que amenazan continuamente a cuanto ser viviente no les lama los pies de forma pública o en la intimidad que requiere poner la “rodilla en tierra” piensan que su poder es tan infinito como los casos de corrupción que nunca se han ocupado de investigar, ya ni siquiera hablemos de resolver.

Estos tipos creen que tienen derecho a pasar factura por los “favores realizados”. Sí, porque parece que las obras sociales financiadas con el dinero que pertenece a todos los ciudadanos de este país –voten lo que voten–  en lugar de  ser un programa, un deber, una obligación del gobierno, son favores, actos de caridad que han sido pagados de sus (ahora millonarios) bolsillos y a los que debemos una grosera fidelidad de por vida.  La revolución que intentan seguir vendiendo mientras esconden la trampa como una experta organización de estafa piramidal, se les va de las manos. La base por fin se dio cuenta del timo, las piezas caen, la estructura se tambalea, y los que pueden desaparecen con lo que han podido sacar gracias al extraordinario sistema cambiario totalmente abierto para beneficio de pocos. La cúpula está en jaque, tiene demasiadas cuentas pendientes como para salir del país sin temor a ser detenida. De modo que intenta estabilizar la pirámide a punta de amenazas  tanto a los empleados públicos como a los beneficiarios de los diversos medios de manipulación del chavismo: viviendas, ordenadores, bolsas de comida… Confirmando de nuevo que más de uno pasó a formar parte de las instituciones públicas por el color de su franela, no por sus méritos académicos o profesionales.

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