Allí donde no estás

 

Hace un año y no quiero recordarlo. Llevo días intentando por todos los medios entretenerme para no afrontar la realidad e ignorar este aniversario imaginándome que todo sigue igual, pensando que soy una ingrata que no te va a visitar y que no tengo tu nuevo disco porque soy una tacaña.

Sigo confusa, no sé lo que es ni lo que no es. Solamente sé lo que quisiera que fuera, y allí me encierro, en la fantasía de los sueños, donde no hay límites, ni tristezas, ni desgracias. Los sueños, ese refugio fantástico del que no nos gusta salir. Si pudiera me habría pasado el día durmiendo para seguir soñándote, tenerte cerca y escuchar tu voz susurrando alguna palabra de esas que conmueven incluso al corazón más duro. Si pudiera, rebobinaría el tiempo como si fuera un viejo casete y lo haría sonar de nuevo, pero hasta la mitad. Así evitaría a toda costa el réquiem que acompañó tu partida.

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Querida Colombia, qué pena con usted

macundales

Llevo días viendo el maltrato, la humillación a la que están siendo sometidas innumerables personas en la frontera que desde niña nunca me pareció que nos separaba, sino todo lo contrario.

Durante estos días he estado pensando en la cantidad de colombianos que forman parte de la vida de los venezolanos –por lo menos los de mi generación–. Pensé en las señoras que ayudaban en nuestras casas, en el taxista que durante años me llevó al trabajo, en los padres de algunos de mis amigos, en la señora que pasaba vendiendo papas rellenas por los negocios del centro, en las secretarias que recibían con un guayoyo a todas las visitas, en el mecánico del taller, en el ejecutivo de la empresa de persianas, en la Gerente de Relaciones Públicas del hotel más importante de mi ciudad, y en la dueña de la tienda de ropa interior. Todos gente agradable, trabajadora y sumamente educada que un día decidió venir a nuestro país para construirse un futuro mejor. Sí, porque hubo una época en la que Venezuela era un lugar próspero que recibía con los brazos abiertos a gente de todo el mundo dispuesta a luchar como nosotros para conseguir eso que se nos ha ido de las manos no sabemos muy bien cómo. Hubo una época en la que los venezolanos no sabíamos lo duro que es dejarlo todo para empezar de nuevo, solos y con el alma en nuestra tierra.

 

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La playa ya no es gratis

 

En los meses de verano europeo las noches cortas ayudan a que las fiestas se alarguen hasta el amanecer. Nadie quiere encerrarse en casa durante el periodo que aportará la energía necesaria para soportar el nostálgico otoño y el intenso gris invernal en el que no se piensa, mientras, la alegría de ir descalzo por el campo o esquivar las olas exprime la ingenuidad que ilusiona a todos con un tiempo que parece eterno, pero que como todo amor de verano, no lo es.

En los países tropicales las despedidas no son definitivas, allí la eterna primavera cargada de clemencia reparte calor, sol y aguaceros a partes iguales. Nadie se despide del mar con tristeza, pues las visitas se producen una vez a la semana. Es por eso que los amores que se juntan un domingo cualquiera se mantienen vivos durante tanto tiempo, allí no hay invierno que ponga a prueba la robustez de su tronco ni la profundidad de sus raíces.

Vivir en un país tropical es como ser adolescente toda la vida. Cuando se es adolescente se llega a creer que todo es para siempre, que nunca se amará como hasta ese momento, que nunca se encontrarán mejores amigos, que todo será siempre igual. Y Venezuela como gran país tropical durante muchos años fue una dulce adolescente.

– ¡La playa es gratis! Decían los muchachos cuando veían pasar a una criatura blanca como una perla que hacía mucho no se había dado un baño de playa. Y así era, gratis como la mayoría de tesoros que en esa gran tierra muchos todavía no saben valorar. Ricos y pobres se juntaban en los kioscos camino a las playas más conocidas del país para desayunar empanadas o llenar sus cavas de hielo y bebidas para todos los gustos y bolsillos. Desde el vehículo más lujoso hasta el autobús más modesto repleto de jóvenes estudiantes se cruzaban en una autopista donde todos iban con alegría a divertirse, a disfrutar del agua cristalina, la arena fina, y el verde de las montañas que escondían paraísos inimaginables para los europeos sometidos al peaje del frío a cambio de tres meses de recompensa. Los muelles se llenaban de despreocupados visitantes que tranquilamente esperaban su turno para que una lancha los llevara a un cayo cualquiera donde poder reír, jugar, comer, hacer amigos, o simplemente tenderse como iguanas al sol.

 

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Souvenirs

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Una de las cosas más tradicionales de viajar es traerse un recuerdo del lugar visitado. No tiene importancia el motivo del viaje, queriéndolo o no se puede ir a parar a un pueblo perdido en el mapa, y una vez que se llega a ese nuevo sitio parece indispensable volver a casa con algo que evoque esos días o le haga saber alguien que aunque sea en el pensamiento del viajero, también estuvo allí. Ese es el motivo por el que multitud de negocios se llenan de  miniaturas de aceite de oliva, chocolates, postales, pasta tricolor, botellas de vino, camisetas con corazones…

Antes cuando un venezolano volvía al país sus maletas estaban repletas de perfumes, chocolates de todos los tamaños y un montón de regalos provenientes de cada rincón del mundo que había pisado. Familiares y amigos festejaban la vuelta del viajero escuchando con ilusión cada episodio de la aventura mientras disfrutaban de los bombones que solamente por venir de tan lejos hacían a un lado a los Toronto que abundaban en todas partes, confirmando que para variar “la hierba del vecino es siempre más verde”.

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Lejos quedaban los retrasos en aeropuertos, los trenes perdidos, las vueltas una y otra vez por la misma calle. Hasta los peores momentos sazonaban los recuerdos y animaban al resto a seguir los mismos pasos dejando espacio suficiente en el equipaje para traer a casa caprichos propios y ajenos.

Pero un mal día todo cambió, los venezolanos dejaron de viajar por placer y comenzaron a hacerlo por necesidad. Sustituyeron las decenas de cambios de ropa apretados en enormes bultos propios de las misses, por lo justo para ir al supermercado a adquirir los nuevos encargos. Se acabaron los antojos, nadie pide los zapatos del momento ni el perfume más vendido, las prioridades son otras y desgraciadamente nada banales.

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Se acabó lo que se daba

 

Hay cosas que parecen infinitas, pero la verdad es que nada es para siempre, y como dice la canción: “todo tiene su final”. Así que un día al ser humano casi sin darse cuenta de todo lo que ha pasado se le activa el sensor del “BASTA”, no porque sea suficiente, sino porque ya es demasiado. Cosas tan disparatadas como el fanatismo, o tan nobles como la paciencia, la esperanza, la inocencia o el amor tienen el umbral del “demasiado” mucho más alto de lo que puede imaginarse, y es eso lo que hace pensar que son una fuente inagotable de segundas, terceras, decimonovenas, y quincuagésimo séptimas oportunidades de las que algunos con más o menos éxito se aprovechan según su conveniencia.

En este país de riqueza infinita que no se refleja en la mayoría de los 30 millones de almas que lo habitan, hace tiempo que comenzaron a sonar las campanas del hastío. Y lo que antes era una ceguera colectiva producto del culto a un líder hipócrita que fue llenándose los bolsillos mientras con histrionismo soltaba las migajas a un pueblo hambriento, ahora se ha convertido en ese gran bulto que sale después de estrellarse contra el muro de la realidad.

La pandilla que gobierna Venezuela comienza a llevarse las manos a la cabeza porque ya nadie cree en sus mentiras, pues mientras más excusas inventan más se nota su ineptitud y corrupción. Llevan años hablando de los logros de unas políticas piratas –con patas de palo y todo– que han cedido ante el peso de la violencia, la inflación, la escasez, y por supuesto, la injusticia. Los malandros que crearon al “hombre nuevo” comienzan a preocuparse porque ya no pueden controlar al monstruo que durante años han estado alimentando, y que ahora a falta de techo, comida y cerveza se les ha rebelado. El chavismo teme a su propia cosecha, teme a la tempestad que abonó con odio, paternalismo, mentiras y leyes laborales que fomentaron el parasitismo. El chavismo tiene miedo de lo que le viene encima porque ya la farsa no da para más. Los saqueos escondidos bajo el eufemismo de “situación irregular” se extienden a lo largo y ancho del país, las expropiaciones se intensifican en el vano intento de justificar el fracaso de todas las anteriores, y el poder del hampa ha llegado al punto en que la policía tiene que esconderse de los delincuentes para poder sobrevivir a un ataque.

 

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Un hombre con suerte

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Esta es solamente una de tantas historias que sirven para medir el marasmo en que está sumergida Venezuela. En días pasados Samuel (un venezolano como cualquier otro) escribió uno de esos mensajes larguísimos que no son más que el desahogo entre tanta desesperación. Sin un “hola” ni nada lo soltó todo como si no hacerlo lo asfixiara.

“Me quedé accidentado un día jueves a las seis de la tarde en la ciudad (por suerte). Transcurrieron más de dos horas y no llegaba la grúa del seguro. En vista de que eran las 5:30 e iban a cerrar el concesionario, decidí llamar una grúa por cuenta propia no sin antes haber llamado al concesionario y rogar para que autorizaran al vigilante a recibirme el carro a la hora que llegara. ¡Lo logré! Mi carro estuvo quince días para que me dieran un diagnóstico y la posible solución temporal mientras consigo el repuesto, porque como sabes, aquí un repuesto es poco menos que una fantasía. Buscando en el mercado negro quizás lo encuentre a un precio inalcanzable.  

Retiré mi carro con la posible corrección, pero al rato noté que presentaba una falla al encenderlo. Llamé de nuevo al concesionario, me indicaron que llevara el carro de inmediato, pero no podía porque estaba en otra ciudad. De modo que regresé a casa sabiendo que al día siguiente con falla y todo debía ir de nuevo al mismo lugar, es decir, a jugármela a 50Km de distancia.

 

Estuve varado dos semanas, pues mi otro carro también está en reparación. No pude llevarlo tampoco un día después.  Llamé entonces el lunes y la respuesta es que de debo esperar una cita ¿Una cita? ¡Mi carro está en garantía! ¿cómo que una cita? Me planté allí el miércoles e hice lo único que parece funcionar: armar un escándalo. Y así fue, lo más pronto era el jueves 23, pero entre un jueves y “la nada” ya me sentía triunfador.

 

Aquí las colas en los talleres no hay ni que describirlas. La causa: no hay carros nuevos que comprar y los precios son astronómicos.  No es que las colas sean largas como las de la comida (que ya es bastante humillante tener que pasar por eso) sino las listas de las cuales depende la cita. Las colas varían en función del número de clientes que citen según la capacidad diaria.

 

Madrugué como un muchacho esperando entrar a un concierto de rock. Al ser el segundo en la cola conseguí que revisaran el carro, pero al final decidieron no recibírmelo porque faltaron tres de los cuatro técnicos –una cosa normal debido a que el 24 de julio era festivo, y en consecuencia, la excusa perfecta para hacer puente–. Sin duda, esa era la causa de la ausencia.

 

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Il dolce far niente

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Despertar con el cantar de los pájaros, sin prisa, sin mirar el reloj, sin una larga lista de cosas por hacer. Estirarse con calma, hacer la cama y dejarla tan acogedora que sea inevitable querer volver –con o sin compañía–. Asomarse a la ventana, respirar profundamente, disfrutar de la vista, del perfume a tierra mojada, del suave balanceo de las hojas acariciadas por la brisa mañanera, o del susurro de las olas coqueteando con la arena. Preparar el desayuno para el mejor de los huéspedes: ese que te sonreía en el espejo mientras te lavabas los dientes. Saborear el jugo de naranja y dejar que pasee por tu boca como ocurría cuando en la infancia jugabas a pescar gotas de lluvia. Sentir cómo el aroma del café se apodera de la casa, poner la mesa y desayunar haciendo solamente eso, desayunar. Todo lo demás puede esperar.

Los placeres de la vida no se llevan bien con la premura, y todos los días es esta última la que rige nuestras vidas. Es por eso que cada vez se hace más necesario desconectar, y cada vez es más importante que esa desconexión dure más tiempo, el esencial para vivir con tranquilidad, para reactivar los sentidos que el tráfico, la rutina y los problemas tienen hipnotizados en un vaivén de actividades. El tiempo para dar un paseo, leer un libro, cerrar los ojos y escuchar un disco, el tiempo para hacer solamente una cosa a la vez –salvo que se trate de querer y dejarse querer–.

El placer de no hacer nada es simplemente eso, el no romperse la cabeza con preocupaciones, el tener un día para uno mismo y disfrutarlo plenamente en su sencillez.  No es una cuestión de holgazanería, se trata de oxigenarse la vida, esa que cada día debería tener menos momentos de estrés y más de la dulzura de vivirla como es.

Il dolce far niente… Voglio vivere così…

 

 

 

Foto: Reza Botana/Gaínza

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Volverá

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Llevaba días callado, taciturno, hasta alguna lágrima se le había escapado en la soledad de la carretera.

Había llegado a ese punto de su vida que soñó de pie en el autobús que tomaba todos los días para ir a trabajar. Quería una casa grande, bonita, con un patio donde hacer parrillas para festejar cada cumpleaños de sus nietos. Quería viajar con sus hijos, ver un partido de fútbol saboreando un escocés en las rocas. Quería envejecer viendo crecer a su familia, compartir las navidades en una mesa donde no faltara nada ni nadie. Y lo había conseguido, podía sentirse orgulloso de su trayectoria profesional, del trabajo duro del que cosechaba los frutos, y por supuesto, de los adultos de provecho que lo hacían sentir un buen padre.

Había enseñado su oficio a mucha gente que a lo largo de estos años había cruzado las fronteras. Lo lamentaba, alguna vez intentó ponerse en los zapatos de los padres de esos muchachos, pero nunca imaginó que algún día él sentiría ese nudo en la garganta. Ni una sola de las miles de noches en las que le dio un beso antes de dormir pudo sospechar que un día esa habitación se quedaría vacía porque su hijo, cansado de la situación del país se iría lejos, muy lejos… Nueva Zelanda, un país donde no hay Panelas de San Joaquín.

Ver partir a su hijo fue especialmente doloroso. Sintió cómo sin la más mínima dosis de anestesia le arrancaban un pedazo de vida. Así que se refugió en el silencio de los recuerdos, y en la esperanza de que allá tan lejos su mayor preocupación ya no sería que la violencia del socialismo del siglo XXI diera un balazo a los sueños de su muchacho. Cambiaba la angustia por el deseo de que todo saliera bien y la joven criatura llena de proyectos triunfara sintiendo la menor nostalgia y soledad posibles. Experimentaba un alivio agridulce, pero alivio al fin.

Fue entonces cuando encontró una vieja carta de alguien que se había ido, en ella además de explicar un poco lo que siente el que se va, también encontró consejos para el que se queda:

 

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Las más…

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Últimamente las listas ocupan la atención de todo el mundo. Diarios, revistas y redes sociales se llenan de listas de todo tipo y para todos los gustos:

Los 25 bares más feos de la ciudad, las 20 cosas que odian las azafatas, 15 pistas de que no debiste dejar a tu ex, las 1001 películas que hay que ver antes de morir, 25 señales que indican que estás con el amor de tu vida, las 15 profesiones donde hay más infidelidades, 20 frases de amor que todo romántico quisiera escuchar… Parece que las más seguidas son las del 10: las 10 mejores playas que no puedes dejar de visitar, 10 cosas que todos hacen en casa cuando están solos, 10 detalles indiscutibles que demuestran que has envejecido más de lo que piensas, los 10 motivos para encontrar el coraje de viajar por el mundo, 10 cosas sobre las que los padres siempre mienten, las 10 frases que se pueden decir a la pareja en lugar de “te amo”, las 10 posiciones sexuales favoritas de los hombres… En fin, todo es una lista, da igual el número, 5, 8, 43…  Lo que sí es importante saber es ¿Qué está pasando? ¿Qué dirige las vidas de los habitantes de este mundo? ¿Desde cuándo tu pareja te ama si te dice una de las cosas que alguien apuntó en un papel, o ya no porque no te ha propuesto matrimonio en uno de los x lugares más paradisíacos del mundo?

¿Desde cuándo la propia vida tiene que seguir el camino que otro ha calificado como el mejor? ¿Por qué tu bar favorito ya no puede serlo si no está en el TOP 25? ¿Qué decálogo garantiza alcanzar el nirvana entre las sábanas? ¿Por qué no haber leído el libro más vendido en los últimos años impedirá que tu vida sea maravillosa? ¿Quién desde una redacción te conoce tan bien como para decidir lo que indica que estás con el amor de tu vida o no?

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Basta de listas, basta de perder el tiempo buscando guías para ser felices. Ya basta de romperse la cabeza pensando que no se es lo suficientemente atractivo, exitoso, sexy, inteligente, joven o feliz, simplemente porque una publicación lo dice.

Cada uno conoce sus capacidades, limitaciones, gustos, miedos, sueños… Cada uno sabe lo que le acelera el pulso, lo que le roba las sonrisas, lo que le hace escapar una lágrima. Y quien aún no lo sepa, debe descubrirlo por sí mismo, explorarse dentro e iluminar con la linterna de la honestidad y la autoestima aquello que se esconde y que una chuleta barata sacada de internet no puede enfocar. Es innecesaria una relación hecha para ocupar espacio en alguna publicación, tampoco es necesario que ningún experto decida por el resto cuáles son las emociones, los sentimientos, las croquetas, o las palabras que sí valen la pena.

Aunque no encaje en ninguna lista, no ser como los demás, no expresarse como la mayoría, o no seguir las modas es también una forma de vivir. Cada uno es el arquitecto de un destino donde la propia vida es el proyecto más importante, y si para construirla tiene que cambiar la forma de utilizar el compás, la escuadra o los lápices, adelante, ¡Bienvenidos sean al mundo real los genios que no caben en un elenco!

 

 

Fotos: Paco Yánez

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Le ragazze del Prosecco

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Existen palabras que se aprenden en un idioma y que no se pueden ni se deben traducir. Podría pensarse que es necesario para comprender sentimientos, pero no es así, los sentimientos sólo es posible expresarlos en versión original, sobran los subtítulos, sobran las interpretaciones.

Le ragazze del Prosecco son un grupo de tres amigas que se conocieron hace más de una década en la tierra firme que pocos conocen más allá de los canales de la inolvidable laguna de Venecia. Tres mujeres totalmente diferentes, pero con muchas cosas en común: el respeto a los demás, el sentido de la amistad, las ganas de vivir, el optimismo, y sobre todo, la determinación para hacer posible todo lo que se proponían.  Ellas que habían crecido en diferentes recovecos del planeta se habían encontrado cuando el destino decidió que así fuera. Una parada de autobús, una tienda de lencería… Nadie sabe dónde puede aparecer un amigo.

Para ellas no existía la diferencia de edad, y cada una aprendía de las otras todo lo que podía: desde la lengua hasta la forma de festejar. Tampoco importaba que una fuera soltera, otra casada y otra divorciada, además de las hijas que tenían las dos últimas, siempre era apasionante abrir una botella de espumante para celebrar un encuentro con la primera y hablar de amores –los presentes, los futuros– pocas veces los pasados porque ellas nunca miraban atrás excepto cuando acababan de pasar por una zapatería.

Una de ellas cambió la tranquilidad del pueblo veneciano por una metrópoli donde lo de ponerse falda y tacones para pasear tranquilamente en bicicleta sigue siendo una fantasía. Sin embargo, el triángulo no se rompió, simplemente se hizo más grande porque uno de sus vértices estaba lejos, demasiado como para no echarse de menos, poco a la hora de necesitarse, y lo justo para aprovechar al máximo cada visita de esas donde se engordan 3Kg en una semana.

Utilizaron todas las modalidades posibles para permanecer en contacto, y no fueron pocas las veces que la sorpresa se presentaba con una sonrisa en el mercado de los lunes, o esperaba a brazos abiertos en el aeropuerto.

Así pasaron los años, las madres eran cada vez más fascinantes y veían cómo las niñas de sus ojos estaban creciendo, lo notaban en los detalles, incluso al verlas comer pizza sin patatas fritas. Por fin la soltera se había unido al club de las melenas negras y se había organizado para regresar durante una temporada. Pocos meses las separaban de otro reencuentro digno de descorchar otra botella de Prosecco para celebrar los años, la Serenísima, los amores, la vida, el destino…  Pero fue este mismo, el que las unió una vez, quien este 3 de junio jugando a la crueldad envió de la forma más traicionera a la muerte para que se llevara súbitamente una mujer espléndida, valiente, feliz, llena de sueños… La muerte sin la menor compasión se apropió de una mujer con una gran fortaleza, el ejemplo perfecto de una vida donde no había espacio para la cobardía, la flojera ni la mediocridad. Una mujer que dejó huella en todos los caminos que recorrió, y un vacío insondable en el alma de todos los que tuvieron la suerte de cruzarse con ella.

Allá donde se encuentre la otra punta de este triángulo que ha vuelto a crecer, estará con los ojos perfectamente delineados, el pelo recogido, y su radiante sonrisa vigilando que no falten motivos para celebrar por ella, y brindando cada vez que sus amigas pidan Prosecco, como siempre, para tres.

Cara Roxana, grazie.

Foto: Yedzenia Gaínza

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