Desnudez

                                                 

Con este régimen hace mucho que perdí la capacidad de asombro. Sin embargo, conservo otras cosas que no formarían parte de la naturaleza de los monstruos de Miraflores ni volviendo a nacer. Y lo digo en plural porque aunque ante el mundo hay una cabeza — bastante hueca— visible, todos sabemos que el festival de puñaladas con liguita lleva tiempo en “pleno desarrollo”.

Unos hombres que de inteligencia deben tener lo mismo que yo de vulcanóloga, y de humanidad no deben haber oído hablar en su miserable vida, atacaron a un muchacho, le pegaron, lo despojaron de su ropa y lo dejaron desnudo en medio de la calle. Con dolor e impotencia vi la escena en la que seres de esos con un mundo interior muy pobre —si es que lo tienen— y de los que hasta las prostitutas renegarían la maternidad, encontraban satisfacción en un acto tan despreciable. Porque para nuestra desgracia, el planeta es tan ancho y la vida tan generosa que permite la existencia de gente como esa. Eso sí, el ataque lo hicieron entre muchos y bien armados, porque los cobardes actúan así, en manada y/o por la espalda, sólo así se creen invencibles y engañan a su decadente virilidad.

Un chamo, un estudiante, un ser humano fue despojado de sus trapitos, golpeado, humillado. Los cobardes huyeron y lo dejaron allí con su desnudez y con un único motivo de vergüenza: el de compartir género con semejantes animales.

No hay nada más honesto y generoso que desnudarse, mostrar cómo somos hasta el fondo, sin artificios, sin pretensiones ni vergüenza. Y ese día quedó demostrado que ese muchacho de lo único que puede sentirse avergonzado es del régimen que está saqueando y desangrando a su país. Ese día quedó al descubierto la dignidad de un venezolano, esa que  no va en los trapos sino en la piel, en los huesos, en la sangre. Porque ese día —como todos los demás— ese chamo caminaba con el alma al descubierto.

El ataque se sumó a la larga lista de abusos que el Gobierno de los Cobardes cree que le estamos apuntando en una panela de hielo. Es obvio que todavía no han entendido de qué estamos hechos los venezolanos. Y si siguen creyendo que vamos a dejar de defender nuestros derechos por miedo a que nos dejen en pelotas, van a tener que acostumbrarse a ver nuestros cuerpos llenos de energía para combatir la mediocridad, la mentira, la cobardía, la delincuencia, el descaro y la infinita ineficiencia que ellos representan. Este país está al desnudo, camina sin armas, sin chalecos ni cascos. Venezuela lleva el alma al aire, y cuando pega el sereno se arropa con la bandera.

Valientes a los que hemos visto las costillas, gracias. Gracias por demostrar quienes son los que aun vestidos de uniforme, camisetas rojas, corbatas de seda, y chorros de petróleo no pueden ocultar la desnudez de su putrefacción.

http://youtu.be/fDM0YMGFdBM

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Catorce de abril

 

Aquel 14 de abril el poder del  petróleo y la impunidad estafó nuestras esperanzas. Nos robaron las elecciones, y quien pretenda convencerme de lo contrario ya puede ir abriendo caja por caja, contando voto por voto, verificando línea por línea, y cuaderno por cuaderno.

Esa noche la Venezuela creyente –y la que no también– pensó que “el tiempo de Dios”  que llevaba tanto tiempo esperando, por fin había llegado.

Ya sé que muchos no le perdonan a Henrique Capriles Radonski que no nos llamara a la calle a expresar nuestro repudio contra la corrupción, el hampa, el hambre, la escasez, las deplorables condiciones de nuestros hospitales y carreteras; y por supuesto, las elecciones. Pero si al día de hoy llevamos decenas de muertos, centenares de heridos y detenidos porque sí y punto, es obvio que una manifestación del mismo tipo hace un año atrás habría sido suficiente para masacrarnos de a miles, Henrique estaría preso sin ninguna imputación decente y mucho menos con pruebas, igual que lo están López, Scarano, Ceballos y muchísimos otros.  No nos engañemos.

No estoy diciendo con esto que los muertos por contarse a decenas duelan menos que si se contaran por miles. Uno ya sería demasiado. Un  sólo herido, un sólo detenido, un solo “ataque fulminante” sería demasiado, y lo es. Lo que estoy diciendo, más bien repitiendo, es que a veces le exigimos a otros que asuman responsabilidades que nosotros no estaríamos dispuestos a asumir. Porque ninguno de nosotros podría dormir tranquilo sabiendo que una persona perdió la vida a manos de asesinos uniformados –o no–. Ninguno de nosotros podría mirar a los ojos a la madre de ninguna víctima que hubiese dejado la vida en la calle por defender el país que nos robaron.

Hoy de nada sirve pensar en qué pudo ocurrir hace un año cuando como buenos demócratas, pacíficos y también pendejos, creímos que esta pesadilla se acababa. Esa experiencia sólo nos ha servido para asumir que estamos peleando contra bestias que no tienen el menor respeto por los Derechos Humanos, que mienten con un descaro imposible de medir, que están dispuestos a usarnos como escudos humanos, a matarnos a plomo limpio, matracazos, gas del bueno, corrientazos y cuanto método sea necesario utilizar para seguir en el poder robando a manos llenas.

Porque como esta cuerda de corruptos y mediocres no sabe distinguir  entre  lo más elemental, el día que nos robaron los votos, las esperanzas, los reales y la libertad, también nos robaron la paciencia y el miedo.

Lo más difícil era dar el paso, y muchos chamos con la cabeza llena de ideas de verdad y no de pajaritos preñaos están demostrando a diario que lo que hace falta en este país es que dejemos de pedirle a los demás que hagan las cosas por nosotros, sino que las hagamos y punto. Y si los estudiantes y demás venezolanos de hace por lo menos diez años hubiésemos tenido la misma valentía que quienes hoy llevan más de dos meses jugándose la vida por defender nuestros derechos, si hubiésemos dejado de pensar que “el dólar no podía subir tanto”, que era “imposible quedarse sin comida”, que “este carajo no dura mucho”, “quién se va a vender en el poder judicial”, “la FAN no se va dejar montar la pata”, “la ONU no va a permitir abusos”, “los vecinos no nos van a dejar solos” y un etcétera más largo que cola para comprar harina, otro gallo cantaría.

En el país de los ciegos el tuerto es el rey. Lo malo para este “rey” es que  sin darse cuenta le arrancó a muchos de golpe y porrazo la venda de los ojos. Ya no somos poquitos, sólo falta que los indiferentes dejen de hacerse los suecos llevando una vida “normal” (con inseguridad incluida, por supuesto) como si su ayuda no fuera necesaria. Sólo falta que terminen de abrir los ojos y vean que si no nos ponemos las pilas AHORA, dentro de diez o veinte años mientras hagamos la cola para pasar la tarjeta de racionamiento vamos a andar lamentándonos por lo que no fuimos capaces de hacer, y viviremos como los cubanos, conjugando en condicional, víctimas de la nostalgia, y nuestro único “orgullo” se basará en ser el destino de miles de hipócritas que predican lo ideal del “socialismo del siglo XXI” porque les gusta pasar las vacaciones en nuestras playas, comer lo que no podemos, y beneficiarse a nuestras mujeres para luego regresar con su decadente virilidad a Europa  para seguir hablando gamelote frente a sus chimeneas.

Este 14 de abril al igual que todos estos agotadores días e interminables noches no hay espacio para pensar en violencia, rendición, derrota ni división. No caben los condicionales. Este 14 de abril es un día más para mantenernos en pie, para no comer cuentos de camino, y seguir resistiendo.

Estudiantes, madres, médicos, albañiles, abuelos, profesores, chicheros, cocineras, periodistas… En fin, venezolanos, apretemos los dientes y sigamos adelante.

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Ni matar policías ni matar manifestantes

¡Hola Sergio!

La situación en Venezuela me ha afectado tanto que llevo casi una semana con las persianas de casa cerradas, desconectada de las redes sociales, y lo que nadie jamás pensaría, con el móvil abandonado. Como sé que con este encierro no conseguiré nada más allá de la tregua de preguntas que no quiero responder, hoy hice un intento por volver a la normalidad.  Se me ocurrió abrir twitter esta mañana con el firme propósito de leer SOLO UN TUIT, daba igual cual. Mi idea era hacer un “acercamiento” silencioso, leer y cerrar, nada de “Buenos días a todos excepto a…”  como escribo cada vez que comienzo mi hiperactividad,  nada publicar ejemplos de “la paz de Maduro”, y tampoco ningún “#voglioviverecosí ” como los que dedico a cada imagen que me recuerda a mi amada Italia. Leer un tuit, callar y cerrar. Y fue en ese momento que el tuyo apareció como el destino pone en nuestro camino lo que necesitamos para conseguir lo que queremos. Decías: “Aunque no participé en la manifestación, pido disculpas a la @policia, porque creo q todos tenemos mucho que hacer”… Leí tu tuit y en consecuencia tu post http://sergioacedo.com/matar-policias-es-de-izquierdas/ justo después de hablar con un amigo que en estos días lleva más que nunca sobre sus hombros la responsabilidad de ser  Inspector Jefe de la Policía Nacional, y atascada entre pecho y espalda la indignación sobre todo lo que está ocurriendo.

Mi amigo poli, ese  que se ha quedado más de una vez boquiabierto por la forma en que animales con y sin uniforme atacan y hasta matan a manifestantes (o no) incluso dentro de sus casas en Venezuela (no con pelotas de goma, sino con PLOMO y “gas del bueno”).  El mismo hombre que no soporta al PPSOE y durante la sobremesa confiesa arrepentido: “hasta he llegado a votar por IU” esta mañana estaba muy frustrado.

Robocop —así le llamo con una sonrisa porque sé que no le gusta— está indignado por lo que ha ocurrido, por las decisiones políticas que pasan por encima de lo que debería ser y no es. Por los pobres chicos que se jugaron el pellejo en la calle ante elementos que están bastante lejos de la gente que pacíficamente reclama los derechos de todos, por imaginarse al Director de la Guardia Civil celebrando con champagne en su despacho  porque por fin  ha escapado del galope de los caballos de los medios de comunicación y la opinión pública que en estos días se han olvidado del despropósito de Ceuta.

El policía que ahora tiene que ver cómo se despotrica contra sus compañeros es el mismo que con paciencia escuchó el profundo asco que sentí cuando gracias a la invitación de otro amigo tuve que tragar grueso y escuchar en el Congreso de los Diputados cómo los “demócratas” de la izquierda española, y la nacionalista que se avergüenza de serlo pero igual se aprovecha de los beneficios del Reino, defendieron de la forma más despreciable la represión, las balas, la muerte de todos aquellos que no consideran  oprimidos, ni luchadores, ni estudiantes, ni pueblo simplemente porque el régimen contra el que se rebelan no es de “derechas”.

Esa es la “izquierda” que se llena la bocota de democracia, pero a la hora de condenar la dictadura cubana o la corrupción chavista (bastante espléndida con los hipócritas, por cierto) se mete la lengua allá donde los venezolanos le damos uso al papel higiénico. Esa izquierda que defiende a “estudiantes” que se creen los dueños de nuestras universidades para hacerlas su territorio y por supuesto hostil para todo el que difiera de sus ideas y/o no esté de acuerdo con los pasillos llenos de suciedad y niebla de porro y tabaco, porque esa es la “libertad”, la suya. Sí, la libertad de hacer lo que les da la gana y quien abra la boca contradiciéndoles es un fascista. La misma izquierda que desde sus cátedras enseña lo que le da la gana sin un programa en mano y con un sistema de evaluación basado en eso que en mi tierra llamamos “jalabolismo”(habilidad de hacer la pelota) que aprecian muchos “profesores” que ven en sus alumnos cerebros que lavar y nuevos seguidores que aumentarán las visitas a sus páginas web,  e incluso la venta de sus libros obligatorios para aprobar la asignatura.

Esa izquierda es la que campa por España chupando de nuestros impuestos y usando la bandera de la “lucha”, porque la “lucha” contra la derecha es digna, porque reclamar derechos fundamentales es digno, justo, soberano, decente y democrático. Pero es todo eso sí y sólo sí la “lucha” no es contra ellos ni contra sus amigotes, porque en ese caso la “lucha” deja de ser legítima para convertirse en “golpismo”, y los ciudadanos insatisfechos pasan a ser “golpistas” merecedores de balas, allanamientos sin orden, desapariciones, destituciones porque sí,  encarcelamientos sin juicio o juicios rapidísimos sin pruebas ni defensa. En resumen, en España hay que matar a los policías por cumplir con su deber a punta de porra y pelotas de goma, mientras en Venezuela hay que darles coches nuevos, condecoraciones y fiestas, por matar,  violar,  acosar, y  junto a paramilitares hacer trizas los DDHH de un pueblo que no merece su atención, respeto, ni mucho menos ayuda por exigirle lo propio a “los hijos” de Fidel Castro, ese dictador que la “izquierda” admira porque sigue pensando que Cuba es un paraíso de ron, puros y jineteras como las que abundan en las playas de Varadero.

Robocop está indignado como muchos por lo que ve aquí y allá, por mí no puede hacer más que escucharme cuando le cuento  cosas como que el lunes en mi casa se han quedado sin gas; y la verdad es que no sé qué podrá hacer por sus compañeros, pero sí que lo hará. Lo que sí está claro es que no creo que haga falta matar a ningún policía, y quien lo intente debería estar ya declarando en un juzgado, tanto como aquéllos que valiéndose del uniforme se sobrepasan con manifestantes decentes y estudiantes de verdad que protestan contra una grosera subida de tasas, especialmente si éstas de una u otra manera servirán para cobijar violentos o pagar el sueldo a más de un profesor mediocre.

En esta España cada vez más al revés no se ha acabado la gente coherente que defiende lo mismo en todas partes, porque así debe ser. Y es un orgullo tener amigos como Robocop y saber que están allí tanto como los diputados que reciben insultos dentro y fuera del hemiciclo por hablar sin pelos en la lengua de lo que ocurre en Venezuela, y también estoy orgullosa de los muchachos que han ignorado el blablablá en clase de quien no permite el disentimiento porque parece que le merma su débil ego. Por todo esto no estoy dispuesta, como no debería estarlo ningún ser humano a que a personas como éstas se les meta en el mismo saco que a los abusadores, corruptos, hipócritas, y matones que por enrollarse una palestina al cuello, escuchar Manu Chao y ponerse una camiseta del Che creen que sólo ellos pueden opinar y que la violencia se justifica si se ejerce a favor de “su lucha”.

La violencia NO es justificable, y que nadie pretenda convencernos de lo contrario. No se trata de ponerse del lado de la policía o de los manifestantes, se trata de estar del lado de la Ley y no del de la violencia y el vandalismo.

Vuelvo a mi encierro no sin darte las gracias por tus palabras que desnudan la doble moral de muchos, aunque sabemos que eso no les importa, siempre pueden taparse con alguna bandera que les permita seguir bailando al son del que pone la plata o esperar pacientemente como caimanes en boca de caño.

                                                                                                           Un abrazo

 

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Lágrimas de una madre

Después de un viacrucis burocrático impuesto por el gobierno venezolano, y de la buena voluntad de un hombre con barras en los hombros conseguí que mi mamá me visitara por dos semanas. Catorce días que en una relación madre-hija son más de veinte mil minutos en los que podría estallar el clásico choque de trenes, demasiado poco tiempo considerando que con suerte la tendré cerca en Navidad, y muchísimo para quien a pesar de haber bajado del avión con la primavera bajo el brazo se queja del frío europeo (22º C).  

Mi intención era que tomara una bocanada de aire y tranquilidad, que hiciera esa higiene mental que recomiendan a diario mis amigos aquí y que no consigo por estar pegada al teléfono con +5:30h en contra de mi sueño y obligaciones. Lo intenté, pero no tuve éxito.

El trauma de la escasez que enfrenta a diario la hizo insistir en ir a un supermercado… ERROR!!!  A mi pobre vieja se le iluminaban los ojos como a niño en juguetería. Los pasillos repletos de productos que hace tiempo no ve ni siquiera en la televisión la hacían llenar un carrito que yo iba vaciando por detrás. La carnicería rojita pero no de revolución del hambre sino de grandes piezas de carne tierna la emocionaban como si se tratara de una obra de arte, el pollo de todos los tamaños y para todos los gustos, una charcutería con tanto jamón que costaba decidirse y el queso que le gusta comer a mordisquitos la conmovieron. Cuando vio el pasillo de la leche y las torres para llevarla por cajas si le parecía, un dejo de nostalgia se apoderó de su mirada… Mi mamá “guapeó” cuanto pudo, pero al recordar que el sábado anterior en un supermercado venezolano que parece una ciudad fantasma sólo había conseguido un litro de aceite, pasta y algo de harina de maíz, rompió a llorar.

¡Qué dolor, qué impotencia, qué desgracia! Mi madre lloraba por todo lo que sus hijos ya no comen, por todas las horas que tiene que hacer cola para “lo que haya”, por el país que perdimos y ella aún no sabe muy bien cómo. Porque mi mamá no sabe qué es la derecha ni qué es la izquierda. Al igual que la mayoría de los venezolanos que conocimos el país de las siete estrellas, sabe distinguir perfectamente entre un corrupto y un político honesto; y nada le importa el color de los partidos ni la palabrería con la que buscan votos.

Mi mamá no tragaba a Carlos Andrés Pérez, entre otras cosas por lo corrupto que era. Creo que para ella no hay peor castigo que extrañarlo, y me juego una arepa de carne mechada con queso guayanés (en este momento más codiciada que el oro en polvo) si alguno de nuestros padres no siente lo mismo. Esa desgraciadamente es la clave, estamos tan mal como nunca pudimos imaginarlo, tan mal que extrañamos a Carlos Andrés Pérez, estamos tan mal que nuestros rostros se iluminarían como el sol de los Teletubbies si volviéramos a tener a ese gocho en Miraflores. Pero no porque nos gusten la corrupción, los paquetazos, y mucho menos lo que vivimos con él en su segundo mandato, sino porque en esos años nuestros supermercados estaban full de productos de diferentes marcas  y los clientes que entraban a comprar lo hacían sin ser marcados como ganado. En esos años la gente no mendigaba medicinas al exterior porque el país tenía una sólida industria farmacéutica. En esos años el hampa comenzaba a soltarse el moño pero salir a la calle no era jugar a la ruleta rusa. En esos años la prensa era “el cuarto poder” y la libertad de expresión sagrada.

Nos gobernaba un DEMÓCRATA, y no hay que olvidar que a ese demócrata quisieron matarlo en un golpe de Estado algunos de los que ahora forman parte del régimen que se escuda en la impunidad y la mentira para acosarnos y asesinarnos.

Mi madre, esa señora que no soporta más de tres minutos al teléfono se ha modernizado porque para saber lo que pasa en el país ya no cuenta con la televisión negligente ni con las poquiticas páginas que tienen los diarios que no alcanzan para contarlo todo.  Estos días de “desconexión” fracasada me sirvieron de espejo para ver hasta qué punto estamos enfermos. La pobre me contaba los detalles que no trascienden en las redes sociales,  los mismos que me cuenta a medias cuando la llamo. Refugiándose en su inagotable fe rezaba para que mis hermanos no se conviertan en un preso, herido o muerto más. Se le iban los ojos cuando veía por la calle a un niño jugando mientras recordaba que su nieto tiene que hacerlo encerrado en casa para poder estar “medio seguro” y cuánto tiene que subirle el volumen a las comiquitas para que no escuche los disparos. Revisaba su teléfono innumerables veces y sufría cada muerte como si se tratara de un hijo propio. La furia la envolvía deseando “poner en los palitos” a uno de esos que se sienten muy fuertes porque golpean entre varios a una persona indefensa. Y conociéndola, no le recomiendo a ningún elemento de esos que se le acerque a mi vieja cuando anda con el “apellido atravesao´”.

Hice grandes esfuerzos por hacerla dormir y no pensar en su tierra ni en su gente, el esfuerzo fue doble porque sé que es inevitable, sé lo que siente, y para convencerla tenía que empezar por mí (¡tremenda ayuda!). En resumen, sólo conseguí entretenerla por raticos, el más largo fue la hora y media que duró el monólogo de un humorista que logró hacerla reír como no lo había hecho en mucho tiempo, y le agradezco profundamente la hazaña porque él sabe parte de lo que está pasando en casa.

Veo que me he ido por las ramas para evitar recordar el llanto de mi madre, pero sé que me entenderán porque es muy doloroso ver sufrir a nuestra sangre. El llanto de mi vieja es el mismo de millones de madres venezolanas, un llanto prematuro, antinatural, injusto. A diferencia de otras madres del mundo, las nuestras no lloran por perder a sus padres o maridos. Nuestras madres lloran porque no tienen vida hasta que cada uno de nosotros se reporta para decir que ha llegado bien, porque no consiguen la leche que sus nietos necesitan para crecer, porque escuchan las balas y saben que muchas ya tienen nombre, lloran porque no hay medicinas en ninguna parte ni para comprar ni para ayudar a un enfermo con su tratamiento médico, lloran porque han visto a sus familias desparramarse alrededor del mundo, lloran porque asesinos con sueldo formal o informal del Estado están diezmando a un pueblo que no pide más que libertad para comer, estudiar, trabajar, informarse, moverse… En fin, libertad para vivir en paz, pero en paz de verdad, no en eso que este régimen macabro quiere meternos en la cabeza a punta de plomo.  Pero también tienen lágrimas de esperanza como cuando mi vieja dice “esto se tiene que acabar,  vamos a tener el país que nos merecemos, vas a regresar a tu tierra y yo voy a vivir para verlo”.

Ante tanto optimismo y seguridad, a esta mujer que por más que lo imagine sigue ignorando lo que siente una madre no le queda otra cosa que romper el silencio para decirle: ¡Ojalá mami, ojalá!

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El Gobierno de los Mediocres

En el país donde con más o menos esfuerzo muchos hemos poblado las universidades y no precisamente para pasarnos el día encapuchados quemando cauchos o calentando pupitres en vano, es lamentable ver cómo durante estos quince años han desfilado por las instituciones una verdadera legión de reposeros de profesión, ignorantes con cargo, conciencias que cobran en dólares, e hipócritas monumentales. Con un despliegue de nepotismo que haría palidecer a la burguesía del siglo XVIII, el “Socialismo del Siglo XXI” ha demostrado que es y gobierna para un pueblo que debe ser ignorante,  que no debe salir nunca de la pobreza para que les permita permanecer en el poder a punta de las limosnas que suelta providencialmente antes de cada parapeto electoral.

Hace unos días mientras era invitada a comer unas  arepas cuya harina no costó más que los pasos necesarios para agarrarla en un anaquel llenito, hablaba con un gran amigo sobre las “estrellas” de esta farsa que lo único que ha revolucionado es la forma de saquear un país en tiempo récord. Cantantes de pacotilla, presentadores del mal gusto, ministros de la ignorancia,  actores venidos a menos, periodistas tarifados, profesores piratas, televisoras con audiencia obligada, abogados de la trampa, orquestas de la bailanta de la muerte, y un etcétera que revuelve el estómago enumerar pero fácilmente identificable en cualquier rincón del mundo. Sí, porque parte de  los mentirosos no predica en cadena nacional, son personajes que viven en las ciudades más cosmopolita alrededor del globo donde se llenan la boca hablando de las bondades de la revolución al tiempo manejan cuentas en francos suizos y silban mirando al techo cuando se les pregunta de dónde salieron esos reales. Y es que hasta las mentes más brillantes del país (formadas en las mejores universidades dentro y fuera de nuestras fronteras) que no estuvieron dispuestas a prostituir su formación y valores, y que por sus ideales creyeron en el disfraz de cordero que mostró Hugo Rafael, tardaron poco en darse cuenta que ese señor no era más que eso, un disfraz, con carisma, pero nada más que un disfraz… Bien hecho, pero un DISFRAZ.

El Gobierno de las Mentiras ataca al imperio pero le aterra quedarse sin visa para ir a comprar en él, despotrica del espionaje pero lo practica contra cualquiera que no se ponga “rodilla en tierra”, expresa asco por todo lo que representa el capitalismo pero da entrevistas desde un ordenador con una manzana que ni siquiera puede ocultar una etiqueta con la cara de Gramsci  (que se estará revolcando en la tumba).  Esa madriguera de hipócritas ha cobijado a cuanto manco de talento haya estado aguardando alimentándose de la venenosa envidia generada por sus propias limitaciones, la misma que les producía ver que muchos otros sí habían conseguido ser profetas en nuestra  grandiosa tierra y que les negaba la oportunidad de llegar lejos no porque fuera imposible, sino porque no tenían lo necesario. Entre otras cosas, ganas de trabajar.

El Gobierno de los Mediocres enseñó a sus ministros, vice ministros, y larga lista de jalamecates a “montarse” a cambio de hablar mucho gamelote, a gritar a los cuatro vientos una ideología tan barata como sus principios y tan cara como los asientos de Primera Clase en los que viajan. Les enseñó que no hacía falta trabajar sino ponerse una franelita y aplaudir cuando se les indicara, les enseñó que si les gustaba la casa del vecino no era necesario deslomarse como él, sino invadirla. Les enseñó que todo eso que criticaban de los corruptos de años anteriores podía repetirse, pero con el puño en alto y un “tenemos Patria” para que sonara bonito y no se les notaran los bolsillos llenos.

El Gobierno de las Mentiras sembró odio, envidia y resentimiento, los engañó a todos y armó hasta los dientes a sus malandros guardianes para que cuando el humo desapareciera y la mentira cayera por su propio peso no fuera posible reclamar lo prometido sin ser parte de un macabro festival de balas y “gas del bueno”. El Gobierno de los Mediocres cree que todos somos como ellos y no nos damos cuenta del larguísimo rabo de paja que tienen. Se inventa arsenales y publica fotos que hasta un niño de doce años con conocimientos elementales de internet puede dejar al desnudo en un momentico. Se queja de la injerencia del “imperio” pero calla cuando sus amigotes ocupan otro país soberano. Tilda de drogadicto a un actor que dedica unos segundos del momento más importante de su carrera a los soñadores venezolanos, pero no al futbolista que tiró por la borda una leyenda de la que solo queda un recuerdo manchado de coca y evasión fiscal. Cita a la Asamblea Nacional al ídolo de una generación, pero se hace el sueco cuando el mediocre de turno cree que los legisladores están para resolver pataletas de adolescente acomplejado.

El Gobierno de las Mentiras se cae a cachos, ya nadie le cree, ya el país se cansó de verlo bailar sobre la tumba de sus muertos, ya se hartó de la negligencia, de la burla, de la ineptitud y de tanto blablablá. El Gobierno de los Mediocres no ha entendido que en Venezuela hay casi treinta millones de personas bastante lejos de ser unos vagos dispuestos a sacrificar su libertad por una fiesta de Carnaval. Cree que todos están locos por enchufarse a cualquier carguito con tal de sacar billete no importa si mal habido, cree que ellos son los únicos que tienen derecho a vivir bien. Quiere hacernos creer que ser pobre es chévere, que lo mejor que puede pasarnos es seguir siéndolo, esperar las sobras en forma de casas mal hechas y sentirnos afortunados si después de cuatro horas de cola conseguimos un kilo de leche y un litro de aceite, porque podrían haber sido seis y conseguir sólo una de las dos cosas. Quiere echarle la culpa del hampa, la escasez, la inflación, el desempleo y hasta de los cortes de luz a cualquiera que les pase por la cabeza, porque según su lógica hasta una iguana podría ser la responsable de tanta ineficiencia… ¡Hasta una iguana!

El Gobierno de los Saqueadores no quiere que soñemos ni que pensemos en grande, quiere que nos conformemos con las migajas, que sigamos creyendo en pajaritos preñaos y muertos vivientes que cantan el himno nacional. Porque mientras estemos inmersos en esa comiquita ellos pueden seguir chupando petróleo e intercambiarlo por el conveniente silencio de otros tan corruptos como ellos. No quiere que estudiemos, prefiere adoctrinarnos para que vivamos en la miseria. Quiere que aplaudamos como focas cuando nos tiren un pedazo de pan. Mata estudiantes porque sabe que esos jóvenes con sus libros son lo más peligroso para un sistema que se nutre de la ignorancia y la delincuencia.

El Gobierno de las Balas se acaba, ya no hay vuelta atrás. Y no se acaba porque quienes reclamamos seguridad, libertad de expresión, sanidad, educación, empleo, vivienda, electricidad, o simplemente un tubo de pasta dental en el supermercado, seamos unos golpistas, no señor. Aquí el único que se ha montado en el poder violando la Constitución a costillas de la sangre de muchos venezolanos es el señor Hugo Rafael y su combo que sigue coleteando totalitarismo. Esto se acaba porque las mentiras tienen las patas cortas y ya no hay dólares con qué pagar los desgastados implantes que se les han ido poniendo durante estos quince años. Se acaba porque el país está pelando, porque ya se lo robaron y repartieron todo, porque no hay balas ni cárceles suficientes para matarnos o meternos a todos, porque en este Carnaval que tanto deseaban se les ha caído la máscara y ha quedado claro ante los ojos de quienes no tienen puesta la venda de billete, que lo único que les importa es el poder, que quien manda es la violencia en sus versiones con y sin uniforme, que la vida de los venezolanos no vale más que la utilidad de los votos que le puedan exprimir por las buenas o por las malas. Se acaba porque han hecho de los Derechos Humanos unas palabritas escritas en un papel que vale lo mismo que la Constitución con la que se limpian la porquería.  Esto se acaba porque Venezuela nos duele a muchos que cada día desde sus calles luchan por una vida mejor, y por otros que desde lejos estamos listos para volver con nuestras siete estrellas como capa. Venezuela es un país grande lleno de gente con talento que se hartó de las mentiras de este parapeto que pasará a la historia no como el gobierno de las palabras que se soltaron durante largas horas de insultos, amenazas y aburrimiento en cadena nacional, sino como El Gobierno de las Mentiras, o peor aún, El Gobierno de los Mediocres.

 

 

 

 

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STOP Bullying Capriles!!!

 

Llevo días viendo por todas partes expresiones despectivas hacia la actitud pacífica de Henrique Capriles Radonsky, cómo se le compara con otros líderes (especialmente con Leopoldo López) y cómo se le está maltratando.

Debo decir sin desmerecer el sacrificio que está haciendo Leopoldo, que no estoy de acuerdo con los calificativos de cobarde o tonto (por ponerlo light) y hasta de “vendido” que se están vertiendo sobre Henrique, y les voy a decir los motivos.

Primero, qué pena con ese chamo. Si yo estuviera en su lugar y tuviera la misma fortaleza de espíritu, en algún momento de soledad al leer tanto sarcasmo e insulto me preguntaría quién me mandó a sacrificar mi tranquilidad, mi seguridad (y la de mi familia) quién me mandaría a tirar por el barranco de la ingratitud mi juventud, mis horas de angustia, mis callos en los pies, mi sudor, mi libertad, mi reputación y hasta el amor de mi vida. Me dolería el alma pensar que tanta “roncha” para moverme, para comer y para quitarle la venda de los ojos a una gran parte de los venezolanos al tiempo que me jugaba la vida no ha servido de nada porque al final la gente piensa lo que quiere pensar, hace lo que quiere hacer y pela el diente al que le dice lo que le gusta y/o lo que quiere escuchar.

Segundo, no nos caigamos a coba, muchos de los que andan despotricando en contra de Henrique Capriles fueron incapaces de levantar el trasero de su tumbona en la playa para ir a votar. Muchos de los que hoy creen que se puede salir de esto a punta de palo no iban a llevar sol a una marcha, y si acaso iban era para farandulear. Muchos de los que atacan el modo de actuar de Henrique creen en pajaritos preñaos, que este tipo se va a ir, que Diosdado se va a quedar tranquilito, y que todo el mundo va a respetar la Constitución que todos los días se pasan por el mismo sitio donde todos nos pasamos el papel higiénico.

Así que de pana ¿somos pendejos o comemos jabón?

Tercero, alguien se ha parado a pensar en el camión, mejor dicho, los camiones de bolas (lo siento, no hay mejor expresión) que hay que echarle para conseguir sacarle tantos votos al monstruo mediático que representaba el muerto intergaláctico? ¿Alguien se ha parado a pensar que un país donde se ha ido sembrando durante quince años odio, radicalismo y violencia no se necesitan “machos” sino muchos caminando en la misma dirección y al mismo paso? ¿Alguien se ha parado a pensar la fortaleza que hay que tener para no caer en el juego violento de los matones que públicamente dan órdenes o las esperan para exterminarnos de manera “fulminante”?

Voy a dejar de enumerar porque son tantas las cosas que me despisto.  Yo soy una a las que en algún momento se le han volado los tapones y ha pedido calle para protestar porque me enferma que en Europa la gente salga y no tenga que ver con que la temperatura esté por debajo del 0ºC mientras la media anual en cualquier rincón venezolano es de 25ºC.  Sí, leyeron bien, hasta para protestar nos beneficia nuestro calor tropical.  Yo soy una de las que ha pedido calle porque el hampa me deja sin amigos, mi mamá hace colas brutales para conseguir aceite, porque he ruleteado el carro por toda la ciudad buscando harina, porque mi sobrino no puede jugar pelota en su cuadra, porque amigos médicos intentan salvar vidas mientras un malandro les apunta con una 9mm.  También es cierto que mis ganas de calle, calle y calle saben que esto no es una mantequilla, que nosotros somos el pezón del que mama gran parte de la América Latina que de la forma más descarada mira para otro lado, o peor aún, apoya las masacres porque de eso dependen los regalitos de petrodólares (como si después de tanto robo quedara algo para regalar). Estos “señores” que ostentan en algunos casos y usurpan el poder en otros tienen de demócratas lo que yo tengo de astronauta.  Pero como nos lo dice Henrique con su voz cálida y sin insultos vamos y le caemos encima.

Soy una de las que ha reclamado esa pasividad que se ha apoderado de nosotros y ha permitido que poco a poco nos acostumbráramos a que se vaya la luz un día sí y otro también, a que todo lo que se compra esté a precio de dólar paralelo, a no comer pollo, encerrarnos cuando cae la luz del sol, pisar el acelerador en los semáforos en rojo y andar brincando de canal en canal para ver cuál nos “hace el favor” de decirnos la verdad de lo que está pasando. Pero no por eso me voy a caer a cuentos pensando que Capriles ha hecho o está haciendo mal, porque es mucho lo que ha conseguido con tan pocos medios a su disposición, y si eso todavía no lo hemos entendido, entonces creo que no somos merecedores de tanto esfuerzo y deberían tatuarnos bien grandote en la frente (allá en los países donde permiten tatuarse) la palabra MALAGRADECIDO.

No soy creyente, pero respeto la fe de Henrique tanto como la de mi mamá. Me desespera escucharle a muchos que tenemos que rezar, que una mano celestial nos va a ayudar, pero no por eso voy a descalificar a un hombre que no se ha echado a dormir con un rosario en la mano esperando que esa ayuda celestial llegue, porque más allá de su fe, Henrique le ha echado pichón (y aquí si cabe lo de pichón).

Que tenemos que mantenernos en la calle como es NUESTRO DERECHO protestando por la miseria, inseguridad, y la represión que nos azota, claro que sí. Que no podemos abandonar a nuestros estudiantes, por supuesto. Que debemos exigir responsabilidades por los grupos  que el régimen armó y de paso alaba públicamente, es nuestra obligación, pero no para hacerle a nuestros vecinos lo que no nos gusta que nos hagan, no para ponernos violentos. No podemos reclamar nuestros derechos ignorando los de los demás. No podemos caer en la trampa que nos tienden estos indecentes.

Dejemos ya de comparar a Henrique y Leopoldo, incluso a Ma.Corina. Creo que están haciendo las cosas a su manera, a veces se equivocan y se lo dicen igual que cuando uno de nuestros hermanos mete la pata y le decimos “pana, la estás poniendo”.  Los necesitamos, y los necesitamos unidos, nos necesitamos unidos por Venezuela, y ponernos “POPY” a estas alturas sólo va a agravar más las cosas tal y como hemos visto esta semana con este régimen con el que siempre se puede estar peor… Porque no me van a decir que lo que ha ocurrido les sorprende, y si así ha sido, no me entra en la cabeza el motivo de la sorpresa.

Entiendo que uno se cansa, que son muchos años, que la paciencia quiera dejar el pelero, pero no se les olvide que esta carrera no la va a ganar el que corra más rápido sino el que tenga resistencia para llegar a la meta. No es momento para dividir ni mucho menos de tirar la toalla.

Basta de agredir a Capriles porque nos está diciendo la verdad a la cara, porque no nos está vendiendo humo y sobre todo porque ese chamo lleva años enfrentándose a mano limpia contra el monstruo de las mil cabezas poniendo en juego muchísimo más de lo que la mayoría de nosotros hemos puesto. No seamos malagradecidos, y si lo somos, recojamos nuestras consignas, metámonos en nuestras casas, pongamos VTV, comamos menos, arrodillémonos y calémonos el gobierno que nos merecemos.

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Hoy 19 de febrero

 

Cómo cambian las cosas en un país donde antes a pesar de las dificultades reinaba la alegría. Hoy, 19 de febrero de 2014 es un día triste como todos los que componen el infierno que se ha desatado desde el Día de la Juventud.

Dicen que las desgracias nunca vienen solas y voy a agregar a esto que con un gobierno como el que tenemos en nuestra querida tierra, las desgracias están totalmente garantizadas.

Mientras un pueblo intenta ejercer su derecho a la protesta por una vida digna, por calles seguras, hospitales equipados, comida en los anaqueles y servicios públicos eficientes, las botas se afincan sobre su  nuca (si es que antes no se les adelanta una bala) con un valor que se crece ante la indefensión, pero se encoge y baja la cabeza ante la mirada despiadada de un malandro “profesional”. Mientras un hombre inocente levanta las manos para que una justicia corrupta lo juzgue violando la Ley por los cuatro costados, hordas de delincuentes considerados “pilares para la defensa de la patria”  (la patria de los asesinos, claro) esperan atentos como perros guardianes las órdenes de su amo.

En este país donde hace años reinaba la alegría y las miles de Misses de todos los tamaños que dio esta tierra estábamos en la portada de alguna revista, taconeando sobre la pasarela o la tarima de alguna feria, fiesta de carnaval, modesto concurso, o llevando con orgullo el grandioso peso de la corona más importante de todas, el Miss Venezuela, ahora toca ver desfilar la banda de “Miss Muerte” y enterrar a jóvenes brillantes a las que el gobierno y sus matones les impusieron una corona de balas y flores tristes.

En el mismo lugar donde el Día de la Juventud era una fiesta que servía a los estudiantes para rebelarse contra todo lo que no gustara y luchar por lo que se consideraba justo,  ahora se limpian charcos de sangre de jóvenes valientes mientras una orquesta a lo lejos les da la espalda sin dedicarles ni siquiera un Réquiem.

Aquí donde antes se respiraba libertad, ahora asfixian las lacrimógenas vencidas, la impotencia,  injusticia, la pólvora, el descaro y el azufre. Eso sí, ya no huele a miedo, el miedo desapareció. Ya la muerte no nos asusta porque si caemos en el intento pero los que queden consiguen lo que queremos, esta lucha tendrá sentido. Pero eso no significa que los malandros con o sin uniforme tengan derecho a exterminarnos con ataques fulminantes. Eso no les da derecho a hacer del horror su divisa.

Para confirmar que las desgracias nunca vienen solas, el Tío de todos los venezolanos se fue a la sabana del cielo. El hombre de gestos sencillos y poesía en cada palabra que llenó de alegría la infancia de todos los venezolanos que crecimos juntos y  ahora estamos divididos entre víctimas y victimarios, se fue galopando en su caballo viejo después de haber disfrutado de esta vida sabiendo que no hay otra oportunidad, después de haber visto lo mejor de este país  y también la miseria en la que ha caído. Nuestro querido Tío Simón nos dejó solos porque sabe que somos grandes, que sus sobrinos ya crecimos y podemos conseguir todo lo que queramos, una Venezuela diferente, la que nos merecemos.

Hoy 19 de febrero de 2014 las calles de nuestra querencia están ardiendo, los corazones de las víctimas de los fusiles han dejado de latir, las lágrimas de los dolientes no conocen final, los asesinos son aupados y defendidos en cadena nacional, un hombre lucha por volver pronto con su mujer y sus dos hijos, un pueblo está en pie contra la violencia de esos que intentan engañar a un mundo que parece comenzar a abrir los ojos ante esta barbarie.

Hoy estamos un poquito más solos, pero te prometemos Tío Simón que no nos rendiremos y haremos la tarea. Prometemos que te daremos motivos para estar tan orgulloso de nosotros como siempre lo estaremos de ti.

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Por eso huelo tan bien

—¡Qué bien hueles! —dijo él entre suspiros con esos ojos color miel y esas pestañas que parece que si te descuidas van a tocarte. —Qué bien hueles. —Dijo sonriendo una y otra vez.

Para desdramatizar el piropo le hablé de los quince años que llevo usando el mismo perfume contándole que a pesar de haber sido infiel alguna vez (lo hice para ver si por fin me decidía a cambiar -quince años es mucho-) no lo había conseguido porque nada me gustaba más que esa vieja y rara fragancia a la que mi olfato está tan acostumbrado. Intenté engañarle diciéndole sin mirarle a los ojos que la fidelidad es un privilegio que sólo le concedo a mi compañía telefónica. Espero que me haya creído y no descubra nunca cómo soy.

Pero la verdad es que ni él se refería al perfume, ni yo tampoco. Ambos hablábamos del olor de verdad, ese que se te queda bajo la piel, el mismo que conservas aunque te bañes muchas veces y que eres capaz de reconocer a leguas. Ese que no tiene nadie más que tú.

Frank Sinatra dijo un día “I´ve got you under my skin” y quien se queda con el olor de algo o alguien sabe muy bien lo que eso significa sin necesidad de traducirlo. También dijo que una vocecita le repetía noche tras noche “Don´t you know little fool, you never can win” –¿No ves pequeño tonto, que nunca podrás ganar?-.  Cuánta razón tenía la vocecita (aunque no nos guste nada).  Y dejando aparte cualquier resto de romanticismo (que no me pega nada y mucho menos en este momento) me puse a analizar cuál es mi olor.

Mi perfume es mucho pero mucho más que eso que viene en un frasco de forma rara por el que pago un dineral. Mi olor es todo aquello que se fue quedando conmigo a lo largo de estos treinta y cinco años. Huelo a tierra mojada, a la curiosidad por las lombrices y por las semillitas de no sé qué hierba que explotan al contacto con el agua, huelo a mango hilacha,  a agua de coco, a las cayenas que adornan tantas esquinas, al rocío mañanero de las rosas injertas en un jardín. Huelo al mar tibio que te deja ver el color de los peces, a la arena blanca y fina que calienta los pies, huelo a esperanza, a caos y alegría, a  ilusiones, a la bondad que hace compartir una arepa que no se rellena con patria. Huelo a la valentía que camina sin chaleco antibalas, a paciencia, a resistencia.

Huelo a la pasión cuando una pelota se va, se va, se va… Huelo a jugo de parchita bajo inclementes y maravillosos rayos de sol. Huelo a selva, al agua dulce de las cascadas que pocos y dichosos ojos han visto, huelo al fresco amanecer en el llano infinito, a chicha andina, al sueño que se anida entre los hilos de una hamaca. Huelo a sangre, a la de mis padres, mis abuelos, mis hermanos, pero también la de mis amigos, la de los que hace años no abrazo, la de los que se fueron mucho más lejos de lo que puede alcanzar un avión, la que mancha todos los días el suelo de la morgue, la que desgraciadamente ha corrido por nuestras calles. Huelo al dolor en las entrañas de cada madre que recoge el cuerpo baleado de un hijo, huelo a la impotencia de ver a tantos cobrar y largarse, huelo a la vergüenza por el silencio cómplice de tantos micrófonos,  huelo a la fuerza de un pueblo que no se rinde y lucha resteao’. Huelo a tristeza y lágrimas por estar tan lejos sin poder acompañar a mi gente. Huelo a pólvora y formol.  Huelo a la unión que hace la fuerza para seguir.

Huelo a ti Venezuela, huelo a ti, te tengo bajo mi piel con todo lo que me has dado, con todo lo que me has enseñado. Llevo perfume a ti cada mañana como lo lleva el venezolano que cantó esa canción. Huelo a ti Venezuela, a tu sed de libertad, al amor que no encontraré en ninguna otra parte. Huelo a Venezuela hombre de los ojos miel, huelo a todo lo bonito que tiene ese lugar que ves en mis ojos, por  eso huelo tan bien…

 

 

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Ese señor…

Que nos quieren presentar como un héroe inmortal, un santo que sigue nuestros pasos y nos vigila, no era más que un asesino.

El 4 de febrero de 1992 amaneció de golpe porque un irresponsable con ansias de poder se creyó con derecho a llenar de sangre las calles de nuestro país y asaltar a nuestra democracia. Que me cayeran mal Carlos Andrés Pérez y su gobierno no rendía simpático ante mis ojos a ese degenerado vestido de verde que ni siquiera tuvo el coraje de asumir la total responsabilidad por los crímenes cometidos. Un indecente que aprovechó aquella “moribunda Constitución” a la que no le hizo ningún asco cuando recibió el maldito indulto que lo cobijó para llevar a cabo su macabro proyecto.  Y que nadie me venga con cuentos, el Socialismo del siglo XXI no es más que un macabro proyecto, la comidilla del mundo y la nodriza infinita que da de mamar a cuanto indecente sea capaz de posar sonriente a cambio de un cheque en blanco.

Gracias a ese señor, muchos vimos por primera vez a humildes trabajadores llenos de balas yaciendo en un charco de sangre que recorría los pasillos de Venezolana de Televisión, el canal 8 cuando era de verdad el de todos los venezolanos y no el aparato propagandístico de un partido político y cuanto descerebrado aspira a un ministerio o lo que sea de donde pueda sacar “billete”.

El 4 de febrero es un día que debería llenar de vergüenza a todo el que participó y empuñó un arma contra vidas que parecen valer menos o peor aún, nada frente a las continuas reivindicaciones y exigencias de justicia contra “golpistas” que agredieron la “Mejor Constitución del mundo” y gente inocente que sigue en la cárcel pagando las consecuencias de una moralidad incompatible con el currículo de tanto enchufado “bolivariano”.

“El motolito supremo” deberíamos llamarlo por haber engañado a tanta gente. Un fracasado que lo único que logró durante sus años en el poder fue arruinar a uno de los países más ricos del mundo, saquear sus tesoros, dividir a su gente, sembrar el odio, aupar a la delincuencia, amenazar, perseguir y hasta encarcelar (saltándose las leyes más fundamentales) a todo el que no estuviera dispuesto a bajar la cabeza o aplaudirle como foca.

Ese señor no alcanzó sus objetivos el 4 de febrero de 1992, pero los que se propuso al hacerse con el poder los alcanzó toditos. Puso a su familia donde hay, se forró de oro, petróleo y dólares por los cuatro costados, enchufó a cuanto cómplice y mercenario le jaló mecate antes, durante y después (ya saben, eso de ser espléndido y agradecido cuando los reales son ajenos es un don muy “socialista”). Animó a cuanto vago estaba dispuesto a gritar “uh ah” durante unas horas a cambio de aguardiente y alguna limosna en lugar de ponerse a trabajar como los demás. Autorizó a la envidia a hacerse con el sacrificio ajeno, en lugar de enseñarle que para tener lo mismo que el vecino había que sudar la gota gorda y no metérsele en la casa mientras estaba trabajando. Corrió a las mentes más brillantes del país y de la empresa más competitiva del mundo para llenarla de mediocres sin preparación que han generado una desgracia detrás de otra. Desarmó a la policía y se hizo el loco con los malandros. Compró hasta la última conciencia en venta de las instituciones que lo siguen alabando después de muerto, obviamente porque siguen cobrando lo suyo, porque aquí lo de la lealtad al timador supremo se mide en base al cheque, alcaldía, viceministerio o cualquier premio de consolación que toque cuando la voluntad popular que queda no vota lo que se espera.

Ay paracaidista supremo, no te revuelques en la tumba, tranquilo chamo, lograste tus objetivos, vendiste a tu país, hundiste a su gente en la miseria, los pusiste a hacer colas por comida como en las hambrunas africanas, pusiste a tus hijos a recorrer el mundo y abanicarse con billetes, te pusiste los trapos que ni en tus mejores sueños te habrías imaginado, usaste relojes de marcas que ni siquiera sabías que existían. Sin ser mayordomo de nadie conociste la textura de una corbata de seda, viajaste más que un cometa, te adueñase de más terreno del que tus ojos podían alcanzar, pasaste coleto con la memoria de Bolívar y repartiste su espada a asesinos y violadores que lo que merecían era un machetazo. Te sentiste estrella del rock cuando no llegabas ni a mariachi de pacotilla, nos contaste tu vida y milagros como si nosotros no tuviéramos una, te hiciste el mártir sabiendo que eras un verdugo. Y como si fuera poco, dejaste a un sinvergüenza ignorante más descarado que tú para que le pusiera la guinda a tu tremenda torta.

Tengo que decir que lamento que ya no estés porque me has quitado la posibilidad de darme el gusto de verte sentado el banquillo de La Haya y cómo te pudrirías en la cárcel.  Hoy tus adeptos masoquistas más pobres celebran en la misma miseria que antes pero con franela roja  puesta y un afiche en la pared. Los enchufados celebran las seis cifras en dólares que tienen en el banco, los dinosaurios de Cuba brindan porque encontraron a uno más pendejo que cualquiera para lavarle el cerebro y cobrarle caro por ello. Y los demás, los decentes  que por fin abrieron los ojos y los que nunca los cerramos nos quedamos callados porque este día huele a muerte, a la de los que han caído desde que apareciste por primera vez,  a la de todo lo que hemos perdido, a la que ronda nuestro país agonizante. Ya celebraremos el día en el que sentados frente a un tribunal todos esos que hoy se ríen desde el poder escuchen su sentencia… Porque esta bajaíta apenas comienza, y allí vamos a verlos.

Feliz 4 de febrero… Por ahora…

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Gris plomo

 

Una de las ventajas de nacer y crecer en un país tropical es la cantidad de días de sol que tenemos. Los venezolanos no sabemos lo que es sentir cómo el frío del viento te cae a puñaladas en la cara, no sabemos lo que es ver los árboles pelaos con un cielo más triste que comer solo, ni caminar rapidito para no quedarnos tiesos. Tampoco sabemos lo que es hablar raro porque se nos han congelado los labios, ni pasar una Navidad envueltos en lana.

Cuando era pequeña y la ciudad amanecía con un “palo de agua” de esos que dejan nuestras calles como canales venecianos pero sin góndolas ni italianos, el olor a tierra mojada me embriagaba, el suave paso de los carros sobre los charquitos me servía de banda sonora, y el gris en la ventana me hacía mendigar “cinco minuticos más” en la cama. Alguna vez funcionó eso de “mami hoy no que hace mucho frío” y digo alguna vez porque cuando no la convencía yo era una de los cuatro pendejos que se presentaba en el colegio sintiendo envidia por todos los compañeros que a esa hora en lugar de repasar lo anterior, leer largas horas o tener una clase más relajada, estaban todavía en pijama viendo comiquitas.

Los días grises en Venezuela nos ponían más tristes que Marco cuando se fue la mamá. Si eran cada cierto tiempo no pasaba nada, pero como duraran más de lo esperado nos dejábamos de dramas y buscábamos la fiesta (también una pulmonía) jugando bajo la lluvia, bañando a nuestros perros, revolcándonos en el barro donde se supone que debíamos jugar metras, saltando sobre charcos, y por supuesto estrenando la indignación cuando algún desalmado nos emparamaba el uniforme y los cuadernos. Que luego nos regañaran en casa, nos hicieran ducharnos y bebernos un litro de limonada caliente era la cuota a pagar por el bochinche que hoy allende nuestras descalabradas fronteras ya no vivimos porque como mucho nos permitimos hacer angelitos en la nieve cuando la Heidi que sigue dentro de nosotros se desata sin importarle cuántos años tenemos.

Esas quejas porque el domingo el sol parecía salir más temprano en lugar de llover y dejarnos dormir hasta mediodía es algo que no nos atrevemos a pensar durante los largos meses de otoño e invierno gringos o europeos.  Aquí valoramos cada rayo de sol como si se tratara de oro en polvo y parecemos chamitos castigados cuando vemos por la ventana que el gris y el frío no nos darán tregua hasta que la primavera aparezca, y que no hay montaña a la que podamos rodear para echarnos un bañito en una playa besada por los maravillosos rayos de sol que tanto extrañamos incluso los que tenemos la piel como una perla que nos hace  parecer personajes de “Cocoon” en bikini.

Será que me estoy poniendo vieja y la nostalgia me está atacando, será que el gris de este viernes europeo me ha metido el frío en el cuerpo, o será que las noticias que leo me hacen temer que cuando vuelva a mi querida Venezuela sólo encontraré eso, sol, calor y salitre. Será que comienzo a temer que si no espabilamos los de aquí y los de allá vamos a terminar mendigando, ya no por cinco minutos más en la cama sino por la comida que cada vez se hace más difícil conseguir (previa humillación de colas y el numerito pintado en el brazo, claro).  Será que este gris plomo que veo en el cielo y en la mirada de los venezolanos va a perpetuarse tapándonos el sol más de los quince años que lo hemos permitido. ¿Será que el gris y el  plomo seguirán filtrándose en nuestras casas por inexplicables goteras inundando nuestras calles de barro, muerte, hambre y miseria mientras los gondoleros de turno navegan protegidos sobre canales de petrodólares que controlan a medias corruptos y delincuentes comunes? ¿Será que nos cansamos, perdimos la esperanza o nos acostumbramos a este invierno sin fin?

Serán todas las anteriores… Sí, porque el gris que no nos deja ver nuestro inmenso cielo azul es del tono que cada uno ha querido ponerle, y mientras la mayoría no coincidamos en este que ya se está poniendo negro no habrá primavera que valga para el país de la bendita/maldita eterna primavera.

Acabo de asomarme por la ventana, y a pesar de que hoy no hay clases no hay ni un solo chamito en bicicleta burlándose del invierno, afortunadamente están en sus casas protegiéndose del frío y no de las balas.

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