Día 29: Pedaleada

 

Moverse por las calles de este país es, como todo lo demás, una odisea. Podría estar repitiéndome con esta frase, pero es inevitable, ya me gustaría que fuera diferente la situación. Como no se consiguen repuestos para vehículos, quien tiene un carro inoperativo pasa inmediatamente a andar “pedaleado”, es decir, a depender de las colas que puedan darle los amigos, del riesgo multiplicado que significa moverse en trasporte público o, si se lo puede permitir, de un taxi de línea.

Andar en taxi no es nada sencillo. Primero hay que llamar a una línea de confianza y que haya un carro disponible. Como en la mayoría de los casos no responden al teléfono, hay que ir a pie hasta la parada de la línea y ver si además de encontrar un taxista, éste tenga ganas de hacer la carrera, pues a veces la rechazan porque no les gusta el destino, tienen que ir a otro sitio, se están comiendo una empanada, etc. Si se consigue, hay que acordar el precio y asegurarse de si el taxista recibe transferencias. También hay que considerar que la tarifa está directamente relacionada con el destino del cliente, pero no como podría pensarse: si vas a una zona cara de la ciudad, la carrera cuesta casi el doble que hacia una zona que no lo es.  Además, aquí no estamos hablando de vehículos nuevos con aire acondicionado, punto de pago electrónico, radio u otras comodidades comunes en taxis de otros lugares del mundo, sino de carros en su mayoría destartalados en los que no son pocas las probabilidades de quedarse tirado en medio de la autopista. Pero como en tiempo de guerra cualquier hueco es trinchera, hay que adaptarse. Si algo no cuadra, toca seguir caminando hasta otra parada a ver si hay suerte. A veces toca identificarse y dar la referencia de un familiar o amigo que utiliza el servicio con frecuencia para que no se afinquen con el precio, acepten hacer la carrera y cumplan su palabra cuando reservas una hora determinada.

Cuando el taxista te ha hecho varias carreras y te parece que no es un delincuente, fichas su número de móvil, así puedes llamarle directamente y evitar la travesía por las paradas de taxi casi rogando para que te hagan un servicio. El taxista acepta darte el número cuando ve que tú tampoco eres delincuente y le llegan a su cuenta bancaria las transferencias por cada servicio realizado.

Ya me ha tocado alguna vez recorrer sin éxito varias paradas de taxi y terminar en la de autobús debatiéndome entre subir al primero que pase o quedarme allí donde hay dos o tres tipos rondando decepcionados porque lo que tengo en mano es un teléfono de principios de siglo. Después de ver que cualquiera de las dos opciones era una oda a la muerte, me he vuelto a casa dando el giro más rápido posible mientras llegaba una amiga fiel a sacarme la pata del barro.

Hoy estuve desde temprano buscando taxi para volver a casa, a medida que pasaba el tiempo se complicaba más la situación. Tiré de agenda propia y ajena, pero nada, ninguno estaba disponible. Lo peor era la ausencia de luz, cuando se oculta el sol todo el mundo se recoge y lo mejor es reducir al mínimo las probabilidades de ser víctima del hampa. Afortunadamente no estaba en la calle, sino en la casa de una amiga con un cómodo sofá que preferí en lugar de la acogedora habitación donde dormí tantas siestas en mi adolescencia.

Ya conté por aquí que un taxista gana en veinte minutos lo que un médico en una hora, por eso no es raro que ese señor que se mueve en un carro haciendo kilómetros sin parar, prefiera estar al volante que haciendo proyectos en una constructora, pues como conductor gana más en un día haciendo una carrera al aeropuerto que en un mes como ingeniero al frente de una obra.

En este país donde un tanque de gasolina cuesta menos que una botella de agua el despropósito no conoce límites. Este es el mismo país donde quien tenía un amigo con carro, también tenía carro, pues sabía que no le faltaría una cola cuando fuera necesario. Incluso contabas con el carro de tus amigos cuando el aburrimiento en casa era roto por un golpe de corneta que te hacía poner los zapatos de prisa para irte a ver series a su casa en un sofá fiel que si hablara podría hacerse millonario con sus memorias. En Venezuela quedan pocos amigos, casi todos se han ido y quienes siguen aquí tienen el carro averiado o a punto de. Da pena pedir la cola a cualquiera que tenga carro. Sabes que al hacerlo podrías estar poniendo en un compromiso a quien quizás se verá obligado a negarse debido a las circunstancias, no a un egoísmo que jamás tuvo.

Aquí hay que calcular todo, hasta el lugar apropiado para quedarse varado cuando no hay taxis y lo más inteligente es tirar la toalla. Mañana será otro día y toca volver a empezar.

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Día 28: Apostillando

apostilla el universal

Junto a la lucha diaria por la supervivencia, está el agotador trajín de quienes arreglan los documentos necesarios para irse del país cuanto antes. No son pocos los periodistas, médicos, abogados, diseñadores gráficos, ingenieros y demás profesionales venezolanos que cruzan las fronteras con la intención de poder trabajar en eso para lo que se prepararon durante años sin saber que tendrían que empezar de cero en otro lugar donde deben ocultar títulos universitarios, especializaciones o idiomas que de otra manera sólo servirían para ser descartados en procesos de selección debido a la sobrecualificación que ignora las ganas de trabajar.

Las citas se piden por internet y las abren al mejor estilo chavista, es decir, cuando les da la gana, el horario es irrelevante. Es posible que un fin de semana la suerte se fije en el interesado durante las cuarenta y ocho horas en las que se dedique a intentarlo y sea posible atrapar una. Aparentemente hay un límite de cien citas diarias en cada registro, aunque la página dice mil diarias en todo el territorio de un país que está exportando más ciudadanos que petróleo. Una vez solicitada y confirmada, hay que llevar la documentación a las siete de la mañana al registro seleccionado donde, por supuesto, hay que llegar unas cuatro horas antes. Después de un impreciso número de días que depende de cada registro es posible ir a recoger los papeles apostillados. Obviamente cada documento lleva un  procedimiento propio previo y debe haber sido refrendado por la autoridad correspondiente. Es decir, hay que legalizarlo. Esto significa hacer cola en la calle (¿pensaban que no la habría?) también desde las tres de la mañana y, evidentemente, ponerse en bandeja de plata para ser asaltado, violado o asesinado. De hecho, una nueva modalidad muy común en los delincuentes que rondan estas oficinas es el “secuestro” de los documentos por los que el interesado deberá pagar un rescate si pretende recuperarlos.

A quien en cualquier lugar del mundo le parezca que eso de hacer cola fuera de una oficina de la administración pública no es tan grave y también ocurre en otros países, seguro le alegrará saber que aquí  la entrega de los documentos no se realiza en un local lleno de gente sino en medio de la calle. Sí, en medio de la calle. A la hora de recoger un documento apostillado o no, la cola frente a un centro comercial puede confundirse con la de la panadería o la del supermercado. Baja un funcionario del registro y a todo gañote (si le apetece) llama uno a uno a los titulares para entregar el sobre con los documentos que han triunfado y no dar más explicación que un “no procesó” a aquellos que sencillamente perdieron la cita, el tiempo y el dinero a pesar de cumplir con los requisitos imprescindibles.

Como podrán imaginar, yo andaba con una de esas personas que debe volver a repetir el proceso de petición de una cita que no procesó. Estuvimos sentadas en la acera mientras esperábamos al funcionario, no sin antes haber hecho otras diligencias. Salimos de allí con el sobre en la mano y luego continuamos el calvario, ahora en la cola para comprar comida.

Que en Venezuela la demanda de la Apostilla de la Haya se multiplique cada día y ahora sea mayor que la miserable oferta por parte de la lenta, mediocre y corrupta administración pública chavista, no es más que un reflejo del porqué ya se cuentan por millones los venezolanos en el mundo obligados a dejar la propia tierra para comenzar de cero allende nuestras fronteras y del cártel que lleva veinte años haciendo todo lo posible por destruir nuestras vidas.

Es doloroso ver colas de jóvenes desesperados por salir cuanto antes del país del que nadie quería irse nunca, mientras los creadores de este desastre intentan atornillarse para seguir aquí disfrutando de la cúpula que se han construido a punta de plomo, dólares preferenciales y cocaína. Hace mucho que llegó la hora de sacarlos del poder, son ellos quienes perdieron el derecho a vivir en nuestro país, ese que tanto nos duele sin importar el tiempo ni la distancia.

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El Universal

 

 

 

 

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Día 27: Llegó la harina


Si los vecinos están organizados y tienen la suerte de contar con un pequeño supermercado que compre a una de las empresas privadas más importantes del país, es posible conseguir algunos alimentos. La experiencia todos la describían como denigrante, espantosa, amarga… Uno se hace cargo de las impresiones de quienes la viven a diario, pero nada es tan potente como la bofetada en carne propia. La cosa funciona así: hay que apuntarse el domingo en una lista controlada por un grupo de personas que forman parte de la Junta Comunal y otros que “pasaban por ahí”, hay que esperar a ver si llega el camión el lunes, descargue la mercancía y que quienes reciben la lista, controlan el acceso y se juegan la vida en la puerta del comercio comiencen a llamar en grupos de ocho a diez vecinos para que entren, compren lo que les está permitido y salgan dando paso a otro grupo hasta que se acabe lo que sea que haya.

La lista se supone que es para evitar la humillación de la cola, pero eso no quita lo degradante de no poder comprar libremente lo que uno quiera o pueda, ni mejora la sensación del bululú de personas alrededor del comercio apoyadas en banquitos que se llevan de sus casas para hacer menos dura la espera bajo el sol que, en este caso, no es espléndido sino inclemente. El lunes corrió rápido la voz entre todos: “no viene el camión”. Por lo que tocó retirarse con el banquito bajo el brazo y esperar a otro día. Este martes la suerte acompañaba a muchos, especialmente a los agentes de la Guardia Nacional Bolivariana que, como de costumbre y sin respeto a ningún sistema de organización hicieron su agosto, se llevaron gran parte de lo que trajo el camión, por supuesto sin límite y, en algunos casos, hasta sin pagar. De manera que para los vecinos quedaron los restos de harina de maíz o mantequilla, de pasta no había más que algunos paquetes desperdigados con los que pudieron hacerse los primeros de la lista.

Cuando llegué ya había gente haciendo cola y peleando desde hacía horas, algunos niños merendaban alguna galleta sentados en el suelo mientras los más pequeños jugaban ajenos a la tragedia que atravesaban sus padres. Una mujer embarazada esperaba en una silla que una persona le cedió por un rato, una anciana dio un traspié y cayó entre la multitud que accedió a hacerla pasar de inmediato a pesar de la queja de algunos preocupados por quedarse sin los tres paquetes de harina que les correspondían. Todo era surrealista, escuchaba los comentarios sobre el abuso de los uniformados, los ataques a las personas que llamaban según la lista que les habían facilitado, la preocupación por no poder comprar, que se hiciera de noche o peor aún, que llegaran unos malandros e hicieran un atraco masivo. Hacía mucho calor y las botellas de agua de la mayoría ya estaban casi vacías, esa misma mayoría no podía comprar algo cerca porque el precio de un refresco pequeño superaba tanto al de la botella de agua como al del kilo de harina. ¿Cómo se puede vivir así? Esto no es excepcional para millones de venezolanos, sucede a diario y mi espera no era de las peores, al contrario.

Escuché mi nombre en medio de gritos, la gente se desespera y pide que repitan los nombres que no escuchan por los gritos en los que piden que repitan los nombres. Sí, así de absurdo y redundante es todo. Tuve dificultades para atravesar el tumulto delante del mecate que separaba la “zona de espera” del trocito de pasillo donde los que son llamados esperan un par de minutos a que abran la puerta del supermercado. Me llamaron de segunda en ese turno, pero cuando llegué a la fila corta ya era la quinta en la puerta. Mientras esperaba escuchaba la protesta de algunos que alegaban que dos de las personas que estábamos allí nos habíamos coleado. Volvieron a pasar lista para comprobar que éramos los que estábamos y estábamos los que éramos. Al oír un apellido poco común volteé a saludar con una sensación agridulce, estaban detrás de mí los padres de un compañero de clases en el liceo. Sentí tristeza por verlos en esa situación y a la vez sosiego al saber que ese muchacho con el que compartí merienda, cuentos de terror, risas y apuntes está viviendo en Chicago.

Compré los tres kilos de harina, también mantequilla, café, avena y todo lo que pude. Al salir sentí casi vergüenza por el bulto que llevaba entre manos, mucha gente me miraba mal y alguno hasta insultaba como si yo tuviera la culpa de su situación, como si fuera el único sufriendo por el chavismo. Salí de allí de inmediato preocupada por los seres cercanos que seguían esperando. Cuando nos encontramos en la noche supe que consiguieron comprar poco antes de que se desatara la furia de quienes perdieron la tarde. Esto no es justo, no es vida.

El camión volverá en dos semanas, dicen que no harán lista para que los que se quedaron fuera y viven en otras zonas no protesten, pero mucho me temo que la situación será todavía peor. De momento toca olvidar la experiencia sabiendo que mañana desayunaremos empanadas dominó y café, con leche.

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El Estímulo

 

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Día 26: Mis viejos

 

No sé cómo sea en los demás países, pero en Venezuela cuando tienes un amigo de verdad es como si tuvieras un hermano más, no sólo por intimidad de la relación, sino porque sus padres te adoptan como a un hijo y, si tu amigo no tiene hermanos demasiado celosos, ellos también te ven como parte de la familia. De esta manera los viejos que uno tiene se van multiplicando según el número de amigos que hacemos a lo largo de los años.

Ellos nos vieron crecer al tiempo que nosotros empezamos a notar sus canas. Cuando llegamos a adultos además de ser un poco nuestros padres también se convirtieron en nuestros amigos, así que pasamos agradables ratos riendo con ellos al revelar por fin las aventuras que no nos atrevimos a confesar siendo muchachitos o por las veces que fuimos regañados cuando apenas rozábamos los veinte. Han estado allí para aconsejarnos, incluso para mostrarnos dónde no teníamos razón cuando la soberbia de la juventud le restaba importancia a las palabras de nuestros propios padres.

Mis viejos se quedaron en el país al que entregaron sus mejores años trabajando duro para sacarnos adelante, pero ahora están viviendo la peor cara de la crisis en la que el chavismo nos ha hundido a todos. La serenidad con la que solían hablarnos ha desaparecido de sus ojos llenos de nostalgia por una vejez indigna que jamás imaginaron. Están sufriendo desasosiego, impotencia,  escasez y, sobre todo, una soledad que no merecen pero que disimulan con su mejor cara intentando engañarnos cuando los llamamos. Sin embargo, no hay mentira que aguante el día a día viéndonos a los ojos. Están delgados, ojerosos, irascibles, deprimidos… Hoy vi a dos y la tristeza fue como una puñalada en el pecho. Los monstruos creados por el chavismo han menoscabado sus corazones ya arrugados por los años que llevan sin ver a algunos o todos sus hijos y nietos, y su único consuelo es saber que están mejor lejos que corriendo peligro constantemente en esta guillotina. En este momento su mayor preocupación es que se vayan los que quedan, por eso animan a hacer las maletas y prometen esperar el regreso con una sonrisa que refleje la libertad recuperada.

Me preocupa verlos así, que mientan o, peor aún, que callen. Me asusta ver cómo les cuesta sonreír, me duele saber todo lo que hacen para poder sobrevivir en este caos y me desgarra imaginar que no lo consigan. Mis viejos se me están desgastando de la peor manera y no sé cómo salvarlos, no sé cómo sacarlos de aquí. Todos son creyentes y supongo que la fe los ayuda a no desistir aunque a veces vuelvan a casa sin el pan que salieron a buscar, aunque no les falte el dinero pero comiencen a temer por su destino si se quebranta su salud. Aunque en el fondo tengan más miedo que todos nosotros juntos.

Queridos viejos: estamos haciendo todo lo que podemos por ustedes, pero por favor, no nos engañen, no nos oculten la realidad, no le quiten importancia a nada, pues en este momento todo la tiene. Ustedes son la prioridad para los hijos que parieron y también para los que han ido adoptando durante años. No permitan que el chavismo les mine el espíritu. Los necesitamos vivos, sanos de cuerpo, mente y alma. No permitan que este horror los eche a perder.

Volveremos a vernos, a abrazarnos y a sonreír de nuevo, pronto.

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Madison Nickel

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Día 25: Como traficantes

Los días sin publicar se deben entre otras cosas a las batallas que aquí se libran a diario y a la falta de electricidad, internet o tiempo para sentarme frente al teclado a contar lo vivido durante la jornada.

Muchas veces me veo escribiendo a las tres, cuatro o cinco de la mañana, lo cual significa que en Europa muchos ya van por el segundo o tercer café mientras a mí me queda el tiempo justo para una siesta que me permita seguir con el correcorre, porque en este país todo es una carrera contrarreloj, todo se hace intentando rasguñarle un poco de ventaja al tiempo.

Dicen que nadie sabe de lo que es capaz hasta que lo hace. Y lo cierto es que cuando una persona querida está en peligro, podemos terminar haciendo cosas que jamás imaginamos, podemos vernos envueltos en desagradables situaciones mientras hacemos lo que está en nuestras manos para salvar una vida sin que luego tengamos que avergonzarnos contándolo al beneficiado. Así ha transcurrido la mayor parte de estos días.

Además de las armas de fuego, la falta de comida y medicinas son las responsables de las muertes de este país. El empeño del régimen por impedir el acceso a medicinas dificulta a cualquiera llevar una vida tan normal que a la hora de una gripe se pueda encontrar sin problemas un analgésico. Si a eso le sumamos un serio y repentino problema de salud, las posibilidades de supervivencia se reducen a niveles que los creyentes califican como milagro. Tener a un ser querido en la unidad de cuidados intensivos de un centro de salud otorga la forzosa acreditación para convertirse en una especie de traficante. Debes llamar al conocido del amigo del amigo de un amigo que te cita a una determinada hora en un lugar que parece cualquier cosa menos una droguería donde, si tienes suerte y el dinero necesario, la ampolla de la que depende la vida en peligro está a tu alcance. Debes intercambiar una serie de mensajes en los que la insistencia y la gravedad del asunto logren despertar un vestigio de humanidad en tu interlocutor que a su vez consultará con el bachaquero especialista para que lo autorice a darte su teléfono. Después de esa primera gestión hay que pasar la lista de los medicamentos que urgen mientras recibes otra con el precio de cada unidad. Toca luego transferir el dinero y estacionar en un lugar en el que el “vendedor” te hará entrega de ampollas (generalmente de uso hospitalario), cápsulas, tabletas o cualquier presentación de esa medicina que no se encuentra en ninguna parte, salvo en el uniforme de enfermeras infames que por ofrecerlas a menos precio que un traficante piensan que son mejores seres humanos y merecedoras de una estatua en la plaza Bolívar, no importa si para ello algún paciente murió sin saber que la dosis de su medicina estaba en la mochila de algún médico importado por la dictadura o guardada en el bolsillo de esa maldita mujer vestida de blanco con mejores planes que dejarlo vivir.

La ventaja de la gasolina barata permite pasar horas dando vueltas por la ciudad enseñando un desvencijado informe médico que en las farmacias miran con lástima porque temen el destino del paciente al que no pueden venderle lo que desde hace años no tienen.  Se improvisa un centro de operaciones en cualquier lugar donde a varias bandas se mantienen tanto conversaciones con traficantes de distintas ciudades, como con amigos en el extranjero que intentan explicar a los farmaceutas del país donde se encuentran que se trata de un caso de vida o muerte y que el médico firmante no está colegiado allí porque por desgracia para él (y por suerte para los pacientes), sigue trabajando en un país donde cada día es más difícil seguir vivo. Si se consigue fuera, hay que gestionar un sistema lo suficientemente seguro y discreto como para que los delincuentes que cuidan nuestras fronteras no conviertan el esfuerzo en sal y agua. Si se consigue en otra ciudad, toca pedir ayuda a una persona de máxima confianza para que asuma la responsabilidad de bajarse en una panadería, por ejemplo, esperar a ciegas a ser abordada por un desconocido (del que apenas sabe el color de la camisa) que le entregue un paquetico envuelto en papel de aluminio y retirarse del lugar sin revisar y sintiéndose compradora de cocaína.

En estos días, al igual que cientos de miles de personas en este país, he tenido que lidiar con gente de la peor calaña para poder conseguir medicinas. Tuve buena suerte, cuando llegó el momento no hice nada de lo que deba avergonzarme, las circunstancias no me obligaron a comprar medicamentos donados a terceros o robados a alguien ingresado en un hospital público. Conseguimos todo lo que necesitábamos obviamente gracias al esfuerzo de amigos, familiares, incluso de desconocidos que desinteresadamente aportaron lo que tenían aunque estuviese caducado. Tuvimos que comportarnos como traficantes en un país donde los narcos son los que gobiernan y se recrean viendo la miseria que crearon en nombre de una falsa revolución mientras millones de ciudadanos decentes se juegan a diario el pellejo para sobrevivir a tanta porquería. No fue necesario hacer algo indigno, pero no me atrevería a juzgar a quien ante la desesperación termine llenando de dinero el bolsillo de una enfermera despreciable que, por desgracia, no es la excepción.

Querida amiga, ¡lo conseguimos! Le ganamos a la muerte, le ganamos a la podredumbre y a la desvergüenza. Pronto también le ganaremos a la dictadura. Lo mejor de todo es que estarás aquí para verlo y no tenemos ningún motivo para agachar la cabeza.

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El Universal

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Día 24: Todo con dinero

 

Es cierto que en Venezuela reina la escasez, que millones de personas no tienen acceso a los alimentos más básicos, tampoco a medicinas. Ropa y calzado suenan a compras propias de millonarios y tener un automóvil operativo es más la excepción que la regla. Sin embargo, en este país donde gobierna un cártel que dice ocuparse de los más necesitados hace falta dinero, mucho dinero para sobrevivir.

No es extraño ver sujetadores o carteras deterioradas, pantalones desgastados (por el uso, no por moda) sábanas desteñidas, tazas sin orejita, lámparas sin bombillos, acondicionadores de aire rotos, muebles viejos, rejas oxidadas, paredes con filtraciones, tuberías con fuga, neveras sin luz, cuchillos sin mango, cacerolas sin tapa, ventanas sin cristales, techos con goteras, bombonas de gas vacías… La precariedad es cotidiana y la prioridad es comer o guardar comida. De manera que los arreglos domésticos se van retrasando hasta llegar al punto en el que las casas se han ido convirtiendo en ranchos de concreto y tejas. Sólo el dinero permite pensar en algo más que alimentarse.

En el país del Socialismo del Siglo XXI quien no tiene dinero, se muere. Así de simple. Los dólares son el seguro médico de cualquier persona y quien tenga aunque sea un billete de diez guardado, sabe que con eso tiene más garantías que una aseguradora de las que no pagan casi nada, y si lo hacen, es tarde. Quien no tiene plata para pagar alimentos a precio normal, debe esperar a que la limosna en bolsa llegue, aunque eso signifique semanas de hambre o comiendo mangos. Quien no tiene dinero en efectivo, sabe que debe pagar el triple o más por un kilo de verduras. Quien no puede pagar una clínica privada sabe que la muerte está rondando los contaminados pasillos de los hospitales públicos.

En algunas panaderías hay colas interminables para poder comprar, si acaso, una o dos barras de pan por persona. En otras pueden verse hasta panes campesinos, de coco o dulces, de esos con restos de azúcar y melao’ encima. En esas no hay cola, los contados y afortunados clientes piden lo que quieren, pagan y se van.

En la revolución bonita una consulta médica cuesta unos doscientos mil bolívares, y un trozo de pan con un triangulito de queso y otro de jamón cuesta sesenta mil. Un médico privado gana en una hora lo mismo que el taxista que tardó veinte minutos en trasladar al paciente a la clínica. El médico que trabaja en un hospital público sueña con ganar en un mes lo que el privado o el taxista hacen en tres horas.

El chavismo dijo que acabaría con los privilegios de la clase política de hace veinte años, pero no dijo que lo haría sustituyéndola y dejándola en pañales. Tampoco dijo que para satisfacer su resentimiento y mantener su estatus harían del país su reino de corrupción, muerte y cocaína. Los que cobraron durante años dólares preferenciales o siguen chupando dinero público por haber “asesorado” al cártel que nos gobierna, dicen que el chavismo acabó con la desigualdad en Venezuela, que lo poco o mucho que se ve en los medios de comunicación de los países donde viven tranquilamente (incluso evadiendo impuestos hasta que la ley los obliga a pagar) es mentira de una oposición golpista, que en Venezuela no hay hambre, como si prueba de ello fuera que el líder del régimen engulla una empanada en cadena nacional. El descaro es directamente proporcional a los bultos que tienen en los bolsillos. Y mientras esos alcahuetes siguen hablando gamelote en Europa o en la burbuja chavista que los protege en nuestro territorio, la extinta clase media hace maromas para estirar la quincena que no da para tapar las goteras,  los pobres escarban en la basura o tocan casa por casa a ver quién les da algo de comer, y los enchufados siguen despilfarrando lo robado demostrando que en el socialismo del siglo XXI todo se puede conseguir con dinero, con el dinero robado a las arcas públicas y que distribuyen muy bien, entre ellos y sus familias.

 

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Gaínza

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Día 23: Lo peor de cada uno

 

 

En el tiempo que llevo aquí no debería quedar algo capaz de sorprenderme, pero lo hay. Me resisto a pensar que esto de ahora es mi país, que esta es la gente que siempre ha estado aquí. Me avergüenza saber que compartí calles, playas, aire con estos buitres que proliferan por todas partes.

Dicen que las circunstancias difíciles son las que muestran el verdadero yo de las personas. Están quienes tienen un espíritu inquebrantable y no permiten que lo que ocurre alrededor corrompa sus valores. Están quienes ceden ante la necesidad y, para no morir de hambre, con vergüenza se ven haciendo lo que jamás pensaron. Pero también están los que siempre estuvieron al acecho, tan ocupados envidiando los logros ajenos que nunca se dedicaron a conseguir los propios. Tan ocupados con su resentimiento contra el que estudió una carrera, compró una casa o  montó un negocio, que jamás les pasó por la cabeza que las carreras, las casas o los negocios se sudan, se consiguen a base de constancia, sacrificio, entusiasmo.

En los últimos días he visto pandas de ladrones saquear licorerías, como si robar en grupo fuera menos robo, como si el alcohol saciara el hambre. He recibido llamadas telefónicas de una enfermera de un hospital público ofreciéndome varias dosis de un medicamento que se robó y por el que pide dinero (no tiene importancia la cantidad). También la de una mujer a la que le sobraron medicinas donadas por una fundación que ayuda a quien lo requiere, y en lugar de devolverlas, las vende porque “algo tiene que sacar”. He visto gente aprovecharse de la enfermedad de terceros incluso haciéndose pasar por primos del afectado y así sacar dinero de donaciones que jamás llegan a quien las necesita. He visto a niños vender papelitos de colores e ir subiendo el precio a medida que esperan un descuido del potencial cliente para llevarse la cartera, los papelitos y hasta la arepa que les brindan. No han faltado los taxistas que duplican la tarifa cuando saben que el servicio tiene como destino una clínica privada. He visto cajeras que cobran casi el doble en la cuenta alegando que la carta vista por el cliente es vieja y los precios han cambiado. He visto comerciantes que cobran a sus vecinos el 15% de comisión por utilizar el punto de venta para cobrar, pero pretenden que les presten pan cuando se les acaba el que tenían para vender perros calientes.

He visto tantas cosas que no puedo enumerarlas todas, pero sobre todo, he visto que el chavismo ha sacado lo peor de cada quien, ha convertido este país en un país de carroñeros miserables a los que no les importa matar a alguien con tal de obtener algo gratis, porque esto es lo que aprendieron de este régimen de ladrones: tener todo lo que quieren regalado, y si no hay, entonces robarlo, no importa a quién, no importa cómo. El chavismo es una forma de vida, la de los vividores, los vagos, los resentidos, los sinvergüenzas, los asesinos, los narcotraficantes, los corruptos… El chavismo es el origen de la descomposición social de un país que jamás imaginamos. Un país que no reconozco, que me da vergüenza, un país que está en guerra contra el que no quiere revolcarse en ese chiquero. Una Venezuela demasiado distante de la que llevo en la sangre. Estos zamuros ni volviendo a nacer podrían ser guacamayas.

Queda mucha gente honesta, incapaz de jugar con las penurias propias o ajenas, llena de ganas de luchar por un país decente, llena de ganas de trabajar, dispuesta a reconstruir todo lo que estos narcotraficantes han destrozado, pero comienza a preocuparme que el régimen nos mate y los vecinos se coman los restos mientras en República Dominicana algunos se bajan los pantalones y el resto del mundo mira hacia otro lado para luego darse golpes de pecho y, por supuesto, sea demasiado tarde.

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Nathalie Sayago

 

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Día 22: Nuestra terraza

Venezuela en este momento es lo más parecido a la planta de salidas de cualquier aeropuerto, pero no al de cualquier ciudad, sino al de una zona de guerra. Se va todo el que puede. Las desgarradoras despedidas se multiplican a diario y cada vez las maletas se van más vacías porque muchos venden hasta la ropa a fin de reunir un poquito más de dinero que les acompañe a su nuevo destino. La sensación del que se va ahora es muy diferente a la del que lo hizo hace diez o veinte años. Antes se iba quien quería, adonde quería y de la mejor manera,  ahora se va el que puede, adonde puede y como puede.

Los viajes en autobús de Caracas a Santiago de Chile pasaron de ser una aventura de locos a una necesidad de cuerdos. Los pasajes en avión son demasiado caros para el poder adquisitivo de los emigrantes y ya no hay mucho donde escoger, pues Maiquetía está más cerca de ser un cementerio abandonado que del principal aeropuerto de este pobre país rico.

El tiempo ha sido implacable y no me ha permitido ver al primer emigrante del 2018 sino hasta pocas horas antes de su partida. El primer emigrante del 2018 no lo es por ser el  primero en recibir un sello de salida de este país, sino porque de los pocos amigos que me quedan aquí, él es quien inaugura las despedidas de este año.

En Venezuela organizarse no significa hacer planes, sino tener la habilidad de adaptarse a las circunstancias para cumplir la mayor cantidad de compromisos posibles. A lo largo de una jornada hay que recalcular la ruta a cada rato y, lastimosamente, no siempre se puede hacer otra cosa que aplazar asuntos importantes.

Cuando comenzaba a caer la noche me dieron la cola para la casa de mi amigo, el usufructuario de la azotea con una de las mejores vistas de la ciudad. En medio de una ola de emociones tuvimos que adecuarnos al momento, lo cual por lo menos a mí me sirvió para concentrarme en resolver pendientes que impedían el paso a lágrimas de adiós. Mi paciente y gran amigo tuvo la generosidad de conformarse con un rato en el que mi aporte a su viaje fue lo que mejor se me da: hacer las maletas.

En menos de una hora embalé veintitrés kilos de zapatos, camisas y parte de su vida en una, mientras que en otra sus pantalones custodiaban las botellas de ron necesarias para combatir la nostalgia cada vez que el frío del fin del mundo afecte su fascinante espíritu tropical. Casi no hablamos, yo daba órdenes que él obedecía sin rechistar sabiendo que si terminábamos rápido podríamos subir a ese lugar donde hemos sido tan felices. Mientras él se movía por casa como gallina sin cabeza para acercarme todo lo que le pedía, yo sudaba como si estuviera corriendo en el gimnasio. ¡Lo conseguimos! Todo estaba embalado y podíamos subir tranquilos a la que llamamos terraza.

Hablamos demasiado poco para lo que nos habría gustado. Como siempre, dejamos cuentos mochos que algún día retomaremos. Yo miraba alrededor la espléndida ciudad que me vio nacer y trataba de decirle que me sigue pareciendo la más bonita del mundo aunque luzca sucia y maltratada. Nos abrazamos diciéndonos cosas bonitas, pero no demasiado (para soslayar la tristeza), al tiempo que pasaba por mi cabeza un tráiler de las noches que compartimos comida china, nos reímos, vimos películas y aviones hasta quedarnos dormidos bajo las estrellas que nos custodiaban.

Dice que volverá, pero yo no le creo. Algún día nos veremos de nuevo, de eso sí estoy segura. Y me gustaría mucho que fuera en esa terraza que nunca disfrutarán los vecinos envidiosos incapaces de entender el significado de la amistad más allá de las fronteras, más allá del tiempo y de los silencios. Algún día volveremos a estar todos juntos y celebraremos viendo las luces de nuestra querida Valencia. Algún día.

Buen viaje, mi Ch.

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Gaínza

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Día 21: En la basura

 

Transitar por las calles de cualquier ciudad venezolana es moverse en las entrañas de la miseria. Es difícil no sentir un nudo en la garganta e ignorar el sentimiento de impotencia que sacude a cualquiera que presencia las terribles escenas con las que he tropezado.

Mientras seguía en mi búsqueda constante de alimentos pasé por un conocido barrio de los que alguna vez podían considerarse de clase media. Un barrio normal, con casas bonitas y áreas verdes que han derivado en jaulas para los vecinos, parques donde hay más malandros que árboles, viviendas abandonadas, en venta, o ambas y, como no, una tristeza irrefutable incluso en los árboles.

El barrio que sigue siendo importante para generaciones de ciudadanos que durante la infancia jugaron alegremente por sus calles, ahora es uno de los puntos donde es más evidente la carestía de este país. Señoras pidiendo limosna en los semáforos, niños tocando timbres a ver quién les regala comida, improvisados cuidadores de carros que agradecen más una empanada que unos billetes inútiles… La mayoría lleva los zapatos rotos (si es que tiene) usa ropa sucia y en muchos casos se confunde con los vecinos que aún teniendo una casa propia, una carrera y un empleo, ya no pueden comer más de una vez al día.

Allí, en medio de todo este paisaje podrido con grafitis de “Viva Chávez” estaba una pareja buscando el almuerzo: él agachado escarbaba entre dos bolsas de basura de las que extraía pedacitos de no sé qué que ella,  con una barriga enorme (no sé si de embarazo o de parásitos) recibía de pie.  Ambos se chupaban los dedos y yo los observaba con dolor desde un semáforo en el que no es posible esperar la luz verde porque es mejor arriesgarse a chocar que a ser encañonado.

Seguí mi camino con la imagen de aquella pareja que se alimentaba de basura y me pregunté hasta cuándo esta pesadilla, hasta cuándo Venezuela va a seguir pasando hambre, ¿hasta cuándo el chavismo nos va a chupar la sangre?

Temo que la respuesta es: hasta que nosotros sigamos permitiéndolo. Sin embargo, es muy complicado luchar contra un régimen asesino cuando el hambre amenaza con dejar a un pueblo a merced de sus verdugos, los mismos que llegaron al poder jurando que se ocuparían de “la gente”, “del pueblo”, que acabarían con los pobres. Aunque no puedo decir que hayan mentido, a los pobres los están liquidando y,  al resto del país, también.

Foto:

Kervin García Mannillo

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Día 20: Cachapas solitas

Aquí los días pasan muy rápido. Las colas para comprar, las vueltas por la ciudad buscando determinados alimentos, gasolina, etc., consumen las horas de los venezolanos. Como creo haber dicho en otras oportunidades, vivimos en una diligencia permanente, siempre ocupados buscando algo, siempre llamando a algún amigo para solucionar algún problema. Aquí nada es definitivo, todo se convierte en una sucesión de paños calientes: un neumático usado para reponer el roto mientras se localiza uno nuevo, piezas recicladas de algún carro en desuso para mantener relativamente operativo uno menos destartalado… En fin, soluciones improvisadas para salir de la contingencia mientras se sueña con la llegada del momento en el que todo vuelva a ser como antes.

En medio de las diligencias se me ocurrió comentar el incontenible deseo de comer uno de los motivos que hacen de mi tierra un lugar único: cachapa con queso. Soñaba con una cachapa redondita del tamaño de un plato no precisamente de postre, con un cuadrito de mantequilla fresca y un disco de queso blanco derritiéndose lentamente mientras se me salían los ojos. Mi acompañante comenzó a salivar y fuimos a buscar un lugar para comprar varias, llevarlas a casa y compartir el antojo en familia. Lo normal sería acompañar las cachapas con una ración de cochino frito de esas que obstruyen arterias casi a la misma velocidad con que provocan sonrisas en los comensales, pero mucho me temía que no iba a ser tan fácil.

Después de pasar por dos locales cerrados, uno por vacaciones y otro no sé si para siempre, paramos en uno con unas veinte mesas de las cuales solamente una estaba ocupada (por cuatro mesoneros con cara de aburrimiento). Después de conversar con un encargado tan amable que por suerte hacía sombra a la desagradable e incompetente cajera, el antojo se quedó a medias, no había ningún tipo de queso de los que parecen haber sido inventados para acompañar a las cachapas. Quedaba solamente queso blanco rallado, del mismo que teníamos en casa, así que pedimos las suculentas y grandes delicias de maíz solas, ya nos encargaríamos de completarlas en casa.

Cada cachapa costó veintidós mil bolívares, más del diez por ciento del salario mínimo. Y no crean que este es un plato comparable a la langosta, más bien es un plato simple, humilde, algo que hasta hace no mucho estaba al alcance de todos. Bueno, igual que el resto de la comida.

Comimos en familia intentando no hablar sobre lo increíble que era Venezuela sin queso de mano, telita, queso guayanés o cochino frito. Es como imaginar una Italia sin pizza o sin Parmigiano Reggiano. Al fin y al cabo todo lo que pasa en este país es increíble, aquí cada día la realidad aniquila las tradiciones más modestas y supera con creces hasta la más espeluznante ficción.

Foto:

El fogón de Polo

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