Destino: El paraíso

 

Revisar tus papeles, reponer el neceser, confirmar que tienes por lo menos tres bolígrafos, recogerte el pelo en un moño, llenarte de máscara las pestañas, ponerte las perlas después del reloj, pintarte los labios, anudarte el pañuelo, ajustarte la falda, abotonarte la chaqueta, subirte a los tacones, agarrar tu maleta, volver a mirar tus papeles, guiñarte el ojo frente al espejo, dejar los problemas en el cajón de las llaves, cruzar el umbral de la puerta rumbo a tu próximo destino, y ponerte en MODO AVIÓN.

Esta vez podría ser una isla del Caribe, una ciudad cosmopolita o un lugar perdido que no figuraba en tu mapa de pendientes. Tu destino podría comenzar con un interminable embarque bajo el inclemente sol de agosto o una gélida madrugada de enero. Podría complicarse con retrasos imprevistos, o ir como la seda. Sudarás a chorros, se te congelará la nariz, o cambiarás de colores ante el comentario de un pasajero.

Te sentarás en tu sitio y por millonésima vez repasarás lo que debes hacer para salvar al mayor número de personas en la menor cantidad de tiempo posible. Sabes que te juegas la vida en cada despegue, en cada aterrizaje… Y en crucero también… No lo piensas mucho, no quieres pensar en lo que sufrirían tus padres, tu pareja, tus amigos o tus hijos. Tienes asumidos los riesgos de tu vocación pero te repites a ti misma: a mis amigos no, a mis compañeros no. Si acaso a mí, aunque mejor a ninguno.

En ese tubo de acero con alas caminarás más que un perdido. Con tu pesado carro irás de arriba a abajo y siempre cargada de infinita paciencia y una sonrisa. Entre una carrera y otra encontrarás un vasito lleno de agua, de café con espumita,  o de chocolates de colores para recuperar energía. Pero esta vez será diferente, esta vez no te los habrá puesto él.

Cargarás pesados cajones y esta vez él no aparecerá de la nada para ayudarte con una sola mano. Tendrás una charla amena, pero ya no será sobre palabras raras en ruso… Sentirás su presencia, te girarás en el galley porque te parecerá haberlo visto con ese tamañote donde no cabe su corazón, con esa espalda capaz de soportar el peso del mundo entero si con eso ayuda a un amigo,  con esos brazos siempre abiertos cuando la tristeza azotaba o la alegría ameritaba una celebración… Sentirás al ruso rondando por allí aunque ya no tengas la suerte de disfrutar de su compañía.  Te llenarás de valor, retocarás tu maquillaje y de nuevo saldrás al pasillo sonriendo como la última vez que se vieron. Pensarás que lo tienes cerca porque estás volando, mas no tan alto como él.

Tu ruso favorito sin saberlo tomó un vuelo con destino al paraíso. Le gustaba volar, y tú que también lo has hecho te preguntas a quién no.  Eres una mujer afortunada, una aeromoza afortunada, tanto como quienes tuvieron el gusto de conocerle, aprender de él, de contar con su amistad.

Tu ruso favorito una madrugada triste se convirtió en el más bonito de los polvos cósmicos, el cometario, ese que genera las lluvias de estrellas que se ven de cerca cuando atraviesas el Atlántico. Estrellas fugaces que se hacen dueñas de deseos que muchos esperan ver realizados.

Lo que yo deseo en este momento ya no es posible, tendré que adaptarme a las circunstancias. Deseo volver a volar contigo, así que intentaré aliviar este dolor con la esperanza de que alguna vez cuando me mueva con mi carro por el pasillo, sin pensarlo mire por la ventana y allí estés tú, sentadito en un ala sonriéndome mientras juegas con las nubes.

 

Rafa,  mi ruso favorito, nos vemos en el paraíso…

 

 

A Rafael Gasanaliev y a todos los que un día salieron de casa en modo avión y nunca regresaron.

 

Fotos: Gasanaliev y Gaínza.

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La incoherencia de los hipócritas

 

En el país con refranes para todo tipo de situaciones  – sin importar lo macabras que éstas sean – desde hace quince años vemos cómo la Ley del Embudo se ha convertido en el patrón de muchos hipócritas a los que les duele sólo lo que les conviene.

En Venezuela ocurre un asesinato cada veinte minutos, sí, leyeron bien, CADA VEINTE MINUTOS. Esos son al año más de 25000 seres humanos, casi el doble de habitantes de Jaca (España). Una cifra que en muertos equivaldría a declarar camposanto toda Cortona o Salsomaggiore Terme (Italia), incluso acabar dos veces con Malibú (EEUU), El Hierro (España) o casi tres con Formentera (España). Aquí cada quien  podrá usar su propio ejemplo según lo que tenga más cerca.

Que uno pertenezca a un determinado pedacito de tierra  no significa que tenga que hacerse el loco con lo que ocurre más allá de nuestras fronteras, se supone que en esta pelota estamos para ayudarnos entre todos, aunque muchos todavía no lo han entendido. El caso es que los venezolanos no podemos ser claridad para la calle y oscuridad para la casa. Es decir, no podemos ir de espléndidos cortándonos las venas por lo que ocurre allá donde el diablo batió la gorra mientras nos hacemos los pendejos con el hedor de la sangre putrefacta que corre por nuestras calles.

Aquí no tiene importancia si pienso que a Israel se le está yendo la mano respondiendo a los ataques de una organización terrorista que utiliza a un pueblo como escudo humano, y a la que parece hay que tenerle piedad porque utiliza lo que el tráfico de armas le permite (por supuesto pretendiendo que no les respondan con la más avanzada tecnología bélica). Esta plomamentazón tiene que acabar porque un solo muerto es demasiado independientemente del punto del mapa donde duerme, de si le reza a Yahveh, Alá, Jesús, o como yo, no le reza a nadie.

Sin embargo, no escribo esto para caerle encima a quien ha decidido ponerse a un lado u otro del conflicto, escribo esto porque no soporto más la incoherencia y la hipocresía de esos venezolanos que la semana pasada tuvieron el tupé de salir a la calle a exigirle al mundo que cesen los ataques contra el pueblo palestino, pero se metieron la lengua en el fondo de sus bolsillos cuando el régimen de Maduro respaldó a su amigote Bashar al-Assad, el señor ese que también mata niños que juega garrote y le da con todo a los palestinos en Siria. ¿Qué pasa, acaso esos palestinos son de goma? ¿Es que los palestinos duelen solamente cuando son víctimas de quienes no son panitas del que manda en la tierra del ultrajado Simón? ¿Cómo es la vaina entonces? El pueblo palestino es oprimido pero si lo hace uno que nos cae bien, no importa. Esa es la filosofía de los hipócritas venezolanos que piden para los demás lo que no piden para su propia gente.

¿Cuándo salieron los militantes o dirigentes del PSUV a la calle para exigirle a Hugo Rafael que le pusiera un parao’ a la delincuencia que revienta las morgues venezolanas cada fin de semana? ¿Cuándo le han pedido a Nicolás que acabe con el hampa? Si lo han hecho, me pregunto si fue antes o después de la fiesta con orquesta y todo ofrecida en Miraflores para los “círculos de la paz”, la paz que llega pistola en mano, claro. ¿Cuándo el Gobierno Bolivariano se ha tomado el trabajo de pedirle a su embajador que, como país miembro del Consejo de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas, Venezuela gestione la celebración de una sesión especial de este órgano, con carácter de urgencia para tratar la grave, masiva y sistemática violación de los derechos humanos de la población venezolana? ¿Lo hicieron con los sirios?

Me parece respetable que defiendan lo que mejor les parezca, pero tengan la decencia de ser COHERENTES. No se den golpes de pecho contra Israel mientras le pelan el diente a Al-Assad, no se rasguen las vestiduras por las muertes injustas generadas por misiles como si los baleados cada día en nuestras calles no valieran nada. No me vengan con solidaridad con los palestinos sólo cuando les conviene. Tengan la decencia defender causas justas de verdad, y no de convertirlas en tales a golpe de veleta. Si están con los palestinos ya están tardando en montar la protesta correspondiente contra Siria.

En definitiva, nadie va a tomarse en serio la solidaridad de un país que no se ocupa de quienes día a día padecen grandes desgracias producto de la irresponsabilidad y desidia de sus gobernantes. Poner el nombre de Venezuela en una protesta contra “la opresión en Palestina” no los va a convertir en humanistas ni mucho menos, simplemente va a demostrar lo soberanamente hipócritas que son. Adelante, enróllense el pañuelito al cuello, salgan a protestar por los bombardeos en Gaza, les garantizo que un misil no les va a caer. Y aunque espero que no pasen a formar parte de los 25000 muertos de este año (ni de los próximos) no les puedo garantizar que se salven del plomazo de un malandro. Cada veinte minutos gira la ruleta, y en Venezuela todos salimos de casa sabiendo que con el hampa al igual que con el Kino  “hoy te puede tocar a ti”.

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Lo que pienso de Pablo

 

Será que me estoy poniendo vieja o que he vivido mucho, no sé. Lo único claro para mí es que hay caminos por los que ya he transitado, cuentos que no me como y finales que ya conozco.

No voy a ser yo quien agarre a mi profesor de Geografía Política (sí, Pablo Iglesias me dio clases) como diana. Pongo las manos por delante diciendo que a mí “Pablito” – como le dicen algunos en la Facultad – no me cae mal, es más, me cae bien. Esto no es una cuestión personal. Y no hablo de su ideología, ni de la hazaña que pretenden lapidar los que se creían con el coroto “atado y bien atado”. Hablo de mi profesor;  ese con un programa bien estudiado y definido con un sistema de evaluación objetivo, una metodología correcta que no aburre, una madurez admirable para aceptar críticas,  una cercanía lo suficientemente amplia para romper –sin  generar abusos– la barrera del “yo profesor aquí y tú alumno allí”, y la decencia de reconocer el esfuerzo de quien trabaja una asignatura estudiando y no lamiéndole los pies al que evalúa (cosa que a algunos les gusta muchísimo).

En la vida universitaria uno encuentra de todo, desde prepotentes que creen que sus estudiantes se chupan el dedo y necesitan de un “gurú” que cobra derechos de autor, hasta señores profesores que te retan cada día enseñándote de verdad sin vender propaganda. Cada uno hijo de su padre, y pensando en los primeros muchos dirían que especialmente “de su madre”.  Hasta aquí voy a responder a la pregunta que muchos me han hecho sabiendo qué  he estado asistiendo –cuando el trabajo me lo permite– a clases con esa merecidamente llamada élite de estudiantes de Relaciones Internacionales que se pasea discretamente por el Campus de Somosaguas, el mismo lugar que en ocasiones ha sido escenario de hechos con los que a más de uno se nos cae la cara de vergüenza.

Es probable que muchos de los que comparten mis ideas y la lucha que cada día tanto lejos como “a pata e´ mingo” libro por mi querida y saqueada  Venezuela me caigan encima por decir esto, pero al César lo que es del César, Pablo ha sido un buen profesor y aunque no voté por él ni apruebo su relación con el régimen venezolano, eso no puedo negarlo.  Dicho esto, me toca hablar de la otra cara.

En España hay muchísima gente a la que nos produce más asco ver a través de un plasma el pelo teñido de Rajoy y su barba llena de canas que la melena de Pablo en una tertulia. A muchísima gente que compra calcetines en los supermercados, que sólo va de compras en las rebajas y que no come percebes en Navidad, le es mucho más simpático y cercano el muchacho de camisa blanca enrollada “a la italiana” si va formalito, o camiseta y jeans iguales a los que muchos llevan puestos en la cola del paro. A mucha gente harta de tanta corrupción le seduce la idea de que sangre joven renueve las instituciones de este país. El problema es que no es oro todo lo que brilla…

Creo que Pablo está vendiendo una moto que yo no quise comprarle a otro cuando la inexperiencia podía justificar caer en la trampa. Hay cosas en su programa que me recuerdan a esa mañana de 1998 en la que dije a mis padres “si ese tipo gana yo me voy del país”… El programa de su partido habla de cosas que se pueden poner en práctica en la infinitamente rica república bolibananera en la que Chávez fundó su reino y de la que salí huyendo bajo la incrédula y triste mirada de mis viejos poco tiempo después de esas elecciones de las que todavía estamos pagando las consecuencias. Porque en las colas que rodean los supermercados o los cadáveres baleados en el suelo de morgues que no dan para más, puede verse el resultado de la Revolución Bolivariana.

Creo que es conveniente decirle a todos esos que se están cebando con “el tipo de la coleta” que abran los ojos y sean menos viscerales. A Pablo le acompaña gente con un ego que se alimenta de la confrontación y de los ataques (especialmente de los ridículos). A su partido le favorece que se unan en su contra todos esos periodistas lametones que nos revuelven el estómago, todos esos políticos con un rabo de paja tan difícil de ocultar que se notaría menos si llevaran un cartelito de “corrupto” colgado a modo de letra escarlata, y especialmente todos esos que van de sabios pero que no tienen ni lejanamente los conocimientos de Politología que se adquieren en Somosaguas y más allá.

Entre todo el pelo que Pablo se recoge con una gomita, no hay ni uno solo de tonto. No lo subestimen, tampoco subestimen a la gente que con él trabaja. Podemos es un partido donde hay mucha gente preparada, no serán ellos los que nos hagan bajar la cabeza escuchándoles hablarle al mundo de una “relaxing cup de café con leche”. Hay gente profundamente honesta y con ganas de trabajar duro para contribuir a tener un país mejor, gente que vale mucho, que enriquecería a cualquier partido político y que no está dispuesta a que le vuelvan a engañar. Entre ellos, hay una muchacha a la que conozco bien (la única por la que meto la mano) trabajando de sol a sol y muy atenta a esos que no le gustan en el partido. Una amiga con la que no me voy a pelear por política.  Pero es igualmente cierto que en las filas del partido hay demagogos de esos que se llenan la boca diciendo cosas como que “hasta la llegada Chávez al poder los negros no podían estudiar en las universidades venezolanas” –por nombrar una de las mentiras más absurdas y bochornosas que he escuchado en mi vida–.  No es broma, en Podemos también hay gente a la que le gusta hablar pendejadas,  que no admite la diferencia de opiniones, se toma las objeciones como ataques personales, y que ante la desnudez de sus mentiras optan por jugar las tan desgastadas carticas del fascismo, capitalismo, burguesía, y ese etcétera en el que algunos se  sienten cómodos moviéndose para pescar la mayor cantidad de aplausos fáciles posibles.

Hace justo un par de semanas Luis Carlos Díaz, un joven y reconocido periodista venezolano dijo en twitter: “Hola, España. En política venimos del futuro. Toda mala prensa que hagáis de Podemos se os va a revertir”.  Debo agregar que el futuro del que venimos es vergonzoso, lamentable y miserable, como poco. Créannos, ese no es el camino. Lapidar a Pablo Iglesias gratuitamente no es lo que hace falta para que a Podemos se le caiga la máscara  igual que se le ha caído a muchos más. Déjenlos hablar, dejen que les crezcan los enanos, dejen que tengan que aclarar una y otra vez cada metida de pata, que se los coma la realidad cuando vean que la chequera no tiene fondos. Dejen que la moto pare de echar humo y no arranque, que los numerosos militantes y votantes que realmente valen la pena comiencen a pedir explicaciones y prefieran dejarla tirada antes que llevarla en hombros.

Es inútil atacarles gratuitamente. Y a los votantes les pido por favor que se vean en el espejo de la ingenuidad de un país que creyó que la salida de la corrupción reinante pasaba por firmarle a un lobo disfrazado de cordero un cheque en blanco del banco de los petrodólares infinitos. Porque si se les ha olvidado –y perdón porque sé que me estoy repitiendo con esto–  antes de que destrocen las Canarias, recuerden que España  no tiene ese banco con bóvedas repletas de un inmenso barril sin fondo lleno de petróleo. Recuerden que un país no progresa con habichuelas mágicas en forma de Constituyentes a medida, ni con culpar al capitalismo o al imperio, tampoco de modelos que han fracasado una y otra vez a lo largo de la historia. Tengan mucho cuidado, no caminen a ciegas detrás de nadie, no vayan a volverse locos creyendo que controlar los medios de comunicación va a servir sólo para lo que les dicen y les conviene. Y por favor, por lo que más quieran estén alertas, ni se les ocurra abrirle la puerta a la violencia venga de donde venga,  tener una pistola bajo la almohada no los va a convertir en ciudadanos más libres o autosuficientes, lo más seguro es que el día que quieran usarla, sean ustedes los primeros en tragarse las balas. Hablo en serio, no le abran la puerta a la violencia, nosotros en quince años no hemos podido cerrarla. No crean que exagero, ni caigan en el “esto no va a pasar aquí, España no es Venezuela”. Nosotros ya dijimos lo mismo hace muchos años: “esto no va  a pasar aquí, Venezuela no es Cuba”… Millones de venezolanos votaron pensando en castigar sin saber que esos votos terminarían por castigarnos a todos. No defiendo el bipartidismo, mucho menos la corrupción, simplemente remuevo mucho la cabeza cuando veo que alguien quiere vendarme los ojos.

Que haya gente preparada para relevar a tanto dinosaurio político es necesario para el progreso de un país, pero también es necesario estar atentos y no dejarse deslumbrar por la melodía de un moderno flautista de Hamelín que puede hacer mucho daño independientemente de la ideología. Ningún partido es perfecto y ningún candidato un Mesías. Si Pablo y sus votantes asumen que España no está para experimentar revoluciones fracasadas y caducas financiadas con un dinero que aquí no hay, es probable que le dé un giro importante a su proyecto, un giro que los lleve lejos de la decepción que representa para muchos indignados el fenómeno italiano encabezado por Beppe Grillo, un monstruo mediático que no ha parado de pelearse con el mundo y poco ha conseguido. Pero para eso hace falta por su parte que pare ya de hablar de “la casta”,  y sobran por parte de la prensa fanática los ataques absurdos y exagerados que simplemente le están haciendo el gran favor de pagarle la mejor campaña publicitaria de la historia política española.

Ah, otra cosa, expropiar es robar.

 

Gracias Óscar Yánes, dondequiera que estés…

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Querida Beatriz Montañez:

Debo decir que a mi edad pocas cosas me sorprenden, pero eso no significa que me agraden. Desde que te vi hace años en El Intermedio me pareció que eras una mujer inteligente, cosa que valoro mucho más porque no soporto a los que creen que con ser guapa es suficiente.

Cuando Pablo Iglesias dijo que iba al programa en el que ahora estás, le dije que yo lo había visto una vez y que se amarrara los pantalones. Nunca supe qué pasó, no lo vi pero espero que la entrevista fuera más allá de las tonterías que salvo contadas excepciones caracterizan a esa cadena que de no ser por el puntico en relieve para guiarme en la oscuridad, ya habría desaparecido del mando de mi televisor.

Esta mañana una amiga y periodista venezolana colgó el momento en que el SEÑOR Bertín Osborne hizo gala  de su condición de “venezolano de corazón”, de sentido común y de un gran respeto por los que pasamos o tenemos una familia que padece esa democracia que desconoces y que por desgracia no supiste defender, pues a medida que hablabas caías en eso que los venezolanos llamamos “un arroz con mango” que ni tú misma entendías. La insistencia sin mayores datos hizo mucho por dejar en evidencia tu defensa, situación que los venezolanos definimos con una maravillosa frase: “no aclares que oscureces”.

Obviamente eres libre de defender a quien mejor te parezca, y me extraña que desperdiciaras la oportunidad de averiguar con Bertín Osborne, incluso con Pedro Zerolo – ese programa sí lo vi – sobre la verdadera situación de la democracia venezolana.

En esa democracia hay estudiantes encarcelados en retenes que hacen parecer parques infantiles a los de “Encarcelados”, y no están allí por delinquir sino por protestar. Hay periodistas perseguidos, programas de televisión cancelados por presiones del gobierno (pregúntale al presentador Luis Chataing –el afectado más reciente–) o que no han sido emitidos por la autocensura de las cadenas privadas que quedan. En esa democracia ejemplar nuestras madres tienen que hacer horas de cola para comprar comida, peregrinar por supermercados porque donde hay aceite no hay harina, y donde hay harina no hay pollo. En esa democracia admirable este fin de semana entraron a un quirófano y mataron a dos personas. Sí, a un quirófano querida Beatriz.

Yo no te voy a pedir como Bertín Osborne que vayas a Venezuela, porque para eso tendría que pedirte que contrates a un escolta para que no te maten al llegar como hace poco ocurrió a un alemán que llevaba menos de doce horas en Caracas y al que un charco de sangre lo bañaba bajo el cartel de “BIENVENIDOS” en uno de los mejores hoteles de la ciudad.  No vas a ver demasiado porque para saber lo que pasa en Venezuela hace falta mucho más que moverse bajo la obligatoria seguridad que te proporcionaría tu cadena si te mandara a vivir la experiencia.  Tampoco te voy a pedir que vayas porque tendrías que llevarte en la maleta toallitas o papel sanitario porque es posible que el hotel te lo racione porque no hay, también tendrías que llevarte un par de velas para cuando se vaya la luz, y a lo mejor un garrafón de agua por si acaso se va justo cuando te estés lavando tu maravilloso pelo.

En la maleta además tendrías que meter un montón de medicinas como hacemos todos los que vamos porque hace tiempo de este lado del charco hay redes de recolección de medicamentos para ayudar a diabéticos, embarazadas, enfermos de cáncer y un largo etcétera de pacientes que en la farmacia lo único que encuentran es el cartelito de “NO HAY”.  A lo mejor incluso tendrías que hacer espacio por si alguien te pide el favor de llevarle pañales a algún familiar con niños pequeños.

Conozco a Pablo Iglesias y a más gente de su partido, en Venezuela también los conocen y te aseguro que no hace falta que ofrezcas mil euros para encontrar declaraciones. Tira de amigos en los medios, consulta youtube, podrás hacerte un collar con tantas perlas. Es más, los mil euros no los quiero, puedes usarlos comprando aquí harina de maíz, pañales, leche, medicinas, jabón, toallas sanitarias y los mandas a Venezuela a ver si le alegras el día a uno de esos malagradecidos a los que no les basta la patria para llenarse la barriga o darse una ducha.

Sigo  pensando que eres una mujer inteligente, y como tal supongo que después del programa te habrás tomado la molestia de averiguar si es verdad lo que dijo Bertín en su estilo y quedándose corto porque a pesar de su evidente enfado y de que tampoco debió gritar, no iba con ganas de pelear.

Una cosa más, otro día no te lo tomes tan a pecho. No grites, no te vuelvas loca, no pierdas los papeles, porque más allá de tu absurda e indocumentada defensa lo más absurdo fue tu reacción. Querida Beatriz, los que hemos pegado carreras para poder hacer mercado (la compra) los que hemos tenido una 9mm en la sien, los que hemos perdido a familiares y amigos a manos del hampa, los que hemos sido matraqueados por malandros con o sin uniforme, los que tenemos amigos presos, los que hemos recorrido decenas de cajeros para reunir el rescate de un secuestro exprés, los que hemos tenido que abandonar a nuestras familias, los que no tenemos espacio en los medios de comunicación públicos – y vemos censurados los privados– los que elegimos alcaldes que el régimen encarcela y destituye porque sí, en fin, los que llevamos quince años en este calvario padeciendo las maravillas de la democracia de la que hablas somos nosotros, no tú. No te enerves, aprende de Pablo.

Ojalá se acabe pronto ese régimen tan democrático en el que no podrías darte el lujo de despotricar en contra como – con razones de sobra –  siguen haciendo tus ex compañeros, para que cuando recuperemos nuestro país y nuestra libertad puedas darte el lujo de ir a Venezuela y conocer las maravillas que ahora yacen bajo la miseria que nos inunda y la sangre que no para de derramarse. Ese día los mil euros los pondré yo para que te pegues unas mini vacaciones sin miedo a no sobrevivir para contarlo.

Tal vez debería disculparme por no escribirle una carta a Bertín Osborne, pero prefiero encontrármelo un día para darle las gracias… Sólo espero que no sea en la cola para comprar leche.

http://www.telecinco.es/hableconellasentelecinco/programas/t01xp13/Bertin_Osborne-_Beatriz_Montanez_2_1820730021.html

Video: Telecinco

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Cambio de nombre

 

Venezuela hace quince años pasó de ser el morrocoy de la IV República al que el cachicamo de la propaganda, lo accesorio y lo innecesario llamaba “conchúo”, a un reino con heredero, todos los lujos que los petrodólares pueden comprar, y una corte llena de bufones que en lugar de risa dan ganas de llorar.

Este país sometido al régimen de los mediocres se ha convertido en una especie de gran Registro Civil donde cambiar el nombre de las cosas – mientras más ridículo, mejor – parece ser lo más importante para presumir de lo que se carece.

Pasamos de República de Venezuela a República Bolivariana de Venezuela, como si eso nos hiciera más bolivarianos. Nos clavaron una estrella más en la bandera porque parece que nos hacía más venezolanos. Pusieron al caballo de nuestro escudo a correr para otro lado, el pobre iba hacia adelante y lo voltearon en dirección al  barranco. De tener Bolívar pasamos al Bolívar Fuerte, una moneda que de fuerte sólo tiene el mamonazo que se metió con tanta devaluación. Los Ministerios se multiplicaron y se convirtieron en Ministerios del Poder Popular del blablablá. Se preguntarán qué tienen de poder, pues el de robar ¿y de popular? que es una práctica normal. Al Ávila le pusieron un nombre que ni ellos mismos saben pronunciar, como si llamándose Waraira Repano íbamos a quererlo más.

Los reclusos de las cárceles donde se montan fiestas sólo comparables con las del Palacio de Miraflores – especialmente por la calaña de los invitados – pasaron a llamarse “privados de libertad”, como si eso los salvara del hacinamiento o de las carnicerías entre PRANES y les proporcionara dignidad o por lo menos las tres comidas diarias.

Los programas sociales pasaron a llamarse “Misiones” aunque podrían haberlos llamado “CoMisiones” por todo lo que se desaparece antes de llegar a sus destinatarios.

A las protestas las llaman golpismo. A los golpes de Estado que perpetraron ellos los llaman fiestas nacionales. A los asesinos les llaman “colectivos de paz”. A los opositores, terroristas o magnicidas. A la ineptitud, conspiración. Al robo, expropiación. A la represión, orden. A la tortura, trato excesivo. Al gas verde, gas del bueno. A las órdenes para asesinar, ataques fulminantes. A la violación de la Constitución imponiéndonos un presidente lo llaman “última voluntad”. A un parapeto, auditoría.

La persecución ahora se llama justicia. Los chulos, países amigos. A nuestros negros de toda la vida los llaman afrodescendientes, como si para tratarnos entre hermanos tuviéramos que sacar el ADN de nuestros tatarabuelos. Al engaño mayor, Comandante Supremo. A la violencia, sensación. A la disidencia, ataque. A la libertad de expresión, manipulación o matriz de opinión. A la mentira no le han encontrado nombre – especialmente cuando queda al descubierto –. A la escasez, acaparamiento. A la devaluación, SICAD I, II, III y los que hagan falta. A la falta de mantenimiento de las infraestructuras, sabotaje. A la desgracia, show. A los que salen de sus filas y cuentan cómo se reparten el botín, traidores. A la jaladera de mecate, periodismo. Al descaro sin precedentes lo llaman Consejo Nacional Electoral. A la manipulación la llaman Cadena Nacional de Radio y Televisión.  A la habladera de gamelote, trabajar. A las guerras internas las llaman reestructuración de gobierno.

A la corrupción e ineptitud que pudren nuestras instituciones la llaman revolución bolivariana, como si involucrar al pobre Simón los librara de toda sospecha. Asfixiar a la empresa privada tiene el nombre de ofensiva económica. A la regaladera la llaman solidaridad. A los injustificablemente inútiles los llaman Viceministros.  A los que no son capaces de ganar elecciones los nombran Jefes de Gobierno. A las Fuerzas Armadas, Fuerza Armada Nacional Bolivariana, a la Guardia Nacional, Guardia Nacional Bolivariana ¿Para qué? Para que suene más patriótico lamerle las botas al régimen y matar al pueblo  – su nueva misión –.  Al Estado Mérida (ese de los simpáticos muchachitos andinos) ahora lo van llamar Estado Bolivariano de Mérida, como si cambiándole el nombre consiguieran cambiar el carácter de los gochos.

Con la cantidad de muertos que tenemos cada día, me pregunto qué espera el régimen para llamar a nuestras morgues algo como “Llegadero de las Víctimas de la Revolución Bolivariana” o “Depósito de Cadáveres Comandante Supremo Hugo Chávez”. Y pintarlas de rojo (ya saben, el clásico despliegue de ordinariez) ponerles banderas de ocho estrellas, o decorarlas con ojitos de esos que abundan en las calles de Caracas. O de pronto ponerles un mural del corazón del pueblo tan grande como el dolor de las madres que recogen allí los restos de sus hijos. También podrían instalar cámaras de VTV para que transmitan durante las 24 horas lo que allí ocurre y asignarle su respectivo intérprete en lenguaje de signos para que nadie se quede sin saber cómo se desgarran los familiares que no consiguen urnas en las funerarias,  o lo que es peor, que ni siquiera tienen con qué pagar un entierro.  Estoy convencida de que las morgues de este país son las únicas que merecen que se les ponga en letras gigantes el nombre del principal responsable de esta mortandad. Y como el cinismo y el ego de este régimen malandro es tan grande, seguro que hasta se toman la molestia de hacer una inauguración a ritmo de salsa (el réquiem que le gusta dedicarnos).

A los que hacemos cola para comprar comida o ser atendidos en un hospital, a los que mendigamos en las redes sociales para conseguir medicinas, esperamos horas para ver si nos despachan una bombona de gas, nos quedamos sin agua o si nos llega no podemos beberla porque la que corre por nuestras cloacas parece más limpia y huele menos feo. A los que nos movemos con mil ojos esperando que nuestra mirada no tropiece con el cañón de un arma de fuego, mentamos madres cada vez que se va la luz, perdimos a un ser querido a manos de la violencia, o hemos visto a nuestras familias y amigos desparramarse por el mundo.  Sí, a nosotros que antes nos llamábamos y nos llamaban venezolanos, en el mundo también nos cambiaron el nombre. Nos llaman PENDEJOS por habernos dejado montar la pata. Y a juzgar por el camino que llevamos, aunque muchos nos resistimos parece que otros tantos ya se acostumbraron.

Yo por si acaso dejo aquí escrito que me llamo Yedzenia, no vaya a ser que en medio de una patada de ahogado (de las que cada vez son más frecuentes) un día por decreto todas tengamos que llamarnos Rosinés.

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El primer amor

 

Tienen razón quienes dicen que nunca se olvida. El primer amor se queda con nosotros para siempre como la sensación de libertad que nos llenó de risas cuando volamos nuestro primer papagayo, saltamos enormes charcos en una tarde de lluvia, o lo invencibles que nos creímos cuando nos quitaron las rueditas traseras de la bicicleta.

El rubor del primer beso, el sudor en las manos que tímidas se entrelazaban, las mariposas en el estómago, las horas frente al espejo creando un peinado que nos hiciera sentir más guapos, el envoltorio de chocolate compartido guardado como el mayor de los tesoros, los corazones con iniciales decorando los apuntes de clase, las canciones que parecían estar escritas pensando en esa historia, la delicadeza en cada gesto, la ternura concentrada en una mirada y el corazón latiendo al ritmo de un caballo desbocado. Eso es el primer amor.

El nombre que muchos mantuvieron en secreto para luego ponérselo a sus hijos, la ingenuidad del “para siempre” del “nunca te dejaré” y por supuesto del “eres el amor de mi vida”. Eso es lo que nos ofrecían en los años del todo o nada y del “sin ti me muero” el divino tesoro de la juventud y la inexperiencia del maravilloso mundo que se abría intempestivamente ante nuestros ojos  llenos de una inexplicable felicidad.

Ese recuerdo que yace en algún rincón de nuestra memoria junto con otras joyas que no escogimos al azar es el que tendrán Martina y Michael, una pareja de noviecitos que con catorce años le desempolvan el primer amor al más promiscuo de los donjuanes y a la más ácida de las feministas.

Martina es una niña bellísima con una gracia innata que brilla en esa mirada rodeada de sus primeros experimentos con el maquillaje. Su sonrisa permanente y su dulce voz llenan de alegría a quien la rodea. Tiene una pasión – la gimnasia – con la que acumula medallas, al verla ejecutar cualquier rutina a la orilla de la playa pienso que poco tiene que envidiarle a Nadia Comaneci.

Michael es guapo, muy guapo, un buen chico que pasa por esa etapa en la que gusta parecer malo, juguetea con el humo de algún cigarrillo sin saber que este es el mejor momento para dejarlos en la caja. Se rebela contra el mundo – ¿Si no lo hace a esa edad, cuándo entonces? – pero la verdad es que es un muchachito enamorado que respira sólo al ver a su novia pestañear.

A Martina su mamá no la deja abrirse una cuenta de Facebook, así que como casi todas las niñas de su edad tiene un perfil en Instagram donde a punta de fotos va dejando testimonio de su primera historia de amor.

Hace un par de días que Martina no sube ninguna foto, ahora se encuentra hospitalizada, grave, llena de magulladuras y con su rostro aún precioso en medio de tantos puntos, vendajes, morados e hinchazón. Iba en bicicleta cuando fue embestida de forma violenta y accidental por un auto que la condenó a un verano largo y pesado. Pasa los días sedada para combatir los dolores y casi no se da cuenta de lo que ocurre a su alrededor. Y lo que ocurre es que quienes la conocemos además de sentirnos afortunados por seguir teniéndola entre nosotros y muy optimistas en cuanto a su total recuperación, estamos conmovidos por la fortaleza de ese muchachito que pasa día y noche en una sillita pegado a su cama como si no existiera nadie más en el mundo, como si nada más importara, como si no hubiera un mañana.

Cuando tengan mi edad probablemente ya no sepan nada el uno del otro, sus vidas habrán tomado caminos diferentes y los cientos de fotos que han ido acumulando contarán esta historia casi mejor que ellos mismos. Pero hay algo que trasciende las modas, el tiempo y el espacio, es sencillamente la belleza infinita del amor que en un gesto dulce y desinteresado enseña los adultos eso de lo que erróneamente se desprenden con los años para terminar rememorando en alguna tarde de nostalgia lo que ya no saben expresar.

A Martina…

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¿Y mañana? ¡Ay mañana!

Cuánto han cambiado las cosas desde que Naranjito se coló en nuestros televisores. Allá en el lejano 1982 la Venezuela Saudita iba por el mundo derrochando petrodólares y comprando todo de a pares porque el “ta’ barato dame dos” era casi tan común como dar los buenos días.

Las bolas de Torondoy casi se iban rodando desde Margarita a las neveras de una clase media que daba envidia. Los vuelos privados hacían largas esperas para aterrizar en La Carlota, nuestras misses dejaban boquiabiertos al resto de los mortales alrededor del mundo donde también se estaban formando las mentes más brillantes del país gracias a unas becas que cambiaron la vida a muchos.

No teníamos grandes problemas, había pobreza pero irse caminando a pegar el tercer turno en una fábrica no era buscar la muerte a manos de un atracador. Por las tardecitas todo el mundo se sentaba en el porche con la puerta abierta para que el vecino que quisiera entrar a saludar lo hiciera con solo un empujoncito. Los supermercados estaban llenos de productos de todas las marcas, casi todas nacionales porque lo que se consumía era HECHO EN VENEZUELA aunque tuviera marca extranjera. Nabisco La Favorita, Kraft, Alfonzo Rivas y Cía, Empresas Polar, Aceite Diana, Uniroyal, Rayovac, Heinz, Johnson & Jonhson, Vidriolux, Cerámicas Carabobo, Divenca, Champion, Monaca, Tío Rico, Firestone, Sherwin-Williams, General Motors, Chrysler, Ford Motors, Colgate-Palmolive, Jugos Frica,  y un etcétera tan largo como las caras de todos esos trabajadores que vía control de cambio o expropiación se quedaron en la calle.

Los niños jugábamos en las aceras, podíamos ir solos a la cancha a intentar encestar la pelota, cerrar la calle para jugar chapitas o futbolito, incluso ir a la bodega y con un real llenarnos las manos de chucherías. Los funerales eran debido a una muerte natural, así, como debe ser… Las telenovelas se producían como churros, la televisión no tenía espacio para la mediocridad, nos mostraba las dos caras de la realidad y no había fuerza capaz de silenciar a un periodista.

Parece que hablo del paraíso, y en cierta forma lo era. Venezuela era el país con la alfombra de “BIENVENIDO” siempre limpiecita para recibir a todo el que quisiera vivir en ella, porque lo único que estaba claro es que de allí nadie se iba nunca.

Llegaba España 82 con sus jugadores de pantaloncitos tan cortos que parecerían los del hermanito menor de cualquiera de los actuales, era un evento excepcional – especialmente en un país casi completamente beisbolero – . La emoción era especial porque todos aquellos gallegos que en busca de la libertad y el progreso abandonaron su tierra, por primera vez veían aunque fuera a través de un estadio todo lo que habían dejado atrás. Y ellos, nuestros queridos gallegos y nuestros queridos italianos nos metieron el fútbol en la sangre aunque al principio no le hiciéramos demasiado caso o lo viéramos con una gorra de béisbol puesta.

Naranjito se quedó en mi memoria en forma de esa calcomanía pegada en la puerta de la habitación de mi tío y que llegó casi entera pero marchita a Francia 98, igual que la Venezuela que ese año veía su último mundial navegando en el mar de la ignorancia sobre lo que le esperaba.

¡Qué angustia, qué nervios, qué desesperación! Eso es lo que siento hoy cuando a pesar de la inseguridad, la ruina, la miseria, la corrupción, la violencia, la mordaza, la persecución y la hipocresía, esta tarde el Campeonato Mundial de Fútbol anestesie por un mes a la mayoría de los venezolanos que por indiferencia, comodidad, incluso por “higiene mental” se amontonarán frente a sus televisores para ver a veinte locos corriendo detrás de una pelota, para reír, pelear con el entrenador, despotricar contra el árbitro y convertirse en expertos en chutes, dribles, chilenas, faltas, penales y estadísticas, en lugar de invertir toda esa energía, toda esa pasión en sacarle tarjeta roja al régimen que nos  está goleando en un partido que jugamos en casa con un campo minado de trampas, un árbitro comprado, jueces de línea ciegos, y lo peor, tanto ruido por parte del público pagado para vernos abandonar que hace parecer que hasta nos hemos quedado sin entrenador.

Venezuela juega bonito lo que le pongan, desde tenis hasta metras, y es triste que el partido del tirano tenga tanto tiempo de descuento para que pueda seguir matando y guisando mientras seguimos embobados un mundial que se irá como los otros y del que no volveremos a hablar hasta dentro de cuatro años.

Sólo espero que no se les vaya la luz antes del pitazo final.  Si no se les va, tranquilos, ya lo hará el día anterior, o peor, el siguiente cuando la realidad los despierte de la anestesia…

Eso sí, esa mañana no se quejen y como diría El Terror del Llano: agarren ese trompo en la uña…

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El miedo de los payasos sin gracia

Escribo esto antes de desayunar para intentar soltar la impotencia que llevo en el estómago y que podría causarme una indigestión. Hace un par de días me ausenté de Twitter para alejarme aunque sea un poquito de lo que ocurre en Venezuela y poder preparar dos exámenes candela que tengo en la Facultad donde además de compartir mi vida con muchachos brillantes, también tengo que lidiar con hipócritas que aparentan defender la democracia y la libertad de expresión, pero a su manera, es decir, sin protestarle a los gobiernos de sus amigotes porque eso es golpista.

Al despertar leí que debido a presiones – un eufemismo más para las cotidianas amenazas que ejerce este régimen contra la empresa privada en Venezuela, y no solo –   el programa de Luis Chataing salía del aire. Y para los que no son hijos de las arepas y el jugo de parchita, los ilustro: sacar del aire a Luis Chataing es como si lo hicieran a David Letterman, Jaime Bayly, Adal Ramones o Andreu Buenafuente.

Al régimen venezolano no le gusta el humor – el buen humor – lo que le gusta es una plomamentazón que monte un festival de balas mientras ellos “los del pueblo” echan una bailadita en cadena nacional. Le gustan las lágrimas, por eso organiza funerales a todo trapo para recrearse en el dolor de quien ignoraba que lo peor estaba por venir. A un régimen que no hace nada para que un país duerma como un niño (suponiendo que ese niño tiene el privilegio de usar pañales de los que ya no se consiguen, tomar leche la que ya no se consigue y comer compotas de las que ya tampoco se consiguen) que no brinda seguridad a la gente de a pie porque para ellos la seguridad no va más allá de la proporcionada por los innumerables escoltas que resguardan sus – no precisamente socialistas – carros oficiales, un régimen que en lugar de trabajar se ocupa de montar parapetos magnicidas con la consistencia de un castillo de naipes y que recurre sistemáticamente a un fantasma para despertar simpatías difíciles de comprar a punta de pantalla plana allá donde no llega ni la luz, qué va a querer vernos reír…

Y no, no le voy a llamar gobierno porque hace mucho que estos tipos se auto coronaron con otro nombre. El régimen que creó el Viceministerio para la felicidad y blablablá – como todo lo de ellos – no hace más que demostrarle a los venezolanos a diario que felicidad es eso que sentiremos cuando por fin se acabe esta vaina, lo cual no parece estar muy lejos dado el monumental miedo que están demostrando.

Estudiantes, amas de casa, escritores, modistas, políticos, artistas, periodistas, abogados, vendedores de perros calientes, médicos, mecánicos, humoristas y demás venezolanos decentes son perseguidos por esta legión de payasos que dan pena ajena y si acaso, producen una amarga carcajada por tanta incoherencia, mediocridad, desfachatez e ignorancia de la que hacen gala cada vez que abren la boca.

Luis Chataing no estará – por ahora – en televisión, y los que se acostaban tarde en este país madrugador dormirán un poco más para sintonizar la radio a las seis de la mañana y su equivalente huso en cada rincón del mundo donde lo escuchamos para que además de hacernos sonreír en la desgracia y de decir eso que alborota el prurito a los que “presionan”, también suelte las perlitas de optimismo que tanto necesitamos para aguantar este calvario de indecencia que estamos atravesando.  

Para los simplistas esto no será más que una defensa a un opositor, pero no se trata de defender a Luis Chataing, Shirley Varnagy, Chuo Torrealba, Caterina Valentino y un desgraciadamente largo etcétera; se trata de defender el DERECHO a la LIBERTAD de expresión de un lado del micrófono y la de elegir del otro; un derecho INDIVIDUAL de TODOS y que cada uno debe ejercer como le parece y no como le es impuesto.

Chamo, si antes llenaba teatros vaya buscándose estadios para meter a ese bojote de gente que tiene ganas de oír la verdad de una manera diferente, pues aunque ya no nos la muestren en televisión y por falta de papel los periódicos están obligados a resumirla, la cotidianidad nos la estruja en la cara sin la menor consideración. De escenarios más altos te has caído – nadie puede negarlo –  y con mayor o menor esfuerzo te has levantado para decir algo que nos quitara el susto y nos animara a seguir adelante demostrando que este país lo que necesita es gente que le eche pichón con una sonrisa, no payasos y mucho menos sin gracia.

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Dèjá vu

Cuando uno ha dejado su tierra y por suerte o por desgracia ha vivido durante años en diferentes lugares de mundo que lo único que tienen es común es la lejanía de nuestras querencias, ve muchas cosas, aprende mucho.

Yo vengo de un lugar maravilloso con unas bellezas naturales que dejarían con la boca abierta al más indiferente, un lugar que guardo en mi memoria porque a pesar de regresar con mucha frecuencia, cada vez es más difícil reconocerlo.

Para quien no ha pasado por esto, debe saber que es cierto eso que escucha: no importa lo bien que estés en otro lugar, no hay nada como estar en tu casa. También es cierto eso de que un sitio da igual que otro cuando no se está bien con uno mismo.  Pero no estamos aquí para filosofar sobre los pros y los contras de la inmigración, esa tarea que cada uno la haga cuando le parezca. Hoy escribo porque  hace tiempo estoy viviendo un desagradable “dèjá vu”.

Conduzco por las calles de una ciudad donde cada vez hay más huecos, y si así está el Norte, no imagino cómo estarán las siempre olvidadas del Sur. Un autobús se para de repente en el carril central y deja subir a la gente que le espera. En una oficina pública me siento afortunada por haber dado con la única persona amable y sonriente. Los corruptos se esconden hasta debajo de piedras que al levantarse expelen una putrefacción solo tóxica para quienes cumplen honestamente con su deber. Los cantamañanas aprovechan la ocasión como caimanes en boca e’ caño. La gente comienza a morirse de mengua en los hospitales al tiempo que proliferan las campañas publicitarias de las aseguradoras privadas y los fondos de pensiones.  Los niños se guardan el panecillo que les dan en el comedor del colegio con la esperanza de tener algo que llevarse a la boca a la hora de la cena. El que ha robado por hambre va preso mientras al narcotraficante  o político embarrado se le ponen las alas de la libertad – reforma judicial o generoso y conveniente indulto permitiendo –. Una editorial retira de los quioscos una revista para no hacer un feo al “señorito” que vive de los impuestos de quienes la compramos. Los bancos barren para casa y a los demás que los pise un tren. Miles de jóvenes agarran su CV con carrera, idiomas y muchos sueños, lo meten en una maleta y se van lejos a buscar las oportunidades que su país ya no les ofrece. Los sindicatos son los primeros en trincar lo que pueden y lejos de defender a los trabajadores de una feroz reforma laboral, la aplican como el más despiadado de los empresarios.

Veo gente con miles de razones para sentirse asqueada y sobre todo harta de mantener vagos y trabajar para otros. Es imposible no verme reflejada en ellos, el problema es que no es mi primera vez…

Españoles, pónganse las pilas, hagan caso a quienes ya pasamos por esto. Así era la Venezuela de finales de los noventa, con desempleo, deficientes servicios públicos, arcas “sin fondo” de las que todo el que pudo robó a manos llenas, fórmulas milagrosas y lobos disfrazados de corderos que “pensaban en el pueblo”. Echen un ojito a lo que queda después de la intervención divina del vendedor de humo supremo: Supermercados vacíos, hospitales sin siquiera algodón, morgues repletas de asesinados, funcionarios del “cuánto hay pa´eso”, policías del “no te pongas cómico y dame lo que tienes o vas preso”, periódicos que agonizan, televisoras que se apagaron, estudiantes en cárceles donde sobrevivir es un privilegio concedido por los asesinos con entrada libre al palacio de gobierno.  Familias desparramadas a lo largo y ancho del mundo. Y como siempre, mucho petróleo…

¿No creen en reyes y sí en profetas? Un poquito menos de ingenuidad mis queridos gallegos. No hay milagritos ni pozos sin fondo capaces de mejorar este panorama. Créanme, con tanto ladrón lo peor que le podría pasar a España es tener petróleo o parir ídolos, así que háganse el favor de centrarse en lo realmente importante, y lo realmente importante es no permitir que este país se siga echando a perder. Aprovechen que todavía pueden salir sin miedo a la calle, que con defectos y todo la justicia funciona, y que la Constitución no es papel sanitario.

A veces, mientras estoy en un atasco y veo a los que se creen muy listos adelantar por el que en mi país es el carril más rápido (el arcén) me digo: “Jeje… Pendeja, y tú que creíste que te venías al primer mundo”.

No sé lo que haré, no sé si me quedaré aquí, si me iré a otro lugar o si terminaré volviendo a mi tierra aun a riesgo de que un mal día el plomazo de un malandro con o sin uniforme me perfore la cabeza. Como sea, esa es mi casa, me duele y hago lo que puedo por sacarla de ese hueco miserable donde la han hundido. Precisamente por eso me preocupa que en mi otra casa muchos ciegos por el descontento caminen hacia el mismo barranco por el que nosotros rodamos hace más de quince años.

España, tengo un dèjá vu, y por el bien de todos espero que no dure demasiado.

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Los “otros” de Facebook

 

Cada uno maneja su vida como le parece. Algunos somos más celosos de nuestra privacidad que otros, y parece que las redes sociales han abierto una puerta difícil de cerrar.

¿Por qué permitir en el plano virtual lo que no se permite en el físico? Si alguien se para frente a la puerta de nuestra casa y nos dice: “Hola, quiero ser tu amigo” ¿Le decimos “Ok” y lo dejamos entrar, interactuar con nuestra familia y le contamos nuestra vida y milagros? ¡No! ¿Alguien sería capaz de meter en su casa a un desconocido, dejarlo solo para que se pasee en ella y meta la mano donde le apetezca? ¡No! ¿Entonces por qué hacerlo con nuestra casa virtual, por qué hacerlo con nuestro Facebook?

No voy a reavivar la polémica sobre el ciberacoso, creo que es suficiente con dejar claro que la ruptura de la barrera espacio-temporal no hace de internet el campo donde mediocres, envidiosos, psicópatas o asesinos en potencia puedan soltar todo su veneno diciendo y haciendo lo que les dé la gana. Lo que está contemplado como delito en el Código Penal de cualquier Estado debe extenderse a la red, punto.

Pero más allá de los enfermos online a quienes no hay mayor desprecio que no hacer aprecio, están las sorpresas de Facebook…

Será porque me paseo poco por allí, no soy demasiado curiosa en este aspecto, o porque la privacidad del millonario invento de Zuckerberg es tan cambiante como las opiniones de un adolescente.  Lo cierto es que hace una semana tropecé con una especie de “cajón de sastre”, una carpeta donde van a parar los mensajes que no provienen de mis amigos. Y a los amigos no los entrecomillo porque los que tengo son de verdad, personas de carne hueso que saben cómo huelo y hasta dónde soy capaz de arquear las cejas.

OTROS

El descubrimiento fue de lo más fascinante, más de un centenar de mensajes sin leer y obviamente sin responder desde el año 2008. De la basura me deshice en menos de 24 horas. El calendario de los conciertos que me perdí era mejor no leerlo. ¿Para qué podría servirme a estas alturas ver las giras 2008, 2009 y 2010 de Micah P. Hinson por España, Francia e Italia?

A lo que voy es que no todo es malo. En esa especie de ciberpurgatorio donde jugando al “juicio final” decidí quienes serían los condenados y quienes los salvos, más allá del basurero,  de las tonterías infantiles, de lo que no merece ni una palabra, y de conciertos a los que nunca fui, encontré un tesoro… Muchísimos mensajes de personas que se tomaron no sólo la molestia de leer este espacio, sino de buscarme y escribirme sus sentimientos sobre alguna frase que les conmovió  en un momento determinado. Personas que daban las gracias a alguien que lo único que intenta es expresar lo que sentimos muchos, alguien que cada vez más confirma que no está sola, que no estamos solos.

A todos los lectores –los de siempre y aquellos a los que acabo de terminar de responder– gracias, muchísimas gracias por cada uno de sus mensajes, por cada gesto de cariño, por estar allí del otro lado de la pantalla. Gracias incluso por las bendiciones –aunque no sea creyente– .  A todos ustedes los de las palabras que vale la pena leer y llevaban más de un año atrapados en el limbo de “otros mensajes” de Facebook, gracias y perdón por el retraso.

 

 

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