De espalda

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Y de repente, allí estaba él. Iba en bicicleta, llevaba como siempre el pelo lleno de canas, y pedaleaba con la paz que permite a las conciencias tranquilas disfrutar de la brisa en el rostro que ella no pudo verle. Así lo conoció, así lo vio muchas veces, de lejos, de espalda. Él en su mundo, transitando un camino donde la bicicleta era tan importante, y ella recorriendo otro, a veces paralelo pero distante por ser distinto. Sintió que una vez más iba atrapada en un tren del que no podía bajarse para gritar su nombre, pedirle que la esperara un momento, poder darle un abrazo y hablar durante horas sin que nada más importara.

Recordó cuando veinte años atrás lo vio estacionar la bici en el patio del colegio. Ella que era traviesa pero no mala, murmuraba con dos amigos lo mal que le caía: —¿Filosofía? Seguro piensa que somos idiotas —y por lo menos ella sí que lo era, porque alguna vez la estupidez de la adolescencia tenía que entrar en forma de prejuicio en esa cabeza llena de sueños y canciones de rock. De modo que con la mirada cómplice de los dos compañeros dispuestos a avisarle si alguien venía, y sobre todo, a no venderla en caso de ser descubierta, desinfló la rueda trasera del artilugio que llevaba en el mundo mucho más tiempo que la edad de los tres juntos.  Luego vinieron las risas cuando lo vio irse caminando cojo de una rueda.

No pasó mucho tiempo cuando sus miradas se cruzaron en una clase de Filosofía. No recuerda muy bien qué le preguntó, pero sí que le dio la única respuesta que ella buscaba pero no se esperaba. Ya no le caía mal, él no era idiota ni creía que ella lo fuera, aunque su pregunta trampa demostrara que una cosa es lo que él pensara y otra lo que ella era. Cada día le caía mejor, aún no lo sabía, pero había encontrado un amigo que de una u otra manera la acompañaría el resto de su vida.  Eso es lo que ocurre con la gente importante, por mucho tiempo que pase y más espacio que haya, no se queda en ninguna parte, se va adonde quien la quiere le lleva.

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Después de pensarlo mucho

MORROCOY

 

Se podría decir que es una mujer feliz, tiene juventud, inteligencia y belleza. No todo el mundo tiene la suerte de transitar por la vida contando con las tres cosas. Pero eso ahora mismo no importa, y más adelante tampoco. Son sólo tres cosas que deben lidiar con una marea de defectos.

Está llena de manías que ha ido acumulando durante los años en los que no echar raíces en ninguna parte es su forma de relacionarse con el mundo. Para llegar a sus amores, triunfos y fracasos, siempre necesita el pasaporte. Tiene amigos diseminados en todos los rincones del planeta, a algunos no los ve más que de refilón en alguna actualización de perfil, pero los recuerda casi a diario. Revive con emoción las risas, pero sobre todo rememora el tacto de la piel de cada uno, el pelo con el que alguna vez jugó, y siente cómo en su rostro o en sus labios aún sigue la huella del último beso recibido.

Sueña en silencio -y a veces en voz alta- con el día en el que por fin podrá celebrar su cumpleaños junto a todos, igual que la mayoría de los que como dice la canción, siguen “en la misma ciudad y con la misma gente”.

Cada mañana se levanta pensando en que ha pasado un día más desde aquella tarde cuando salió de su casa rumbo al aeropuerto que la vio marcharse sin saber que ella sería una de las primeras de la gran masa de venezolanos a los que la violencia y el abuso echó a punta de pistola. Se fue llorando lágrimas amargas porque al abordar ese avión en dirección a una nueva vida, dejaba en tierra lo más importante: su familia, su gente, el verde de la montaña que enmarcaba su casa, su programa de radio favorito, el “buenos días” del muchacho que estaba todas las mañanas en el semáforo esperándola con el periódico listo. Dejaba lo que sabía que no encontraría en ninguna otra parte, porque un lugar como ese en el que el destino le regaló nacer no venía repetido como las barajitas de las chucherías que endulzaron su infancia.

Donde vive está bien, tiene amigos, un buen trabajo que le gusta, un carro con el que puede parar en los semáforos sin sentir que se juega los huesos. Sabe que puede ir a cenar sin temor a que se oculte el sol y la noche le juegue una mala pasada. No escribe para avisar que ha llagado bien, a nadie le preocupa porque donde vive las desgracias son la excepción, no la regla. Sabe que si se enferma no se irá a la ruina pagando hospitales privados, ni tendrá que pedir limosna en un autobús para comprarse las medicinas.

Ser soltera y no tener hijos le da la libertad de tomar decisiones sin consultar a nadie porque sólo le afectarían a ella. Sí, cualquiera diría que es una mujer libre y feliz.

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Mangos y arroz con mango

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Venezuela con su tierra fértil a más no poder está poblada de matas de mango en sus cuatro puntos cardinales. Los hay de diferentes tipos, tamaños, colores y sabores. Tanto, que en las autopistas algún muchacho ofrece la exótica tentación de mangos con sabor a piña o a durazno, pues parece que ahora está de moda comer frutas que saben a otras frutas. Son deliciosos, eso es innegable.

Hace unos días el aparato propagandístico del régimen que ya perdió la cuenta de los fantásticos intentos de magnicidio, hizo creer dentro y fuera de nuestras fronteras que la generosidad de Nicolás Maduro es tan grande, que premió con una casa la agresión de una mujer que presa de la desesperación le tiró un mango a la cabeza.

 

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Arepas en el desierto

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Los venezolanos al nacer no somos conscientes de cuánto es rica nuestra tierra. A medida que crecemos nos lo van contando, pero tantas incoherencias impiden que lo entendamos muy bien. Aprendemos que somos afortunados, tenemos playas paradisíacas, selvas impresionantes, cascadas que quitan el aliento, montañas increíbles, llanos infinitos, y un millón de cosas más.

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Cada rincón del país tiene su encanto, hay de todo, tanto que podríamos ser la envidia del mundo. Si queremos nieve, tenemos los picos andinos. Si queremos desierto, sólo hay que rodar un poco para llenarnos el pelo de arena. El sol nos ilumina y calienta cada día, la lluvia nos permite jugar como niños, y esa combinación hace que nuestros campos sean tan fértiles que con muy poco se pueden cosechar frutos deliciosos. El verde de las montañas colorea el cuadro de nuestras vidas, y el inconfundible olor a tierra mojada las perfuma. Como si fuera poco, este país tiene gente trabajadora, alegre, valiente, generosa, bella… Sí, Venezuela lo tiene todo, excepto buena suerte.

 

En la escuela nos enseñaron que teníamos tanto petróleo que casi no se podía contar, pero olvidaron decirnos que el petróleo es lo más parecido a la carne podrida, y como tal, no hace más que atraer a carroñeros. Eso lo descubrimos con el paso de los años, especialmente en los últimos 16 cuando las hienas del Socialismo del Siglo XXI han atacado hambrientas de poder y dinero arrancando de cuajo trozos de esta tierra y exprimiéndole al máximo hasta las tripas. Eso sí, soltando de vez en cuando algún trozo de hueso triturado para mantener callados a esos que no se sabe muy bien si están allí por temor a ser la siguiente presa, o para llegar algún día a liderar la jauría.

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¿Dónde firmo?

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Desde el pasado 20 de marzo y hasta el próximo 9 de abril, Nicolás Maduro pretende recoger 10 millones de firmas contra el decreto de Barack Obama en el que declara a Venezuela como “una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y política exterior de EE.UU”. Un decreto que incluye sanciones como la prohibición de entrada al país, y lo más doloroso para los que se llenan la boca hablando de lo malo que es ser rico, la congelación de los activos financieros de siete altos funcionarios del régimen venezolano involucrados en las violaciones a los derechos humanos. Las joyitas en cuestión son:

  • Gustavo Enrique González López, Director General del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) y presidente del Centro Estratégico de Seguridad y Protección de la Patria (CESPPA).
  • Antonio José Benavides Torres, Exdirector de Operaciones de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB).
  • Justo José Noguera Pietri, Presidente de la Corporación Venezolana de Guayana y excomandante general de la GNB.
  • Katherine Nayarith Haringhton Padrón, Fiscal 50º del Ministerio Público.
  • Manuel Eduardo Pérez Urdaneta, Director de la Policía Nacional Bolivariana.
  • Manuel Gregorio Bernal Martínez, Exdirector General del SEBIN.
  • Miguel Alcides Vivas Landino, Inspector General de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB).

Con una movilización sin precedentes, el régimen ha visitado barrios y trasladado reclusos para que firmen el documento de rechazo a unas medidas que no castigan al conjunto de nuestra sociedad, pero sí a señores que aún no han justificado cómo y a cuenta de qué consiguieron sacar de un país con control de cambio cantidades de dinero que se supone están fuera del alcance de funcionarios públicos.

Como esto no es suficiente para alcanzar 10 millones de nombres y apellidos, el aparato del régimen ha despedido a los empleados públicos que se han negado a firmar, y para colmo, ha obligado a los niños que aún no saben hacerlo, a poner su huella, escribir cartas o dibujar mensajes contra Obama -de quien no es creíble lo de justiciero hasta que deje de comprar petróleo venezolano-.

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Que no nos sorprenda

 

Cuando la muerte nos pasa por un lado vemos pasar el tráiler de nuestra vida. Evocamos momentos que ni siquiera sabíamos que seguían guardados en nuestra memoria. Aparecen caras que hace mucho dejamos de ver, se mezclan alegrías y tristezas. Todo lo importante inunda nuestra mente en unos segundos fugaces que nos hacen creer que llegó la hora.

De pronto sucede algo que nos recuerda lo frágiles que somos, lo fugaz que es la vida y la suerte que tenemos de seguir en este mundo a veces sin saber muy bien cómo, o incluso porqué. Como sea, para hacernos reflexionar basta un frenazo repentino, el estallido de un neumático, un resbalón en el baño, el resultado de una prueba, o cruzarse en el camino de un degenerado.

 

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Aunque sea de visita

Maiquetía

Cuando las canas aún no poblaban sus cabezas, no lo podían imaginar. Eran los dueños del mundo, tenían  lo más importante en sus manos, todo: ganas y juventud. Eran muchachos libres llenos de sueños, llenos de ganas de recorrer el mundo, pero siempre seguros de volver a su calle, a su casa, con su gente.

Para ellos el día de las madres era el segundo domingo de mayo, y el del padre, el tercer domingo de junio. Nunca pensaron que terminarían formando una familia más allá de su esquina del mundo. Nunca pensaron que festejarían un 19 de marzo, el primer domingo de mayo o el tercero de octubre. Nunca pensaron que el momento más feliz de sus vidas lo vivirían en la distancia saboreando lágrimas agridulces.

En una tarde cualquiera las contracciones se hacen sentir, un niño ha decidido que por fin ha llegado el día de abandonar el vientre que lo ha cobijado durante meses. Sin saber las alegrías que va a dar, comienza a moverse hacia a luz.  Sin saber aún cómo funciona este mundo, conocerá sólo a la mitad de su familia mientras la otra tiene que conformarse con recibirle por teléfono.

Allá, a miles de kilómetros miles de abuelos aguantan como pueden el drama de no disfrutar de sus nietos. Cuentan chistes y hablan de cosas bonitas porque las sonrisas de sus nuevos hijos son lo único capaz de llenar de color ese escenario gris en el que se ha convertido nuestro país.

 

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El embajador de la muerte

Este régimen agrede al país con tanta frecuencia que no da tiempo de reponerse de un golpe cuando ya estamos recibiendo otro.  Venezuela se ha convertido en la piñata de la fiesta del chavismo en la que no hace falta celebrar un cumpleaños para recibir palo y palo hasta romperla y descuartizarla a fin de poder sacarle de las entrañas hasta el último de los caramelos negros envueltos en billetes verdes con los que vino de fábrica.

Esa pobre piñata llena de huecos ya no da para más. Son pocos los corotos que le quedan dentro después de años de paliza que bien se han repartido a tandas Hugo Rafael –que se fue dejando al amigo bobo a que pegara por él–  y sus amigotes. Los mismos amigotes que para conseguir invitación supieron ponerse la camiseta roja y practicar con esmero el aplauso de foca para animar al afortunado que a punta de palo, plomo, o de un sablazo –según ellos bolivariano– masacra durante un rato al país que ahorcado con la cuerda de la revolución bonita brota los ojos y saca la lengua bajo la sombra de una mata de mango en la que como caimanes en boca de caño todos los boliburgueses esperan turno y su parte del botín.

A esa piñata llamada Venezuela el palo más reciente –porque desgraciadamente no será el último– se lo ha dado un payaso que hace las veces de Embajador ante la Organización de Estados Americanos. Un payaso de esos mancos de sentido del humor, con la boca grande, la lengua larga y la dignidad corta. Un payaso con una inteligencia inversamente proporcional a la pedantería con la que se mueve creyéndose el dueño del mundo por tener un pasaporte diplomático que en el caso de este régimen no es un mérito, sino una vergüenza porque cualquier inepto –eso sí,  muy complaciente– puede convertirse en jefe de una misión que represente a la cuerda de sinvergüenzas que saquean al país, pues es evidente que de los intereses de los venezolanos se ocupan bastante poco, por no decir nada.

 

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Los vampiros del siglo XXI

AQUÍ MURIÓ UN INOCENTE

Otra vez la sangre corre por las calles de nuestro país, otra vez el luto embarga nuestras vidas, una madre entierra a un hijo, un pupitre se queda vacío, una multitud de sueños desaparece bajo tres metros de tierra… Todo, otra vez.

Este régimen llamado “Socialismo del Siglo XXI” es la versión más cara y de peor gusto que se ha sacado del infierno descrito por Dante Alighieri en la Divina Comedia. Cara por las vidas que se ha ido cobrando desde que su artífice utilizó a jóvenes inocentes que ignoraban ir camino a la muerte en medio de un intento de golpe de Estado todavía hoy celebrado como una hazaña valiente cuando en realidad fue una masacre que tiñó de rojo nuestra memoria. Cara por la incalculable cantidad de dinero que inexplicablemente ha desaparecido de nuestras arcas, y cara por la destrucción de cientos de miles de familias que se han visto obligadas a abandonar el país para salvarse de las balas que todos los días el régimen bautiza con nuestros nombres. Porque fue así como irrumpió Hugo Chávez en la vida de los venezolanos, llenando de sangre nuestras pantallas, acabando con la vida de muchos, poniendo en peligro la de otros, y de paso siendo compensado con un indulto que cada día que pasa pesa aún más sobre los hombros de los venezolanos que creemos en la justicia y la democracia.

GOLPE 4F

Sangre de inocentes es lo que le ha dejado este régimen al país, derramada por doquier a punta de plomo por algún malandro con chapa o sin ella, sangre que parece no valer nada porque no es la que corre por sus venas, y sobre todo, sangre que no conoce de justicia porque las columnas de este descomunal fraude llamado “la revolución bonita” son la corrupción, la avidez, el cinismo y la impunidad.

Ya no les basta con haber saqueado el Tesoro Nacional o despilfarrado las ganancias del periodo más largo de bonanza que haya experimentado el petróleo. Tampoco les es suficiente haber arruinado la industria, acabado con el prestigio de la que otrora fue la empresa más competitiva del mundo, ni mucho menos haber descendido a unos niveles de indecencia verdaderamente grotescos. No, eso es demasiado poco, también han necesitado callar nuestras voces en todos los medios de comunicación, sembrar odio en largas sesiones de cadena nacional, amenazar, perseguir y acosar a todo el que no haya querido humillarse ante sus botas. Y hasta aquí podríamos pensar que es excesivo, pero no, ellos necesitan más, por eso se hacen las leyes a medida, politizan las instituciones, sonríen al narcotráfico, miman a los delincuentes y llevan una vida de reyes mientras exigen al pueblo sacrificios como dejar de ducharse si no encuentra jabón, o adecuarse a un racionamiento que le obliga a hacer largas colas para comprar la poca comida disponible como si viviéramos encerrados en un gran campo de concentración. Bueno, el “como si” sobra, Venezuela es un gran campo de concentración con asesinos pagados de nuestro propio bolsillo para exterminarnos poco a poco y a través de múltiples métodos. Mientras, nuestros vecinos son incapaces de levantar la voz porque tienen la boca repleta de billetes de esos que nosotros vemos sólo en el asfixiante mercado negro que crece al tiempo que se multiplican las propiedades de decenas testaferros más allá de nuestras fronteras. Pareciera que esto fuera mucho más que demasiado, pero no, el Socialismo del Siglo XXI necesita todavía más: calumniar, burlarse, humillar a sus víctimas.

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Trescientos cincuenta y dos

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Dicen que ojos que no ven corazón que no siente, y probablemente eso es lo que pasa en el mundo cuando los venezolanos contamos lo que padecemos. Cuando decimos lo que ocurre en el país parece que contáramos una historia de terror o de ciencia ficción. Nos miran raro, a veces hasta con incredulidad. Piensan que somos presa de los sentimientos y por eso exageramos. La gente no entiende, y es normal, cada vez es más difícil explicar cómo un país tan rico está hundido en la más profunda de las desgracias.

Conseguir que nos crean que un kilo de pollo cuesta al cambio unos 60€, y sobre todo, hacer entender el sistema cambiario venezolano es más complicado que resolver problemas de trigonometría cuando en plena adolescencia las hormonas monopolizan el cerebro. Y si a eso le sumamos el alto nivel de represión a los medios de comunicación que aún no han sido cerrados ni comprados por el régimen chavista-madurista donde cualquier ciudadano puede ser encarcelado por el simple hecho de fotografiar una de las humillantes colas para comprar comida, mientras que los afectos al régimen se autocensuran mostrando un mundo bonito y multicolor como si Venezuela fuera el escenario de un cuento de hadas, la cuestión se convierte en misión imposible.

Las fotos que circulan por la red requieren ser revisadas una y otra vez para poder asegurarnos de su autenticidad, y si no hay forma de comprobarlas o no vienen de una fuente de confianza, es mejor no difundirlas.

 

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