Había pasado un año

 

 

Nadie lo había notado, nadie se dio cuenta pero hacía un año de aquella pesadilla.  El sol había salido y vuelto a ocultarse 366 veces desde aquella vez en que mientras en algún rincón del mundo el hombre de su vida celebraba su cumpleaños, ella estaba a merced de otro recibiendo una paliza como si se tratara de una piñata.  Como en muchos casos no tuvo marcas en la cara, esas que delatan enseguida al maltratador y que son difíciles de explicar a quien las nota.

Pasó una semana encerrada en su habitación, comía de vez en cuando alguna manzana y aprovechaba para ir al baño cuando el agresor estaba fuera de casa. No tenía adonde ir ni tenía familia cerca, todos sus amigos estaban de vacaciones fuera de la ciudad. Tampoco tenía ahorros ni trabajo. Se tomó fotos de las lesiones pero no se atrevió a ir al hospital ni a la policía. Le daba vergüenza que ella, una mujer joven, lista, guapa, tuviera que pasar por semejante humillación. Pensaba que al verla no la iban a acoger en ningún centro y que una vez allí su vida se hundiría cada vez más. Pensaba en todas las mujeres que después de dar el paso igual habían terminado en el cementerio. Pensó que era mejor guardar silencio y no ser una de ellas.

Habló con tres hombres por teléfono, los tres le dijeron lo mismo: “sal de allí inmediatamente”, pero poco más pudieron hacer. Todos vivían a muchos kilómetros de distancia, dos de ellos la escucharon desahogarse y otro le pidió que no le contara más si no denunciaba. Los tres entendían que la situación era difícil para ella. Sin embargo, a pesar de tener un millón de motivos para denunciar la que no era la primera paliza, ella no lo hizo. Se echó a llorar, le dolía todo el cuerpo, sentía el eco del dolor en el cuero cabelludo. Le costaba caminar y al hacerlo recordaba cómo el animal la había tirado por los tobillos y luego le había apretado tan fuerte los pulgares de los pies que perdió las uñas. Esas cosas no se ven, nadie las ve.

Poco a poco todo volvió a la “normalidad”, ella seguía soñando con que en alguna parte del mundo sonreía el hombre que nunca le levantaría la mano, el que aún conociéndola probablemente no sospechaba que ella hubiera pasado por algo así.

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Los que quedaban

 

 

Con el resultado de las elecciones presidenciales de 1998 muchos decidieron hacer sus maletas, y aunque ninguno pensó que el destierro cumpliría la mayoría de edad,  lo cierto es que cada vez ese lamentable aniversario está más cerca.

Al principio los que partieron pensaban que volverían en unos años, no se les ocurrió que terminarían formando una familia fuera, casándose con un banco firmando una hipoteca, ni hablando tan raro que les costaría que les creyeran dónde habían nacido.

 

Salieron deseando que todo volviera a la normalidad en poco tiempo, intentando aprender lo máximo posible para obtener un empleo mejor al regresar, sabiendo que dejaban familia y amigos pero que cada diciembre que fueran de visita encontrarían a todos los que se quedaron. Sin embargo, la situación fue empeorando cada vez más y cada año que pasaba el inventario de emigrados aumentaba de manera espeluznante.

Los primeros en irse sabían que dejarlo todo no era un paseo en un arcoíris, al contrario, era y sigue siendo duro, por lo que el deseo por la mejora del país no sólo era por la posibilidad de volver, sino por evitar que sus amigos se desparramaran por el mundo padeciendo los mismos momentos desagradables.

Desgraciadamente ninguna de las dos cosas se ha cumplido y los desterrados ahora ven cómo se van los pocos que quedaban. Hermanos, amigos, cada uno a un rincón diferente del mundo, el que ofrezca más oportunidades, el que permita dar un futuro mejor a los hijos, uno en el que no haya que buscar excusas porque no hay suficiente comida en la nevera. Lo que les espera es duro, mucho, pero no hay imposibles para quien ha sobrevivido al chavismo.

El alma se cae al suelo y el alivio por la salvación de uno, y otro, y otro… navega en el llanto por estas partidas. Los nuevos inmigrantes avisan en secreto a sus mejores amigos y piden consejo a los que ya dieron ese paso. Nadie debe saber hasta que falte poco y las maletas estén hechas. Es así como hijos recién nacidos dirán su primera palabra en medio de la ausencia de su padre, abuelos ahogarán su llanto en la esperanza de saber que sus nietos viven mejor y madres aliviarán su dolor sabiendo que sus muchachos  se las arreglarán para estar juntos por lo menos en Navidad.

El país se está quedando vacío, las casas desiertas. Se han ido hasta los que creímos que nunca se irían. La necesidad ha llevado a la desesperación que ya ha hecho zarpar a los primeros balseros venezolanos. Ni la imaginación más pesimista pudo imaginar algo así. Es indescriptible la punzada que se siente al ver en qué se ha convertido nuestra casa, es por eso que fantasear extrañando un país que ya no existe a veces la hace más llevadera.

Cada vez son menos los padres que esperan emocionados un reencuentro en la sala de llegadas de Maiquetía al tiempo que se multiplican los que sienten el desgarro de la despedida en la puerta de salidas. Los que se fueron primero saben perfectamente el grosor de ese nudo en la garganta y nada les habría gustado más que ahorrárselo a sus seres queridos, pero no han podido.

Muchos de los que quedaban también se van, queda la esperanza de volver a verlos algún día, tal vez un domingo cualquiera en Morrocoy, con una bolsita de empanadas recién hechas y la alegría de haber despertado de esta pesadilla.

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Venezuela on the Brink

 

Fotos:

Juan Santamans @jcsantamans

Samuel Hidalgo Futrillé

Gaínza

Caricatura:

Roberto Weil @WEIL_caricatura

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La necesidad tiene cara de perro

Un dicho que hace pensar en un perro vagabundo, sarnoso, flaco, sucio, lleno pulgas. Es difícil imaginar algo más triste, una sensación más fea. ¿Qué puede dar más lástima que un pobre perro indefenso y lleno de desgracias? Ya, un niño, pero la imagen es insoportable, por eso preferimos poner un cachorro de protagonista. Aunque también podría tratarse de un perro furioso listo para atacar, con una mirada tan agresiva que obliga a hacer cosas que no se querrían hacer.

Esa necesidad está llevando a mucha gente a jugarse la vida comiendo veneno. Cuando el hambre aprieta, cualquier cosa es buena para calmar los gritos de una barriga vacía implorando aunque sea agua sucia.

http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-36914422

La situación del país está obligando a que cada vez más personas renuncien a comer. No se trata de renunciar a la merienda a media mañana o media tarde como en otros lugares del mundo, eso es vivir en el lujo. Se trata de saltarse una, dos, o todas las comidas principales. De engañar al estómago con un mango, un mamón, arroz, cáscara de plátano sancochado, yuca… Y luego dormir para no sentir más hambre y poder soñar con una mesa bonita adornada con unos aguacates grandes, arepas recién hechas, una fuente llena de carne mechada, perico humeante con su poquito de cilantro, un pote de mantequilla cremosa lista para derretirse lentamente, un plato con queso de mano picado en triángulos cuyas puntas se salgan por los lados, caraotas refritas, tajadas maduras, el aroma a café con leche llenando de alegría la casa y una jarra de jugo de parchita brillando como el sol. El sueño de un desayuno que cada vez parece más inalcanzable.

En esas casas reina el silencio que sólo es interrumpido por el lamento de las tripas y la mirada de los niños que en su ingenuidad intentar sacar leche de unas tetas en las que no hay ni esperanza.

http://www.el-nacional.com/sucesos/ninos-murieron-consumir-yuca-amarga_0_896310494.html

Las exigencias culinarias son inversamente proporcionales al hambre, el “no me gusta” no existe. Se come lo que hay. No importa si es lo mismo de todos los días anteriores, si le falta sal, si está muy duro, si recuerda a la basura de la que se sacó o si es tan amargo como el trago que toca vivir y que ni un vaso de agua ayuda a pasar con facilidad. Se come y ya está, sin dejar sobras porque no se sabe cuándo tocará de nuevo un poco de lo que sea.

Mientras muchos tildan de exageradas las historias que se cuentan sobre lo que ocurre en Venezuela, hay millones de venezolanos que cada vez comen menos, o peor aún, no comen nada. Hay venezolanos muriendo de hambre o envenenados porque la necesidad los llevó a comprar o cortar una raíz que se convirtió en su último bocado. Mientras sinvergüenzas ignorantes siguen enseñando en televisión plantas venenosas como curativas, hay gente pasando hambre de verdad.  Mientras el presidente afirma comer arepas todos los días, hay gente que hace meses no sabe lo que es comerse una, ni siquiera vieja, ni siquiera sola.

Ojalá tanta necesidad con cara de perro no se convierta en una jauría iracunda que termine por saltar al cuello de sus maltratadores clavándole los colmillos hasta que dejen de respirar. Que esta pesadilla no la gane el hambre, que la gane Venezuela, que las arepas no sean un sueño, que no haya que escribir un día “muerto el perro, se acabó la rabia”.

Foto: dogguie.net

 

 

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Hola ¿Izquierda? ¿Unida?

Izquierda Unida

Debería ignorarles o ponerles en el quinto lugar de la lista de temas por los que suelo escribir de vez en cuando, pero sabiendo lo mucho que les gusta eso que en mi tierra llamamos “ser plato de segunda mesa” no voy a darles esa satisfacción, más bien voy a dejar que se lleven todo el protagonismo por el despliegue de miseria humana demostrada en una publicación de hace un par de días donde con la hipocresía propia de sus discursos y un cinismo más bien mediocre se han burlado de las grandes dificultades que atraviesan los venezolanos para comer –da igual si comida basura o saludable.

En primer lugar me pregunto cuál es la dieta de los integrantes de lo que queda de su partido, ese que se vendió por un quinto malo y de paso pagó la cama para poder entrar en el Congreso de los Diputados en las elecciones del pasado mes de junio. Ya sé que el marisco es muy sano, pero claro, queda como feo decirlo en voz alta. Mejor es comerlo calladito en las butacas de business cuando con dinero público de mi país intentaban sacar provecho del humo que en España nunca han podido vender a la mayoría, pues antes que los prepotentes de Somosaguas no pocos ya habían sacado provecho del dinero de los venezolanos.

España es un país donde es imposible escapar de las orillas. No hace falta que uno se identifique con un lado u otro, ya se encargan de hacerlo los demás: si no es con ustedes, a la derecha. Siendo venezolana no crecí en medio de ese veneno de “izquierdas y derechas” por el que tanto pelean de este lado del mundo. Esa división la sembró un hombre que llegó al poder contando una cosa y como es evidente, murió matando al dejar otra bastante distinta. Sin embargo,  esto no es para hablar de la porquería que sembró Chávez, ni de las alabanzas que  casi “rodilla en tierra” ha soltado más de un dirigente de este partido dentro y fuera de sede parlamentaria. No es para hablar sobre cómo se atragantan justificando el sapo de la dictadura cubana, invitan al Parlamento Europeo a condenados por terrorismo, votan contra la defensa de los derechos humanos de los presos políticos, ni de porqué llaman golpistas a los jóvenes que salen a protestar a las calles caraqueñas mientras los que hacen lo mismo en Madrid tienen el derecho de llamarse “indignados”. No, esto es para algo mucho más simple.

http://okdiario.com/internacional/2016/06/11/parlamento-europeo-denuncia-que-venezuela-hay-2-000-presos-politicos-203222

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Lo que nunca sabremos

Hablan a diario con ellos, les mandan mensajes, hacen cita para poder verlos en la pantalla de ordenadores o teléfonos. Preguntan cómo va todo, se fijan en los detalles, sacan información de lo que ven y de lo que ya no ven. No cuentan sus tristezas, ahogan el llanto, la angustia, las miradas que delatan.

No quieren preocuparlos por nada del mundo, sólo cuentan las cosas bonitas que viven y preguntan sin cesar si hace falta algo que puedan mandar. Ellos nunca profundizan mucho, “todo va bien, no te preocupes”. “Tenemos comida, tenemos de todo. No, no hacemos casi cola.” Los prisioneros del “Socialismo del Siglo XXI” intentan a toda costa disimular y convencer de que todo está bien a sus familiares en el extranjero, aunque cada vez están más flacos y ojerosos.

Aparecer de sorpresa en la casa de tu madre y ver que en la nevera tiene solamente agua y un poco de yuca hervida no es precisamente un evento feliz. Ver a tus amigos cadavéricos, perdiendo el pelo a mechones, con quince o veinte kilos menos por la “dieta Maduro” es como si te apuñalaran una y otra vez. Están –con razón– tan preocupados por encontrar comida que las sonrisas han ido desapareciendo de sus rostros para aflorar solamente al recordar aquellos tiempos en los que las panaderías tenían panes de todas las formas y tamaños.

Nosotros no conocíamos el rostro de la miseria, lo imaginábamos cuando los abuelos que llegaron a la tierra de lo posible procedentes de una Europa destrozada por la guerra nos contaban historias terribles y lejanas.  No entendíamos cómo un niño podía pasar el día con un huevo crudo batido con un poco de azúcar. Definitivamente nos quedamos cortos, en nuestro país ni siquiera hay azúcar y quien consiga huevos puede considerarse afortunado.

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Chavismo: una estafa piramidal

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La cantidad de basura que hemos tenido que escuchar los venezolanos en las intervenciones realizadas por algunos de los componentes de este moribundo gobierno, da para establecer una marca propia en el Guinness.

Una cuerda de malandros que creen tener el derecho de permanecer en el poder para siempre, aunque para conservarlo opten por matar de hambre o caerle a plomo a los ciudadanos de este país. Estos malandros que amenazan continuamente a cuanto ser viviente no les lama los pies de forma pública o en la intimidad que requiere poner la “rodilla en tierra” piensan que su poder es tan infinito como los casos de corrupción que nunca se han ocupado de investigar, ya ni siquiera hablemos de resolver.

Estos tipos creen que tienen derecho a pasar factura por los “favores realizados”. Sí, porque parece que las obras sociales financiadas con el dinero que pertenece a todos los ciudadanos de este país –voten lo que voten–  en lugar de  ser un programa, un deber, una obligación del gobierno, son favores, actos de caridad que han sido pagados de sus (ahora millonarios) bolsillos y a los que debemos una grosera fidelidad de por vida.  La revolución que intentan seguir vendiendo mientras esconden la trampa como una experta organización de estafa piramidal, se les va de las manos. La base por fin se dio cuenta del timo, las piezas caen, la estructura se tambalea, y los que pueden desaparecen con lo que han podido sacar gracias al extraordinario sistema cambiario totalmente abierto para beneficio de pocos. La cúpula está en jaque, tiene demasiadas cuentas pendientes como para salir del país sin temor a ser detenida. De modo que intenta estabilizar la pirámide a punta de amenazas  tanto a los empleados públicos como a los beneficiarios de los diversos medios de manipulación del chavismo: viviendas, ordenadores, bolsas de comida… Confirmando de nuevo que más de uno pasó a formar parte de las instituciones públicas por el color de su franela, no por sus méritos académicos o profesionales.

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A ellas…

A ellas que nunca se fueron a dormir sin antes hacer el almuerzo del día siguiente, a las que madrugaron para preparar el desayuno y corrieron para llegar a tiempo al colegio. A las que escondieron videojuegos para evitar reprobados y llenaron de santos los autobuses de las excursiones.

A ellas que esperaban en el sofá con el interrogatorio listo. A las que con mirar de reojo leen el pensamiento. A las que siempre tienen el mejor consejo, curaron gripes y consolaron decepciones.

A las que odian y aman los aeropuertos, a las que han resistido con el nudo en la garganta mientras recogían pedazos de corazones rotos. A las que mantienen intacta esa habitación y siguen cambiando las sábanas por si reciben una visita sorpresa. A ellas que aún no han aprendido a cocinar para uno menos, siguen poniendo otro puesto en la mesa y al llamar a alguien pronuncian el nombre de quien no puede escucharlas.

A ellas que detectan la nostalgia y dan recetas por teléfono. A las que aprendieron a usar internet, a calcular la diferencia de huso e incluso un nuevo idioma para poder hablar con yernos, nueras o nietos. A las que saborean la amargura de un café en el silencio que a ratos interrumpen con bendiciones. A las que se hicieron cargo de perros, gatos, tortugas, guitarras y juguetes.

A las que soltaron una bofetada a tiempo.

A las que cada día demuestran que no hay distancia capaz de quebrantar el amor verdadero. A las que al peinar sus canas no imaginan la vida sin haber traído al mundo a quienes se las han causado. A la paz que da mirarse en sus ojos, al calor que sólo proporcionan sus brazos, a la paciencia con la que enseñaron a dar cada paso, la clemencia con la que perdonaron cada error y la necesaria severidad con la que impusieron cada castigo.

A las que siguen dando lo mejor de sí para criar personas de bien, a las que nunca leen otras cartas de amor. A las que envejecen bajo el sol haciendo cola para comer, a las que temen enfermarse porque saben que no hay medicinas, a las que lloran cuando nadie las ve.

A las que hacen lo posible por cumplir sueños, nunca piden nada a cambio de todo lo que dan y siempre mienten diciendo que están bien.

A ellas así como son, simplemente perfectas para cada uno porque no hay una mejor que la propia. A todas y cada una de las mujeres que pasan el domingo más famoso de mayo combatiendo el dolor de ver a sus hijos marcharse del país con la esperanza de tenerlos pronto de vuelta para por fin compartir de nuevo la mesa con todos a la vez. A ellas especialmente: gracias y feliz día de las madres.

Fotos:

www.maternidadfacil.com

Samuel Hidalgo Futrillé

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Carta al Nicolás que quiere vivir “como el pueblo”

 

Voy a comenzar esta carta con un “buenas tardes” porque está demostrado que usted no es precisamente uno de los millones de venezolanos que madruga para trabajar. Bueno, ni madruga ni no madruga,  usted no trabaja.

Acabo de ver un video con un extracto de una de sus intervenciones en cadena nacional. Comprenderá que me haya limitado a esto, pues no tengo tiempo para perder escuchando en su totalidad el despliegue de ignorancia, hipocresía y prepotencia que hace en cada una de sus alocuciones.

En ese video usted dice que piensa irse a vivir con su mujer a un apartamento de la Gran Misión Vivienda de Venezuela. Supongo que esto lo dice para demostrarle al país que siente y padece lo mismo que todos los demás, y justamente por eso voy a hacerle unas preguntas:

Si su plan es irse a vivir a un apartamento de la  GMVV, díganos cuánto gana y cómo hará para cubrir los gastos. ¿Se mudarán a una vivienda totalmente equipada y sin grietas o a una de esas en obra gris cuyos baños siguen esperando las baldosas prometidas? Díganos dónde conseguirá repuestos para la lavadora o la nevera cuando a punta de apagones se le dañe el motor. ¿Se dedicará la señora Cilia Flores a hacer cola como el resto de personas que cada día peregrinan por los supermercados para ver qué es lo que pueden conseguir para comer? Y cuando salga, ¿lo hará con el pelo feo siguiendo su consejo de no usar secador para ahorrar energía eléctrica?

Si va a vivir “como el pueblo”, ¿a qué hora piensa levantarse para agarrar el agua con la que luego cocinará, limpiará, bajará la cadena de los baños, regará las matas y se bañará? ¿Va a seguir usted las instrucciones de Hugo Chávez y para ahorrar se bañará con una totuma? Si ese es el caso, vaya buscando una tapara bastante grande, porque con lo largo que es y lo ancho que se ha puesto –no precisamente por pasar hambre– dudo que le alcance con un tobo nada más.

Si van a vivir “como el pueblo”, ¿qué piensan hacer con la legión de escoltas que les acompañan a todas partes? Le recuerdo que el pueblo no tiene escolta, no tiene servicio doméstico, ni choferes ni camionetas blindadas. “El pueblo” si tiene la suerte de tener un vehículo que funcione y le permita salvarse de los apretones en el metro o los atracos en los autobuses, sale bastante temprano de su casa con la esperanza de llegar al trabajo sin que se lo trague un hueco en la autopista, sin que un motorizado lo atraque en el primer semáforo y sin que al terminar la jornada le toque volver a pie porque le robaron la batería o los cauchos.

“El pueblo” vive sin un batallón de focas asalariadas que aplaude cada cosa que dice –por más estúpida o irrespetuosa que sea–. “El pueblo” no se pasa los días hablando pendejadas. “El pueblo” trabaja, no sabe muy bien para quién, pero trabaja.

 

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Crecer en un barrio

 

Quien lea esto desde fuera de Venezuela debe saber que un barrio no es la distribución administrativa de un municipio  con calles asfaltadas e iluminadas, semáforos, aceras y pasos peatonales en el que se distribuyen armónicamente las viviendas o en el que se construyen urbanizaciones cerradas. Un barrio venezolano es muy diferente. Cierto, hay muchos con aceras y vías de comunicación asfaltadas, pero la mayoría lo que tienen son calles llenas de huecos, aceras que desaparecen cuando llueve, y un tendido eléctrico que sirve sobre todo de colgadero de zapatos y devorador de papagayos.

Todos tienen su propia historia. Esos barrios fueron fundados cuando los niños podían jugar chapitas, trompos o metras en la calle mientras los adultos sacaban las sillas para ver caer la tarde hablando con los vecinos, jugando dominó, saludando a aquellos que iban o volvían de trabajar… Muchas casas comenzaron siendo un pequeño cuarto construido con tablas y zinc, sin agua corriente ni electricidad, y cuyo suelo era simplemente la tierra sobre la que se había levantando el rancho. Con el paso del tiempo y a costa de innumerables sacrificios, poco a poco esos ranchos se fueron transformando primero en habitaciones con paredes de ladrillo y un techo lleno de agujeros que protegía de la lluvia, pero no lo suficiente como para que escampara primero dentro que fuera. Luego en casas con un techo resistente, suelo de granito, tuberías de aguas blancas y negras, espacios separados y comodidades a la medida del bolsillo que el propietario podía permitirse.

Cuando se vive en un barrio se disfruta realmente de la vida, se crece con emoción. En un barrio todos se conocen, se sabe quién es el bueno y quién no. Se nota quién está pasando trabajo y quién vive un poquito mejor. Allí la vida no era perfecta, pero se podía vivir.

El vecino taxista salía a medianoche para llevar al hospital a alguno que no podía esperar una ambulancia que probablemente no llegaría a tiempo –la carrera se la pagaron cuando pasó la emergencia–. La vecina de la bodega de la esquina era el supermercado más cercano que vendía casi todo lo que cualquier familia podía necesitar, los portugueses de la panadería  hacían los cachitos con los que los muchachos merendaban durante el recreo del liceo. Los mismos muchachos que cada carnaval iban a la playa en una excursión organizada por el chofer del autobús que se ponía en marcha puntualmente cada mañana a las cinco. Esos jóvenes que luego se convirtieron en padres y siguen viviendo en el mismo barrio que ya no es ese donde pasaron su infancia, sino un lugar peligroso donde hasta los techos tienen rejas construidas por el herrero que vio prosperar su taller a medida que los robos iban aumentando.

 

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Un minuto de silencio

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Explosiones, gritos, llanto… Eso es lo que hemos escuchado en los últimos días.

Amenazas, historias, condolencias… También muchas estupideces.

Cuando la barbarie se empeña en bombardear de dolor nuestras vidas, en sembrar el miedo y la paranoia, queda mucho más por hacer que por decir.

Que se acaben las pataletas en los aeropuertos porque hay que pasar repetidas veces el escáner, que se acaben las protestas cuando se le pide el documento de identidad a un menor. Que cesen los insultos al personal de tierra cuando se niega a facturar la maleta que un pasajero acaba de recibir de alguno que “le pide un favor” en la fila. Que se acaben los motines en un avión cuando se genera un retraso debido a que hay una maleta en bodega pero el pasajero no se presentó al embarque. Que se acaben los “esto es una estupidez, una pérdida de tiempo”.

Que se acaben los groseros que se niegan a colaborar para mantener la seguridad de todos, los que piensan que la barbarie del terrorismo les perdonará la vida si hay oportunidad. Que se acaben los políticos oportunistas e hipócritas que por un lado enaltecen asesinos mientras por el otro –y para buscar más votos– prefieren observar cómo los demás intentan hacer algo contra esta plaga.

Que se acabe tanta muerte, tanto dolor, tanto culpar a una raza o una religión como si todos fueran responsables de la despiadada acción de unos pocos.

Que la esperanza consiga colmar el agujero que se ha abierto en el alma de los dolientes.

Que se acaben los minutos de silencio.

Foto: web.

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