En tus manos

 

En estos dieciocho años más de uno –aunque ahora lo niegue o se arrepienta– sabe que este régimen llegó al poder (y se ha mantenido) gracias a su “ayudita”. Esa ayudita consistió en votar creyendo ciegamente en las mentiras que contaron o votar a cambio de un puesto de trabajo o algún otro beneficio. Y quien no ayudó con su voto, lo hizo todos aquellos domingos que prefirió irse a la playa en lugar de al colegio electoral.

Por supuesto, hay una gran parte de los venezolanos que ni por acción ni por omisión ha contribuido al desastre que ahora nos afecta a todos. Son venezolanos que han hecho todo lo que han podido para salir de esta tragedia que se ha extendido como la gangrena en el cuerpo de un país tan hambriento y maltratado como los innumerables enfermos que intentan ganarle la batalla a la muerte en nuestros hospitales, esos ranchos que se caen a pedazos y donde cada día aumenta la desesperación mientras los médicos intentan hacer milagros incluso cuando no hay ni con qué lavar una herida.  

Los errores no han faltado en estos años, las excusas tampoco. Hemos perdido la cuenta de las veces que algunos han “saltado la talanquera” sin la menor vergüenza, nos hemos hartado de promesas que se han desvanecido como el humo de las parrillas que ahora poquitos pueden permitirse un día feriado. La decepción que sentimos es comprensible, llevamos mucho tiempo poniéndole fecha al fin de esta pesadilla: “de diciembre no pasa”, “el 23 de enero se acabó”, “febrero es un mes caliente”, “el 19 de abril es el día”… Llevamos demasiados muertos, demasiados presos, demasiado dolor, demasiado cansancio. La frustración se volvió a casa con los pulmones llenos de gas y los ojos llenos de lágrimas. Parece callada, algunos hasta creen que se ha rendido, olvidan que no hay nada más elocuente que el silencio y que este se romperá cuando haya recuperado la fuerza necesaria para gritar de nuevo, tan fuerte, que Venezuela volverá a oírse en cada rincón del mundo.

Por desgracia no podemos cambiar el pasado, pero sí podemos seguir luchando para cambiar nuestro futuro. Ese monstruo de las diez cabezas llamado chavismo, se resiste, pero no por eso debemos rendirnos. No podemos permitir que el mundo crea que el país todavía lo apoya.

El grupo de narcos que ostenta el poder se las ha arreglado para que sus alcahuetas llenen de trampas un proceso electoral que saben perdido si todos votamos. Porque si estuvieran tan seguros de su triunfo no cambiarían a los electores de sus centros de votación, no retrasarían los plazos, no invalidarían candidaturas, no generarían la confusión a la que han jugado desde el principio, no gastarían tanto en campaña y, sobre todo, no se preocuparían tanto por hacer que no vayamos a votar. La sola insistencia del chavismo por aumentar la abstención debería ser una motivación para votar.

El país está cansado, mejor dicho, el país está arrecho y tiene toda la razón, pero si queremos que el mundo sepa que así es, lo mejor es ir a votar, no facilitarle las cosas a Nicolás Maduro ni a ninguno de sus compinches. Hay que votar, entre otras cosas, para que tengamos la tranquilidad de haber hecho todo lo posible para acabar con esta tiranía. Que podamos vernos al espejo sin que el remordimiento nos diga: chamo, faltó tu voto. Faltó el tuyo que estabas en el país, eras mayor de edad, estabas inscrito, no estabas preso y tampoco enfermo.

Cuando les hables a tus hijos o nietos, diles con orgullo que marchaste, hiciste huelga, firmaste, votaste, volviste a votar, volviste a firmar, marchaste otra vez, hiciste paro de nuevo, votaste, y volviste a votar…   Que cuando te vayas a dormir sientas la tranquilidad de haber hecho todo lo que pudiste para salvar el pedacito de país que estaba en tus manos. Porque si cada uno se hace cargo de su pedacito de Venezuela, muy pronto podremos juntar las piezas y armarla de nuevo.

 

 

Fotos: runrun.es

 

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El engaño del siglo XXI

 

Dijeron que ya no habría pobres ni niños de la calle, basta mirar alrededor para saber el resultado. Dijeron fortalecerían el sector industrial y atraerían la inversión,  por eso expropiaron empresas que ahora están arruinadas.  Dijeron que el sueldo alcanzaría, pero ahora se necesitan más de 18 salarios mínimos para cubrir la cesta básica. También dijeron que podrías revocarlos cuando quisieras, pero pusieron mil trampas y suspendieron el referéndum revocatorio. Dijeron que acabarían con la corrupción, ocultándola bajo mucha propaganda, claro.

Dijeron que eran un ejemplo para el mundo, prueba de ello es la oda al nepotismo y la podredumbre representada de forma extraordinaria por la Contraloría General de la República. Dijeron que gobernarían para todos, pero amenazan, encarcelan, torturan o matan si no piensas como ellos. Dijeron que no faltarían las medicinas, pero hace falta pasar días mendigando para encontrarlas. Dijeron que crearían las mejores universidades, pero de esas casas de adoctrinamiento no hay ni una que valga un medio partido por la mitad, por eso sus hijos estudian en el extranjero.

Dijeron que cuidarían nuestros recursos naturales, pero el arco minero está destrozando uno de nuestros tesoros más preciados. Dijeron que la electricidad fallaba porque no llovía y, cuando llovía, le echaban la culpa a una iguana. Dijeron que acabarían con la oligarquía, la burguesía y el capitalismo, ¿han visto quiénes son, cómo viven, qué comen, los carros tienen, cómo viajan y visten? Dijeron también que Venezuela era el país más democrático del mundo,  pero lo que no consiguieron con votos intentan alcanzarlo con las armas. Dijeron que teníamos la mejor Constitución del mundo, que dentro de ella todo y fuera de ella nada, pero la violan sistemáticamente hasta el punto de convocar sin previa consulta una Asamblea Nacional Constituyente para elaborar una nueva Carta Magna, obviamente a su medida.

Dijeron que acabarían con la inseguridad y la violencia, pero el año pasado murieron casi 28500 personas por esta lacra. Dijeron que los jubilados vivirían dignamente, le llaman dignidad a que la pensión no alcance para comer. Dijeron que el país crecía a paso de vencedores cuando lo que realmente aumentaba era el saldo de sus cuentas bancarias. Dijeron que el Guaire sería navegable y apto para bañistas, pero ahora se burlan cuando alguien tiene que meterse en sus aguas fétidas para poder salvar la vida.

Dijeron que Miraflores sería la sede de una universidad, hasta ahora en lugar de recibir estudiantes, celebran allí sus muertes. Dijeron que habría libertad de expresión, lo saben bien los medios censurados y la larga lista de periodistas vetados, amenazados, robados, perseguidos,  golpeados…

Dijeron que las empresas públicas no darían pérdidas, se referían a las que ya no producen. Dijeron que el abastecimiento estaba asegurado… Previa humillación a cambio de una caja con unos cuantos víveres, claro. Dijeron que acabarían la escasez y las colas, ¿desde cuándo no compras lo que quieres, cuando quieres y donde quieres? Dijeron que el dólar se mantendría a 6,30BsF, olvidaron decir que solamente  para los enchufados que hacen negocio con ellos. Dijeron que controlarían la inflación,  a tres cifras le llaman control.

Dijeron que repudiaban toda tipo de injerencia extranjera, aunque no consideren tal el protagonismo de cubanos o chinos, ni las conexiones con grupos terroristas. Dijeron que no había crisis hospitalaria, prefieren que la gente se muera de mengua en sus camas. Dijeron que el país sería justo y próspero, que apretarían la mano contra el narcotráfico; para demostrarlo, nombraron a un narco Vicepresidente de la República, cuentan con todo un cártel en la cúpula del gobierno y, como guinda para la torta,  los sobrinos de la primera dama arrastran la bandera nacional en una cárcel de Nueva York después de haber sacado innumerables kilos de cocaína por la rampa presidencial del principal aeropuerto del país.

Captura de pantalla (105)

Dijeron que su revolución era humanista. Por eso cada día se multiplican los presos políticos, diariamente reprimen las manifestaciones con armas de fuego que disparan a quemarropa contra quienes se atreven a recriminarles su gran teatro. Dijeron que respetarían la propiedad privada, lo demuestran entrando a las viviendas a golpear y robar a sus habitantes aunque sean menores de edad. Dijeron que eran animalistas, lo dejaron claro cuando dispararon a un pobre perro asustado durante un allanamiento ilegal.

Dijeron que  eran el “corazón del pueblo”, aunque además de utilizar la diversidad sexual como descalificación, no  la consideren parte del mismo. Dijeron que su revolución era bonita, por tal motivo cubren el rostro a los detenidos, piden rescate en moneda extranjera a cambio de no presentarlos ante tribunales militares, se divierten torturándoles con descargas eléctricas, obligándoles a comer heces, cubriéndoles la cabeza con bolsas de plástico, colgándoles de los brazos para que apenas rocen el suelo con la punta de los pies, violándoles con tubos o fusiles…

Dijeron que tendríamos patria, socialismo o muerte. Mintieron en todo, excepto en lo de la muerte.

Fotos:

Web

@mgutierrezphoto

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Sí, sí y sí

Había escrito algo para contar un poco qué significa este domingo para Venezuela. Citaba los artículos de la Constitución que nos amparan para participar en la consulta popular que la dictadura se empeña en censurar y ya no sabe cómo impedir. Comparaba la diferencia entre este momento y cada uno de los obstáculos que hemos encontrado en nuestra lucha por salir de esta desgracia llamada “socialismo del siglo XXI”. Recordaba la cruel espera observando la baranda del CNE, la impotencia que hemos sentido cada vez que pisotean nuestros derechos, el dolor que anida en nuestras vidas desde hace casi dos décadas… Como imaginan, el texto no era nada alegre. No podía serlo porque el país está pendiendo de un hilo y cuando uno se lo está jugando todo siente muchas cosas, pero no alegría.

Decidí entonces abrir otra hoja en blanco, cerré los ojos y me imaginé mañana con mi cédula desperrugida, vencida desde hace mucho y que guardo con cariño porque el momento en el que me la saqué Venezuela era un país con problemas, pero feliz. Me imaginé frente a esa papeleta con tres preguntas y recordé todos los motivos por los que debo marcar tres veces SÍ. Sé que por ahí hay alguno que todavía duda de la utilidad de la consulta popular de mañana, por eso se me ocurrió hacer una especie de tour por las experiencias vividas por los venezolanos en estos años para que al recordarlas cada uno sepa la importancia de cada casilla diciendo SÍ.

Si usted alguna vez ha tenido que participar en una vaca para pagar el entierro o el rescate de alguien, si ha tenido que mendigar medicinas, ha hecho cola para comprar alimentos o los ha pagado muy  por encima de su precio. Si usted se ha visto obligado a hacer trueque de aceite por pañales, se ha ido quedando solo porque sus amigos o familiares tuvieron que irse del país. Si usted tiene sobrinos o nietos que no conoce, años que no abraza a sus hermanos o no le puede dar un beso a su mamá. Si usted ha pasado solo su cumpleaños, si la cena de Navidad le ha acompañado un televisor,  si ha tragado grueso o se ha secado las lágrimas para que no lo pillen con el guarapo aguado desde casa. Si le ha tocado ir a recoger a la morgue un cadáver tiroteado o ha tenido que esconderse para no ser usted ese cadáver. Si ha tenido que pedir dinero para intentar salvarle la vida a un familiar enfermo, si ha recortado del mercado para poner en un potazo. Si hace tiempo no sabe lo que es comer carne, o peor aún, si cada día se le hace más difícil comer. Si no tiene con qué comprarle zapatos a sus hijos o ha dejado de mandarlos a colegio porque no tiene ni para el desayuno. Si tuvo que guardar su título en una maleta para comenzar de nuevo en otro lugar, con suerte, lavando platos. Si le han cerrado en la cara las puertas del su consulado, si le han pedido comisión a cambio de su pasaporte. Si usted no tiene palabras para expresar su repudio por abusos como este:

Si a usted se le hace un nudo en la garganta cuando escucha un “vete para tu país”, si ha tragado gas o corrido por su vida. Si ha tenido que rendir el champú con agua o picado en trocitos el jabón. Si ha sido amenazado, le han dejado sin empleo o le han encarcelado por pensar distinto. Si usted ha sentido escalofrío cada vez que escucha acercarse una moto, si se ha bajado de la camionetica nada más que con lo puesto. Si ha dado gracias a lo que sea, incluso a un malandro que en medio de un atraco decidió dejarlo vivir. Si usted ha sufrido en una cola la inclemencia del sol, la lluvia o la GNB. Si ha visto adelgazar a sus vecinos o ya toda la ropa le queda grande. Si dentro de su nevera o la de otros solamente hay agua y luz, si tiene que levantarse a la carrera para llenar los botes antes que el líquido fétido que sale por los grifos vuelva a irse, si se han dañado sus electrodomésticos debido a los innumerables cortes de luz. Si siente una patada en el estómago cuando ve cómo la impunidad reina en cada esquina, si la vergüenza ajena se apodera de usted cada vez que un vocero de la dictadura abre la boca…  En fin, si usted es venezolano y quiere aunque sea medio poquito a Venezuela, tiene millones de motivos para marcar mañana SÍ, SÍ, SÍ.  Aproveche esta oportunidad.

Hágalo sin miedo. Que cada SÍ suyo se sume al de millones exigiendo el país que merecemos. Hágalo con seguridad y rapidito para que le dé tiempo a otro de hacer lo mismo. Deje las fotos para después.

Este 16 de julio no hay espacio para las excusas, Venezuela merece irse a dormir con el contundente SÍ de millones de venezolanos abrumando a la dictadura.

Este 16 de julio será un día largo, duro y, sobre todo, un día muy importante. Jamás una afirmación será tan contundente. Cuando sepamos el resultado, los rostros de millones de venezolanos y estas líneas serán la expresión de muchas cosas… También de alegría.

Imágenes:

@Naky

Camila de la Fuente (@konzapata @camdelafu)

 

 

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Los últimos héroes

Desde abril cuando comenzó la nueva ola de protestas en Venezuela, decenas de personas han perdido la vida como consecuencia de la violencia con la que Nicolás Maduro y sus secuaces atacan para seguir en el poder de un país que sólo les interesa por el dinero que le ordeñan.

Muchos eran jóvenes con múltiples reclamos a una dictadura que convirtió la nación en un enorme albañal cuya porquería está ahogando a millones de personas. Sus nombres se han sumado a la larga lista de víctimas del chavismo, un proyecto que se presentó como el maravilloso genio de la lámpara, pero se quedó en  humo demostrando su verdadera cara: la gran estafa que poco a poco ha ido despojando hasta de sus sueños a los venezolanos.

Mi papá decía “el cementerio está lleno de valientes”, y tenía razón. Nuestros cementerios y cárceles se están llenando de valientes que, cada día, vencen el miedo a enfrentarse a una cuerda de cobardes capaces de matar para proteger el bienestar de otros asesinos más cobardes aún que dan órdenes desde la comodidad de Miraflores o algún ministerio. Cada vez que se confirma una nueva muerte, la población termina proclamando una heroicidad que debe llenarnos de orgullo a todos. Sin embargo, me niego a que por culpa de este régimen despiadado Venezuela se convierta en una necrópolis de chamos que no llegaban a los 20 años.  Yo no quiero sentir orgullo por muchachos muertos, quiero saberlos vivos aunque nunca lleguemos a conocernos.

Yo no quiero un país lleno de calles con nombres de jóvenes baleados, quiero un país con calles llenas de muchachos respirando, suspirando. Quiero muchachos que estudien, trabajen, rían, se diviertan, se enamoren…  Quiero que se reúnan con sus amigos sin tener que esperar años, que salgan de su casa sin que sus padres teman no verlos regresar. Que trabajen en lo que les gusta, que no se vean obligados a deambular por diferentes rincones del planeta vendiendo arepas o mendigando empleo. Que no tengan miedo a caminar de noche ni que su vida social se desarrolle en funerarias y aeropuertos. Quiero que compren lo que puedan permitirse con su salario sabiendo que si desean más, la forma de obtenerlo es trabajando mucho sin vender su conciencia ni quitarle a otros lo que tienen. Quiero que se enamoren y lo celebren con sus panas, los mismos que luego servirán de muletas para seguir adelante cuando les cueste caminar por la senda del desengaño con el corazón roto. Quiero que crucen las fronteras por placer, no por necesidad. Que hagan colas solamente para los conciertos de sus artistas favoritos, que tengan la piel tostada de tanto ir a la playa o de hacer deporte al aire libre sin que eso signifique volver a casa sin zapatos. Quiero que las vacas sean para fiestas o viajes, no para  pagar rescates, tratamientos médicos ni funerales.

Quiero que se gradúen, organicen parrillas que comerán cuando terminen de pintar las rejas de sus casas cada diciembre,  que mientras pasan su primera resaca juren con una cerveza helada no volver a beber jamás, que hagan bromas con los que se han casado primero y luego con los últimos solteros, que si así lo deciden conviertan a sus padres en abuelos, vayan en patota a un juego de béisbol o aprieten los dientes viendo a la Vinotinto. Sueño con el día en el que se peinen las canas o sonrían por las calvas que alguna vez albergaron melenas bonitas cuidadas con litros de champú. Quiero que tengan la oportunidad de equivocarse y corregir sus errores, que vean salir el sol mientras bailan en una fiesta y no sientan escalofríos cuando escuchen una moto cerca. Venezuela no necesita mártires, necesita a su gente viva. No hace falta una larga lista de héroes sino que saquemos del poder al grupito de cobardes que con arma en mano se creen dueños hasta de nuestra forma de pensar.

Todos los venezolanos tenemos derecho a vivir, a disfrutar de las maravillas que ofrece la fortuna de abrir los ojos cada mañana, a eso que algunos llaman “vivir la vida”. Y esta necesidad no tiene ninguna relación con la vida idílica de un cuento de hadas donde todo es perfecto, tampoco con la repugnante opulencia y despilfarro propios de la banda de malandros que pretende perpetuarse en Miraflores a cambio de acallar con balas o una bolsa de víveres la miseria reinante en el país.  Simplemente exigimos nuestro derecho a vivir sin tener que decidir entre desayunar y pagar el autobús, entre comprar pan o un antibiótico. Nuestro derecho a envejecer sin tener que agradecerle a ningún delincuente que nos haya perdonado la vida.

Es una verdadera tragedia respirar esquivando disparos de todo tipo y que el futuro de Venezuela esté siendo exterminado ante la indolencia de gobiernos que han preferido lavarse las manos y mirar para otro lado, como si al hacerlo la sangre derramada en nuestras calles desapareciera de sus conciencias. Es una vergüenza que el país que albergó a cientos de miles de personas que huían de dictaduras atroces en otras latitudes, ahora se encuentre tan solo viendo morir a sus muchachos o escuchando el ensordecedor grito de dolor que queda cuando desaparecen entre una jauría de uniformados.

Hace unos días el gran Laureano Márquez entrevistado por César Miguel Rondón habló de innumerables venezolanos brillantes que han dejado una imborrable huella en nuestra historia. Es deber de todos hacer lo posible por evitar que la dictadura siga matando jóvenes cuyos sueños se quedaron atrapados en una nube de gas o destrozados por un disparo a quemarropa.

Es nuestra obligación que estos muchachos sean nuestros últimos héroes, que sus rostros no se borren de nuestras mentes y nos obliguen a hacer posible el país que ellos ya no podrán ver, el país que se merecían.

Una Venezuela en democracia es el tributo que le debemos a esos héroes cuyos nombres conocimos de la forma más desgraciada y a los que preferiría mil veces anónimos, pero vivos y sonrientes, celebrando triunfos.

vinotinto

Fotos:

El Comercio

Reuters

Runrun.es

Vinotinto Sub20

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La marcha del hambre

 

Los tarifados del régimen dirán que es una exageración, que en Venezuela no hay hambre y las colas en los supermercados es porque hay dinero de sobra para comprar. Ya saben, como en cualquier país del mundo donde los ricos hacen cola en los supermercados para comprarlo todo simplemente porque pueden permitírselo.

Rayma

La marcha de las ollas vacías o marcha del hambre no es solamente la de familiares de niños desnutridos internados en esas barracas en las que se han convertido nuestros hospitales, tampoco la de las personas que se han visto obligadas a buscar entre la basura algo para comer. Es la marcha de aquellos que ven cómo el salario no les alcanza para cubrir dos baldas de la nevera, la de los que tienen que recurrir al trueque para conseguir alimentos básicos en cualquier hogar, la de los que deben recorrer decenas de supermercados o cientos de kilómetros para comprar la comida que no consiguen en su barrio, la de quienes han visto disminuir las porciones en su plato, las de quienes saltan una o más comidas al día, la de los que dan de desayuno a sus hijos un vaso de agua con azúcar o los mandan a la escuela con un mango para la merienda. La de quienes escuchan a sus tripas protestar con el mismo murmullo que hacen las ollas cuando ya no queda nada en el fondo.

Es también la marcha de quienes no pueden seguir la dieta especial necesaria para determinadas enfermedades, la de quienes ya no tienen ni sobras con qué alimentar a sus mascotas, la de aquellos que han sufrido una drástica bajada de peso mientras la cúpula del régimen exhibe sin vergüenza una barriga reflejo de la asquerosa abundancia a expensas de millones de personas.

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Marchan quienes tienen que conformarse con comerse una viuda porque ni siquiera es posible salpicarle un poco de mantequilla, los que esperan que la corrupta GNB no se quede con los envíos hechos por familiares en el extranjero, también aquellos que con toda la impotencia del mundo alguna vez han tenido que acudir a un bachaquero y pagarle diez veces o más lo que cuesta realmente un producto de primera necesidad. Es la marcha de quienes han tenido que cerrar sus negocios porque no pueden hacer frente a los continuos aumentos de sueldo que decreta Maduro al tiempo que congela los precios.

La marcha del hambre es la de los que tienen la mitad de sus ollas llenas de agua porque no saben cuándo les cortarán el servicio, y mucho menos cuándo se lo restablecerán, la de quienes hacen lo que está a su alcance para ayudar a los demás. La de los que han aprendido a picar la mitad de la mitad de la mitad.

Esta marcha debería ser también la  de esos que disparan a quemarropa para defender un régimen al que no le importa que salgan a la calle apenas con desayuno ni que duerman en el suelo reventados por el cansancio. Debería ser la marcha que abra los ojos a los uniformados que reprimen sin piedad a personas que pasan las mismas penurias que ellos. Debería ser el momento de dejar de cometer crímenes creyendo que podrán evadir su responsabilidad.

La de hoy es la manifestación de quienes no saben cuándo por fin podrán trabajar para algo más que medio comer, la de los que sueñan con entrar a un supermercado sin hacer cola, sin carnet de partido, sin cartilla de racionamiento y encontrar estantes llenos de todo tipo de víveres asequibles sin la vigilancia de ningún militar corrupto.  Es la marcha de todos los que saben que si el régimen chavista sigue en el poder, llegará el día en el que las calles pasarán de ser el escenario de la lucha por la libertad a una gran fosa común en la que irán cayendo uno a uno venezolanos extenuados de tener la barriga pegada al espinazo.

La marcha del hambre es la de todos los venezolanos hambrientos de libertad, justicia, seguridad, medicinas…  Y también de pan. Porque de este circo macabro protagonizado por asesinos con su decadente función desde 1998 ya estamos hartos.

Fotos:

Reuters

La Patilla

Reuters

 

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Venezuela no está sola

Este domingo en Madrid se llevó a cabo una vez más una manifestación de venezolanos que rechazamos la dictadura que azota nuestro país. Como en otros lugares del mundo, la diáspora se pone en acción para que nuestros vecinos escuchen y se unan a nosotros en un reclamo que debería ser común para todos: la defensa de la libertad, de los derechos humanos, el repudio a la tiranía, la corrupción, la violencia y el narcotráfico.

Llegué temprano y me senté en un banquito de la Plaza de España a observar a la gente que iba llegando, a estudiarme el texto que había redactado fundiendo las ideas de la organización, las mías y las de uno de tantos venezolanos que cada día se levanta con la firme convicción de no ponerle a la dictadura el país en bandeja.

La marcha  salió de la mencionada plaza subiendo por la emblemática Gran Vía. Luego giró en la calle Alcalá hasta llegar a la Puerta del Sol, el lugar donde millones de personas alguna vez han derramado lágrimas de alegría o tristeza bajo las agujas del reloj que cada primero de enero indica que un nuevo año ha comenzado. Una marcha pacífica como todas las que se hacen en Venezuela, pero con una abismal diferencia, aquí marchamos sabiendo que la policía está para protegernos, no para reprimirnos tirando a matar.

Lo que sigue son las palabras que leí minutos antes de comenzar a caminar.

Cuando me preguntaron si podía leer hoy un manifiesto, la organización me dio un texto con sus ideas y propuse las mías, pero sentí que hacía falta algo más, que debía hablar para los venezolanos que estamos hoy aquí, pero también para los que están llevando gas y plomo en nuestras calles, por eso me puse en contacto con uno de ellos. Muchos de ustedes lo conocen, se llama Luis Carlos Díaz , a él le pregunté qué es lo que necesitan de nosotros.

Para el mundo no es un secreto que la “revolución bolivariana” ha sido un fracaso absoluto, una de las mentiras más grandes que llevó a un país entero a un precipicio de miseria, violencia y corrupción que parece no tener fondo. Por ese barranco hemos rodado todos, por eso la lucha de los venezolanos no es de derecha ni de izquierda, tampoco de ricos contra pobres. Quienes están manifestándose en las calles de nuestro país no son golpistas. Esto no es un golpe de Estado, al contrario, es una lucha pacífica de ciudadanos contra una dictadura.

Los manifestantes que están en Venezuela necesitan que les demostremos que no están solos, que estamos con ellos, que somos ellos. Pero que seamos ellos de verdad, no un ratico ni nada más por Instagram. Necesitan que seamos ellos todo el tiempo.

Nuestra obligación como venezolanos es rescatar la democracia en nuestro país, luchar hasta conseguir que vuelva a ser un Estado de Derecho, es decir, un país donde se respeten las leyes, las instituciones, donde los funcionarios públicos estén al servicio de los ciudadanos, no de ningún partido político ni de quien ocupe Miraflores. Un país donde los medios de comunicación públicos sean eso, públicos, de todos, no de un grupito dominante, y donde los medios privados o públicos, al igual que todos los ciudadanos gocen de un elemento fundamental de la democracia: la “libertad de expresión”, un derecho tan pisoteado en los últimos tiempos que el periodismo se ha convertido en una profesión de alto riesgo. Bueno, vivir en Venezuela es ya correr un alto riesgo. Caminar por las calles de nuestro país, buscar comida, intentar hacer lo que cualquier persona alrededor del mundo considera una vida normal, para los venezolanos es retar a la muerte.

Tenemos que rescatar el país para todos, especialmente para los jóvenes que cada día se enfrentan a la tiranía de Nicolás Maduro y sus cómplices. Tenemos que rescatar el país porque se lo debemos a todos esos muchachos que buscando un futuro mejor, perdieron la vida a manos de asesinos con y sin uniforme. Por los presos políticos, por aquellos que han sido torturados y/o amenazados, por quienes están siendo juzgados en cortes marciales, por quienes están pasando hambre o se ven obligados a mendigar medicinas, por los millones de familias separadas en los diecinueve años que lleva esta pesadilla, y también por nosotros, por quienes tuvimos que hacer las maletas un día y cruzar la frontera con el alma dobladita entre ropa inadecuada para otros climas y cajitas de Toronto para aguantar la nostalgia.

Nosotros somos ellos en el mundo y ellos son nosotros en Venezuela. Esto significa que debemos hablar de nuestro país, ser pacientes cuando nos pregunten qué es lo que pasa y explicarlo aportando datos, ayudar a difundir la información sobre lo que está ocurriendo día tras día (ojo, INFORMACIÓN, no cadenitas con notas de voz del primo del tío de una ex compañera de clase que trabaja en X). Debemos desenmascarar al aparato de propaganda chavista, buscar ayuda, mantener el contacto con quienes están allá, no abandonar a nuestra familia y amigos. Llamarles aunque sea para que se desahoguen contándonos cómo se sienten. Dejar de buscar excusas para asistir a una concentración como ésta. No vale decir que está lejos, en Venezuela nuestra gente camina kilómetros porque le cierran el metro o le bloquean las autopistas. No vale excusarse en el calor ni en la lluvia, en Venezuela protestan incluso cuando llueven bombas y se hace cola en el supermercado aunque esté cayendo el diluvio universal.

Nosotros somos ellos aquí, ellos son nosotros allá. Tenemos que ser ciudadanos ejemplares, responsables, cumplir con nuestras obligaciones, ser los mejores en cualquier cosa que hagamos. Debemos tener claro que por donde caminamos somos un tricolor con siete estrellas y aunque no la llevemos puesta, todo lo que hagamos afectará esa bandera. Huir de la sombra de la viveza criolla que tanto daño le ha hecho a nuestra tierra. Debemos ser generosos en la medida de nuestras posibilidades y  también humildes para reconocer cuando necesitamos ayuda. Tenemos que echarle pichón y prepararnos para acompañar a nuestros compatriotas en los tiempos que vendrán, porque duele decirlo, pero vienen tiempos peores y necesitarán toda nuestra ayuda.

No están solos, no estamos solos. Los venezolanos estamos desparramados por el mundo, pero unidos luchando contra una dictadura. Nosotros somos ellos aquí, ellos son nosotros allá.

 

 

 

 

Gracias a Manuel Rodríguez por ofrecerme la oportunidad de hablarle a mis paisanos y a @LuisCarlos por sus palabras y paciencia.

 

Fotos:

TGM

Agencia EFE

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No habrá paz para los enchufados

NO HABRÁ CARTEL

Una de las grandes frustraciones de la diáspora venezolana es no poder estar en las calles de nuestro país protestando junto a todos los demás. Es inexplicable el dolor que se siente al ver cómo esta dictadura intenta diezmar a la población a través de formas tan perversas como: dispararle bombas a quemarropa, obligarle a tirarse a la cloaca más grande del país para no morir tiroteada, negarse a abrir un canal humanitario para mitigar la escasez de comida y medicinas, atacar hospitales y viviendas, juzgar civiles en tribunales militares, utilizar las tanquetas como aplanadoras… En fin, una sanguinaria pesadilla.

Es aterrador estar en medio de semejante situación. También es tremendo vivir en cualquier lugar del mundo con la angustia de perder a un ser querido a manos del hampa, o lo que es lo mismo, de la dictadura. Es una tortura no poder tomar el primer vuelo con destino a Caracas para enfrentar allí las feroces cargas de gas, balas y metras con las que violando el derecho internacional, uniformados y paramilitares atacan sin piedad a un pueblo hambriento de alimentos, justicia y democracia.

Aunque no éramos capaces de imaginar tanto sadismo, las acciones de Nicolás Maduro y demás represores han dejado de sorprendernos. Pero como no estamos en los años treinta, tampoco al otro lado del Muro de Berlín (por más que lo parezca), ni mucho menos en la época en la que los petrodólares compraban amigos alrededor del globo, ya no es tan fácil tapar el sol con un dedo. Una de las ventajas de vivir en el siglo XXI es el poder de Internet, la herramienta que rompió la barrera espacio temporal y nos permite saber en tiempo real lo que de verdad está pasando en Venezuela, convirtiendo en insuficiente todo el inútil sistema de medios de comunicación al servicio del tirano.

La propaganda que habla de un gobierno extraordinario, con un sistema de salud envidiable, tan preocupado por la alimentación de sus ciudadanos que les hace llegar cajas de comida a sus casas, un sistema educativo que como churros produce egresados en lo que sea, y que enarbola la bandera de un patriotismo exacerbado en pie de lucha contra un montón de guerras imaginarias declaradas por un imperio que casualmente no ataca a ningún otro país de la región, es la misma que con patriotismo y todo se va al carajo cuando los grandes defensores del chavismo son sorprendidos haciendo la compra en supermercados de Oranjestad o Miami, cuando pasean alegremente por las calles de Madrid, París, Ginebra o Nueva York. Porque las virtudes del chavismo deben vivirlas obligatoriamente millones de venezolanos, especialmente aquellos que hurgan en la basura para engañar al estómago, pero no los hijos de Hugo Chávez, Jorge Rodríguez, Diosdado Cabello y un sinfín de sinvergüenzas que, salvo el desfalco hecho al tesoro nacional, jamás podrían mantener con guardaespaldas y todo a su prole en países capitalistas tan caros y distantes de la “revolución bonita”.

Demostrando su prepotencia (además de una gran falta de inteligencia) los voceros de la dictadura se permiten dar charlas sobre derechos humanos en lugares tan remotos como Aranjuez, mientras en diferentes regiones del país asesinan uno tras otro a jóvenes manifestantes.  Sabemos que las misiones diplomáticas de Venezuela no son más que sucursales del chavismo destinadas a la propaganda que con ayuda de muchos interesados pagados durante años con dinero público, intentan esconder lo que realmente ocurre en nuestro país. Son innumerables los pasaportes diplomáticos que con el sagrado nombre de nuestra Venezuela han sido utilizados para privilegiar a personas cuyo único “mérito” es ser familiar o amigo de algún miembro del régimen,  y hasta el peluquero de la hija de Hugo Chávez. Tan evidente ha sido la corrupción durante las dos últimas décadas, que los únicos que justificadamente se encuentran en el extranjero, son los dos sobrinos de Nicolás Maduro que están en una cárcel de Nueva York por planificar el traslado de 800Kg de cocaína (sí, ochocientos kilos) en un viaje que, por supuesto, no hicieron en burro.

Es cierto que los hijos no son responsables de los crímenes que cometen sus padres, pero si hacen la vista gorda sabiendo que con el salario de un funcionario público venezolano no se puede pagar una vida de opulencia y despilfarro, dejan de ser inocentes para convertirse en cómplices. Son tantos los “revolucionarios” que gozan de una vida maravillosa en el extranjero mientras los verdaderos dueños del dinero hacen largas colas para poder comer, que es imposible pasar desapercibidos, y más aún cuando no hacen otra cosa que vanagloriarse de los lujos que gozan gracias a los litros de sangre vertida a lo largo y ancho del país. Es por eso que cada día en diferentes puntos del mundo los enchufados son increpados por venezolanos que tuvieron que salir del país que destruyó esa mafia llamada chavismo. Es por eso que suizos, australianos, belgas, etc., se sorprenden al ver en sus tranquilas calles a personas gritando de dolor exigiendo explicaciones a una cuerda de parásitos que sin la menor vergüenza ríen mientras los hogares venezolanos están de luto.

De Venezuela hemos salido alrededor de dos millones de personas, muchos médicos están trabajando de repartidores, ingenieros de taxistas, contadoras como servicio doméstico. Muchos trabajan durante largas jornadas para poder sobrevivir y tener aunque sea 50 dólares con qué comprar comida a la familia que dejaron en Venezuela. Muchos otros tienen empleos mejores y se pueden permitir una vida menos dura, pero eso no calma el dolor de haberlo dejado todo en la tierra que nos vio nacer y donde a pesar de sus imperfecciones éramos felices hasta que un grupo de delincuentes la llevó a la ruina. Precisamente esa gran diáspora generada por el chavismo seguirá gritándole a todos los enchufados lo que son. Seguirá avergonzándolos en cualquier parte del planeta para que sus nuevos vecinos y amigos sepan cómo llegaron a vivir como viven, cuánta sangre se ha derramado para mantenerlos, de dónde sale el dinero para guardaespaldas, vacaciones y compras. Y lo haremos no solamente en perfecto castellano, sino en inglés, italiano, francés, alemán, árabe o cualquier otro idioma del país donde ustedes viven por capricho y los demás por necesidad. Los increparemos hasta que el aire que respiren les huela al gas con el que atacan las protestas, que lo que coman les sepa al agua del Guaire, la imagen de los cadáveres o el eco de las balas invadan sus sueños, hasta que bajen la cabeza por haber parrandeado a costa del sufrimiento de millones de personas y sientan náuseas por llevar en sus venas sangre de asesinos.

Asuman que este es el impuesto por disfrutar de dinero mal habido, que no encontrarán rincón del mundo donde esconderse de la justicia, que no habrá día en el que caminen sin temor a ser repentinamente perseguidos por un venezolano gritándoles lo que son. Sepan que no habrá paz para los enchufados.

Videos y fotos:

@RCTVenlinea

@ReporteYA

@CaterinaV

Web

 

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Decepción

Foto zocalo

Hace tiempo alguien me escribió diciéndome que el infierno que leía sobre Venezuela no era tan malo, pues allí hay felicidades y tristezas como en cualquier parte de este planeta. Dijo que la militancia política le harta, que dicho hartazgo venía de tanta gente en la misma onda de hablar de los mismos asuntos en una quejadera que se hace infinita y que no le agrega nada positivo al acaecer. Para él, «existe un país con un día a día cada vez más tapado por el discurso politiquero de dos bandos que torpemente han asumido una realidad dividida. Unos empeñados en hacernos creer que hay un sistema justo y otros del bando que les molesta la felicidad que tenemos que construir sin salir del país. Y en medio de los simplistas y escamoteadores discursos en los que unos apuestan a que todo está bien y otros lo contrario, viven los que se cansaron de ambas apuestas».

No le gusta leer sobre  lo que considera «el manido tema de la pobre Venezuela».  Para él es una decepción, pues «hablar del gobierno del país es un tiro al piso, demasiado fácil sobre todo desde fuera».

Al principio quise aclararle que contar lo que pasa en el país no es militancia política, simplemente es decir la verdad. Supongo que cada quien cuenta la historia según le va y, no cabe duda que quien esté enchufado a las filas del chavismo tiene una versión idílica de la situación venezolana, pero para mí y para casi todas las personas que conozco dentro y más allá de nuestras fronteras es sencillamente un infierno, así, sin atenuantes: un infierno. Cuando alguna vez sus palabras vuelven a mi mente intento entenderlas, pero no he podido.

No hace falta explicar que en Venezuela no hay dos bandos enfrentados, sino un régimen asesino que hostiga a un país que no lo quiere porque está harto de tanta sangre y miseria. Ya no hace falta, salta a la vista cada vez que los uniformados o los paramilitares chavistas atacan a la población civil. Sin embargo, es necesario que cada uno de nosotros le muestre al mundo eso que callan los medios de comunicación controlados por el chavismo. Además de denunciar a los protagonistas de esta dictadura, tenemos que dejar al descubierto a cada uno de los sinvergüenzas que van por el mundo haciendo propaganda sobre el régimen que les paga muy bien a costillas del dinero que nunca se invirtió en medicinas (por citar un solo ejemplo).

Quien exige a los venezolanos «una sorpresa con algo fresco y más personal, más del alma y sus laberintos», parece olvidar que no hay nada más personal que luchar por la libertad, no hay nada más del alma que escoger el camino que se quiere recorrer. ¿Acaso es poco laberinto el que transitan diariamente millones de personas buscando un lugar donde haya comida, medicamentos o un sitio dónde resguardarse de las balas y las bombas –caducadas o no– que les dispara a quemarropa un régimen asesino que cada día los acorrala más?

Ignorar lo que pasa en Venezuela, callar como si nada estuviera pasando, pretender que las personas se acostumbren a vivir bajo un régimen que los quiere obedientes, dependientes, incluso indolentes, es pedirle a seres humanos que vayan contra su propia naturaleza, esa que nos lleva a jugarnos la vida por ser libres.

Es probable que más de uno se sienta defraudado al leer a cualquier venezolano que expresa el dolor que genera la situación del país y la repugnancia que produce el régimen que instauró Hugo Chávez y Nicolás Maduro intenta perpetuar “como sea”. Seguramente resultemos profundamente fastidiosos, necios y quién sabe cuántas cosas más para quien pretende que actuemos “con normalidad”. Si ese es el caso, si están hartos de escucharnos o leernos, entonces ayúdennos a salir del chavismo, ayúdennos a volver a vivir en democracia, a que nadie nos imponga qué, cómo y cuándo podemos hablar o comer. Ayúdennos a que la felicidad no sea haber conseguido medio kilo de pasta después de seis horas de espera bajo el sol. Ayúdennos a tener un mundo de cosas bonitas para contar. Si no, entonces ármense de paciencia porque todos vamos a seguir haciendo ruido hasta que el mundo entero nos escuche y nadie tenga excusas para justificar su negligencia.

Lo importante no es lo mucho o lo poco que defraudemos a los demás, sino hacer lo correcto y no defraudarnos a nosotros mismos.

Vivir una mentira, eso sí que es decepcionante.

 

 

Fotos:

Reuters

@LuisCarlos

Miguel Gutiérrez

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F y G

 

G tenía dieciséis años, iba con un pantalón que arrastraba un poco cuando no lo estaba pisando con sus Converse. F tenía uno más y aprovechaba los tacones para cruzar la calle en diagonal y no llegar tarde. Ambas se miraron, sonrieron y comenzaron a hablar. Llevaban unos tres minutos compartiendo la acera camino a su primer día de clases de francés,  pocos metros que dieron comienzo a una vida juntas pero no revueltas. Cuando les tocó presentarse en la clase nadie creía que acababan de conocerse, parecían amigas de toda la vida, y lo eran, simplemente se habían conocido ese día.

Eran y siguen siendo totalmente diferentes, G casi no se maquilla, nunca usa tacones y es extraño que vaya de compras. F no sale de casa sin haberse puesto máscara en las pestañas y es tan raro verla con zapatos bajitos que sólo la delata su forma de caminar. Tenían gustos totalmente opuestos en todo salvo contadas excepciones, una de ellas eran las películas que consumían en sesiones doble de cine incluso dos veces por semana. Pero lo que más las unía era su pasión por ver las estrellas. Muchas veces se ponían de acuerdo con sus amigos y después de llenar con combos de hamburguesas o multitud de perolitos de comida china el carro prestado de los padres de alguno de ellos, subían a la colina más alta de la ciudad y allí pasaban horas viendo lo bonita que les parecía, hablando de todo un poco y escuchando Radiohead con el cielo como techo. En esos años ninguno de los comensales pensaba que llegarían a separarse por mucho tiempo. En esos años nada en el mundo era mejor que Valencia.

Año y medio después abril había llegado dando la mayoría de edad a G. Al poco tiempo F y ella vivían juntas en un apartamento con una ubicación envidiable (daba a una calle ciega) donde eran felices por encima de cualquier cosa. Tenían rutinas muy distintas, sus vidas iban cambiando. Sin embargo, lo mejor de aquella cotidianidad llegaba cuando caía la noche y bajaban con una manta a la calle ciega desde donde acostadas veían las estrellas. No era necesario esperar a San Lorenzo para ver muchas, tenían la suerte de que el poste de la calle estaba dañado la mayoría de las veces y esa oscuridad les permitía pedir multitud de deseos mientras soñaban con viajar por el mundo, hablaban de amores, reían, lloraban… En esto tampoco estaban de acuerdo: una quería ir a Estambul, la otra a Florencia. G ahorraba todo lo que podía para irse lo más pronto posible, F bastante menos porque quería hacerlo más adelante y gastaba mucho en zapatos.

El tiempo siguió pasando y F se mudó muy lejos como para bajar a la calle en cuatro plantas de ascensor, pero lo suficientemente cerca para seguir soñando juntas cada semana en la colina.

Un buen día G se fue a Estambul y se quedó tanto tiempo que F por primera vez tuvo miedo de no volver a verla. Todavía recuerda su regreso como si fuera un sueño, la alegría que sintió, el abrazo que se dieron y lo bonita que era la falda que le trajo: larga, estrecha y en su gris favorito. El país cambió, se fue poniendo tan peligroso que ya no era divertido volver caminando del cine a medianoche. F se fue a vivir a Europa y todavía no ha vuelto. G tiene un hijo maravilloso al que le gusta comer jojotos crudos, así que también emigró para poder darle un futuro sin hambre ni balas.

Hace años que no se ven pero siguen siendo almas gemelas. Hablan poco porque los husos no ayudan, pero se siguen amando,  porque el amor no es solamente el que nos une a alguien por sangre, el que nos llena la piel de deseo o el que sentimos por el lugar en que nacimos. El amor profundo también puede encontrarse en los amigos, sólo hace falta saber reconocerlo.

Pocos días atrás G leyó a F y recordó aquella calle donde acostadas contaban estrellas fugaces, le mandó un abrazo profundo lleno de la angustia que comparten en diferentes puntos del mundo. G y F hoy no pueden estar en las calles venezolanas ni para protestar ni para soñar. Tuvieron que irse, cada una a otro lugar a vivir y hacer lo posible por regresar, porque ambas saben que regresarán, ambas saben que volverán a verse y que volverán a ver juntas las estrellas desde la tierra que las vio nacer y las está esperando.

                                                                                              G, je t’aime!

                                                                                                                                   F.

 

Fotos:

Rafael Villegas (rafaelev@gmail.com)

Diego Hernández

 

 

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De palo es Pinocho

Venezuela #19A

Dos meses han pasado desde la última vez que fui capaz de escribir sin que a los pocos minutos la sangre me hirviera tanto que me obligara a abandonar de golpe el teclado. Y sé que para muchos es difícil entenderlo, pero a veces es muy complicado tener la determinación necesaria para seguir adelante cuando hay tantos frentes abiertos. En ocasiones el sentimiento de impotencia es tan grande que sólo queda cerrar los ojos muy fuerte y esperar a que pase el temblor sin que nos lleve con él.

Mi abuela me contó que cuando era pequeña vivió en una casa con tantas goteras que primero escampaba fuera que dentro. De modo que abundaban los perolitos regados por todas partes intentando recoger agua para evitar el menor daño posible. Así me siento yo, Venezuela es un rancho con multitud de goteras en medio de un aguacero de miserias, una legión de malandros disparando a quemarropa, la nevera de adorno y unas bolsas de basura en la puerta donde el que puede busca algo que llevarse a la boca para no morirse de hambre aunque en el intento termine siendo alcanzado por el plomo. En resumen, como dirían los viejos: “el rancho está ardiendo”.

Hacer frente a esta situación no es fácil, la vida se convierte en una pesada carga, en todo eso que nunca imaginamos que nos tocaría ver ni siquiera de lejos. De pronto las peores imágenes propias de territorios azotados por el hambre, la violencia y las enfermedades saltaron de nuestros televisores y se apoderaron de nuestras calles, de nuestras casas. Casi sin darnos cuenta, o más bien, sabiéndolo pero sin poder hacer demasiado para evitarlo, llegamos a este desastre que nos amenaza con más balas, cárcel, muertos, injusticia… Como si no hubiéramos tenido ya lo que hasta la mente más enferma consideraría suficiente.

De pronto sentí que me ahogaba, que no podía respirar. Ese ahogo se multiplicaba pensando en las horas que cada día pasa mi mamá haciendo cola en el supermercado, en el patrimonio que gastan mis hermanos para conseguir alimentos que parecen alucinaciones, en lo flacas que están muchas de las personas que reconozco solamente por la sonrisa que al ver un ser querido ilumina por un momento sus rostros demacrados por el hambre y la impotencia, en los muchachos que cada día engrosan la lista de presos políticos o defunciones. Es muy difícil no sentir que te duele la vida cuando todo lo que te importa se está yendo al carajo. Es misión imposible controlar el llanto cuando alguien pregunta por tu gente. Porque por más estoico que uno quiera parecer, siempre hay una lágrima rebelde que desbarata ese “bien” con el que podría haberse engañado al interesado, y por qué no, a uno mismo.

Ese ahogo, esa angustia y ese llanto pasaron del teclado al volante, a los libros, al plato del desayuno, a la debilitada almohada que me escucha cada noche. Por eso dejé de escribir, por pasarme estos dos meses combatiendo entre el dolor que siento y el instinto de supervivencia, sintiéndome egoísta por permitirme semejante lujo mientras millones de personas están jugándose la vida en esa bomba de tiempo que es mi país. Dejé de escribir intentando pensar en cosas bonitas, hablar de cosas bonitas, pero fue inútil. No fui capaz de producir nada con lo que pudiera engañar a nadie y mucho menos a mí, al contrario. Por eso preferí el silencio aunque éste me llevara a lidiar con el sentimiento de culpa por mi absurda pretensión de una “vida bonita” cuando la realidad es bien distinta.

Hoy 19 de abril es un buen día para volver a escribir, porque a pesar del dolor hoy hay algo bonito que contar. Millones de venezolanos saldrán a la calle para exigir libertad, democracia, justicia. Este día tiene un significado especial porque hace más de dos siglos Venezuela se cansó de la opresión e inició su camino a la independencia. Sin embargo, todos sabemos que recuperar la democracia no será cuestión de un día, de modo que si está luchando una nueva generación de venezolanos, tampoco nos vendría mal sumar nuestro propio día en el calendario, no para que nuestros descendientes de dos siglos más tarde nos recuerden con el mismo orgullo con el que nosotros recordamos las hazañas de un Libertador que este régimen malsano ha prostituido hasta el infinito, sino para que le devolvamos al país lo que durante años le dio a nuestros abuelos, padres y a nosotros mismos. A Venezuela le debemos mucho y sólo nosotros podemos sacarla de la cloaca en la que el chavismo la ha sumido.

Estos dos meses de lucha interna han servido para darme cuenta de que la única forma de que mi país no me duela es vaciándome las venas, y no, no puedo ni quiero. Estos dos meses no han podido cambiar que lo más bonito de mi vida está en ese pedazo de tierra que en el mapamundi parece un rinoceronte rodeado de papagayos. Mi familia, mi infancia, mis recuerdos, mis costumbres, mi acento, mis sueños, todo salió de allí, de ese país del que me siento orgullosa aunque ahora no tenga pasaporte. Del país que tiene que tapar las goteras de violencia, narcotráfico, escasez, corrupción e impunidad que el chavismo representa, y la mejor forma de eliminar esas goteras será acabando con ese rancho que muchos tienen en la cabeza, construir una casa con bases sólidas, con techo de verdad, sus matas de mango donde dar refugio a los loros y un jardín donde sentarse a recibir los amigos y ver volver a los que una vez tuvieron que irse.

Los sentimientos hay que demostrarlos y defenderlos, incluso de uno mismo. No hacerlo es deshonrarlos como si no valieran nada o nada tuvieran para dar llenando su existencia. Así como cuando uno se enamora de verdad y sabe que de volver a nacer se volvería a enamorar del mismo ser, así siento yo cuando pienso en mi país, porque si volviera a nacer y pudiera escoger dónde, no hay mejor lugar para mí que Valencia. Si volviera a nacer, volvería a ser venezolana. Y aunque todos sabemos cómo acaba el cuento, lo que recordamos es que al principio de palo es Pinocho.

 

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