Gracias, queridos olvidados

 

Hoy es uno de esos días en los que mucha gente pasa desapercibida.

Mientras las tiendas colapsan ante las compras de último minuto, las peluquerías dan número como si se fuera a comprar pescado y los hornos trabajan a todo tren, parece que todo fuera diferente. Y aunque para muchos lo es, para otros pasa como si se tratara de un día más. La diferencia está en que muy pocos lo notan.

Detrás de la algarabía, los zapatos, los regalos, las uvas, el brindis, la moneda de la suerte, la maleta lista, la nostalgia, los buenos propósitos, la cena, el alcohol, los cohetes, las sonrisas y las lágrimas, hay millones de personas trabajando para que otros puedan disfrutar de la llegada de un nuevo año.

Operadores del teléfono de emergencias, auxiliares de vuelo, pilotos, agentes de facturación, maleteros, controladores aéreos, policías, bomberos, médicos, enfermeros, camilleros, paramédicos, conductores de autobús y metro, camareros, obreros, farmaceutas, vigilantes, recepcionistas, botones, taxistas, cocineros, ayudantes de todo tipo, camarógrafos, barrenderos, agentes de peaje, animadores… Algunos le sonríen a la radio que resuena en una caseta de vigilancia, otros comparten el momento con compañeros de trabajo, y otros están tan ocupados que ni siquiera notan el repicar de las campanas. A pesar de todo, alrededor del mundo millones de hombres y mujeres en lugar de inventarse excusas para faltar estarán lejos de sus casas cumpliendo con la responsabilidad de hacer su trabajo lo mejor posible para que el resto del mundo pueda festejar.

Así que esta noche o mañana cuando cada uno se dirija al lugar que ha escogido para recibir el año nuevo, que no olvide agradecer por lo menos con una sonrisa a cualquiera de esas personas que están trabajando para que esta noche sea una fiesta. Y si cada uno recuerda hacerlo con todos cada día, mejor.

¡Feliz Año!

Imagen:

Ivory Escapes

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Operación Alegría

Desde que era niña Margarita sabía que la Navidad se acercaba cuando comenzaban a sonar las gaitas, cada año había una nueva. Más o menos a mitad de octubre llegaba la gaita de moda: la que sonaba en todas las radios aunque tuviera que convivir con las de siempre y con el ineludible disco de la Billo´s Caracas Boys que alegraba una casa y las de todos los vecinos.

A medida que avanzaban los días se notaba cómo cada familia llevaba a cabo su propia versión de “Operación Alegría”: tiraban los peroles viejos, pintaban fachadas, podaban los árboles, y dejaban el espacio listo para poner arbolitos y pesebres. Los muchachos del barrio se ponían de acuerdo con sus amigos, y como si se tratara de los siete enanos se dedicaban cada fin de semana a una casa diferente: pintaban rejas, paredes, y hasta tejas bajo un rayo de sol inclemente que nada tenía que hacer frente a la cervezas bien frías y la gran taza de sancocho que ofrecían las agradecidas dueñas.

Para Margarita la Navidad no era tal hasta que el 24 de diciembre plantaba en la mesa un pan de jamón caliente y una botella de Ponche Crema. Desde que ganó su primer sueldo se prometió que nunca le faltaría a su madre por lo menos eso, un pan de jamón. Afortunadamente su trabajo y sus innumerables sacrificios dieron para panes, perniles, hallacas y dulces de lechosa en la casa de su madre, en la suya, y en la de todo aquel al que ha podido ayudar.

 

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Las sorpresas tienen precio

2015

 

Le gustaba dar sorpresas. Lo que sintió cuando le dieron una a los siete años hizo irresistible regalar un momento como ese a las personas que le importaban.

A veces planeaba con tiempo una fiesta, otras simplemente se detenía al ver algo que se le parecía a… y lo guardaba en un cajón hasta que el deseo de ver el brillo especial en los ojos del agasajado burlara al calendario o aguardara la llegada de una fecha señalada. Pero desde que vivía fuera la sorpresa que más le gustaba era la de volver a casa en Navidad.

Tenía un trabajo que le permitía moverse con facilidad, era la clase de trabajo que incluye estar ocupada mientras el resto del mundo festeja. De modo que su familia nunca contaba con su presencia en la mesa. Fue entonces cuando se le ocurrió crear la tradicional sorpresa de Navidad que consistía en hacerle creer a todos que no podría estar en casa para las fiestas. Algunas veces contaba con la complicidad de algún amigo que la recogía en el aeropuerto, otras contaba con la discreción de todos, otras no se lo contaba a ninguno. Lo cierto es que la sorpresa llegaba a su punto culminante cuando su mirada se encontraba con la de su madre.

Pasaba las fiestas riéndose de las excusas que había inventado para no ser descubierta, apareciendo en las casas de sus amigos, repartiendo abrazos mientras las sonrisas inundaban cocinas, garajes y cualquier rincón donde el reencuentro paralizara la cotidianidad. Su tradición entusiasmaba cada vez a más personas que querían formar parte de esos momentos que regalaba atravesando la ciudad en un coche prestado.

 

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Feliz

“Como paraulata que deja su canto en la sabana.” Así ando hoy. Tengo tantas cosas galopando en el pecho, que no sé cómo expresarlas. Pensé que lo mejor era ponerme a escribir a ver si ante el teclado sería capaz de dejar fluir este salto de sentimientos que tanto me recuerda a La Llovizna.

Desde que abrí los ojos a las 8 de la mañana del domingo 6 de diciembre no he vuelto a dormir. Y no me importa, a pesar del cansancio tampoco habría podido. Me convertí en una especie de pulpo cuadrafónico para poder seguir cada minuto de una nueva jornada en la que mi tierra se jugaba su futuro. Vi cómo una y otra vez la impunidad y la corrupción hacían de las suyas, pero este domingo algo era diferente: la gente, mi gente estaba convencida de que juntos podíamos conseguirlo. No había un solo gesto de desánimo ni de miedo. Al contrario, todos demostraban estar dispuestos a defender lo nuestro, quizás como nunca lo habíamos defendido.

Cada vez que aparecía un escuadrón de motorizados queriendo intimidar a los votantes, recordaba eso de “ellos serán muy machos, pero nosotros somos muchos”, y notaba cómo ese pensamiento también formaba parte de todas esas personas que no se movieron de su sitio. No detallaré más abusos porque el peso de la evidencia le estuvo hablando al mundo durante toda la jornada electoral.

Venezuela estaba bella, con un cielo hermosísimo, el que en estos diecisiete sombríos años nos ha visto sufrir de mil maneras diferentes. El mismo que se abrió paso en la ventana de cada venezolano que con el alma hecha pedazos dejaba a lo lejos su pizca de mundo para buscar una vida mejor. El sol brillaba con un tono incomparable, y las calles olían a una esperanza que miraba de reojo a la incertidumbre durante las horas eternas que estuvimos esperando la primera declaración oficial de los escrutinios. Números iban y venían, y aunque las sensaciones eran totalmente distintas, ya habíamos pasado por esto en muchas ocasiones, por eso preferimos no cantar una victoria que luego pudiera convertirse de forma inverosímil en un nudo difícil de tragar.

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Antes de votar

Recuerda todas las veces que te han atracado, las que te han abierto el carro, las que se ha quedado tirado en alguna parte porque la batería no daba para más, o las que sencillamente no lo has encontrado donde lo dejaste. Piensa en la cantidad de huecos que pueblan las oscuras autopistas donde te juegas la vida, en el dinero que tuviste que pedir prestado para pagar el rescate de algún familiar o amigo secuestrado, en las rifas que hiciste para poder pagar la cuenta en alguna clínica privada.

Recuerda todas las vueltas que has dado para buscar un medicamento, o las veces que has tenido que bajar la dosis para rendirlo mientras encuentras a alguien que te diga dónde conseguir otra cajita. Recuerda cada vez que has abierto el grifo y ha salido un líquido marrón y maloliente. Recuerda las veces que te levantaste para ir a trabajar y no había luz, las que has llegado tarde porque el metro no funcionaba, o cada palo de agua que te ha empapado mientras esperabas un autobús para subirte aunque fuera colgando.

Piensa en todas las veces que tus hijos han regresado del colegio con una oda a un líder corrupto como tarea. Recuerda todas las veces que algún empleado público te ha pedido dinero a cambio de agilizar la gestión de algún documento, las que has sentido vergüenza por el ridículo que hacen en el extranjero los representantes de este régimen, o las que has visto que para obtener un empleo vale mucho más el color de una camiseta que la preparación.

pañales

Antes de votar piensa en cada hora que has pasado bajo el sol para poder comprar alimentos, en todo lo que has tenido que pagar a algún mafioso uniformado para que tus hijos pudieran tener pañales. Piensa en las veces que alguna mujer ha tenido que quedarse en casa por no tener toallas sanitarias, en los comerciantes que se han quedado en la calle porque les han robado el fruto de años de sacrificio, en los miles que emigraron a lugares donde su condición legal no les permite votar. Recuerda las veces que has tenido que usar cualquier cosa para limpiarte porque el papel sanitario lo reservas para tus padres o tus hijos.

 

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Ya no…

Ya no te mira a los ojos porque teme perderse en ellos. No te dirige la palabra para evitar que se le escape un “te quiero”. Tampoco permite que te le acerques porque no sabe si podrá resistirse al calor de tus brazos.

Ya no te llama por teléfono porque al igual que en las partituras los silencios son tan importantes como las notas. Ha dejado de contarte sus sueños con la esperanza de que se cumplan. Los caballos salvajes que corrían en su pecho al escuchar tu voz, ahora pasan los días pastando. Ya no se levanta cada mañana pensando en el beso que te dará y brinda en soledad por la nostalgia y la amnesia.

En las despedidas disimula la sonrisa, y cuando te alejas ata sus pensamientos para que no se vayan contigo. Tu recuerdo no llena sus sábanas impidiéndole pasar las noches en vela, y las flores que recogió una vez han perdido el color esperando que vuelva la primavera.

Ya no duerme imaginando que tus manos acarician su pelo, ni abre la puerta deseando que seas tú para cambiarte el “hola” por un sinfín de caricias. Ha dejado de escribirte porque ya no espera que le respondas.

Ya no dejas la luz de ilusión que se mantenía encendida hasta que volviera a verte.

No se lo has preguntado y tampoco te lo dirá. Ninguno de los dos sabe y tampoco parecen querer saber si tanta frialdad se debe a que ya no te quiere o a que no te quiere querer. Total, ¿cuál sería la diferencia?

 

 

Foto: web

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No había denuncia

Como todos los días, esta mañana Inés se fue caminando al trabajo, aunque nadie lo sospecha, anoche su marido la forzó a tener sexo porque “es su deber como esposa”. Pasó frente a la parada del autobús donde Lucía estaba sentada pensando cómo era posible que ese muchacho estupendo con el que pensaba casarse, el domingo la hubiera tirado del pelo. Pilar, que también estaba en la parada tomó el autobús para visitar a su abuela, la pobre doña Manuela que por vigésimo novena vez en sus 50 años de matrimonio se golpeó con una puerta que le dejó  un gran morado en la cara –también en la espalda y los brazos, pero eso no lo dirá–.

Al llegar a la oficina Ana saludó a María, la recepcionista nueva que tuvo que cambiar de ciudad porque su ex no paraba perseguirla e insultarla. Mientras Lucía seguía en la parada del bus la llamó Daniela, una amiga de la infancia que quería tomarse un café por la tarde. Daniela necesita entretenerse para sacarse de la cabeza la imagen de su madre encerrada en el baño preguntando si ya su padre se había quedado dormido. Ambas se tomarán el café y simularán llevar una vida feliz.

Laura, la camarera del bar donde se verán Daniela y Lucía, terminará su turno y se irá corriendo al colegio a recoger a sus hijos. Siempre va con miedo a llegar tarde y que su chica le grite delante de los niños lo mala madre que es y lo poco que su trabajo ayuda a la economía familiar.

Los gemelos de Laura estudian con la hija de Cristina, una abogada que lleva divorcios y redacta denuncias de mujeres que han ido a parar al hospital por una paliza como la que recibió delante de la niña el mes pasado, justo después de celebrar su cumpleaños con una cena en familia.

Julia es la maestra de ballet de la hija de Cristina, el sábado salió de fiesta con Claudia y David. Se puso un pantalón ajustado y unas botas para asegurarse de que nadie viera las marcas que le dejó su pareja en los tobillos cuando los apretó con fuerza para arrastrarla por toda la habitación. Esa noche bailó poco.

Claudia  llegó a casa el domingo por la mañana, y aunque los gritos de sus vecinos discutiendo le dificultaban el sueño, durmió hasta las seis de la tarde cuando le tocaba ayudar a Isabel a comprar los regalos de Navidad.

Anoche David se fue de vacaciones a una playa paradisíaca, no se llevó el teléfono, así que hasta su vuelta no sabrá que su prima Isabel ya no está, pues el novio acaba de matarla.

Imagen:

Naciones Unidas

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Discreción

la foto (53)

 

Ha ocurrido una desgracia enorme que ha impresionado al mundo, el que conocemos, pues las que ocurren en el que nos es ajeno no monopolizan las conversaciones ni los noticieros. Hablar de lo ocurrido en París, Hsakeh, Lego, Susa, Londres, Madrid,  Nueva York… no es el objeto de este escrito. Poco o nada se puede decir a quienes han perdido a sus seres queridos y se enfrentan a la dura tarea de aprender a vivir con ausencias dejando que poco a poco el tiempo cierre las heridas aunque no borre la cicatriz. El objeto de estas líneas es recordar el valor de la discreción en cualquier circunstancia, especialmente en aquellas en las que predomina el dolor.

Daba vergüenza ajena ver cómo el fin de semana pasado más de uno perdió la brújula de lo que debe ser considerado periodismo. Un periodista debería contar lo que ve, no lo que piensa,  debería describir las heridas, no meter el dedo en la llaga. Un periodista debería limitarse a hacerle saber al mundo lo que está ocurriendo, pero sin convertirse en la noticia.

A nadie le importa si un periodista estuvo en la Champs-Élysées, si ha comido crêpes, ni si ha bebido champagne. Tampoco le importan a nadie las veces que un político ha hecho una escapada romántica  a la ciudad de la luz, festejado su cumpleaños, o soltado maldiciones por alguna huelga aeroportuaria. En serio, a nadie le importa una Torre Eiffel pintada en unos abdominales –tonificados o no–. Importan las víctimas. Sí señores egoístas, por más increíble que les parezca, importan las víctimas, esas personas que sin quererlo se han convertido en protagonistas de trágicas noticias. Importan sus familiares, sus amigos y todos aquellos que les rinden tributo desde el respeto, desde la discreción. Importan las víctimas, no ustedes.

No recuerdo haber visto nunca en la puerta de una funeraria a gente tomándose fotos para publicarlas en sus redes sociales. No recuerdo haber visto funerales con gente preguntado a los familiares de un difunto qué sienten por lo ocurrido. A lo mejor he vivido en otro mundo, a lo mejor he estado en otro tipo de funerales.

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¿A eso le llamas victoria?

¿Con trampa, con mentiras, con excusas?

¿Sabe acaso a un chapuzón en el mar una mañana de verano?

¿Sabe a una copa de vino de esos que perfuman los sentidos?

¿Huele a un atardecer mirando el cielo desde un campo de lavanda?

¿A qué sabe la revancha que no cura la derrota?

¿Qué se siente al ganar sin sudor, sin esfuerzo?

¿Qué se siente ante el desprecio del decente?

¿De qué tamaño es el nudo en la garganta cuando se mira a los ojos callando la verdad?

¿A qué sabe caminar con la frente en alto ocultando una mentira que saluda cada mañana en el espejo?

¿Duerme bien en cualquier cama aquel a quien la espuria tranquilidad de su conciencia no le da ni para calentar un sofá?

¿Cómo es eso de sentirse triunfador ante el mundo y creerle a los aduladores?

¿A qué sabe la victoria sin árbitro, sin reglas, o irrespetando las que no convienen? ¿Al coco que sabe mucho mejor precisamente por lo que cuesta romperlo, tal vez?

¿Es posible sentir felicidad por aquellos que ignoran la verdad?

¿A qué sabe una victoria regalada, comprada, robada, pero no realmente ganada?

¿Sabe al champagne que te baña, al dinero que te abanica? ¿Quizás a la saliva de quienes te lamen los pies?

¿Cuántas lágrimas has derramado por este triunfo? ¿Cuántas son producto de la desesperación que te hizo dar la espalda a la honestidad y darle más valor al “como sea”? ¿Cuántas son por la angustia de pensar que tarde o temprano todo se sabrá?

 Cocotero2

Hacer trampa siempre termina pagándose, de paso, con intereses de usura. En la mayoría de los casos las letras comienzan a hacerse efectivas cuando el tramposo descansa plácidamente bajo la sombra del cocotero de la falsedad. Los cocos no caen menos fuerte ni a menor velocidad si la mentira fue contada sólo hasta la mitad. No hay nada más contundente que el peso de la verdad, y tarde o temprano el trofeo se convierte en una cruz cuyo peso es inversamente proporcional a la ingravidez que se experimenta al ser adorado por aquellos que sabiéndolo o no, creen en una victoria que inevitablemente se desvanecerá como el humo.  

Hacer trampa en el deporte, en los negocios, en el amor, en política, en la vida… nunca sale gratis. Parece que sí, pero no hay que fiarse, esas deudas siempre se pagan.

Fotos:

jardineriaon.com

quiencorrehoy.com

 

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Cómplice

No

 

Durante los últimos días no he podido evitar las náuseas ante la noticia de que una mujer denunciaba a un político por ofrecerle un puesto de trabajo a cambio de sexo. No es raro que la repulsión y la indignación se apoderen de quien lee algo así, lo que me molesta es haber sentido casi lo mismo por el acosador que por la “víctima”.  Como mujer he intentado ser lo más empática posible, pero he comprobado que la empatía, igual que la paciencia, tiene un límite. A lo mejor la mía es muy limitada, no lo sé. Lo cierto es que en este caso la vergüenza de género no me permite disculpar la actitud de la denunciante, es por esto que le diré algunas cosas:

No señora, usted no es una víctima como la niña que hace más de dos décadas perdió un año escolar en un colegio religioso por denunciar al profesor que pedía felaciones a las alumnas vírgenes a cambio de aprobar Física.  Usted no es una víctima como la señora que pasaba las noches limpiando y vendiendo cigarrillos o chucherías en el baño de una discoteca para poder alimentar a sus hijos. Usted no es una víctima como la mujer que haciendo arepas y jalea de mango ganaba para dar de comer a su familia. Tampoco es como esas señoras que pasan largas jornadas planchando ajeno y semanas comiendo pasta con sardinas porque no pueden permitirse más. Todas ellas tuvieron la misma oportunidad que usted: venderse al primer buitre que les ofrecía el camino fácil a cambio de prostituirse, o apretar los dientes y no tener nunca en la conciencia que lo alcanzado fuera producto de sudar sábanas en algún hotel –da igual si caro o de mala muerte–.

Usted pudo decir que no, pero prefirió hacer un trato con un delincuente, confiar en alguien que no tiene en cuenta la cualificación de los candidatos a un puesto de trabajo, sino la capacidad para darle placer sexual a su ruin y ofensiva existencia.  ¿Y por qué lo sabemos? Porque el roñoso rompió el trato, la dejó esperando como a novia de pueblo, no cumplió. Así que sea honesta por lo menos esta vez, usted no está denunciando el acoso sexual al que accedió, usted está denunciando que no le pagaron la tarifa correspondiente. Porque de haber sido contratada en el lugar que le ofrecieron, la denuncia jamás habría llegado a ninguna fiscalía. Usted denunció a su cómplice porque la dejó sin su parte del botín, no por la vergonzosa propuesta que le hizo. Y por mujeres como usted, dispuestas a venderse por un contrato de trabajo, un ascenso, una matrícula de honor, un cargo político o cualquier otra cosa con la que crean poder darse por bien pagadas, es que cerdos como el que usted ha denunciado siguen haciendo de las suyas dondequiera que van.

Las que aceptan y callan, las que denuncian por no haber sido compensadas, las que no ceden pero tampoco denuncian, todas son cómplices de seres nauseabundos que no se limitan a un solo ámbito de la sociedad. A estos aborrecibles seres se les puede ver en alguna universidad pidiendo a las alumnas que le acompañen a casa para encontrar un trabajo traspapelado que saben haber evaluado como “aprobado” pero –qué casualidad– no recuerdan con cuánto. También se les puede ver en las entrevistas de trabajo que pretenden hacer en reservados comiendo marisco y bebiendo espumante, en bromas de mal gusto que no esconden la verdadera intención, y un sinfín de escenarios más.

Desgraciadamente nunca vamos a saber cuánta gente como usted ha sido cómplice de un acto tan bajo como este. Pero lo más preocupante es que nunca vamos a saber el número exacto de mujeres –y de hombres–  que son acosados con la promesa de obtener algo de su interés o necesidad. Cada vez parece más complicado descubrir el nivel de presión al que se ven sometidas millones de personas por parte de indecentes que aprovechan su posición de poder para intentar beneficiarse sexualmente. Y cada vez vemos que por gente como usted se ve perjudicada la credibilidad de personas honestas que deciden denunciar estos hechos y luchar contra todo lo que se interponga para demostrar la corrupción de abusadores y de quienes les protegen haciendo la vista gorda.

Comprendo perfectamente que se sienta estafada, me parece estupendo que haya denunciado, y considerando que pretendía conseguir trabajo por un tipo de capacidades que no se ponen en un currículum, entiendo que usted no haya tenido la inteligencia suficiente para darse cuenta de que le estaban tomando el pelo. Da mucha lástima que se tenga tan poca estima como para creer que el sexo es el mejor medio que puede utilizar para firmar un contrato de trabajo, pero háganos un favor al resto de las mujeres: no se haga la víctima, porque aunque lo sea, usted sobre todo es cómplice.

Fotos:

Web

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