Chavismo: una estafa piramidal

estafa

 

La cantidad de basura que hemos tenido que escuchar los venezolanos en las intervenciones realizadas por algunos de los componentes de este moribundo gobierno, da para establecer una marca propia en el Guinness.

Una cuerda de malandros que creen tener el derecho de permanecer en el poder para siempre, aunque para conservarlo opten por matar de hambre o caerle a plomo a los ciudadanos de este país. Estos malandros que amenazan continuamente a cuanto ser viviente no les lama los pies de forma pública o en la intimidad que requiere poner la “rodilla en tierra” piensan que su poder es tan infinito como los casos de corrupción que nunca se han ocupado de investigar, ya ni siquiera hablemos de resolver.

Estos tipos creen que tienen derecho a pasar factura por los “favores realizados”. Sí, porque parece que las obras sociales financiadas con el dinero que pertenece a todos los ciudadanos de este país –voten lo que voten–  en lugar de  ser un programa, un deber, una obligación del gobierno, son favores, actos de caridad que han sido pagados de sus (ahora millonarios) bolsillos y a los que debemos una grosera fidelidad de por vida.  La revolución que intentan seguir vendiendo mientras esconden la trampa como una experta organización de estafa piramidal, se les va de las manos. La base por fin se dio cuenta del timo, las piezas caen, la estructura se tambalea, y los que pueden desaparecen con lo que han podido sacar gracias al extraordinario sistema cambiario totalmente abierto para beneficio de pocos. La cúpula está en jaque, tiene demasiadas cuentas pendientes como para salir del país sin temor a ser detenida. De modo que intenta estabilizar la pirámide a punta de amenazas  tanto a los empleados públicos como a los beneficiarios de los diversos medios de manipulación del chavismo: viviendas, ordenadores, bolsas de comida… Confirmando de nuevo que más de uno pasó a formar parte de las instituciones públicas por el color de su franela, no por sus méritos académicos o profesionales.

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A ellas…

A ellas que nunca se fueron a dormir sin antes hacer el almuerzo del día siguiente, a las que madrugaron para preparar el desayuno y corrieron para llegar a tiempo al colegio. A las que escondieron videojuegos para evitar reprobados y llenaron de santos los autobuses de las excursiones.

A ellas que esperaban en el sofá con el interrogatorio listo. A las que con mirar de reojo leen el pensamiento. A las que siempre tienen el mejor consejo, curaron gripes y consolaron decepciones.

A las que odian y aman los aeropuertos, a las que han resistido con el nudo en la garganta mientras recogían pedazos de corazones rotos. A las que mantienen intacta esa habitación y siguen cambiando las sábanas por si reciben una visita sorpresa. A ellas que aún no han aprendido a cocinar para uno menos, siguen poniendo otro puesto en la mesa y al llamar a alguien pronuncian el nombre de quien no puede escucharlas.

A ellas que detectan la nostalgia y dan recetas por teléfono. A las que aprendieron a usar internet, a calcular la diferencia de huso e incluso un nuevo idioma para poder hablar con yernos, nueras o nietos. A las que saborean la amargura de un café en el silencio que a ratos interrumpen con bendiciones. A las que se hicieron cargo de perros, gatos, tortugas, guitarras y juguetes.

A las que soltaron una bofetada a tiempo.

A las que cada día demuestran que no hay distancia capaz de quebrantar el amor verdadero. A las que al peinar sus canas no imaginan la vida sin haber traído al mundo a quienes se las han causado. A la paz que da mirarse en sus ojos, al calor que sólo proporcionan sus brazos, a la paciencia con la que enseñaron a dar cada paso, la clemencia con la que perdonaron cada error y la necesaria severidad con la que impusieron cada castigo.

A las que siguen dando lo mejor de sí para criar personas de bien, a las que nunca leen otras cartas de amor. A las que envejecen bajo el sol haciendo cola para comer, a las que temen enfermarse porque saben que no hay medicinas, a las que lloran cuando nadie las ve.

A las que hacen lo posible por cumplir sueños, nunca piden nada a cambio de todo lo que dan y siempre mienten diciendo que están bien.

A ellas así como son, simplemente perfectas para cada uno porque no hay una mejor que la propia. A todas y cada una de las mujeres que pasan el domingo más famoso de mayo combatiendo el dolor de ver a sus hijos marcharse del país con la esperanza de tenerlos pronto de vuelta para por fin compartir de nuevo la mesa con todos a la vez. A ellas especialmente: gracias y feliz día de las madres.

Fotos:

www.maternidadfacil.com

Samuel Hidalgo Futrillé

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Carta al Nicolás que quiere vivir “como el pueblo”

 

Voy a comenzar esta carta con un “buenas tardes” porque está demostrado que usted no es precisamente uno de los millones de venezolanos que madruga para trabajar. Bueno, ni madruga ni no madruga,  usted no trabaja.

Acabo de ver un video con un extracto de una de sus intervenciones en cadena nacional. Comprenderá que me haya limitado a esto, pues no tengo tiempo para perder escuchando en su totalidad el despliegue de ignorancia, hipocresía y prepotencia que hace en cada una de sus alocuciones.

En ese video usted dice que piensa irse a vivir con su mujer a un apartamento de la Gran Misión Vivienda de Venezuela. Supongo que esto lo dice para demostrarle al país que siente y padece lo mismo que todos los demás, y justamente por eso voy a hacerle unas preguntas:

Si su plan es irse a vivir a un apartamento de la  GMVV, díganos cuánto gana y cómo hará para cubrir los gastos. ¿Se mudarán a una vivienda totalmente equipada y sin grietas o a una de esas en obra gris cuyos baños siguen esperando las baldosas prometidas? Díganos dónde conseguirá repuestos para la lavadora o la nevera cuando a punta de apagones se le dañe el motor. ¿Se dedicará la señora Cilia Flores a hacer cola como el resto de personas que cada día peregrinan por los supermercados para ver qué es lo que pueden conseguir para comer? Y cuando salga, ¿lo hará con el pelo feo siguiendo su consejo de no usar secador para ahorrar energía eléctrica?

Si va a vivir “como el pueblo”, ¿a qué hora piensa levantarse para agarrar el agua con la que luego cocinará, limpiará, bajará la cadena de los baños, regará las matas y se bañará? ¿Va a seguir usted las instrucciones de Hugo Chávez y para ahorrar se bañará con una totuma? Si ese es el caso, vaya buscando una tapara bastante grande, porque con lo largo que es y lo ancho que se ha puesto –no precisamente por pasar hambre– dudo que le alcance con un tobo nada más.

Si van a vivir “como el pueblo”, ¿qué piensan hacer con la legión de escoltas que les acompañan a todas partes? Le recuerdo que el pueblo no tiene escolta, no tiene servicio doméstico, ni choferes ni camionetas blindadas. “El pueblo” si tiene la suerte de tener un vehículo que funcione y le permita salvarse de los apretones en el metro o los atracos en los autobuses, sale bastante temprano de su casa con la esperanza de llegar al trabajo sin que se lo trague un hueco en la autopista, sin que un motorizado lo atraque en el primer semáforo y sin que al terminar la jornada le toque volver a pie porque le robaron la batería o los cauchos.

“El pueblo” vive sin un batallón de focas asalariadas que aplaude cada cosa que dice –por más estúpida o irrespetuosa que sea–. “El pueblo” no se pasa los días hablando pendejadas. “El pueblo” trabaja, no sabe muy bien para quién, pero trabaja.

 

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Crecer en un barrio

 

Quien lea esto desde fuera de Venezuela debe saber que un barrio no es la distribución administrativa de un municipio  con calles asfaltadas e iluminadas, semáforos, aceras y pasos peatonales en el que se distribuyen armónicamente las viviendas o en el que se construyen urbanizaciones cerradas. Un barrio venezolano es muy diferente. Cierto, hay muchos con aceras y vías de comunicación asfaltadas, pero la mayoría lo que tienen son calles llenas de huecos, aceras que desaparecen cuando llueve, y un tendido eléctrico que sirve sobre todo de colgadero de zapatos y devorador de papagayos.

Todos tienen su propia historia. Esos barrios fueron fundados cuando los niños podían jugar chapitas, trompos o metras en la calle mientras los adultos sacaban las sillas para ver caer la tarde hablando con los vecinos, jugando dominó, saludando a aquellos que iban o volvían de trabajar… Muchas casas comenzaron siendo un pequeño cuarto construido con tablas y zinc, sin agua corriente ni electricidad, y cuyo suelo era simplemente la tierra sobre la que se había levantando el rancho. Con el paso del tiempo y a costa de innumerables sacrificios, poco a poco esos ranchos se fueron transformando primero en habitaciones con paredes de ladrillo y un techo lleno de agujeros que protegía de la lluvia, pero no lo suficiente como para que escampara primero dentro que fuera. Luego en casas con un techo resistente, suelo de granito, tuberías de aguas blancas y negras, espacios separados y comodidades a la medida del bolsillo que el propietario podía permitirse.

Cuando se vive en un barrio se disfruta realmente de la vida, se crece con emoción. En un barrio todos se conocen, se sabe quién es el bueno y quién no. Se nota quién está pasando trabajo y quién vive un poquito mejor. Allí la vida no era perfecta, pero se podía vivir.

El vecino taxista salía a medianoche para llevar al hospital a alguno que no podía esperar una ambulancia que probablemente no llegaría a tiempo –la carrera se la pagaron cuando pasó la emergencia–. La vecina de la bodega de la esquina era el supermercado más cercano que vendía casi todo lo que cualquier familia podía necesitar, los portugueses de la panadería  hacían los cachitos con los que los muchachos merendaban durante el recreo del liceo. Los mismos muchachos que cada carnaval iban a la playa en una excursión organizada por el chofer del autobús que se ponía en marcha puntualmente cada mañana a las cinco. Esos jóvenes que luego se convirtieron en padres y siguen viviendo en el mismo barrio que ya no es ese donde pasaron su infancia, sino un lugar peligroso donde hasta los techos tienen rejas construidas por el herrero que vio prosperar su taller a medida que los robos iban aumentando.

 

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Un minuto de silencio

llama_esperanza

 

Explosiones, gritos, llanto… Eso es lo que hemos escuchado en los últimos días.

Amenazas, historias, condolencias… También muchas estupideces.

Cuando la barbarie se empeña en bombardear de dolor nuestras vidas, en sembrar el miedo y la paranoia, queda mucho más por hacer que por decir.

Que se acaben las pataletas en los aeropuertos porque hay que pasar repetidas veces el escáner, que se acaben las protestas cuando se le pide el documento de identidad a un menor. Que cesen los insultos al personal de tierra cuando se niega a facturar la maleta que un pasajero acaba de recibir de alguno que “le pide un favor” en la fila. Que se acaben los motines en un avión cuando se genera un retraso debido a que hay una maleta en bodega pero el pasajero no se presentó al embarque. Que se acaben los “esto es una estupidez, una pérdida de tiempo”.

Que se acaben los groseros que se niegan a colaborar para mantener la seguridad de todos, los que piensan que la barbarie del terrorismo les perdonará la vida si hay oportunidad. Que se acaben los políticos oportunistas e hipócritas que por un lado enaltecen asesinos mientras por el otro –y para buscar más votos– prefieren observar cómo los demás intentan hacer algo contra esta plaga.

Que se acabe tanta muerte, tanto dolor, tanto culpar a una raza o una religión como si todos fueran responsables de la despiadada acción de unos pocos.

Que la esperanza consiga colmar el agujero que se ha abierto en el alma de los dolientes.

Que se acaben los minutos de silencio.

Foto: web.

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El peligro de la costumbre

Il cielo

 

Cuando las cosas son extraordinarias parece que tienen más valor, el no encontrarlas fácilmente las hace únicas, y quien las vive o las posee –si es lo suficientemente sensible e inteligente– las atesora.

Charles Dickens dijo que el hombre es un animal de costumbres –parece que no hace falta demasiado para demostrar que tenía razón–.  Es muy sencillo acostumbrarse a las cosas buenas… Y a las malas.  Pasa en todo, por ejemplo en las relaciones algunos se habitúan a las múltiples manifestaciones de amor hasta el punto de asumirlas como “normales” y en consecuencia dejar de valorarlas por lo que realmente representan: la belleza infinita del amor, un amor que con el tiempo pasa desapercibido pero que deja un enorme vacío cuando se va. No es hasta el momento de la ausencia cuando aparece la profunda sensación de pérdida con el famoso “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde” abofeteando de realidad al menosprecio por costumbre.

En los lugares hermosos se distinguen perfectamente a los locales de los visitantes porque mientras los últimos caminan hipnotizados por la magnificencia que los circunda, los primeros a través de la inercia la han interiorizado tanto que incluso se sienten parte de ella. La costumbre es muy amiga de la vanidad y ya sabemos que la vanidad no es de fiar.

Es lamentable ver cómo la rutina día a día mata la capacidad de asombro: los amores profundos e inmensos pasan a ser amores sin más, las maravillas son solamente un elemento con el cual sentirse superior al resto sin siquiera saber qué las llevo a ser tales, cómo surgieron, cómo es que siguen donde están. El beso de los buenos días pasa a ser un simple hola, una mirada, o a veces ni lo uno ni lo otro.  Se cree entonces que eso que es nuestro lo es porque sí y que no es necesario hacer nada para darle un nuevo sentido e intentar merecerlo cada mañana.

Hasta aquí esto no es más que una modesta reflexión sobre el amor verdadero y el valor que le damos o no según se haya extendido en nuestro interior el virus de la vanidad. Sin embargo, hay una parte mucho más peligrosa, mucho más preocupante y dolorosa por lo que significa para muchos. Esa parte de nuestra vida que no apreciamos porque somos incapaces de imaginar que millones de personas viven sin eso que forma parte de nuestros días.

 

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Los rebeldes también dudan

Firenze 2016 YG

 

Dicen que los pesimistas siempre tienen razón, pero los rebeldes son conocidos precisamente por llevar la contraria. Allá donde van todos es justamente donde ellos no quieren ir, eso que hacen todos es lo que los rebeldes se niegan a hacer… Se pasan la vida buscando cosas nuevas o viviendo las de siempre, pero a su manera.

Algunos se enamoran a cada rato, otros pocas pero de verdad, una verdad que hace verlo todo bonito, que va más allá de lo que sus ojos pueden alcanzar. Esa que les hace caminar con una sonrisa porque solamente ellos saben lo que están sintiendo, la que los despierta a medianoche con un nombre en sus pensamientos, la que no sabe decir adiós cuando se va.

Pero llega un momento en el que se posa sobre los rebeldes una nube gris grande como la incertidumbre a la que intentan no dar importancia mientras caminan ignorando el estruendo de los truenos y demostrándole a los relámpagos que el miedo no es un obstáculo. Allí comienza la lucha, la nube descarga sobre los rebeldes toda su fuerza al tiempo que ellos continúan caminando sin quejarse de las llagas que sangran en sus pies por más que el dolor les recuerde que allí están. Aguantan uno, dos, tres, cuatro inclementes aguaceros de los que inundan hasta el alma empapando los sueños y las ganas de vivir. Hasta los más fuertes se resienten, se detienen entonces y se preguntan si vale la pena rebelarse, si vale la pena luchar contra el invierno y otras adversidades para seguir un camino cuyo final a lo mejor se borró haciendo su destino inalcanzable a pesar de lo cerca que parecieran estar de él. Dejan caer los brazos, miran hacia atrás todo el recorrido, hacen un repaso por los años de trabajo para llegar hasta donde están ahora, buscan en la banda sonora de su vida alguna canción que les haga sentir un poco de optimismo, pero los truenos abruman, los relámpagos ciegan y la rendición acecha esperando que la belleza de un lugar único pierda valor. De nada sirven las palabras de ánimo que dándole más o menos trascendencia al cansancio tratan de evitar que la frustración se haga con el poder y los rebeldes vuelvan al mundo de los que se rinden, de los que terminan dejándose llevar por la corriente.

Santa Croce YG 2016

Después de exprimir la ropa, sacudir las botas, curar las heridas… Apareció la canción y poco a poco dejó de llover. De pronto las nubes oscuras dieron paso a un cielo más amable y dulcemente todo empezó a mejorar. Salió un espléndido y maravilloso sol que dejaba casi sin efecto al invierno que paulatinamente va desapareciendo. Todo vuelve a su lugar, los rebeldes se extienden ante el astro rey y se dejan besar por él recuperando la energía necesaria para abrirse camino ante una multitud de resignados, porque los males no son eternos y ningún invierno es lo suficientemente largo ni frío como para impedir que nazcan las flores, las mismas que agradecen la lluvia para poder vivir y llenar al mundo de optimismo… El perfume de la vida.

 

 

Fotos: Gaínza

 

 

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Gracias, queridos olvidados

 

Hoy es uno de esos días en los que mucha gente pasa desapercibida.

Mientras las tiendas colapsan ante las compras de último minuto, las peluquerías dan número como si se fuera a comprar pescado y los hornos trabajan a todo tren, parece que todo fuera diferente. Y aunque para muchos lo es, para otros pasa como si se tratara de un día más. La diferencia está en que muy pocos lo notan.

Detrás de la algarabía, los zapatos, los regalos, las uvas, el brindis, la moneda de la suerte, la maleta lista, la nostalgia, los buenos propósitos, la cena, el alcohol, los cohetes, las sonrisas y las lágrimas, hay millones de personas trabajando para que otros puedan disfrutar de la llegada de un nuevo año.

Operadores del teléfono de emergencias, auxiliares de vuelo, pilotos, agentes de facturación, maleteros, controladores aéreos, policías, bomberos, médicos, enfermeros, camilleros, paramédicos, conductores de autobús y metro, camareros, obreros, farmaceutas, vigilantes, recepcionistas, botones, taxistas, cocineros, ayudantes de todo tipo, camarógrafos, barrenderos, agentes de peaje, animadores… Algunos le sonríen a la radio que resuena en una caseta de vigilancia, otros comparten el momento con compañeros de trabajo, y otros están tan ocupados que ni siquiera notan el repicar de las campanas. A pesar de todo, alrededor del mundo millones de hombres y mujeres en lugar de inventarse excusas para faltar estarán lejos de sus casas cumpliendo con la responsabilidad de hacer su trabajo lo mejor posible para que el resto del mundo pueda festejar.

Así que esta noche o mañana cuando cada uno se dirija al lugar que ha escogido para recibir el año nuevo, que no olvide agradecer por lo menos con una sonrisa a cualquiera de esas personas que están trabajando para que esta noche sea una fiesta. Y si cada uno recuerda hacerlo con todos cada día, mejor.

¡Feliz Año!

Imagen:

Ivory Escapes

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Operación Alegría

Desde que era niña Margarita sabía que la Navidad se acercaba cuando comenzaban a sonar las gaitas, cada año había una nueva. Más o menos a mitad de octubre llegaba la gaita de moda: la que sonaba en todas las radios aunque tuviera que convivir con las de siempre y con el ineludible disco de la Billo´s Caracas Boys que alegraba una casa y las de todos los vecinos.

A medida que avanzaban los días se notaba cómo cada familia llevaba a cabo su propia versión de “Operación Alegría”: tiraban los peroles viejos, pintaban fachadas, podaban los árboles, y dejaban el espacio listo para poner arbolitos y pesebres. Los muchachos del barrio se ponían de acuerdo con sus amigos, y como si se tratara de los siete enanos se dedicaban cada fin de semana a una casa diferente: pintaban rejas, paredes, y hasta tejas bajo un rayo de sol inclemente que nada tenía que hacer frente a la cervezas bien frías y la gran taza de sancocho que ofrecían las agradecidas dueñas.

Para Margarita la Navidad no era tal hasta que el 24 de diciembre plantaba en la mesa un pan de jamón caliente y una botella de Ponche Crema. Desde que ganó su primer sueldo se prometió que nunca le faltaría a su madre por lo menos eso, un pan de jamón. Afortunadamente su trabajo y sus innumerables sacrificios dieron para panes, perniles, hallacas y dulces de lechosa en la casa de su madre, en la suya, y en la de todo aquel al que ha podido ayudar.

 

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Las sorpresas tienen precio

2015

 

Le gustaba dar sorpresas. Lo que sintió cuando le dieron una a los siete años hizo irresistible regalar un momento como ese a las personas que le importaban.

A veces planeaba con tiempo una fiesta, otras simplemente se detenía al ver algo que se le parecía a… y lo guardaba en un cajón hasta que el deseo de ver el brillo especial en los ojos del agasajado burlara al calendario o aguardara la llegada de una fecha señalada. Pero desde que vivía fuera la sorpresa que más le gustaba era la de volver a casa en Navidad.

Tenía un trabajo que le permitía moverse con facilidad, era la clase de trabajo que incluye estar ocupada mientras el resto del mundo festeja. De modo que su familia nunca contaba con su presencia en la mesa. Fue entonces cuando se le ocurrió crear la tradicional sorpresa de Navidad que consistía en hacerle creer a todos que no podría estar en casa para las fiestas. Algunas veces contaba con la complicidad de algún amigo que la recogía en el aeropuerto, otras contaba con la discreción de todos, otras no se lo contaba a ninguno. Lo cierto es que la sorpresa llegaba a su punto culminante cuando su mirada se encontraba con la de su madre.

Pasaba las fiestas riéndose de las excusas que había inventado para no ser descubierta, apareciendo en las casas de sus amigos, repartiendo abrazos mientras las sonrisas inundaban cocinas, garajes y cualquier rincón donde el reencuentro paralizara la cotidianidad. Su tradición entusiasmaba cada vez a más personas que querían formar parte de esos momentos que regalaba atravesando la ciudad en un coche prestado.

 

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