Un hombre con suerte

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Esta es solamente una de tantas historias que sirven para medir el marasmo en que está sumergida Venezuela. En días pasados Samuel (un venezolano como cualquier otro) escribió uno de esos mensajes larguísimos que no son más que el desahogo entre tanta desesperación. Sin un “hola” ni nada lo soltó todo como si no hacerlo lo asfixiara.

“Me quedé accidentado un día jueves a las seis de la tarde en la ciudad (por suerte). Transcurrieron más de dos horas y no llegaba la grúa del seguro. En vista de que eran las 5:30 e iban a cerrar el concesionario, decidí llamar una grúa por cuenta propia no sin antes haber llamado al concesionario y rogar para que autorizaran al vigilante a recibirme el carro a la hora que llegara. ¡Lo logré! Mi carro estuvo quince días para que me dieran un diagnóstico y la posible solución temporal mientras consigo el repuesto, porque como sabes, aquí un repuesto es poco menos que una fantasía. Buscando en el mercado negro quizás lo encuentre a un precio inalcanzable.  

Retiré mi carro con la posible corrección, pero al rato noté que presentaba una falla al encenderlo. Llamé de nuevo al concesionario, me indicaron que llevara el carro de inmediato, pero no podía porque estaba en otra ciudad. De modo que regresé a casa sabiendo que al día siguiente con falla y todo debía ir de nuevo al mismo lugar, es decir, a jugármela a 50Km de distancia.

 

Estuve varado dos semanas, pues mi otro carro también está en reparación. No pude llevarlo tampoco un día después.  Llamé entonces el lunes y la respuesta es que de debo esperar una cita ¿Una cita? ¡Mi carro está en garantía! ¿cómo que una cita? Me planté allí el miércoles e hice lo único que parece funcionar: armar un escándalo. Y así fue, lo más pronto era el jueves 23, pero entre un jueves y “la nada” ya me sentía triunfador.

 

Aquí las colas en los talleres no hay ni que describirlas. La causa: no hay carros nuevos que comprar y los precios son astronómicos.  No es que las colas sean largas como las de la comida (que ya es bastante humillante tener que pasar por eso) sino las listas de las cuales depende la cita. Las colas varían en función del número de clientes que citen según la capacidad diaria.

 

Madrugué como un muchacho esperando entrar a un concierto de rock. Al ser el segundo en la cola conseguí que revisaran el carro, pero al final decidieron no recibírmelo porque faltaron tres de los cuatro técnicos –una cosa normal debido a que el 24 de julio era festivo, y en consecuencia, la excusa perfecta para hacer puente–. Sin duda, esa era la causa de la ausencia.

 

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Il dolce far niente

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Despertar con el cantar de los pájaros, sin prisa, sin mirar el reloj, sin una larga lista de cosas por hacer. Estirarse con calma, hacer la cama y dejarla tan acogedora que sea inevitable querer volver –con o sin compañía–. Asomarse a la ventana, respirar profundamente, disfrutar de la vista, del perfume a tierra mojada, del suave balanceo de las hojas acariciadas por la brisa mañanera, o del susurro de las olas coqueteando con la arena. Preparar el desayuno para el mejor de los huéspedes: ese que te sonreía en el espejo mientras te lavabas los dientes. Saborear el jugo de naranja y dejar que pasee por tu boca como ocurría cuando en la infancia jugabas a pescar gotas de lluvia. Sentir cómo el aroma del café se apodera de la casa, poner la mesa y desayunar haciendo solamente eso, desayunar. Todo lo demás puede esperar.

Los placeres de la vida no se llevan bien con la premura, y todos los días es esta última la que rige nuestras vidas. Es por eso que cada vez se hace más necesario desconectar, y cada vez es más importante que esa desconexión dure más tiempo, el esencial para vivir con tranquilidad, para reactivar los sentidos que el tráfico, la rutina y los problemas tienen hipnotizados en un vaivén de actividades. El tiempo para dar un paseo, leer un libro, cerrar los ojos y escuchar un disco, el tiempo para hacer solamente una cosa a la vez –salvo que se trate de querer y dejarse querer–.

El placer de no hacer nada es simplemente eso, el no romperse la cabeza con preocupaciones, el tener un día para uno mismo y disfrutarlo plenamente en su sencillez.  No es una cuestión de holgazanería, se trata de oxigenarse la vida, esa que cada día debería tener menos momentos de estrés y más de la dulzura de vivirla como es.

Il dolce far niente… Voglio vivere così…

 

 

 

Foto: Reza Botana/Gaínza

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Volverá

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Llevaba días callado, taciturno, hasta alguna lágrima se le había escapado en la soledad de la carretera.

Había llegado a ese punto de su vida que soñó de pie en el autobús que tomaba todos los días para ir a trabajar. Quería una casa grande, bonita, con un patio donde hacer parrillas para festejar cada cumpleaños de sus nietos. Quería viajar con sus hijos, ver un partido de fútbol saboreando un escocés en las rocas. Quería envejecer viendo crecer a su familia, compartir las navidades en una mesa donde no faltara nada ni nadie. Y lo había conseguido, podía sentirse orgulloso de su trayectoria profesional, del trabajo duro del que cosechaba los frutos, y por supuesto, de los adultos de provecho que lo hacían sentir un buen padre.

Había enseñado su oficio a mucha gente que a lo largo de estos años había cruzado las fronteras. Lo lamentaba, alguna vez intentó ponerse en los zapatos de los padres de esos muchachos, pero nunca imaginó que algún día él sentiría ese nudo en la garganta. Ni una sola de las miles de noches en las que le dio un beso antes de dormir pudo sospechar que un día esa habitación se quedaría vacía porque su hijo, cansado de la situación del país se iría lejos, muy lejos… Nueva Zelanda, un país donde no hay Panelas de San Joaquín.

Ver partir a su hijo fue especialmente doloroso. Sintió cómo sin la más mínima dosis de anestesia le arrancaban un pedazo de vida. Así que se refugió en el silencio de los recuerdos, y en la esperanza de que allá tan lejos su mayor preocupación ya no sería que la violencia del socialismo del siglo XXI diera un balazo a los sueños de su muchacho. Cambiaba la angustia por el deseo de que todo saliera bien y la joven criatura llena de proyectos triunfara sintiendo la menor nostalgia y soledad posibles. Experimentaba un alivio agridulce, pero alivio al fin.

Fue entonces cuando encontró una vieja carta de alguien que se había ido, en ella además de explicar un poco lo que siente el que se va, también encontró consejos para el que se queda:

 

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Las más…

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Últimamente las listas ocupan la atención de todo el mundo. Diarios, revistas y redes sociales se llenan de listas de todo tipo y para todos los gustos:

Los 25 bares más feos de la ciudad, las 20 cosas que odian las azafatas, 15 pistas de que no debiste dejar a tu ex, las 1001 películas que hay que ver antes de morir, 25 señales que indican que estás con el amor de tu vida, las 15 profesiones donde hay más infidelidades, 20 frases de amor que todo romántico quisiera escuchar… Parece que las más seguidas son las del 10: las 10 mejores playas que no puedes dejar de visitar, 10 cosas que todos hacen en casa cuando están solos, 10 detalles indiscutibles que demuestran que has envejecido más de lo que piensas, los 10 motivos para encontrar el coraje de viajar por el mundo, 10 cosas sobre las que los padres siempre mienten, las 10 frases que se pueden decir a la pareja en lugar de “te amo”, las 10 posiciones sexuales favoritas de los hombres… En fin, todo es una lista, da igual el número, 5, 8, 43…  Lo que sí es importante saber es ¿Qué está pasando? ¿Qué dirige las vidas de los habitantes de este mundo? ¿Desde cuándo tu pareja te ama si te dice una de las cosas que alguien apuntó en un papel, o ya no porque no te ha propuesto matrimonio en uno de los x lugares más paradisíacos del mundo?

¿Desde cuándo la propia vida tiene que seguir el camino que otro ha calificado como el mejor? ¿Por qué tu bar favorito ya no puede serlo si no está en el TOP 25? ¿Qué decálogo garantiza alcanzar el nirvana entre las sábanas? ¿Por qué no haber leído el libro más vendido en los últimos años impedirá que tu vida sea maravillosa? ¿Quién desde una redacción te conoce tan bien como para decidir lo que indica que estás con el amor de tu vida o no?

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Basta de listas, basta de perder el tiempo buscando guías para ser felices. Ya basta de romperse la cabeza pensando que no se es lo suficientemente atractivo, exitoso, sexy, inteligente, joven o feliz, simplemente porque una publicación lo dice.

Cada uno conoce sus capacidades, limitaciones, gustos, miedos, sueños… Cada uno sabe lo que le acelera el pulso, lo que le roba las sonrisas, lo que le hace escapar una lágrima. Y quien aún no lo sepa, debe descubrirlo por sí mismo, explorarse dentro e iluminar con la linterna de la honestidad y la autoestima aquello que se esconde y que una chuleta barata sacada de internet no puede enfocar. Es innecesaria una relación hecha para ocupar espacio en alguna publicación, tampoco es necesario que ningún experto decida por el resto cuáles son las emociones, los sentimientos, las croquetas, o las palabras que sí valen la pena.

Aunque no encaje en ninguna lista, no ser como los demás, no expresarse como la mayoría, o no seguir las modas es también una forma de vivir. Cada uno es el arquitecto de un destino donde la propia vida es el proyecto más importante, y si para construirla tiene que cambiar la forma de utilizar el compás, la escuadra o los lápices, adelante, ¡Bienvenidos sean al mundo real los genios que no caben en un elenco!

 

 

Fotos: Paco Yánez

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Le ragazze del Prosecco

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Existen palabras que se aprenden en un idioma y que no se pueden ni se deben traducir. Podría pensarse que es necesario para comprender sentimientos, pero no es así, los sentimientos sólo es posible expresarlos en versión original, sobran los subtítulos, sobran las interpretaciones.

Le ragazze del Prosecco son un grupo de tres amigas que se conocieron hace más de una década en la tierra firme que pocos conocen más allá de los canales de la inolvidable laguna de Venecia. Tres mujeres totalmente diferentes, pero con muchas cosas en común: el respeto a los demás, el sentido de la amistad, las ganas de vivir, el optimismo, y sobre todo, la determinación para hacer posible todo lo que se proponían.  Ellas que habían crecido en diferentes recovecos del planeta se habían encontrado cuando el destino decidió que así fuera. Una parada de autobús, una tienda de lencería… Nadie sabe dónde puede aparecer un amigo.

Para ellas no existía la diferencia de edad, y cada una aprendía de las otras todo lo que podía: desde la lengua hasta la forma de festejar. Tampoco importaba que una fuera soltera, otra casada y otra divorciada, además de las hijas que tenían las dos últimas, siempre era apasionante abrir una botella de espumante para celebrar un encuentro con la primera y hablar de amores –los presentes, los futuros– pocas veces los pasados porque ellas nunca miraban atrás excepto cuando acababan de pasar por una zapatería.

Una de ellas cambió la tranquilidad del pueblo veneciano por una metrópoli donde lo de ponerse falda y tacones para pasear tranquilamente en bicicleta sigue siendo una fantasía. Sin embargo, el triángulo no se rompió, simplemente se hizo más grande porque uno de sus vértices estaba lejos, demasiado como para no echarse de menos, poco a la hora de necesitarse, y lo justo para aprovechar al máximo cada visita de esas donde se engordan 3Kg en una semana.

Utilizaron todas las modalidades posibles para permanecer en contacto, y no fueron pocas las veces que la sorpresa se presentaba con una sonrisa en el mercado de los lunes, o esperaba a brazos abiertos en el aeropuerto.

Así pasaron los años, las madres eran cada vez más fascinantes y veían cómo las niñas de sus ojos estaban creciendo, lo notaban en los detalles, incluso al verlas comer pizza sin patatas fritas. Por fin la soltera se había unido al club de las melenas negras y se había organizado para regresar durante una temporada. Pocos meses las separaban de otro reencuentro digno de descorchar otra botella de Prosecco para celebrar los años, la Serenísima, los amores, la vida, el destino…  Pero fue este mismo, el que las unió una vez, quien este 3 de junio jugando a la crueldad envió de la forma más traicionera a la muerte para que se llevara súbitamente una mujer espléndida, valiente, feliz, llena de sueños… La muerte sin la menor compasión se apropió de una mujer con una gran fortaleza, el ejemplo perfecto de una vida donde no había espacio para la cobardía, la flojera ni la mediocridad. Una mujer que dejó huella en todos los caminos que recorrió, y un vacío insondable en el alma de todos los que tuvieron la suerte de cruzarse con ella.

Allá donde se encuentre la otra punta de este triángulo que ha vuelto a crecer, estará con los ojos perfectamente delineados, el pelo recogido, y su radiante sonrisa vigilando que no falten motivos para celebrar por ella, y brindando cada vez que sus amigas pidan Prosecco, como siempre, para tres.

Cara Roxana, grazie.

Foto: Yedzenia Gaínza

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Los que no tienen ombligo

 

Para poder vivir fuera del vientre de nuestras madres era necesario cortar el cordón umbilical, y para convertirnos en personas autosuficientes, también es necesario romper esa relación de dependencia, esa unión infantil con las señoras que nos trajeron al mundo. Esto no significa dejar de amarlas o de respetarlas, sino poner en práctica todo lo que nos han enseñado para seguir el camino que decidimos recorrer. Lo mismo pasa con nuestro país, abandonamos el nido para poder sobrevivir, pero sin olvidarnos de dónde está, sin dejar de preocuparnos por lo que le ocurre: si tiene comida, si tiene salud, si duerme seguro, si tiene buenos vecinos y si lo tratan bien. Es exactamente igual que cuando nos independizamos, ya no vivimos con nuestras madres pero seguimos teniéndolas presente, pues vivir bajo otro techo no nos convierte en huérfanos ni vacía nuestras venas.

Tenemos la libertad de llevar la vida que queremos. Sin embargo, una de las cosas en las que coincidimos muchos es en que nadie se fía de una persona capaz de maltratar o ignorar a su propia madre. Hasta para la reproducción esto cuenta: para muchas mujeres, que un hombre sea mal hijo es la garantía de que será mal padre ¿Alguien ha visto  lo contrario?

Durante estos años de éxodo se va notando cómo aumentan los venezolanos descastados, esos que ya no recuerdan dónde nacieron porque ahora son de donde viven. Esos que reniegan del lugar donde dieron sus primeros pasos y donde se educaron para poder permitirse el empleo que los mantiene en su nueva patria. Esos que no saben lo que ocurre ni lo que deja de ocurrir, se enteran de las noticias cuando han dejado de serlo y miran para otro lado cuando alguien menciona aquella lejana tierra a la que no volverán. Normalmente los descastados suelen ser esos que no dejaron en el país ni siquiera un amigo, ya que tuvieron la suerte de irse a tiempo llevándoselo todo excepto los recuerdos. No cortaron su cordón umbilical con nuestra tierra, fueron mucho más allá, se borraron el ombligo.

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De espalda

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Y de repente, allí estaba él. Iba en bicicleta, llevaba como siempre el pelo lleno de canas, y pedaleaba con la paz que permite a las conciencias tranquilas disfrutar de la brisa en el rostro que ella no pudo verle. Así lo conoció, así lo vio muchas veces, de lejos, de espalda. Él en su mundo, transitando un camino donde la bicicleta era tan importante, y ella recorriendo otro, a veces paralelo pero distante por ser distinto. Sintió que una vez más iba atrapada en un tren del que no podía bajarse para gritar su nombre, pedirle que la esperara un momento, poder darle un abrazo y hablar durante horas sin que nada más importara.

Recordó cuando veinte años atrás lo vio estacionar la bici en el patio del colegio. Ella que era traviesa pero no mala, murmuraba con dos amigos lo mal que le caía: —¿Filosofía? Seguro piensa que somos idiotas —y por lo menos ella sí que lo era, porque alguna vez la estupidez de la adolescencia tenía que entrar en forma de prejuicio en esa cabeza llena de sueños y canciones de rock. De modo que con la mirada cómplice de los dos compañeros dispuestos a avisarle si alguien venía, y sobre todo, a no venderla en caso de ser descubierta, desinfló la rueda trasera del artilugio que llevaba en el mundo mucho más tiempo que la edad de los tres juntos.  Luego vinieron las risas cuando lo vio irse caminando cojo de una rueda.

No pasó mucho tiempo cuando sus miradas se cruzaron en una clase de Filosofía. No recuerda muy bien qué le preguntó, pero sí que le dio la única respuesta que ella buscaba pero no se esperaba. Ya no le caía mal, él no era idiota ni creía que ella lo fuera, aunque su pregunta trampa demostrara que una cosa es lo que él pensara y otra lo que ella era. Cada día le caía mejor, aún no lo sabía, pero había encontrado un amigo que de una u otra manera la acompañaría el resto de su vida.  Eso es lo que ocurre con la gente importante, por mucho tiempo que pase y más espacio que haya, no se queda en ninguna parte, se va adonde quien la quiere le lleva.

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Después de pensarlo mucho

MORROCOY

 

Se podría decir que es una mujer feliz, tiene juventud, inteligencia y belleza. No todo el mundo tiene la suerte de transitar por la vida contando con las tres cosas. Pero eso ahora mismo no importa, y más adelante tampoco. Son sólo tres cosas que deben lidiar con una marea de defectos.

Está llena de manías que ha ido acumulando durante los años en los que no echar raíces en ninguna parte es su forma de relacionarse con el mundo. Para llegar a sus amores, triunfos y fracasos, siempre necesita el pasaporte. Tiene amigos diseminados en todos los rincones del planeta, a algunos no los ve más que de refilón en alguna actualización de perfil, pero los recuerda casi a diario. Revive con emoción las risas, pero sobre todo rememora el tacto de la piel de cada uno, el pelo con el que alguna vez jugó, y siente cómo en su rostro o en sus labios aún sigue la huella del último beso recibido.

Sueña en silencio -y a veces en voz alta- con el día en el que por fin podrá celebrar su cumpleaños junto a todos, igual que la mayoría de los que como dice la canción, siguen “en la misma ciudad y con la misma gente”.

Cada mañana se levanta pensando en que ha pasado un día más desde aquella tarde cuando salió de su casa rumbo al aeropuerto que la vio marcharse sin saber que ella sería una de las primeras de la gran masa de venezolanos a los que la violencia y el abuso echó a punta de pistola. Se fue llorando lágrimas amargas porque al abordar ese avión en dirección a una nueva vida, dejaba en tierra lo más importante: su familia, su gente, el verde de la montaña que enmarcaba su casa, su programa de radio favorito, el “buenos días” del muchacho que estaba todas las mañanas en el semáforo esperándola con el periódico listo. Dejaba lo que sabía que no encontraría en ninguna otra parte, porque un lugar como ese en el que el destino le regaló nacer no venía repetido como las barajitas de las chucherías que endulzaron su infancia.

Donde vive está bien, tiene amigos, un buen trabajo que le gusta, un carro con el que puede parar en los semáforos sin sentir que se juega los huesos. Sabe que puede ir a cenar sin temor a que se oculte el sol y la noche le juegue una mala pasada. No escribe para avisar que ha llagado bien, a nadie le preocupa porque donde vive las desgracias son la excepción, no la regla. Sabe que si se enferma no se irá a la ruina pagando hospitales privados, ni tendrá que pedir limosna en un autobús para comprarse las medicinas.

Ser soltera y no tener hijos le da la libertad de tomar decisiones sin consultar a nadie porque sólo le afectarían a ella. Sí, cualquiera diría que es una mujer libre y feliz.

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Mangos y arroz con mango

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Venezuela con su tierra fértil a más no poder está poblada de matas de mango en sus cuatro puntos cardinales. Los hay de diferentes tipos, tamaños, colores y sabores. Tanto, que en las autopistas algún muchacho ofrece la exótica tentación de mangos con sabor a piña o a durazno, pues parece que ahora está de moda comer frutas que saben a otras frutas. Son deliciosos, eso es innegable.

Hace unos días el aparato propagandístico del régimen que ya perdió la cuenta de los fantásticos intentos de magnicidio, hizo creer dentro y fuera de nuestras fronteras que la generosidad de Nicolás Maduro es tan grande, que premió con una casa la agresión de una mujer que presa de la desesperación le tiró un mango a la cabeza.

 

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Arepas en el desierto

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Los venezolanos al nacer no somos conscientes de cuánto es rica nuestra tierra. A medida que crecemos nos lo van contando, pero tantas incoherencias impiden que lo entendamos muy bien. Aprendemos que somos afortunados, tenemos playas paradisíacas, selvas impresionantes, cascadas que quitan el aliento, montañas increíbles, llanos infinitos, y un millón de cosas más.

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Cada rincón del país tiene su encanto, hay de todo, tanto que podríamos ser la envidia del mundo. Si queremos nieve, tenemos los picos andinos. Si queremos desierto, sólo hay que rodar un poco para llenarnos el pelo de arena. El sol nos ilumina y calienta cada día, la lluvia nos permite jugar como niños, y esa combinación hace que nuestros campos sean tan fértiles que con muy poco se pueden cosechar frutos deliciosos. El verde de las montañas colorea el cuadro de nuestras vidas, y el inconfundible olor a tierra mojada las perfuma. Como si fuera poco, este país tiene gente trabajadora, alegre, valiente, generosa, bella… Sí, Venezuela lo tiene todo, excepto buena suerte.

 

En la escuela nos enseñaron que teníamos tanto petróleo que casi no se podía contar, pero olvidaron decirnos que el petróleo es lo más parecido a la carne podrida, y como tal, no hace más que atraer a carroñeros. Eso lo descubrimos con el paso de los años, especialmente en los últimos 16 cuando las hienas del Socialismo del Siglo XXI han atacado hambrientas de poder y dinero arrancando de cuajo trozos de esta tierra y exprimiéndole al máximo hasta las tripas. Eso sí, soltando de vez en cuando algún trozo de hueso triturado para mantener callados a esos que no se sabe muy bien si están allí por temor a ser la siguiente presa, o para llegar algún día a liderar la jauría.

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