Día 15: Habemus leche

 

Han pasado dos semanas desde que comenté por aquí la escasez de leche y azúcar que impide algo tan sencillo como desayunar con una cremosa taza de café con leche humeante y lleno de cariño. Durante estos días el cariño ha sido el mejor azúcar para los guayoyos de mi mamá, lo cual no ha impedido que cada vez que salimos de casa, todos busquemos leche.

No es una obsesión, pero casi. La leche no es un capricho para ponerle al café, es indispensable en las familias donde hay niños, de manera que cada quien hace lo que puede para encontrarla y rendirla al máximo. Cada vez que mantengo una conversación con alguien, extraño el momento en el que me ofrecen un cafecito con leche. Sé que mis interlocutores también, pero todos nos hacemos los locos y seguimos hablando.

Esta tarde estuve con alguien a quien conozco desde la adolescencia. Llevábamos rato hablando y nos provocó un café. Bajamos al cafetín del edificio donde nos encontrábamos y pedimos dos “blanquitos”. Recibimos por cuarenta mil bolívares (el veinte por ciento de la pensión de un jubilado) dos tazas de café con leche con la característica espuma que no necesita dibujos porque con las burbujitas basta. Las tazas venían así, a secas, sin platico porque “no había”, es decir, en la camarera no había ganas de lavar dos platos y la forma de evitarlo era no permitir que se ensuciaran. Obviamente no nos dieron sobre de azúcar, ni siquiera un bote con el cual echarnos un poquito. La desganada camarera preguntó si queríamos y ella misma se encargó de distribuir dos cucharaditas rasas entre ambas tazas.

Acompañamos el café con unas galletas que mi amiga traía en el bolso. Aquí ningún negocio llama la atención a un cliente por traer consigo algo que ellos no tienen disponible. Disfrutamos de la merienda en una cafetería que contaba seis personas (camarera y cajero incluidos), algo inimaginable en un lugar donde por lo general había que hacer piruetas para ser atendido porque la cantidad de clientes a cualquier hora era par a la barra de una discoteca un sábado por la noche.

Salí de la cafetería y me fui a la caza de alimentos en el supermercado. A día de hoy el kilo de pimentón (verde y con los días, más bien, las horas contadas) cuesta doscientos mil bolívares, la pensión de un mes de cualquier jubilado que tenga la suerte de agarrar número a las tres de la mañana en la puerta de un banco que no comienza a atender hasta las once. Allí los dejé asumiendo el riesgo de no volver a encontrarlos por debajo de ese precio. Di vueltas por el supermercado buscando algo de eso que no se consigue y temiendo que la cola me hiciera salir cuando ya no quedara ni rastro de sol.

¡Bingo, leche en polvo! Una sola marca, nada de escoger, eso es una suntuosidad absurda del capitalismo salvaje. Paquetes de novecientos gramos que engañan con la falsa ilusión de pagar doscientos setenta mil bolívares el kilo cuando en realidad son trescientos mil. Sí, trescientos mil bolívares. Vendían dos bolsas por persona y, como andaba acompañada, agarré cuatro que luego distribuimos entre los más cercanos. Cuando llevas algo así en el carrito, toca ponerle un montón de cosas encima para impedir que alguno meta mano y se lleve lo que probablemente haya desaparecido de los anaqueles, pues cuando encontré las mías, quedaba una treintena.

Cuando me acerqué con el precioso contenido a la cola para pagar que mi acompañante llevaba rato haciendo, podría pensarse que la misión había sido cumplida, faltaba una tontería: esperar a ser llamado, poner los productos, pagar e irse. Pero no, no es tan sencillo.

Después de una hora y tres minutos de espera, llegó mi turno. Las compras no deben superar los dos millones de bolívares, por lo que en caso de superar la cifra, hay que retirar productos que pasarán en otra operación que requiere identificarse con el número de documento de identidad, confirmar el nombre, pasar la tarjeta, colocar la huella dactilar, dar el tipo de cuenta bancaria, repetir el número de documento de identidad, confirmar el monto, insertar la clave y esperar que el sistema de pago funcione para no tener que empezar desde el principio con esa compra, ya que obviamente al pasar el pico que supere la cantidad antes señalada, hay que hacer todo de nuevo.

Una vez finalizado el pago, hay que tener a mano todos los tiques para que antes de salir del supermercado una persona constate que los productos de carrito y tique coinciden, coloque un sello y por fin se lleve a cabo el extraordinario fenómeno de un cliente abandonando un supermercado con los productos que acaba de pagar.

Alegría, algo de sol me esperaba en el estacionamiento. Mañana tomaré café con una leche que durará mucho menos que la rabia de vivir esto.

Foto:

Gaínza

Yedzenia Gainza

http://www.yedzeniagainza.com

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