Día 9: La burbuja

 

A cuatro kilómetros (y unos diez años de distancia) del centro de la ciudad está una pequeña burbuja, en ella se escuchan gaitas al entrar, sirven refresco, cerveza, café o cualquier bebida que le apetezca a los clientes que quieren comprar carne.

La abundancia es abrumadora: neveras llenas de los mejores cortes de carne de ternera y cerdo, también hay pollo, charcutería y hasta aguacates. Hay cola, cómo no, pero la espera normal de una carnicería normal con un número y unos tres o cuatro clientes por delante. Una carnicería de las que todos conocíamos en este país y que ahora son más bien un recuerdo de tiempos que parecen tan lejanos que duelen en la memoria. En esta excepción los empleados atienden contentos, hay hilo musical acorde a la fecha, y por un momento uno se traslada a diciembre de 1998, ese en el que Venezuela votó por el inicio de la desgracia que lleva casi veinte años vapuleánola.

La atención y los productos son de primera calidad, la espera no es desagradable y, por supuesto, eso se paga, caro. Un kilo de carne de ternera, uno de cerdo, un trocito de tocino y una pechuga de pollo se convierten de pronto en poco más de novecientos mil bolívares, casi cinco salarios mínimos que evidentemente están al alcance de los clientes. Una de ellas dice saber que esta carnicería es mucho más cara que otras de las de ahora, pero por lo menos hay de casi todo, no tiene que humillarse haciendo cola desde la madrugada y tampoco se arriesga a que por ahorrarse algo de dinero, termine perdiendo todo lo que tiene si la atracan o se desata una estampida.

En la burbuja el ambiente es tan absorbente que los clientes permanecen mucho más tiempo del que les toca. Bromean, campanean el vaso y hablan de béisbol. Es una especie de válvula de escape, una forma de evasión para olvidar la porquería que consume al país. Entre los presentes está un famoso diseñador, personas anónimas y, por supuesto, no falta uno de esos que un día se fue a la cama hablando de revolución y justicia social, pero al siguiente se levantó millonario de franela roja. Nadie habla de política, todo el mundo va centrado en su objetivo: carne para las hallacas, para la parrilla o para el consumo diario. Los conocidos nos saludamos con una sonrisa, las caras nuevas también se notan y mientras estoy pagando, veo a uno de tantos testaferros despilfarrando el dinero que debería verse en las calles, en las manos de los ciudadanos, en escuelas, hospitales y autopistas. Se mueve con petulancia, pero no es capaz de sostener con su mirada el desprecio que se me sale por los ojos. Siento náuseas, pero no son consecuencia del casi imperceptible olor a carne cruda o a piel de pollo. Se aleja, sabe que es él quien huele a podrido. Afortunadamente ya mi pedido está listo y puedo irme.

Al salir de la burbuja la realidad me estalla en la cara: aquella estupenda calle llena de terrazas donde se pasaba la tarde entre amigos que luego cenaban juntos y se iban de fiesta, ya no es lo que fue. Casi no hay tráfico y los pocos negocios que se mantienen alrededor están cerrando. Queda un hilo de luz y el sol se despide oscureciendo la ciudad en la que antes el tráfico navideño era una fascinante locura. Nada importaba porque todos nos divertíamos, había de lo que queríamos, teníamos todo el tiempo del mundo para ir de compras ajustadas a nuestro presupuesto, podíamos tomar algo, visitar a los amigos, cenar, bailar y terminar la fiesta en la playa, no sin antes haber parado a desayunar empanadas de cazón.

Subo rapidito al carro y desaparezco pendiente de los retrovisores, llego a casa y aviso a mis acompañantes que estoy a salvo. Debí quedarme más rato en la burbuja disfrutando la ilusión de tener un país como el de antes, pero eso habría empeorado el estruendoso estallido que me gritaba: quien vive de ilusiones muere de desengaño.

Foto:

Aaron Greenwood

 

Yedzenia Gainza

http://www.yedzeniagainza.com

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