Categoría: Diario

Día 9: La burbuja

 

A cuatro kilómetros (y unos diez años de distancia) del centro de la ciudad está una pequeña burbuja, en ella se escuchan gaitas al entrar, sirven refresco, cerveza, café o cualquier bebida que le apetezca a los clientes que quieren comprar carne.

La abundancia es abrumadora: neveras llenas de los mejores cortes de carne de ternera y cerdo, también hay pollo, charcutería y hasta aguacates. Hay cola, cómo no, pero la espera normal de una carnicería normal con un número y unos tres o cuatro clientes por delante. Una carnicería de las que todos conocíamos en este país y que ahora son más bien un recuerdo de tiempos que parecen tan lejanos que duelen en la memoria. En esta excepción los empleados atienden contentos, hay hilo musical acorde a la fecha, y por un momento uno se traslada a diciembre de 1998, ese en el que Venezuela votó por el inicio de la desgracia que lleva casi veinte años vapuleánola.

La atención y los productos son de primera calidad, la espera no es desagradable y, por supuesto, eso se paga, caro. Un kilo de carne de ternera, uno de cerdo, un trocito de tocino y una pechuga de pollo se convierten de pronto en poco más de novecientos mil bolívares, casi cinco salarios mínimos que evidentemente están al alcance de los clientes. Una de ellas dice saber que esta carnicería es mucho más cara que otras de las de ahora, pero por lo menos hay de casi todo, no tiene que humillarse haciendo cola desde la madrugada y tampoco se arriesga a que por ahorrarse algo de dinero, termine perdiendo todo lo que tiene si la atracan o se desata una estampida.

En la burbuja el ambiente es tan absorbente que los clientes permanecen mucho más tiempo del que les toca. Bromean, campanean el vaso y hablan de béisbol. Es una especie de válvula de escape, una forma de evasión para olvidar la porquería que consume al país. Entre los presentes está un famoso diseñador, personas anónimas y, por supuesto, no falta uno de esos que un día se fue a la cama hablando de revolución y justicia social, pero al siguiente se levantó millonario de franela roja. Nadie habla de política, todo el mundo va centrado en su objetivo: carne para las hallacas, para la parrilla o para el consumo diario. Los conocidos nos saludamos con una sonrisa, las caras nuevas también se notan y mientras estoy pagando, veo a uno de tantos testaferros despilfarrando el dinero que debería verse en las calles, en las manos de los ciudadanos, en escuelas, hospitales y autopistas. Se mueve con petulancia, pero no es capaz de sostener con su mirada el desprecio que se me sale por los ojos. Siento náuseas, pero no son consecuencia del casi imperceptible olor a carne cruda o a piel de pollo. Se aleja, sabe que es él quien huele a podrido. Afortunadamente ya mi pedido está listo y puedo irme.

Al salir de la burbuja la realidad me estalla en la cara: aquella estupenda calle llena de terrazas donde se pasaba la tarde entre amigos que luego cenaban juntos y se iban de fiesta, ya no es lo que fue. Casi no hay tráfico y los pocos negocios que se mantienen alrededor están cerrando. Queda un hilo de luz y el sol se despide oscureciendo la ciudad en la que antes el tráfico navideño era una fascinante locura. Nada importaba porque todos nos divertíamos, había de lo que queríamos, teníamos todo el tiempo del mundo para ir de compras ajustadas a nuestro presupuesto, podíamos tomar algo, visitar a los amigos, cenar, bailar y terminar la fiesta en la playa, no sin antes haber parado a desayunar empanadas de cazón.

Subo rapidito al carro y desaparezco pendiente de los retrovisores, llego a casa y aviso a mis acompañantes que estoy a salvo. Debí quedarme más rato en la burbuja disfrutando la ilusión de tener un país como el de antes, pero eso habría empeorado el estruendoso estallido que me gritaba: quien vive de ilusiones muere de desengaño.

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Aaron Greenwood

 

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Día 8: En la cola

Por seguridad es mejor no revelar los trucos que se usan para hacer una cola o meterse en el centro de la ciudad.  Aquí parte del trabajo de regresar a casa sano y salvo consiste en hacerse responsable de la propia seguridad. Ya sabemos todos para qué está la policía, esos uniformados que siempre llegan tarde cuando están atracando o matando a alguien, pero que cuando hay una protesta amanecen en la calle listos para ejercer la fuerza como sea.

Mi mamá piensa que regresé ilesa debido a la cantidad de santos, ángeles, vírgenes y cuanta entidad con aureola me acompaña (según ella) a petición suya. Yo pienso que esta vez tuve suerte y los numerosos atracos que se registraron le tocaron a otros. El caso es que el centro de la ciudad es un reflejo del país: negocios cerrados porque no aguantaron más, tiendas emblemáticas que desaparecieron, locales en venta por todos lados, taguaras que abren hasta mediodía porque después todo se queda desierto y se multiplican las probabilidades de recibir un balazo a cambio de la venta del día o la mercancía restante. Las tiendas lucen sucias, viejas, pocas tienen aire acondicionado y la mayoría no tiene ni ventilador para sus propios empleados. Los vendedores ambulantes son los reyes de las aceras en las que los perros hambrientos yacen esperando la muerte,  las cucarachas conviven con las legumbres y las pacas de efectivo, pues los buhoneros venden todo a muy bajo precio, pero sólo billete sobre billete que luego llevan a uno de esos sitios donde son puestos en venta con un recargo que da dolor de hígado.

En la cola también hay de todo: gente que no tiene qué comer, muchachitos descalzos que caminan de la mano de mujeres embarazadas con barrigas que albergan más parásitos que esperanza de vida. Jóvenes y viejos, pobres y menos pobres, todos intentan estirar al máximo los recursos disponibles, se mira mucho el precio y se organiza la logística para pasar poco tiempo expuesto y comprar lo que se pueda.

Me puse a hacer la cola para comprar un lujo: aceitunas rellenas de pimentón y algo de pasitas. Paré en el único sitio donde se conseguían aceitunas, se podía pagar con tarjeta y la gracia salía a setecientos mil bolívares el kilo, mientras que por cuatro salarios mínimos o, lo que es lo mismo, ochocientos mil bolívares, podía llevarme a casa un kilo de pasitas. Con este despropósito tiré la casa por la ventana para satisfacer las ganas de preparar hallacas con mi mamá. Después de veinte minutos escuchando el malestar de la gente harta de un gobierno que no para de robar y que con su barriga llena se burla de un pueblo famélico, una amiga me dijo que las pasitas y aceitunas estaban a mitad de precio en un negocio a media cuadra distancia. Me despedí de mis amigos de cola (la gente con la que uno despotrica de la miseria del país mientras espera) y me fui corriendo al otro sitio donde después de otros vente minutos haciendo una cola cuatro veces más larga que la anterior supe que las pasitas estaban a cuatrocientos cincuenta mil, pero no había aceitunas. Dejé a mi amiga en esa cola y volví a la anterior donde ya no reconocía a la gente que estaba esperando turno.

Después de llamarme pendeja mentalmente y de conocer a más gente que se quejaba de estar viviendo como jamás imaginó, me resigné a empezar otra vez de cero.  Una media hora después salió la dueña del negocio a preguntar qué quería cada uno e nosotros. Paró en la pareja que estaba detrás de mí y dijo: “hasta aquí vendo por hoy”. Cuando le pregunté a cuánto estaba el kilo de aceitunas rellenas… ¡Sorpresa! Ya costaba novecientos mil. En circunstancias normales la habría mandado al carajo y me habría ido a mi casa, pero como es evidente, el tiempo es dinero y mientras más se tarda en hacer una compra, más cara sale, las aceitunas no son excepción.

Sintiéndome cómplice de un robo compré las aceitunas. Mientras pagaba probando una y otra vez el aparato que se toma su tiempo para conectar con el banco y luego decir más de la mitad de las veces que el intento ha fallado o la operación ha sido rechazada, vi cómo en mi cara cerraban el negocio y en cuestión de minutos desaparecieron los clientes frustrados, los buhoneros con sus sacos llenos de legumbres, bichos y billetes, algunos de los carros que estaban estacionados, y hasta el perro.

Mañana toca explorar otro lugar intentando pasar desapercibida entre la multitud, haciendo amigos temporales y manteniendo la paciencia cuando algún sinvergüenza defienda el chavismo y se alegre al escucharme decir que ojalá Chávez estuviera vivo, aunque luego se trague la rabia cuando termino la frase con un “para verlo preso en Tocuyito pagando por haber robado y convertido a este país en un vertedero”.

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Día 7: ¿Cómo hace uno?

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En Navidad es normal querer hacer regalos a los niños y esperar el momento en que con sorpresa abrirán sus regalos. Los tíos por lo general están para malcriar a los sobrinos, y las tías como yo para regañar con peor cara que los padres, castigar sin piedad y comprar chocolate. Sin embargo, en este país no se piensa en chucherías ni en juguetes, sino en prioridades, en sobrevivir.

En una de esas tiendas que está liquidándolo todo porque los dueños también se van del país, encontré cositas para niños. Poco, pues hasta el San Nicolás de la entrada comenzaba a dar señas de no poder más.

Entre lo que quedaba encontré un par de zapatos en casi doscientos mil bolívares (los más accesibles, prácticamente un salario mínimo), y mirando a una amiga y dije: “si esto cuesta un par de zapatos y el salario mínimo es prácticamente lo mismo, ¿cómo hace una persona para dar calzado a un hijo sin dejar de darle de comer?” Antes de la respuesta de mi amiga, la vendedora que estaba cerca escuchando intervino: “uno deja de comer para que el niño coma y deja de comprarse zapatos para no dejar de calzarlo. Yo tengo un niño de ocho años y me vengo a trabajar sin comer para que mi hijo coma. Como solamente una vez, cuando llego en la noche, pero así voy aguantando y mi hijo no pasa hambre. Además, tengo suerte, una mis compañeras está de reposo por maternidad y hoy nos pidió comida porque lleva tiempo pasando hambre, está débil y el bebé se le está enfermando también. Así que me puse de acuerdo con las demás para regalarle un paquete de harina y algo con qué rellenar la arepa, porque ayer comió una sola vez, por la noche, una arepa sin nada”.

¿Qué se le puede decir a una madre en esa situación? Y lo peor, ¿cómo ayudarla si la mayoría del país está igual o peor? Es terrible tener que escoger a quién ayudar, hacer un triaje en base a las posibilidades propias, la necesidad, la urgencia y la relación con los afectados. Es desgarrador ver a una mujer con notables signos de anemia diciendo que come una vez al día para que su hijo no pase hambre. Aquí no hay Navidad para nadie, y ahora entiendo al San Nicolás de la entrada, aunque no estoy segura de si está deprimido o se le cae la cara de vergüenza no poder cumplir su labor.

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Gaínza

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Día 6: Obediencia

 

 

Cuando uno entra a lugares como centros comerciales, hospitales, restaurantes, encuentra un cartel que dice: “Prohibido portar armas de fuego en este espacio”. Como si ese cartel fuera suficiente para evitar las tres muertes violentas que cada hora se producen en el territorio nacional.

Ese cartel refleja una falsa preocupación del régimen por demostrar que hace algo por la seguridad de los venezolanos, como si el uso de armas de fuego estuviera supeditado a la existencia o no de una pistola en un pálido círculo, igual que una prohibición de fumar. El chavismo pretende que asesinos que no respetan la vida, le ley, la luz del sol, la cantidad de gente en la calle, la edad, ni mucho menos las súplicas de sus víctimas cuando son encañonadas, obedezcan un cartel que prohíbe el porte armas. El mismo gobierno que llena las calles de matones uniformados y ordena que disparen a quemarropa a jóvenes estudiantes que protestan para tener una vida digna, en libertad, aspira a que los malandros no uniformados utilizados para amedrentar a opositores no anden por ahí con armas de fuego cuando no se les pide.

Y ahí estaba yo, como pajarito en grama cuando a las diez de la mañana saqué mi cámara los segundos suficientes para hacer una foto en un lugar donde a cada rato atracan a punta de pistola. Luego desaparecí en el edificio intentando camuflarme entre la gente por si algún malandro me venía siguiendo dispuesto a demostrar que ese cartel no sirve para un carajo.

Caracas, Maturín, Ciudad Guayana y Valencia ocupan el primer, sexto, octavo y noveno puesto de las ciudades más violentas del mundo. Si los cartelitos fueran tan efectivos, las morgues no estarían llenas de cadáveres agujereados a punta de plomo. Pero claro, se pone un dibujito con unas letras confiando en la obediencia de quienes reinan en las calles de este país repartiendo balas como si se tratara de caramelos en una piñata.

Salí del edificio en compañía de otras personas que en perfecta sincronía con el conductor llegamos al punto de recogida justo cuando estaba deteniéndose el carro que nos iba  a transportar. Porque la verdadera obediencia está en moverse con rapidez cuando alguien dice: “salgan que estoy llegando”, no en los carteles ridículos que hasta darían risa  si no fuera por la cantidad de personas que han sido víctimas del hampa frente a ellos.

 

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Gaínza

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Día 5: Mendigando vivir

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No importa si no hay dinero mientras haya salud. Eso funciona en cualquier parte del mundo excepto en el país en el que los hospitales están arruinados, el dinero no vale nada y las medicinas no existen.

Después de la comida, una emergencia médica es una de las principales preocupaciones en este país. No hay nada en centros asistenciales públicos y privados. Reconocidas clínicas se están cayendo a pedazos, no tienen papel higiénico en los baños, los equipos están dañados,  sólo cuentan con el talento de médicos brillantes y la buena voluntad de todo el personal sanitario que hace lo que puede en medio de tanta penuria. Los hospitales están contaminados, no hay material de ningún tipo y ni siquiera seguridad para quienes son asaltados a punta de pistola incluso dentro de un quirófano.

Los creyentes se aferran a su fe, una fe que tiene que luchar contra las adversidades y gastos médicos que consumen toda posesión material necesaria para salvar la vida de un ser querido. Pero como en Venezuela las desgracias vienen en combo, a una emergencia médica hay que sumar la profunda escasez de medicinas que precisa crear un aparato logístico entre amigos, familiares y hasta desconocidos (auxiliado por los que viven en el extranjero) para poder conseguir desde analgésicos, pasando por antibióticos, anestesia, insulina… Aquí falta todo compuesto químico indispensable para cualquier tipo de tratamiento, algunos incluso puede ser adquiridos únicamente por hospitales. Para resumir: en Venezuela no se consiguen ni las mangueritas que llevan suero hasta la vena.

A través de anuncios de radio, grupos de mensajería instantánea, redes sociales, y cualquier medio que sea útil se inicia la angustiosa búsqueda. Una vez localizados, las pastillas, ampollas, goteros, etc, viajan cientos o miles de kilómetros empacadas como oro en polvo en manos de alguien que se encarga de llevarlas hasta la cama del paciente. El problema, como si todo lo demás fuera poca cosa, es que en muchos casos los pacientes expiran entre los brazos de familiares desesperados que suplican atención en centros que no cuentan con lo mínimo necesario para llenar el botiquín de un colegio.  e estos llegan las medicinas o la ayuda económica cuando ya visten de luto y lo recaudado para pagar una clínica se destina a gastos funerarios. ¿Qué creen que pasa con  aquellas familias que acuden a un hospital público? Pues esto: la agonía es más insoportable y la muerte llega antes.

Sobrevivir en Venezuela es un milagro cotidiano, mantener a alguien en una Unidad de Cuidados Intensivos es el resultado de un esfuerzo heroico  de amigos y familiares que sólo aguantan la mecha por amor y el firme deseo de pronto volver a sonreír junto a la persona con la salud quebrantada. En este país hay quienes están mendigando comida, quienes lo hacen por medicinas y quienes lo hacen por ambas cosas. Entre ellos, los defensores del creador de esta pesadilla, el mismo que se puso las pilas y cuando le diagnosticaron un cáncer se fue corriendo a Cuba porque él, con todo el poder, dinero robado y retórica del mundo no tuvo coraje de tratar su enfermedad en un hospital como esos que como pueden prestan servicio a millones de venezolanos. Y como él no se salvó, sus herederos (con las excusas más inverosímiles) niegan diariamente a los venezolanos el derecho a la vida y la salud.

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Notitotal

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Día 4: La humillante fortuna

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Es mediodía y a pesar de ser domingo hay cierto movimiento en las calles. Al margen de una avenida puede verse un hipermercado en el que algunas personas llevan horas haciendo fila, pero no para comprar en un rato, lo cual ya es profundamente injusto, sino para que cuando mañana los portadores de una cédula de identidad terminada en los números ocho o nueve aumenten sus posibilidades de encontrar la mayor cantidad de productos disponibles a precios regulados, pero igualmente inalcanzables para muchos. Eso si tienen suerte, porque la fortuna de ser humillados pasa por cuatro fases:

Primera: hacer cola a la intemperie desde casi veinticuatro horas antes de la apertura del día que están autorizados a comprar porque arbitrariamente alguien así lo decidió.

Segunda: ser divididos tres grandes grupos en los cuales se realiza un sorteo para seleccionar cuáles de los asistentes puede entrar al supermercado, pues no hay para todos.

Tercera: si superaron el filtro del sorteo, encontrarse con estanterías que no estén vacías y haya por lo menos una de las cosas que buscan (leche, harina de maíz, aceite…)

Cuarto: sentirse felices porque no perdieron el tiempo invertido en la cola, pero sabiendo que el próximo lunes, probablemente tendrán que volver a casa cansados, con hambre y las manos vacías.

Ya son las seis de la tarde, ha caído el sol y la cola es visiblemente más larga. Hay unas trescientas personas, muchas siguen el orden de la fila acostadas, otras forman grupitos donde conversan sin descuidar la mochila que dejaron para marcar territorio. Ninguno sabe quién será el flamante ganador del permiso para comprar una limitada cantidad y variedad de comida. Y como dice la canción: “algo grande o algo pequeño, el ganador se lo lleva todo”… También la humillación.

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Gaínza

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Día 3: No hay billete

Decían que en el futuro no sería necesario utilizar papel moneda, que todas las transacciones serían electrónicas y el metálico quedaría sólo como tesoro de coleccionistas. En algunos de los países del primer mundo podemos ver que todo se paga como por arte de magia y la mayoría de las transacciones ya ni siquiera requieren el pin de la tarjeta de turno: con apenas acercarla a un dispositivo electrónico ya la operación está hecha.

Cuando en uno de los países más ricos del mundo no hay efectivo, cualquiera podría pensar que el petróleo ha traído el futuro, pero no, esto no es producto del oro negro sino de la estrategia de un gobierno que cada vez acorrala más a los venezolanos. En el país en el que antes un “no hay billete” se usaba para explicar el motivo por el que aún se manejaba el mismo carro en un lustro, ahora el “no hay billete” es literal. No hay dinero en efectivo, en los cajeros automáticos se pueden retirar diez mil bolívares (lo que cuesta una Coca-Cola pequeña) y por taquilla, treinta mil. De modo que muchos comercios se ven obligados a trabajar con puntos de venta de un sistema bancario cada vez más ineficiente, un sistema de comunicaciones del siglo pasado y, muchas veces, inexistente por falta de electricidad. Y si un comercio no tiene el anhelado dispositivo para poder cobrar, depende de Internet para recibir transferencias o de la “generosidad” de un comercio vecino que le permita utilizar el suyo a cambio de una “conveniente” comisión por cada operación. Pero esto no es todo, como en las ofertas de la teletienda, hay más y usted se sorprenderá: los billetes están a la venta.

Una mujer se dirige a un lugar en el que pasa su tarjeta de débito por un millón de bolívares (el equivalente a cinco salarios mínimos y que alcanza para cinco cartones huevos o dos kilos de manzana), compra billetes pagando 35% de comisión, la más baja de toda la zona, pues algunos según la urgencia del cliente se aprovechan y piden hasta el 43% sobre la cantidad registrada en el aparato.  A eso hay que sumarle que los billetes de más baja denominación emitidos por el Banco Central de Venezuela antes de la última devaluación, ya no son admitidos en la mayoría de los comercios y hasta los que vigilan automóviles en la calle ponen mala cara si alguien se los ofrece para pagar la propina obligatoria por haber hecho algo que nadie les pidió.

En el mundo al revés llamado Venezuela se compran billetes, aunque para la mayoría del país no hay billete.

Fotos:

El Universal

Gaínza

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Día 2: Flacos

 

A eso de las tres de la tarde vi una cola de unas ochenta personas, no para entrar hoy, sino guardando el puesto para comprar mañana cuando abra el supermercado. No la hice, primero necesitaba el abrazo de los míos.

Hoy vi a algunos amigos. Siempre llego sin avisar porque así es más bonito. Me aseguro de que están en casa y aparezco de pronto, en silencio para ver sus caras de sorpresa, el brillo en sus ojos y esperar a que el tembloroso giro de las llaves nos permita fundirnos en un abrazo eterno bajo el umbral de la puerta.

Esta vez la sorprendida he sido yo. Con una sonrisa intenté disimular el dolor al verlos ojerosos, enflaquecidos, con ropa que les queda grande porque la crisis en el país ha disminuido las porciones de comida diaria. Hay alegría, claro que la hay, ¿quién no se alegra al ver a un ser querido? Pero esta vez es como visitar a un enfermo en el hospital, preocupada  sin saber si va a mejorar, pero con la firme esperanza de que así sea.

No hay palabras para describir la situación, así que nos dedicamos a hablar de épocas pasadas en las que como ya es conocido por propios y extraños “éramos felices pero no lo sabíamos”. Las visitas se reducen en horario y todo va en función de una especie de ruego permanente: que no se apague el carro mientras me llevan a casa, que no se vaya la luz porque se daña la comida, que el gas alcance para que la cena no quede a medio hacer.  Todos se disculpan porque no hay mucho que ofrecer, pero un vaso de agua o medio aguacate compartido con quien te importa sabe mejor que un plato de langostinos y vino a solas frente al televisor. El problema es que esto debería ser una decisión voluntaria, no el resultado de una miseria forzada.

Llego a casa y me despido rapidito para reducir el riesgo de quien me abre la puerta y también de quien desde el carro espera que entre para poder irse tranquilo. La alegría puede ser muy amarga, mucho.

 

Me quedo dormida en el sofá recordando un poco frustrada que seguimos sin leche, y aunque la cola era “de las cortas”, hoy no era el día.

La felicidad está hecha de momentos que le robamos a las sombras. Hoy pude decir cerquita “te quiero, me has hecho mucha falta”. Fue un día de miradas llenas de luz que estos días alumbrarán mi vida como la cruz que cada diciembre corona el cerro que me vio nacer y ahora adorna una ciudad de flacos que nada tienen que ver con la vanidad.

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Gaínza

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Día 1: Café sin leche

 

Los sentimientos encontrados no me dejaron dormir mucho, estaba tan feliz de volver como triste por el panorama que tenía ante mis ojos. Mi ciudad parecía un cementerio: oscura, vacía, con cuerpos que de pronto aparecían asustándome porque no sabía bien si se trataba de muertos o, peor aún, de vivos dispuestos a matarme.

Anoche al escuchar las gaitas que daban la bienvenida en la sala de recogida de equipajes tuve la sensación de que por lo menos el inicio de esto iba a ser igual a ellas: música alegre que a punta de tambor y furruco muchas veces esconde letras tristes. Caras largas moviendo los pies al ritmo de canciones que suenan a nostalgia, a años en que los reencuentros eran más felices y la situación del país era indescriptiblemente mejor.

Mi vieja estaba contenta, por fin tenía en casa a todos sus hijos para Navidad. Pero su alegría no ocultaba esa especie de vergüenza que siente uno cuando sabe que el país es un rancho que se cae a pedazos.

En mi casa siempre hemos tenido la costumbre de tomar café y contarnos lo que soñamos la noche anterior. Esta vez el “anoche soñé” fue sustituido por un “el café es negro, no se consigue leche”. Por primera vez en casi cuarenta años debo tomar el café sin leche al que mi mamá ya casi se ha acostumbrado. ¿Qué importa el café? Yo ni siquiera bebo café, lo importante es que estamos juntas, pero en el fondo sé que ella lo extraña y hasta le da pena decir que no tiene. Ya no hay distancia que oculte las carencias y eso le empaña la mañana. La oigo decir desde la cocina que endulzará el café con papelón, pregunta si está bien y le respondo que claro, no hay problema.

Me hago la loca y me tiro al sofá a escuchar cómo cae la lluvia en el patio, los perros siguen durmiendo y yo intento hacer lo mismo para no pensar. Así que ahogo el nudo en la garganta y espero a que el olor a guayoyo me haga abrir los ojos de nuevo.

Por una parte está bien no haber hablado de los sueños. Anoche tuve una pesadilla en la que unos malandros me bajaban del carro en el que venía del aeropuerto, se robaban todo a punta de pistola y me dejaban tirada en la autopista junto al amigo que me hizo el favor de recogerme. Desperté en la parte en la que mirando un poco a sus ojos y otro tanto al arma, les pedía que no nos mataran.

Hay empanadas dominó para desayunar. Mi mamá lleva rato amasando aunque apenas son las siete de la mañana. Somos una familia afortunada: estamos vivos, sanos, todos juntos, tenemos empanadas dominó… Y aunque hoy no nos contamos los sueños entre nosotros, ya lo haremos mañana. Hoy haré lo posible por encontrar leche. Eso cuenta como soñar despierta, ¿no?

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Gaínza

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