Categoría: Diario

Día 4: La humillante fortuna

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Es mediodía y a pesar de ser domingo hay cierto movimiento en las calles. Al margen de una avenida puede verse un hipermercado en el que algunas personas llevan horas haciendo fila, pero no para comprar en un rato, lo cual ya es profundamente injusto, sino para que cuando mañana los portadores de una cédula de identidad terminada en los números ocho o nueve aumenten sus posibilidades de encontrar la mayor cantidad de productos disponibles a precios regulados, pero igualmente inalcanzables para muchos. Eso si tienen suerte, porque la fortuna de ser humillados pasa por cuatro fases:

Primera: hacer cola a la intemperie desde casi veinticuatro horas antes de la apertura del día que están autorizados a comprar porque arbitrariamente alguien así lo decidió.

Segunda: ser divididos tres grandes grupos en los cuales se realiza un sorteo para seleccionar cuáles de los asistentes puede entrar al supermercado, pues no hay para todos.

Tercera: si superaron el filtro del sorteo, encontrarse con estanterías que no estén vacías y haya por lo menos una de las cosas que buscan (leche, harina de maíz, aceite…)

Cuarto: sentirse felices porque no perdieron el tiempo invertido en la cola, pero sabiendo que el próximo lunes, probablemente tendrán que volver a casa cansados, con hambre y las manos vacías.

Ya son las seis de la tarde, ha caído el sol y la cola es visiblemente más larga. Hay unas trescientas personas, muchas siguen el orden de la fila acostadas, otras forman grupitos donde conversan sin descuidar la mochila que dejaron para marcar territorio. Ninguno sabe quién será el flamante ganador del permiso para comprar una limitada cantidad y variedad de comida. Y como dice la canción: “algo grande o algo pequeño, el ganador se lo lleva todo”… También la humillación.

Foto:

Gaínza

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Día 3: No hay billete

Decían que en el futuro no sería necesario utilizar papel moneda, que todas las transacciones serían electrónicas y el metálico quedaría sólo como tesoro de coleccionistas. En algunos de los países del primer mundo podemos ver que todo se paga como por arte de magia y la mayoría de las transacciones ya ni siquiera requieren el pin de la tarjeta de turno: con apenas acercarla a un dispositivo electrónico ya la operación está hecha.

Cuando en uno de los países más ricos del mundo no hay efectivo, cualquiera podría pensar que el petróleo ha traído el futuro, pero no, esto no es producto del oro negro sino de la estrategia de un gobierno que cada vez acorrala más a los venezolanos. En el país en el que antes un “no hay billete” se usaba para explicar el motivo por el que aún se manejaba el mismo carro en un lustro, ahora el “no hay billete” es literal. No hay dinero en efectivo, en los cajeros automáticos se pueden retirar diez mil bolívares (lo que cuesta una Coca-Cola pequeña) y por taquilla, treinta mil. De modo que muchos comercios se ven obligados a trabajar con puntos de venta de un sistema bancario cada vez más ineficiente, un sistema de comunicaciones del siglo pasado y, muchas veces, inexistente por falta de electricidad. Y si un comercio no tiene el anhelado dispositivo para poder cobrar, depende de Internet para recibir transferencias o de la “generosidad” de un comercio vecino que le permita utilizar el suyo a cambio de una “conveniente” comisión por cada operación. Pero esto no es todo, como en las ofertas de la teletienda, hay más y usted se sorprenderá: los billetes están a la venta.

Una mujer se dirige a un lugar en el que pasa su tarjeta de débito por un millón de bolívares (el equivalente a cinco salarios mínimos y que alcanza para cinco cartones huevos o dos kilos de manzana), compra billetes pagando 35% de comisión, la más baja de toda la zona, pues algunos según la urgencia del cliente se aprovechan y piden hasta el 43% sobre la cantidad registrada en el aparato.  A eso hay que sumarle que los billetes de más baja denominación emitidos por el Banco Central de Venezuela antes de la última devaluación, ya no son admitidos en la mayoría de los comercios y hasta los que vigilan automóviles en la calle ponen mala cara si alguien se los ofrece para pagar la propina obligatoria por haber hecho algo que nadie les pidió.

En el mundo al revés llamado Venezuela se compran billetes, aunque para la mayoría del país no hay billete.

Fotos:

El Universal

Gaínza

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Día 2: Flacos

 

A eso de las tres de la tarde vi una cola de unas ochenta personas, no para entrar hoy, sino guardando el puesto para comprar mañana cuando abra el supermercado. No la hice, primero necesitaba el abrazo de los míos.

Hoy vi a algunos amigos. Siempre llego sin avisar porque así es más bonito. Me aseguro de que están en casa y aparezco de pronto, en silencio para ver sus caras de sorpresa, el brillo en sus ojos y esperar a que el tembloroso giro de las llaves nos permita fundirnos en un abrazo eterno bajo el umbral de la puerta.

Esta vez la sorprendida he sido yo. Con una sonrisa intenté disimular el dolor al verlos ojerosos, enflaquecidos, con ropa que les queda grande porque la crisis en el país ha disminuido las porciones de comida diaria. Hay alegría, claro que la hay, ¿quién no se alegra al ver a un ser querido? Pero esta vez es como visitar a un enfermo en el hospital, preocupada  sin saber si va a mejorar, pero con la firme esperanza de que así sea.

No hay palabras para describir la situación, así que nos dedicamos a hablar de épocas pasadas en las que como ya es conocido por propios y extraños “éramos felices pero no lo sabíamos”. Las visitas se reducen en horario y todo va en función de una especie de ruego permanente: que no se apague el carro mientras me llevan a casa, que no se vaya la luz porque se daña la comida, que el gas alcance para que la cena no quede a medio hacer.  Todos se disculpan porque no hay mucho que ofrecer, pero un vaso de agua o medio aguacate compartido con quien te importa sabe mejor que un plato de langostinos y vino a solas frente al televisor. El problema es que esto debería ser una decisión voluntaria, no el resultado de una miseria forzada.

Llego a casa y me despido rapidito para reducir el riesgo de quien me abre la puerta y también de quien desde el carro espera que entre para poder irse tranquilo. La alegría puede ser muy amarga, mucho.

 

Me quedo dormida en el sofá recordando un poco frustrada que seguimos sin leche, y aunque la cola era “de las cortas”, hoy no era el día.

La felicidad está hecha de momentos que le robamos a las sombras. Hoy pude decir cerquita “te quiero, me has hecho mucha falta”. Fue un día de miradas llenas de luz que estos días alumbrarán mi vida como la cruz que cada diciembre corona el cerro que me vio nacer y ahora adorna una ciudad de flacos que nada tienen que ver con la vanidad.

Foto:

Gaínza

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