Día 1: café sin leche

Los sentimientos encontrados no me dejaron dormir mucho, estaba tan feliz de volver como triste por el panorama que tenía ante mis ojos. Mi ciudad parecía un cementerio: oscura, vacía, con cuerpos que de pronto aparecían asustándome porque no sabía bien si se trataba de muertos o, peor aún, de vivos dispuestos a matarme.

Anoche al escuchar las gaitas que daban la bienvenida en la sala de recogida de equipajes tuve la sensación de que por lo menos el inicio de esto iba a ser igual a ellas: música alegre que a punta de tambor y furruco muchas veces esconde letras tristes. Caras largas moviendo los pies al ritmo de canciones que suenan a nostalgia, a años en que los reencuentros eran más felices y la situación del país era indescriptiblemente mejor.

Mi vieja estaba contenta, por fin tenía en casa a todos sus hijos para Navidad. Pero su alegría no ocultaba esa especie de vergüenza que siente uno cuando sabe que el país es un rancho que se cae a pedazos.

En mi casa siempre hemos tenido la costumbre de tomar café y contarnos lo que soñamos la noche anterior. Esta vez el “anoche soñé” fue sustituido por un “el café es negro, no se consigue leche”. Por primera vez en casi cuarenta años debo tomar el café sin leche al que mi mamá ya casi se ha acostumbrado. ¿Qué importa el café? Yo ni siquiera bebo café, lo importante es que estamos juntas, pero en el fondo sé que ella lo extraña y hasta le da pena decir que no tiene. Ya no hay distancia que oculte las carencias y eso le empaña la mañana. La oigo decir desde la cocina que endulzará el café con papelón, pregunta si está bien y le respondo que claro, no hay problema.

Me hago la loca y me tiro al sofá a escuchar cómo cae la lluvia en el patio, los perros siguen durmiendo y yo intento hacer lo mismo para no pensar. Así que ahogo el nudo en la garganta y espero a que el olor a guayoyo me haga abrir los ojos de nuevo.

Por una parte está bien no haber hablado de los sueños. Anoche tuve una pesadilla en la que unos malandros me bajaban del carro en el que venía del aeropuerto, se robaban todo a punta de pistola y me dejaban tirada en la autopista junto al amigo que me hizo el favor de recogerme. Desperté en la parte en la que mirando un poco a sus ojos y otro tanto al arma, les pedía que no nos mataran.

Hay empanadas dominó para desayunar. Mi mamá lleva rato amasando aunque apenas son las siete de la mañana. Somos una familia afortunada: estamos vivos, sanos, todos juntos, tenemos empanadas dominó… Y aunque hoy no nos contamos los sueños entre nosotros, ya lo haremos mañana. Hoy haré lo posible por encontrar leche. Eso cuenta como soñar despierta, ¿no?

Foto:

Gaínza

Yedzenia Gainza

http://www.yedzeniagainza.com

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