Categoría: Venezuela

Intoxicación

Según la RAE, intoxicación es la acción y efecto de intoxicar.  E intoxicar es:

  1. Infectar con tóxico, envenenar.
  2. Imbuir, infundir en el ánimo de alguien algo moralmente nocivo.
  3. Dar un exceso de información manipulada con el fin de crear un estado de opinión propicio a ciertos fines.

Teniendo en cuenta el significado, voy a explicar lo que significa para los venezolanos vacunarse contra una intoxicación.

El pasado 05 de marzo me encontraba como un día más lidiando contra el tráfico, el calor, la inseguridad y la escasez que reina en cada rincón de Venezuela, cuando de pronto comenzó el caos. Este caos no era otra cosa que la aceptación pública de lo que todos los venezolanos sabíamos desde hacía meses: Hugo Chávez estaba muerto. Aunque claro, se supone que tenemos que tragarnos la fecha del 05 de marzo como oficial hasta que la historia y la sensatez den paso a la verdad.

Se desencadenó algo inexplicable, todo el mundo se echó a la calle, y la verdad es que no recuerdo haber visto a nadie llorando, pero sí rostros de miedo y mucha prisa por alcanzar las cajas de los supermercados con la mayor cantidad de comestibles que el racionamiento y la devaluación permitían. No vi a nadie celebrando, pero sí ese brillo que hay la mirada de los que comenzábamos a ver una pequeña luz iluminando el hueco en el que el país se hunde.

Se sucedieron las desproporciones, las expresiones de “dolor”, las lágrimas de cocodrilo, las demostraciones de disputas internas dentro de un monstruo que se quedaba sin cabeza, el “socialismo” del siglo XXI. Ese “socialismo” que expolia a un pueblo para repartir sus riquezas por el mundo, ese que viaja en aviones privados, viste trajes de seda, zapatos italianos, relojes suizos, y maletines repletos de dólares. Ese que llama burgueses y oligarcas a los que viven en el este, tienen apellidos extranjeros, hacen huelga, tienen un negocio, se dedican a la venta ambulante, tienen carro, el pelo liso, la piel más clara, fueron a la universidad, en fin, a todo aquél que no se crea sus mentiras, sepa ver más allá, y no esté de acuerdo con sus ideas absurdas.

Ese 05 de marzo, me sentía como zombie deambulando por las calles de una  Venezuela lejana a esa en la que nací y crecí. Y mientras las calles eran un arroz con mango y el bombardeo de información atascaba los medios, me fui de viaje a esa Venezuela “de antes”. Sí, de antes,  porque antes no se hablaba, ni siquiera se diferenciaba entre “la derecha” y “la izquierda”, porque nadie era rojo o escuálido, socialista u oligarca, afrodescendiente o pitiyankie, bueno o malo. Antes, todos éramos catires, negros, “caféconleche”, portus, gallegos, maquediches, musiús, maracuchos, gochos, magallaneros, caraquistas, de parrilla, sancocho, de whisky, cerveza, de empanadas, areperos, de El Universal o el Nacional, El Carabobeño, Notitarde,de Meridiano, Panchita y Meridianito, salseros, merengueros, puyúos, de RCTV, de Venevisión, de pepito o hamburguesa, de Cuyagua,  Choroní, Morrocoy, Punto Fijo y Playa seca… Antes éramos de Prebo, La Isabelica, San Vicente, el Castaño, Petare, La Urbina, Catia, Prados del Este, el Chaparral o Campo Norte, la UCV, UCAB, la Metro, UC, IUNP, la UBA, de “ando pedaleao” y “traquilo, te doy la cola”, de hallacas, bollos, Coca-Cola, Frescolita, Toddy, Taco, CADA, Central Madeirense, “no tengo teléfono” y “te caemos en tu casa”, de mangos, fresas, mamones, duraznos, lechoza, melón, chicha, cocada, trabajo de día y estudio de noche, estudio de día y trabajo de noche, Satélite, La Mega,  adecos, copeyanos, ni pendiente,  Miss Venezuela, atún, sardinas, pasticho, paella, EFE, Tío Rico, bambinos, tetas, tinitas, barquillas, cafés, calles del hambre…  Aunque parezcan muchas, no hay opciones suficientes para describir esa Venezuela, porque ese era un país en el que cada uno era feliz en la medida de sus posibilidades, cada uno buscaba mejorar lo que no le gustaba de la propia vida sin que eso significara perjudicar al resto, cada uno quería una casa mejor, pero no le pasaba por la cabeza apropiarse de una ajena. Cada uno vivía en paz, en armonía, sin complejos, sin envidia, sin odio, sin resentimientos. Cada uno respetaba las opciones del otro, sin que eso lo convirtiera en despreciable, en objeto de insultos, odio, en exclusión… Porque TODOS por encima de cualquier cosas éramos VENEZOLANOS.

Esta es la vacuna que les dejo no contra  la intoxicación, sino el envenenamiento de quienes pretender seguir haciendo de Venezuela un país donde aparte del hampa, reine la confrontación. Porque lo único que está claro es que la escasez, los apagones y sobre todo la inseguridad afectan a todos por igual. Porque lo que llenan las morgues son cuerpos baleados de VENEZOLANOS, porque en los hospitales se mueren VENEZOLANOS, porque la ceguera de unos afecta a todos los VENEZOLANOS, y porque esa Venezuela de “antes” no era perfecta, pero en ella todos éramos felices, juntos, como siempre hicimos los VENEZOLANOS.

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Para muestra un botón…

¨Je suis diplomatique, je suis diplomatique!!!!!! ¨ gritaba groseramente en un francés que daba más vergüenza que lástima y viceversa, un hombre con una prepotencia típica de aquél que se cree el ombligo del mundo, con aires de Primera Clase, pero que viaja bien arrinconado en Turista…

Así comenzaba una tarde más en el Aeropuerto de Barajas, donde un vuelo con destino a la cosmopolita, fascinante y tristemente peligrosa Caracas, estaba por despegar…

Todo el mundo aguardaba su turno y seguía las instrucciones de los empleados de la línea aérea que paciente, educada y justamente, pusieron en su sitio al grosero que ventilaba su carnet de funcionario consular… ¨Espere su turno, seguimos un orden y la profesión no es una prioridad¨.

El lamentable espectáculo causaba estupor entre los pasajeros que no sólo se sentían ofendidos por el ¨vivo de turno¨, sino también por saber que ese ¨vivo¨es quien nos representa desempeñando quién sabe qué labor diplomática, obviamente de la misma vergonzosa, corrupta y ridícula manera que se hacía notar entre el resto…

Esos venezolanos que pagan impuestos, hacen sus carpeticas para pedir permiso al gobierno venezolano para gastar su propio dinero, y aguantan infinitas colas para comprar harina de maíz, pollo, leche, azúcar… Esos venezolanos afortunados que se pueden permitir darle uso al pasaporte, aunque sientan ganas de esconderlo cuando personajes de tercera arrastran el gentilicio de una manera tan deprimente, esos mismos personajes que van por la vida ventilando ¨la chapa¨ mientras viven a costillas de todos…

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