Categoría: Venezuela

Una nueva especie de venezolanas

 

Me siento afortunada por haber nacido en el país de las mujeres más bellas del mundo. No cualquiera puede darse el lujo de recibir piropos sólo por haber nacido en determinado pedacito del globo terráqueo. 

Para acentuar más este orgullo salpicado de una gran dosis de vanidad, yo nací en la ciudad de las mujeres más bellas del país de las mujeres más bellas del mundo.  A los que no me crean, que se agarren un avión, crucen el charco y se den una vueltica por Valencia.

 

Debo decir además que mi orgullo no se limita a la belleza de nuestras melenas, el ritmo de nuestras caderas, la suavidad de nuestra piel, la amplitud de nuestra sonrisa  o la delicadeza de nuestros gestos. Las venezolanas estamos hechas de una madera especial que aguanta chaparrones, colas, madrugones y trasnochos para estudiar y trabajar a la vez, y un julepe impresionante para conseguir cualquier cosa que en el “primer mundo” está a pedir de boca. Las venezolanas tenemos una paciencia infinita y un corazón grande, eso sí, no nos calamos a ningún tipo que se crea que por el simple hecho de existir ya vale más que nosotras. A esos “elementos” nos los sacudimos en cuestión de segundos y “si te he visto no me acuerdo”.

Un componente importante de esa madera es nuestra inteligencia, las venezolanas somos mujeres brillantes, llenas de ganas de trabajar, creativas, valientes, soñadoras pero no creyentes de los pajaritos preñaos. Somos lo que en nuestro país se llama “con guáramo” o “echadas pa´lante” y no nos perdemos en tonterías que abarcan usar en femenino cada palabra  que pueble nuestro diccionario porque nuestra feminidad, fortaleza, en fin, nuestra “mujerabilidad” no se ve afectada porque nos llamen “médico”, “miembro” o nos incluyan en el plural como “ciudadanos”.

 

Sin embargo, estos días de “observadora” sin olvidar mi condición de mujer criolla han sido invadidos por eso que yo llamaría una nueva especie de venezolana, y no tendré pepitas en la lengua para decir que esta nueva especie no me gusta nada, no me representa, incluso me avergüenza. Y me pregunto: ¿Qué pasó? ¿Por qué ese afán de convertirnos en objetos, por qué ese absurdo empeño de montarse en el pecho dos bolsas de 4Kg de unas tetas grotescas y de mal gusto,  por qué jugarse la vida para tener un trasero que desafíe la gravedad, por qué ponerse ropa tan apretada para mostrar unas curvas hechas en un quirófano y con las que no es difícil recordar a una “hallaquita mal amarrá”? ¿Por qué?

De pronto dirán que tantos años en Europa me han distanciado de los gustos tropicales, pero no lo creo, sigo siendo venezolana hasta la médula, lo que no he perdido es el buen gusto. Esta “nueva especie” de venezolana parece desconocer lo que significa la discreción.

Yo me arreglo para mí, me monto en tacones de 12 cm porque me da la gana, me maquillo para mí. Para salir a hacer ejercicios lucho contra la suavidad de mis sábanas, mi torre de almohadas, el frío del invierno o los brazos que me estrechan y me piden que siga en la cama… Como soy una floja, no me hace falta mucho ruego para rendirme porque si no voy, no pasa nada, no me remuerde la conciencia y sigo durmiendo…

Lo que veo en muchas cajeras de tiendas, empresarias, chamitas que hasta hace poco usaban camisa blanca y señoras que cuando yo iba a la Universidad ya peinaban canas, es un exacerbado culto al plástico, a la exageración, al “miren lo buena que estoy”, un empeño en que todos sepamos de qué color son las areolas de sus pezones o cuántas tallas menos de ropa interior son capaces de aguantar sin romperse en las dimensiones de sus nuevas nalgas.  Veo a los hombres idiotizados ante tanta “abundancia” pagada de contado, a crédito, o a costillas de algún pendejo… Y es que me parece que estas mujeres no son las mismas que pararían el tráfico de la Champs-Elysées si les diera por cruzarla cuando no les toca.

Estas mujeres distan mucho del “my name is Panamá” de Bárbara Palacios, de la elegancia de Susana Duijm, la inteligencia de Irene Sáez, el carisma de nuestra querida Eva forever o el esplendor de Dayana Mendoza.  Estas mujeres de mentira que ahora abundan en las calles de nuestro país no son de esas venezolanas que al caminar sabemos que nos miran y admiran, no son de esas venezolanas que hemos leído mucho más que “Cincuenta sombras de Grey”, no son de esas venezolanas que sabemos que valemos por lo que tenemos en el cerebro (eso que por desgracia no pueden operarse). 

Como mujer no critico que nadie haga lo que crea necesario para sentirse mejor consigo misma. No he pasado por las manos de un cirujano pero muchas de mis amigas lo han hecho y respeto a quienes han tomado esa decisión sin perder la clase.  No creo que todas las que se tratan con botox, silicona o solución salina sean unas ignorantes, pero sí creo firmemente que esto se nos está yendo de las manos. ¡Señoras, las sagradas proporciones! ¿Adónde vas con ese pecho de 500cc? Si es tan evidente que las tienes grandes, para qué necesitas que las veamos al detalle? ¿Qué haces con ese cuerpazo a los setenta años y vestida como actriz porno de segunda? Aquí parece que la discreción es inversamente proporcional a las medidas de sujetador, y no tiene que ser así, no debe ser así.

 

Tenemos que volver a ser las mismas de siempre aprovechando los beneficios que la ciencia ofrece para mejorar pero no para convertirnos en monstruos, en muñecas en serie, ni mucho menos en objeto de morbo de cuanto baboso nos mire. Tenemos que volver a ser las mujeres más bellas del mundo, con medidas normales, con gustos normales, con maniquíes normales. Y por normal no quiero decir corriente, quiero decir saludable, estético, discreto, refinado.

 

En el país de las mujeres más bellas del mundo tiene que acabarse el “todo vale”, la exageración y la ordinariez. Tenemos madera de sobra con qué levantar todo lo que se mueve y lo que no también sin necesidad de cargar a cuestas las pesadas bolsas de silicona y despropósito que todo lo vulgarizan. En el país de las mujeres más bellas del mundo tenemos que recuperar eso de que nos hablen mirándonos a los ojos, porque todas tenemos nuestra propia versión de “una noche tan linda como esta” y lo sabemos. 

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Hoy puede ser un gran día…

Sigue cantando el maestro Serrat, y aunque un poco tarde, hoy me he puesto a pensar en lo que mañana seguirá estando allí, y especialmente en lo que no.

Hoy puede ser un gran día porque hoy le ponemos freno a la soga que nos ahorca como país desde hace más de quince años.  Hay que moverse. La playa y los amigos seguirán estando allí mañana y muchas cosas se van a acabar…

Hoy puede ser el día en el que hagas tu última cola, y aunque no será de la noche a la mañana, eso, precisamente las colas desaparecerán llevándose consigo tanta división, corrupción, frustración, mediocridad, desidia, irresponsabilidad, hipocresía, y mil lacras más con las que nos tropezamos cada vez que salimos de nuestras casas, o incluso dentro cuando la luz se va y no vemos por donde caminamos.

¿Se imaginan volver al supermercado sin tener que mendigar un poco más de harina, leche, carne o pollo porque sólo nuestro bolsillo será el que nos diga hasta cuánto podemos llevarnos a casa? ¿Se imaginan que nuestras pobres madres ya no tengan que ser marcadas como ganado ni humilladas por animales con uniforme cada vez que quieran prepararnos el almuerzo?

Volver  a casa sin tener que resetear los cerebros de nuestros niños contándoles lo que de verdad ha pasado a lo largo de nuestra historia, tener más de una opción de jugo, leche, o aceite y que todos sean de buena calidad, recibir lo justo por el trabajo que realizamos y pagar en consecuencia, no tener que pedir permiso para salir, estudiar, o simplemente hacer con nuestras cuatro lochas lo que nos dé la gana. Cambiar de canal de televisión sin tener que ver la misma desagradable cara soltando sin parar estupideces, mentiras y odas a la ignorancia. Abrir un negocio sin miedo al matraqueo ni a los saqueos. Que nuestros hospitales vuelvan a tener algodón, alcohol, anestesia,  camas, sillas de ruedas, médicos bien pagados y ya luego si sobra, darle al vecino que lo necesite.  Que se acabe la regaladera en un país que no es capaz de pasar una noche entera sin que en ningún lugar del mismo iguanas intergalácticas lo dejen sin electricidad. Que en las cárceles haya delincuentes y no gente inocente cuyo único “delito” haya sido cumplir con su deber. Que nuestros periodistas puedan contarnos la verdad libremente sin que eso implique quedarse sin trabajo o sacar a sus hijos del país. Volver a ponerse un vestido o una camiseta roja sin que se nos revuelvan las tripas. ¿Se imaginan que nuestra bandera vuelva a ser la de todos, nuestros colores los de todos, nuestros recursos de TODOS?

A que te gusta lo que ves… Seguro que sonríes y te gusta lo que ves, seguro no se te ha olvidado cómo es de verdad este país, cómo somos de verdad. Seguro que no eres ninguno de esos a los que les gusta estar todo el día «echando carro» y esperar a que le regalen las cosas. Seguro que eres uno de esos millones que se para tempranito para ir a trabajar aunque sea colgando en una camionetica, seguro eres uno de tantos que con esfuerzo cumple con su familia y sería incapaz de poner a sus hijos a pasar hambre para quedar como ídolo llevando lomito a los hijos del vecino. Seguro que eres uno de los millones de venezolanos que odia las colas y la sola idea de saber que después de ésta no habrán más ya te da la energía necesaria para salir. No es tarde, hazlo.

Muévete, sal a hacer tu última cola, defiende tu voto. Venezuela, haz como dice Serrat, “date una oportunidad”.  Echa el resto HOY, ejerce tu derecho HOY, porque si no lo haces, es posible que ya nunca puedas ver de cerca una papeleta electoral con más de un partido político o más de un candidato.  Deja la cervecita en la nevera y te la bebes más tarde. Si te quedas echado bebiendo a escondidas es probable que ya nunca vuelvas a comprarte una cajita sin hacer una cola, que ya nunca vuelvas a saber lo que es un sancocho, que las parrillas las veas en las películas viejas (si tienes luz, claro). Échate un bañito y sal “pulio” a votar, porque si no lo haces, a lo mejor ya no vuelves a saber lo que es una pastilla de jabón y el perfumito te lo echarás cada quince y último cuando vayas a recoger lo que cabe en tu tarjetica de racionamiento. Sal a votar, firma el cuaderno, mójate el dedo y defiende tu libertad, la de tus hijos, la de tus viejos.

Hoy puede ser un gran día, hoy podríamos irnos a dormir sabiendo que el país abandona la carretera oscura y llena de huecos que lo lleva a un barranco del que nadie nos va a sacar, hoy podríamos regresar al camino del progreso…

Venezuela, hoy puede ser un gran día… Y mañana también.

 

 

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¿Felicidad suprema?

Crear un Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo es la falta de respeto más grande que se le puede manifestar a un país que semana tras semana va menguando a punta de balas y miseria.

Mi sensibilidad estomacal se ve comprometida ante la repugnancia que me produce el cinismo de lo único “supremo” que tiene el gobierno venezolano, y es la SUPREMA IGNORANCIA de Nicolás Maduro. Y como parece que muchos han olvidado lo que es la felicidad (la simple, y la suprema) al tiempo que creen que pueden encontrarla a precio de saldo o todavía peor, saqueando una tienda de electrodomésticos, les voy a recordar queridos venezolanos lo que es la felicidad suprema, la de verdad.

La felicidad es esa que sientes cuando te levantas temprano por la mañana y mientras te haces una arepa para desayunar ves cómo el sol se asoma por tu ventana. Felicidad es salir de tu casa con tus chamos y dejarlos en un colegio donde sabes que van a aprender Historia de verdad en lugar de ser adoctrinados. Felicidad es  caminar por las calles de tu ciudad sin temor a que una bala te detenga en el camino. Llegar por la noche a casa y saber que todos tus seres queridos llegaron bien, sin ser atracados, matraqueados, amenazados, secuestrados, insultados ni discriminados, es felicidad. Enfermarse y saber que te pueden atender en un hospital con recursos suficientes, encontrar medicinas en la farmacia, comprar la leche que te gusta, la pasta, el queso, la carne, el pollo que te gusta, beber el jugo que te gusta, usar el papel sanitario que te gusta, es felicidad… Ya sé que suena tonto, pero ante tanta escasez, muchos hemos sentido “felicidad” al poder llevar a nuestras casas algo tan simple como una pastilla de jabón.

Porque la felicidad  para un venezolano ahora se basa en poder sobrevivir y las cosas bonitas de la vida ocupan un segundo plano, no porque no queramos ser felices, sino porque estamos demasiado ocupados intentando ganarle la batalla al hampa y a esta dictadura disfrazada. La felicidad del venezolano es comer lo que consigue, salir ileso del transporte público, que la cola para cualquier cosa sea lo más corta posible, no caerle mal a ningún uniformado de verde o de rojo, ir por la autopista sin que un bloque o un hueco pongan fin a su ruta, no perder lo que guarda en la nevera por una falla eléctrica, no decir nada que no le guste al gobierno, y especialmente no tener que ir nuevamente a una morgue a reconocer el cadáver  de un ser querido.

Atrás quedaron los años en los que para nosotros, los “hermanos de la espuma, de las garzas, de las rosas y del sol” – como dice el “Alma llanera” – vivíamos (a pesar de los problemas) la verdadera felicidad…

Que levante la mano quien nunca haya jugado béisbol en su calle con chapitas y el palo de una pala, quien no se haya ido caminando al colegio o al trabajo esquivando entre risas el sol o la lluvia, que me digan los aprovechados si son más felices ahora con una tele de plasma de lo que lo fueron cuando no la necesitaban porque se podían pasar la tarde jugando baloncesto en la cancha del mismo barrio en el que siguen viviendo y todo el mundo a las 6 de la tarde ya está bajo llave.

Salir en bicicleta y compartirla con el que no tenía (un ratico tú y otro yo) o sentarse durante el recreo a tomar el “vaso de leche escolar” con un  paquete de Sorbeticos era felicidad y lo demás es cuento.

¿Quién no sintió felicidad cuando consiguió su primer trabajo por lo que sabía y no por el color de la franela que llevaba puesta?  ¿Quién no fue feliz al saber que todos sus amigos estaban  “a pata e’ mingo”?

Señores, FELICIDAD suprema, infinita e inexplicable es esa que sientes cuando el amor de tu vida te besa mientras sujeta tu  rostro entre sus manos; esa que te recibe con el brillo en los ojos y un juguete en la mano cuando llegas a casa; esa que te echa la bendición antes de acostarse.

La suprema felicidad  no necesita de plasma, tabletas, Wi-Fi, ni milongas revolucionarias. Y por si no se han dado cuenta tampoco de lo que es una milonga revolucionaria, pues sepan que es esa cantaleta absurda y contradictoria como el socialismo del siglo XXI, el mismo que odia al imperio pero tiene twitter, le vende petróleo, le compra aparatos high tech, sale de viaje en aviones privados, autoriza al pueblo a robar adelantando la Navidad para que luego esté muy ocupado intentando poner en funcionamiento el nuevo perol con cables, los mismos cables que terminarán masticando cuando no haya comida que comprar o robar, ni empresarios dispuestos a seguirle el juego a este supremo arroz con mango en el que estamos metidos.

Yo quiero volver a tener un país que me garantice seguridad, libertad, educación, justicia, sanidad, empleo, estabilidad, y ya de mi felicidad simple, suprema, fugaz o permanente me encargo yo… Porque no quiero que me regalen nada, y espejismos mucho menos.

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Lo que no te llevaste…

 

Aprovechaste un día en el que esa gran mujer dejó su casa para ir a ver a sus hijos y arrasaste con todo. Cualquiera diría que eso quedó “pelao”, pero eso es lo que crees tú, si tú, grandísimo miserable que ignoras lo que dejaste.

Te lo voy a decir yo para que tomes conciencia de lo que nunca tendrás. Porque más allá del televisor, del equipo de sonido, los discos, los muebles,  la ropa, del tostiarepa y todo lo que sacaste de esa casa sin que te temblara el pulso. Más allá de todo lo que conseguiste por la flojera de no salir a trabajar y quedarte tirado como la piltrafa que eres viendo pasar la vida que nunca tendrás, más allá de lo que te van a durar las cuatro lochas que te den por enseres robados hay una historia de la que nunca serás parte, ni siquiera podrás tener una lejanamente parecida, hay mucho que no te llevaste.

No te llevaste la alegría de cada domingo por la mañana cuando una sonrisa estaba en la cocina esperándote con un café, no te llevaste los bailes de esa pareja de enamorados eternos cada vez que un disco les hacía menearse un poquito, tampoco te llevaste la ternura que invadía el alma de quien leía cada mensaje escrito con esa caligrafía perfecta y única que decoraba las paredes. No te llevaste la certeza de poder ir a cualquier hora porque la puerta siempre estuviera abierta para recibirte y la pasta siempre lista para que con un golpe de horno pudieras alimentarte. No te llevaste las navidades que te limitaste a escuchar desde la envidia, tampoco te llevaste las canciones que cantamos, las noches en las que el sueño nunca llegaba porque había muchas historias que contar, las risas de cada uno de los seres que dormimos bajo ese modesto pero maravilloso techo, el abrazo de amor verdadero que nunca conocerás, las melodías que salieron del piano que no sabes tocar tampoco te cabían entre las manos. No te llevaste ni uno sólo de los buenos deseos que cientos tenemos para esa “rosa” que a todos nos ha llenado de dulzura.  No te llevaste el verde de las matas.

No te llevaste la unión de una gran familia, la bondad infinita de una pareja inseparable, no te llevaste ni siquiera el dolor que se siente cuando un ser insustituible se va del mundo pero sigue llenándote por dentro. No te llevaste el placer de una vocación que no era un simple trabajo, ni los besos de ese amor apasionado que ha generado buenos hijos y nietos. Dejaste la sabiduría y muchos, muchos consejos. Por dejar, dejaste hasta las resacas de fin de año con gaitas y todo.

Tú miserable, te llevaste eso que se puede llevar cualquiera, eso que seguro ya te gastaste en aguardiente, pero lo más importante, lo verdadero, lo grande que había en cada rincón de esa casa, eso no nos lo podrás quitar nunca. Porque aunque el miedo a que tus balas llenen de pólvora el perfume de nuestra rosa nos obligue a irnos, todo lo que realmente vale lo llevamos dentro de cada uno de nosotros, sí, nosotros los afortunados que no necesitamos de un televisor para ser felices.

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Viajar al futuro

A pesar de la gente buena que allí vive, evito ir a Cuba a toda costa, y en los últimos años la cosa me había funcionado.  No tengo nada en contra de ese país caribeño, pero tampoco puedo esconder que su dictadura me parece vomitiva. Sin embargo, esta vez no tuve opción y volví.

La primera vez que estuve en La Habana tuve la misma sensación que la mayoría de sus visitantes… Viajar al pasado. Carros grandotes de los años cincuenta, electrodomésticos de 1900blanco y negro, casas coloniales con fachadas que se caen, silencio y miradas furtivas, desconfianza, internet intermitente y desesperadamente lento. En fin, todo eso que los curiosos admiran precisamente porque tienen la seguridad de un billete de regreso a la libertad y la fortuna de no dejar allí nada más que lo gastado bebiendo ron y comprando puros.

Porque la verdadera Cuba no es esa de las postales Varadero, tampoco la de las piscinas de los hoteles de lujo, ni ese país donde todo el mundo es feliz con una revolución absurda que los reprime, controla, encarcela, amenaza o los mata. La verdadera Cuba es la que persigue a Yoani Sánchez quien como puede describe la realidad de una forma admirable y obviamente mucho mejor que yo en estas líneas. La verdadera Cuba es esa de la que muchos huyen prefiriendo ser alimento de tiburones que permanecer en ella, la que te recibe en un aeropuerto que parece la entrada a una cárcel, con malas caras vestidas de verde que te miran dejándote claro que “calladito estás más guapo”. Esa en cuyas calles los más jóvenes se ven sometidos a vender su cuerpo al mejor postor que suele ser un viejo decrépito con suficientes fondos para darse un “homenaje” durante unos días a cambio de una lavadora o unos kilos de leche. Cuba es esa de los mercados cayéndose con la carne entera rodeada de moscas porque la gente no tiene dinero suficiente para comprarla.

Sin embargo, esta vez no sentí que viajaba al pasado, esta vez estaba viajando al futuro y eso me daba escalofrío. La Habana que vi la semana pasada es una ciudad mucho más moderna y limpia que antes. Claro, se nota la diferencia de los bolívares que han abandonado nuestros hospitales y universidades para mudarse a la cuna del “Coma-andante”, y no hablo del supremo intergaláctico, sino del de siempre.

Viajé al futuro caminando por las calles de La Habana como si se tratara de un calvario, viendo con tristeza e impotencia a las muchachitas de atractiva piel canela que terminarán siendo presa de viejos verdes con pasaporte extranjero. Sentí lástima por los seis aguacates que estaban a la venta en un tarantín del mercado y por las mujeres que deseaban que los comprara todos para venderme una bolsa por un peso.  Me acordé de Venezuela y vi a mi país en ese espejo.

Sentí rabia al recordar las carreras para comprar harina, la escasez de papel sanitario, las madres de muchos de nosotros marcadas como prisioneras de Auschwitz para comprar una bandeja de pollo o un litro de aceite. Pensé en que a mi rico, inmenso, desgraciado y despiadadamente saqueado país le espera la miseria, el racionamiento, la represión, el atraso, y la ridícula admiración de europeos resentidos a los que “la revolución” les parece el camino y una maravillosa forma de vida, pues todo lo viven desde sus casas donde beben frente a la chimenea ediciones especiales de ron, o peor aún, admiran la miseria ajena haciendo uso de una imaginación muy selectiva desde la espectacular habitación de un hotel de lujo con playa privada a lo largo de la isla.

Viajé al futuro y sentí terror de que nuestras niñas se conviertan en las nuevas jineteras del mundo, terror de tener que pagarle a un aprovechado para que le haga llegar comida, ropa o medicamentos a mi familia, terror de que estos saqueadores terminen de alcanzar su objetivo de convertir a Venezuela en una versión de Cuba, y no precisamente para acumular medallas olímpicas.

Terminé mi viaje abordando mi avión, deseando que la democracia o la muerte  (honestamente ya me da igual) terminen con el yugo que azota a los cubanos y también saquen de una vez a los que desde hace catorce años están aferrados al poder venezolano.

Mi avión despegó con mucha esperanza y poca paciencia… Destino: un  futuro diferente… La libertad.

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Mea culpa

Cuánto me gustaría escuchar de la boca de un ministro, un diputado, y por supuesto, del presidente “la culpa ha sido mía”.

Si se va la luz, la culpa es de una iguana, no de la falta de mantenimiento. Cuando la morgue se llena de víctimas del hampa, la culpa  es de nosotros que somos paranoicos y tenemos una sensación de inseguridad, no de las condiciones en las que trabaja una policía con sueldos miserables. Si el pueblo sale a la calle a exigir sus derechos, la culpa es de medios de comunicación terroristas que los impulsan a protestar, no del hambre que pasan a diario.

Si en las universidades hay disturbios, la culpa es de los profesores que son imperialistas, no de la falta de recursos ni mucho menos de los pistoleros infiltrados del partido  de gobierno. Si en las cárceles hay fiestas y mafias dignas de una película, la culpa es… De nadie, eso no pasa en las cárceles, eso es puro chisme, las cárceles son paraísos, por eso los reos se amotinan y mueren calcinados sin que nadie haga nada.

Si a un inocente lo encarcelan, la culpa es suya por haber expresado su opinión y no coincidir con la que al gobierno le conviene, la culpa no es de instituciones que no conocen el significado de la palabra independencia y creen que la Constitución es un librito pequeño para llevar en el bolsillo. Si los presos políticos ven evaporarse su vida tras las rejas sin que se tomen en cuenta las mínimas medidas humanitarias en caso de enfermedad, la culpa es de ellos por faltar al gobierno, la culpa no es de los jueces que con patrañas hicieron lo que les mandaron desde arriba.

Si ocurre una desgracia, la culpa es de un rayo, un palo de agua, un saboteador, pero nunca del que tiene la responsabilidad de evitarla, lo importante es que el show continúe.  Si una madre de familia y una niña mueren acribilladas por la Guardia Nacional, la culpa es de un “error” de decenas de balas, la culpa es de la señora por haber salido a la calle y de la niña por haber nacido, pero no del asesino que les disparó, ni del cómplice que lo puso en la calle a cuidar nada.

Si no hay harina de maíz la culpa es de nosotros que comemos mucho, si falta el papel sanitario, también es nuestra porque deberíamos limpiarnos con poco, la culpa es nuestra porque nos gusta hacer quedar mal al gobierno, la culpa no es del absurdo control de cambio que arruina a la empresa privada, ni de la falta de producción de las que una vez nacionalizadas han tenido que  cerrar.

Si alguien sufre un mal incurable, la culpa es de la CIA que le inoculó la enfermedad,  no de su estilo de vida, ni de la mala suerte. Si alguien lucha por su vida y  muere en un hospital que se está cayendo, la culpa es de los presidentes de 1958 a 1998,  no del gobierno que ha vendido el barril de petróleo al precio más caro de la historia y desapareció los reales. La culpa es del paciente por estar en la Lista Tascón en lugar de ser “revolucionario” para darse el lujo de tener un cheque en blanco y pagar a los mejores médicos del mundo en La Habana.

Si millones de personas protestan por un fraude electoral, la culpa es nuestra porque no sabemos perder, no de una institución con el 4F amarrado en el brazo, ni tampoco de un sistema de verificación a medida. Si se descubren hechos de corrupción, la culpa es el MOSSAD que se ha pasado años preparando un montaje, la culpa no es de los implicados que ni siquiera se investigan.

Si un hombre armado de valentía se enfrenta al aparato del Estado compuesto de tanto descaro como de petrodólares, y deja al descubierto toda la ineficiencia, la hipocresía, la demagogia y la corrupción,  la culpa es de los judíos, los extranjeros, los homosexuales, la clase media,  del imperio, de Los Simpson… En fin,  de otros.

Si un ignorante llega al poder a punta de dedo en lugar constitucionalmente,  la culpa es nuestra porque no respetamos la última voluntad de “el supremo intergaláctico eterno”, la culpa no es de los alcahuetes de turno. Si un país deja de ser democrático para convertirse en un parapeto, la culpa es de quien denuncia, no de quienes vienen de todas partes a celebrar y a llevarse su parte. Si un periodista es amenazado, despedido, sancionado con el cierre de su medio o incluso encarcelado, la culpa es suya por no repetir lo que dice el burro, el cerdo o el pájaro, la culpa no es de la guerra sin cuartel contra la libertad de expresión.

En definitiva cuando un país navega entre heces,  la culpa es nuestra porque no terminamos de indignarnos y no nos entregamos a luchar contra esta cuerda de enchufados miserables que siguen chupándonos la sangre y el petróleo. La culpa es nuestra por todas aquellas veces que salimos a una marcha bailando como si se tratara de una comparsa, por todas aquellas veces que fuimos a la playa y no a votar, por todas aquellas veces que dejamos que un uniforme analfabeta nos quitara la quincena, por todas aquellas veces que decidimos pagar para no hacer la cola, pagar para que nos sacaran rápido el pasaporte, la licencia, el RIF, el papel del registro, de la alcaldía, pagar para que nos pegaran el cable de la luz al poste, el de la televisión,  pagarle al contador para que declarara menos. La culpa es nuestra por todas aquellas veces que nos quitaron derechos y nos acostumbramos, por todas aquéllas veces  que nos comimos una luz, adelantamos por la derecha,  ignoramos el paso de peatones, estacionamos donde nos dio la gana, tiramos la basura por la ventana, nos hicimos los locos frente a un abuso y no defendimos a nuestro vecino.

Estoy hablando en plural porque de una u otra manera todos estamos en el mismo paquete, y por desgracia el paquete incluye a los honestos y a los que no lo son, a los vivos criollos y a los pendejos,  a los flojos y a los trabajadores. A los que pagamos y a los que nunca lo hicimos. Todos estamos en el mismo barco, VENEZUELA, y con esto  quiero animar a todos a que asumamos nuestras responsabilidades, nuestras culpas, espabilemos y acabemos ya con este circo de mala muerte que tenemos por gobierno, hagamos lo que sea necesario y no nos calemos más aplaudir ni al show ni a sus payasos. Que no esperemos más que asuman ningún tipo de responsabilidad porque lo único que están dispuestos a defender (así sea a punta de fusiles) son los miles de millones que nos han saqueado. No esperemos un “mea culpa” de su parte, y sigamos sin detenernos hasta que un tribunal internacional cumpla con su deber y por fin los declare CULPABLES.

Hagámoslo ya antes de que tengamos que decirle a nuestros hijos un día que existió un gran país llamado Venezuela, pero que ya no existe por nuestra culpa.

 

 

 

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Venezuela no es racista

 

Yo nací en un país multicolor… Y no, no escribe ningún personaje animado, escribe una venezolana. Nací en una Venezuela con una impresionante mezcla de razas, con una incalculable cantidad de tonos de piel. Con abuelos, bisabuelos y/o padres europeos que un día se cruzaron en el camino de alguna criolla de buen corazón y ojos aguarapaos, mujeres con ritmo en las caderas, pecho discreto, pelo negro como el petróleo y labios con sabor a ese dulcito en el que se convierte nuestro cacao. Somos hijos de pieles doradas por el sol o los fogones, tenemos sangre esclava, y también de caciques de los de verdad que ya estaban aquí cuando todavía muchos pensaban que la tierra era plana. ¿Somos una raza? ¡Boh! Yo lo único que sé es que somos venezolanos.

Los venezolanos somos sobre todo gente con alegría de vivir, gente que con cualquier excusa se reúne con los amigos para compartir cuatro palos y “lo que haya” hervido en una olla con cilantro, gente capaz de sacarle el chiste hasta a las situaciones más difíciles; gente sin complejos… No sé si crueles a la hora de poner un apodo, eso es mejor preguntárselo a algún “chichón de piso” pero sí muy honestos.  Digo todo esto porque me resulta ajeno, absurdo y ridículo encontrar en algunos lugares públicos el siguiente escrito: “Toda persona tiene derecho a la protección y el respeto de su honor, dignidad, moral y reputación, sin discriminación de su origen étnico, origen nacional o rasgos del fenotipo.  Se prohíbe todo acto de discriminación racial, fascismo, endorracismo y de xenofobia, que tenga por objeto limitar o menoscabar el reconocimiento, goce y ejercicio de los derechos humanos y libertades de la persona o grupo de personas”.  ¿Por qué me resulta raro, absurdo y ridículo? Porque estamos hablando de una ley creada por un “Instituto Nacional Contra la Discriminación Racial” en un país donde hasta que comenzó a sembrarse odio y confrontación en los discursos del gobierno, nadie pensaba en fascismo, por ejemplo… Endorracismo,  y eso con qué se come?

¿De verdad necesitamos en Venezuela una ley que contemple cosas que están ya en  nuestra recontraviolada Constitución? ¿Tenemos un problema de racismo en Venezuela? ¿Este problema es tan grave que ha sido necesario crear un instituto para solucionarlo y una ley para regularlo? ¡No!

En la Venezuela en la que nací y crecí, no vivían “afrodescencientes” “majunches” pitiyankies”  “fascistas” “imperialistas” “escuálidos” “drogadictos” “sifrinitos” “maricones” “patas en el suelo” “oligarcas” “criminales” “imbéciles” “desgraciados” “enfermos”, en fin,  vocabulario común del chavismo para referirse a los que no son de su agrado o creerse políticamente correctos, sí, ellos políticamente correctos (no se rían).  La Venezuela en la que nací y crecí  estaba llena de negros, catiras, gallegos, portus, musiús, chinos, chamos, panas, gringos, goajiros, llaneros, orientales, maracuchos, gochos,  corianos con “i” porque son de Coro, no de Corea, etc. No recuerdo nunca que alguien haya usado ninguno de estos términos para discriminar a nadie, pero sí para identificarlos; y recuerdo al musiú (que podía ser de cualquier parte del mundo) orgulloso de que le llamaran así, sigo llamando “chaval” al único amigo que seguía teniendo acento gallego aunque llevara toda su vida en Valencia,  sigo llamando “negra” a no sé cuántas amigas que tienen la piel de ébano o canela, y ninguna se ha sentido ofendida nunca, obviamente porque nunca he querido hacerlo. No recuerdo a ningún goajiro ofendido porque el mercado donde vendían se llamara “mercado de los goajiros”, nunca escuché ante un “hola chino” que el chino dijera que no le gustaba que lo llamaran así. No recuerdo al portu de la panadería hacerse el loco ante un “epa portu,  un conleche, por favor”. El gocho que vendía helados estaba atento al grito de “gochoooooo” porque sabía que eso significaba un montón de chamitos locos por comprar.  El árabe daba igual si era sirio o libanés, sabías de sobra que era ese chamo bello de pestañas largas y sonrisa cautivadora que vendía cosas en el centro, y entre todos los árabes y todos los negocios, siempre se sabía a cual te estabas refiriendo… El señor del abasto cuando ibas a comprar algo y eran casi las 6pm, te pedía que le dijeras a su hijo que estaba jugando  en la cancha que regresara a casa.  “Dile al peruano que se venga”…

Cuando llegaban las cortas tardes navideñas decías en tu casa que ibas a estar con el chino, el negro, la catira, el chileno y el gocho en la casa del portu, en la del maracucho que hizo sancocho,  en la del nonno de Leonardo que había hecho una spaghettata, o donde el gallego porque su mamá nos había invitado a comer paella.

Nadie era insultado por el origen, el acento, el color de piel, tampoco por el partido en el que militaba, el equipo de béisbol que seguía, el color de la franela que usaba, ni la religión que profesaba. Nunca necesitamos una ley especial que nos protegiera de la discriminación en ningún sentido ni en ninguna parte, porque hasta los porteros de discoteca dejaban de serlo cuando se ponían necios y la gente dejaba de ir en lugar de “jalar mecate” para entrar.  Estúpidos e ignorantes que se creyeran más que los demás siempre hubo, hay y por desgracia siempre habrán en cualquier parte del mundo; pero en esa Venezuela donde yo nací nadie se atrevía a insultar a otro con argumentos racistas o xenófobos, ni siquiera homófobos porque él único que quedaba mal es el que insultaba. Es cierto que sigue siendo un país donde no todo el mundo ha aprendido que cada uno es libre de meterse en la cama con quien quiera sin importar si el sexo es opuesto o no, es cierto que como en muchas otras partes del mundo, muchas personas extraordinariamente inteligentes y talentosas siguen viviendo encerrados en armarios por temor a la persecución, y aunque el problema no es como para crear un instituto, sí que es cierto que en esta ley se intenta proteger contra discriminaciones que no existían y no contra las reales.

Para mí todo esto se resume a que desde 1999 Venezuela ha sido dinamitada con un discurso violento, de odio y confrontación que ha sido tierra fértil para que surgiera la terrible semilla del racismo, la xenofobia, la homofobia; la persecución absurda y despiadada contra el “diferente”, contra todo aquél que el gobierno ha señalado como apátrida, en fin, contra cualquier disidente.

Yo la única discriminación que desgraciadamente tengo que ver ahora en mi país, es la facilidad con la que los hijos del difunto de Sabaneta se mueven por el mundo con dinero que ha salido de nuestras riquezas y por supuesto, abanicos de dólares sin preparar ni una carpetica de CADIVI. Veo cómo  cuando llega al país un venezolano conocido por su oposición al gobierno, es maltratado y humillado incluso en el mismo aeropuerto; veo cómo todo el mundo hace su cola, pero ésta no vale nada si llega el enchufado de turno con su camiseta roja, su gorra del 4F y pasa de largo porque a él no le toca hacerla.  Veo discriminación cuando en un proceso electoral se echan de los centros de votación  a punta de fusil a los testigos de otros partidos políticos. Veo discriminación cuando se me cierra el canal de televisión que veo porque al gobierno no le gusta. También veo discriminación cuando el único argumento para conseguir votos es que el candidato opositor es judío, burgués y homosexual.  Veo discriminación contra todo el que aparece en la Lista Tascón, cuando a un funcionario se le amenaza con despedirlo o directamente se le despide por haber votado por una opción política diferente a la que ahora fraudulentamente preside Venezuela. Veo discriminación cuando los médicos venezolanos son ninguneados ante profesionales con menos preparación,  importados sin necesidad y ganando sueldos más altos.

Hay discriminación en Venezuela cuando al pueblo se le dice que no importa si no tiene comida porque tiene patria, mientras los ministros revolucionarios se encierran en los restaurantes más caros del país y del extranjero para ponerse morados a punta de whisky y caviar… Discriminación hay cuando un enfermo de cáncer se permite los mejores médicos del mundo pagados por nosotros para intentar salvar su vida, mientras sus presos políticos mueren poco a poco encerrados, padeciendo un acoso a veces hasta más despiadado que la misma enfermedad.

Discriminación es que los profesores universitarios reciban un sueldo miserable mientras hay tarifados por el mundo dando clases con argumentos como “hasta que llegó Chávez a la presidencia, en la Universidad Central de Venezuela no estudiaba gente de color” (no se lleven las manos a la cabeza, eso dicen algunos). Discriminación es que se paralicen las calles de Caracas porque hay que encunetarse si es necesario para que pase un carro oficial con sus respectivos enchufados. Discriminación es que no existan voces opositoras en los medios de comunicación del Estado.

Yo no quiero decirle a mis amigos “epa afrodescendiente, cuándo vienes pa´que nos comamos unas cachapas?”. Yo quiero seguir diciéndoles, negros, catires,  panas; y que nadie pretenda hacerme pagar una multa porque considere que estoy insultando a un tercero que ni conoce.

Señores, estamos hablando de Venezuela, la tierra de la gente amable y hospitalaria que siempre ofrece lo mejor de lo poco que tiene. No estamos hablando de esa parte de España que hasta que conoció la crisis maltrataba  a los “sudacas” recriminándoles que no se quedaran en sus países. Nosotros no somos nazis, no tenemos que perseguir judíos; no somos del Ku Klux Klan para andar maltratando a nuestros hermanos, no somos nadie para maltratar a los demás; y tampoco podemos seguir permitiendo que nos maltraten a nosotros o nos laven el cerebro con argumentos que nos son ajenos y lejanos para seguir dividiéndonos como nunca lo estuvimos.

Estoy convencida de que el Instituto Nacional Contra la Discriminación Racial  y la Ley Orgánica de la que he hablado son una fuente más para que enchufados inútiles sigan chupando dinero e inventando excusas para justificar el sueldo. Y si no es así, quiero ver cuántas multas se han impuesto a Chávez, Maduro, Cabello, Varela, Silva y demás personajes de este macabro gobierno que desde que llegó al poder no ha parado de insultar, ofender, perseguir, sembrar odio y discriminar a todo el mundo.

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Si Simón volviera a nacer…

Si Simón volviera a nacer como hace 230 años sería igual un “oligarca” de familia rica, sangre extranjera, piel blanca y profesor particular. Tendría el mismo sentido de la justicia que aprendió leyendo a Voltaire y a Rousseau, pero  igual habría una señora trabajando en su casa, limpiando y haciendo la comida para cuando volviera de cada batalla. Seguiría pensando que tenemos la obligación de ser libres e iguales, sin llegar al ridículo de llamar “afrodescendiente” al Negro Primero. Hablaría varios idiomas, y bien, no machucaos ni para mofarse, sino como parte de su riqueza intelectual. Seguiría luchando por convertir América en la Gran Colombia, no sin antes haber sacado del poder a cuanto traidor, corrupto, ladrón, maleducado, desagradecido e ignorante estuviera señalando, persiguiendo y matando de hambre a los ciudadanos que no estuvieran de acuerdo con ellos.

Simón sería (según el vocabulario chavista) un “pitiyankie” pues, un “majunche”, un “escuálido”… Simón sería objeto de persecución, crítica, difamación y trampas del gobierno actual. Simón sería interrumpido con cadenas nacionales, pero se las arreglaría para hacernos llegar sus mensajes a través de internet. Simón habría sido encarcelado con cualquier excusa; se le criticaría por tener familia en el extranjero o por viajar, aunque el dinero de esos viajes saliera de su bolsillo y no de las arcas del Estado.  Simón sería amenazado constantemente y se le haría el favor de arreglarle una celdita en cualquier cárcel del país a ver si con eso se calla la boca.  Como Simón no creía en ningún Dios, excepto el de sus padres, ninguna religión sería perseguida ni juzgada.

O a lo mejor no, a lo mejor Simón no sería tan pacífico y se rebelaría dando planazos a cuanto indecente osó profanar su tumba con la excusa de descubrir cualquier pendejada para seguir cambiando los libros de historia. A lo mejor desenvainaría su sable para poner en su sitio a cuanto ladrón vivo o muerto haya usado su nombre para hacer lo que nunca un bravo pueblo debió permitir. A lo mejor agarraría su caballo y lo pondría a mirar a donde le diera la gana después de haber pateado bastante cada Hummer en la que pasean los ministros del «poder popular». Simón agarraría por los testículos a cada militar venezolano que todavía los tenga para recordarles cual es su patria y a cual se deben, y sacaría a punta de machete a todos los intrusos que se mueven en las entrañas de nuestras instituciones.  Simón tendría al día su cédula de identidad y una partida de nacimiento bien grande que dijera que nació en Caracas.

Simón José Antonio de la Santísima Trinidad no se rodearía de malandros, ni les tendería la mano, los encerraría a toditos en cárceles donde se jugaría fútbol con balones y no con cabezas de reclusos. Simón acabaría con ese rancherío que rodea Caracas, pero no a cambio de que le firmen la asistencia en una marcha ni que sean militantes de su partido. Simón se vestiría de todos los colores, no andaría ataviado de lujosas marcas mientras le dice al pueblo que el imperio o ser rico es malo. Simón sería lo suficientemente digno para aceptar una derrota sin trampear maquinitas ni esconder cuadernitos. Simón no permitiría que el Campo de Carabobo se convirtiera en un circo de mala muerte con prostitutas y todo…  Simón nos pondría a todos en los palitos, a los de dentro y a los de fuera.  Simón se comunicaría con su pueblo aunque fuera por cartas y de herencia nos dejaría sus enseñanzas, no su odio, su resentimiento, ni sus complejos, porque no los habría tenido; tampoco habría dejado cuentas millonarias en Suiza para parásitos que anduvieran por el mundo jactándose de ser sus hijos y poco más.

Si este 24 de julio Simón volviera a nacer, se moriría de nuevo, pero de tristeza, de decepción, de rabia al ver qué han hecho con su Caracas, qué han hecho con su Venezuela, qué han hecho con su ya no tan bravo pueblo que haciendo gala de su bondad se acostumbró a que lo sometan, se acostumbró a pensar en el puente, a hacer cola para comprar comida y a recibir limosnas porque le expropiaron su fortuna.  Si Simón volviera a nacer hoy no reconocería a esta Venezuela gobernada ilegítima y fraudulentamente, no reconocería los retazos que quedan de nuestra Constitución, y arrancaría de un tirón la fajita tricolor del brazo de los militares. Si Simón volviera a nacer se moriría de la vergüenza al ver que tanta ruina se ha hecho bajo su santo nombre, y que toda esta miseria y porquería se llama Revolución Bolivariana.

Querido Simón, mejor quédate allí donde estás, mejor sigue revolcándote en tu profanada tumba, mejor no abras los ojos para ver lo que nos están haciendo y nos estamos dejando…

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Volver a la Ciudad de la Furia

Dicen que el primer amor nunca se olvida, y que el primer novio tampoco (no tiene que coincidir una cosa con la otra, ya lo sabemos). Y si hablo de todo lo conocido después de Valencia, mi primer amor fue Buenos Aires, fue en esa ciudad donde estrené mi flamante pasaporte de aquélla dorada República de Venezuela, el pasaporte que abría todas las puertas y mucho más si quien lo presentaba era una mujer; este es un recuerdo que guardo con la misma nostalgia que siento cuando veo que ese país ya no existe, y que por supuesto, muchas puertas se nos cierran en la cara sin siquiera preguntar.

A Buenos Aires llegué de la mano del amor que me llenó de rosas durante el rojo de un semáforo (sí, vendían impresionantes ramos de rosas en los semáforos), del que me vio bailar tango con un artista callejero en Florida, pasear por la Recoleta,  y que por nada del mundo quiso llevarme a la Bombonera para que regresara enterita a mi casa… ¿Exageraciones? ¡Boh! Ir a Buenos Aires fue unos de mis primeros sueños convertidos en realidad. Una ciudad cosmopolita, enorme, llena de todo lo que podía seducir a una jovencita.

Cuando mis amigos me preguntaron qué pensaba de la ciudad de la furia que Soda Stereo nos había incrustado en el cerebro, yo simplemente dije: “Buenos Aires es una París gigante con italianos divinos que hablan español”…  “Buenos Aires huele a nostalgia y a rock”. Porque eso fue lo que encontré, una ciudad monumental con todo hecho a lo grande, la 9 de julio con su obelisco, sus cúpulas europeas, el magnetismo en la mirada de los porteños, el orgullo de no pasar desapercibida para el mundo; la banda sonora que retumbaba en las habitaciones de muchos latinoamericanos: Fito Páez, Charlie García, Andrés Calamaro y Soda Stereo si tenías menos de cuarenta años, y los tangos del elegante Gardel si tenías más de cincuenta o abuelos muy cultos.

En mis primeros años la ingenuidad infantil me llevaba a pensar que en ese rincón remoto del mundo no vivía nadie porque todos caminaban de cabeza o se caían al espacio; luego entendí que si allí vivía Mafalda con sus amigos tenía que ser un lugar extraordinario capaz de desafiar todo, incluso a la gravedad. Esa curiosidad por conocer la que como vi ayer en la autopista hacia Ezeiza es “la ciudad de todos” se acentuó gracias a Gustavo, Zeta y Charlie… Mi hermano mayor los metió en casa escondidos en una cinta y  ya no los dejé ir… De hecho, me fui yo y  me llevé a Cerati conmigo…

La Buenos Aires que yo conocí era mucho mejor de lo que podía imaginar una muchacha que no llegaba a los veinte y vivía en un país tropical. No me decepcionó, tampoco lo hizo Mar del Plata ni sus edificios que me recordaban a Montecarlo.  Argentina era tan  grande que no cabía en toda la extensión de sus nueve letras.

Mi pasión por Buenos Aires es producto de su vino perfumado, esa carne que se disuelve en la boca y que hace pensar en ganado pastando albahaca genovesa,  es producto de la morriña gallega o italiana de los inmigrantes. Mi pasión por Buenos Aires se sonroja ante la mirada celeste de un porteño encorbatado, se deja caer en sus acogedoras librerías, o comer la oreja por ese acento de Federico Luppi o Héctor Alterio, se rebela como la niña a la que no le gusta la sopa, siente el hervor en la sangre de un hincha de fútbol,  se desgarra en el dolor de un tango, mira con nostalgia las luces del puerto, y suda en el Luna Park ante sus estrellas del rock.

Pero como dice la canción “veinte años no es nada”…  En menos de veinte años han destrozado a mi Buenos Aires Querido… La corrupción no es propiedad exclusiva de los venezolanos y las calles porteñas son prueba de ello. Menem, Cavallo y sus famosos “sobresueldos” que hasta hace poco eran una realidad lejana para los españoles que ignoraban la porquería que se escondía en el seno del Partido Popular, ya habían creado escuela en el fin del mundo; y De la Rúa huyendo en un helicóptero a falta de las pelotas que le sobraron para perpetuar el negocio que Cavallo llevaba tiempo montado como Ministro de Economía, allanaron el camino para que el populismo, la mentira y la corrupción pudieran no sólo mirar a dos lados al mismo tiempo y acaparar más, sino convertir a Argentina en la casita de muñecas o más bien la ruleta de la señora que quiere continuar forrándose como su difunto marido con el permiso de las instituciones partidistas que cree puede montarse a la medida como su otro difunto amigote que le regalaba plata. Sí, porque los “presidentes del pueblo” son así de espléndidos cuando los billetes no salen de sus bolsillos.

La Plaza de Mayo está blindada, la inquilina de la Casa Rosada dedica más tiempo a las sesiones de botox que a escuchar a los “descamisados” de lo que queda de Evita Perón revolcándose en la tumba, la 9 de julio es una cantera afeada por unos andenes que la encogen, Corrientes está sucia, Florida, Sarmiento, y Bolívar también… La miseria ya no tiene la cara de peruanos o bolivianos en busca de una vida mejor, la miseria se ha apoderado de los nacidos en la entera nación. La hipocresía reina en los discursos de la “viuda alegre de América” a quien cada vez se le hace más difícil justificar qué ha hecho con la plata de los argentinos, incluso la de los venezolanos… El peso cada vez vale menos, y si lo consigues en el mercado negro, que en Argentina se le llama “blue” porque hasta para eso son elegantes, mejor ni hablar. Los típicos asados de fin de semana comienzan a ser quincenales o mensuales porque la carne está por las nubes y cada vez es más difícil estirar el sueldo para llevar los fideos a casa. Ya no se camina por las calles bonaerenses pensando en cual será el piropo más bonito que te dirán, ahora vas con cuidado para que no te arranquen el bolso, el certero golpe de un pibe en bicicleta no te quite lo que llevas en la mano, o atenta porque esos secuestros y  muertos por armas de fuego los fines de semana son el nuevo estilo de vida importado de Venezuela, pues las telenovelas ya no son lo que eran. Si decides huir de las calles, te adentras en el subte rezando lo que te sabes (aunque no seas creyente) para no subir al tren de la muerte, no sólo por aferrarte a la vida, sino porque si la pierdes, nadie responderá por ella.

Buenos Aires se ve tan susceptible porque la veo transitar el camino que Venezuela ya ha recorrido y la ha llevado al barranco en el que vivimos, ese barranco del que parece no podemos salir porque ni terminamos de decidirnos, ni nadie nos echa un cable, pues quienes podrían o deberían hacerlo están muy ocupados contando los petrodólares con los que el chavismo les calla la boca.

Este fin de semana, una vez más pude “volver”, y como han pasado los años, sí que encontré en el espejo la frente marchita, especialmente después de correr para arriba y para abajo en los pasillos de un avión cargado de argentinos que también han decidido volver,  bien por vacaciones, o porque no encontraron en la vieja Europa la misma hospitalidad u oportunidades que el maravilloso Sur abrió a tantos barcos cuando en el otro lado del charco la cosa estaba fea.  Una vez más saboreé un vino delicioso, me comí poquito a poco un bife de chorizo que no quería que acabara nunca, desayuné medias lunas, me quité el antojo de empanada; me hice amiga de un taxista que me llevó a visitar a ese que siento como un gran amigo, sentí el frío del viento, y otra vez la nostalgia por esa ciudad de la furia  que mata a pobres corazones y que han convertido en  ciudad de la miseria y rabia contenida…

Ciudadanos del mundo, Argentina no es cuna de ladrones, contadores de milongas, estafadores del amor, futbolistas evasores, viudas calientes con afán de protagonismo, suciedad, irresponsables con aerolínea privada, corruptos con ganas de regresar a la Rosada (como si no la ocuparan ya otros de su misma calaña), militares asesinos, oportunistas y demás escoria… Todos esos cayeron allí por accidente, por desgracia.  Argentina es cuna de gente honesta, trabajadora, con ganas de laburar y disfrutar de las cosas buenas y simples de la vida; un disco, un libro, una Quilmes, un derby en la tele o el estadio, un asado con los amigos; una bella mujer a quien llamar “diosa”. Argentina es cuna de poetas de la prosa, del tango, el comic y  del rock; de genios en el arte de crear cosas buenas, y no trampas para hacerse con lo de los demás.  Más allá de quién lo haya dicho, Buenos Aires  es la ciudad de todos, porque en la ciudad de la furia cualquiera podría encontrar su lugar…

Mi Buenos Aires Querido, me verás volver, pero quisiera hacerlo a esa que conocí, a la que Jorge Luis, Gustavo, Fito, Carlos y Quino tienen talento para adorar. Quisiera profundamente volver  y que al hacerlo también pueda hacer cosas imposibles, quisiera volver y despertar a mi querido Cerati para decirle que ya ha pasado el temblor…

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A los valientes:

Ser estudiante en Venezuela no es como serlo en cualquier otra parte del mundo. Para ser estudiante en Venezuela, además de voluntad, hace falta suerte y partirse el lomo.

Para estudiar en Venezuela no hay que pagar un realero en inscripción como ocurre en otras partes del mundo, pero  hay que empeñar un riñón para comprar libros porque las bibliotecas están peladas, las fotocopias se pagan, al transporte hay que montarle cacería para poder subir sin que te maldigan porque pagas menos pasaje o directamente no pagas.

En Venezuela un estudiante no se queja porque no haya papel sanitario en el baño, porque lo normal es que cargue una caleta en la mochila, no se queja porque no haya agua, se sorprende cuando hay, no se queja de que no hayan pupitres para zurdos, se alegra si consigue uno que no esté roto. Un estudiante en Venezuela no se queja del calor, se aguanta, y cuando llueve se aparta para seguir viendo clase sin que las goteras  le mojen los apuntes.  Un estudiante venezolano no lucha contra el sistema, lucha contra la corrupción, los delincuentes que se caen a plomo dentro de la facultad, los vagos que no paran de quemar todo lo que se les antoje, los enchufados que amenazan cuando hay elecciones en los centros de estudiantes, los sueldos miserables de profesores de verdad, no de tarifados piratas que hablan y hablan a ver si aumentan las ventas de sus libros.

Allá donde nació el Bolívar que desde años los patriotas de pacotilla no han hecho más que arrastrar, los estudiantes no aspiran a becas con una nota que supera el “aprobado”,  se queman las pestañas por la máxima a ver si le dan una aunque sea para sacar fotocopias.

En las universidades públicas venezolanas falta agua, pintura en las paredes, iluminación en los pasillos y alrededores, ascensores en funcionamiento, libros en las bibliotecas, presupuesto para cubrir sueldos decentes, instrumental en los laboratorios,  seguridad, y una larga lista de cosas que en el resto del mundo son imperceptibles.  Pero lo que no falta en esas universidades es valentía, buena voluntad, ganas de estudiar, talento, profesores y alumnos brillantes, horas de sacrificio, gente con un pie dentro y otro fuera del autobús para no llegar tarde a clase, vendedores de rifas para pagarse la toga y el birrete, una enorme necesidad de democracia de la de verdad, no de la que amenaza, manda pistoleros o hace trampa. En las universidades venezolanas sobran los malandros, los encapuchados, los piratas que previo pago llegan de todas partes del mundo a engordar el currículum hablando bien del gobierno. Sobran los “revolucionarios” que secuestran, amenazan y destruyen lo poco que queda.  Sobran los parásitos que se están criando para llegar a ministerios con un título que no vale más que las estampillas que pagaron para obtenerlo.

El alma máter venezolana es esa que ayer recorrió sin miedo las calles de Caracas y otras ciudades. Los estudiantes y profesores de verdad son esos que no quieren una huelga pero deben recurrir a ella para defender la UNIVERSIDAD, para recuperar la libertad. Y todo lo demás, ministros incapaces, jueces mediocres, miembros de asociaciones de enchufados, medios de comunicación prostituidos y otros alcahuetes SOBRAN.

Muchachos, desde un sistema educativo que sufre las consecuencias de las malas decisiones de otros, desde la nostalgia que añora profesores universitarios de los que enseñan sin querer imponer sus ideas y estudiantes que vayan más allá de escribir bobadas en las paredes, los apoyo orgullosa de lo que han hecho y deseando que muy pronto todos salgamos de este hueco.

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