Categoría: Venezuela

Venezuela no es racista

 

Yo nací en un país multicolor… Y no, no escribe ningún personaje animado, escribe una venezolana. Nací en una Venezuela con una impresionante mezcla de razas, con una incalculable cantidad de tonos de piel. Con abuelos, bisabuelos y/o padres europeos que un día se cruzaron en el camino de alguna criolla de buen corazón y ojos aguarapaos, mujeres con ritmo en las caderas, pecho discreto, pelo negro como el petróleo y labios con sabor a ese dulcito en el que se convierte nuestro cacao. Somos hijos de pieles doradas por el sol o los fogones, tenemos sangre esclava, y también de caciques de los de verdad que ya estaban aquí cuando todavía muchos pensaban que la tierra era plana. ¿Somos una raza? ¡Boh! Yo lo único que sé es que somos venezolanos.

Los venezolanos somos sobre todo gente con alegría de vivir, gente que con cualquier excusa se reúne con los amigos para compartir cuatro palos y “lo que haya” hervido en una olla con cilantro, gente capaz de sacarle el chiste hasta a las situaciones más difíciles; gente sin complejos… No sé si crueles a la hora de poner un apodo, eso es mejor preguntárselo a algún “chichón de piso” pero sí muy honestos.  Digo todo esto porque me resulta ajeno, absurdo y ridículo encontrar en algunos lugares públicos el siguiente escrito: “Toda persona tiene derecho a la protección y el respeto de su honor, dignidad, moral y reputación, sin discriminación de su origen étnico, origen nacional o rasgos del fenotipo.  Se prohíbe todo acto de discriminación racial, fascismo, endorracismo y de xenofobia, que tenga por objeto limitar o menoscabar el reconocimiento, goce y ejercicio de los derechos humanos y libertades de la persona o grupo de personas”.  ¿Por qué me resulta raro, absurdo y ridículo? Porque estamos hablando de una ley creada por un “Instituto Nacional Contra la Discriminación Racial” en un país donde hasta que comenzó a sembrarse odio y confrontación en los discursos del gobierno, nadie pensaba en fascismo, por ejemplo… Endorracismo,  y eso con qué se come?

¿De verdad necesitamos en Venezuela una ley que contemple cosas que están ya en  nuestra recontraviolada Constitución? ¿Tenemos un problema de racismo en Venezuela? ¿Este problema es tan grave que ha sido necesario crear un instituto para solucionarlo y una ley para regularlo? ¡No!

En la Venezuela en la que nací y crecí, no vivían “afrodescencientes” “majunches” pitiyankies”  “fascistas” “imperialistas” “escuálidos” “drogadictos” “sifrinitos” “maricones” “patas en el suelo” “oligarcas” “criminales” “imbéciles” “desgraciados” “enfermos”, en fin,  vocabulario común del chavismo para referirse a los que no son de su agrado o creerse políticamente correctos, sí, ellos políticamente correctos (no se rían).  La Venezuela en la que nací y crecí  estaba llena de negros, catiras, gallegos, portus, musiús, chinos, chamos, panas, gringos, goajiros, llaneros, orientales, maracuchos, gochos,  corianos con “i” porque son de Coro, no de Corea, etc. No recuerdo nunca que alguien haya usado ninguno de estos términos para discriminar a nadie, pero sí para identificarlos; y recuerdo al musiú (que podía ser de cualquier parte del mundo) orgulloso de que le llamaran así, sigo llamando “chaval” al único amigo que seguía teniendo acento gallego aunque llevara toda su vida en Valencia,  sigo llamando “negra” a no sé cuántas amigas que tienen la piel de ébano o canela, y ninguna se ha sentido ofendida nunca, obviamente porque nunca he querido hacerlo. No recuerdo a ningún goajiro ofendido porque el mercado donde vendían se llamara “mercado de los goajiros”, nunca escuché ante un “hola chino” que el chino dijera que no le gustaba que lo llamaran así. No recuerdo al portu de la panadería hacerse el loco ante un “epa portu,  un conleche, por favor”. El gocho que vendía helados estaba atento al grito de “gochoooooo” porque sabía que eso significaba un montón de chamitos locos por comprar.  El árabe daba igual si era sirio o libanés, sabías de sobra que era ese chamo bello de pestañas largas y sonrisa cautivadora que vendía cosas en el centro, y entre todos los árabes y todos los negocios, siempre se sabía a cual te estabas refiriendo… El señor del abasto cuando ibas a comprar algo y eran casi las 6pm, te pedía que le dijeras a su hijo que estaba jugando  en la cancha que regresara a casa.  “Dile al peruano que se venga”…

Cuando llegaban las cortas tardes navideñas decías en tu casa que ibas a estar con el chino, el negro, la catira, el chileno y el gocho en la casa del portu, en la del maracucho que hizo sancocho,  en la del nonno de Leonardo que había hecho una spaghettata, o donde el gallego porque su mamá nos había invitado a comer paella.

Nadie era insultado por el origen, el acento, el color de piel, tampoco por el partido en el que militaba, el equipo de béisbol que seguía, el color de la franela que usaba, ni la religión que profesaba. Nunca necesitamos una ley especial que nos protegiera de la discriminación en ningún sentido ni en ninguna parte, porque hasta los porteros de discoteca dejaban de serlo cuando se ponían necios y la gente dejaba de ir en lugar de “jalar mecate” para entrar.  Estúpidos e ignorantes que se creyeran más que los demás siempre hubo, hay y por desgracia siempre habrán en cualquier parte del mundo; pero en esa Venezuela donde yo nací nadie se atrevía a insultar a otro con argumentos racistas o xenófobos, ni siquiera homófobos porque él único que quedaba mal es el que insultaba. Es cierto que sigue siendo un país donde no todo el mundo ha aprendido que cada uno es libre de meterse en la cama con quien quiera sin importar si el sexo es opuesto o no, es cierto que como en muchas otras partes del mundo, muchas personas extraordinariamente inteligentes y talentosas siguen viviendo encerrados en armarios por temor a la persecución, y aunque el problema no es como para crear un instituto, sí que es cierto que en esta ley se intenta proteger contra discriminaciones que no existían y no contra las reales.

Para mí todo esto se resume a que desde 1999 Venezuela ha sido dinamitada con un discurso violento, de odio y confrontación que ha sido tierra fértil para que surgiera la terrible semilla del racismo, la xenofobia, la homofobia; la persecución absurda y despiadada contra el “diferente”, contra todo aquél que el gobierno ha señalado como apátrida, en fin, contra cualquier disidente.

Yo la única discriminación que desgraciadamente tengo que ver ahora en mi país, es la facilidad con la que los hijos del difunto de Sabaneta se mueven por el mundo con dinero que ha salido de nuestras riquezas y por supuesto, abanicos de dólares sin preparar ni una carpetica de CADIVI. Veo cómo  cuando llega al país un venezolano conocido por su oposición al gobierno, es maltratado y humillado incluso en el mismo aeropuerto; veo cómo todo el mundo hace su cola, pero ésta no vale nada si llega el enchufado de turno con su camiseta roja, su gorra del 4F y pasa de largo porque a él no le toca hacerla.  Veo discriminación cuando en un proceso electoral se echan de los centros de votación  a punta de fusil a los testigos de otros partidos políticos. Veo discriminación cuando se me cierra el canal de televisión que veo porque al gobierno no le gusta. También veo discriminación cuando el único argumento para conseguir votos es que el candidato opositor es judío, burgués y homosexual.  Veo discriminación contra todo el que aparece en la Lista Tascón, cuando a un funcionario se le amenaza con despedirlo o directamente se le despide por haber votado por una opción política diferente a la que ahora fraudulentamente preside Venezuela. Veo discriminación cuando los médicos venezolanos son ninguneados ante profesionales con menos preparación,  importados sin necesidad y ganando sueldos más altos.

Hay discriminación en Venezuela cuando al pueblo se le dice que no importa si no tiene comida porque tiene patria, mientras los ministros revolucionarios se encierran en los restaurantes más caros del país y del extranjero para ponerse morados a punta de whisky y caviar… Discriminación hay cuando un enfermo de cáncer se permite los mejores médicos del mundo pagados por nosotros para intentar salvar su vida, mientras sus presos políticos mueren poco a poco encerrados, padeciendo un acoso a veces hasta más despiadado que la misma enfermedad.

Discriminación es que los profesores universitarios reciban un sueldo miserable mientras hay tarifados por el mundo dando clases con argumentos como “hasta que llegó Chávez a la presidencia, en la Universidad Central de Venezuela no estudiaba gente de color” (no se lleven las manos a la cabeza, eso dicen algunos). Discriminación es que se paralicen las calles de Caracas porque hay que encunetarse si es necesario para que pase un carro oficial con sus respectivos enchufados. Discriminación es que no existan voces opositoras en los medios de comunicación del Estado.

Yo no quiero decirle a mis amigos “epa afrodescendiente, cuándo vienes pa´que nos comamos unas cachapas?”. Yo quiero seguir diciéndoles, negros, catires,  panas; y que nadie pretenda hacerme pagar una multa porque considere que estoy insultando a un tercero que ni conoce.

Señores, estamos hablando de Venezuela, la tierra de la gente amable y hospitalaria que siempre ofrece lo mejor de lo poco que tiene. No estamos hablando de esa parte de España que hasta que conoció la crisis maltrataba  a los “sudacas” recriminándoles que no se quedaran en sus países. Nosotros no somos nazis, no tenemos que perseguir judíos; no somos del Ku Klux Klan para andar maltratando a nuestros hermanos, no somos nadie para maltratar a los demás; y tampoco podemos seguir permitiendo que nos maltraten a nosotros o nos laven el cerebro con argumentos que nos son ajenos y lejanos para seguir dividiéndonos como nunca lo estuvimos.

Estoy convencida de que el Instituto Nacional Contra la Discriminación Racial  y la Ley Orgánica de la que he hablado son una fuente más para que enchufados inútiles sigan chupando dinero e inventando excusas para justificar el sueldo. Y si no es así, quiero ver cuántas multas se han impuesto a Chávez, Maduro, Cabello, Varela, Silva y demás personajes de este macabro gobierno que desde que llegó al poder no ha parado de insultar, ofender, perseguir, sembrar odio y discriminar a todo el mundo.

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Si Simón volviera a nacer…

Si Simón volviera a nacer como hace 230 años sería igual un “oligarca” de familia rica, sangre extranjera, piel blanca y profesor particular. Tendría el mismo sentido de la justicia que aprendió leyendo a Voltaire y a Rousseau, pero  igual habría una señora trabajando en su casa, limpiando y haciendo la comida para cuando volviera de cada batalla. Seguiría pensando que tenemos la obligación de ser libres e iguales, sin llegar al ridículo de llamar “afrodescendiente” al Negro Primero. Hablaría varios idiomas, y bien, no machucaos ni para mofarse, sino como parte de su riqueza intelectual. Seguiría luchando por convertir América en la Gran Colombia, no sin antes haber sacado del poder a cuanto traidor, corrupto, ladrón, maleducado, desagradecido e ignorante estuviera señalando, persiguiendo y matando de hambre a los ciudadanos que no estuvieran de acuerdo con ellos.

Simón sería (según el vocabulario chavista) un “pitiyankie” pues, un “majunche”, un “escuálido”… Simón sería objeto de persecución, crítica, difamación y trampas del gobierno actual. Simón sería interrumpido con cadenas nacionales, pero se las arreglaría para hacernos llegar sus mensajes a través de internet. Simón habría sido encarcelado con cualquier excusa; se le criticaría por tener familia en el extranjero o por viajar, aunque el dinero de esos viajes saliera de su bolsillo y no de las arcas del Estado.  Simón sería amenazado constantemente y se le haría el favor de arreglarle una celdita en cualquier cárcel del país a ver si con eso se calla la boca.  Como Simón no creía en ningún Dios, excepto el de sus padres, ninguna religión sería perseguida ni juzgada.

O a lo mejor no, a lo mejor Simón no sería tan pacífico y se rebelaría dando planazos a cuanto indecente osó profanar su tumba con la excusa de descubrir cualquier pendejada para seguir cambiando los libros de historia. A lo mejor desenvainaría su sable para poner en su sitio a cuanto ladrón vivo o muerto haya usado su nombre para hacer lo que nunca un bravo pueblo debió permitir. A lo mejor agarraría su caballo y lo pondría a mirar a donde le diera la gana después de haber pateado bastante cada Hummer en la que pasean los ministros del “poder popular”. Simón agarraría por los testículos a cada militar venezolano que todavía los tenga para recordarles cual es su patria y a cual se deben, y sacaría a punta de machete a todos los intrusos que se mueven en las entrañas de nuestras instituciones.  Simón tendría al día su cédula de identidad y una partida de nacimiento bien grande que dijera que nació en Caracas.

Simón José Antonio de la Santísima Trinidad no se rodearía de malandros, ni les tendería la mano, los encerraría a toditos en cárceles donde se jugaría fútbol con balones y no con cabezas de reclusos. Simón acabaría con ese rancherío que rodea Caracas, pero no a cambio de que le firmen la asistencia en una marcha ni que sean militantes de su partido. Simón se vestiría de todos los colores, no andaría ataviado de lujosas marcas mientras le dice al pueblo que el imperio o ser rico es malo. Simón sería lo suficientemente digno para aceptar una derrota sin trampear maquinitas ni esconder cuadernitos. Simón no permitiría que el Campo de Carabobo se convirtiera en un circo de mala muerte con prostitutas y todo…  Simón nos pondría a todos en los palitos, a los de dentro y a los de fuera.  Simón se comunicaría con su pueblo aunque fuera por cartas y de herencia nos dejaría sus enseñanzas, no su odio, su resentimiento, ni sus complejos, porque no los habría tenido; tampoco habría dejado cuentas millonarias en Suiza para parásitos que anduvieran por el mundo jactándose de ser sus hijos y poco más.

Si este 24 de julio Simón volviera a nacer, se moriría de nuevo, pero de tristeza, de decepción, de rabia al ver qué han hecho con su Caracas, qué han hecho con su Venezuela, qué han hecho con su ya no tan bravo pueblo que haciendo gala de su bondad se acostumbró a que lo sometan, se acostumbró a pensar en el puente, a hacer cola para comprar comida y a recibir limosnas porque le expropiaron su fortuna.  Si Simón volviera a nacer hoy no reconocería a esta Venezuela gobernada ilegítima y fraudulentamente, no reconocería los retazos que quedan de nuestra Constitución, y arrancaría de un tirón la fajita tricolor del brazo de los militares. Si Simón volviera a nacer se moriría de la vergüenza al ver que tanta ruina se ha hecho bajo su santo nombre, y que toda esta miseria y porquería se llama Revolución Bolivariana.

Querido Simón, mejor quédate allí donde estás, mejor sigue revolcándote en tu profanada tumba, mejor no abras los ojos para ver lo que nos están haciendo y nos estamos dejando…

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Volver a la Ciudad de la Furia

Dicen que el primer amor nunca se olvida, y que el primer novio tampoco (no tiene que coincidir una cosa con la otra, ya lo sabemos). Y si hablo de todo lo conocido después de Valencia, mi primer amor fue Buenos Aires, fue en esa ciudad donde estrené mi flamante pasaporte de aquélla dorada República de Venezuela, el pasaporte que abría todas las puertas y mucho más si quien lo presentaba era una mujer; este es un recuerdo que guardo con la misma nostalgia que siento cuando veo que ese país ya no existe, y que por supuesto, muchas puertas se nos cierran en la cara sin siquiera preguntar.

A Buenos Aires llegué de la mano del amor que me llenó de rosas durante el rojo de un semáforo (sí, vendían impresionantes ramos de rosas en los semáforos), del que me vio bailar tango con un artista callejero en Florida, pasear por la Recoleta,  y que por nada del mundo quiso llevarme a la Bombonera para que regresara enterita a mi casa… ¿Exageraciones? ¡Boh! Ir a Buenos Aires fue unos de mis primeros sueños convertidos en realidad. Una ciudad cosmopolita, enorme, llena de todo lo que podía seducir a una jovencita.

Cuando mis amigos me preguntaron qué pensaba de la ciudad de la furia que Soda Stereo nos había incrustado en el cerebro, yo simplemente dije: “Buenos Aires es una París gigante con italianos divinos que hablan español”…  “Buenos Aires huele a nostalgia y a rock”. Porque eso fue lo que encontré, una ciudad monumental con todo hecho a lo grande, la 9 de julio con su obelisco, sus cúpulas europeas, el magnetismo en la mirada de los porteños, el orgullo de no pasar desapercibida para el mundo; la banda sonora que retumbaba en las habitaciones de muchos latinoamericanos: Fito Páez, Charlie García, Andrés Calamaro y Soda Stereo si tenías menos de cuarenta años, y los tangos del elegante Gardel si tenías más de cincuenta o abuelos muy cultos.

En mis primeros años la ingenuidad infantil me llevaba a pensar que en ese rincón remoto del mundo no vivía nadie porque todos caminaban de cabeza o se caían al espacio; luego entendí que si allí vivía Mafalda con sus amigos tenía que ser un lugar extraordinario capaz de desafiar todo, incluso a la gravedad. Esa curiosidad por conocer la que como vi ayer en la autopista hacia Ezeiza es “la ciudad de todos” se acentuó gracias a Gustavo, Zeta y Charlie… Mi hermano mayor los metió en casa escondidos en una cinta y  ya no los dejé ir… De hecho, me fui yo y  me llevé a Cerati conmigo…

La Buenos Aires que yo conocí era mucho mejor de lo que podía imaginar una muchacha que no llegaba a los veinte y vivía en un país tropical. No me decepcionó, tampoco lo hizo Mar del Plata ni sus edificios que me recordaban a Montecarlo.  Argentina era tan  grande que no cabía en toda la extensión de sus nueve letras.

Mi pasión por Buenos Aires es producto de su vino perfumado, esa carne que se disuelve en la boca y que hace pensar en ganado pastando albahaca genovesa,  es producto de la morriña gallega o italiana de los inmigrantes. Mi pasión por Buenos Aires se sonroja ante la mirada celeste de un porteño encorbatado, se deja caer en sus acogedoras librerías, o comer la oreja por ese acento de Federico Luppi o Héctor Alterio, se rebela como la niña a la que no le gusta la sopa, siente el hervor en la sangre de un hincha de fútbol,  se desgarra en el dolor de un tango, mira con nostalgia las luces del puerto, y suda en el Luna Park ante sus estrellas del rock.

Pero como dice la canción “veinte años no es nada”…  En menos de veinte años han destrozado a mi Buenos Aires Querido… La corrupción no es propiedad exclusiva de los venezolanos y las calles porteñas son prueba de ello. Menem, Cavallo y sus famosos “sobresueldos” que hasta hace poco eran una realidad lejana para los españoles que ignoraban la porquería que se escondía en el seno del Partido Popular, ya habían creado escuela en el fin del mundo; y De la Rúa huyendo en un helicóptero a falta de las pelotas que le sobraron para perpetuar el negocio que Cavallo llevaba tiempo montado como Ministro de Economía, allanaron el camino para que el populismo, la mentira y la corrupción pudieran no sólo mirar a dos lados al mismo tiempo y acaparar más, sino convertir a Argentina en la casita de muñecas o más bien la ruleta de la señora que quiere continuar forrándose como su difunto marido con el permiso de las instituciones partidistas que cree puede montarse a la medida como su otro difunto amigote que le regalaba plata. Sí, porque los “presidentes del pueblo” son así de espléndidos cuando los billetes no salen de sus bolsillos.

La Plaza de Mayo está blindada, la inquilina de la Casa Rosada dedica más tiempo a las sesiones de botox que a escuchar a los “descamisados” de lo que queda de Evita Perón revolcándose en la tumba, la 9 de julio es una cantera afeada por unos andenes que la encogen, Corrientes está sucia, Florida, Sarmiento, y Bolívar también… La miseria ya no tiene la cara de peruanos o bolivianos en busca de una vida mejor, la miseria se ha apoderado de los nacidos en la entera nación. La hipocresía reina en los discursos de la “viuda alegre de América” a quien cada vez se le hace más difícil justificar qué ha hecho con la plata de los argentinos, incluso la de los venezolanos… El peso cada vez vale menos, y si lo consigues en el mercado negro, que en Argentina se le llama “blue” porque hasta para eso son elegantes, mejor ni hablar. Los típicos asados de fin de semana comienzan a ser quincenales o mensuales porque la carne está por las nubes y cada vez es más difícil estirar el sueldo para llevar los fideos a casa. Ya no se camina por las calles bonaerenses pensando en cual será el piropo más bonito que te dirán, ahora vas con cuidado para que no te arranquen el bolso, el certero golpe de un pibe en bicicleta no te quite lo que llevas en la mano, o atenta porque esos secuestros y  muertos por armas de fuego los fines de semana son el nuevo estilo de vida importado de Venezuela, pues las telenovelas ya no son lo que eran. Si decides huir de las calles, te adentras en el subte rezando lo que te sabes (aunque no seas creyente) para no subir al tren de la muerte, no sólo por aferrarte a la vida, sino porque si la pierdes, nadie responderá por ella.

Buenos Aires se ve tan susceptible porque la veo transitar el camino que Venezuela ya ha recorrido y la ha llevado al barranco en el que vivimos, ese barranco del que parece no podemos salir porque ni terminamos de decidirnos, ni nadie nos echa un cable, pues quienes podrían o deberían hacerlo están muy ocupados contando los petrodólares con los que el chavismo les calla la boca.

Este fin de semana, una vez más pude “volver”, y como han pasado los años, sí que encontré en el espejo la frente marchita, especialmente después de correr para arriba y para abajo en los pasillos de un avión cargado de argentinos que también han decidido volver,  bien por vacaciones, o porque no encontraron en la vieja Europa la misma hospitalidad u oportunidades que el maravilloso Sur abrió a tantos barcos cuando en el otro lado del charco la cosa estaba fea.  Una vez más saboreé un vino delicioso, me comí poquito a poco un bife de chorizo que no quería que acabara nunca, desayuné medias lunas, me quité el antojo de empanada; me hice amiga de un taxista que me llevó a visitar a ese que siento como un gran amigo, sentí el frío del viento, y otra vez la nostalgia por esa ciudad de la furia  que mata a pobres corazones y que han convertido en  ciudad de la miseria y rabia contenida…

Ciudadanos del mundo, Argentina no es cuna de ladrones, contadores de milongas, estafadores del amor, futbolistas evasores, viudas calientes con afán de protagonismo, suciedad, irresponsables con aerolínea privada, corruptos con ganas de regresar a la Rosada (como si no la ocuparan ya otros de su misma calaña), militares asesinos, oportunistas y demás escoria… Todos esos cayeron allí por accidente, por desgracia.  Argentina es cuna de gente honesta, trabajadora, con ganas de laburar y disfrutar de las cosas buenas y simples de la vida; un disco, un libro, una Quilmes, un derby en la tele o el estadio, un asado con los amigos; una bella mujer a quien llamar “diosa”. Argentina es cuna de poetas de la prosa, del tango, el comic y  del rock; de genios en el arte de crear cosas buenas, y no trampas para hacerse con lo de los demás.  Más allá de quién lo haya dicho, Buenos Aires  es la ciudad de todos, porque en la ciudad de la furia cualquiera podría encontrar su lugar…

Mi Buenos Aires Querido, me verás volver, pero quisiera hacerlo a esa que conocí, a la que Jorge Luis, Gustavo, Fito, Carlos y Quino tienen talento para adorar. Quisiera profundamente volver  y que al hacerlo también pueda hacer cosas imposibles, quisiera volver y despertar a mi querido Cerati para decirle que ya ha pasado el temblor…

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A los valientes:

Ser estudiante en Venezuela no es como serlo en cualquier otra parte del mundo. Para ser estudiante en Venezuela, además de voluntad, hace falta suerte y partirse el lomo.

Para estudiar en Venezuela no hay que pagar un realero en inscripción como ocurre en otras partes del mundo, pero  hay que empeñar un riñón para comprar libros porque las bibliotecas están peladas, las fotocopias se pagan, al transporte hay que montarle cacería para poder subir sin que te maldigan porque pagas menos pasaje o directamente no pagas.

En Venezuela un estudiante no se queja porque no haya papel sanitario en el baño, porque lo normal es que cargue una caleta en la mochila, no se queja porque no haya agua, se sorprende cuando hay, no se queja de que no hayan pupitres para zurdos, se alegra si consigue uno que no esté roto. Un estudiante en Venezuela no se queja del calor, se aguanta, y cuando llueve se aparta para seguir viendo clase sin que las goteras  le mojen los apuntes.  Un estudiante venezolano no lucha contra el sistema, lucha contra la corrupción, los delincuentes que se caen a plomo dentro de la facultad, los vagos que no paran de quemar todo lo que se les antoje, los enchufados que amenazan cuando hay elecciones en los centros de estudiantes, los sueldos miserables de profesores de verdad, no de tarifados piratas que hablan y hablan a ver si aumentan las ventas de sus libros.

Allá donde nació el Bolívar que desde años los patriotas de pacotilla no han hecho más que arrastrar, los estudiantes no aspiran a becas con una nota que supera el “aprobado”,  se queman las pestañas por la máxima a ver si le dan una aunque sea para sacar fotocopias.

En las universidades públicas venezolanas falta agua, pintura en las paredes, iluminación en los pasillos y alrededores, ascensores en funcionamiento, libros en las bibliotecas, presupuesto para cubrir sueldos decentes, instrumental en los laboratorios,  seguridad, y una larga lista de cosas que en el resto del mundo son imperceptibles.  Pero lo que no falta en esas universidades es valentía, buena voluntad, ganas de estudiar, talento, profesores y alumnos brillantes, horas de sacrificio, gente con un pie dentro y otro fuera del autobús para no llegar tarde a clase, vendedores de rifas para pagarse la toga y el birrete, una enorme necesidad de democracia de la de verdad, no de la que amenaza, manda pistoleros o hace trampa. En las universidades venezolanas sobran los malandros, los encapuchados, los piratas que previo pago llegan de todas partes del mundo a engordar el currículum hablando bien del gobierno. Sobran los “revolucionarios” que secuestran, amenazan y destruyen lo poco que queda.  Sobran los parásitos que se están criando para llegar a ministerios con un título que no vale más que las estampillas que pagaron para obtenerlo.

El alma máter venezolana es esa que ayer recorrió sin miedo las calles de Caracas y otras ciudades. Los estudiantes y profesores de verdad son esos que no quieren una huelga pero deben recurrir a ella para defender la UNIVERSIDAD, para recuperar la libertad. Y todo lo demás, ministros incapaces, jueces mediocres, miembros de asociaciones de enchufados, medios de comunicación prostituidos y otros alcahuetes SOBRAN.

Muchachos, desde un sistema educativo que sufre las consecuencias de las malas decisiones de otros, desde la nostalgia que añora profesores universitarios de los que enseñan sin querer imponer sus ideas y estudiantes que vayan más allá de escribir bobadas en las paredes, los apoyo orgullosa de lo que han hecho y deseando que muy pronto todos salgamos de este hueco.

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De aquellos polvos vienen estos lodos

 

Anoche estaba pensando en qué iba a publicar antes de que se acabara la semana. Mientras escogía un tema supe que en Venezuela se iba a anunciar algo IMPORTANTE. Me acosté como a las dos de la mañana  y a cada rato revisaba a ver si se había dicho algo ya…  Me ilusiona pensar que Henrique Capriles tuvo piedad de sus compatriotas de este lado del charco y nos dejó dormir tranquilos sabiendo que a una hora normal tendríamos acceso a la esperada comunicación. Lo de dormir tranquilos tiene una doble lectura. La primera, esa sensación que nos permite conciliar el sueño a quienes tenemos la conciencia en paz, y la segunda, esa curiosidad digna de cualquier niño que se acuesta la Nochebuena deseando que amanezca y ya sea Navidad. Así dormí, con mi conciencia tranquila y esperando un regalito.

 Hoy tuve que contener las náuseas al oír a uno de los personajes más despreciables de mi país hablar de corrupción, fusiles, sangre, conspiración, corrupción, traiciones, revoluciones, dinero, corrupción, mentiras, chismes, fraude, corrupción, manipulación, miedo, basura, corrupción, más basura, más corrupción, y más basura como si se tratara de un juego de chapitas. ¿Se acuerdan cuando de pequeños en nuestras calles se jugaba béisbol con chapitas? Pues en Venezuela el gobierno de turno se revuelca en un chiquero con mucha más facilidad que hacer un hit con una chapita.

La confusión se apodera de algunos y la certeza nos sonríe a muchos otros,  los mismos que sabíamos desde hace tiempo lo que hoy salió de esa boca. No hubo sorpresa porque nada proveniente de este lodazal que lleva años acumulando estiércol puede sorprendernos excepto la ligereza con la que se habla de la vida de muchos venezolanos que parecen ser una personificación de “El Coco” digna de recibir plomazos por salir a la calle a cacerolear. Porque al gobierno no le gusta el ruido de las cacerolas, prefiere el de los fusiles disparando.

Por primera vez no me preocupaba la “providencial” intervención de una “cadena nacional” porque estaba segura de que a los involucrados les interesaba más que al mismo pueblo saber lo que se dice cuando dan la espalda. Los amigotes de toda la vida resulta que no son tan amigotes, lo que se catalogaba de inventos de un periodista resulta ser el chivatazo de uno de la casa, las denuncias de la oposición que se han descalificado por todos los medios resulta que tienen fundamento, el fraude electoral no sólo es posible sino mucho más que evidente. Las arcas venezolanas ya no aguantan más saqueos y los enchufados ya tienen asegurado el futuro propio, el de sus hijos, nietos, mujeres y barraganas.  Por primera vez escuchaba una confesión tan asquerosa como indignante, y por primera vez tenía la sensación de que POR FIN esos venezolanos que siguen creyendo en pajaritos preñados van a abrir los ojos y a entender que no podemos seguir viviendo bajo este régimen de hambre, inseguridad, represión, corrupción, hipocresía, ineficiencia e injusticia. El chavismo se hunde en su propias heces, pero da sus últimas patadas de ahogado tirando al ejército a la calle para que “controle” el hampa que ha propiciado con su discurso de odio, su pasividad y alcahuetería.

Después de casi doscientas mil muertes violentas en catorce años en los que los cuerpos de las morgues han sido catalogados de “sensación”, después de continuar con el show cuando les ha parecido conveniente, después de  despreciar a unos muertos sobre otros porque parece que sólo los que llevan el 4F en el brazo tienen dolientes. Después de prostituir  a las Fuerzas Armadas, resulta que ahora el gobierno va a imponer la seguridad soltando a un gentío armado a la calle, ese mismo gentío que hace poco más de un mes disparaba indiscriminadamente con la certeza de no responder sobre sus actos y mucho menos sobre sus víctimas. Después de todo este berenjenal el gobierno militariza las calles, pero no se engañen, aquí la única seguridad que se protege es la del mismo gobierno para que siga generando miseria, corrupción, escoria.

Termino de escribir esto para irme a dormir con la esperanza de que el mundo nos haga caso, con la preocupación por las consecuencias de la confesión que ha puesto en jaque al gobierno ilegítimo que pinta las calles de un verde militar dispuesto a teñirse de sangre. Me voy a soñar con el fin de esta pesadilla, con la libertad y la unión de los venezolanos… Me voy a dormir con la conciencia tranquila, no como la de quienes han convertido sus polvos en lodo…

 

 

 

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Esto NO es patria

Antes los venezolanos hacíamos cola para comprar entradas para un amanecer gaitero,  para el autobús, subir a la montaña rusa, al teleférico, entrar a una discoteca, un concierto, un juego de béisbol, el comedor de la universidad, subir al ferry, incluso cobrar la “Beca Alimentaria”… ¿Se acuerdan?

Hacíamos laaaaargas colas en Navidad porque como buenos venezolanos, todo lo dejábamos para última hora y siempre se nos olvidaban las uvas, el vino para el pernil, las pasitas para las hallacas, 5Kg más de hojas, o el par de zapatos del 31…  Hacíamos colas para cobrar el cheque de la quincena, aprovechar el 3 x 2 y hasta pelear en la CANTV.  ¿Se acuerdan?

Como siempre hemos sido un poco desordenados, muchas veces las colas no las hacíamos como las hormigas (uno detrás del otro) sino que nos amontonábamos en los mostradores sabiendo perfectamente quién llegó primero y poniendo en los palitos al que quisiera colearse. De modo que en la carnicería no había cola sino un bululú de gente que apenas dejaba a la vista el gorrito blanco del carnicero. ¿Se acuerdan?

Ahora no, ahora somos todo eso que vimos en televisión durante años y que nuestras infinitas riquezas naturales, industria alimentaria, reservas internacionales y torres en los supermercados nos aseguraban que nunca llegaría. El día llegó, pero no llegó esta semana cuando en Barquisimeto y otras ciudades del país se marcaba a la gente como ganado o prisioneros de Auschwitz para determinar quién tenía derecho a comprar 2Kg de harina de maíz. Sí señores, la Harina Pan de toda la vida que las familias numerosas compraban por bultos, ahora se vende a 2Kg por cabeza. El azúcar desapareció para dar paso al papelón, ¿Y la  leche? ¡Bien, gracias! Los alimentos en Venezuela se  han convertido en la letanía de un rosario, pollo, ruega por él, carne, ruega por ella, aceite, ruega por él, papel y toallas sanitarias, ruega por ellos, mantequilla, ruega por ella… El día llegó hace años. Venezuela es el único país del mundo donde se puede conseguir caviar pero no leche, el único país del mundo donde hay lista de espera para comprar un utilitario normal y corriente, un país donde “hay patria” pero no hay comida.

Porque para el “gobierno” lleno de vicios, corrupción, inseguridad y miseria que Chávez le heredó ilegalmente al hombre que nos ridiculiza por el mundo,  los venezolanos ahora tenemos patria. Pero, qué es la patria ¿Esa que nos hace compañía cada vez que se va la luz, esa que junto al agua ocupa toda la nevera cuando no hay mercado, es esa que todos los días sale a pasear disparando a todo lo que se mueve? ¿Esa es la patria?  ¿La que interrumpe a su antojo la vida normal de los venezolanos para soltarles gamelote, odio y mentiras en cadena nacional? ¿La que nos lleva por el camino de las cartillas de racionamiento cubanas? ¿Es patria la que se prostituye pagando petróleo a cambio de azúcar, aplausos y un poquito de carne? ¿La que ha extendido el hambre en los cuatro puntos cardinales del país?. Señores, yo lo lamento mucho, pero esto NO es patria, esto es un burdel en el que Venezuela aparte de meretriz paga la cama… Bien cara por cierto.

Le han contado al mundo que en Venezuela ha disminuido la desigualdad. Es cierto, ahora no hay muy ricos, ricos, clase media, pobreza y pobreza crítica, ahora todos somos pobres porque los ricos se han ido y los muy ricos están en el gobierno. ¿O esos maletines con dinero salieron del sueldo de los ministros?

Yo odiaba cuando escuchaba a algún aprovechado decir “yo no pido que me den, sino que me pongan donde haya”… El difunto de Sabaneta se lo tomó al pié de la letra y montó a su familia, amigos, y hasta a los yernos en su propia maquinita de hacer billetes… ¿Presuntamente?  No, evidentemente!!!

Eliminar la desigualdad no es convertirnos a todos en pobres u obligarnos a hacer una cola para mendigar harina, NO!!! Eliminar la desigualdad es enseñar a la gente a trabajar, proporcionarle seguridad para que vayan y vuelvan tranquilos a sus casas, no ponerles un cheque en blanco por cada muchacho que nazca cuando aún las madres deberían terminar la enseñanza básica, ni imponer la inamovilidad laboral para que cuanto vago exista deje de ir a cumplir con su responsabilidad cada vez que amanezca enratonao’.  Eliminar la desigualdad es equiparar los salarios a la inflación. Eliminar la desigualdad es equipar nuestros hospitales para que no sea necesario recurrir a una clínica privada. Eliminar la desigualdad es que todos los venezolanos tengan los mismos derechos y deberes sin cumplir con el requisito de afiliarse al partido de gobierno, firmar o asistir como borregos a cuanto bochinche se instale en nombre de un hombre que lo único que tuvo de supremo es el descaro, porque hay que tener claro que los muertos se respetan, pero no por estar muertos dejan de ser lo que fueron. En este caso, todos sabemos cuán supremamente mentiroso, manipulador y muchas cosas más era el que ya no está y nos dejó en este berenjenal.

Yo siempre quise un país en el que no existiera tanta desigualdad, pero parece que no manejamos el mismo concepto. De momento Venezuela tiene un presidente que llegó al poder primero a punta de dedo y luego a través de un fraude que cada vez se hace más difícil disimular, también tiene apagada la maquinaria de la industria alimentaria que a la hora de expropiar no pensó que ignoraba cómo gerenciar, cuenta con una especie de iguana radioactiva cuyo superpoder radica en comer cables del sistema eléctrico nacional sin electrocutarse;  tiene secuestrados los poderes públicos al servicio de un partido, sometidos los medios de comunicación a una regulación que sólo viola continuamente el mismo gobierno, un número de presos políticos que va in crescendo, una fuente inagotable de excusas inverosímiles y por supuesto, tiene empeñada hasta la forma de caminar.

No quiero que mi país sueñe con el pollo o la carne como sueñan los cubanos, no quiero que sueñen con una arepa como si vivieran en Estocolmo, ni con un café con leche. No quiero que a mi país se le vaya la vida haciendo cola, esquivando balas, ni encendiendo velas. Quiero que mi país vuelva a ser como antes, cuando todos festejábamos juntos, compartíamos la comida en la playa, nos prestábamos los libros, dábamos la cola, veíamos y votábamos lo que queríamos sin temor. Quiero que los ingenuos abran los ojos de una buena vez. Quiero un país que vuelva a soñar en grande.

No sé si el bozal de petrodólares nos lo va a permitir, pero hay que seguir luchando con valentía, con fuerza, sin violencia. Hay que seguir luchando para que todos tengamos comida en nuestras casas sin haber hecho una cola típica de las hambrunas africanas, pues en la medida en que nuestros estómagos estén llenos, nuestros hospitales, policía, colegios y universidades estén equipados, nuestros poderes se dediquen a sus funciones de forma independiente, y nuestra economía avance, podremos ocuparnos del resto del mundo. En Venezuela hay recursos para nosotros, para ayudar a los demás y aún sobra… Pero ojo, en ese orden, no al contrario.  Porque no se puede tener patria si no se le quiere, no se puede tener patria si se le rinde honores a otra.

Venezuela, despierta antes de que terminen de saquearte y de patria (la de verdad) quede sólo el “¿te acuerdas?”. 

 

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Caja mágica.

A pesar de todo lo que ocurre, hoy no tengo ganas de hablar de lo mismo. Hoy tengo ganas de cosas bonitas y entre las cosas bonitas de la vida de muchos está la radio.

Recuerdo que la radio siempre estaba encendida, mi abuela preparaba el desayuno con el noticiero de fondo y luego la casa se subía a un Satélite que llenaba de humor y música cada rincón. Era la época del uno por uno, es decir, una canción de un artista nacional por cada extranjero. Ese proteccionismo musical trajo la época dorada de la canción venezolana, Franco De Vita, Guillermo Dávila, Yordano, Carlos Mata, Karina, Melissa, Daiquirí, Guillermo Carrasco, Frank Quintero, Aditus, y muchos más. Era también la época de esas voces imponentes que en la mayoría de los casos proyectaban a una especie de James Dean con audífonos que en realidad era más feo que un carro por debajo. ¿Hay algo  mejor para soñar que la imaginación?

La televisión también me atraía, supongo que era normal en una niña de cuatro o cinco años. Me pegaba a la pantalla intentando ver a dónde iban los actores cuando desaparecían de la misma, prefería ver las comiquitas en blanco y negro en un televisor con patas cuyas pulgadas superaban notablemente a las del moderno a todo color.  Sin embargo,  no me atrapaba, no tenía misterios…  La radio era mi objetivo.

Me asomaba por la parte de atrás del aparato y veía perolitos de colores ordenados como si se tratara de una ciudad en miniatura. Pensaba que los cantantes eran más pequeños que mis dedos y aunque no lo veía me imaginaba a Guillermo Dávila en su moto yendo de una estación a otra para cantar. Creía que todo era en vivo y que los discos eran para que los escucháramos en casa porque los cantantes eran de otro mundo, de ese mundo pequeñito. Allí comenzó la magia, porque la radio es principalmente magia. Aunque ha evolucionado, ahora se deja ver la cara, han desaparecido los grandes estudios con su parafernalia y muy pocos la escuchan desde un aparato con antena retráctil,  no ha perdido su encanto.

Gracias a esas dosis de música, noticias y publicidad que acompañaron mi infancia junto con la curiosidad que me caracteriza, un día me decidí, me acerqué, toqué a su puerta y la radio me abrió… Aprendí muchísimas cosas, hice grandes amigos, consumí música como nunca, me llené de canciones incluso mientras dormía… Y fui feliz. Sólo quien ha vivido esa experiencia sabe que la radio alimenta, enriquece y hace crecer.

He ido a muchísimos lugares y una de las primeras cosas que hago es pasearme por el dial buscando una emisora que me dé nota; que me haga subir el volumen y cantar como si no hubiera un mañana. Pero no, nada que ver. Bueno, debo hacer un par de excepciones en Italia y Argentina donde encontré lo más parecido a la que me gusta en estilo, sentido del humor, y por supuesto música.

La ventaja de esta era es poder escuchar desde cualquier parte del mundo la radio que te gusta, la desventaja es que con la diferencia de husos cuesta mantener el vínculo con esa voz que antes conocías tan bien que considerabas tu amiga; no porque ya no lo sea, sino porque terminas viviendo vidas paralelas, estás pero no estás… Como ya no aguanto ciertos trotes intento no volverme loca y aunque la sigo desde lejos, no hay nada como llegar a Venezuela, encender la radio y darme el gusto de escucharla a la hora que es y en el mismo lugar.

Este es mi humilde homenaje a todas y cada una de esas voces que nos han acompañado a lo largo de nuestras vidas, nos han hecho reír tanto que fuimos objeto de miradas raras, han servido para montar un bochinche, cantar jonrones,  soportar una cola, hacernos menos amarga la tristeza o gritar contentos “felizaaaaaañoooo”.

A ti querida radio que has sobrevivido a multas, acoso, cadenas, obligaciones absurdas y abusivas, a ti y a todos los que valientemente siguen aferrados a tus micrófonos para acompañarnos en medio de tanta confusión e injusticia, gracias, muchísimas gracias y que sigan emitiendo… Ojalá en libertad.

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Balas para todos

Oswaldo era un joven y talentoso estilista, de pelo envidiable, mirada expresiva color miel, ocurrente sentido del humor y muchas ganas de vivir… Encontró la muerte el 13 de febrero del 2000 cuando durante un atraco el terror le hizo huir para intentar salvar una vida que cegaron las balas al alcanzar su espalda.

Orlandito era un chamo humilde cuyo padre nunca se ocupó de él ni de su hermana. Dejó de estudiar para trabajar y ayudar a su madre para que los tres salieran adelante. Una tarde un policía le disparó por la espalda. Tuvieron que salir los vecinos del barrio a defender el honor del muchacho porque para justificar el crimen el asesino quiso acusarlo de delincuente.

Miguel es uno de esos hombres que por donde camina deja una estela de paz, tranquilidad y armonía con el universo. Su concepto de la libertad y modesto sueldo de profesor universitario le impedían poner rejas a su casa. Todo iba bien hasta que un día unos tipos entraron sometiéndolo junto a su mujer haciéndole sentir cada minuto que sería el último y que su hija lo encontraría en el suelo del baño amarrado y rodeado de un charco de sangre. Se lo llevaron todo y después de unos minutos de silencio Miguel dio gracias por no estar rodeado del charco de sangre que se imaginaba… Tardó dos días en poner rejas.

Juanito es un niño que a los 7 años junto a su hermanita de 3 se colaba en la cama de sus padres. Ambos tuvieron que ver cómo una madrugada sus padres que intentaban cerrar la puerta de la habitación se rindieron ante una mano que se asomaba empuñando una 9mm. Vio el hueco en el techo por donde entraron  los ladrones y cómo destrozaban su casa mientras a él le apuntaban en la cabeza. Pasado el ataque ayudó a sus padres a desatarse… Ya tiene 8 años y cada vez que escucha un ruido se tapa los oídos y sale corriendo a esconderse.

Mary es una mujer joven, bella y felizmente casada con un gran hombre. Hace mes y medio cuando por la tardecita regresaban a su casa, unos tipos los interceptaron en la entrada del garaje, los “acompañaron” hasta adentro y se llevaron todo lo que tenían encima. De nada sirvió andar en un carro blindado y manteniendo un “perfil bajo”. Mary y su marido están buscando casa fuera del país.

Anaís es una joven médico a la que no le gusta que le pongan el título en femenino. Tiene una atractiva piel morena y una fortaleza envidiable. En agosto del 2011, cuatro semanas antes de graduarse perdió a una compañera de promoción en un ataque a tiros a los residentes que acababan de terminar la guardia en el Hospital Carabobo. Anaís siempre lleva dos mochilas cuando va a trabajar, una con comida y la otra con medicinas y material médico, pues más de una vez ha tenido que suturar heridas de bala mientras le apuntan en la cabeza para que lo haga bien aunque no tenga recursos.

Rosa es una profesora de Historia del Arte extraordinariamente generosa que durante toda su vida ha sembrado bondad y dulzura. Hace años enviudó y casi todos sus hijos (los de sangre y sus ex alumnos) emigraron. Vive sin lujos, lo poco que tiene lo da, probablemente por eso nunca le falta nada. Un día llegó del colegio y la habían mudado. Rosa alberga tristezas en su mirada, una de ellas es haber ido al funeral de un ex alumno al que con 20 años mataron por resistirse a un atraco no muy lejos de donde meses antes moría Oswaldo el peluquero.

Patricia era una mujer valiente, trabajadora con una familia muy unida, tenía 39 años y tres hijos. Fue enterrada hace pocos días, le dieron un tiro en la cabeza y otros 15 en el resto del cuerpo mientras estaba estacionando su carro frente al lugar donde llevaba años viviendo. La amiga que la acompañaba y también sufrió heridas de bala (una de ellas en la cara) ahora se juega la vida en la UCI.

Según un artículo publicado el 3 de junio del 2012 en el diario venezolano El Universal, en Venezuela se habían producido 155788 asesinatos desde 1999, si a eso le sumamos los del resto del año y los más de 3400 muertos del primer trimestre del 2013 no es de extrañar que me quede corta señalando sólo algunas historias de gente que conozco y/o conocí. Aquí no están todos los difuntos de los pésames que he tenido que dar, ni todas las horas de angustia durante secuestros. Tampoco los atracos en los semáforos, centros comerciales, autopistas; etc. Esto es simplemente una pincelada de lo que cada venezolano tiene que contar. Porque detrás de cada asesinato por parte del hampa que es quien verdaderamente manda en el país, hay hijos, nietos, padres, hermanos, maridos, mujeres, tíos, sobrinos, primos y amigos…  Las balas no preguntan dónde vives ni por quién votas y son muy pocos los venezolanos que pueden decir que no han sido tocados por la sombra de la muerte o el olor a pólvora que dejan. En Venezuela hay para todos…

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ARRECHERA…

Da igual lo educado que seas, lo bien que hables, el idioma que domines. En la vida de todo venezolano tarde o temprano llega el momento de soltar una palabrota, sencillamente porque no hay otra con la cual expresar ese cóctel de sentimientos que es tan nuestro. La palabrota todos la conocemos, pero voy a referirme al sentimiento que nos hace soltarla. Porque para nosotros, más allá de la ira, impotencia, tristeza, frustración, rabia, furia, amargura, agobio, existe la arrechera, una mezcla de todo lo anterior, con arena blanca, frío andino, sencillez llanera y olor a café.

Cuando te roban, sientes arrechera. Cuando te ponen un arma en la cabeza, regresas a donde dejaste el carro estacionado y ya no está, haces la cola para comprar pollo, el chofer de la camionetica pasa de largo las paradas donde hay estudiantes, se va la luz, sientes arrechera. Cuando no tienes que comer, aparte de hambre sientes arrechera. Cuando te matan a un familiar o un amigo, aparte de dolor sientes arrechera. Cuando después de estudiar te toca jugarte la vida siendo taxista, vas a clase y tienes que tirarte al suelo para esquivar las balas, sientes miedo… Y arrechera. Cuando no tienes dinero con qué pagarte una clínica y sabes que no hay medios para tratar tu enfermedad en un hospital, sientes arrechera. Cuando tienes que abandonar todo lo que quieres para buscar una vida mejor, estás fuera y escuchas a otros hablar maravillas del gobierno de tu país pero no se van para allá, sientes arrechera.

Cuando violan tus derechos, sales arregladito y un carro acelera sobre el charco de agua para bañarte, no pasa el aseo,  roban en el autobús el día que cobraste la quincena, ves que tienes la suerte de haber nacido en un país rico y esa riqueza se la regalan a otros, te insultan, alguien se te colea, tu empleo depende de tu presencia en una marcha,  te quieren cambiar la historia, un funcionario público te pide dinero como “una ayudaíta ahí”, se te daña la lavadora, tus hijos no tienen clase por otra huelga más, casi te matas por una autopista sin luz en la que tiran bloques, juegas buscaminas evitando los huecos o caes en uno del tamaño de un tractor sientes arrechera. Cuando pierde tu equipo de béisbol, se cuadra un juego para hacer taquilla, te roban el teléfono, ves una bandera enorme de otro país ondeando más alto como si fuese a comerse la tuya sientes arrechera. Cuando expresas tus sentimientos y aparece el vivo del día a publicarlo con su firma, sientes arrechera.  Cuando hasta los malandros tienen fiestas en las cárceles y tu no puedes salir de casa para evitar que te maten, vas al aeropuerto a llevar a otro pedacito de ti al que a lo mejor no volverás a ver, un motorizado te vuelve a arrancar el retrovisor, tu país se desmorona porque no hay separación de poderes sino un servilismo a un hombre sin el mínimo respeto a los ciudadanos, ves el cinismo repetirse como un loro en cadena nacional, el nombre del Libertador convertirse en monigote y comodín, te amenazan, vas a poner una denuncia y te la toma el mismo que te atracó, sientes arrechera.

Cuando ya ni siquiera puedes ver lo que te gusta porque  cierran un canal de televisión que a lo mejor ni veías, pero eso lo decidías tú, caminas apuradito porque el sol se está yendo y la parte más despiadada del hampa llegando, primero escampa afuera que dentro de tu casa, se vuelve a ir la luz, cambian tus símbolos patrios, ves a un niño vendiendo mangos en una autopista para poder sobrevivir, sientes arrechera. Cuando necesitas hasta seis horas para hacer un trayecto de menos de 200 Km., pedirle permiso a otro para utilizar el dinero que con sacrificio has estado ahorrando, te mandan un sms al teléfono para que votes por un candidato al que ni siquiera le has dado el número, tu voz no se escucha, tu voto no cuenta, te etiquetan de fascista por pensar diferente, necesitas una casa pero no puedes acceder a ella porque no tienes carnet del partido de gobierno, te secuestran, arriesgas tu vida en cada semáforo, te invaden el terrenito que dejaron los abuelos de los abuelos de tus abuelos, te quedas sin empleo porque expropiaron la empresa donde llevabas años trabajando, o te quedas sin empresa porque te la expropiaron sientes arrechera.

Cuando con el mismo dinero compras la cuarta parte del mercado que antes llevabas a tu casa, te recorres la ciudad buscando papel sanitario, leche para tus hijos o harina para las arepas del desayuno. Cuando ya ni los cacerolazos se consideran la voz del pueblo, responsabilizan a una iguana del  reiterado fallo en un servicio básico, el representante de tu país hace el ridículo cada vez que abre la bocota, te acosan, los militares te caen a tiros o gritan consignas políticas, todo el que está en el gobierno hace lo que le viene en gana, cuando la Constitución ya conoce todas las maneras de ser violada, cuando tu querida Venezuela retrocede más de medio siglo y se convierte en víctima de una dictadura, sientes una SOBERANA ARRECHERA.

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No somos traidores

Somos muchos los que por diferentes motivos un día decidimos dejar nuestra casa, familia, amigos y amores para irnos a otra tierra a empezar de nuevo. Sin ventajas, sin enchufes, sin apoyo, sólo con la maleta llena de trapos inadecuados para el invierno, ilusiones, un título enrolladito (que sigue enrolladito y sin homologar) un paquete de Toronto y una lata de pirulín para aguantar hasta que el primer valiente se uniera o viniera a visitarnos. Un bolsillo lleno del  dinero reunido durante el proceso de indecisión,  y por si acaso con las groserías bien aprendidas en todos los idiomas posibles, para por lo menos saber cuándo nos estaban insultando.

Muchos quisimos tirar la toalla más de una vez y mandar a donde se merecía al ignorante de turno,  agarrar el primer avión cuando no teníamos cerca a nadie que nos hiciera un caldo para pasar la gripe. Muchos gastamos todo lo que nos sobraba del sueldo en tarjetas, facturas, cibercafés, estampillas, y cuanto medio nos permitiera seguir en contacto con los que se quedaron en casa o con los otros que estaban desparramados por el mundo. Muchos tuvimos que autocantarnos cumpleaños, cenar solos en Navidad, trabajar en Año Nuevo para que el trago fuera menos amargo. Muchos nos perdimos los momentos importantes en la vida de nuestros seres queridos, no sólo la cotidianidad, sino esos memorables. Somos los eternos ausentes en las bodas, nacimientos, graduaciones, incluso de los funerales. Nos hemos convertido en facebooktwitterskypewhatsappviberfacetimedependientes, y eso después de haber superado la era de la icqmessengerpostalelectrónicafaxdependencia.

Hemos hecho nuevos amigos, formado una familia o hemos sido adoptados por la de otros. Nos hemos acostumbrado al frío, al trasporte público porque por estos lares nadie da la cola, a caminar sin aferrar la cartera como si se tratara de la vida, a usar los hospitales públicos, a no dejar la luz encendida, a abrir las ventanas antes que encender el aire acondicionado, a dejar las frutas tropicales para los momentos especiales y atiborrarnos de fresas grandotas que sólo comíamos en la Colonia Tovar. Hemos aprendido a cruzar por donde se debe, conducir como se debe, bajar y subir donde se debe, a sentarnos en el autobús o ir apretados pero nunca colgando en la puerta, al silencio, a los parques con los columpios puestos, a la basura en las basureros, a la radio maaaaaaala y sin humor, al acento de Los Simpson, a cargar muchas moneditas en el bolsillo y reírnos solos pensando que rompimos el cochinito. Hemos aprendido a explicar a un carnicero cuál es el pedazo de carne que queremos para hacernos una carne mechada, y a que nos mire raro si le encargamos un pernil. Hemos llorado amargamente cuando al caminar por una calle lejana un artista callejero toca “Moliendo café”. Hemos sido hormiguitas ahorradoras para organizarnos una vacaciones en nuestra casa.

Nosotros no somos millonarios porque ganemos en dólares, euros o libras, no somos extranjeros porque tengamos doble nacionalidad, no somos sudacas, ni canarios.   Somos un montón de gente que le ha echado pichón, tanto como en nuestro propio país, pero con las oportunidades que allí no nos deparaban estos catorce años. Nosotros somos testigos del cambio porque para poder ver la totalidad de las cosas, hay que tomar distancia. Somos unos nostálgicos permanentes que añoramos el lugar donde nacimos y crecimos, pero ese, incluso como era cuando nos fuimos, no el que ya no reconocemos.

Nosotros criticamos al gobierno de nuestro país, pero también al del que nos acoge. Nos quejamos de lo que va mal allí y aquí. Buscamos soluciones para los dos lados, queremos mejoras en los dos lados porque tenemos derecho a ellas. En el primero porque aunque estemos lejos nunca hemos dejado de ser venezolanos, y en el segundo porque somos ciudadanos pagadores de impuestos y eso nos da derecho a exigir.  Nosotros somos los que con las tripas revueltas le reclamamos a los que ni siquiera saben cómo se hace un papelón con limón que ponga de ejemplo lo indefendible. Sí, porque por aquí abundan los que ponen a Venezuela como modelo de no sé qué, pero ni a palo se desprenden de sus beneficios y se van con sus macundales a vivir todo aquello de lo que nosotros salimos huyendo.

Nosotros somos esos con amigos en todo el mundo que siempre tenemos visita en casa, que cargamos y pedimos encargos, esos mismos que sufrimos paranoias nocturnas preguntándonos si nuestros seres queridos están en casa sanos y salvos, que aunque estemos pasando el peor trago de nuestras vidas siempre le decimos a nuestras madres que “estamos finos”. Nosotros somos los que hacemos reír a nuestros nuevos amigos, los que les decimos que tienen que conocer el mejor país del mundo, pero que no vayan solos. Nosotros somos los que dejamos “el pelero”, sí, es verdad, pero somos venezolanos, amamos a nuestra patria, la extrañamos y siempre pensamos que aunque sea viejitos vamos a regresar.  Nosotros somos los que aguantamos el chaparrón  solos y desde lejos, nos fuimos y merecemos el mismo respeto que los que se quedaron, pero mucho cuidado, no se equivoquen,  estamos lejos pero no somos traidores!!!

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