Categoría: Venezuela

Trescientos cincuenta y dos

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Dicen que ojos que no ven corazón que no siente, y probablemente eso es lo que pasa en el mundo cuando los venezolanos contamos lo que padecemos. Cuando decimos lo que ocurre en el país parece que contáramos una historia de terror o de ciencia ficción. Nos miran raro, a veces hasta con incredulidad. Piensan que somos presa de los sentimientos y por eso exageramos. La gente no entiende, y es normal, cada vez es más difícil explicar cómo un país tan rico está hundido en la más profunda de las desgracias.

Conseguir que nos crean que un kilo de pollo cuesta al cambio unos 60€, y sobre todo, hacer entender el sistema cambiario venezolano es más complicado que resolver problemas de trigonometría cuando en plena adolescencia las hormonas monopolizan el cerebro. Y si a eso le sumamos el alto nivel de represión a los medios de comunicación que aún no han sido cerrados ni comprados por el régimen chavista-madurista donde cualquier ciudadano puede ser encarcelado por el simple hecho de fotografiar una de las humillantes colas para comprar comida, mientras que los afectos al régimen se autocensuran mostrando un mundo bonito y multicolor como si Venezuela fuera el escenario de un cuento de hadas, la cuestión se convierte en misión imposible.

Las fotos que circulan por la red requieren ser revisadas una y otra vez para poder asegurarnos de su autenticidad, y si no hay forma de comprobarlas o no vienen de una fuente de confianza, es mejor no difundirlas.

 

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Carta para un Nicolás sin santo

Cuando éramos niños según la costumbre de nuestras familias escribíamos una carta para pedir los juguetes que se supone nos habíamos ganado por haber sido buenos. En algunas casas el destinatario era el Niño Jesús, en otras San Nicolás, y algunas pocas los Reyes Magos. Los niños más afortunados escribían tres y en consecuencia recibían regalos por tres vías diferentes.

En mi familia como siempre hemos sido un poco paganos, los hermanos recibíamos un regalo navideño del Niño Jesús, otro de Año Nuevo que traía el anciano de los renos, y el más modesto el Día de Reyes, pero este último solamente si habíamos dejado los zapatos en un lugar visible.

A veces sucedía que el Niño Jesús nos dejaba los regalos en la casa de la abuela y San Nicolás los dejaba en la nuestra. Pareciera que tenían problemas de logística y se repartían las zonas pero no los días, así que todo llegaba en Navidad y nadie echaba de menos un paquete debajo del árbol el primer día del mes de enero, pues seguíamos bajo el efecto del olor a nuevo de los juguetes que habíamos recibido apenas una semana antes.

 

Cuando comienzas a peinarte las canas recuerdas con nostalgia esos días en los que tu vida se resumía a jugar, comer y dormir. Pero no porque llegar a adulto sea terrible, sino porque esa Venezuela de las hallacas, del pan de jamón, de las gaitas y el Ponche Crema se ha ido desvaneciendo bajo una enorme mancha de sangre y de miseria. Es por esto que este año y aunque ya no soy la niña de entonces, voy a escribir una carta cuyo destinatario no es santo e inspira cualquier cosa menos ternura o respeto. Conociendo sus ya célebres y múltiples limitaciones –en especial las intelectuales– les pido a los aduladores que están a su lado que se la lean, se la expliquen detalladamente, incluso que se ayuden de algún dibujo para que la entienda. Seré considerada y la escribiré como si tuviera de nuevo aquellos lejanos siete años de una infancia que sonríe en mi memoria, así será más comprensible. La carga de sarcasmo la dejaré para nosotros porque él no sabe lo que es eso.

Esta es la carta para un Nicolás sin santo:

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Las hallacas de la nostalgia

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Cada país tiene sus tradiciones navideñas: ravioli, cordero, cochinillo, pavo, langostinos… Los venezolanos tenemos un poco de todo, pero en Navidad reinan las hallacas.

Como podrán imaginar aquí no cabe la excepción, todos decimos: “la mejor hallaca la hace mi mamá”, eso no vamos a discutirlo.

Una hallaca es un plato muy elaborado que requiere de mucho trabajo hasta que por fin llega al paladar de nuestros seres más queridos, pues cuando se hacen tienen un nombre: el de cada una de las personas que nos importan y con quienes deseamos compartirlas aunque para conseguirlo tengamos que meterlas durante meses en el congelador.

Preparar hallacas es un evento especial que permite a las familias reunirse una vez al año para colaborar en la preparación. Cada uno tiene una labor determinada en una alegre cadena de montaje: picar aliños, cuidar el fogón, envolver, amarrar, hervir; hacer el guiso (una sola mano para que no se dañe),  lo más fastidioso: cortar, limpiar y aceitar las rebeldes, delicadas e imprescindibles hojas de plátano, y lo más sabroso: probarlas. La receta de familia pasa de generación en generación, las mujeres aprendemos de nuestras madres y abuelas, ayudamos en lo que podemos siempre bajo la supervisión de la matriarca de la cocina hasta que nos toca el terrible momento de ocupar ese lugar. Una mujer toma la batuta del guiso cuando se queda huérfana (o cuando el destierro la lleva más allá de nuestras fronteras).

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La otra Venezuela

 

Ya sabemos que el país está dividido entre mil y una características que el régimen decidió ponernos dejándonos más llenos de etiquetas que camionetica de pasajeros. Son tantas que me da mucha flojera enumerarlas. Como sea, lo más relevante de esa división es que parecen existir –más bien coexistir– dos Venezuelas. Según las etiquetas que nos pusieron estamos (queramos o no) a un lado o al otro, y algunos – los  más raros – están padeciendo las desgracias de una pero alabando las maravillas de la otra, la Venezuela donde no viven.

Un amigo al que me conviene más leer porque cuando me habla me encojo y dejo de escucharlo para poder jugar en sus largas y oscuras pestañas, me escribió esto: “De cualquier modo, en este país es imposible escapar de las orillas. Ni siquiera uno tiene que decidir dónde ubicarse, te ubican ellos (con fulano, con el periódico tal, a la derecha…).”  Y con esa perla que en un dulce parpadeo me hizo recuperar mi tamaño y me trajo de vuelta a la realidad, pensé en la otra Venezuela. Esa de la que el régimen habla, a la que sus seguidores defienden, pero que yo no veo por ninguna parte.

En la otra Venezuela no falta comida, no hay hampa, el Guaire es navegable, no hay presos políticos, el transporte público funciona, la policía no es corrupta, los hospitales están a todo dar, el agua cristalina sale de los grifos con una potencia envidiable, la luz nunca se va, las calles no tienen huecos, las universidades tienen recursos, la justicia se ciñe a la Constitución, la industria produce, el turismo tiene los hoteles completos, los sueldos alcanzan, no hay desempleo, los chamos juegan en la calle, el alumbrado público es copiado por la Champs-Élysées. Los gobernantes son hombres preparados y sobre todo, muy honestos, las farmacias tienen de todo, los médicos no pasan trabajo, los periodistas pueden decir lo que les parece, los medios de comunicación públicos son de todos, la burocracia se ha reducido a su más mínima expresión, se respetan los Derechos Humanos, y un sinfín de maravillas más.

La otra Venezuela tiene solamente un problema, el ser ingenua y generosa como María la del Barrio. Dicen que la Venezuela de la cuarta, la de antes (la de siempre) es la villana de la novela, la odia, se mete con ella,  se junta con el imperio para complotar en su contra porque siente envidia de su belleza y no quiere que se quede con el millonario protagonista (Petróleo Alejandro). Dicen que la de la cuarta es una vieja rencorosa que no soporta los quince años de juventud de la otra Venezuela, no le gusta ver que todo es una nota, que todo es “cheverito”, que viva contenta bailando calipso en plan “El Callao tonight, Guasipati tomorrow night”. En fin, le da envidia que tengan patria, tanta que hasta la regalen a tajadas entre sus amigos y todo el que les caiga bien.

Me pregunto: ¿Dónde está el agujero negro por el que se entra a ese mundo paralelo que es la otra Venezuela? ¿Bastará con la cédula? Digo, porque el pasaporte no me lo han entregado. ¿Estará al final de algún arcoíris de los que se forman en el Ávila o los cerros valencianos? ¿Habrá que agarrarse duro a una chalana, navegar pacientemente y dejarse llevar río abajo por el Salto Ángel? ¿Será un mundo submarino como el de Bob Esponja y me toca buscar debajo de Cayo Pelón? ¿La puerta de entrada a la otra Venezuela quedará allá donde nace el Relámpago del Catatumbo?

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A falta de vuelos al extranjero y viendo que todo es tan “cheverito”, a lo mejor todo el mundo está dejando el pelero para vivir en esa otra Venezuela. Nosotros los pendejos que hacemos cola, vivimos rodeados de malandros, no encontramos remedios, vamos de funeral en funeral (si hay urnas, claro) pasamos roncha para los pañales, nos echamos poquito desodorante, rendimos el champú con agua, el pollo lo vemos por televisión y nos han robado hasta la forma de caminar, deberíamos irnos para allá. He estado viendo Venezolana de Televisión y de pana que ese país es un paraíso. ¿Quién quiere vivir en este desastre donde la inflación nos come, la inseguridad nos diezma y la lucha por vivir parece una mezcla de Los Gritos del Silencio y Mad Max? –Perdón por no usar cine moderno, pero yo soy mayorcita, ya saben –.

Si alguno de los habitantes de la otra Venezuela me está leyendo, le pido por favor que nos diga dónde está la puerta. Donde comen dos comen tres, y supongo que la infinita generosidad del millonario Petróleo Alejandro no tendrá problemas en hacernos el regalito de permitirnos vivir como viven allí sus gobernantes, amigos, y su estrella más internacional, el chamo Cheverito.

No es por nada malo, los que estamos en esta Venezuela que ya no es de la Cuarta República sino de cuarta categoría tirando más bien a décima, queremos mucho a nuestro país, pero también tenemos ganas de vivir en paz, así como viven en esa Venezuela de ensueño donde todo es chévere. Tenemos ganas de irnos de parranda y cantarle a nuestras madres “Ahí viene la cabra mocha…”.  Si la otra Venezuela de verdad existe y no es un parapeto más hecho con cartulina y pega de barrita como nos tiene acostumbrados el régimen que conocemos, hágannos la segunda de abrirnos la puerta y nos vamos todos para allá.

 

 

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Lo que pienso de Pablo

 

Será que me estoy poniendo vieja o que he vivido mucho, no sé. Lo único claro para mí es que hay caminos por los que ya he transitado, cuentos que no me como y finales que ya conozco.

No voy a ser yo quien agarre a mi profesor de Geografía Política (sí, Pablo Iglesias me dio clases) como diana. Pongo las manos por delante diciendo que a mí “Pablito” – como le dicen algunos en la Facultad – no me cae mal, es más, me cae bien. Esto no es una cuestión personal. Y no hablo de su ideología, ni de la hazaña que pretenden lapidar los que se creían con el coroto “atado y bien atado”. Hablo de mi profesor;  ese con un programa bien estudiado y definido con un sistema de evaluación objetivo, una metodología correcta que no aburre, una madurez admirable para aceptar críticas,  una cercanía lo suficientemente amplia para romper –sin  generar abusos– la barrera del “yo profesor aquí y tú alumno allí”, y la decencia de reconocer el esfuerzo de quien trabaja una asignatura estudiando y no lamiéndole los pies al que evalúa (cosa que a algunos les gusta muchísimo).

En la vida universitaria uno encuentra de todo, desde prepotentes que creen que sus estudiantes se chupan el dedo y necesitan de un “gurú” que cobra derechos de autor, hasta señores profesores que te retan cada día enseñándote de verdad sin vender propaganda. Cada uno hijo de su padre, y pensando en los primeros muchos dirían que especialmente “de su madre”.  Hasta aquí voy a responder a la pregunta que muchos me han hecho sabiendo qué  he estado asistiendo –cuando el trabajo me lo permite– a clases con esa merecidamente llamada élite de estudiantes de Relaciones Internacionales que se pasea discretamente por el Campus de Somosaguas, el mismo lugar que en ocasiones ha sido escenario de hechos con los que a más de uno se nos cae la cara de vergüenza.

Es probable que muchos de los que comparten mis ideas y la lucha que cada día tanto lejos como “a pata e´ mingo” libro por mi querida y saqueada  Venezuela me caigan encima por decir esto, pero al César lo que es del César, Pablo ha sido un buen profesor y aunque no voté por él ni apruebo su relación con el régimen venezolano, eso no puedo negarlo.  Dicho esto, me toca hablar de la otra cara.

En España hay muchísima gente a la que nos produce más asco ver a través de un plasma el pelo teñido de Rajoy y su barba llena de canas que la melena de Pablo en una tertulia. A muchísima gente que compra calcetines en los supermercados, que sólo va de compras en las rebajas y que no come percebes en Navidad, le es mucho más simpático y cercano el muchacho de camisa blanca enrollada “a la italiana” si va formalito, o camiseta y jeans iguales a los que muchos llevan puestos en la cola del paro. A mucha gente harta de tanta corrupción le seduce la idea de que sangre joven renueve las instituciones de este país. El problema es que no es oro todo lo que brilla…

Creo que Pablo está vendiendo una moto que yo no quise comprarle a otro cuando la inexperiencia podía justificar caer en la trampa. Hay cosas en su programa que me recuerdan a esa mañana de 1998 en la que dije a mis padres “si ese tipo gana yo me voy del país”… El programa de su partido habla de cosas que se pueden poner en práctica en la infinitamente rica república bolibananera en la que Chávez fundó su reino y de la que salí huyendo bajo la incrédula y triste mirada de mis viejos poco tiempo después de esas elecciones de las que todavía estamos pagando las consecuencias. Porque en las colas que rodean los supermercados o los cadáveres baleados en el suelo de morgues que no dan para más, puede verse el resultado de la Revolución Bolivariana.

Creo que es conveniente decirle a todos esos que se están cebando con “el tipo de la coleta” que abran los ojos y sean menos viscerales. A Pablo le acompaña gente con un ego que se alimenta de la confrontación y de los ataques (especialmente de los ridículos). A su partido le favorece que se unan en su contra todos esos periodistas lametones que nos revuelven el estómago, todos esos políticos con un rabo de paja tan difícil de ocultar que se notaría menos si llevaran un cartelito de “corrupto” colgado a modo de letra escarlata, y especialmente todos esos que van de sabios pero que no tienen ni lejanamente los conocimientos de Politología que se adquieren en Somosaguas y más allá.

Entre todo el pelo que Pablo se recoge con una gomita, no hay ni uno solo de tonto. No lo subestimen, tampoco subestimen a la gente que con él trabaja. Podemos es un partido donde hay mucha gente preparada, no serán ellos los que nos hagan bajar la cabeza escuchándoles hablarle al mundo de una “relaxing cup de café con leche”. Hay gente profundamente honesta y con ganas de trabajar duro para contribuir a tener un país mejor, gente que vale mucho, que enriquecería a cualquier partido político y que no está dispuesta a que le vuelvan a engañar. Entre ellos, hay una muchacha a la que conozco bien (la única por la que meto la mano) trabajando de sol a sol y muy atenta a esos que no le gustan en el partido. Una amiga con la que no me voy a pelear por política.  Pero es igualmente cierto que en las filas del partido hay demagogos de esos que se llenan la boca diciendo cosas como que “hasta la llegada Chávez al poder los negros no podían estudiar en las universidades venezolanas” –por nombrar una de las mentiras más absurdas y bochornosas que he escuchado en mi vida–.  No es broma, en Podemos también hay gente a la que le gusta hablar pendejadas,  que no admite la diferencia de opiniones, se toma las objeciones como ataques personales, y que ante la desnudez de sus mentiras optan por jugar las tan desgastadas carticas del fascismo, capitalismo, burguesía, y ese etcétera en el que algunos se  sienten cómodos moviéndose para pescar la mayor cantidad de aplausos fáciles posibles.

Hace justo un par de semanas Luis Carlos Díaz, un joven y reconocido periodista venezolano dijo en twitter: “Hola, España. En política venimos del futuro. Toda mala prensa que hagáis de Podemos se os va a revertir”.  Debo agregar que el futuro del que venimos es vergonzoso, lamentable y miserable, como poco. Créannos, ese no es el camino. Lapidar a Pablo Iglesias gratuitamente no es lo que hace falta para que a Podemos se le caiga la máscara  igual que se le ha caído a muchos más. Déjenlos hablar, dejen que les crezcan los enanos, dejen que tengan que aclarar una y otra vez cada metida de pata, que se los coma la realidad cuando vean que la chequera no tiene fondos. Dejen que la moto pare de echar humo y no arranque, que los numerosos militantes y votantes que realmente valen la pena comiencen a pedir explicaciones y prefieran dejarla tirada antes que llevarla en hombros.

Es inútil atacarles gratuitamente. Y a los votantes les pido por favor que se vean en el espejo de la ingenuidad de un país que creyó que la salida de la corrupción reinante pasaba por firmarle a un lobo disfrazado de cordero un cheque en blanco del banco de los petrodólares infinitos. Porque si se les ha olvidado –y perdón porque sé que me estoy repitiendo con esto–  antes de que destrocen las Canarias, recuerden que España  no tiene ese banco con bóvedas repletas de un inmenso barril sin fondo lleno de petróleo. Recuerden que un país no progresa con habichuelas mágicas en forma de Constituyentes a medida, ni con culpar al capitalismo o al imperio, tampoco de modelos que han fracasado una y otra vez a lo largo de la historia. Tengan mucho cuidado, no caminen a ciegas detrás de nadie, no vayan a volverse locos creyendo que controlar los medios de comunicación va a servir sólo para lo que les dicen y les conviene. Y por favor, por lo que más quieran estén alertas, ni se les ocurra abrirle la puerta a la violencia venga de donde venga,  tener una pistola bajo la almohada no los va a convertir en ciudadanos más libres o autosuficientes, lo más seguro es que el día que quieran usarla, sean ustedes los primeros en tragarse las balas. Hablo en serio, no le abran la puerta a la violencia, nosotros en quince años no hemos podido cerrarla. No crean que exagero, ni caigan en el “esto no va a pasar aquí, España no es Venezuela”. Nosotros ya dijimos lo mismo hace muchos años: “esto no va  a pasar aquí, Venezuela no es Cuba”… Millones de venezolanos votaron pensando en castigar sin saber que esos votos terminarían por castigarnos a todos. No defiendo el bipartidismo, mucho menos la corrupción, simplemente remuevo mucho la cabeza cuando veo que alguien quiere vendarme los ojos.

Que haya gente preparada para relevar a tanto dinosaurio político es necesario para el progreso de un país, pero también es necesario estar atentos y no dejarse deslumbrar por la melodía de un moderno flautista de Hamelín que puede hacer mucho daño independientemente de la ideología. Ningún partido es perfecto y ningún candidato un Mesías. Si Pablo y sus votantes asumen que España no está para experimentar revoluciones fracasadas y caducas financiadas con un dinero que aquí no hay, es probable que le dé un giro importante a su proyecto, un giro que los lleve lejos de la decepción que representa para muchos indignados el fenómeno italiano encabezado por Beppe Grillo, un monstruo mediático que no ha parado de pelearse con el mundo y poco ha conseguido. Pero para eso hace falta por su parte que pare ya de hablar de “la casta”,  y sobran por parte de la prensa fanática los ataques absurdos y exagerados que simplemente le están haciendo el gran favor de pagarle la mejor campaña publicitaria de la historia política española.

Ah, otra cosa, expropiar es robar.

 

Gracias Óscar Yánes, dondequiera que estés…

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Querida Beatriz Montañez:

Debo decir que a mi edad pocas cosas me sorprenden, pero eso no significa que me agraden. Desde que te vi hace años en El Intermedio me pareció que eras una mujer inteligente, cosa que valoro mucho más porque no soporto a los que creen que con ser guapa es suficiente.

Cuando Pablo Iglesias dijo que iba al programa en el que ahora estás, le dije que yo lo había visto una vez y que se amarrara los pantalones. Nunca supe qué pasó, no lo vi pero espero que la entrevista fuera más allá de las tonterías que salvo contadas excepciones caracterizan a esa cadena que de no ser por el puntico en relieve para guiarme en la oscuridad, ya habría desaparecido del mando de mi televisor.

Esta mañana una amiga y periodista venezolana colgó el momento en que el SEÑOR Bertín Osborne hizo gala  de su condición de “venezolano de corazón”, de sentido común y de un gran respeto por los que pasamos o tenemos una familia que padece esa democracia que desconoces y que por desgracia no supiste defender, pues a medida que hablabas caías en eso que los venezolanos llamamos “un arroz con mango” que ni tú misma entendías. La insistencia sin mayores datos hizo mucho por dejar en evidencia tu defensa, situación que los venezolanos definimos con una maravillosa frase: “no aclares que oscureces”.

Obviamente eres libre de defender a quien mejor te parezca, y me extraña que desperdiciaras la oportunidad de averiguar con Bertín Osborne, incluso con Pedro Zerolo – ese programa sí lo vi – sobre la verdadera situación de la democracia venezolana.

En esa democracia hay estudiantes encarcelados en retenes que hacen parecer parques infantiles a los de “Encarcelados”, y no están allí por delinquir sino por protestar. Hay periodistas perseguidos, programas de televisión cancelados por presiones del gobierno (pregúntale al presentador Luis Chataing –el afectado más reciente–) o que no han sido emitidos por la autocensura de las cadenas privadas que quedan. En esa democracia ejemplar nuestras madres tienen que hacer horas de cola para comprar comida, peregrinar por supermercados porque donde hay aceite no hay harina, y donde hay harina no hay pollo. En esa democracia admirable este fin de semana entraron a un quirófano y mataron a dos personas. Sí, a un quirófano querida Beatriz.

Yo no te voy a pedir como Bertín Osborne que vayas a Venezuela, porque para eso tendría que pedirte que contrates a un escolta para que no te maten al llegar como hace poco ocurrió a un alemán que llevaba menos de doce horas en Caracas y al que un charco de sangre lo bañaba bajo el cartel de “BIENVENIDOS” en uno de los mejores hoteles de la ciudad.  No vas a ver demasiado porque para saber lo que pasa en Venezuela hace falta mucho más que moverse bajo la obligatoria seguridad que te proporcionaría tu cadena si te mandara a vivir la experiencia.  Tampoco te voy a pedir que vayas porque tendrías que llevarte en la maleta toallitas o papel sanitario porque es posible que el hotel te lo racione porque no hay, también tendrías que llevarte un par de velas para cuando se vaya la luz, y a lo mejor un garrafón de agua por si acaso se va justo cuando te estés lavando tu maravilloso pelo.

En la maleta además tendrías que meter un montón de medicinas como hacemos todos los que vamos porque hace tiempo de este lado del charco hay redes de recolección de medicamentos para ayudar a diabéticos, embarazadas, enfermos de cáncer y un largo etcétera de pacientes que en la farmacia lo único que encuentran es el cartelito de “NO HAY”.  A lo mejor incluso tendrías que hacer espacio por si alguien te pide el favor de llevarle pañales a algún familiar con niños pequeños.

Conozco a Pablo Iglesias y a más gente de su partido, en Venezuela también los conocen y te aseguro que no hace falta que ofrezcas mil euros para encontrar declaraciones. Tira de amigos en los medios, consulta youtube, podrás hacerte un collar con tantas perlas. Es más, los mil euros no los quiero, puedes usarlos comprando aquí harina de maíz, pañales, leche, medicinas, jabón, toallas sanitarias y los mandas a Venezuela a ver si le alegras el día a uno de esos malagradecidos a los que no les basta la patria para llenarse la barriga o darse una ducha.

Sigo  pensando que eres una mujer inteligente, y como tal supongo que después del programa te habrás tomado la molestia de averiguar si es verdad lo que dijo Bertín en su estilo y quedándose corto porque a pesar de su evidente enfado y de que tampoco debió gritar, no iba con ganas de pelear.

Una cosa más, otro día no te lo tomes tan a pecho. No grites, no te vuelvas loca, no pierdas los papeles, porque más allá de tu absurda e indocumentada defensa lo más absurdo fue tu reacción. Querida Beatriz, los que hemos pegado carreras para poder hacer mercado (la compra) los que hemos tenido una 9mm en la sien, los que hemos perdido a familiares y amigos a manos del hampa, los que hemos sido matraqueados por malandros con o sin uniforme, los que tenemos amigos presos, los que hemos recorrido decenas de cajeros para reunir el rescate de un secuestro exprés, los que hemos tenido que abandonar a nuestras familias, los que no tenemos espacio en los medios de comunicación públicos – y vemos censurados los privados– los que elegimos alcaldes que el régimen encarcela y destituye porque sí, en fin, los que llevamos quince años en este calvario padeciendo las maravillas de la democracia de la que hablas somos nosotros, no tú. No te enerves, aprende de Pablo.

Ojalá se acabe pronto ese régimen tan democrático en el que no podrías darte el lujo de despotricar en contra como – con razones de sobra –  siguen haciendo tus ex compañeros, para que cuando recuperemos nuestro país y nuestra libertad puedas darte el lujo de ir a Venezuela y conocer las maravillas que ahora yacen bajo la miseria que nos inunda y la sangre que no para de derramarse. Ese día los mil euros los pondré yo para que te pegues unas mini vacaciones sin miedo a no sobrevivir para contarlo.

Tal vez debería disculparme por no escribirle una carta a Bertín Osborne, pero prefiero encontrármelo un día para darle las gracias… Sólo espero que no sea en la cola para comprar leche.

http://www.telecinco.es/hableconellasentelecinco/programas/t01xp13/Bertin_Osborne-_Beatriz_Montanez_2_1820730021.html

Video: Telecinco

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Cambio de nombre

 

Venezuela hace quince años pasó de ser el morrocoy de la IV República al que el cachicamo de la propaganda, lo accesorio y lo innecesario llamaba “conchúo”, a un reino con heredero, todos los lujos que los petrodólares pueden comprar, y una corte llena de bufones que en lugar de risa dan ganas de llorar.

Este país sometido al régimen de los mediocres se ha convertido en una especie de gran Registro Civil donde cambiar el nombre de las cosas – mientras más ridículo, mejor – parece ser lo más importante para presumir de lo que se carece.

Pasamos de República de Venezuela a República Bolivariana de Venezuela, como si eso nos hiciera más bolivarianos. Nos clavaron una estrella más en la bandera porque parece que nos hacía más venezolanos. Pusieron al caballo de nuestro escudo a correr para otro lado, el pobre iba hacia adelante y lo voltearon en dirección al  barranco. De tener Bolívar pasamos al Bolívar Fuerte, una moneda que de fuerte sólo tiene el mamonazo que se metió con tanta devaluación. Los Ministerios se multiplicaron y se convirtieron en Ministerios del Poder Popular del blablablá. Se preguntarán qué tienen de poder, pues el de robar ¿y de popular? que es una práctica normal. Al Ávila le pusieron un nombre que ni ellos mismos saben pronunciar, como si llamándose Waraira Repano íbamos a quererlo más.

Los reclusos de las cárceles donde se montan fiestas sólo comparables con las del Palacio de Miraflores – especialmente por la calaña de los invitados – pasaron a llamarse “privados de libertad”, como si eso los salvara del hacinamiento o de las carnicerías entre PRANES y les proporcionara dignidad o por lo menos las tres comidas diarias.

Los programas sociales pasaron a llamarse “Misiones” aunque podrían haberlos llamado “CoMisiones” por todo lo que se desaparece antes de llegar a sus destinatarios.

A las protestas las llaman golpismo. A los golpes de Estado que perpetraron ellos los llaman fiestas nacionales. A los asesinos les llaman “colectivos de paz”. A los opositores, terroristas o magnicidas. A la ineptitud, conspiración. Al robo, expropiación. A la represión, orden. A la tortura, trato excesivo. Al gas verde, gas del bueno. A las órdenes para asesinar, ataques fulminantes. A la violación de la Constitución imponiéndonos un presidente lo llaman “última voluntad”. A un parapeto, auditoría.

La persecución ahora se llama justicia. Los chulos, países amigos. A nuestros negros de toda la vida los llaman afrodescendientes, como si para tratarnos entre hermanos tuviéramos que sacar el ADN de nuestros tatarabuelos. Al engaño mayor, Comandante Supremo. A la violencia, sensación. A la disidencia, ataque. A la libertad de expresión, manipulación o matriz de opinión. A la mentira no le han encontrado nombre – especialmente cuando queda al descubierto –. A la escasez, acaparamiento. A la devaluación, SICAD I, II, III y los que hagan falta. A la falta de mantenimiento de las infraestructuras, sabotaje. A la desgracia, show. A los que salen de sus filas y cuentan cómo se reparten el botín, traidores. A la jaladera de mecate, periodismo. Al descaro sin precedentes lo llaman Consejo Nacional Electoral. A la manipulación la llaman Cadena Nacional de Radio y Televisión.  A la habladera de gamelote, trabajar. A las guerras internas las llaman reestructuración de gobierno.

A la corrupción e ineptitud que pudren nuestras instituciones la llaman revolución bolivariana, como si involucrar al pobre Simón los librara de toda sospecha. Asfixiar a la empresa privada tiene el nombre de ofensiva económica. A la regaladera la llaman solidaridad. A los injustificablemente inútiles los llaman Viceministros.  A los que no son capaces de ganar elecciones los nombran Jefes de Gobierno. A las Fuerzas Armadas, Fuerza Armada Nacional Bolivariana, a la Guardia Nacional, Guardia Nacional Bolivariana ¿Para qué? Para que suene más patriótico lamerle las botas al régimen y matar al pueblo  – su nueva misión –.  Al Estado Mérida (ese de los simpáticos muchachitos andinos) ahora lo van llamar Estado Bolivariano de Mérida, como si cambiándole el nombre consiguieran cambiar el carácter de los gochos.

Con la cantidad de muertos que tenemos cada día, me pregunto qué espera el régimen para llamar a nuestras morgues algo como “Llegadero de las Víctimas de la Revolución Bolivariana” o “Depósito de Cadáveres Comandante Supremo Hugo Chávez”. Y pintarlas de rojo (ya saben, el clásico despliegue de ordinariez) ponerles banderas de ocho estrellas, o decorarlas con ojitos de esos que abundan en las calles de Caracas. O de pronto ponerles un mural del corazón del pueblo tan grande como el dolor de las madres que recogen allí los restos de sus hijos. También podrían instalar cámaras de VTV para que transmitan durante las 24 horas lo que allí ocurre y asignarle su respectivo intérprete en lenguaje de signos para que nadie se quede sin saber cómo se desgarran los familiares que no consiguen urnas en las funerarias,  o lo que es peor, que ni siquiera tienen con qué pagar un entierro.  Estoy convencida de que las morgues de este país son las únicas que merecen que se les ponga en letras gigantes el nombre del principal responsable de esta mortandad. Y como el cinismo y el ego de este régimen malandro es tan grande, seguro que hasta se toman la molestia de hacer una inauguración a ritmo de salsa (el réquiem que le gusta dedicarnos).

A los que hacemos cola para comprar comida o ser atendidos en un hospital, a los que mendigamos en las redes sociales para conseguir medicinas, esperamos horas para ver si nos despachan una bombona de gas, nos quedamos sin agua o si nos llega no podemos beberla porque la que corre por nuestras cloacas parece más limpia y huele menos feo. A los que nos movemos con mil ojos esperando que nuestra mirada no tropiece con el cañón de un arma de fuego, mentamos madres cada vez que se va la luz, perdimos a un ser querido a manos de la violencia, o hemos visto a nuestras familias y amigos desparramarse por el mundo.  Sí, a nosotros que antes nos llamábamos y nos llamaban venezolanos, en el mundo también nos cambiaron el nombre. Nos llaman PENDEJOS por habernos dejado montar la pata. Y a juzgar por el camino que llevamos, aunque muchos nos resistimos parece que otros tantos ya se acostumbraron.

Yo por si acaso dejo aquí escrito que me llamo Yedzenia, no vaya a ser que en medio de una patada de ahogado (de las que cada vez son más frecuentes) un día por decreto todas tengamos que llamarnos Rosinés.

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¿Y mañana? ¡Ay mañana!

Cuánto han cambiado las cosas desde que Naranjito se coló en nuestros televisores. Allá en el lejano 1982 la Venezuela Saudita iba por el mundo derrochando petrodólares y comprando todo de a pares porque el “ta’ barato dame dos” era casi tan común como dar los buenos días.

Las bolas de Torondoy casi se iban rodando desde Margarita a las neveras de una clase media que daba envidia. Los vuelos privados hacían largas esperas para aterrizar en La Carlota, nuestras misses dejaban boquiabiertos al resto de los mortales alrededor del mundo donde también se estaban formando las mentes más brillantes del país gracias a unas becas que cambiaron la vida a muchos.

No teníamos grandes problemas, había pobreza pero irse caminando a pegar el tercer turno en una fábrica no era buscar la muerte a manos de un atracador. Por las tardecitas todo el mundo se sentaba en el porche con la puerta abierta para que el vecino que quisiera entrar a saludar lo hiciera con solo un empujoncito. Los supermercados estaban llenos de productos de todas las marcas, casi todas nacionales porque lo que se consumía era HECHO EN VENEZUELA aunque tuviera marca extranjera. Nabisco La Favorita, Kraft, Alfonzo Rivas y Cía, Empresas Polar, Aceite Diana, Uniroyal, Rayovac, Heinz, Johnson & Jonhson, Vidriolux, Cerámicas Carabobo, Divenca, Champion, Monaca, Tío Rico, Firestone, Sherwin-Williams, General Motors, Chrysler, Ford Motors, Colgate-Palmolive, Jugos Frica,  y un etcétera tan largo como las caras de todos esos trabajadores que vía control de cambio o expropiación se quedaron en la calle.

Los niños jugábamos en las aceras, podíamos ir solos a la cancha a intentar encestar la pelota, cerrar la calle para jugar chapitas o futbolito, incluso ir a la bodega y con un real llenarnos las manos de chucherías. Los funerales eran debido a una muerte natural, así, como debe ser… Las telenovelas se producían como churros, la televisión no tenía espacio para la mediocridad, nos mostraba las dos caras de la realidad y no había fuerza capaz de silenciar a un periodista.

Parece que hablo del paraíso, y en cierta forma lo era. Venezuela era el país con la alfombra de “BIENVENIDO” siempre limpiecita para recibir a todo el que quisiera vivir en ella, porque lo único que estaba claro es que de allí nadie se iba nunca.

Llegaba España 82 con sus jugadores de pantaloncitos tan cortos que parecerían los del hermanito menor de cualquiera de los actuales, era un evento excepcional – especialmente en un país casi completamente beisbolero – . La emoción era especial porque todos aquellos gallegos que en busca de la libertad y el progreso abandonaron su tierra, por primera vez veían aunque fuera a través de un estadio todo lo que habían dejado atrás. Y ellos, nuestros queridos gallegos y nuestros queridos italianos nos metieron el fútbol en la sangre aunque al principio no le hiciéramos demasiado caso o lo viéramos con una gorra de béisbol puesta.

Naranjito se quedó en mi memoria en forma de esa calcomanía pegada en la puerta de la habitación de mi tío y que llegó casi entera pero marchita a Francia 98, igual que la Venezuela que ese año veía su último mundial navegando en el mar de la ignorancia sobre lo que le esperaba.

¡Qué angustia, qué nervios, qué desesperación! Eso es lo que siento hoy cuando a pesar de la inseguridad, la ruina, la miseria, la corrupción, la violencia, la mordaza, la persecución y la hipocresía, esta tarde el Campeonato Mundial de Fútbol anestesie por un mes a la mayoría de los venezolanos que por indiferencia, comodidad, incluso por “higiene mental” se amontonarán frente a sus televisores para ver a veinte locos corriendo detrás de una pelota, para reír, pelear con el entrenador, despotricar contra el árbitro y convertirse en expertos en chutes, dribles, chilenas, faltas, penales y estadísticas, en lugar de invertir toda esa energía, toda esa pasión en sacarle tarjeta roja al régimen que nos  está goleando en un partido que jugamos en casa con un campo minado de trampas, un árbitro comprado, jueces de línea ciegos, y lo peor, tanto ruido por parte del público pagado para vernos abandonar que hace parecer que hasta nos hemos quedado sin entrenador.

Venezuela juega bonito lo que le pongan, desde tenis hasta metras, y es triste que el partido del tirano tenga tanto tiempo de descuento para que pueda seguir matando y guisando mientras seguimos embobados un mundial que se irá como los otros y del que no volveremos a hablar hasta dentro de cuatro años.

Sólo espero que no se les vaya la luz antes del pitazo final.  Si no se les va, tranquilos, ya lo hará el día anterior, o peor, el siguiente cuando la realidad los despierte de la anestesia…

Eso sí, esa mañana no se quejen y como diría El Terror del Llano: agarren ese trompo en la uña…

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El miedo de los payasos sin gracia

Escribo esto antes de desayunar para intentar soltar la impotencia que llevo en el estómago y que podría causarme una indigestión. Hace un par de días me ausenté de Twitter para alejarme aunque sea un poquito de lo que ocurre en Venezuela y poder preparar dos exámenes candela que tengo en la Facultad donde además de compartir mi vida con muchachos brillantes, también tengo que lidiar con hipócritas que aparentan defender la democracia y la libertad de expresión, pero a su manera, es decir, sin protestarle a los gobiernos de sus amigotes porque eso es golpista.

Al despertar leí que debido a presiones – un eufemismo más para las cotidianas amenazas que ejerce este régimen contra la empresa privada en Venezuela, y no solo –   el programa de Luis Chataing salía del aire. Y para los que no son hijos de las arepas y el jugo de parchita, los ilustro: sacar del aire a Luis Chataing es como si lo hicieran a David Letterman, Jaime Bayly, Adal Ramones o Andreu Buenafuente.

Al régimen venezolano no le gusta el humor – el buen humor – lo que le gusta es una plomamentazón que monte un festival de balas mientras ellos “los del pueblo” echan una bailadita en cadena nacional. Le gustan las lágrimas, por eso organiza funerales a todo trapo para recrearse en el dolor de quien ignoraba que lo peor estaba por venir. A un régimen que no hace nada para que un país duerma como un niño (suponiendo que ese niño tiene el privilegio de usar pañales de los que ya no se consiguen, tomar leche la que ya no se consigue y comer compotas de las que ya tampoco se consiguen) que no brinda seguridad a la gente de a pie porque para ellos la seguridad no va más allá de la proporcionada por los innumerables escoltas que resguardan sus – no precisamente socialistas – carros oficiales, un régimen que en lugar de trabajar se ocupa de montar parapetos magnicidas con la consistencia de un castillo de naipes y que recurre sistemáticamente a un fantasma para despertar simpatías difíciles de comprar a punta de pantalla plana allá donde no llega ni la luz, qué va a querer vernos reír…

Y no, no le voy a llamar gobierno porque hace mucho que estos tipos se auto coronaron con otro nombre. El régimen que creó el Viceministerio para la felicidad y blablablá – como todo lo de ellos – no hace más que demostrarle a los venezolanos a diario que felicidad es eso que sentiremos cuando por fin se acabe esta vaina, lo cual no parece estar muy lejos dado el monumental miedo que están demostrando.

Estudiantes, amas de casa, escritores, modistas, políticos, artistas, periodistas, abogados, vendedores de perros calientes, médicos, mecánicos, humoristas y demás venezolanos decentes son perseguidos por esta legión de payasos que dan pena ajena y si acaso, producen una amarga carcajada por tanta incoherencia, mediocridad, desfachatez e ignorancia de la que hacen gala cada vez que abren la boca.

Luis Chataing no estará – por ahora – en televisión, y los que se acostaban tarde en este país madrugador dormirán un poco más para sintonizar la radio a las seis de la mañana y su equivalente huso en cada rincón del mundo donde lo escuchamos para que además de hacernos sonreír en la desgracia y de decir eso que alborota el prurito a los que “presionan”, también suelte las perlitas de optimismo que tanto necesitamos para aguantar este calvario de indecencia que estamos atravesando.  

Para los simplistas esto no será más que una defensa a un opositor, pero no se trata de defender a Luis Chataing, Shirley Varnagy, Chuo Torrealba, Caterina Valentino y un desgraciadamente largo etcétera; se trata de defender el DERECHO a la LIBERTAD de expresión de un lado del micrófono y la de elegir del otro; un derecho INDIVIDUAL de TODOS y que cada uno debe ejercer como le parece y no como le es impuesto.

Chamo, si antes llenaba teatros vaya buscándose estadios para meter a ese bojote de gente que tiene ganas de oír la verdad de una manera diferente, pues aunque ya no nos la muestren en televisión y por falta de papel los periódicos están obligados a resumirla, la cotidianidad nos la estruja en la cara sin la menor consideración. De escenarios más altos te has caído – nadie puede negarlo –  y con mayor o menor esfuerzo te has levantado para decir algo que nos quitara el susto y nos animara a seguir adelante demostrando que este país lo que necesita es gente que le eche pichón con una sonrisa, no payasos y mucho menos sin gracia.

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Dèjá vu

Cuando uno ha dejado su tierra y por suerte o por desgracia ha vivido durante años en diferentes lugares de mundo que lo único que tienen es común es la lejanía de nuestras querencias, ve muchas cosas, aprende mucho.

Yo vengo de un lugar maravilloso con unas bellezas naturales que dejarían con la boca abierta al más indiferente, un lugar que guardo en mi memoria porque a pesar de regresar con mucha frecuencia, cada vez es más difícil reconocerlo.

Para quien no ha pasado por esto, debe saber que es cierto eso que escucha: no importa lo bien que estés en otro lugar, no hay nada como estar en tu casa. También es cierto eso de que un sitio da igual que otro cuando no se está bien con uno mismo.  Pero no estamos aquí para filosofar sobre los pros y los contras de la inmigración, esa tarea que cada uno la haga cuando le parezca. Hoy escribo porque  hace tiempo estoy viviendo un desagradable “dèjá vu”.

Conduzco por las calles de una ciudad donde cada vez hay más huecos, y si así está el Norte, no imagino cómo estarán las siempre olvidadas del Sur. Un autobús se para de repente en el carril central y deja subir a la gente que le espera. En una oficina pública me siento afortunada por haber dado con la única persona amable y sonriente. Los corruptos se esconden hasta debajo de piedras que al levantarse expelen una putrefacción solo tóxica para quienes cumplen honestamente con su deber. Los cantamañanas aprovechan la ocasión como caimanes en boca e’ caño. La gente comienza a morirse de mengua en los hospitales al tiempo que proliferan las campañas publicitarias de las aseguradoras privadas y los fondos de pensiones.  Los niños se guardan el panecillo que les dan en el comedor del colegio con la esperanza de tener algo que llevarse a la boca a la hora de la cena. El que ha robado por hambre va preso mientras al narcotraficante  o político embarrado se le ponen las alas de la libertad – reforma judicial o generoso y conveniente indulto permitiendo –. Una editorial retira de los quioscos una revista para no hacer un feo al “señorito” que vive de los impuestos de quienes la compramos. Los bancos barren para casa y a los demás que los pise un tren. Miles de jóvenes agarran su CV con carrera, idiomas y muchos sueños, lo meten en una maleta y se van lejos a buscar las oportunidades que su país ya no les ofrece. Los sindicatos son los primeros en trincar lo que pueden y lejos de defender a los trabajadores de una feroz reforma laboral, la aplican como el más despiadado de los empresarios.

Veo gente con miles de razones para sentirse asqueada y sobre todo harta de mantener vagos y trabajar para otros. Es imposible no verme reflejada en ellos, el problema es que no es mi primera vez…

Españoles, pónganse las pilas, hagan caso a quienes ya pasamos por esto. Así era la Venezuela de finales de los noventa, con desempleo, deficientes servicios públicos, arcas “sin fondo” de las que todo el que pudo robó a manos llenas, fórmulas milagrosas y lobos disfrazados de corderos que “pensaban en el pueblo”. Echen un ojito a lo que queda después de la intervención divina del vendedor de humo supremo: Supermercados vacíos, hospitales sin siquiera algodón, morgues repletas de asesinados, funcionarios del “cuánto hay pa´eso”, policías del “no te pongas cómico y dame lo que tienes o vas preso”, periódicos que agonizan, televisoras que se apagaron, estudiantes en cárceles donde sobrevivir es un privilegio concedido por los asesinos con entrada libre al palacio de gobierno.  Familias desparramadas a lo largo y ancho del mundo. Y como siempre, mucho petróleo…

¿No creen en reyes y sí en profetas? Un poquito menos de ingenuidad mis queridos gallegos. No hay milagritos ni pozos sin fondo capaces de mejorar este panorama. Créanme, con tanto ladrón lo peor que le podría pasar a España es tener petróleo o parir ídolos, así que háganse el favor de centrarse en lo realmente importante, y lo realmente importante es no permitir que este país se siga echando a perder. Aprovechen que todavía pueden salir sin miedo a la calle, que con defectos y todo la justicia funciona, y que la Constitución no es papel sanitario.

A veces, mientras estoy en un atasco y veo a los que se creen muy listos adelantar por el que en mi país es el carril más rápido (el arcén) me digo: “Jeje… Pendeja, y tú que creíste que te venías al primer mundo”.

No sé lo que haré, no sé si me quedaré aquí, si me iré a otro lugar o si terminaré volviendo a mi tierra aun a riesgo de que un mal día el plomazo de un malandro con o sin uniforme me perfore la cabeza. Como sea, esa es mi casa, me duele y hago lo que puedo por sacarla de ese hueco miserable donde la han hundido. Precisamente por eso me preocupa que en mi otra casa muchos ciegos por el descontento caminen hacia el mismo barranco por el que nosotros rodamos hace más de quince años.

España, tengo un dèjá vu, y por el bien de todos espero que no dure demasiado.

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