Será que me estoy poniendo vieja o que he vivido mucho, no sé. Lo único claro para mí es que hay caminos por los que ya he transitado, cuentos que no me como y finales que ya conozco.
No voy a ser yo quien agarre a mi profesor de Geografía Política (sí, Pablo Iglesias me dio clases) como diana. Pongo las manos por delante diciendo que a mí “Pablito” – como le dicen algunos en la Facultad – no me cae mal, es más, me cae bien. Esto no es una cuestión personal. Y no hablo de su ideología, ni de la hazaña que pretenden lapidar los que se creían con el coroto “atado y bien atado”. Hablo de mi profesor; ese con un programa bien estudiado y definido con un sistema de evaluación objetivo, una metodología correcta que no aburre, una madurez admirable para aceptar críticas, una cercanía lo suficientemente amplia para romper –sin generar abusos– la barrera del “yo profesor aquí y tú alumno allí”, y la decencia de reconocer el esfuerzo de quien trabaja una asignatura estudiando y no lamiéndole los pies al que evalúa (cosa que a algunos les gusta muchísimo).
En la vida universitaria uno encuentra de todo, desde prepotentes que creen que sus estudiantes se chupan el dedo y necesitan de un “gurú” que cobra derechos de autor, hasta señores profesores que te retan cada día enseñándote de verdad sin vender propaganda. Cada uno hijo de su padre, y pensando en los primeros muchos dirían que especialmente “de su madre”. Hasta aquí voy a responder a la pregunta que muchos me han hecho sabiendo qué he estado asistiendo –cuando el trabajo me lo permite– a clases con esa merecidamente llamada élite de estudiantes de Relaciones Internacionales que se pasea discretamente por el Campus de Somosaguas, el mismo lugar que en ocasiones ha sido escenario de hechos con los que a más de uno se nos cae la cara de vergüenza.
Es probable que muchos de los que comparten mis ideas y la lucha que cada día tanto lejos como “a pata e´ mingo” libro por mi querida y saqueada Venezuela me caigan encima por decir esto, pero al César lo que es del César, Pablo ha sido un buen profesor y aunque no voté por él ni apruebo su relación con el régimen venezolano, eso no puedo negarlo. Dicho esto, me toca hablar de la otra cara.
En España hay muchísima gente a la que nos produce más asco ver a través de un plasma el pelo teñido de Rajoy y su barba llena de canas que la melena de Pablo en una tertulia. A muchísima gente que compra calcetines en los supermercados, que sólo va de compras en las rebajas y que no come percebes en Navidad, le es mucho más simpático y cercano el muchacho de camisa blanca enrollada “a la italiana” si va formalito, o camiseta y jeans iguales a los que muchos llevan puestos en la cola del paro. A mucha gente harta de tanta corrupción le seduce la idea de que sangre joven renueve las instituciones de este país. El problema es que no es oro todo lo que brilla…
Creo que Pablo está vendiendo una moto que yo no quise comprarle a otro cuando la inexperiencia podía justificar caer en la trampa. Hay cosas en su programa que me recuerdan a esa mañana de 1998 en la que dije a mis padres “si ese tipo gana yo me voy del país”… El programa de su partido habla de cosas que se pueden poner en práctica en la infinitamente rica república bolibananera en la que Chávez fundó su reino y de la que salí huyendo bajo la incrédula y triste mirada de mis viejos poco tiempo después de esas elecciones de las que todavía estamos pagando las consecuencias. Porque en las colas que rodean los supermercados o los cadáveres baleados en el suelo de morgues que no dan para más, puede verse el resultado de la Revolución Bolivariana.
Creo que es conveniente decirle a todos esos que se están cebando con “el tipo de la coleta” que abran los ojos y sean menos viscerales. A Pablo le acompaña gente con un ego que se alimenta de la confrontación y de los ataques (especialmente de los ridículos). A su partido le favorece que se unan en su contra todos esos periodistas lametones que nos revuelven el estómago, todos esos políticos con un rabo de paja tan difícil de ocultar que se notaría menos si llevaran un cartelito de “corrupto” colgado a modo de letra escarlata, y especialmente todos esos que van de sabios pero que no tienen ni lejanamente los conocimientos de Politología que se adquieren en Somosaguas y más allá.
Entre todo el pelo que Pablo se recoge con una gomita, no hay ni uno solo de tonto. No lo subestimen, tampoco subestimen a la gente que con él trabaja. Podemos es un partido donde hay mucha gente preparada, no serán ellos los que nos hagan bajar la cabeza escuchándoles hablarle al mundo de una “relaxing cup de café con leche”. Hay gente profundamente honesta y con ganas de trabajar duro para contribuir a tener un país mejor, gente que vale mucho, que enriquecería a cualquier partido político y que no está dispuesta a que le vuelvan a engañar. Entre ellos, hay una muchacha a la que conozco bien (la única por la que meto la mano) trabajando de sol a sol y muy atenta a esos que no le gustan en el partido. Una amiga con la que no me voy a pelear por política. Pero es igualmente cierto que en las filas del partido hay demagogos de esos que se llenan la boca diciendo cosas como que “hasta la llegada Chávez al poder los negros no podían estudiar en las universidades venezolanas” –por nombrar una de las mentiras más absurdas y bochornosas que he escuchado en mi vida–. No es broma, en Podemos también hay gente a la que le gusta hablar pendejadas, que no admite la diferencia de opiniones, se toma las objeciones como ataques personales, y que ante la desnudez de sus mentiras optan por jugar las tan desgastadas carticas del fascismo, capitalismo, burguesía, y ese etcétera en el que algunos se sienten cómodos moviéndose para pescar la mayor cantidad de aplausos fáciles posibles.
Hace justo un par de semanas Luis Carlos Díaz, un joven y reconocido periodista venezolano dijo en twitter: “Hola, España. En política venimos del futuro. Toda mala prensa que hagáis de Podemos se os va a revertir”. Debo agregar que el futuro del que venimos es vergonzoso, lamentable y miserable, como poco. Créannos, ese no es el camino. Lapidar a Pablo Iglesias gratuitamente no es lo que hace falta para que a Podemos se le caiga la máscara igual que se le ha caído a muchos más. Déjenlos hablar, dejen que les crezcan los enanos, dejen que tengan que aclarar una y otra vez cada metida de pata, que se los coma la realidad cuando vean que la chequera no tiene fondos. Dejen que la moto pare de echar humo y no arranque, que los numerosos militantes y votantes que realmente valen la pena comiencen a pedir explicaciones y prefieran dejarla tirada antes que llevarla en hombros.
Es inútil atacarles gratuitamente. Y a los votantes les pido por favor que se vean en el espejo de la ingenuidad de un país que creyó que la salida de la corrupción reinante pasaba por firmarle a un lobo disfrazado de cordero un cheque en blanco del banco de los petrodólares infinitos. Porque si se les ha olvidado –y perdón porque sé que me estoy repitiendo con esto– antes de que destrocen las Canarias, recuerden que España no tiene ese banco con bóvedas repletas de un inmenso barril sin fondo lleno de petróleo. Recuerden que un país no progresa con habichuelas mágicas en forma de Constituyentes a medida, ni con culpar al capitalismo o al imperio, tampoco de modelos que han fracasado una y otra vez a lo largo de la historia. Tengan mucho cuidado, no caminen a ciegas detrás de nadie, no vayan a volverse locos creyendo que controlar los medios de comunicación va a servir sólo para lo que les dicen y les conviene. Y por favor, por lo que más quieran estén alertas, ni se les ocurra abrirle la puerta a la violencia venga de donde venga, tener una pistola bajo la almohada no los va a convertir en ciudadanos más libres o autosuficientes, lo más seguro es que el día que quieran usarla, sean ustedes los primeros en tragarse las balas. Hablo en serio, no le abran la puerta a la violencia, nosotros en quince años no hemos podido cerrarla. No crean que exagero, ni caigan en el “esto no va a pasar aquí, España no es Venezuela”. Nosotros ya dijimos lo mismo hace muchos años: “esto no va a pasar aquí, Venezuela no es Cuba”… Millones de venezolanos votaron pensando en castigar sin saber que esos votos terminarían por castigarnos a todos. No defiendo el bipartidismo, mucho menos la corrupción, simplemente remuevo mucho la cabeza cuando veo que alguien quiere vendarme los ojos.
Que haya gente preparada para relevar a tanto dinosaurio político es necesario para el progreso de un país, pero también es necesario estar atentos y no dejarse deslumbrar por la melodía de un moderno flautista de Hamelín que puede hacer mucho daño independientemente de la ideología. Ningún partido es perfecto y ningún candidato un Mesías. Si Pablo y sus votantes asumen que España no está para experimentar revoluciones fracasadas y caducas financiadas con un dinero que aquí no hay, es probable que le dé un giro importante a su proyecto, un giro que los lleve lejos de la decepción que representa para muchos indignados el fenómeno italiano encabezado por Beppe Grillo, un monstruo mediático que no ha parado de pelearse con el mundo y poco ha conseguido. Pero para eso hace falta por su parte que pare ya de hablar de “la casta”, y sobran por parte de la prensa fanática los ataques absurdos y exagerados que simplemente le están haciendo el gran favor de pagarle la mejor campaña publicitaria de la historia política española.
Ah, otra cosa, expropiar es robar.
Gracias Óscar Yánes, dondequiera que estés…