El vuelo de un papagayo
Un papagayo refleja la inocencia y la sencillez de todo niño. La creatividad para construirlo, la ilusión por correr, correr y correr hasta que el artefacto levante la cola y se vaya tan lejos como los sueños pueden volar.
Si eres un niño afortunado, tus padres te regalarán el pagayo multicolor que está de moda, pero si eres un niño mucho muy afortunado, tus padres, tu hermano mayor, o tus abuelos te enseñarán a construirlo con ramitas de árboles, ganchos de ropa, pabilo y bolsas de plástico. Ese es el mejor papagayo del mundo, el que te haces solito, el que decides de qué color será y cuidas con especial esmero porque te costó terminarlo una tarde entera bajo los inclementes rayos de sol.
Para un niño venezolano no hay nada más fascinante que una bolsa de basura, pues son las que mejor resisten los golpes de viento tropical. Y no hay peor enemigo para un juego tan sencillo que los cables del peligroso tendido eléctrico siempre al acecho porque les encanta atrapar cometas. No nos preocupan los árboles porque son robustos y muy altos, así que para jugar nos alejamos, y si alguno no oye consejo y ve el fruto de su trabajo quedarse atrapado como le ocurre al de Charlie Brown, es un novato, y como novato le tocará hacerse uno nuevo o ver al resto jugando. Los cables, esos sí que son malos.
Cuesta aprender a darle cuerda y amainar como la vela de un barco; pero una vez que lo consigues la sensación de libertad es indescriptible. No hay comiquita que valga la pena, tu pasión es ver tu papagayo llegar al cielo, volar alto, muy alto. Eres el piloto a distancia de una nave invencible que sólo aterrizará cuando un palo de agua amenace con caer o el controlador aéreo que todos tenemos en casa diga que se acabó lo que se daba. Así pasan los días para un niño con la suerte de vivir en un lugar lleno de sol y donde el viento casi siempre sopla a favor.

Imagen: Web
Un papagayo, ese es el bonito recuerdo que muchos llevamos dentro y por el que algunos decidimos que nuestros hijos también tendrán uno solamente cuando con nuestra ayuda sean capaces de hacérselo.
Desgraciadamente no todas las historias son tan bonitas, una que podía llegar a serlo vio truncada su vida mientras disfrutaba de la maravillosa inocencia que acompaña a la infancia. Esta tarde vi la peor cara de un papagayo, la que nunca pude imaginar cuando era una niña que recolectaba palitos de madera para que mi abuela me enseñara a construirlo. Esta tarde vi a unos niños que no han terminado ni el sexto grado de primaria cargar con la urna de una criatura que tuvo la mala suerte de servir de blanco a uno de los múltiples asesinos con uniforme que azotan a la gente decente con una saña inversamente proporcional a la que emplean contra la delincuencia –si es que lo hacen–. La bala de un efectivo de la “Guardia Nacional Bolivariana” acabó de la manera más cruel con los sueños de Leonel, y la infancia de los niños que lo llevaron al cementerio en “brazos de amigo” cayó aparatosamente como cuando un despiadado golpe de viento nos tira al suelo el rudimentario juguete. Les quitó la ilusión de jugar, de correr, de volar…
Como los peligrosos cables de los postes en los que siempre se queda un pedacito para recordarnos que un día allí se enredó un papagayo, así queda marcada la vida de esos niños que jamás olvidarán la tarde de juegos donde los forzaron a conocer el dolor.
Leonel ahora vuela mucho más alto que los sueños que ya no podrá realizar, y desde allí algún día verá a los amigos que dejó cuando por primera vez en un país seguro y libre acompañen a sus hijos a correr sin parar hasta que alcance los aires un flamante papagayo de larga cola que indudablemente les dibujará una sonrisa.

Dedicado a Leonel