Categoría: Venezuela

El vuelo de un papagayo

Un papagayo refleja la inocencia y la sencillez de todo niño. La creatividad para construirlo, la ilusión por correr, correr y correr hasta que el artefacto levante la cola y se vaya tan lejos como los sueños pueden volar.

Si eres un niño afortunado, tus padres te regalarán el pagayo multicolor que está de moda, pero si eres un niño mucho muy afortunado, tus padres, tu hermano mayor, o tus abuelos te enseñarán a construirlo con ramitas de árboles, ganchos de ropa, pabilo y bolsas de plástico.  Ese es el mejor papagayo del mundo, el que te haces solito, el que decides de qué color será y cuidas con especial esmero porque te costó terminarlo una tarde entera bajo los inclementes rayos de sol.

Para un niño venezolano no hay nada más fascinante que una bolsa de basura, pues son las que mejor resisten los golpes de viento tropical. Y no hay peor enemigo para un juego tan sencillo que los cables del peligroso tendido eléctrico siempre al acecho porque les encanta atrapar cometas. No nos preocupan los árboles porque son robustos y muy altos, así que para jugar nos alejamos, y si alguno no oye consejo y ve el fruto de su trabajo quedarse atrapado como le ocurre al de Charlie Brown, es un novato, y como novato le tocará hacerse uno nuevo o ver al resto jugando.  Los cables, esos sí que son malos.

Cuesta aprender a darle cuerda y amainar como la vela de un barco; pero una vez que lo consigues la sensación de libertad es indescriptible. No hay comiquita que valga la pena, tu pasión es ver tu papagayo llegar al cielo, volar alto, muy alto.  Eres el piloto a distancia de una nave invencible que sólo aterrizará cuando un palo de agua amenace con caer o el controlador aéreo que todos tenemos en casa diga que se acabó lo que se daba. Así pasan los días para un niño con la suerte de vivir en un lugar lleno de sol y donde el viento casi siempre sopla a favor.

Imagen: Web

Un papagayo, ese es el bonito recuerdo que muchos llevamos dentro y por el que algunos decidimos que nuestros hijos también tendrán uno solamente cuando con nuestra ayuda sean capaces de hacérselo.

Desgraciadamente no todas las historias son tan bonitas, una que podía llegar a serlo vio truncada su vida mientras disfrutaba de la maravillosa inocencia que acompaña a la infancia. Esta tarde vi la peor cara de un papagayo, la que nunca pude imaginar cuando era una niña que recolectaba palitos de madera para que mi abuela me enseñara a construirlo. Esta tarde vi a unos niños que no han terminado ni el sexto grado de primaria cargar con la urna de una criatura que tuvo la mala suerte de servir de blanco a uno de los múltiples asesinos con uniforme que azotan a la gente decente con una saña inversamente proporcional a la que emplean contra la delincuencia –si es que lo hacen–. La bala de un efectivo de la “Guardia Nacional Bolivariana” acabó de la manera más cruel con los sueños de Leonel, y la infancia de los niños que lo llevaron al cementerio en “brazos de amigo” cayó aparatosamente como cuando un despiadado golpe de viento nos tira al suelo el rudimentario juguete. Les quitó la ilusión de jugar, de correr, de volar…

Como los peligrosos cables de los postes en los que siempre se queda un pedacito para recordarnos que un día allí se enredó un papagayo, así queda marcada  la vida de esos niños que jamás olvidarán la tarde de juegos  donde los forzaron a conocer el dolor.

Leonel ahora vuela mucho más alto que los sueños que ya no podrá realizar, y desde allí algún día verá a los amigos que dejó cuando por primera vez en un país seguro y libre acompañen a sus hijos a correr sin parar hasta que alcance los aires un flamante papagayo de larga cola que indudablemente les dibujará una sonrisa.

Papagayo Paco

 

Dedicado a Leonel

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¿Cómo te lo digo?

Ya sabemos que la vida cada vez es más difícil vivirla, no dormimos, no descansamos, no nos vemos, y con suerte no nos enfermamos.

Cómo hago para decirte otra vez que no queremos verte sufrir. No queremos que hagas infinitas colas para comprar comida, que vivas encerrada por miedo a los malandros, que reces por no enfermarte –no por la enfermedad en sí sino porque no hay medicamentos para combatirla–. Tampoco queremos que sientas tristeza al ver la miseria en las calles, la destrucción de tus cerros, la suciedad en las aceras, los anaqueles vacíos. No queremos que tengas que pagarle a ningún policía para que no te acose, ni que sientas angustia temiendo no volver a vernos cada vez que cruzamos el umbral de la puerta.

Cómo te digo que no queremos que vivas todo lo que vives,  que queremos que descanses, pasees, veas lo que quieras ver en televisión, vayas al parque y camines sin temor a que te den un plomazo para robarte la cartera.

Cómo hago para decirte que tus navidades ya no serán bajo el calor tropical sino en una ciudad helada en la que la nieve te hará gracia sólo la primera vez. Cómo te digo que ya no verás a tus hermanos, a tus amigos, ni a tus vecinos de toda la vida –los que quedan–. Cómo hago para decirte que por aquí no se consiguen los mismos aliñitos para las caraotas, que no hay maíz tierno para hacer cachapas, y que consumir mangos, parchitas y piña es un lujo. Cómo te digo que los aguacates son chiquitos, con la cáscara dura, negra y alguna manchita por dentro. Cómo te digo que ya no verás los cerros llenos de verde al final de tu calle, que no hay espacio suficiente para tus cinco perros, tus cuatro periquitos, ni tus matas de limón, sábila y rosas.  Cómo te digo que tendrás que aprender un idioma nuevo, costumbres nuevas y dejar tu Cruz de Mayo, buñuelos de yuca, arroz con coco, hallacas y chigüire para quién sabe cuándo.

Cómo te diré que durante meses no sabrás lo que es ponerse una franelita, que la playa –sin arena blanca ni agua transparente con peces de colores– está a cientos de kilómetros y que cuando llegue el deseado calor sentirás que te derrites a medida que te mueves.

Cómo convencerte de dejar tu tierra, tu casa, tu vida… Cómo decirte que ya no vuelvo y que ahora se van todos, incluso tú. Que ya no llevarás flores a la tumba de tus muertos, que tu casa ya no será tuya, no cocinarás en los fogones de siempre ni volverás a lavar el patio. Cómo te digo que a tu edad vas a tener que comenzar desde cero, hacer nuevos amigos y olvidarte de regar las matas todas las mañanas.

Qué haré con tu tristeza cuando la nostalgia te ataque incluso antes de haberte ido. En qué maleta cabrá la frustración por dejarlo todo para poder vivir en paz aunque demasiado lejos del lugar que te vio nacer. De dónde saco el coraje para mentirte diciendo que es algo temporal si yo me dije lo mismo y aquí sigo.  ¿Me creerás sabiendo que desde hace quince años se han multiplicado por diez mil los “SE VENDE”, las balas y las despedidas?

Vieja, de qué tamaño será el nudo que se me hará en la garganta cuando algún imbécil te trate de “extranjera”, “sudaca”, o te diga que te vayas a tu país? No es lo más habitual, pero sabemos que imbéciles hay en los cuatro puntos cardinales, y cuando uno está en “su casa” bien que lo hacen notar.

Cómo te digo que te perderás la temporada de béisbol, que no hay perros calientes ni guarapo e´ papelón.

Este lugar está lleno de cosas maravillosas y  gente encantadora. No es tu país, ese que para nosotros es el mejor del mundo y en el que ya no se puede vivir, pero llegarás a quererlo mucho, te acordarás de mí.

No vamos a poder obligarte, por favor,  no te agarres a la puerta como un gato para quedarte.

Mamá, cómo te digo que es hora de partir…

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Desnudez

                                                 

Con este régimen hace mucho que perdí la capacidad de asombro. Sin embargo, conservo otras cosas que no formarían parte de la naturaleza de los monstruos de Miraflores ni volviendo a nacer. Y lo digo en plural porque aunque ante el mundo hay una cabeza — bastante hueca— visible, todos sabemos que el festival de puñaladas con liguita lleva tiempo en “pleno desarrollo”.

Unos hombres que de inteligencia deben tener lo mismo que yo de vulcanóloga, y de humanidad no deben haber oído hablar en su miserable vida, atacaron a un muchacho, le pegaron, lo despojaron de su ropa y lo dejaron desnudo en medio de la calle. Con dolor e impotencia vi la escena en la que seres de esos con un mundo interior muy pobre —si es que lo tienen— y de los que hasta las prostitutas renegarían la maternidad, encontraban satisfacción en un acto tan despreciable. Porque para nuestra desgracia, el planeta es tan ancho y la vida tan generosa que permite la existencia de gente como esa. Eso sí, el ataque lo hicieron entre muchos y bien armados, porque los cobardes actúan así, en manada y/o por la espalda, sólo así se creen invencibles y engañan a su decadente virilidad.

Un chamo, un estudiante, un ser humano fue despojado de sus trapitos, golpeado, humillado. Los cobardes huyeron y lo dejaron allí con su desnudez y con un único motivo de vergüenza: el de compartir género con semejantes animales.

No hay nada más honesto y generoso que desnudarse, mostrar cómo somos hasta el fondo, sin artificios, sin pretensiones ni vergüenza. Y ese día quedó demostrado que ese muchacho de lo único que puede sentirse avergonzado es del régimen que está saqueando y desangrando a su país. Ese día quedó al descubierto la dignidad de un venezolano, esa que  no va en los trapos sino en la piel, en los huesos, en la sangre. Porque ese día —como todos los demás— ese chamo caminaba con el alma al descubierto.

El ataque se sumó a la larga lista de abusos que el Gobierno de los Cobardes cree que le estamos apuntando en una panela de hielo. Es obvio que todavía no han entendido de qué estamos hechos los venezolanos. Y si siguen creyendo que vamos a dejar de defender nuestros derechos por miedo a que nos dejen en pelotas, van a tener que acostumbrarse a ver nuestros cuerpos llenos de energía para combatir la mediocridad, la mentira, la cobardía, la delincuencia, el descaro y la infinita ineficiencia que ellos representan. Este país está al desnudo, camina sin armas, sin chalecos ni cascos. Venezuela lleva el alma al aire, y cuando pega el sereno se arropa con la bandera.

Valientes a los que hemos visto las costillas, gracias. Gracias por demostrar quienes son los que aun vestidos de uniforme, camisetas rojas, corbatas de seda, y chorros de petróleo no pueden ocultar la desnudez de su putrefacción.

http://youtu.be/fDM0YMGFdBM

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Catorce de abril

 

Aquel 14 de abril el poder del  petróleo y la impunidad estafó nuestras esperanzas. Nos robaron las elecciones, y quien pretenda convencerme de lo contrario ya puede ir abriendo caja por caja, contando voto por voto, verificando línea por línea, y cuaderno por cuaderno.

Esa noche la Venezuela creyente –y la que no también– pensó que “el tiempo de Dios”  que llevaba tanto tiempo esperando, por fin había llegado.

Ya sé que muchos no le perdonan a Henrique Capriles Radonski que no nos llamara a la calle a expresar nuestro repudio contra la corrupción, el hampa, el hambre, la escasez, las deplorables condiciones de nuestros hospitales y carreteras; y por supuesto, las elecciones. Pero si al día de hoy llevamos decenas de muertos, centenares de heridos y detenidos porque sí y punto, es obvio que una manifestación del mismo tipo hace un año atrás habría sido suficiente para masacrarnos de a miles, Henrique estaría preso sin ninguna imputación decente y mucho menos con pruebas, igual que lo están López, Scarano, Ceballos y muchísimos otros.  No nos engañemos.

No estoy diciendo con esto que los muertos por contarse a decenas duelan menos que si se contaran por miles. Uno ya sería demasiado. Un  sólo herido, un sólo detenido, un solo “ataque fulminante” sería demasiado, y lo es. Lo que estoy diciendo, más bien repitiendo, es que a veces le exigimos a otros que asuman responsabilidades que nosotros no estaríamos dispuestos a asumir. Porque ninguno de nosotros podría dormir tranquilo sabiendo que una persona perdió la vida a manos de asesinos uniformados –o no–. Ninguno de nosotros podría mirar a los ojos a la madre de ninguna víctima que hubiese dejado la vida en la calle por defender el país que nos robaron.

Hoy de nada sirve pensar en qué pudo ocurrir hace un año cuando como buenos demócratas, pacíficos y también pendejos, creímos que esta pesadilla se acababa. Esa experiencia sólo nos ha servido para asumir que estamos peleando contra bestias que no tienen el menor respeto por los Derechos Humanos, que mienten con un descaro imposible de medir, que están dispuestos a usarnos como escudos humanos, a matarnos a plomo limpio, matracazos, gas del bueno, corrientazos y cuanto método sea necesario utilizar para seguir en el poder robando a manos llenas.

Porque como esta cuerda de corruptos y mediocres no sabe distinguir  entre  lo más elemental, el día que nos robaron los votos, las esperanzas, los reales y la libertad, también nos robaron la paciencia y el miedo.

Lo más difícil era dar el paso, y muchos chamos con la cabeza llena de ideas de verdad y no de pajaritos preñaos están demostrando a diario que lo que hace falta en este país es que dejemos de pedirle a los demás que hagan las cosas por nosotros, sino que las hagamos y punto. Y si los estudiantes y demás venezolanos de hace por lo menos diez años hubiésemos tenido la misma valentía que quienes hoy llevan más de dos meses jugándose la vida por defender nuestros derechos, si hubiésemos dejado de pensar que “el dólar no podía subir tanto”, que era “imposible quedarse sin comida”, que “este carajo no dura mucho”, “quién se va a vender en el poder judicial”, “la FAN no se va dejar montar la pata”, “la ONU no va a permitir abusos”, “los vecinos no nos van a dejar solos” y un etcétera más largo que cola para comprar harina, otro gallo cantaría.

En el país de los ciegos el tuerto es el rey. Lo malo para este “rey” es que  sin darse cuenta le arrancó a muchos de golpe y porrazo la venda de los ojos. Ya no somos poquitos, sólo falta que los indiferentes dejen de hacerse los suecos llevando una vida “normal” (con inseguridad incluida, por supuesto) como si su ayuda no fuera necesaria. Sólo falta que terminen de abrir los ojos y vean que si no nos ponemos las pilas AHORA, dentro de diez o veinte años mientras hagamos la cola para pasar la tarjeta de racionamiento vamos a andar lamentándonos por lo que no fuimos capaces de hacer, y viviremos como los cubanos, conjugando en condicional, víctimas de la nostalgia, y nuestro único “orgullo” se basará en ser el destino de miles de hipócritas que predican lo ideal del “socialismo del siglo XXI” porque les gusta pasar las vacaciones en nuestras playas, comer lo que no podemos, y beneficiarse a nuestras mujeres para luego regresar con su decadente virilidad a Europa  para seguir hablando gamelote frente a sus chimeneas.

Este 14 de abril al igual que todos estos agotadores días e interminables noches no hay espacio para pensar en violencia, rendición, derrota ni división. No caben los condicionales. Este 14 de abril es un día más para mantenernos en pie, para no comer cuentos de camino, y seguir resistiendo.

Estudiantes, madres, médicos, albañiles, abuelos, profesores, chicheros, cocineras, periodistas… En fin, venezolanos, apretemos los dientes y sigamos adelante.

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Lágrimas de una madre

Después de un viacrucis burocrático impuesto por el gobierno venezolano, y de la buena voluntad de un hombre con barras en los hombros conseguí que mi mamá me visitara por dos semanas. Catorce días que en una relación madre-hija son más de veinte mil minutos en los que podría estallar el clásico choque de trenes, demasiado poco tiempo considerando que con suerte la tendré cerca en Navidad, y muchísimo para quien a pesar de haber bajado del avión con la primavera bajo el brazo se queja del frío europeo (22º C).  

Mi intención era que tomara una bocanada de aire y tranquilidad, que hiciera esa higiene mental que recomiendan a diario mis amigos aquí y que no consigo por estar pegada al teléfono con +5:30h en contra de mi sueño y obligaciones. Lo intenté, pero no tuve éxito.

El trauma de la escasez que enfrenta a diario la hizo insistir en ir a un supermercado… ERROR!!!  A mi pobre vieja se le iluminaban los ojos como a niño en juguetería. Los pasillos repletos de productos que hace tiempo no ve ni siquiera en la televisión la hacían llenar un carrito que yo iba vaciando por detrás. La carnicería rojita pero no de revolución del hambre sino de grandes piezas de carne tierna la emocionaban como si se tratara de una obra de arte, el pollo de todos los tamaños y para todos los gustos, una charcutería con tanto jamón que costaba decidirse y el queso que le gusta comer a mordisquitos la conmovieron. Cuando vio el pasillo de la leche y las torres para llevarla por cajas si le parecía, un dejo de nostalgia se apoderó de su mirada… Mi mamá “guapeó” cuanto pudo, pero al recordar que el sábado anterior en un supermercado venezolano que parece una ciudad fantasma sólo había conseguido un litro de aceite, pasta y algo de harina de maíz, rompió a llorar.

¡Qué dolor, qué impotencia, qué desgracia! Mi madre lloraba por todo lo que sus hijos ya no comen, por todas las horas que tiene que hacer cola para “lo que haya”, por el país que perdimos y ella aún no sabe muy bien cómo. Porque mi mamá no sabe qué es la derecha ni qué es la izquierda. Al igual que la mayoría de los venezolanos que conocimos el país de las siete estrellas, sabe distinguir perfectamente entre un corrupto y un político honesto; y nada le importa el color de los partidos ni la palabrería con la que buscan votos.

Mi mamá no tragaba a Carlos Andrés Pérez, entre otras cosas por lo corrupto que era. Creo que para ella no hay peor castigo que extrañarlo, y me juego una arepa de carne mechada con queso guayanés (en este momento más codiciada que el oro en polvo) si alguno de nuestros padres no siente lo mismo. Esa desgraciadamente es la clave, estamos tan mal como nunca pudimos imaginarlo, tan mal que extrañamos a Carlos Andrés Pérez, estamos tan mal que nuestros rostros se iluminarían como el sol de los Teletubbies si volviéramos a tener a ese gocho en Miraflores. Pero no porque nos gusten la corrupción, los paquetazos, y mucho menos lo que vivimos con él en su segundo mandato, sino porque en esos años nuestros supermercados estaban full de productos de diferentes marcas  y los clientes que entraban a comprar lo hacían sin ser marcados como ganado. En esos años la gente no mendigaba medicinas al exterior porque el país tenía una sólida industria farmacéutica. En esos años el hampa comenzaba a soltarse el moño pero salir a la calle no era jugar a la ruleta rusa. En esos años la prensa era «el cuarto poder» y la libertad de expresión sagrada.

Nos gobernaba un DEMÓCRATA, y no hay que olvidar que a ese demócrata quisieron matarlo en un golpe de Estado algunos de los que ahora forman parte del régimen que se escuda en la impunidad y la mentira para acosarnos y asesinarnos.

Mi madre, esa señora que no soporta más de tres minutos al teléfono se ha modernizado porque para saber lo que pasa en el país ya no cuenta con la televisión negligente ni con las poquiticas páginas que tienen los diarios que no alcanzan para contarlo todo.  Estos días de “desconexión” fracasada me sirvieron de espejo para ver hasta qué punto estamos enfermos. La pobre me contaba los detalles que no trascienden en las redes sociales,  los mismos que me cuenta a medias cuando la llamo. Refugiándose en su inagotable fe rezaba para que mis hermanos no se conviertan en un preso, herido o muerto más. Se le iban los ojos cuando veía por la calle a un niño jugando mientras recordaba que su nieto tiene que hacerlo encerrado en casa para poder estar “medio seguro” y cuánto tiene que subirle el volumen a las comiquitas para que no escuche los disparos. Revisaba su teléfono innumerables veces y sufría cada muerte como si se tratara de un hijo propio. La furia la envolvía deseando “poner en los palitos” a uno de esos que se sienten muy fuertes porque golpean entre varios a una persona indefensa. Y conociéndola, no le recomiendo a ningún elemento de esos que se le acerque a mi vieja cuando anda con el “apellido atravesao´”.

Hice grandes esfuerzos por hacerla dormir y no pensar en su tierra ni en su gente, el esfuerzo fue doble porque sé que es inevitable, sé lo que siente, y para convencerla tenía que empezar por mí (¡tremenda ayuda!). En resumen, sólo conseguí entretenerla por raticos, el más largo fue la hora y media que duró el monólogo de un humorista que logró hacerla reír como no lo había hecho en mucho tiempo, y le agradezco profundamente la hazaña porque él sabe parte de lo que está pasando en casa.

Veo que me he ido por las ramas para evitar recordar el llanto de mi madre, pero sé que me entenderán porque es muy doloroso ver sufrir a nuestra sangre. El llanto de mi vieja es el mismo de millones de madres venezolanas, un llanto prematuro, antinatural, injusto. A diferencia de otras madres del mundo, las nuestras no lloran por perder a sus padres o maridos. Nuestras madres lloran porque no tienen vida hasta que cada uno de nosotros se reporta para decir que ha llegado bien, porque no consiguen la leche que sus nietos necesitan para crecer, porque escuchan las balas y saben que muchas ya tienen nombre, lloran porque no hay medicinas en ninguna parte ni para comprar ni para ayudar a un enfermo con su tratamiento médico, lloran porque han visto a sus familias desparramarse alrededor del mundo, lloran porque asesinos con sueldo formal o informal del Estado están diezmando a un pueblo que no pide más que libertad para comer, estudiar, trabajar, informarse, moverse… En fin, libertad para vivir en paz, pero en paz de verdad, no en eso que este régimen macabro quiere meternos en la cabeza a punta de plomo.  Pero también tienen lágrimas de esperanza como cuando mi vieja dice “esto se tiene que acabar,  vamos a tener el país que nos merecemos, vas a regresar a tu tierra y yo voy a vivir para verlo”.

Ante tanto optimismo y seguridad, a esta mujer que por más que lo imagine sigue ignorando lo que siente una madre no le queda otra cosa que romper el silencio para decirle: ¡Ojalá mami, ojalá!

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El Gobierno de los Mediocres

En el país donde con más o menos esfuerzo muchos hemos poblado las universidades y no precisamente para pasarnos el día encapuchados quemando cauchos o calentando pupitres en vano, es lamentable ver cómo durante estos quince años han desfilado por las instituciones una verdadera legión de reposeros de profesión, ignorantes con cargo, conciencias que cobran en dólares, e hipócritas monumentales. Con un despliegue de nepotismo que haría palidecer a la burguesía del siglo XVIII, el “Socialismo del Siglo XXI” ha demostrado que es y gobierna para un pueblo que debe ser ignorante,  que no debe salir nunca de la pobreza para que les permita permanecer en el poder a punta de las limosnas que suelta providencialmente antes de cada parapeto electoral.

Hace unos días mientras era invitada a comer unas  arepas cuya harina no costó más que los pasos necesarios para agarrarla en un anaquel llenito, hablaba con un gran amigo sobre las “estrellas” de esta farsa que lo único que ha revolucionado es la forma de saquear un país en tiempo récord. Cantantes de pacotilla, presentadores del mal gusto, ministros de la ignorancia,  actores venidos a menos, periodistas tarifados, profesores piratas, televisoras con audiencia obligada, abogados de la trampa, orquestas de la bailanta de la muerte, y un etcétera que revuelve el estómago enumerar pero fácilmente identificable en cualquier rincón del mundo. Sí, porque parte de  los mentirosos no predica en cadena nacional, son personajes que viven en las ciudades más cosmopolita alrededor del globo donde se llenan la boca hablando de las bondades de la revolución al tiempo manejan cuentas en francos suizos y silban mirando al techo cuando se les pregunta de dónde salieron esos reales. Y es que hasta las mentes más brillantes del país (formadas en las mejores universidades dentro y fuera de nuestras fronteras) que no estuvieron dispuestas a prostituir su formación y valores, y que por sus ideales creyeron en el disfraz de cordero que mostró Hugo Rafael, tardaron poco en darse cuenta que ese señor no era más que eso, un disfraz, con carisma, pero nada más que un disfraz… Bien hecho, pero un DISFRAZ.

El Gobierno de las Mentiras ataca al imperio pero le aterra quedarse sin visa para ir a comprar en él, despotrica del espionaje pero lo practica contra cualquiera que no se ponga “rodilla en tierra”, expresa asco por todo lo que representa el capitalismo pero da entrevistas desde un ordenador con una manzana que ni siquiera puede ocultar una etiqueta con la cara de Gramsci  (que se estará revolcando en la tumba).  Esa madriguera de hipócritas ha cobijado a cuanto manco de talento haya estado aguardando alimentándose de la venenosa envidia generada por sus propias limitaciones, la misma que les producía ver que muchos otros sí habían conseguido ser profetas en nuestra  grandiosa tierra y que les negaba la oportunidad de llegar lejos no porque fuera imposible, sino porque no tenían lo necesario. Entre otras cosas, ganas de trabajar.

El Gobierno de los Mediocres enseñó a sus ministros, vice ministros, y larga lista de jalamecates a “montarse” a cambio de hablar mucho gamelote, a gritar a los cuatro vientos una ideología tan barata como sus principios y tan cara como los asientos de Primera Clase en los que viajan. Les enseñó que no hacía falta trabajar sino ponerse una franelita y aplaudir cuando se les indicara, les enseñó que si les gustaba la casa del vecino no era necesario deslomarse como él, sino invadirla. Les enseñó que todo eso que criticaban de los corruptos de años anteriores podía repetirse, pero con el puño en alto y un “tenemos Patria” para que sonara bonito y no se les notaran los bolsillos llenos.

El Gobierno de las Mentiras sembró odio, envidia y resentimiento, los engañó a todos y armó hasta los dientes a sus malandros guardianes para que cuando el humo desapareciera y la mentira cayera por su propio peso no fuera posible reclamar lo prometido sin ser parte de un macabro festival de balas y “gas del bueno”. El Gobierno de los Mediocres cree que todos somos como ellos y no nos damos cuenta del larguísimo rabo de paja que tienen. Se inventa arsenales y publica fotos que hasta un niño de doce años con conocimientos elementales de internet puede dejar al desnudo en un momentico. Se queja de la injerencia del “imperio” pero calla cuando sus amigotes ocupan otro país soberano. Tilda de drogadicto a un actor que dedica unos segundos del momento más importante de su carrera a los soñadores venezolanos, pero no al futbolista que tiró por la borda una leyenda de la que solo queda un recuerdo manchado de coca y evasión fiscal. Cita a la Asamblea Nacional al ídolo de una generación, pero se hace el sueco cuando el mediocre de turno cree que los legisladores están para resolver pataletas de adolescente acomplejado.

El Gobierno de las Mentiras se cae a cachos, ya nadie le cree, ya el país se cansó de verlo bailar sobre la tumba de sus muertos, ya se hartó de la negligencia, de la burla, de la ineptitud y de tanto blablablá. El Gobierno de los Mediocres no ha entendido que en Venezuela hay casi treinta millones de personas bastante lejos de ser unos vagos dispuestos a sacrificar su libertad por una fiesta de Carnaval. Cree que todos están locos por enchufarse a cualquier carguito con tal de sacar billete no importa si mal habido, cree que ellos son los únicos que tienen derecho a vivir bien. Quiere hacernos creer que ser pobre es chévere, que lo mejor que puede pasarnos es seguir siéndolo, esperar las sobras en forma de casas mal hechas y sentirnos afortunados si después de cuatro horas de cola conseguimos un kilo de leche y un litro de aceite, porque podrían haber sido seis y conseguir sólo una de las dos cosas. Quiere echarle la culpa del hampa, la escasez, la inflación, el desempleo y hasta de los cortes de luz a cualquiera que les pase por la cabeza, porque según su lógica hasta una iguana podría ser la responsable de tanta ineficiencia… ¡Hasta una iguana!

El Gobierno de los Saqueadores no quiere que soñemos ni que pensemos en grande, quiere que nos conformemos con las migajas, que sigamos creyendo en pajaritos preñaos y muertos vivientes que cantan el himno nacional. Porque mientras estemos inmersos en esa comiquita ellos pueden seguir chupando petróleo e intercambiarlo por el conveniente silencio de otros tan corruptos como ellos. No quiere que estudiemos, prefiere adoctrinarnos para que vivamos en la miseria. Quiere que aplaudamos como focas cuando nos tiren un pedazo de pan. Mata estudiantes porque sabe que esos jóvenes con sus libros son lo más peligroso para un sistema que se nutre de la ignorancia y la delincuencia.

El Gobierno de las Balas se acaba, ya no hay vuelta atrás. Y no se acaba porque quienes reclamamos seguridad, libertad de expresión, sanidad, educación, empleo, vivienda, electricidad, o simplemente un tubo de pasta dental en el supermercado, seamos unos golpistas, no señor. Aquí el único que se ha montado en el poder violando la Constitución a costillas de la sangre de muchos venezolanos es el señor Hugo Rafael y su combo que sigue coleteando totalitarismo. Esto se acaba porque las mentiras tienen las patas cortas y ya no hay dólares con qué pagar los desgastados implantes que se les han ido poniendo durante estos quince años. Se acaba porque el país está pelando, porque ya se lo robaron y repartieron todo, porque no hay balas ni cárceles suficientes para matarnos o meternos a todos, porque en este Carnaval que tanto deseaban se les ha caído la máscara y ha quedado claro ante los ojos de quienes no tienen puesta la venda de billete, que lo único que les importa es el poder, que quien manda es la violencia en sus versiones con y sin uniforme, que la vida de los venezolanos no vale más que la utilidad de los votos que le puedan exprimir por las buenas o por las malas. Se acaba porque han hecho de los Derechos Humanos unas palabritas escritas en un papel que vale lo mismo que la Constitución con la que se limpian la porquería.  Esto se acaba porque Venezuela nos duele a muchos que cada día desde sus calles luchan por una vida mejor, y por otros que desde lejos estamos listos para volver con nuestras siete estrellas como capa. Venezuela es un país grande lleno de gente con talento que se hartó de las mentiras de este parapeto que pasará a la historia no como el gobierno de las palabras que se soltaron durante largas horas de insultos, amenazas y aburrimiento en cadena nacional, sino como El Gobierno de las Mentiras, o peor aún, El Gobierno de los Mediocres.

 

 

 

 

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STOP Bullying Capriles!!!

 

Llevo días viendo por todas partes expresiones despectivas hacia la actitud pacífica de Henrique Capriles Radonsky, cómo se le compara con otros líderes (especialmente con Leopoldo López) y cómo se le está maltratando.

Debo decir sin desmerecer el sacrificio que está haciendo Leopoldo, que no estoy de acuerdo con los calificativos de cobarde o tonto (por ponerlo light) y hasta de “vendido” que se están vertiendo sobre Henrique, y les voy a decir los motivos.

Primero, qué pena con ese chamo. Si yo estuviera en su lugar y tuviera la misma fortaleza de espíritu, en algún momento de soledad al leer tanto sarcasmo e insulto me preguntaría quién me mandó a sacrificar mi tranquilidad, mi seguridad (y la de mi familia) quién me mandaría a tirar por el barranco de la ingratitud mi juventud, mis horas de angustia, mis callos en los pies, mi sudor, mi libertad, mi reputación y hasta el amor de mi vida. Me dolería el alma pensar que tanta “roncha” para moverme, para comer y para quitarle la venda de los ojos a una gran parte de los venezolanos al tiempo que me jugaba la vida no ha servido de nada porque al final la gente piensa lo que quiere pensar, hace lo que quiere hacer y pela el diente al que le dice lo que le gusta y/o lo que quiere escuchar.

Segundo, no nos caigamos a coba, muchos de los que andan despotricando en contra de Henrique Capriles fueron incapaces de levantar el trasero de su tumbona en la playa para ir a votar. Muchos de los que hoy creen que se puede salir de esto a punta de palo no iban a llevar sol a una marcha, y si acaso iban era para farandulear. Muchos de los que atacan el modo de actuar de Henrique creen en pajaritos preñaos, que este tipo se va a ir, que Diosdado se va a quedar tranquilito, y que todo el mundo va a respetar la Constitución que todos los días se pasan por el mismo sitio donde todos nos pasamos el papel higiénico.

Así que de pana ¿somos pendejos o comemos jabón?

Tercero, alguien se ha parado a pensar en el camión, mejor dicho, los camiones de bolas (lo siento, no hay mejor expresión) que hay que echarle para conseguir sacarle tantos votos al monstruo mediático que representaba el muerto intergaláctico? ¿Alguien se ha parado a pensar que un país donde se ha ido sembrando durante quince años odio, radicalismo y violencia no se necesitan “machos” sino muchos caminando en la misma dirección y al mismo paso? ¿Alguien se ha parado a pensar la fortaleza que hay que tener para no caer en el juego violento de los matones que públicamente dan órdenes o las esperan para exterminarnos de manera “fulminante”?

Voy a dejar de enumerar porque son tantas las cosas que me despisto.  Yo soy una a las que en algún momento se le han volado los tapones y ha pedido calle para protestar porque me enferma que en Europa la gente salga y no tenga que ver con que la temperatura esté por debajo del 0ºC mientras la media anual en cualquier rincón venezolano es de 25ºC.  Sí, leyeron bien, hasta para protestar nos beneficia nuestro calor tropical.  Yo soy una de las que ha pedido calle porque el hampa me deja sin amigos, mi mamá hace colas brutales para conseguir aceite, porque he ruleteado el carro por toda la ciudad buscando harina, porque mi sobrino no puede jugar pelota en su cuadra, porque amigos médicos intentan salvar vidas mientras un malandro les apunta con una 9mm.  También es cierto que mis ganas de calle, calle y calle saben que esto no es una mantequilla, que nosotros somos el pezón del que mama gran parte de la América Latina que de la forma más descarada mira para otro lado, o peor aún, apoya las masacres porque de eso dependen los regalitos de petrodólares (como si después de tanto robo quedara algo para regalar). Estos “señores” que ostentan en algunos casos y usurpan el poder en otros tienen de demócratas lo que yo tengo de astronauta.  Pero como nos lo dice Henrique con su voz cálida y sin insultos vamos y le caemos encima.

Soy una de las que ha reclamado esa pasividad que se ha apoderado de nosotros y ha permitido que poco a poco nos acostumbráramos a que se vaya la luz un día sí y otro también, a que todo lo que se compra esté a precio de dólar paralelo, a no comer pollo, encerrarnos cuando cae la luz del sol, pisar el acelerador en los semáforos en rojo y andar brincando de canal en canal para ver cuál nos “hace el favor” de decirnos la verdad de lo que está pasando. Pero no por eso me voy a caer a cuentos pensando que Capriles ha hecho o está haciendo mal, porque es mucho lo que ha conseguido con tan pocos medios a su disposición, y si eso todavía no lo hemos entendido, entonces creo que no somos merecedores de tanto esfuerzo y deberían tatuarnos bien grandote en la frente (allá en los países donde permiten tatuarse) la palabra MALAGRADECIDO.

No soy creyente, pero respeto la fe de Henrique tanto como la de mi mamá. Me desespera escucharle a muchos que tenemos que rezar, que una mano celestial nos va a ayudar, pero no por eso voy a descalificar a un hombre que no se ha echado a dormir con un rosario en la mano esperando que esa ayuda celestial llegue, porque más allá de su fe, Henrique le ha echado pichón (y aquí si cabe lo de pichón).

Que tenemos que mantenernos en la calle como es NUESTRO DERECHO protestando por la miseria, inseguridad, y la represión que nos azota, claro que sí. Que no podemos abandonar a nuestros estudiantes, por supuesto. Que debemos exigir responsabilidades por los grupos  que el régimen armó y de paso alaba públicamente, es nuestra obligación, pero no para hacerle a nuestros vecinos lo que no nos gusta que nos hagan, no para ponernos violentos. No podemos reclamar nuestros derechos ignorando los de los demás. No podemos caer en la trampa que nos tienden estos indecentes.

Dejemos ya de comparar a Henrique y Leopoldo, incluso a Ma.Corina. Creo que están haciendo las cosas a su manera, a veces se equivocan y se lo dicen igual que cuando uno de nuestros hermanos mete la pata y le decimos “pana, la estás poniendo”.  Los necesitamos, y los necesitamos unidos, nos necesitamos unidos por Venezuela, y ponernos «POPY» a estas alturas sólo va a agravar más las cosas tal y como hemos visto esta semana con este régimen con el que siempre se puede estar peor… Porque no me van a decir que lo que ha ocurrido les sorprende, y si así ha sido, no me entra en la cabeza el motivo de la sorpresa.

Entiendo que uno se cansa, que son muchos años, que la paciencia quiera dejar el pelero, pero no se les olvide que esta carrera no la va a ganar el que corra más rápido sino el que tenga resistencia para llegar a la meta. No es momento para dividir ni mucho menos de tirar la toalla.

Basta de agredir a Capriles porque nos está diciendo la verdad a la cara, porque no nos está vendiendo humo y sobre todo porque ese chamo lleva años enfrentándose a mano limpia contra el monstruo de las mil cabezas poniendo en juego muchísimo más de lo que la mayoría de nosotros hemos puesto. No seamos malagradecidos, y si lo somos, recojamos nuestras consignas, metámonos en nuestras casas, pongamos VTV, comamos menos, arrodillémonos y calémonos el gobierno que nos merecemos.

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Hoy 19 de febrero

 

Cómo cambian las cosas en un país donde antes a pesar de las dificultades reinaba la alegría. Hoy, 19 de febrero de 2014 es un día triste como todos los que componen el infierno que se ha desatado desde el Día de la Juventud.

Dicen que las desgracias nunca vienen solas y voy a agregar a esto que con un gobierno como el que tenemos en nuestra querida tierra, las desgracias están totalmente garantizadas.

Mientras un pueblo intenta ejercer su derecho a la protesta por una vida digna, por calles seguras, hospitales equipados, comida en los anaqueles y servicios públicos eficientes, las botas se afincan sobre su  nuca (si es que antes no se les adelanta una bala) con un valor que se crece ante la indefensión, pero se encoge y baja la cabeza ante la mirada despiadada de un malandro “profesional”. Mientras un hombre inocente levanta las manos para que una justicia corrupta lo juzgue violando la Ley por los cuatro costados, hordas de delincuentes considerados “pilares para la defensa de la patria”  (la patria de los asesinos, claro) esperan atentos como perros guardianes las órdenes de su amo.

En este país donde hace años reinaba la alegría y las miles de Misses de todos los tamaños que dio esta tierra estábamos en la portada de alguna revista, taconeando sobre la pasarela o la tarima de alguna feria, fiesta de carnaval, modesto concurso, o llevando con orgullo el grandioso peso de la corona más importante de todas, el Miss Venezuela, ahora toca ver desfilar la banda de “Miss Muerte” y enterrar a jóvenes brillantes a las que el gobierno y sus matones les impusieron una corona de balas y flores tristes.

En el mismo lugar donde el Día de la Juventud era una fiesta que servía a los estudiantes para rebelarse contra todo lo que no gustara y luchar por lo que se consideraba justo,  ahora se limpian charcos de sangre de jóvenes valientes mientras una orquesta a lo lejos les da la espalda sin dedicarles ni siquiera un Réquiem.

Aquí donde antes se respiraba libertad, ahora asfixian las lacrimógenas vencidas, la impotencia,  injusticia, la pólvora, el descaro y el azufre. Eso sí, ya no huele a miedo, el miedo desapareció. Ya la muerte no nos asusta porque si caemos en el intento pero los que queden consiguen lo que queremos, esta lucha tendrá sentido. Pero eso no significa que los malandros con o sin uniforme tengan derecho a exterminarnos con ataques fulminantes. Eso no les da derecho a hacer del horror su divisa.

Para confirmar que las desgracias nunca vienen solas, el Tío de todos los venezolanos se fue a la sabana del cielo. El hombre de gestos sencillos y poesía en cada palabra que llenó de alegría la infancia de todos los venezolanos que crecimos juntos y  ahora estamos divididos entre víctimas y victimarios, se fue galopando en su caballo viejo después de haber disfrutado de esta vida sabiendo que no hay otra oportunidad, después de haber visto lo mejor de este país  y también la miseria en la que ha caído. Nuestro querido Tío Simón nos dejó solos porque sabe que somos grandes, que sus sobrinos ya crecimos y podemos conseguir todo lo que queramos, una Venezuela diferente, la que nos merecemos.

Hoy 19 de febrero de 2014 las calles de nuestra querencia están ardiendo, los corazones de las víctimas de los fusiles han dejado de latir, las lágrimas de los dolientes no conocen final, los asesinos son aupados y defendidos en cadena nacional, un hombre lucha por volver pronto con su mujer y sus dos hijos, un pueblo está en pie contra la violencia de esos que intentan engañar a un mundo que parece comenzar a abrir los ojos ante esta barbarie.

Hoy estamos un poquito más solos, pero te prometemos Tío Simón que no nos rendiremos y haremos la tarea. Prometemos que te daremos motivos para estar tan orgulloso de nosotros como siempre lo estaremos de ti.

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Ese señor…

Que nos quieren presentar como un héroe inmortal, un santo que sigue nuestros pasos y nos vigila, no era más que un asesino.

El 4 de febrero de 1992 amaneció de golpe porque un irresponsable con ansias de poder se creyó con derecho a llenar de sangre las calles de nuestro país y asaltar a nuestra democracia. Que me cayeran mal Carlos Andrés Pérez y su gobierno no rendía simpático ante mis ojos a ese degenerado vestido de verde que ni siquiera tuvo el coraje de asumir la total responsabilidad por los crímenes cometidos. Un indecente que aprovechó aquella “moribunda Constitución” a la que no le hizo ningún asco cuando recibió el maldito indulto que lo cobijó para llevar a cabo su macabro proyecto.  Y que nadie me venga con cuentos, el Socialismo del siglo XXI no es más que un macabro proyecto, la comidilla del mundo y la nodriza infinita que da de mamar a cuanto indecente sea capaz de posar sonriente a cambio de un cheque en blanco.

Gracias a ese señor, muchos vimos por primera vez a humildes trabajadores llenos de balas yaciendo en un charco de sangre que recorría los pasillos de Venezolana de Televisión, el canal 8 cuando era de verdad el de todos los venezolanos y no el aparato propagandístico de un partido político y cuanto descerebrado aspira a un ministerio o lo que sea de donde pueda sacar “billete”.

El 4 de febrero es un día que debería llenar de vergüenza a todo el que participó y empuñó un arma contra vidas que parecen valer menos o peor aún, nada frente a las continuas reivindicaciones y exigencias de justicia contra “golpistas” que agredieron la “Mejor Constitución del mundo” y gente inocente que sigue en la cárcel pagando las consecuencias de una moralidad incompatible con el currículo de tanto enchufado “bolivariano”.

“El motolito supremo” deberíamos llamarlo por haber engañado a tanta gente. Un fracasado que lo único que logró durante sus años en el poder fue arruinar a uno de los países más ricos del mundo, saquear sus tesoros, dividir a su gente, sembrar el odio, aupar a la delincuencia, amenazar, perseguir y hasta encarcelar (saltándose las leyes más fundamentales) a todo el que no estuviera dispuesto a bajar la cabeza o aplaudirle como foca.

Ese señor no alcanzó sus objetivos el 4 de febrero de 1992, pero los que se propuso al hacerse con el poder los alcanzó toditos. Puso a su familia donde hay, se forró de oro, petróleo y dólares por los cuatro costados, enchufó a cuanto cómplice y mercenario le jaló mecate antes, durante y después (ya saben, eso de ser espléndido y agradecido cuando los reales son ajenos es un don muy “socialista”). Animó a cuanto vago estaba dispuesto a gritar “uh ah” durante unas horas a cambio de aguardiente y alguna limosna en lugar de ponerse a trabajar como los demás. Autorizó a la envidia a hacerse con el sacrificio ajeno, en lugar de enseñarle que para tener lo mismo que el vecino había que sudar la gota gorda y no metérsele en la casa mientras estaba trabajando. Corrió a las mentes más brillantes del país y de la empresa más competitiva del mundo para llenarla de mediocres sin preparación que han generado una desgracia detrás de otra. Desarmó a la policía y se hizo el loco con los malandros. Compró hasta la última conciencia en venta de las instituciones que lo siguen alabando después de muerto, obviamente porque siguen cobrando lo suyo, porque aquí lo de la lealtad al timador supremo se mide en base al cheque, alcaldía, viceministerio o cualquier premio de consolación que toque cuando la voluntad popular que queda no vota lo que se espera.

Ay paracaidista supremo, no te revuelques en la tumba, tranquilo chamo, lograste tus objetivos, vendiste a tu país, hundiste a su gente en la miseria, los pusiste a hacer colas por comida como en las hambrunas africanas, pusiste a tus hijos a recorrer el mundo y abanicarse con billetes, te pusiste los trapos que ni en tus mejores sueños te habrías imaginado, usaste relojes de marcas que ni siquiera sabías que existían. Sin ser mayordomo de nadie conociste la textura de una corbata de seda, viajaste más que un cometa, te adueñase de más terreno del que tus ojos podían alcanzar, pasaste coleto con la memoria de Bolívar y repartiste su espada a asesinos y violadores que lo que merecían era un machetazo. Te sentiste estrella del rock cuando no llegabas ni a mariachi de pacotilla, nos contaste tu vida y milagros como si nosotros no tuviéramos una, te hiciste el mártir sabiendo que eras un verdugo. Y como si fuera poco, dejaste a un sinvergüenza ignorante más descarado que tú para que le pusiera la guinda a tu tremenda torta.

Tengo que decir que lamento que ya no estés porque me has quitado la posibilidad de darme el gusto de verte sentado el banquillo de La Haya y cómo te pudrirías en la cárcel.  Hoy tus adeptos masoquistas más pobres celebran en la misma miseria que antes pero con franela roja  puesta y un afiche en la pared. Los enchufados celebran las seis cifras en dólares que tienen en el banco, los dinosaurios de Cuba brindan porque encontraron a uno más pendejo que cualquiera para lavarle el cerebro y cobrarle caro por ello. Y los demás, los decentes  que por fin abrieron los ojos y los que nunca los cerramos nos quedamos callados porque este día huele a muerte, a la de los que han caído desde que apareciste por primera vez,  a la de todo lo que hemos perdido, a la que ronda nuestro país agonizante. Ya celebraremos el día en el que sentados frente a un tribunal todos esos que hoy se ríen desde el poder escuchen su sentencia… Porque esta bajaíta apenas comienza, y allí vamos a verlos.

Feliz 4 de febrero… Por ahora…

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Éramos felices y no lo sabíamos…

Cuando miramos a nuestro alrededor en esta Venezuela que no reconocemos es inevitable sentir nostalgia por aquellos años en los que éramos felices sin saberlo.

Eran las cuatro de la mañana cuando abrí los ojos porque mis sueños no fueron capaces de llevarme tan lejos como para ignorar que algo importante estaba ocurriendo… Claro, me había acostado unas tres horas antes del inicio de un Caracas vs Magallanes y pocos son los venezolanos que no sienten un inexplicable escalofrío cuando llega “la hora de la verdad”. Porque sin importar que esté comenzando la temporada, nos estemos jugando la clasificación, incluso el campeonato, en un Caracas-Magallanes nos jugamos el orgullo y afloran todas nuestras pasiones de país alegre, sencillo y generoso.

Con un ojo bien abierto y el otro luchando contra la ceguera tuve que conformarme con escuchar la transmisión por radio (¡viva internet!). Cuando uno está de este lado del charco no se pone tan exigente, hasta el altavoz del teléfono de nuestra antigua casa pegado al televisor basta para vivir la emoción del juego. De modo que preferí seguir acurrucada entre las almohadas, con un ojo operativo, los oídos bien finos, la imaginación en HD y los latidos en el estadio, mi estadio.

¿Por qué soy magallanera? Porque nací magallanera, porque me lo dieron en el tetero y las compotas, porque no podía ser de otra manera. Y no soy de las que se sabe las estadísticas, soy (tal vez como la mayoría) magallanera de sangre y sentimiento.

Pero ser magallanera no me aleja del sentido común, por lo que saber que en el último inning bateaba el caraquista milagroso que más miedo me da (Bob Abreu) y que me encantaría tener en mi nave, aceleró mi pulso  deseando sin más certeza que la que aporta una pelota en el aire que el juego se cerrara con broche de oro… Y pasó, ponchamos a Bob Abreu, ganamos 8 a 0, eliminamos al Caracas, pasamos a la final y todo ocurrió en nuestra propia casa. ¿Se puede ser más feliz? Claro que se puede, aunque parece que lo hemos olvidado.

Un amigo escribió ayer un mensaje que resume todo: “Seré la persona más feliz del mundo cuando mi única preocupación sea que ganó Magallanes o Caracas”. Ignacio (así se llama) tiene razón, toda la razón del mundo. Y me atrevo a decir que lo hizo recordándonos que a pesar del éxtasis magallanero, nuestro país hace tiempo que no recibe más que un “strike” detrás de otro, y debería avergonzarnos que este gobierno de “bates quebraos” lleve quince años ponchándonos una y otra vez sin que ninguno de nosotros escupa tabaco, se reacomode la concha, adopte la posición correcta y batee un jonrón que los saque de nuestras instituciones, nuestras calles y nuestras vidas.

Éramos felices y no lo sabíamos. Había delincuencia pero podíamos salir a la calle, las cosas estaban caras pero podíamos comprarlas, había trabajo y aunque no ganáramos millones nos alcanzaba para vivir y reunirnos en el patio de alguno a comer parrilla y beber cerveza mientras juntos caraquistas y magallaneros éramos presa de las bromas del que ganara. Había corrupción, pero no este despropósito. Éramos tan arrechos que hasta nos dimos el lujo de destituir a un presidente para enjuiciarlo.

Ahora somos un país de ponchaos, que se cala las colas para comprar comida, que hace vacas para pagar rescates de secuestros, que no sale de casa y si lo hace no sabe si en el camino se encontrará con el frío de una 9mm en la frente. Otros nos han quitado el derecho a decidir lo que comemos, leemos, vemos, escuchamos, compramos, vendemos, alquilamos, y por supuesto, lo que votamos. Somos un país de ponchaos que sin arriesgarnos a robarnos las bases no corremos lo suficiente porque damos por hecho que en lugar de “quieto” el umpire nos va a cantar “out”.

Hoy es 23 de enero y a toditos los que ya no somos unos chamos que juegan chapitas debería darnos vergüenza que con muchos menos recursos nuestros padres y abuelos se echaron a la calle a pelear por la libertad que durante años disfrutamos y por pendejos nos dejamos arrebatar. Hoy 23 de enero de  2014 debería darnos vergüenza el tierrero que está quedando de este estadio abandonado llamado Venezuela al que todos  miran con lástima mientras recuerdan con nostalgia la grandeza de eso que parece que nuestros hijos nunca van a conocer.

Ahora nos toca conformarnos con un ratico de ilusión por haber ganado un juego de béisbol sabiendo que será sólo eso, un ratico y nada más porque los tiranos que nos azotan estarán acechando a la espera del mejor momento para darnos palo, palo y palo.

 

 

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