Souvenirs
Una de las cosas más tradicionales de viajar es traerse un recuerdo del lugar visitado. No tiene importancia el motivo del viaje, queriéndolo o no se puede ir a parar a un pueblo perdido en el mapa, y una vez que se llega a ese nuevo sitio parece indispensable volver a casa con algo que evoque esos días o le haga saber alguien que aunque sea en el pensamiento del viajero, también estuvo allí. Ese es el motivo por el que multitud de negocios se llenan de miniaturas de aceite de oliva, chocolates, postales, pasta tricolor, botellas de vino, camisetas con corazones…
Antes cuando un venezolano volvía al país sus maletas estaban repletas de perfumes, chocolates de todos los tamaños y un montón de regalos provenientes de cada rincón del mundo que había pisado. Familiares y amigos festejaban la vuelta del viajero escuchando con ilusión cada episodio de la aventura mientras disfrutaban de los bombones que solamente por venir de tan lejos hacían a un lado a los Toronto que abundaban en todas partes, confirmando que para variar “la hierba del vecino es siempre más verde”.

Lejos quedaban los retrasos en aeropuertos, los trenes perdidos, las vueltas una y otra vez por la misma calle. Hasta los peores momentos sazonaban los recuerdos y animaban al resto a seguir los mismos pasos dejando espacio suficiente en el equipaje para traer a casa caprichos propios y ajenos.
Pero un mal día todo cambió, los venezolanos dejaron de viajar por placer y comenzaron a hacerlo por necesidad. Sustituyeron las decenas de cambios de ropa apretados en enormes bultos propios de las misses, por lo justo para ir al supermercado a adquirir los nuevos encargos. Se acabaron los antojos, nadie pide los zapatos del momento ni el perfume más vendido, las prioridades son otras y desgraciadamente nada banales.




