Categoría: Venezuela

Souvenirs

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Una de las cosas más tradicionales de viajar es traerse un recuerdo del lugar visitado. No tiene importancia el motivo del viaje, queriéndolo o no se puede ir a parar a un pueblo perdido en el mapa, y una vez que se llega a ese nuevo sitio parece indispensable volver a casa con algo que evoque esos días o le haga saber alguien que aunque sea en el pensamiento del viajero, también estuvo allí. Ese es el motivo por el que multitud de negocios se llenan de  miniaturas de aceite de oliva, chocolates, postales, pasta tricolor, botellas de vino, camisetas con corazones…

Antes cuando un venezolano volvía al país sus maletas estaban repletas de perfumes, chocolates de todos los tamaños y un montón de regalos provenientes de cada rincón del mundo que había pisado. Familiares y amigos festejaban la vuelta del viajero escuchando con ilusión cada episodio de la aventura mientras disfrutaban de los bombones que solamente por venir de tan lejos hacían a un lado a los Toronto que abundaban en todas partes, confirmando que para variar “la hierba del vecino es siempre más verde”.

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Lejos quedaban los retrasos en aeropuertos, los trenes perdidos, las vueltas una y otra vez por la misma calle. Hasta los peores momentos sazonaban los recuerdos y animaban al resto a seguir los mismos pasos dejando espacio suficiente en el equipaje para traer a casa caprichos propios y ajenos.

Pero un mal día todo cambió, los venezolanos dejaron de viajar por placer y comenzaron a hacerlo por necesidad. Sustituyeron las decenas de cambios de ropa apretados en enormes bultos propios de las misses, por lo justo para ir al supermercado a adquirir los nuevos encargos. Se acabaron los antojos, nadie pide los zapatos del momento ni el perfume más vendido, las prioridades son otras y desgraciadamente nada banales.

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Se acabó lo que se daba

 

Hay cosas que parecen infinitas, pero la verdad es que nada es para siempre, y como dice la canción: “todo tiene su final”. Así que un día al ser humano casi sin darse cuenta de todo lo que ha pasado se le activa el sensor del “BASTA”, no porque sea suficiente, sino porque ya es demasiado. Cosas tan disparatadas como el fanatismo, o tan nobles como la paciencia, la esperanza, la inocencia o el amor tienen el umbral del “demasiado” mucho más alto de lo que puede imaginarse, y es eso lo que hace pensar que son una fuente inagotable de segundas, terceras, decimonovenas, y quincuagésimo séptimas oportunidades de las que algunos con más o menos éxito se aprovechan según su conveniencia.

En este país de riqueza infinita que no se refleja en la mayoría de los 30 millones de almas que lo habitan, hace tiempo que comenzaron a sonar las campanas del hastío. Y lo que antes era una ceguera colectiva producto del culto a un líder hipócrita que fue llenándose los bolsillos mientras con histrionismo soltaba las migajas a un pueblo hambriento, ahora se ha convertido en ese gran bulto que sale después de estrellarse contra el muro de la realidad.

La pandilla que gobierna Venezuela comienza a llevarse las manos a la cabeza porque ya nadie cree en sus mentiras, pues mientras más excusas inventan más se nota su ineptitud y corrupción. Llevan años hablando de los logros de unas políticas piratas –con patas de palo y todo– que han cedido ante el peso de la violencia, la inflación, la escasez, y por supuesto, la injusticia. Los malandros que crearon al “hombre nuevo” comienzan a preocuparse porque ya no pueden controlar al monstruo que durante años han estado alimentando, y que ahora a falta de techo, comida y cerveza se les ha rebelado. El chavismo teme a su propia cosecha, teme a la tempestad que abonó con odio, paternalismo, mentiras y leyes laborales que fomentaron el parasitismo. El chavismo tiene miedo de lo que le viene encima porque ya la farsa no da para más. Los saqueos escondidos bajo el eufemismo de “situación irregular” se extienden a lo largo y ancho del país, las expropiaciones se intensifican en el vano intento de justificar el fracaso de todas las anteriores, y el poder del hampa ha llegado al punto en que la policía tiene que esconderse de los delincuentes para poder sobrevivir a un ataque.

 

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Un hombre con suerte

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Esta es solamente una de tantas historias que sirven para medir el marasmo en que está sumergida Venezuela. En días pasados Samuel (un venezolano como cualquier otro) escribió uno de esos mensajes larguísimos que no son más que el desahogo entre tanta desesperación. Sin un “hola” ni nada lo soltó todo como si no hacerlo lo asfixiara.

“Me quedé accidentado un día jueves a las seis de la tarde en la ciudad (por suerte). Transcurrieron más de dos horas y no llegaba la grúa del seguro. En vista de que eran las 5:30 e iban a cerrar el concesionario, decidí llamar una grúa por cuenta propia no sin antes haber llamado al concesionario y rogar para que autorizaran al vigilante a recibirme el carro a la hora que llegara. ¡Lo logré! Mi carro estuvo quince días para que me dieran un diagnóstico y la posible solución temporal mientras consigo el repuesto, porque como sabes, aquí un repuesto es poco menos que una fantasía. Buscando en el mercado negro quizás lo encuentre a un precio inalcanzable.  

Retiré mi carro con la posible corrección, pero al rato noté que presentaba una falla al encenderlo. Llamé de nuevo al concesionario, me indicaron que llevara el carro de inmediato, pero no podía porque estaba en otra ciudad. De modo que regresé a casa sabiendo que al día siguiente con falla y todo debía ir de nuevo al mismo lugar, es decir, a jugármela a 50Km de distancia.

 

Estuve varado dos semanas, pues mi otro carro también está en reparación. No pude llevarlo tampoco un día después.  Llamé entonces el lunes y la respuesta es que de debo esperar una cita ¿Una cita? ¡Mi carro está en garantía! ¿cómo que una cita? Me planté allí el miércoles e hice lo único que parece funcionar: armar un escándalo. Y así fue, lo más pronto era el jueves 23, pero entre un jueves y “la nada” ya me sentía triunfador.

 

Aquí las colas en los talleres no hay ni que describirlas. La causa: no hay carros nuevos que comprar y los precios son astronómicos.  No es que las colas sean largas como las de la comida (que ya es bastante humillante tener que pasar por eso) sino las listas de las cuales depende la cita. Las colas varían en función del número de clientes que citen según la capacidad diaria.

 

Madrugué como un muchacho esperando entrar a un concierto de rock. Al ser el segundo en la cola conseguí que revisaran el carro, pero al final decidieron no recibírmelo porque faltaron tres de los cuatro técnicos –una cosa normal debido a que el 24 de julio era festivo, y en consecuencia, la excusa perfecta para hacer puente–. Sin duda, esa era la causa de la ausencia.

 

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Volverá

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Llevaba días callado, taciturno, hasta alguna lágrima se le había escapado en la soledad de la carretera.

Había llegado a ese punto de su vida que soñó de pie en el autobús que tomaba todos los días para ir a trabajar. Quería una casa grande, bonita, con un patio donde hacer parrillas para festejar cada cumpleaños de sus nietos. Quería viajar con sus hijos, ver un partido de fútbol saboreando un escocés en las rocas. Quería envejecer viendo crecer a su familia, compartir las navidades en una mesa donde no faltara nada ni nadie. Y lo había conseguido, podía sentirse orgulloso de su trayectoria profesional, del trabajo duro del que cosechaba los frutos, y por supuesto, de los adultos de provecho que lo hacían sentir un buen padre.

Había enseñado su oficio a mucha gente que a lo largo de estos años había cruzado las fronteras. Lo lamentaba, alguna vez intentó ponerse en los zapatos de los padres de esos muchachos, pero nunca imaginó que algún día él sentiría ese nudo en la garganta. Ni una sola de las miles de noches en las que le dio un beso antes de dormir pudo sospechar que un día esa habitación se quedaría vacía porque su hijo, cansado de la situación del país se iría lejos, muy lejos… Nueva Zelanda, un país donde no hay Panelas de San Joaquín.

Ver partir a su hijo fue especialmente doloroso. Sintió cómo sin la más mínima dosis de anestesia le arrancaban un pedazo de vida. Así que se refugió en el silencio de los recuerdos, y en la esperanza de que allá tan lejos su mayor preocupación ya no sería que la violencia del socialismo del siglo XXI diera un balazo a los sueños de su muchacho. Cambiaba la angustia por el deseo de que todo saliera bien y la joven criatura llena de proyectos triunfara sintiendo la menor nostalgia y soledad posibles. Experimentaba un alivio agridulce, pero alivio al fin.

Fue entonces cuando encontró una vieja carta de alguien que se había ido, en ella además de explicar un poco lo que siente el que se va, también encontró consejos para el que se queda:

 

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Los que no tienen ombligo

 

Para poder vivir fuera del vientre de nuestras madres era necesario cortar el cordón umbilical, y para convertirnos en personas autosuficientes, también es necesario romper esa relación de dependencia, esa unión infantil con las señoras que nos trajeron al mundo. Esto no significa dejar de amarlas o de respetarlas, sino poner en práctica todo lo que nos han enseñado para seguir el camino que decidimos recorrer. Lo mismo pasa con nuestro país, abandonamos el nido para poder sobrevivir, pero sin olvidarnos de dónde está, sin dejar de preocuparnos por lo que le ocurre: si tiene comida, si tiene salud, si duerme seguro, si tiene buenos vecinos y si lo tratan bien. Es exactamente igual que cuando nos independizamos, ya no vivimos con nuestras madres pero seguimos teniéndolas presente, pues vivir bajo otro techo no nos convierte en huérfanos ni vacía nuestras venas.

Tenemos la libertad de llevar la vida que queremos. Sin embargo, una de las cosas en las que coincidimos muchos es en que nadie se fía de una persona capaz de maltratar o ignorar a su propia madre. Hasta para la reproducción esto cuenta: para muchas mujeres, que un hombre sea mal hijo es la garantía de que será mal padre ¿Alguien ha visto  lo contrario?

Durante estos años de éxodo se va notando cómo aumentan los venezolanos descastados, esos que ya no recuerdan dónde nacieron porque ahora son de donde viven. Esos que reniegan del lugar donde dieron sus primeros pasos y donde se educaron para poder permitirse el empleo que los mantiene en su nueva patria. Esos que no saben lo que ocurre ni lo que deja de ocurrir, se enteran de las noticias cuando han dejado de serlo y miran para otro lado cuando alguien menciona aquella lejana tierra a la que no volverán. Normalmente los descastados suelen ser esos que no dejaron en el país ni siquiera un amigo, ya que tuvieron la suerte de irse a tiempo llevándoselo todo excepto los recuerdos. No cortaron su cordón umbilical con nuestra tierra, fueron mucho más allá, se borraron el ombligo.

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Después de pensarlo mucho

MORROCOY

 

Se podría decir que es una mujer feliz, tiene juventud, inteligencia y belleza. No todo el mundo tiene la suerte de transitar por la vida contando con las tres cosas. Pero eso ahora mismo no importa, y más adelante tampoco. Son sólo tres cosas que deben lidiar con una marea de defectos.

Está llena de manías que ha ido acumulando durante los años en los que no echar raíces en ninguna parte es su forma de relacionarse con el mundo. Para llegar a sus amores, triunfos y fracasos, siempre necesita el pasaporte. Tiene amigos diseminados en todos los rincones del planeta, a algunos no los ve más que de refilón en alguna actualización de perfil, pero los recuerda casi a diario. Revive con emoción las risas, pero sobre todo rememora el tacto de la piel de cada uno, el pelo con el que alguna vez jugó, y siente cómo en su rostro o en sus labios aún sigue la huella del último beso recibido.

Sueña en silencio -y a veces en voz alta- con el día en el que por fin podrá celebrar su cumpleaños junto a todos, igual que la mayoría de los que como dice la canción, siguen “en la misma ciudad y con la misma gente”.

Cada mañana se levanta pensando en que ha pasado un día más desde aquella tarde cuando salió de su casa rumbo al aeropuerto que la vio marcharse sin saber que ella sería una de las primeras de la gran masa de venezolanos a los que la violencia y el abuso echó a punta de pistola. Se fue llorando lágrimas amargas porque al abordar ese avión en dirección a una nueva vida, dejaba en tierra lo más importante: su familia, su gente, el verde de la montaña que enmarcaba su casa, su programa de radio favorito, el “buenos días” del muchacho que estaba todas las mañanas en el semáforo esperándola con el periódico listo. Dejaba lo que sabía que no encontraría en ninguna otra parte, porque un lugar como ese en el que el destino le regaló nacer no venía repetido como las barajitas de las chucherías que endulzaron su infancia.

Donde vive está bien, tiene amigos, un buen trabajo que le gusta, un carro con el que puede parar en los semáforos sin sentir que se juega los huesos. Sabe que puede ir a cenar sin temor a que se oculte el sol y la noche le juegue una mala pasada. No escribe para avisar que ha llagado bien, a nadie le preocupa porque donde vive las desgracias son la excepción, no la regla. Sabe que si se enferma no se irá a la ruina pagando hospitales privados, ni tendrá que pedir limosna en un autobús para comprarse las medicinas.

Ser soltera y no tener hijos le da la libertad de tomar decisiones sin consultar a nadie porque sólo le afectarían a ella. Sí, cualquiera diría que es una mujer libre y feliz.

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Arepas en el desierto

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Los venezolanos al nacer no somos conscientes de cuánto es rica nuestra tierra. A medida que crecemos nos lo van contando, pero tantas incoherencias impiden que lo entendamos muy bien. Aprendemos que somos afortunados, tenemos playas paradisíacas, selvas impresionantes, cascadas que quitan el aliento, montañas increíbles, llanos infinitos, y un millón de cosas más.

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Cada rincón del país tiene su encanto, hay de todo, tanto que podríamos ser la envidia del mundo. Si queremos nieve, tenemos los picos andinos. Si queremos desierto, sólo hay que rodar un poco para llenarnos el pelo de arena. El sol nos ilumina y calienta cada día, la lluvia nos permite jugar como niños, y esa combinación hace que nuestros campos sean tan fértiles que con muy poco se pueden cosechar frutos deliciosos. El verde de las montañas colorea el cuadro de nuestras vidas, y el inconfundible olor a tierra mojada las perfuma. Como si fuera poco, este país tiene gente trabajadora, alegre, valiente, generosa, bella… Sí, Venezuela lo tiene todo, excepto buena suerte.

 

En la escuela nos enseñaron que teníamos tanto petróleo que casi no se podía contar, pero olvidaron decirnos que el petróleo es lo más parecido a la carne podrida, y como tal, no hace más que atraer a carroñeros. Eso lo descubrimos con el paso de los años, especialmente en los últimos 16 cuando las hienas del Socialismo del Siglo XXI han atacado hambrientas de poder y dinero arrancando de cuajo trozos de esta tierra y exprimiéndole al máximo hasta las tripas. Eso sí, soltando de vez en cuando algún trozo de hueso triturado para mantener callados a esos que no se sabe muy bien si están allí por temor a ser la siguiente presa, o para llegar algún día a liderar la jauría.

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¿Dónde firmo?

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Desde el pasado 20 de marzo y hasta el próximo 9 de abril, Nicolás Maduro pretende recoger 10 millones de firmas contra el decreto de Barack Obama en el que declara a Venezuela como “una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y política exterior de EE.UU”. Un decreto que incluye sanciones como la prohibición de entrada al país, y lo más doloroso para los que se llenan la boca hablando de lo malo que es ser rico, la congelación de los activos financieros de siete altos funcionarios del régimen venezolano involucrados en las violaciones a los derechos humanos. Las joyitas en cuestión son:

  • Gustavo Enrique González López, Director General del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) y presidente del Centro Estratégico de Seguridad y Protección de la Patria (CESPPA).
  • Antonio José Benavides Torres, Exdirector de Operaciones de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB).
  • Justo José Noguera Pietri, Presidente de la Corporación Venezolana de Guayana y excomandante general de la GNB.
  • Katherine Nayarith Haringhton Padrón, Fiscal 50º del Ministerio Público.
  • Manuel Eduardo Pérez Urdaneta, Director de la Policía Nacional Bolivariana.
  • Manuel Gregorio Bernal Martínez, Exdirector General del SEBIN.
  • Miguel Alcides Vivas Landino, Inspector General de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB).

Con una movilización sin precedentes, el régimen ha visitado barrios y trasladado reclusos para que firmen el documento de rechazo a unas medidas que no castigan al conjunto de nuestra sociedad, pero sí a señores que aún no han justificado cómo y a cuenta de qué consiguieron sacar de un país con control de cambio cantidades de dinero que se supone están fuera del alcance de funcionarios públicos.

Como esto no es suficiente para alcanzar 10 millones de nombres y apellidos, el aparato del régimen ha despedido a los empleados públicos que se han negado a firmar, y para colmo, ha obligado a los niños que aún no saben hacerlo, a poner su huella, escribir cartas o dibujar mensajes contra Obama -de quien no es creíble lo de justiciero hasta que deje de comprar petróleo venezolano-.

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El embajador de la muerte

Este régimen agrede al país con tanta frecuencia que no da tiempo de reponerse de un golpe cuando ya estamos recibiendo otro.  Venezuela se ha convertido en la piñata de la fiesta del chavismo en la que no hace falta celebrar un cumpleaños para recibir palo y palo hasta romperla y descuartizarla a fin de poder sacarle de las entrañas hasta el último de los caramelos negros envueltos en billetes verdes con los que vino de fábrica.

Esa pobre piñata llena de huecos ya no da para más. Son pocos los corotos que le quedan dentro después de años de paliza que bien se han repartido a tandas Hugo Rafael –que se fue dejando al amigo bobo a que pegara por él–  y sus amigotes. Los mismos amigotes que para conseguir invitación supieron ponerse la camiseta roja y practicar con esmero el aplauso de foca para animar al afortunado que a punta de palo, plomo, o de un sablazo –según ellos bolivariano– masacra durante un rato al país que ahorcado con la cuerda de la revolución bonita brota los ojos y saca la lengua bajo la sombra de una mata de mango en la que como caimanes en boca de caño todos los boliburgueses esperan turno y su parte del botín.

A esa piñata llamada Venezuela el palo más reciente –porque desgraciadamente no será el último– se lo ha dado un payaso que hace las veces de Embajador ante la Organización de Estados Americanos. Un payaso de esos mancos de sentido del humor, con la boca grande, la lengua larga y la dignidad corta. Un payaso con una inteligencia inversamente proporcional a la pedantería con la que se mueve creyéndose el dueño del mundo por tener un pasaporte diplomático que en el caso de este régimen no es un mérito, sino una vergüenza porque cualquier inepto –eso sí,  muy complaciente– puede convertirse en jefe de una misión que represente a la cuerda de sinvergüenzas que saquean al país, pues es evidente que de los intereses de los venezolanos se ocupan bastante poco, por no decir nada.

 

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Los vampiros del siglo XXI

AQUÍ MURIÓ UN INOCENTE

Otra vez la sangre corre por las calles de nuestro país, otra vez el luto embarga nuestras vidas, una madre entierra a un hijo, un pupitre se queda vacío, una multitud de sueños desaparece bajo tres metros de tierra… Todo, otra vez.

Este régimen llamado “Socialismo del Siglo XXI” es la versión más cara y de peor gusto que se ha sacado del infierno descrito por Dante Alighieri en la Divina Comedia. Cara por las vidas que se ha ido cobrando desde que su artífice utilizó a jóvenes inocentes que ignoraban ir camino a la muerte en medio de un intento de golpe de Estado todavía hoy celebrado como una hazaña valiente cuando en realidad fue una masacre que tiñó de rojo nuestra memoria. Cara por la incalculable cantidad de dinero que inexplicablemente ha desaparecido de nuestras arcas, y cara por la destrucción de cientos de miles de familias que se han visto obligadas a abandonar el país para salvarse de las balas que todos los días el régimen bautiza con nuestros nombres. Porque fue así como irrumpió Hugo Chávez en la vida de los venezolanos, llenando de sangre nuestras pantallas, acabando con la vida de muchos, poniendo en peligro la de otros, y de paso siendo compensado con un indulto que cada día que pasa pesa aún más sobre los hombros de los venezolanos que creemos en la justicia y la democracia.

GOLPE 4F

Sangre de inocentes es lo que le ha dejado este régimen al país, derramada por doquier a punta de plomo por algún malandro con chapa o sin ella, sangre que parece no valer nada porque no es la que corre por sus venas, y sobre todo, sangre que no conoce de justicia porque las columnas de este descomunal fraude llamado “la revolución bonita” son la corrupción, la avidez, el cinismo y la impunidad.

Ya no les basta con haber saqueado el Tesoro Nacional o despilfarrado las ganancias del periodo más largo de bonanza que haya experimentado el petróleo. Tampoco les es suficiente haber arruinado la industria, acabado con el prestigio de la que otrora fue la empresa más competitiva del mundo, ni mucho menos haber descendido a unos niveles de indecencia verdaderamente grotescos. No, eso es demasiado poco, también han necesitado callar nuestras voces en todos los medios de comunicación, sembrar odio en largas sesiones de cadena nacional, amenazar, perseguir y acosar a todo el que no haya querido humillarse ante sus botas. Y hasta aquí podríamos pensar que es excesivo, pero no, ellos necesitan más, por eso se hacen las leyes a medida, politizan las instituciones, sonríen al narcotráfico, miman a los delincuentes y llevan una vida de reyes mientras exigen al pueblo sacrificios como dejar de ducharse si no encuentra jabón, o adecuarse a un racionamiento que le obliga a hacer largas colas para comprar la poca comida disponible como si viviéramos encerrados en un gran campo de concentración. Bueno, el “como si” sobra, Venezuela es un gran campo de concentración con asesinos pagados de nuestro propio bolsillo para exterminarnos poco a poco y a través de múltiples métodos. Mientras, nuestros vecinos son incapaces de levantar la voz porque tienen la boca repleta de billetes de esos que nosotros vemos sólo en el asfixiante mercado negro que crece al tiempo que se multiplican las propiedades de decenas testaferros más allá de nuestras fronteras. Pareciera que esto fuera mucho más que demasiado, pero no, el Socialismo del Siglo XXI necesita todavía más: calumniar, burlarse, humillar a sus víctimas.

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