Categoría: Venezuela

Gracias, queridos olvidados

 

Hoy es uno de esos días en los que mucha gente pasa desapercibida.

Mientras las tiendas colapsan ante las compras de último minuto, las peluquerías dan número como si se fuera a comprar pescado y los hornos trabajan a todo tren, parece que todo fuera diferente. Y aunque para muchos lo es, para otros pasa como si se tratara de un día más. La diferencia está en que muy pocos lo notan.

Detrás de la algarabía, los zapatos, los regalos, las uvas, el brindis, la moneda de la suerte, la maleta lista, la nostalgia, los buenos propósitos, la cena, el alcohol, los cohetes, las sonrisas y las lágrimas, hay millones de personas trabajando para que otros puedan disfrutar de la llegada de un nuevo año.

Operadores del teléfono de emergencias, auxiliares de vuelo, pilotos, agentes de facturación, maleteros, controladores aéreos, policías, bomberos, médicos, enfermeros, camilleros, paramédicos, conductores de autobús y metro, camareros, obreros, farmaceutas, vigilantes, recepcionistas, botones, taxistas, cocineros, ayudantes de todo tipo, camarógrafos, barrenderos, agentes de peaje, animadores… Algunos le sonríen a la radio que resuena en una caseta de vigilancia, otros comparten el momento con compañeros de trabajo, y otros están tan ocupados que ni siquiera notan el repicar de las campanas. A pesar de todo, alrededor del mundo millones de hombres y mujeres en lugar de inventarse excusas para faltar estarán lejos de sus casas cumpliendo con la responsabilidad de hacer su trabajo lo mejor posible para que el resto del mundo pueda festejar.

Así que esta noche o mañana cuando cada uno se dirija al lugar que ha escogido para recibir el año nuevo, que no olvide agradecer por lo menos con una sonrisa a cualquiera de esas personas que están trabajando para que esta noche sea una fiesta. Y si cada uno recuerda hacerlo con todos cada día, mejor.

¡Feliz Año!

Imagen:

Ivory Escapes

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Operación Alegría

Desde que era niña Margarita sabía que la Navidad se acercaba cuando comenzaban a sonar las gaitas, cada año había una nueva. Más o menos a mitad de octubre llegaba la gaita de moda: la que sonaba en todas las radios aunque tuviera que convivir con las de siempre y con el ineludible disco de la Billo´s Caracas Boys que alegraba una casa y las de todos los vecinos.

A medida que avanzaban los días se notaba cómo cada familia llevaba a cabo su propia versión de “Operación Alegría”: tiraban los peroles viejos, pintaban fachadas, podaban los árboles, y dejaban el espacio listo para poner arbolitos y pesebres. Los muchachos del barrio se ponían de acuerdo con sus amigos, y como si se tratara de los siete enanos se dedicaban cada fin de semana a una casa diferente: pintaban rejas, paredes, y hasta tejas bajo un rayo de sol inclemente que nada tenía que hacer frente a la cervezas bien frías y la gran taza de sancocho que ofrecían las agradecidas dueñas.

Para Margarita la Navidad no era tal hasta que el 24 de diciembre plantaba en la mesa un pan de jamón caliente y una botella de Ponche Crema. Desde que ganó su primer sueldo se prometió que nunca le faltaría a su madre por lo menos eso, un pan de jamón. Afortunadamente su trabajo y sus innumerables sacrificios dieron para panes, perniles, hallacas y dulces de lechosa en la casa de su madre, en la suya, y en la de todo aquel al que ha podido ayudar.

 

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Las sorpresas tienen precio

2015

 

Le gustaba dar sorpresas. Lo que sintió cuando le dieron una a los siete años hizo irresistible regalar un momento como ese a las personas que le importaban.

A veces planeaba con tiempo una fiesta, otras simplemente se detenía al ver algo que se le parecía a… y lo guardaba en un cajón hasta que el deseo de ver el brillo especial en los ojos del agasajado burlara al calendario o aguardara la llegada de una fecha señalada. Pero desde que vivía fuera la sorpresa que más le gustaba era la de volver a casa en Navidad.

Tenía un trabajo que le permitía moverse con facilidad, era la clase de trabajo que incluye estar ocupada mientras el resto del mundo festeja. De modo que su familia nunca contaba con su presencia en la mesa. Fue entonces cuando se le ocurrió crear la tradicional sorpresa de Navidad que consistía en hacerle creer a todos que no podría estar en casa para las fiestas. Algunas veces contaba con la complicidad de algún amigo que la recogía en el aeropuerto, otras contaba con la discreción de todos, otras no se lo contaba a ninguno. Lo cierto es que la sorpresa llegaba a su punto culminante cuando su mirada se encontraba con la de su madre.

Pasaba las fiestas riéndose de las excusas que había inventado para no ser descubierta, apareciendo en las casas de sus amigos, repartiendo abrazos mientras las sonrisas inundaban cocinas, garajes y cualquier rincón donde el reencuentro paralizara la cotidianidad. Su tradición entusiasmaba cada vez a más personas que querían formar parte de esos momentos que regalaba atravesando la ciudad en un coche prestado.

 

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Feliz

“Como paraulata que deja su canto en la sabana.” Así ando hoy. Tengo tantas cosas galopando en el pecho, que no sé cómo expresarlas. Pensé que lo mejor era ponerme a escribir a ver si ante el teclado sería capaz de dejar fluir este salto de sentimientos que tanto me recuerda a La Llovizna.

Desde que abrí los ojos a las 8 de la mañana del domingo 6 de diciembre no he vuelto a dormir. Y no me importa, a pesar del cansancio tampoco habría podido. Me convertí en una especie de pulpo cuadrafónico para poder seguir cada minuto de una nueva jornada en la que mi tierra se jugaba su futuro. Vi cómo una y otra vez la impunidad y la corrupción hacían de las suyas, pero este domingo algo era diferente: la gente, mi gente estaba convencida de que juntos podíamos conseguirlo. No había un solo gesto de desánimo ni de miedo. Al contrario, todos demostraban estar dispuestos a defender lo nuestro, quizás como nunca lo habíamos defendido.

Cada vez que aparecía un escuadrón de motorizados queriendo intimidar a los votantes, recordaba eso de “ellos serán muy machos, pero nosotros somos muchos”, y notaba cómo ese pensamiento también formaba parte de todas esas personas que no se movieron de su sitio. No detallaré más abusos porque el peso de la evidencia le estuvo hablando al mundo durante toda la jornada electoral.

Venezuela estaba bella, con un cielo hermosísimo, el que en estos diecisiete sombríos años nos ha visto sufrir de mil maneras diferentes. El mismo que se abrió paso en la ventana de cada venezolano que con el alma hecha pedazos dejaba a lo lejos su pizca de mundo para buscar una vida mejor. El sol brillaba con un tono incomparable, y las calles olían a una esperanza que miraba de reojo a la incertidumbre durante las horas eternas que estuvimos esperando la primera declaración oficial de los escrutinios. Números iban y venían, y aunque las sensaciones eran totalmente distintas, ya habíamos pasado por esto en muchas ocasiones, por eso preferimos no cantar una victoria que luego pudiera convertirse de forma inverosímil en un nudo difícil de tragar.

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Antes de votar

Recuerda todas las veces que te han atracado, las que te han abierto el carro, las que se ha quedado tirado en alguna parte porque la batería no daba para más, o las que sencillamente no lo has encontrado donde lo dejaste. Piensa en la cantidad de huecos que pueblan las oscuras autopistas donde te juegas la vida, en el dinero que tuviste que pedir prestado para pagar el rescate de algún familiar o amigo secuestrado, en las rifas que hiciste para poder pagar la cuenta en alguna clínica privada.

Recuerda todas las vueltas que has dado para buscar un medicamento, o las veces que has tenido que bajar la dosis para rendirlo mientras encuentras a alguien que te diga dónde conseguir otra cajita. Recuerda cada vez que has abierto el grifo y ha salido un líquido marrón y maloliente. Recuerda las veces que te levantaste para ir a trabajar y no había luz, las que has llegado tarde porque el metro no funcionaba, o cada palo de agua que te ha empapado mientras esperabas un autobús para subirte aunque fuera colgando.

Piensa en todas las veces que tus hijos han regresado del colegio con una oda a un líder corrupto como tarea. Recuerda todas las veces que algún empleado público te ha pedido dinero a cambio de agilizar la gestión de algún documento, las que has sentido vergüenza por el ridículo que hacen en el extranjero los representantes de este régimen, o las que has visto que para obtener un empleo vale mucho más el color de una camiseta que la preparación.

pañales

Antes de votar piensa en cada hora que has pasado bajo el sol para poder comprar alimentos, en todo lo que has tenido que pagar a algún mafioso uniformado para que tus hijos pudieran tener pañales. Piensa en las veces que alguna mujer ha tenido que quedarse en casa por no tener toallas sanitarias, en los comerciantes que se han quedado en la calle porque les han robado el fruto de años de sacrificio, en los miles que emigraron a lugares donde su condición legal no les permite votar. Recuerda las veces que has tenido que usar cualquier cosa para limpiarte porque el papel sanitario lo reservas para tus padres o tus hijos.

 

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Caramba Simón, tú por aquí

Bruselas, corazón de Europa, una ciudad donde el verde de los parques y el colorido de las flores contrastan con el cielo gris y la llovizna pulverizada que convierten la acción de plancharse el pelo en una de las mil formas de perder el tiempo.

Cualquiera que haya atravesado Aragüita para ir a la UNITEC, haya viajado colgado en un autobús a lo largo de la Intercomunal de Turmero –donde después de una nada agradable caminata se entra a la UBA–, haya sobrevivido a los cráteres de la variante de Bárbula para poder ir a clases en la UC, o simplemente haya tenido que esconderse de los tiroteos en la UCV, podría pensar que al entrar a la sede del Parlamento Europeo en Bruselas se sentiría como cucaracha en baile de gallinas. Y un poco así parecía.

A la ciudadana de un país en el que desde hace tiempo regresar vivo a casa e irse a la cama sin el estómago vacío son considerados logros dignos de una medalla de oro en las olimpiadas de la vida, le impresionaba ver cómo hay un lugar en el que se discute el futuro de millones de personas e incluso se defienden los derechos que sistemáticamente son pisoteados por el régimen cleptocrático que hace años la hizo cruzar el Atlántico sin saber muy bien cuándo iba a volver.

 

Recordó que los tapones de dólares que tienen muchos países de su propio continente no son tan grandes como para ensordecer a la notablemente imperfecta Europa que como vieja señora, lleva a cuestas en forma de canas la experiencia de mucha sangre, sudor y lágrimas.

Mientras iba explorando los recovecos del edificio donde coincidía con muchas caras conocidas y casi en la misma proporción por las que inspiran desprecio o admiración, de pronto tuvo lugar una maravillosa sorpresa.

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El voto más caro del mundo

mexico cnn

Durante el verano que dentro de unas horas será historia en España, la Dirección General de Tráfico hizo una campaña para concienciar a los conductores sobre lo caro que puede salir atender a otra cosa que no sea el volante: las gafas más caras del mundo, la canción más cara del mundo, el porro más caro del mundo…  Cada video refleja las consecuencias de una distracción, o más bien una mala decisión al conducir. Desde fallecidos, pasando por lesiones permanentes, orfandad, familias rotas… Vidas que cambian para siempre a raíz de una desgracia.

En Venezuela es imposible hacer una campaña de ese tipo, pues no se puede responsabilizar a un conductor de no entretenerse durante el viaje. Ya bastantes distracciones tiene cada día: los asaltantes en los semáforos, los piratas de carretera, los cráteres en la autopista, la oscuridad en las vías, los túneles cayéndose, la gasolina de mala calidad, los guardias matraqueros. La falta de repuestos, de módulos de auxilio vial, de lugares de descanso… Circular por las vías venezolanas es una demostración de la habilidad de millones de conductores que a pesar de todo lo que tienen en contra son capaces de llegar sanos y salvos a su destino. Da pena, pero mientras el “gobierno bolivariano” gasta miles de millones de bolívares sustituyendo ojos de gato o señalización de las vías por propaganda, en cada kilómetro de asfalto los venezolanos recuerdan que todo esto es consecuencia del voto más caro del mundo.

  notitarde

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Importamos nosotros

Hace unos días se demostró una vez más que Venezuela es el paraíso de la corrupción, la violencia y la mediocridad. Venezuela es el lugar donde el cáncer llamado Socialismo del Siglo XXI ha hecho metástasis en todos los poderes del Estado extendiéndose hasta conseguir que no quede ni un solo metro cuadrado donde no se noten los síntomas de la putrefacción.

En la última semana han circulado las más profundas expresiones de repugnancia generadas por la decisión de una jueza que además de dar vergüenza de género, demuestra con su sentencia que hay mil formas de prostituirse –unas más caras que otras, claro–. También ha dado la vuelta al mundo la indignación por la condena a Leopoldo López, como si quedara vivo algún venezolano con capacidad de asombro sobre lo lejos que puede llegar este régimen de cobardes. Y no es que sea poco lo ocurrido, sino que parece increíble que con todo lo visto durante casi diecisiete años alguien de verdad creyera que este juicio absurdo terminaría de otra manera.

Del otro lado del mundo, mientras parlamentarias españolas intentan en Bruselas que el embajador venezolano ante la Unión Europea les dé la cara, un indecente al que no le alcanza el sueldo de profesor que se gana haciendo propaganda sobre los libros que escribe y cuyas ediciones se multiplican a medida que avanzan los cursos para los que es necesario repetir el panfleto como loros si se tiene intención de aprobar, se dedica a tildar de terrorista a un hombre que está muy por encima de lo que él ni siquiera subido a su gran ego podrá alcanzar jamás, pues toda su fama se debe a que además de tener la lengua muy larga y la memoria muy corta, se ha dedicado a “asesorar” a un gobierno que viola derechos humanos, encubre terroristas, acosa a la prensa, y despilfarra dinero público a manos llenas en cosas como pagar informes de más de 400 mil euros que se agradecen con declaraciones infames jactándose de una hipócrita solidaridad que reclama respeto a la democracia y los derechos humanos, pero solamente a los líderes que no le firman cheques.

 

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Querida Colombia, qué pena con usted

macundales

Llevo días viendo el maltrato, la humillación a la que están siendo sometidas innumerables personas en la frontera que desde niña nunca me pareció que nos separaba, sino todo lo contrario.

Durante estos días he estado pensando en la cantidad de colombianos que forman parte de la vida de los venezolanos –por lo menos los de mi generación–. Pensé en las señoras que ayudaban en nuestras casas, en el taxista que durante años me llevó al trabajo, en los padres de algunos de mis amigos, en la señora que pasaba vendiendo papas rellenas por los negocios del centro, en las secretarias que recibían con un guayoyo a todas las visitas, en el mecánico del taller, en el ejecutivo de la empresa de persianas, en la Gerente de Relaciones Públicas del hotel más importante de mi ciudad, y en la dueña de la tienda de ropa interior. Todos gente agradable, trabajadora y sumamente educada que un día decidió venir a nuestro país para construirse un futuro mejor. Sí, porque hubo una época en la que Venezuela era un lugar próspero que recibía con los brazos abiertos a gente de todo el mundo dispuesta a luchar como nosotros para conseguir eso que se nos ha ido de las manos no sabemos muy bien cómo. Hubo una época en la que los venezolanos no sabíamos lo duro que es dejarlo todo para empezar de nuevo, solos y con el alma en nuestra tierra.

 

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La playa ya no es gratis

 

En los meses de verano europeo las noches cortas ayudan a que las fiestas se alarguen hasta el amanecer. Nadie quiere encerrarse en casa durante el periodo que aportará la energía necesaria para soportar el nostálgico otoño y el intenso gris invernal en el que no se piensa, mientras, la alegría de ir descalzo por el campo o esquivar las olas exprime la ingenuidad que ilusiona a todos con un tiempo que parece eterno, pero que como todo amor de verano, no lo es.

En los países tropicales las despedidas no son definitivas, allí la eterna primavera cargada de clemencia reparte calor, sol y aguaceros a partes iguales. Nadie se despide del mar con tristeza, pues las visitas se producen una vez a la semana. Es por eso que los amores que se juntan un domingo cualquiera se mantienen vivos durante tanto tiempo, allí no hay invierno que ponga a prueba la robustez de su tronco ni la profundidad de sus raíces.

Vivir en un país tropical es como ser adolescente toda la vida. Cuando se es adolescente se llega a creer que todo es para siempre, que nunca se amará como hasta ese momento, que nunca se encontrarán mejores amigos, que todo será siempre igual. Y Venezuela como gran país tropical durante muchos años fue una dulce adolescente.

– ¡La playa es gratis! Decían los muchachos cuando veían pasar a una criatura blanca como una perla que hacía mucho no se había dado un baño de playa. Y así era, gratis como la mayoría de tesoros que en esa gran tierra muchos todavía no saben valorar. Ricos y pobres se juntaban en los kioscos camino a las playas más conocidas del país para desayunar empanadas o llenar sus cavas de hielo y bebidas para todos los gustos y bolsillos. Desde el vehículo más lujoso hasta el autobús más modesto repleto de jóvenes estudiantes se cruzaban en una autopista donde todos iban con alegría a divertirse, a disfrutar del agua cristalina, la arena fina, y el verde de las montañas que escondían paraísos inimaginables para los europeos sometidos al peaje del frío a cambio de tres meses de recompensa. Los muelles se llenaban de despreocupados visitantes que tranquilamente esperaban su turno para que una lancha los llevara a un cayo cualquiera donde poder reír, jugar, comer, hacer amigos, o simplemente tenderse como iguanas al sol.

 

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