Hace un año y no quiero recordarlo. Llevo días intentando por todos los medios entretenerme para no afrontar la realidad e ignorar este aniversario imaginándome que todo sigue igual, pensando que soy una ingrata que no te va a visitar y que no tengo tu nuevo disco porque soy una tacaña.
Sigo confusa, no sé lo que es ni lo que no es. Solamente sé lo que quisiera que fuera, y allí me encierro, en la fantasía de los sueños, donde no hay límites, ni tristezas, ni desgracias. Los sueños, ese refugio fantástico del que no nos gusta salir. Si pudiera me habría pasado el día durmiendo para seguir soñándote, tenerte cerca y escuchar tu voz susurrando alguna palabra de esas que conmueven incluso al corazón más duro. Si pudiera, rebobinaría el tiempo como si fuera un viejo casete y lo haría sonar de nuevo, pero hasta la mitad. Así evitaría a toda costa el réquiem que acompañó tu partida.
Despertar con el cantar de los pájaros, sin prisa, sin mirar el reloj, sin una larga lista de cosas por hacer. Estirarse con calma, hacer la cama y dejarla tan acogedora que sea inevitable querer volver –con o sin compañía–. Asomarse a la ventana, respirar profundamente, disfrutar de la vista, del perfume a tierra mojada, del suave balanceo de las hojas acariciadas por la brisa mañanera, o del susurro de las olas coqueteando con la arena. Preparar el desayuno para el mejor de los huéspedes: ese que te sonreía en el espejo mientras te lavabas los dientes. Saborear el jugo de naranja y dejar que pasee por tu boca como ocurría cuando en la infancia jugabas a pescar gotas de lluvia. Sentir cómo el aroma del café se apodera de la casa, poner la mesa y desayunar haciendo solamente eso, desayunar. Todo lo demás puede esperar.
Los placeres de la vida no se llevan bien con la premura, y todos los días es esta última la que rige nuestras vidas. Es por eso que cada vez se hace más necesario desconectar, y cada vez es más importante que esa desconexión dure más tiempo, el esencial para vivir con tranquilidad, para reactivar los sentidos que el tráfico, la rutina y los problemas tienen hipnotizados en un vaivén de actividades. El tiempo para dar un paseo, leer un libro, cerrar los ojos y escuchar un disco, el tiempo para hacer solamente una cosa a la vez –salvo que se trate de querer y dejarse querer–.
El placer de no hacer nada es simplemente eso, el no romperse la cabeza con preocupaciones, el tener un día para uno mismo y disfrutarlo plenamente en su sencillez. No es una cuestión de holgazanería, se trata de oxigenarse la vida, esa que cada día debería tener menos momentos de estrés y más de la dulzura de vivirla como es.
Llevaba días callado, taciturno, hasta alguna lágrima se le había escapado en la soledad de la carretera.
Había llegado a ese punto de su vida que soñó de pie en el autobús que tomaba todos los días para ir a trabajar. Quería una casa grande, bonita, con un patio donde hacer parrillas para festejar cada cumpleaños de sus nietos. Quería viajar con sus hijos, ver un partido de fútbol saboreando un escocés en las rocas. Quería envejecer viendo crecer a su familia, compartir las navidades en una mesa donde no faltara nada ni nadie. Y lo había conseguido, podía sentirse orgulloso de su trayectoria profesional, del trabajo duro del que cosechaba los frutos, y por supuesto, de los adultos de provecho que lo hacían sentir un buen padre.
Había enseñado su oficio a mucha gente que a lo largo de estos años había cruzado las fronteras. Lo lamentaba, alguna vez intentó ponerse en los zapatos de los padres de esos muchachos, pero nunca imaginó que algún día él sentiría ese nudo en la garganta. Ni una sola de las miles de noches en las que le dio un beso antes de dormir pudo sospechar que un día esa habitación se quedaría vacía porque su hijo, cansado de la situación del país se iría lejos, muy lejos… Nueva Zelanda, un país donde no hay Panelas de San Joaquín.
Ver partir a su hijo fue especialmente doloroso. Sintió cómo sin la más mínima dosis de anestesia le arrancaban un pedazo de vida. Así que se refugió en el silencio de los recuerdos, y en la esperanza de que allá tan lejos su mayor preocupación ya no sería que la violencia del socialismo del siglo XXI diera un balazo a los sueños de su muchacho. Cambiaba la angustia por el deseo de que todo saliera bien y la joven criatura llena de proyectos triunfara sintiendo la menor nostalgia y soledad posibles. Experimentaba un alivio agridulce, pero alivio al fin.
Fue entonces cuando encontró una vieja carta de alguien que se había ido, en ella además de explicar un poco lo que siente el que se va, también encontró consejos para el que se queda:
Últimamente las listas ocupan la atención de todo el mundo. Diarios, revistas y redes sociales se llenan de listas de todo tipo y para todos los gustos:
Los 25 bares más feos de la ciudad, las 20 cosas que odian las azafatas, 15 pistas de que no debiste dejar a tu ex, las 1001 películas que hay que ver antes de morir, 25 señales que indican que estás con el amor de tu vida, las 15 profesiones donde hay más infidelidades, 20 frases de amor que todo romántico quisiera escuchar… Parece que las más seguidas son las del 10: las 10 mejores playas que no puedes dejar de visitar, 10 cosas que todos hacen en casa cuando están solos, 10 detalles indiscutibles que demuestran que has envejecido más de lo que piensas, los 10 motivos para encontrar el coraje de viajar por el mundo, 10 cosas sobre las que los padres siempre mienten, las 10 frases que se pueden decir a la pareja en lugar de “te amo”, las 10 posiciones sexuales favoritas de los hombres… En fin, todo es una lista, da igual el número, 5, 8, 43… Lo que sí es importante saber es ¿Qué está pasando? ¿Qué dirige las vidas de los habitantes de este mundo? ¿Desde cuándo tu pareja te ama si te dice una de las cosas que alguien apuntó en un papel, o ya no porque no te ha propuesto matrimonio en uno de los x lugares más paradisíacos del mundo?
¿Desde cuándo la propia vida tiene que seguir el camino que otro ha calificado como el mejor? ¿Por qué tu bar favorito ya no puede serlo si no está en el TOP 25? ¿Qué decálogo garantiza alcanzar el nirvana entre las sábanas? ¿Por qué no haber leído el libro más vendido en los últimos años impedirá que tu vida sea maravillosa? ¿Quién desde una redacción te conoce tan bien como para decidir lo que indica que estás con el amor de tu vida o no?
Basta de listas, basta de perder el tiempo buscando guías para ser felices. Ya basta de romperse la cabeza pensando que no se es lo suficientemente atractivo, exitoso, sexy, inteligente, joven o feliz, simplemente porque una publicación lo dice.
Cada uno conoce sus capacidades, limitaciones, gustos, miedos, sueños… Cada uno sabe lo que le acelera el pulso, lo que le roba las sonrisas, lo que le hace escapar una lágrima. Y quien aún no lo sepa, debe descubrirlo por sí mismo, explorarse dentro e iluminar con la linterna de la honestidad y la autoestima aquello que se esconde y que una chuleta barata sacada de internet no puede enfocar. Es innecesaria una relación hecha para ocupar espacio en alguna publicación, tampoco es necesario que ningún experto decida por el resto cuáles son las emociones, los sentimientos, las croquetas, o las palabras que sí valen la pena.
Aunque no encaje en ninguna lista, no ser como los demás, no expresarse como la mayoría, o no seguir las modas es también una forma de vivir. Cada uno es el arquitecto de un destino donde la propia vida es el proyecto más importante, y si para construirla tiene que cambiar la forma de utilizar el compás, la escuadra o los lápices, adelante, ¡Bienvenidos sean al mundo real los genios que no caben en un elenco!
Existen palabras que se aprenden en un idioma y que no se pueden ni se deben traducir. Podría pensarse que es necesario para comprender sentimientos, pero no es así, los sentimientos sólo es posible expresarlos en versión original, sobran los subtítulos, sobran las interpretaciones.
Le ragazze del Prosecco son un grupo de tres amigas que se conocieron hace más de una década en la tierra firme que pocos conocen más allá de los canales de la inolvidable laguna de Venecia. Tres mujeres totalmente diferentes, pero con muchas cosas en común: el respeto a los demás, el sentido de la amistad, las ganas de vivir, el optimismo, y sobre todo, la determinación para hacer posible todo lo que se proponían. Ellas que habían crecido en diferentes recovecos del planeta se habían encontrado cuando el destino decidió que así fuera. Una parada de autobús, una tienda de lencería… Nadie sabe dónde puede aparecer un amigo.
Para ellas no existía la diferencia de edad, y cada una aprendía de las otras todo lo que podía: desde la lengua hasta la forma de festejar. Tampoco importaba que una fuera soltera, otra casada y otra divorciada, además de las hijas que tenían las dos últimas, siempre era apasionante abrir una botella de espumante para celebrar un encuentro con la primera y hablar de amores –los presentes, los futuros– pocas veces los pasados porque ellas nunca miraban atrás excepto cuando acababan de pasar por una zapatería.
Una de ellas cambió la tranquilidad del pueblo veneciano por una metrópoli donde lo de ponerse falda y tacones para pasear tranquilamente en bicicleta sigue siendo una fantasía. Sin embargo, el triángulo no se rompió, simplemente se hizo más grande porque uno de sus vértices estaba lejos, demasiado como para no echarse de menos, poco a la hora de necesitarse, y lo justo para aprovechar al máximo cada visita de esas donde se engordan 3Kg en una semana.
Utilizaron todas las modalidades posibles para permanecer en contacto, y no fueron pocas las veces que la sorpresa se presentaba con una sonrisa en el mercado de los lunes, o esperaba a brazos abiertos en el aeropuerto.
Así pasaron los años, las madres eran cada vez más fascinantes y veían cómo las niñas de sus ojos estaban creciendo, lo notaban en los detalles, incluso al verlas comer pizza sin patatas fritas. Por fin la soltera se había unido al club de las melenas negras y se había organizado para regresar durante una temporada. Pocos meses las separaban de otro reencuentro digno de descorchar otra botella de Prosecco para celebrar los años, la Serenísima, los amores, la vida, el destino… Pero fue este mismo, el que las unió una vez, quien este 3 de junio jugando a la crueldad envió de la forma más traicionera a la muerte para que se llevara súbitamente una mujer espléndida, valiente, feliz, llena de sueños… La muerte sin la menor compasión se apropió de una mujer con una gran fortaleza, el ejemplo perfecto de una vida donde no había espacio para la cobardía, la flojera ni la mediocridad. Una mujer que dejó huella en todos los caminos que recorrió, y un vacío insondable en el alma de todos los que tuvieron la suerte de cruzarse con ella.
Allá donde se encuentre la otra punta de este triángulo que ha vuelto a crecer, estará con los ojos perfectamente delineados, el pelo recogido, y su radiante sonrisa vigilando que no falten motivos para celebrar por ella, y brindando cada vez que sus amigas pidan Prosecco, como siempre, para tres.
Y de repente, allí estaba él. Iba en bicicleta, llevaba como siempre el pelo lleno de canas, y pedaleaba con la paz que permite a las conciencias tranquilas disfrutar de la brisa en el rostro que ella no pudo verle. Así lo conoció, así lo vio muchas veces, de lejos, de espalda. Él en su mundo, transitando un camino donde la bicicleta era tan importante, y ella recorriendo otro, a veces paralelo pero distante por ser distinto. Sintió que una vez más iba atrapada en un tren del que no podía bajarse para gritar su nombre, pedirle que la esperara un momento, poder darle un abrazo y hablar durante horas sin que nada más importara.
Recordó cuando veinte años atrás lo vio estacionar la bici en el patio del colegio. Ella que era traviesa pero no mala, murmuraba con dos amigos lo mal que le caía: —¿Filosofía? Seguro piensa que somos idiotas —y por lo menos ella sí que lo era, porque alguna vez la estupidez de la adolescencia tenía que entrar en forma de prejuicio en esa cabeza llena de sueños y canciones de rock. De modo que con la mirada cómplice de los dos compañeros dispuestos a avisarle si alguien venía, y sobre todo, a no venderla en caso de ser descubierta, desinfló la rueda trasera del artilugio que llevaba en el mundo mucho más tiempo que la edad de los tres juntos. Luego vinieron las risas cuando lo vio irse caminando cojo de una rueda.
No pasó mucho tiempo cuando sus miradas se cruzaron en una clase de Filosofía. No recuerda muy bien qué le preguntó, pero sí que le dio la única respuesta que ella buscaba pero no se esperaba. Ya no le caía mal, él no era idiota ni creía que ella lo fuera, aunque su pregunta trampa demostrara que una cosa es lo que él pensara y otra lo que ella era. Cada día le caía mejor, aún no lo sabía, pero había encontrado un amigo que de una u otra manera la acompañaría el resto de su vida. Eso es lo que ocurre con la gente importante, por mucho tiempo que pase y más espacio que haya, no se queda en ninguna parte, se va adonde quien la quiere le lleva.
Venezuela con su tierra fértil a más no poder está poblada de matas de mango en sus cuatro puntos cardinales. Los hay de diferentes tipos, tamaños, colores y sabores. Tanto, que en las autopistas algún muchacho ofrece la exótica tentación de mangos con sabor a piña o a durazno, pues parece que ahora está de moda comer frutas que saben a otras frutas. Son deliciosos, eso es innegable.
Hace unos días el aparato propagandístico del régimen que ya perdió la cuenta de los fantásticos intentos de magnicidio, hizo creer dentro y fuera de nuestras fronteras que la generosidad de Nicolás Maduro es tan grande, que premió con una casa la agresión de una mujer que presa de la desesperación le tiró un mango a la cabeza.
Cuando la muerte nos pasa por un lado vemos pasar el tráiler de nuestra vida. Evocamos momentos que ni siquiera sabíamos que seguían guardados en nuestra memoria. Aparecen caras que hace mucho dejamos de ver, se mezclan alegrías y tristezas. Todo lo importante inunda nuestra mente en unos segundos fugaces que nos hacen creer que llegó la hora.
De pronto sucede algo que nos recuerda lo frágiles que somos, lo fugaz que es la vida y la suerte que tenemos de seguir en este mundo a veces sin saber muy bien cómo, o incluso porqué. Como sea, para hacernos reflexionar basta un frenazo repentino, el estallido de un neumático, un resbalón en el baño, el resultado de una prueba, o cruzarse en el camino de un degenerado.
Cuando las canas aún no poblaban sus cabezas, no lo podían imaginar. Eran los dueños del mundo, tenían lo más importante en sus manos, todo: ganas y juventud. Eran muchachos libres llenos de sueños, llenos de ganas de recorrer el mundo, pero siempre seguros de volver a su calle, a su casa, con su gente.
Para ellos el día de las madres era el segundo domingo de mayo, y el del padre, el tercer domingo de junio. Nunca pensaron que terminarían formando una familia más allá de su esquina del mundo. Nunca pensaron que festejarían un 19 de marzo, el primer domingo de mayo o el tercero de octubre. Nunca pensaron que el momento más feliz de sus vidas lo vivirían en la distancia saboreando lágrimas agridulces.
En una tarde cualquiera las contracciones se hacen sentir, un niño ha decidido que por fin ha llegado el día de abandonar el vientre que lo ha cobijado durante meses. Sin saber las alegrías que va a dar, comienza a moverse hacia a luz. Sin saber aún cómo funciona este mundo, conocerá sólo a la mitad de su familia mientras la otra tiene que conformarse con recibirle por teléfono.
Allá, a miles de kilómetros miles de abuelos aguantan como pueden el drama de no disfrutar de sus nietos. Cuentan chistes y hablan de cosas bonitas porque las sonrisas de sus nuevos hijos son lo único capaz de llenar de color ese escenario gris en el que se ha convertido nuestro país.
Otra vez la sangre corre por las calles de nuestro país, otra vez el luto embarga nuestras vidas, una madre entierra a un hijo, un pupitre se queda vacío, una multitud de sueños desaparece bajo tres metros de tierra… Todo, otra vez.
Este régimen llamado “Socialismo del Siglo XXI” es la versión más cara y de peor gusto que se ha sacado del infierno descrito por Dante Alighieri en la Divina Comedia. Cara por las vidas que se ha ido cobrando desde que su artífice utilizó a jóvenes inocentes que ignoraban ir camino a la muerte en medio de un intento de golpe de Estado todavía hoy celebrado como una hazaña valiente cuando en realidad fue una masacre que tiñó de rojo nuestra memoria. Cara por la incalculable cantidad de dinero que inexplicablemente ha desaparecido de nuestras arcas, y cara por la destrucción de cientos de miles de familias que se han visto obligadas a abandonar el país para salvarse de las balas que todos los días el régimen bautiza con nuestros nombres. Porque fue así como irrumpió Hugo Chávez en la vida de los venezolanos, llenando de sangre nuestras pantallas, acabando con la vida de muchos, poniendo en peligro la de otros, y de paso siendo compensado con un indulto que cada día que pasa pesa aún más sobre los hombros de los venezolanos que creemos en la justicia y la democracia.
Sangre de inocentes es lo que le ha dejado este régimen al país, derramada por doquier a punta de plomo por algún malandro con chapa o sin ella, sangre que parece no valer nada porque no es la que corre por sus venas, y sobre todo, sangre que no conoce de justicia porque las columnas de este descomunal fraude llamado “la revolución bonita” son la corrupción, la avidez, el cinismo y la impunidad.
Ya no les basta con haber saqueado el Tesoro Nacional o despilfarrado las ganancias del periodo más largo de bonanza que haya experimentado el petróleo. Tampoco les es suficiente haber arruinado la industria, acabado con el prestigio de la que otrora fue la empresa más competitiva del mundo, ni mucho menos haber descendido a unos niveles de indecencia verdaderamente grotescos. No, eso es demasiado poco, también han necesitado callar nuestras voces en todos los medios de comunicación, sembrar odio en largas sesiones de cadena nacional, amenazar, perseguir y acosar a todo el que no haya querido humillarse ante sus botas. Y hasta aquí podríamos pensar que es excesivo, pero no, ellos necesitan más, por eso se hacen las leyes a medida, politizan las instituciones, sonríen al narcotráfico, miman a los delincuentes y llevan una vida de reyes mientras exigen al pueblo sacrificios como dejar de ducharse si no encuentra jabón, o adecuarse a un racionamiento que le obliga a hacer largas colas para comprar la poca comida disponible como si viviéramos encerrados en un gran campo de concentración. Bueno, el “como si” sobra, Venezuela es un gran campo de concentración con asesinos pagados de nuestro propio bolsillo para exterminarnos poco a poco y a través de múltiples métodos. Mientras, nuestros vecinos son incapaces de levantar la voz porque tienen la boca repleta de billetes de esos que nosotros vemos sólo en el asfixiante mercado negro que crece al tiempo que se multiplican las propiedades de decenas testaferros más allá de nuestras fronteras. Pareciera que esto fuera mucho más que demasiado, pero no, el Socialismo del Siglo XXI necesita todavía más: calumniar, burlarse, humillar a sus víctimas.