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Pa’ lante es pa’ allá

A veces recibes un golpe duro y tratas de seguir a pesar de ir cojeando por el dolor. Te cuesta, pero ahí vas tratando de erguirte poco a poco sin saber que un par de pasos más adelante te espera otro mazazo que te dejará sin aliento. Te duele tanto y tan profundamente que no te quedan fuerzas para seguir, ni siquiera para llorar.

Llega un momento en el que casi te acostumbras al dolor, no se trata de agarrarle el gustico (no lo tiene) sino de ir cojeando de la pierna derecha, sujetarte el costado izquierdo, caminar como Quasimodo y aunque sea de vez en cuando levantar la mirada para ver lo empinado que es el campo minado que te espera sin considerar que llevas una enorme piedra atada a tu quebrantada espalda.

El pecho duele, respirar duele, querer duele, continuar duele… Todo te duele. De pronto provoca mandarlo todo al carajo, dar media vuelta y rodar por la bajadita -“sigan sin mí, me quedo aquí”-. Pero no es esa tu naturaleza, tu instinto guerrero y la misma cojera te impiden dar marcha atrás. La “señora” que vive dentro de ti y sabe levantar la ceja mucho más que tú, te mira de reojo y desafiante te pregunta: “¿Eso es todo, ya está?”. Respondes que sí, que el lastre es muy pesado y a estas alturas nadie te quita lo bailado, pero vacilas y sigues haciendo un esfuerzo indescriptible, aguantando el dolor con la presión en el pecho y viendo por dónde pisar.

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Cerati, me equivoqué

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Anoche cuando me vencía el sueño aparecías tú con tu mirada seductora y tu enigmática sonrisa. Yo quería quedarme durmiendo para seguir viéndote y olvidar la realidad que me despertaba por la presión de muchas lágrimas atascadas en el pecho. Alguna rebelde se escapa a ratos, pero las demás siguen allí acumulándose mientras yo sigo sin saber cuándo van a estallar.

Soy una egoísta y esta vez tengo las pruebas. Yo que en algún momento hasta deseé que te fueras de una vez, ahora no soporto saber que ha ocurrido de verdad. Buenos Aires ahora no sólo se ve, sino que es más susceptible porque su león más guerrero, su más divino porteño decidió quedarse a mirarla desde lo más alto.

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Las huellas de la revolución

Cuando nacimos una de las primeras cosas que nos hicieron fue empatucarnos de tinta los pies y plantar nuestras huellas en un cartoncito. Qué bonito, ya éramos parte del mundo. Años después cuando nos sacaron la cédula fue el turno de nuestras manos, nos empatucaron de tinta los dedos y nos dieron un cartoncito con un número que se supone nos metía en la cuenta de ciudadanos con derechos, y como éramos chiquitos, pocos deberes. Con la mayoría de edad uno de nuestros derechos era ir a votar, en la experiencia no podía faltar la empatucadita de tinta indeleble para estampar la huella en el cuaderno.

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El sacrificio de Mary Gaby

 

Estos días no hemos parado de criticar el nombramiento de la hija del difunto intergaláctico como embajadora alterna ante la ONU, y creo que deberíamos ser un poquito agradecidos y reconocer que es la persona más indicada para representar a este régimen en una organización tan importante.

¿Quién más apropiada que María Gabriela Chávez para representar a un país sometido a los delirios de un presidente que ni siquiera sabe conjugar correctamente en castellano? ¿Acaso otra persona podría representar mejor esta Venezuela donde las instituciones están infestadas de hermanos, hijos, sobrinos, maridos, barraganas, primos y cuanto parentesco sirva para enchufar “donde hay” a quien conviene?

Mary Gaby ha demostrado de sobra su capacidad para resolver conflictos. Con solo abrir la boca es capaz de conseguir que echen de un restaurante a quien le diga lo que en este país “democrático” no debe. Su infinita ecuanimidad para soportar críticas es propia de los más experimentados miembros del cuerpo diplomático de cualquier nación, no son pocas las respuestas educadas y hasta cariñosas a sus detractores en las redes sociales.

Su brillante carrera como “Comunicadora Social” egresada de una universidad que le montó su papá porque en las de verdad no la admitieron (por racismo y clasismo, claro, no por expediente académico) es conocida por trabajar en los innumerables medios de comunicación públicos de este país donde todo el que quiere un programita aunque sea para recortar y pegar cartulinas, lo tiene.  Ella será de las pocas que utilice el traductor solo por no hacerle un feo a la Organización, pues es público y notorio que ha dedicado su vida a estudiar idiomas. Así lo demuestran sus innumerables viajes alrededor del mundo predicando la palabra del Socialismo del siglo XXI.

Como buena diplomática, sabe codearse con todo tipo de gente. Especialmente dictadores y faranduleros. Nosotros solamente la vemos con famosos porque nos gusta criticar, y porque ella cuida mucho la humildad de la gente del pueblo que prefiere llevar una vida discreta propia de los ideales socialistas. Algunas veces hasta ha tenido que pasar el amargo trago de asistir a algún concierto de artistas de fama internacional y puramente capitalistas, pero lo ha hecho por nosotros, para que nos demos cuenta de lo malos que son esos espectáculos y apreciemos más la cultura venezolana.

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Conoce perfectamente las penas de los venezolanos, esquiva huecos en las autopistas  –en autobús, porque no tiene carro –  hace su cola, pide número para cuando llegue la leche, vive rodeada de linternas porque en La Casona también se va a luz, y hasta tiene tatuada la firma de su padre (en la chequera, que ahí no duele) y por supuesto, hasta la gripe se la trata en los hospitales públicos.

¡Pobre muchacha! ¿Qué habrá hecho para que la castiguen así? Hay que ser despiadados, pudiendo mandarla a La Habana con el abuelo Fidel, o a Moscú para aprender de Putin, incluso a China. Bueno a China mejor no porque allí se siembra mucho arroz, y a Argentina menos, porque allí el arroz se quema… En fin, no nos desviemos, por qué castigarla mandándola a vivir a Nueva York donde por buenos que sean los hospitales no hay médicos de Barrio Adentro y mucho menos cirujanos plásticos capaces de retocarle el pecho o la nariz como a ella le gusta. ¿Por qué tanta maldad, por qué no mandarla a Ginebra?

¿Acaso no entienden la angustia que infinita de tener que vivir en la Gran Manzana esperando que después de preparar sus carpeticas marrones para pedir cupo CADIVI le liquiden algún día los dolaritos como hace tiempo esperan los estudiantes? ¿De qué va a vivir mientras? Pobre Mary Gaby, ir a parar a una ciudad llena de desalmados donde no habrá venezolano honesto capaz de darle alojamiento mientras le llegan los churupos. Porque como en el imperio sólo viven bichos malos y hediondos a azufre, es probable que sea ella el primer problema que la Delegación Venezolana incluya en el orden del día a los representantes ante las Naciones Unidas.

Incluso con sus amplios conocimientos de marxismo adquiridos paseando por Cuba como parte de su «especialización en Estudios Internacionales», y sus dotes de paciencia, solidaridad y “amor del pueblo”, no puedo imaginar lo difícil que podría ser para una militante socialista que odia el imperialismo yanqui tener que vivir en Nueva York rodeada de todas esas tiendas de lujo donde supura el capitalismo más salvaje.

Cómo hará Mary Gaby para soportar vivir en Manhattan, un lugar que es de todo menos chévere. ¿Cómo hará para comunicarse si no encuentra WiFi gratis como en Sabana Grande? La pobre se verá obligada a deshacerse de su vergatario para utilizar uno de esos asquerosos teléfonos con una manzanita mordida. Aunque, supongo que le pegará una foto del “gigante” en el logo para sentir que sigue utilizando su telefonito socialista. Algunos ya lo han hecho tapando con una imagen de Gramsci la manzana de la tableta para luego sin problemas despotricar contra el imperio y el capitalismo (como debe ser).

Pobre muchacha, se nos va a morir de aburrimiento cuando mientras le retoquen el alisado japonés no escuche a las peluqueras hablándole de lo maravilloso que era el gigante supremo intergaláctico que les prometió una casita de la Misión Vivienda que siguen esperando. ¿Se imaginan el aburrimiento por vivir en una ciudad donde no hay que preocuparse por los robos, la escasez, ni por amanecer flotando sin cabeza en El Guaire? Cuánta nostalgia sentirá al mirar el horroroso y pestilente Hudson navegable y sin basura…

Debemos agradecerle a Mary Gaby el sacrificio que hace. Ella que es huérfana de profesión (porque otro oficio no se le conoce) y mártir por vocación, ahora tendrá que trabajar “de verdad” porque el destino, el nepotismo y la inmunidad diplomática así lo han decidido. Tendrá que sentarse allí ante la ONU donde puede que con suerte hasta un día la dejen hablar de Derechos Humanos y por fin logre demostrar todos sus conocimientos. Ella sabe mucho de eso, su padre como el principal violador de los derechos de los venezolanos, y el régimen de Maduro (que no se queda atrás) le deben haber dado un cursito exprés,  igual que el de Diplomacia y Derecho Internacional –que supongo ya está haciendo aunque sea online– . Además, en Cuba ve ejemplos cada vez que visita a su abuelo Fidel (que no debe estar tan contento como Cilia con el nombramiento).

Vete tranquila, nosotros los que somos huérfanos, viudas o hemos perdido a algún otro ser querido pero no nos ha dolido tanto como para sacarle provecho a su memoria, honraremos tu sacrificio deseando que regreses a tu patria grande a vivir como mereces y más pronto de lo que imaginas.

¡Gracias Mary Gaby!

Fotos: Reuters.

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Destino: El paraíso

 

Revisar tus papeles, reponer el neceser, confirmar que tienes por lo menos tres bolígrafos, recogerte el pelo en un moño, llenarte de máscara las pestañas, ponerte las perlas después del reloj, pintarte los labios, anudarte el pañuelo, ajustarte la falda, abotonarte la chaqueta, subirte a los tacones, agarrar tu maleta, volver a mirar tus papeles, guiñarte el ojo frente al espejo, dejar los problemas en el cajón de las llaves, cruzar el umbral de la puerta rumbo a tu próximo destino, y ponerte en MODO AVIÓN.

Esta vez podría ser una isla del Caribe, una ciudad cosmopolita o un lugar perdido que no figuraba en tu mapa de pendientes. Tu destino podría comenzar con un interminable embarque bajo el inclemente sol de agosto o una gélida madrugada de enero. Podría complicarse con retrasos imprevistos, o ir como la seda. Sudarás a chorros, se te congelará la nariz, o cambiarás de colores ante el comentario de un pasajero.

Te sentarás en tu sitio y por millonésima vez repasarás lo que debes hacer para salvar al mayor número de personas en la menor cantidad de tiempo posible. Sabes que te juegas la vida en cada despegue, en cada aterrizaje… Y en crucero también… No lo piensas mucho, no quieres pensar en lo que sufrirían tus padres, tu pareja, tus amigos o tus hijos. Tienes asumidos los riesgos de tu vocación pero te repites a ti misma: a mis amigos no, a mis compañeros no. Si acaso a mí, aunque mejor a ninguno.

En ese tubo de acero con alas caminarás más que un perdido. Con tu pesado carro irás de arriba a abajo y siempre cargada de infinita paciencia y una sonrisa. Entre una carrera y otra encontrarás un vasito lleno de agua, de café con espumita,  o de chocolates de colores para recuperar energía. Pero esta vez será diferente, esta vez no te los habrá puesto él.

Cargarás pesados cajones y esta vez él no aparecerá de la nada para ayudarte con una sola mano. Tendrás una charla amena, pero ya no será sobre palabras raras en ruso… Sentirás su presencia, te girarás en el galley porque te parecerá haberlo visto con ese tamañote donde no cabe su corazón, con esa espalda capaz de soportar el peso del mundo entero si con eso ayuda a un amigo,  con esos brazos siempre abiertos cuando la tristeza azotaba o la alegría ameritaba una celebración… Sentirás al ruso rondando por allí aunque ya no tengas la suerte de disfrutar de su compañía.  Te llenarás de valor, retocarás tu maquillaje y de nuevo saldrás al pasillo sonriendo como la última vez que se vieron. Pensarás que lo tienes cerca porque estás volando, mas no tan alto como él.

Tu ruso favorito sin saberlo tomó un vuelo con destino al paraíso. Le gustaba volar, y tú que también lo has hecho te preguntas a quién no.  Eres una mujer afortunada, una aeromoza afortunada, tanto como quienes tuvieron el gusto de conocerle, aprender de él, de contar con su amistad.

Tu ruso favorito una madrugada triste se convirtió en el más bonito de los polvos cósmicos, el cometario, ese que genera las lluvias de estrellas que se ven de cerca cuando atraviesas el Atlántico. Estrellas fugaces que se hacen dueñas de deseos que muchos esperan ver realizados.

Lo que yo deseo en este momento ya no es posible, tendré que adaptarme a las circunstancias. Deseo volver a volar contigo, así que intentaré aliviar este dolor con la esperanza de que alguna vez cuando me mueva con mi carro por el pasillo, sin pensarlo mire por la ventana y allí estés tú, sentadito en un ala sonriéndome mientras juegas con las nubes.

 

Rafa,  mi ruso favorito, nos vemos en el paraíso…

 

 

A Rafael Gasanaliev y a todos los que un día salieron de casa en modo avión y nunca regresaron.

 

Fotos: Gasanaliev y Gaínza.

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La incoherencia de los hipócritas

 

En el país con refranes para todo tipo de situaciones  – sin importar lo macabras que éstas sean – desde hace quince años vemos cómo la Ley del Embudo se ha convertido en el patrón de muchos hipócritas a los que les duele sólo lo que les conviene.

En Venezuela ocurre un asesinato cada veinte minutos, sí, leyeron bien, CADA VEINTE MINUTOS. Esos son al año más de 25000 seres humanos, casi el doble de habitantes de Jaca (España). Una cifra que en muertos equivaldría a declarar camposanto toda Cortona o Salsomaggiore Terme (Italia), incluso acabar dos veces con Malibú (EEUU), El Hierro (España) o casi tres con Formentera (España). Aquí cada quien  podrá usar su propio ejemplo según lo que tenga más cerca.

Que uno pertenezca a un determinado pedacito de tierra  no significa que tenga que hacerse el loco con lo que ocurre más allá de nuestras fronteras, se supone que en esta pelota estamos para ayudarnos entre todos, aunque muchos todavía no lo han entendido. El caso es que los venezolanos no podemos ser claridad para la calle y oscuridad para la casa. Es decir, no podemos ir de espléndidos cortándonos las venas por lo que ocurre allá donde el diablo batió la gorra mientras nos hacemos los pendejos con el hedor de la sangre putrefacta que corre por nuestras calles.

Aquí no tiene importancia si pienso que a Israel se le está yendo la mano respondiendo a los ataques de una organización terrorista que utiliza a un pueblo como escudo humano, y a la que parece hay que tenerle piedad porque utiliza lo que el tráfico de armas le permite (por supuesto pretendiendo que no les respondan con la más avanzada tecnología bélica). Esta plomamentazón tiene que acabar porque un solo muerto es demasiado independientemente del punto del mapa donde duerme, de si le reza a Yahveh, Alá, Jesús, o como yo, no le reza a nadie.

Sin embargo, no escribo esto para caerle encima a quien ha decidido ponerse a un lado u otro del conflicto, escribo esto porque no soporto más la incoherencia y la hipocresía de esos venezolanos que la semana pasada tuvieron el tupé de salir a la calle a exigirle al mundo que cesen los ataques contra el pueblo palestino, pero se metieron la lengua en el fondo de sus bolsillos cuando el régimen de Maduro respaldó a su amigote Bashar al-Assad, el señor ese que también mata niños que juega garrote y le da con todo a los palestinos en Siria. ¿Qué pasa, acaso esos palestinos son de goma? ¿Es que los palestinos duelen solamente cuando son víctimas de quienes no son panitas del que manda en la tierra del ultrajado Simón? ¿Cómo es la vaina entonces? El pueblo palestino es oprimido pero si lo hace uno que nos cae bien, no importa. Esa es la filosofía de los hipócritas venezolanos que piden para los demás lo que no piden para su propia gente.

¿Cuándo salieron los militantes o dirigentes del PSUV a la calle para exigirle a Hugo Rafael que le pusiera un parao’ a la delincuencia que revienta las morgues venezolanas cada fin de semana? ¿Cuándo le han pedido a Nicolás que acabe con el hampa? Si lo han hecho, me pregunto si fue antes o después de la fiesta con orquesta y todo ofrecida en Miraflores para los “círculos de la paz”, la paz que llega pistola en mano, claro. ¿Cuándo el Gobierno Bolivariano se ha tomado el trabajo de pedirle a su embajador que, como país miembro del Consejo de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas, Venezuela gestione la celebración de una sesión especial de este órgano, con carácter de urgencia para tratar la grave, masiva y sistemática violación de los derechos humanos de la población venezolana? ¿Lo hicieron con los sirios?

Me parece respetable que defiendan lo que mejor les parezca, pero tengan la decencia de ser COHERENTES. No se den golpes de pecho contra Israel mientras le pelan el diente a Al-Assad, no se rasguen las vestiduras por las muertes injustas generadas por misiles como si los baleados cada día en nuestras calles no valieran nada. No me vengan con solidaridad con los palestinos sólo cuando les conviene. Tengan la decencia defender causas justas de verdad, y no de convertirlas en tales a golpe de veleta. Si están con los palestinos ya están tardando en montar la protesta correspondiente contra Siria.

En definitiva, nadie va a tomarse en serio la solidaridad de un país que no se ocupa de quienes día a día padecen grandes desgracias producto de la irresponsabilidad y desidia de sus gobernantes. Poner el nombre de Venezuela en una protesta contra “la opresión en Palestina” no los va a convertir en humanistas ni mucho menos, simplemente va a demostrar lo soberanamente hipócritas que son. Adelante, enróllense el pañuelito al cuello, salgan a protestar por los bombardeos en Gaza, les garantizo que un misil no les va a caer. Y aunque espero que no pasen a formar parte de los 25000 muertos de este año (ni de los próximos) no les puedo garantizar que se salven del plomazo de un malandro. Cada veinte minutos gira la ruleta, y en Venezuela todos salimos de casa sabiendo que con el hampa al igual que con el Kino  “hoy te puede tocar a ti”.

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Querida Beatriz Montañez:

Debo decir que a mi edad pocas cosas me sorprenden, pero eso no significa que me agraden. Desde que te vi hace años en El Intermedio me pareció que eras una mujer inteligente, cosa que valoro mucho más porque no soporto a los que creen que con ser guapa es suficiente.

Cuando Pablo Iglesias dijo que iba al programa en el que ahora estás, le dije que yo lo había visto una vez y que se amarrara los pantalones. Nunca supe qué pasó, no lo vi pero espero que la entrevista fuera más allá de las tonterías que salvo contadas excepciones caracterizan a esa cadena que de no ser por el puntico en relieve para guiarme en la oscuridad, ya habría desaparecido del mando de mi televisor.

Esta mañana una amiga y periodista venezolana colgó el momento en que el SEÑOR Bertín Osborne hizo gala  de su condición de “venezolano de corazón”, de sentido común y de un gran respeto por los que pasamos o tenemos una familia que padece esa democracia que desconoces y que por desgracia no supiste defender, pues a medida que hablabas caías en eso que los venezolanos llamamos “un arroz con mango” que ni tú misma entendías. La insistencia sin mayores datos hizo mucho por dejar en evidencia tu defensa, situación que los venezolanos definimos con una maravillosa frase: “no aclares que oscureces”.

Obviamente eres libre de defender a quien mejor te parezca, y me extraña que desperdiciaras la oportunidad de averiguar con Bertín Osborne, incluso con Pedro Zerolo – ese programa sí lo vi – sobre la verdadera situación de la democracia venezolana.

En esa democracia hay estudiantes encarcelados en retenes que hacen parecer parques infantiles a los de “Encarcelados”, y no están allí por delinquir sino por protestar. Hay periodistas perseguidos, programas de televisión cancelados por presiones del gobierno (pregúntale al presentador Luis Chataing –el afectado más reciente–) o que no han sido emitidos por la autocensura de las cadenas privadas que quedan. En esa democracia ejemplar nuestras madres tienen que hacer horas de cola para comprar comida, peregrinar por supermercados porque donde hay aceite no hay harina, y donde hay harina no hay pollo. En esa democracia admirable este fin de semana entraron a un quirófano y mataron a dos personas. Sí, a un quirófano querida Beatriz.

Yo no te voy a pedir como Bertín Osborne que vayas a Venezuela, porque para eso tendría que pedirte que contrates a un escolta para que no te maten al llegar como hace poco ocurrió a un alemán que llevaba menos de doce horas en Caracas y al que un charco de sangre lo bañaba bajo el cartel de “BIENVENIDOS” en uno de los mejores hoteles de la ciudad.  No vas a ver demasiado porque para saber lo que pasa en Venezuela hace falta mucho más que moverse bajo la obligatoria seguridad que te proporcionaría tu cadena si te mandara a vivir la experiencia.  Tampoco te voy a pedir que vayas porque tendrías que llevarte en la maleta toallitas o papel sanitario porque es posible que el hotel te lo racione porque no hay, también tendrías que llevarte un par de velas para cuando se vaya la luz, y a lo mejor un garrafón de agua por si acaso se va justo cuando te estés lavando tu maravilloso pelo.

En la maleta además tendrías que meter un montón de medicinas como hacemos todos los que vamos porque hace tiempo de este lado del charco hay redes de recolección de medicamentos para ayudar a diabéticos, embarazadas, enfermos de cáncer y un largo etcétera de pacientes que en la farmacia lo único que encuentran es el cartelito de “NO HAY”.  A lo mejor incluso tendrías que hacer espacio por si alguien te pide el favor de llevarle pañales a algún familiar con niños pequeños.

Conozco a Pablo Iglesias y a más gente de su partido, en Venezuela también los conocen y te aseguro que no hace falta que ofrezcas mil euros para encontrar declaraciones. Tira de amigos en los medios, consulta youtube, podrás hacerte un collar con tantas perlas. Es más, los mil euros no los quiero, puedes usarlos comprando aquí harina de maíz, pañales, leche, medicinas, jabón, toallas sanitarias y los mandas a Venezuela a ver si le alegras el día a uno de esos malagradecidos a los que no les basta la patria para llenarse la barriga o darse una ducha.

Sigo  pensando que eres una mujer inteligente, y como tal supongo que después del programa te habrás tomado la molestia de averiguar si es verdad lo que dijo Bertín en su estilo y quedándose corto porque a pesar de su evidente enfado y de que tampoco debió gritar, no iba con ganas de pelear.

Una cosa más, otro día no te lo tomes tan a pecho. No grites, no te vuelvas loca, no pierdas los papeles, porque más allá de tu absurda e indocumentada defensa lo más absurdo fue tu reacción. Querida Beatriz, los que hemos pegado carreras para poder hacer mercado (la compra) los que hemos tenido una 9mm en la sien, los que hemos perdido a familiares y amigos a manos del hampa, los que hemos sido matraqueados por malandros con o sin uniforme, los que tenemos amigos presos, los que hemos recorrido decenas de cajeros para reunir el rescate de un secuestro exprés, los que hemos tenido que abandonar a nuestras familias, los que no tenemos espacio en los medios de comunicación públicos – y vemos censurados los privados– los que elegimos alcaldes que el régimen encarcela y destituye porque sí, en fin, los que llevamos quince años en este calvario padeciendo las maravillas de la democracia de la que hablas somos nosotros, no tú. No te enerves, aprende de Pablo.

Ojalá se acabe pronto ese régimen tan democrático en el que no podrías darte el lujo de despotricar en contra como – con razones de sobra –  siguen haciendo tus ex compañeros, para que cuando recuperemos nuestro país y nuestra libertad puedas darte el lujo de ir a Venezuela y conocer las maravillas que ahora yacen bajo la miseria que nos inunda y la sangre que no para de derramarse. Ese día los mil euros los pondré yo para que te pegues unas mini vacaciones sin miedo a no sobrevivir para contarlo.

Tal vez debería disculparme por no escribirle una carta a Bertín Osborne, pero prefiero encontrármelo un día para darle las gracias… Sólo espero que no sea en la cola para comprar leche.

http://www.telecinco.es/hableconellasentelecinco/programas/t01xp13/Bertin_Osborne-_Beatriz_Montanez_2_1820730021.html

Video: Telecinco

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Cambio de nombre

 

Venezuela hace quince años pasó de ser el morrocoy de la IV República al que el cachicamo de la propaganda, lo accesorio y lo innecesario llamaba “conchúo”, a un reino con heredero, todos los lujos que los petrodólares pueden comprar, y una corte llena de bufones que en lugar de risa dan ganas de llorar.

Este país sometido al régimen de los mediocres se ha convertido en una especie de gran Registro Civil donde cambiar el nombre de las cosas – mientras más ridículo, mejor – parece ser lo más importante para presumir de lo que se carece.

Pasamos de República de Venezuela a República Bolivariana de Venezuela, como si eso nos hiciera más bolivarianos. Nos clavaron una estrella más en la bandera porque parece que nos hacía más venezolanos. Pusieron al caballo de nuestro escudo a correr para otro lado, el pobre iba hacia adelante y lo voltearon en dirección al  barranco. De tener Bolívar pasamos al Bolívar Fuerte, una moneda que de fuerte sólo tiene el mamonazo que se metió con tanta devaluación. Los Ministerios se multiplicaron y se convirtieron en Ministerios del Poder Popular del blablablá. Se preguntarán qué tienen de poder, pues el de robar ¿y de popular? que es una práctica normal. Al Ávila le pusieron un nombre que ni ellos mismos saben pronunciar, como si llamándose Waraira Repano íbamos a quererlo más.

Los reclusos de las cárceles donde se montan fiestas sólo comparables con las del Palacio de Miraflores – especialmente por la calaña de los invitados – pasaron a llamarse “privados de libertad”, como si eso los salvara del hacinamiento o de las carnicerías entre PRANES y les proporcionara dignidad o por lo menos las tres comidas diarias.

Los programas sociales pasaron a llamarse “Misiones” aunque podrían haberlos llamado “CoMisiones” por todo lo que se desaparece antes de llegar a sus destinatarios.

A las protestas las llaman golpismo. A los golpes de Estado que perpetraron ellos los llaman fiestas nacionales. A los asesinos les llaman “colectivos de paz”. A los opositores, terroristas o magnicidas. A la ineptitud, conspiración. Al robo, expropiación. A la represión, orden. A la tortura, trato excesivo. Al gas verde, gas del bueno. A las órdenes para asesinar, ataques fulminantes. A la violación de la Constitución imponiéndonos un presidente lo llaman “última voluntad”. A un parapeto, auditoría.

La persecución ahora se llama justicia. Los chulos, países amigos. A nuestros negros de toda la vida los llaman afrodescendientes, como si para tratarnos entre hermanos tuviéramos que sacar el ADN de nuestros tatarabuelos. Al engaño mayor, Comandante Supremo. A la violencia, sensación. A la disidencia, ataque. A la libertad de expresión, manipulación o matriz de opinión. A la mentira no le han encontrado nombre – especialmente cuando queda al descubierto –. A la escasez, acaparamiento. A la devaluación, SICAD I, II, III y los que hagan falta. A la falta de mantenimiento de las infraestructuras, sabotaje. A la desgracia, show. A los que salen de sus filas y cuentan cómo se reparten el botín, traidores. A la jaladera de mecate, periodismo. Al descaro sin precedentes lo llaman Consejo Nacional Electoral. A la manipulación la llaman Cadena Nacional de Radio y Televisión.  A la habladera de gamelote, trabajar. A las guerras internas las llaman reestructuración de gobierno.

A la corrupción e ineptitud que pudren nuestras instituciones la llaman revolución bolivariana, como si involucrar al pobre Simón los librara de toda sospecha. Asfixiar a la empresa privada tiene el nombre de ofensiva económica. A la regaladera la llaman solidaridad. A los injustificablemente inútiles los llaman Viceministros.  A los que no son capaces de ganar elecciones los nombran Jefes de Gobierno. A las Fuerzas Armadas, Fuerza Armada Nacional Bolivariana, a la Guardia Nacional, Guardia Nacional Bolivariana ¿Para qué? Para que suene más patriótico lamerle las botas al régimen y matar al pueblo  – su nueva misión –.  Al Estado Mérida (ese de los simpáticos muchachitos andinos) ahora lo van llamar Estado Bolivariano de Mérida, como si cambiándole el nombre consiguieran cambiar el carácter de los gochos.

Con la cantidad de muertos que tenemos cada día, me pregunto qué espera el régimen para llamar a nuestras morgues algo como “Llegadero de las Víctimas de la Revolución Bolivariana” o “Depósito de Cadáveres Comandante Supremo Hugo Chávez”. Y pintarlas de rojo (ya saben, el clásico despliegue de ordinariez) ponerles banderas de ocho estrellas, o decorarlas con ojitos de esos que abundan en las calles de Caracas. O de pronto ponerles un mural del corazón del pueblo tan grande como el dolor de las madres que recogen allí los restos de sus hijos. También podrían instalar cámaras de VTV para que transmitan durante las 24 horas lo que allí ocurre y asignarle su respectivo intérprete en lenguaje de signos para que nadie se quede sin saber cómo se desgarran los familiares que no consiguen urnas en las funerarias,  o lo que es peor, que ni siquiera tienen con qué pagar un entierro.  Estoy convencida de que las morgues de este país son las únicas que merecen que se les ponga en letras gigantes el nombre del principal responsable de esta mortandad. Y como el cinismo y el ego de este régimen malandro es tan grande, seguro que hasta se toman la molestia de hacer una inauguración a ritmo de salsa (el réquiem que le gusta dedicarnos).

A los que hacemos cola para comprar comida o ser atendidos en un hospital, a los que mendigamos en las redes sociales para conseguir medicinas, esperamos horas para ver si nos despachan una bombona de gas, nos quedamos sin agua o si nos llega no podemos beberla porque la que corre por nuestras cloacas parece más limpia y huele menos feo. A los que nos movemos con mil ojos esperando que nuestra mirada no tropiece con el cañón de un arma de fuego, mentamos madres cada vez que se va la luz, perdimos a un ser querido a manos de la violencia, o hemos visto a nuestras familias y amigos desparramarse por el mundo.  Sí, a nosotros que antes nos llamábamos y nos llamaban venezolanos, en el mundo también nos cambiaron el nombre. Nos llaman PENDEJOS por habernos dejado montar la pata. Y a juzgar por el camino que llevamos, aunque muchos nos resistimos parece que otros tantos ya se acostumbraron.

Yo por si acaso dejo aquí escrito que me llamo Yedzenia, no vaya a ser que en medio de una patada de ahogado (de las que cada vez son más frecuentes) un día por decreto todas tengamos que llamarnos Rosinés.

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El primer amor

 

Tienen razón quienes dicen que nunca se olvida. El primer amor se queda con nosotros para siempre como la sensación de libertad que nos llenó de risas cuando volamos nuestro primer papagayo, saltamos enormes charcos en una tarde de lluvia, o lo invencibles que nos creímos cuando nos quitaron las rueditas traseras de la bicicleta.

El rubor del primer beso, el sudor en las manos que tímidas se entrelazaban, las mariposas en el estómago, las horas frente al espejo creando un peinado que nos hiciera sentir más guapos, el envoltorio de chocolate compartido guardado como el mayor de los tesoros, los corazones con iniciales decorando los apuntes de clase, las canciones que parecían estar escritas pensando en esa historia, la delicadeza en cada gesto, la ternura concentrada en una mirada y el corazón latiendo al ritmo de un caballo desbocado. Eso es el primer amor.

El nombre que muchos mantuvieron en secreto para luego ponérselo a sus hijos, la ingenuidad del “para siempre” del “nunca te dejaré” y por supuesto del “eres el amor de mi vida”. Eso es lo que nos ofrecían en los años del todo o nada y del “sin ti me muero” el divino tesoro de la juventud y la inexperiencia del maravilloso mundo que se abría intempestivamente ante nuestros ojos  llenos de una inexplicable felicidad.

Ese recuerdo que yace en algún rincón de nuestra memoria junto con otras joyas que no escogimos al azar es el que tendrán Martina y Michael, una pareja de noviecitos que con catorce años le desempolvan el primer amor al más promiscuo de los donjuanes y a la más ácida de las feministas.

Martina es una niña bellísima con una gracia innata que brilla en esa mirada rodeada de sus primeros experimentos con el maquillaje. Su sonrisa permanente y su dulce voz llenan de alegría a quien la rodea. Tiene una pasión – la gimnasia – con la que acumula medallas, al verla ejecutar cualquier rutina a la orilla de la playa pienso que poco tiene que envidiarle a Nadia Comaneci.

Michael es guapo, muy guapo, un buen chico que pasa por esa etapa en la que gusta parecer malo, juguetea con el humo de algún cigarrillo sin saber que este es el mejor momento para dejarlos en la caja. Se rebela contra el mundo – ¿Si no lo hace a esa edad, cuándo entonces? – pero la verdad es que es un muchachito enamorado que respira sólo al ver a su novia pestañear.

A Martina su mamá no la deja abrirse una cuenta de Facebook, así que como casi todas las niñas de su edad tiene un perfil en Instagram donde a punta de fotos va dejando testimonio de su primera historia de amor.

Hace un par de días que Martina no sube ninguna foto, ahora se encuentra hospitalizada, grave, llena de magulladuras y con su rostro aún precioso en medio de tantos puntos, vendajes, morados e hinchazón. Iba en bicicleta cuando fue embestida de forma violenta y accidental por un auto que la condenó a un verano largo y pesado. Pasa los días sedada para combatir los dolores y casi no se da cuenta de lo que ocurre a su alrededor. Y lo que ocurre es que quienes la conocemos además de sentirnos afortunados por seguir teniéndola entre nosotros y muy optimistas en cuanto a su total recuperación, estamos conmovidos por la fortaleza de ese muchachito que pasa día y noche en una sillita pegado a su cama como si no existiera nadie más en el mundo, como si nada más importara, como si no hubiera un mañana.

Cuando tengan mi edad probablemente ya no sepan nada el uno del otro, sus vidas habrán tomado caminos diferentes y los cientos de fotos que han ido acumulando contarán esta historia casi mejor que ellos mismos. Pero hay algo que trasciende las modas, el tiempo y el espacio, es sencillamente la belleza infinita del amor que en un gesto dulce y desinteresado enseña los adultos eso de lo que erróneamente se desprenden con los años para terminar rememorando en alguna tarde de nostalgia lo que ya no saben expresar.

A Martina…

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¿Y mañana? ¡Ay mañana!

Cuánto han cambiado las cosas desde que Naranjito se coló en nuestros televisores. Allá en el lejano 1982 la Venezuela Saudita iba por el mundo derrochando petrodólares y comprando todo de a pares porque el “ta’ barato dame dos” era casi tan común como dar los buenos días.

Las bolas de Torondoy casi se iban rodando desde Margarita a las neveras de una clase media que daba envidia. Los vuelos privados hacían largas esperas para aterrizar en La Carlota, nuestras misses dejaban boquiabiertos al resto de los mortales alrededor del mundo donde también se estaban formando las mentes más brillantes del país gracias a unas becas que cambiaron la vida a muchos.

No teníamos grandes problemas, había pobreza pero irse caminando a pegar el tercer turno en una fábrica no era buscar la muerte a manos de un atracador. Por las tardecitas todo el mundo se sentaba en el porche con la puerta abierta para que el vecino que quisiera entrar a saludar lo hiciera con solo un empujoncito. Los supermercados estaban llenos de productos de todas las marcas, casi todas nacionales porque lo que se consumía era HECHO EN VENEZUELA aunque tuviera marca extranjera. Nabisco La Favorita, Kraft, Alfonzo Rivas y Cía, Empresas Polar, Aceite Diana, Uniroyal, Rayovac, Heinz, Johnson & Jonhson, Vidriolux, Cerámicas Carabobo, Divenca, Champion, Monaca, Tío Rico, Firestone, Sherwin-Williams, General Motors, Chrysler, Ford Motors, Colgate-Palmolive, Jugos Frica,  y un etcétera tan largo como las caras de todos esos trabajadores que vía control de cambio o expropiación se quedaron en la calle.

Los niños jugábamos en las aceras, podíamos ir solos a la cancha a intentar encestar la pelota, cerrar la calle para jugar chapitas o futbolito, incluso ir a la bodega y con un real llenarnos las manos de chucherías. Los funerales eran debido a una muerte natural, así, como debe ser… Las telenovelas se producían como churros, la televisión no tenía espacio para la mediocridad, nos mostraba las dos caras de la realidad y no había fuerza capaz de silenciar a un periodista.

Parece que hablo del paraíso, y en cierta forma lo era. Venezuela era el país con la alfombra de “BIENVENIDO” siempre limpiecita para recibir a todo el que quisiera vivir en ella, porque lo único que estaba claro es que de allí nadie se iba nunca.

Llegaba España 82 con sus jugadores de pantaloncitos tan cortos que parecerían los del hermanito menor de cualquiera de los actuales, era un evento excepcional – especialmente en un país casi completamente beisbolero – . La emoción era especial porque todos aquellos gallegos que en busca de la libertad y el progreso abandonaron su tierra, por primera vez veían aunque fuera a través de un estadio todo lo que habían dejado atrás. Y ellos, nuestros queridos gallegos y nuestros queridos italianos nos metieron el fútbol en la sangre aunque al principio no le hiciéramos demasiado caso o lo viéramos con una gorra de béisbol puesta.

Naranjito se quedó en mi memoria en forma de esa calcomanía pegada en la puerta de la habitación de mi tío y que llegó casi entera pero marchita a Francia 98, igual que la Venezuela que ese año veía su último mundial navegando en el mar de la ignorancia sobre lo que le esperaba.

¡Qué angustia, qué nervios, qué desesperación! Eso es lo que siento hoy cuando a pesar de la inseguridad, la ruina, la miseria, la corrupción, la violencia, la mordaza, la persecución y la hipocresía, esta tarde el Campeonato Mundial de Fútbol anestesie por un mes a la mayoría de los venezolanos que por indiferencia, comodidad, incluso por “higiene mental” se amontonarán frente a sus televisores para ver a veinte locos corriendo detrás de una pelota, para reír, pelear con el entrenador, despotricar contra el árbitro y convertirse en expertos en chutes, dribles, chilenas, faltas, penales y estadísticas, en lugar de invertir toda esa energía, toda esa pasión en sacarle tarjeta roja al régimen que nos  está goleando en un partido que jugamos en casa con un campo minado de trampas, un árbitro comprado, jueces de línea ciegos, y lo peor, tanto ruido por parte del público pagado para vernos abandonar que hace parecer que hasta nos hemos quedado sin entrenador.

Venezuela juega bonito lo que le pongan, desde tenis hasta metras, y es triste que el partido del tirano tenga tanto tiempo de descuento para que pueda seguir matando y guisando mientras seguimos embobados un mundial que se irá como los otros y del que no volveremos a hablar hasta dentro de cuatro años.

Sólo espero que no se les vaya la luz antes del pitazo final.  Si no se les va, tranquilos, ya lo hará el día anterior, o peor, el siguiente cuando la realidad los despierte de la anestesia…

Eso sí, esa mañana no se quejen y como diría El Terror del Llano: agarren ese trompo en la uña…

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