Día 22: Nuestra terraza

Venezuela en este momento es lo más parecido a la planta de salidas de cualquier aeropuerto, pero no al de cualquier ciudad, sino al de una zona de guerra. Se va todo el que puede. Las desgarradoras despedidas se multiplican a diario y cada vez las maletas se van más vacías porque muchos venden hasta la ropa a fin de reunir un poquito más de dinero que les acompañe a su nuevo destino. La sensación del que se va ahora es muy diferente a la del que lo hizo hace diez o veinte años. Antes se iba quien quería, adonde quería y de la mejor manera,  ahora se va el que puede, adonde puede y como puede.

Los viajes en autobús de Caracas a Santiago de Chile pasaron de ser una aventura de locos a una necesidad de cuerdos. Los pasajes en avión son demasiado caros para el poder adquisitivo de los emigrantes y ya no hay mucho donde escoger, pues Maiquetía está más cerca de ser un cementerio abandonado que del principal aeropuerto de este pobre país rico.

El tiempo ha sido implacable y no me ha permitido ver al primer emigrante del 2018 sino hasta pocas horas antes de su partida. El primer emigrante del 2018 no lo es por ser el  primero en recibir un sello de salida de este país, sino porque de los pocos amigos que me quedan aquí, él es quien inaugura las despedidas de este año.

En Venezuela organizarse no significa hacer planes, sino tener la habilidad de adaptarse a las circunstancias para cumplir la mayor cantidad de compromisos posibles. A lo largo de una jornada hay que recalcular la ruta a cada rato y, lastimosamente, no siempre se puede hacer otra cosa que aplazar asuntos importantes.

Cuando comenzaba a caer la noche me dieron la cola para la casa de mi amigo, el usufructuario de la azotea con una de las mejores vistas de la ciudad. En medio de una ola de emociones tuvimos que adecuarnos al momento, lo cual por lo menos a mí me sirvió para concentrarme en resolver pendientes que impedían el paso a lágrimas de adiós. Mi paciente y gran amigo tuvo la generosidad de conformarse con un rato en el que mi aporte a su viaje fue lo que mejor se me da: hacer las maletas.

En menos de una hora embalé veintitrés kilos de zapatos, camisas y parte de su vida en una, mientras que en otra sus pantalones custodiaban las botellas de ron necesarias para combatir la nostalgia cada vez que el frío del fin del mundo afecte su fascinante espíritu tropical. Casi no hablamos, yo daba órdenes que él obedecía sin rechistar sabiendo que si terminábamos rápido podríamos subir a ese lugar donde hemos sido tan felices. Mientras él se movía por casa como gallina sin cabeza para acercarme todo lo que le pedía, yo sudaba como si estuviera corriendo en el gimnasio. ¡Lo conseguimos! Todo estaba embalado y podíamos subir tranquilos a la que llamamos terraza.

Hablamos demasiado poco para lo que nos habría gustado. Como siempre, dejamos cuentos mochos que algún día retomaremos. Yo miraba alrededor la espléndida ciudad que me vio nacer y trataba de decirle que me sigue pareciendo la más bonita del mundo aunque luzca sucia y maltratada. Nos abrazamos diciéndonos cosas bonitas, pero no demasiado (para soslayar la tristeza), al tiempo que pasaba por mi cabeza un tráiler de las noches que compartimos comida china, nos reímos, vimos películas y aviones hasta quedarnos dormidos bajo las estrellas que nos custodiaban.

Dice que volverá, pero yo no le creo. Algún día nos veremos de nuevo, de eso sí estoy segura. Y me gustaría mucho que fuera en esa terraza que nunca disfrutarán los vecinos envidiosos incapaces de entender el significado de la amistad más allá de las fronteras, más allá del tiempo y de los silencios. Algún día volveremos a estar todos juntos y celebraremos viendo las luces de nuestra querida Valencia. Algún día.

Buen viaje, mi Ch.

Foto:

Gaínza

Yedzenia Gainza

http://www.yedzeniagainza.com

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