¿Y mañana? ¡Ay mañana!

Cuánto han cambiado las cosas desde que Naranjito se coló en nuestros televisores. Allá en el lejano 1982 la Venezuela Saudita iba por el mundo derrochando petrodólares y comprando todo de a pares porque el “ta’ barato dame dos” era casi tan común como dar los buenos días.

Las bolas de Torondoy casi se iban rodando desde Margarita a las neveras de una clase media que daba envidia. Los vuelos privados hacían largas esperas para aterrizar en La Carlota, nuestras misses dejaban boquiabiertos al resto de los mortales alrededor del mundo donde también se estaban formando las mentes más brillantes del país gracias a unas becas que cambiaron la vida a muchos.

No teníamos grandes problemas, había pobreza pero irse caminando a pegar el tercer turno en una fábrica no era buscar la muerte a manos de un atracador. Por las tardecitas todo el mundo se sentaba en el porche con la puerta abierta para que el vecino que quisiera entrar a saludar lo hiciera con solo un empujoncito. Los supermercados estaban llenos de productos de todas las marcas, casi todas nacionales porque lo que se consumía era HECHO EN VENEZUELA aunque tuviera marca extranjera. Nabisco La Favorita, Kraft, Alfonzo Rivas y Cía, Empresas Polar, Aceite Diana, Uniroyal, Rayovac, Heinz, Johnson & Jonhson, Vidriolux, Cerámicas Carabobo, Divenca, Champion, Monaca, Tío Rico, Firestone, Sherwin-Williams, General Motors, Chrysler, Ford Motors, Colgate-Palmolive, Jugos Frica,  y un etcétera tan largo como las caras de todos esos trabajadores que vía control de cambio o expropiación se quedaron en la calle.

Los niños jugábamos en las aceras, podíamos ir solos a la cancha a intentar encestar la pelota, cerrar la calle para jugar chapitas o futbolito, incluso ir a la bodega y con un real llenarnos las manos de chucherías. Los funerales eran debido a una muerte natural, así, como debe ser… Las telenovelas se producían como churros, la televisión no tenía espacio para la mediocridad, nos mostraba las dos caras de la realidad y no había fuerza capaz de silenciar a un periodista.

Parece que hablo del paraíso, y en cierta forma lo era. Venezuela era el país con la alfombra de “BIENVENIDO” siempre limpiecita para recibir a todo el que quisiera vivir en ella, porque lo único que estaba claro es que de allí nadie se iba nunca.

Llegaba España 82 con sus jugadores de pantaloncitos tan cortos que parecerían los del hermanito menor de cualquiera de los actuales, era un evento excepcional – especialmente en un país casi completamente beisbolero – . La emoción era especial porque todos aquellos gallegos que en busca de la libertad y el progreso abandonaron su tierra, por primera vez veían aunque fuera a través de un estadio todo lo que habían dejado atrás. Y ellos, nuestros queridos gallegos y nuestros queridos italianos nos metieron el fútbol en la sangre aunque al principio no le hiciéramos demasiado caso o lo viéramos con una gorra de béisbol puesta.

Naranjito se quedó en mi memoria en forma de esa calcomanía pegada en la puerta de la habitación de mi tío y que llegó casi entera pero marchita a Francia 98, igual que la Venezuela que ese año veía su último mundial navegando en el mar de la ignorancia sobre lo que le esperaba.

¡Qué angustia, qué nervios, qué desesperación! Eso es lo que siento hoy cuando a pesar de la inseguridad, la ruina, la miseria, la corrupción, la violencia, la mordaza, la persecución y la hipocresía, esta tarde el Campeonato Mundial de Fútbol anestesie por un mes a la mayoría de los venezolanos que por indiferencia, comodidad, incluso por “higiene mental” se amontonarán frente a sus televisores para ver a veinte locos corriendo detrás de una pelota, para reír, pelear con el entrenador, despotricar contra el árbitro y convertirse en expertos en chutes, dribles, chilenas, faltas, penales y estadísticas, en lugar de invertir toda esa energía, toda esa pasión en sacarle tarjeta roja al régimen que nos  está goleando en un partido que jugamos en casa con un campo minado de trampas, un árbitro comprado, jueces de línea ciegos, y lo peor, tanto ruido por parte del público pagado para vernos abandonar que hace parecer que hasta nos hemos quedado sin entrenador.

Venezuela juega bonito lo que le pongan, desde tenis hasta metras, y es triste que el partido del tirano tenga tanto tiempo de descuento para que pueda seguir matando y guisando mientras seguimos embobados un mundial que se irá como los otros y del que no volveremos a hablar hasta dentro de cuatro años.

Sólo espero que no se les vaya la luz antes del pitazo final.  Si no se les va, tranquilos, ya lo hará el día anterior, o peor, el siguiente cuando la realidad los despierte de la anestesia…

Eso sí, esa mañana no se quejen y como diría El Terror del Llano: agarren ese trompo en la uña…

Yedzenia Gainza

http://www.yedzeniagainza.com

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