8 de julio, 2015
Volverá
Llevaba días callado, taciturno, hasta alguna lágrima se le había escapado en la soledad de la carretera.
Había llegado a ese punto de su vida que soñó de pie en el autobús que tomaba todos los días para ir a trabajar. Quería una casa grande, bonita, con un patio donde hacer parrillas para festejar cada cumpleaños de sus nietos. Quería viajar con sus hijos, ver un partido de fútbol saboreando un escocés en las rocas. Quería envejecer viendo crecer a su familia, compartir las navidades en una mesa donde no faltara nada ni nadie. Y lo había conseguido, podía sentirse orgulloso de su trayectoria profesional, del trabajo duro del que cosechaba los frutos, y por supuesto, de los adultos de provecho que lo hacían sentir un buen padre.
Había enseñado su oficio a mucha gente que a lo largo de estos años había cruzado las fronteras. Lo lamentaba, alguna vez intentó ponerse en los zapatos de los padres de esos muchachos, pero nunca imaginó que algún día él sentiría ese nudo en la garganta. Ni una sola de las miles de noches en las que le dio un beso antes de dormir pudo sospechar que un día esa habitación se quedaría vacía porque su hijo, cansado de la situación del país se iría lejos, muy lejos… Nueva Zelanda, un país donde no hay Panelas de San Joaquín.
Ver partir a su hijo fue especialmente doloroso. Sintió cómo sin la más mínima dosis de anestesia le arrancaban un pedazo de vida. Así que se refugió en el silencio de los recuerdos, y en la esperanza de que allá tan lejos su mayor preocupación ya no sería que la violencia del socialismo del siglo XXI diera un balazo a los sueños de su muchacho. Cambiaba la angustia por el deseo de que todo saliera bien y la joven criatura llena de proyectos triunfara sintiendo la menor nostalgia y soledad posibles. Experimentaba un alivio agridulce, pero alivio al fin.
Fue entonces cuando encontró una vieja carta de alguien que se había ido, en ella además de explicar un poco lo que siente el que se va, también encontró consejos para el que se queda:
“Es normal que duela tanto, nadie imaginó un futuro así para su familia. Es muy duro para el que se queda, pero para el que se va dejándolo todo sin saber muy bien lo que le espera, es peor. Por favor, intenta no agobiarle con llamadas y mensajes, ten paciencia. De vez en cuando pregúntale cómo va todo. No indagues sobre si ya tiene casa o trabajo, pues si tiene algún problema sentirá una presión que no le ayudará a resolverlo.
Llámale de repente alguna vez, es posible que tu voz sea todo lo que necesite para no abortar la misión. Agudiza tus sentidos e intenta captar cuando sienta tristeza, la disimulará aunque estalle a llorar al colgar el teléfono. Si notas algo raro, intenta saber lo que le pasa, pero sin asfixiarle.
Si un día te llama, deja lo que sea que estés haciendo y dedícale tiempo. Lo más seguro es que te cuente alguna tontería para reírse contigo… Ese día sabrás que le azota la melancolía.
Le irá muy bien, y si no fuera así sabe que siempre podrá volver a casa donde nadie le culpará por haberlo intentado. La gente que te quiere no te juzga. Ten la certeza de que hará todo lo posible por reaparecer en Navidad, aunque el primer año lo mejor es que aguante, si no, partir de nuevo será más traumático que la primera vez.
Te servirá de consuelo saber que este es el momento en el que se valoran a los padres más que nunca. Sentirá de verdad cuánto te quiere, revivirá cada travesura que haya hecho en su infancia. Se arrepentirá de cada gesto desagradable que queriéndolo o no todos los hijos alguna vez hemos tenido. Se dará cuenta aún más de quién eres y de todo lo que has hecho por su bienestar.
Madurará casi tan rápido como un mango, te sorprenderás. Y a partir de entonces tendrás aún más hijo, y para rato. Verás cómo se convierte en un ser mucho más comprensivo, mucho más respetuoso, mucho más dispuesto a ser cada día el mejor hijo del mundo. No porque no lo fuera ya, sino porque esta experiencia hace que cada uno descubra cosas que ignoraba sobre sí mismo, sus sentimientos, aptitudes y actitudes. Los trancazos siempre sirven para aflojar toda la piedra que oculta lo que la cotidianidad esconde.
No estés triste, en este nuevo camino que va a recorrer irá como cuando lo dejabas ir solo con el papagayo. Pondrá en práctica todo lo que le enseñaste para volarlo, y si se le enreda o una ráfaga de viento se lo tira al suelo, intentará solucionarlo solo. Si necesita ayuda te la pedirá, no lo dudes.
Esto no es lo que soñaste, esto no es lo que nadie soñó, pero es lo mejor. Piensa que tardará menos en regresar de lo que están tardando los que partieron antes. Queda poco, este desastre que ha ido despoblando el país ya no tiene patas para sostenerse ni barriga para arrastrarse.
Volverá y tus ojos estarán allí para verlo. Tu hijo volverá mucho más grande y eso sí que será como lo soñaste.”
A todos esos nudos en la garganta que yacen entre los colores del Aeropuerto de Maiquetía.
Foto: lifanovsky.com