4 de febrero, 2014
Ese señor…
Que nos quieren presentar como un héroe inmortal, un santo que sigue nuestros pasos y nos vigila, no era más que un asesino.
El 4 de febrero de 1992 amaneció de golpe porque un irresponsable con ansias de poder se creyó con derecho a llenar de sangre las calles de nuestro país y asaltar a nuestra democracia. Que me cayeran mal Carlos Andrés Pérez y su gobierno no rendía simpático ante mis ojos a ese degenerado vestido de verde que ni siquiera tuvo el coraje de asumir la total responsabilidad por los crímenes cometidos. Un indecente que aprovechó aquella “moribunda Constitución” a la que no le hizo ningún asco cuando recibió el maldito indulto que lo cobijó para llevar a cabo su macabro proyecto. Y que nadie me venga con cuentos, el Socialismo del siglo XXI no es más que un macabro proyecto, la comidilla del mundo y la nodriza infinita que da de mamar a cuanto indecente sea capaz de posar sonriente a cambio de un cheque en blanco.
Gracias a ese señor, muchos vimos por primera vez a humildes trabajadores llenos de balas yaciendo en un charco de sangre que recorría los pasillos de Venezolana de Televisión, el canal 8 cuando era de verdad el de todos los venezolanos y no el aparato propagandístico de un partido político y cuanto descerebrado aspira a un ministerio o lo que sea de donde pueda sacar “billete”.
El 4 de febrero es un día que debería llenar de vergüenza a todo el que participó y empuñó un arma contra vidas que parecen valer menos o peor aún, nada frente a las continuas reivindicaciones y exigencias de justicia contra “golpistas” que agredieron la “Mejor Constitución del mundo” y gente inocente que sigue en la cárcel pagando las consecuencias de una moralidad incompatible con el currículo de tanto enchufado “bolivariano”.
“El motolito supremo” deberíamos llamarlo por haber engañado a tanta gente. Un fracasado que lo único que logró durante sus años en el poder fue arruinar a uno de los países más ricos del mundo, saquear sus tesoros, dividir a su gente, sembrar el odio, aupar a la delincuencia, amenazar, perseguir y hasta encarcelar (saltándose las leyes más fundamentales) a todo el que no estuviera dispuesto a bajar la cabeza o aplaudirle como foca.
Ese señor no alcanzó sus objetivos el 4 de febrero de 1992, pero los que se propuso al hacerse con el poder los alcanzó toditos. Puso a su familia donde hay, se forró de oro, petróleo y dólares por los cuatro costados, enchufó a cuanto cómplice y mercenario le jaló mecate antes, durante y después (ya saben, eso de ser espléndido y agradecido cuando los reales son ajenos es un don muy “socialista”). Animó a cuanto vago estaba dispuesto a gritar “uh ah” durante unas horas a cambio de aguardiente y alguna limosna en lugar de ponerse a trabajar como los demás. Autorizó a la envidia a hacerse con el sacrificio ajeno, en lugar de enseñarle que para tener lo mismo que el vecino había que sudar la gota gorda y no metérsele en la casa mientras estaba trabajando. Corrió a las mentes más brillantes del país y de la empresa más competitiva del mundo para llenarla de mediocres sin preparación que han generado una desgracia detrás de otra. Desarmó a la policía y se hizo el loco con los malandros. Compró hasta la última conciencia en venta de las instituciones que lo siguen alabando después de muerto, obviamente porque siguen cobrando lo suyo, porque aquí lo de la lealtad al timador supremo se mide en base al cheque, alcaldía, viceministerio o cualquier premio de consolación que toque cuando la voluntad popular que queda no vota lo que se espera.
Ay paracaidista supremo, no te revuelques en la tumba, tranquilo chamo, lograste tus objetivos, vendiste a tu país, hundiste a su gente en la miseria, los pusiste a hacer colas por comida como en las hambrunas africanas, pusiste a tus hijos a recorrer el mundo y abanicarse con billetes, te pusiste los trapos que ni en tus mejores sueños te habrías imaginado, usaste relojes de marcas que ni siquiera sabías que existían. Sin ser mayordomo de nadie conociste la textura de una corbata de seda, viajaste más que un cometa, te adueñase de más terreno del que tus ojos podían alcanzar, pasaste coleto con la memoria de Bolívar y repartiste su espada a asesinos y violadores que lo que merecían era un machetazo. Te sentiste estrella del rock cuando no llegabas ni a mariachi de pacotilla, nos contaste tu vida y milagros como si nosotros no tuviéramos una, te hiciste el mártir sabiendo que eras un verdugo. Y como si fuera poco, dejaste a un sinvergüenza ignorante más descarado que tú para que le pusiera la guinda a tu tremenda torta.
Tengo que decir que lamento que ya no estés porque me has quitado la posibilidad de darme el gusto de verte sentado el banquillo de La Haya y cómo te pudrirías en la cárcel. Hoy tus adeptos masoquistas más pobres celebran en la misma miseria que antes pero con franela roja puesta y un afiche en la pared. Los enchufados celebran las seis cifras en dólares que tienen en el banco, los dinosaurios de Cuba brindan porque encontraron a uno más pendejo que cualquiera para lavarle el cerebro y cobrarle caro por ello. Y los demás, los decentes que por fin abrieron los ojos y los que nunca los cerramos nos quedamos callados porque este día huele a muerte, a la de los que han caído desde que apareciste por primera vez, a la de todo lo que hemos perdido, a la que ronda nuestro país agonizante. Ya celebraremos el día en el que sentados frente a un tribunal todos esos que hoy se ríen desde el poder escuchen su sentencia… Porque esta bajaíta apenas comienza, y allí vamos a verlos.
Feliz 4 de febrero… Por ahora…
¡ WOAO!. ¡Mi respeto y admiraciòn!. El don de la unicidad està implicito en cada gesto, en cada acciòn y en cada una de tus expresiones. No cesarè de decirtelo:¡ Eres genial!. ! Dios te cuide!
Felicidades. Deambulaba por twitter buscando belleza y un amigo me ha recomendado felicitarte. Curioso entro en tu blog y te leo y me gustan tus palabras llenas de fuerza. Felicidades no solo por haber nacido en un día como hoy, sino por tu belleza interior derramada en tus escritos, tu valentía por escribir lo que sientes entre tanta mediocridad. Tengo dudas cual es la peor herencia que dejó «Ese señor» si la sangre inocente derramada o haber sido el líder político más zafio de la historia. Ambas dejan huellas en la sociedad que tardarán generaciones en limpiarse. También debiera ser delito contra la humanidad contaminar a millones de congéneres de zafiedad. Tus bellos pensamientos y sentimientos desnudados públicamente son la verdadera perla de 7 estrellas que estaba buscando. Gracias por escribir así.