14 de junio, 2014
El primer amor
Tienen razón quienes dicen que nunca se olvida. El primer amor se queda con nosotros para siempre como la sensación de libertad que nos llenó de risas cuando volamos nuestro primer papagayo, saltamos enormes charcos en una tarde de lluvia, o lo invencibles que nos creímos cuando nos quitaron las rueditas traseras de la bicicleta.
El rubor del primer beso, el sudor en las manos que tímidas se entrelazaban, las mariposas en el estómago, las horas frente al espejo creando un peinado que nos hiciera sentir más guapos, el envoltorio de chocolate compartido guardado como el mayor de los tesoros, los corazones con iniciales decorando los apuntes de clase, las canciones que parecían estar escritas pensando en esa historia, la delicadeza en cada gesto, la ternura concentrada en una mirada y el corazón latiendo al ritmo de un caballo desbocado. Eso es el primer amor.
El nombre que muchos mantuvieron en secreto para luego ponérselo a sus hijos, la ingenuidad del “para siempre” del “nunca te dejaré” y por supuesto del “eres el amor de mi vida”. Eso es lo que nos ofrecían en los años del todo o nada y del “sin ti me muero” el divino tesoro de la juventud y la inexperiencia del maravilloso mundo que se abría intempestivamente ante nuestros ojos llenos de una inexplicable felicidad.
Ese recuerdo que yace en algún rincón de nuestra memoria junto con otras joyas que no escogimos al azar es el que tendrán Martina y Michael, una pareja de noviecitos que con catorce años le desempolvan el primer amor al más promiscuo de los donjuanes y a la más ácida de las feministas.
Martina es una niña bellísima con una gracia innata que brilla en esa mirada rodeada de sus primeros experimentos con el maquillaje. Su sonrisa permanente y su dulce voz llenan de alegría a quien la rodea. Tiene una pasión – la gimnasia – con la que acumula medallas, al verla ejecutar cualquier rutina a la orilla de la playa pienso que poco tiene que envidiarle a Nadia Comaneci.
Michael es guapo, muy guapo, un buen chico que pasa por esa etapa en la que gusta parecer malo, juguetea con el humo de algún cigarrillo sin saber que este es el mejor momento para dejarlos en la caja. Se rebela contra el mundo – ¿Si no lo hace a esa edad, cuándo entonces? – pero la verdad es que es un muchachito enamorado que respira sólo al ver a su novia pestañear.
A Martina su mamá no la deja abrirse una cuenta de Facebook, así que como casi todas las niñas de su edad tiene un perfil en Instagram donde a punta de fotos va dejando testimonio de su primera historia de amor.
Hace un par de días que Martina no sube ninguna foto, ahora se encuentra hospitalizada, grave, llena de magulladuras y con su rostro aún precioso en medio de tantos puntos, vendajes, morados e hinchazón. Iba en bicicleta cuando fue embestida de forma violenta y accidental por un auto que la condenó a un verano largo y pesado. Pasa los días sedada para combatir los dolores y casi no se da cuenta de lo que ocurre a su alrededor. Y lo que ocurre es que quienes la conocemos además de sentirnos afortunados por seguir teniéndola entre nosotros y muy optimistas en cuanto a su total recuperación, estamos conmovidos por la fortaleza de ese muchachito que pasa día y noche en una sillita pegado a su cama como si no existiera nadie más en el mundo, como si nada más importara, como si no hubiera un mañana.
Cuando tengan mi edad probablemente ya no sepan nada el uno del otro, sus vidas habrán tomado caminos diferentes y los cientos de fotos que han ido acumulando contarán esta historia casi mejor que ellos mismos. Pero hay algo que trasciende las modas, el tiempo y el espacio, es sencillamente la belleza infinita del amor que en un gesto dulce y desinteresado enseña los adultos eso de lo que erróneamente se desprenden con los años para terminar rememorando en alguna tarde de nostalgia lo que ya no saben expresar.
A Martina…
wuao…que historia calidad…cuando hay amor siempre el destino los cruza de nuevo…así hayan pasado siglos…
woao qué historia más bella…creo que cuando el amor es eterno el destino los cruza nuevamente…y ahí revive el amor…