Día 20: Cachapas solitas

Aquí los días pasan muy rápido. Las colas para comprar, las vueltas por la ciudad buscando determinados alimentos, gasolina, etc., consumen las horas de los venezolanos. Como creo haber dicho en otras oportunidades, vivimos en una diligencia permanente, siempre ocupados buscando algo, siempre llamando a algún amigo para solucionar algún problema. Aquí nada es definitivo, todo se convierte en una sucesión de paños calientes: un neumático usado para reponer el roto mientras se localiza uno nuevo, piezas recicladas de algún carro en desuso para mantener relativamente operativo uno menos destartalado… En fin, soluciones improvisadas para salir de la contingencia mientras se sueña con la llegada del momento en el que todo vuelva a ser como antes.

En medio de las diligencias se me ocurrió comentar el incontenible deseo de comer uno de los motivos que hacen de mi tierra un lugar único: cachapa con queso. Soñaba con una cachapa redondita del tamaño de un plato no precisamente de postre, con un cuadrito de mantequilla fresca y un disco de queso blanco derritiéndose lentamente mientras se me salían los ojos. Mi acompañante comenzó a salivar y fuimos a buscar un lugar para comprar varias, llevarlas a casa y compartir el antojo en familia. Lo normal sería acompañar las cachapas con una ración de cochino frito de esas que obstruyen arterias casi a la misma velocidad con que provocan sonrisas en los comensales, pero mucho me temía que no iba a ser tan fácil.

Después de pasar por dos locales cerrados, uno por vacaciones y otro no sé si para siempre, paramos en uno con unas veinte mesas de las cuales solamente una estaba ocupada (por cuatro mesoneros con cara de aburrimiento). Después de conversar con un encargado tan amable que por suerte hacía sombra a la desagradable e incompetente cajera, el antojo se quedó a medias, no había ningún tipo de queso de los que parecen haber sido inventados para acompañar a las cachapas. Quedaba solamente queso blanco rallado, del mismo que teníamos en casa, así que pedimos las suculentas y grandes delicias de maíz solas, ya nos encargaríamos de completarlas en casa.

Cada cachapa costó veintidós mil bolívares, más del diez por ciento del salario mínimo. Y no crean que este es un plato comparable a la langosta, más bien es un plato simple, humilde, algo que hasta hace no mucho estaba al alcance de todos. Bueno, igual que el resto de la comida.

Comimos en familia intentando no hablar sobre lo increíble que era Venezuela sin queso de mano, telita, queso guayanés o cochino frito. Es como imaginar una Italia sin pizza o sin Parmigiano Reggiano. Al fin y al cabo todo lo que pasa en este país es increíble, aquí cada día la realidad aniquila las tradiciones más modestas y supera con creces hasta la más espeluznante ficción.

Foto:

El fogón de Polo

Yedzenia Gainza

http://www.yedzeniagainza.com

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