Día 17: A oscuras

 

Una de las tantas mañanas en las que los rayos del sol iluminaban con dulzura las no tan primeras horas del día, recuerdo haberme quedado mucho rato jugando entre besos y sonrisas. Cerré los ojos y recorrí su rostro con mis dedos para poder identificarlo si un día perdía la vista o la sordera me impedía reconocer su voz. Él se dejó acariciar y yo lo memoricé para siempre.

Desde entonces, aunque uso el escáner muy pocas veces, tengo grabado en un maravilloso archivo el rostro, la voz, la risa de toda la gente importante en mi vida.  Rebeca es una de ellas.

Rebeca es una de esas amigas que aguanta cualquier chaparrón y no te suelta hasta que haya pasado. Guarda largos silencios, pero ahí está si la necesitas. Es sumamente religiosa y posee una infinita paciencia que le permite quererme a pesar de mi incredulidad. Es tan puntual que hasta llega antes de la hora pillándome siempre sin haberme puesto máscara en las pestañas. Rebeca ha estado ahí en momentos duros y, por supuesto, en otros tan banales como coquetear con la suerte en el bingo. Esta vez se presentó en casa con una sonrisa espléndida que no han borrado las náuseas que le genera su gravidez. Afortunadamente llegó quince minutos antes y eso sirvió para que pudiera saludarla y notar el nuevo volumen de su vientre. Subí a su carro y cinco minutos después estábamos en el salón de su casa, un lugar tan acogedor como su familia.

Cuando el reloj marcaba las seis se fue la luz, yo quería pensar que sería por poco rato, pero en el fondo sabía que no. Su madre sacó una velita que hizo lo que pudo durante las tres horas y media en las que mi amiga me contó cómo se enamoró, cómo organizó una boda en veinte días y nos actualizamos sobre dónde y qué hacía cada uno del viejo grupo de amigos. Mientras hablaba con ella y me llevaba a la boca trocitos de queso, recordaba aquella mañana en la que sin saberlo me entrené para un día como este. Ella hablaba y yo imaginaba los hoyitos en sus mejillas cuando contaba entre risas los nervios antes de la boda y los detalles de último minuto. Yo aprovechaba la penumbra para que no me notara la tristeza por haberme perdido ese momento.

Entre negrura di las gracias a su familia. Me dejó en casa y también entre negrura nos despedimos. Ambas sabemos que seguimos estando ahí aunque no nos veamos, da igual si es por culpa de la distancia o por el colapso del sistema eléctrico nacional.

Eran casi las once de la noche cuando la electricidad volvió a nuestros hogares, sólo la electricidad, pues este país lleva casi veinte años viviendo en las tinieblas del chavismo. Hoy la oscuridad no pudo con Rebeca irradiando felicidad. Ojalá pronto este país vuelva a dar a luz la democracia que tanto necesitamos.

Foto:

Cherry Laithang

Yedzenia Gainza

http://www.yedzeniagainza.com

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