Dèjá vu

Cuando uno ha dejado su tierra y por suerte o por desgracia ha vivido durante años en diferentes lugares de mundo que lo único que tienen es común es la lejanía de nuestras querencias, ve muchas cosas, aprende mucho.

Yo vengo de un lugar maravilloso con unas bellezas naturales que dejarían con la boca abierta al más indiferente, un lugar que guardo en mi memoria porque a pesar de regresar con mucha frecuencia, cada vez es más difícil reconocerlo.

Para quien no ha pasado por esto, debe saber que es cierto eso que escucha: no importa lo bien que estés en otro lugar, no hay nada como estar en tu casa. También es cierto eso de que un sitio da igual que otro cuando no se está bien con uno mismo.  Pero no estamos aquí para filosofar sobre los pros y los contras de la inmigración, esa tarea que cada uno la haga cuando le parezca. Hoy escribo porque  hace tiempo estoy viviendo un desagradable “dèjá vu”.

Conduzco por las calles de una ciudad donde cada vez hay más huecos, y si así está el Norte, no imagino cómo estarán las siempre olvidadas del Sur. Un autobús se para de repente en el carril central y deja subir a la gente que le espera. En una oficina pública me siento afortunada por haber dado con la única persona amable y sonriente. Los corruptos se esconden hasta debajo de piedras que al levantarse expelen una putrefacción solo tóxica para quienes cumplen honestamente con su deber. Los cantamañanas aprovechan la ocasión como caimanes en boca e’ caño. La gente comienza a morirse de mengua en los hospitales al tiempo que proliferan las campañas publicitarias de las aseguradoras privadas y los fondos de pensiones.  Los niños se guardan el panecillo que les dan en el comedor del colegio con la esperanza de tener algo que llevarse a la boca a la hora de la cena. El que ha robado por hambre va preso mientras al narcotraficante  o político embarrado se le ponen las alas de la libertad – reforma judicial o generoso y conveniente indulto permitiendo –. Una editorial retira de los quioscos una revista para no hacer un feo al “señorito” que vive de los impuestos de quienes la compramos. Los bancos barren para casa y a los demás que los pise un tren. Miles de jóvenes agarran su CV con carrera, idiomas y muchos sueños, lo meten en una maleta y se van lejos a buscar las oportunidades que su país ya no les ofrece. Los sindicatos son los primeros en trincar lo que pueden y lejos de defender a los trabajadores de una feroz reforma laboral, la aplican como el más despiadado de los empresarios.

Veo gente con miles de razones para sentirse asqueada y sobre todo harta de mantener vagos y trabajar para otros. Es imposible no verme reflejada en ellos, el problema es que no es mi primera vez…

Españoles, pónganse las pilas, hagan caso a quienes ya pasamos por esto. Así era la Venezuela de finales de los noventa, con desempleo, deficientes servicios públicos, arcas “sin fondo” de las que todo el que pudo robó a manos llenas, fórmulas milagrosas y lobos disfrazados de corderos que “pensaban en el pueblo”. Echen un ojito a lo que queda después de la intervención divina del vendedor de humo supremo: Supermercados vacíos, hospitales sin siquiera algodón, morgues repletas de asesinados, funcionarios del “cuánto hay pa´eso”, policías del “no te pongas cómico y dame lo que tienes o vas preso”, periódicos que agonizan, televisoras que se apagaron, estudiantes en cárceles donde sobrevivir es un privilegio concedido por los asesinos con entrada libre al palacio de gobierno.  Familias desparramadas a lo largo y ancho del mundo. Y como siempre, mucho petróleo…

¿No creen en reyes y sí en profetas? Un poquito menos de ingenuidad mis queridos gallegos. No hay milagritos ni pozos sin fondo capaces de mejorar este panorama. Créanme, con tanto ladrón lo peor que le podría pasar a España es tener petróleo o parir ídolos, así que háganse el favor de centrarse en lo realmente importante, y lo realmente importante es no permitir que este país se siga echando a perder. Aprovechen que todavía pueden salir sin miedo a la calle, que con defectos y todo la justicia funciona, y que la Constitución no es papel sanitario.

A veces, mientras estoy en un atasco y veo a los que se creen muy listos adelantar por el que en mi país es el carril más rápido (el arcén) me digo: “Jeje… Pendeja, y tú que creíste que te venías al primer mundo”.

No sé lo que haré, no sé si me quedaré aquí, si me iré a otro lugar o si terminaré volviendo a mi tierra aun a riesgo de que un mal día el plomazo de un malandro con o sin uniforme me perfore la cabeza. Como sea, esa es mi casa, me duele y hago lo que puedo por sacarla de ese hueco miserable donde la han hundido. Precisamente por eso me preocupa que en mi otra casa muchos ciegos por el descontento caminen hacia el mismo barranco por el que nosotros rodamos hace más de quince años.

España, tengo un dèjá vu, y por el bien de todos espero que no dure demasiado.

Yedzenia Gainza

http://www.yedzeniagainza.com

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One thought on “Dèjá vu
  1. vosto

    Hola Yedzenia. Son sentimientos compartidos, pero aún siendo comprensibles las comparaciones, son fenómenos distintos. Nadie sabe lo mal que le puede sentar una cierta medicina, hasta que la toma y vive los resultados. Son dias aciagos los que corren y lo que más se extraña es la ausencia de líderes, no de políticos, que en ello creo que estamos sobrados, de verdaderos líderes, de seres capaces de ver en la distancia y capaces tambien de pensar con los pies en la tierra que no está al patio para utopías. Es comprensible el desencanto. Hay, por suerte, elementos que podrían ayudar a no dar el paso heróico de caer en un abismo interminable de donde es muy difícil salir. He tenido las mismas pesadillas, pero quiero pensar que despertaré de otro modo. Mi primera migración no se ha producido aún, pero es una imagen recurrente. Gracias por compartir.

     
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