17 de mayo, 2015
De espalda
Y de repente, allí estaba él. Iba en bicicleta, llevaba como siempre el pelo lleno de canas, y pedaleaba con la paz que permite a las conciencias tranquilas disfrutar de la brisa en el rostro que ella no pudo verle. Así lo conoció, así lo vio muchas veces, de lejos, de espalda. Él en su mundo, transitando un camino donde la bicicleta era tan importante, y ella recorriendo otro, a veces paralelo pero distante por ser distinto. Sintió que una vez más iba atrapada en un tren del que no podía bajarse para gritar su nombre, pedirle que la esperara un momento, poder darle un abrazo y hablar durante horas sin que nada más importara.
Recordó cuando veinte años atrás lo vio estacionar la bici en el patio del colegio. Ella que era traviesa pero no mala, murmuraba con dos amigos lo mal que le caía: —¿Filosofía? Seguro piensa que somos idiotas —y por lo menos ella sí que lo era, porque alguna vez la estupidez de la adolescencia tenía que entrar en forma de prejuicio en esa cabeza llena de sueños y canciones de rock. De modo que con la mirada cómplice de los dos compañeros dispuestos a avisarle si alguien venía, y sobre todo, a no venderla en caso de ser descubierta, desinfló la rueda trasera del artilugio que llevaba en el mundo mucho más tiempo que la edad de los tres juntos. Luego vinieron las risas cuando lo vio irse caminando cojo de una rueda.
No pasó mucho tiempo cuando sus miradas se cruzaron en una clase de Filosofía. No recuerda muy bien qué le preguntó, pero sí que le dio la única respuesta que ella buscaba pero no se esperaba. Ya no le caía mal, él no era idiota ni creía que ella lo fuera, aunque su pregunta trampa demostrara que una cosa es lo que él pensara y otra lo que ella era. Cada día le caía mejor, aún no lo sabía, pero había encontrado un amigo que de una u otra manera la acompañaría el resto de su vida. Eso es lo que ocurre con la gente importante, por mucho tiempo que pase y más espacio que haya, no se queda en ninguna parte, se va adonde quien la quiere le lleva.

Una tarde se cruzaron en la plaza del pueblo, él supo ver en sus ojos cómo le pedía auxilio. Ella estaba en su aventura del día, rescatar un gato, único animal que le simpatiza. Había movilizado alcaldía, empleados públicos, y un montón de curiosos. Parecía una escena de película americana, la colegiala estaba a punto de encaramarse en lo alto de un árbol para hacerse con el pobre cachorro que llevaba horas asustado sin saber cómo bajar. Fue entonces cuando él la detuvo para encargarse del asunto ¿Existen los príncipes? Claro que no, existen los hombres que detienen su andar para ayudar a los demás dando finales felices a los problemas.
De allí en adelante, cada encuentro se convirtió en alimento para el alma. Daba igual la fugacidad del mismo, un momento aportaba suficiente alegría como para resistir hasta el siguiente. Aún recuerda su graduación, él le hizo un gran regalo delante toda la clase, y ella aprendió que las emociones también paralizan las piernas, hacen enmudecer, y abren las compuertas de las lágrimas. No hay nada más elocuente que una mirada.
Pasados los años, ella aprovechó un despiste durante una merienda, y con un gran cargo de conciencia camuflado con sonrisas le confesó el atentado contra la bicicleta, pidiéndole además perdón por esa traición anticipada. Otra vez recibió la respuesta que quería pero no la que esperaba, él ya la había perdonado, siempre supo que había sido ella, a nadie más se le habría ocurrido algo así. Los caballeros saben ser discretos.

Sus vidas siguieron caminos diferentes, pero de vez en cuando se cruzaban. De repente uno aparecía frente al otro en una parada de autobús, en el jardín de alguna casa, en la ronda de cervezas ofrecida por algún ser querido. En los momentos difíciles estaban el uno con el otro, y aunque la herida fuera tan grande como el océano que los separaba, sabían que tarde o temprano, sanaría.
Nada ha cambiado, él sigue pedaleando igual, sigue disfrutando de la brisa, sigue llenando de paz todo lo que pisa. Sólo una cosa es diferente, tiene más canas.
Hace mucho que no se ven ni se hablan, sus mundos siguen girando y sus caminos no han vuelto a cruzarse. A veces ella siente ganas de enviarle una carta que le escribió hace más de diez años, pero no sabe si mandársela así o terminarla ahora. Cuando la lee no se siente capaz, sería como si la escribiera otra persona, ella es como otra persona.
Nadie puede saber si volverán a encontrarse, si volverán a darse un abrazo, si volverán a conversar hasta que el cielo cambie de color, o si será él quien se encargue de llevarle flores un día cualquiera al cementerio donde ella ya tiene un sitio reservado. Mientras, la vida sigue, cada uno pedalea en su mundo sonriéndole al viento y con la mirada del otro acariciándole la espalda.

Fotos:
teladoiofirenze.it
Yedzenia Gaínza.
Dinael Urdaneta
Rosibeth Debourg.
¡Qué lindo! Es que tienes una magia especial para contar! Me encantó este post. Por eso es que me gusta tanto «escucharte » cada vez que escribes. Y por eso es que siempre insisto en que ¡NUNCA DEJES SE ESCRIBIR! ¡Te mando un beso de esos!
Bellisimo como siempre mi Yedzy. Es una historia muy refrescante