Carta para un Nicolás sin santo
Cuando éramos niños según la costumbre de nuestras familias escribíamos una carta para pedir los juguetes que se supone nos habíamos ganado por haber sido buenos. En algunas casas el destinatario era el Niño Jesús, en otras San Nicolás, y algunas pocas los Reyes Magos. Los niños más afortunados escribían tres y en consecuencia recibían regalos por tres vías diferentes.
En mi familia como siempre hemos sido un poco paganos, los hermanos recibíamos un regalo navideño del Niño Jesús, otro de Año Nuevo que traía el anciano de los renos, y el más modesto el Día de Reyes, pero este último solamente si habíamos dejado los zapatos en un lugar visible.
A veces sucedía que el Niño Jesús nos dejaba los regalos en la casa de la abuela y San Nicolás los dejaba en la nuestra. Pareciera que tenían problemas de logística y se repartían las zonas pero no los días, así que todo llegaba en Navidad y nadie echaba de menos un paquete debajo del árbol el primer día del mes de enero, pues seguíamos bajo el efecto del olor a nuevo de los juguetes que habíamos recibido apenas una semana antes.

Cuando comienzas a peinarte las canas recuerdas con nostalgia esos días en los que tu vida se resumía a jugar, comer y dormir. Pero no porque llegar a adulto sea terrible, sino porque esa Venezuela de las hallacas, del pan de jamón, de las gaitas y el Ponche Crema se ha ido desvaneciendo bajo una enorme mancha de sangre y de miseria. Es por esto que este año y aunque ya no soy la niña de entonces, voy a escribir una carta cuyo destinatario no es santo e inspira cualquier cosa menos ternura o respeto. Conociendo sus ya célebres y múltiples limitaciones –en especial las intelectuales– les pido a los aduladores que están a su lado que se la lean, se la expliquen detalladamente, incluso que se ayuden de algún dibujo para que la entienda. Seré considerada y la escribiré como si tuviera de nuevo aquellos lejanos siete años de una infancia que sonríe en mi memoria, así será más comprensible. La carga de sarcasmo la dejaré para nosotros porque él no sabe lo que es eso.
Esta es la carta para un Nicolás sin santo:


