Aunque sea de visita

Maiquetía

Cuando las canas aún no poblaban sus cabezas, no lo podían imaginar. Eran los dueños del mundo, tenían  lo más importante en sus manos, todo: ganas y juventud. Eran muchachos libres llenos de sueños, llenos de ganas de recorrer el mundo, pero siempre seguros de volver a su calle, a su casa, con su gente.

Para ellos el día de las madres era el segundo domingo de mayo, y el del padre, el tercer domingo de junio. Nunca pensaron que terminarían formando una familia más allá de su esquina del mundo. Nunca pensaron que festejarían un 19 de marzo, el primer domingo de mayo o el tercero de octubre. Nunca pensaron que el momento más feliz de sus vidas lo vivirían en la distancia saboreando lágrimas agridulces.

En una tarde cualquiera las contracciones se hacen sentir, un niño ha decidido que por fin ha llegado el día de abandonar el vientre que lo ha cobijado durante meses. Sin saber las alegrías que va a dar, comienza a moverse hacia a luz.  Sin saber aún cómo funciona este mundo, conocerá sólo a la mitad de su familia mientras la otra tiene que conformarse con recibirle por teléfono.

Allá, a miles de kilómetros miles de abuelos aguantan como pueden el drama de no disfrutar de sus nietos. Cuentan chistes y hablan de cosas bonitas porque las sonrisas de sus nuevos hijos son lo único capaz de llenar de color ese escenario gris en el que se ha convertido nuestro país.

 

Los niños al nacer traen una alforja de felicidad que se apodera de todo el que los mira, tan grande que casi hace desaparecer la tristeza que se esconde en un rincón del corazón. Casi, ese es el problema.

 Móvil

El régimen que tiene a millones de niños sin pañales, sin leche, agua potable, ni medicinas. El régimen donde mujeres pierden a sus hijos no natos en medio de una cola para conseguir comida, y obliga a presentar partidas de nacimiento o ecografías para adquirir lo que en circunstancias normales se hace con un acto tan sencillo como ir, escoger y pagar, sí que ha revolucionado el país.

La revolución de la miseria y la inseguridad impide a las parejas tener hijos porque sería injusto someterlos al caos que ofrece el Socialismo del siglo XXI. La revolución de la muerte ha roto decenas de miles de familias que han visto a sus hijos y nietos dejarlo todo para empezar de nuevo, lejos y llenos de nostalgia, pero seguros de llegar a viejos. Los abuelos de hoy se han modernizado y han aprendido a utilizar las nuevas tecnologías para que sus familias no se conviertan en esas de la posguerra que sabían tener un hermano, un tío, o un hijo del otro lado del mundo, pero llevaban más de treinta años sin verlo.

Los padres de los expatriados han aprendido otro idioma para poder entender a sus nietos cuando les hablan de lo que han hecho en esas escuelas donde no los utilizan para fines políticos. Se despiden entre sonrisas y reprimen el llanto hasta que los muros de sus casas les sirven de hombro para desahogarse en soledad.  Mientras tanto, la vida sigue, los niños crecen danzando al ritmo de la doble nacionalidad bajo el arcoíris inocencia, y las familias aprenden que aunque el amor no entienda de fronteras ni husos horarios, no existe sustituto para el calor de un abrazo o la caricia de unos labios que dejan una huella eterna.  Por eso resisten alimentándose de la esperanza de volver alguna vez a esa calle, a casa, con su gente… Aunque sea de visita.

 

 

Fotos:

Pizza Hut Venezuela.

Beemamá.com

Yedzenia Gainza

http://www.yedzeniagainza.com

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One thought on “Aunque sea de visita
  1. Yone

    Q tristeza, asi es exactamente como crecieron mis hijos, las ganas de volver-Aunque sea de visita- siempre las tendre, con la esperanza de q cuando ese dia llegue sea a la Venezuela q todos soñamos #LaMejorVenezuela
    Gracias mi Yedzy!!!

     
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