26 de abril, 2014
Yo no conocí a Tito Vilanova
No soy barcelonista, aunque lo fui hace muchísimos años por un periodo que duró lo justo para ver a Figo, Rivaldo, Guardiola y Luis Enrique jugar juntos. Y aunque tiempo después terminé con el estómago revuelto por ese “més que un club” y el desacertado empeño en querer mezclar un equipo deportivo con intereses políticos, eso ahora no tiene importancia.
No seguí demasiado su carrera, me refiero a que no manejo estadísticas ni pormenores de temporadas. Empecé a echarle un ojo cuando veía en el banquillo a un hombre discreto que huía del protagonismo y generaba además de otros sentimientos en los que no cabía la lástima, una gran admiración.
Tito Vilanova para mí no era el asistente de Guardiola, ni el entrenador del Barça, ni siquiera un hombre famoso. Para mí era un hombre decente, joven y guapo que se había convertido –como en la mayoría de los casos– en diana del gusto exquisito que esta maldita enfermedad manifiesta. Y cuando uno ha visto a familiares y amigos transitar con o sin éxito el mismo camino, presta especial atención y cruza los dedos por quienes comienzan a andarlo.
Pensé en sus hijos, en sus padres y su mujer. Reviví el terror de cada prueba, la esperanza como única fuente de energía necesaria para soportar cada sesión de quimio, y la paciencia que sólo se recarga ante la sonrisa de quien por más que le azoten las náuseas es incapaz de negarla.
Veo poca televisión, y cuando coincidía el zapping con la imagen de Tito, sus ojos y su andar me preocupaban tanto como me siguen preocupando las personas queridas por las que sigo tragando grueso cada seis meses cuando deben hacerse pruebas.
Ayer sentí el mismo maldito frío recorrerme el cuerpo, la misma impotencia, la misma rabia mirando a un cielo en el que no creo que haya más que nubes, lunas y estrellas. Ayer volví a preguntarme “¿por qué?” “¿quién o qué maneja la ruleta de la vida?” y volví a no obtener respuesta.
Tito Vilanova se ha ido después de luchar contra el monstruo de mil cabezas que sigue soltando veneno por doquier. Tito se ha ido, y el profundo dolor de su ausencia sólo lo sienten de verdad quienes además de verlo correr, abrazarlo o llenarlo de alegrías con un simple “papá”, también vieron su pelo caer, sus ojos brillar y su piel palidecer…
El monstruo de mil cabezas sigue despierto, pero pronto daremos con el machete que lo decapitará, y por fin mientras Tito descansa en paz podremos dormir tranquilos todos los que hemos visto de cerca el daño producido por el veneno que ayer sumó una tristeza a nuestras vidas.