30 de diciembre, 2013
Una nueva especie de venezolanas
Me siento afortunada por haber nacido en el país de las mujeres más bellas del mundo. No cualquiera puede darse el lujo de recibir piropos sólo por haber nacido en determinado pedacito del globo terráqueo.
Para acentuar más este orgullo salpicado de una gran dosis de vanidad, yo nací en la ciudad de las mujeres más bellas del país de las mujeres más bellas del mundo. A los que no me crean, que se agarren un avión, crucen el charco y se den una vueltica por Valencia.
Debo decir además que mi orgullo no se limita a la belleza de nuestras melenas, el ritmo de nuestras caderas, la suavidad de nuestra piel, la amplitud de nuestra sonrisa o la delicadeza de nuestros gestos. Las venezolanas estamos hechas de una madera especial que aguanta chaparrones, colas, madrugones y trasnochos para estudiar y trabajar a la vez, y un julepe impresionante para conseguir cualquier cosa que en el “primer mundo” está a pedir de boca. Las venezolanas tenemos una paciencia infinita y un corazón grande, eso sí, no nos calamos a ningún tipo que se crea que por el simple hecho de existir ya vale más que nosotras. A esos “elementos” nos los sacudimos en cuestión de segundos y “si te he visto no me acuerdo”.
Un componente importante de esa madera es nuestra inteligencia, las venezolanas somos mujeres brillantes, llenas de ganas de trabajar, creativas, valientes, soñadoras pero no creyentes de los pajaritos preñaos. Somos lo que en nuestro país se llama “con guáramo” o “echadas pa´lante” y no nos perdemos en tonterías que abarcan usar en femenino cada palabra que pueble nuestro diccionario porque nuestra feminidad, fortaleza, en fin, nuestra “mujerabilidad” no se ve afectada porque nos llamen “médico”, “miembro” o nos incluyan en el plural como “ciudadanos”.
Sin embargo, estos días de “observadora” sin olvidar mi condición de mujer criolla han sido invadidos por eso que yo llamaría una nueva especie de venezolana, y no tendré pepitas en la lengua para decir que esta nueva especie no me gusta nada, no me representa, incluso me avergüenza. Y me pregunto: ¿Qué pasó? ¿Por qué ese afán de convertirnos en objetos, por qué ese absurdo empeño de montarse en el pecho dos bolsas de 4Kg de unas tetas grotescas y de mal gusto, por qué jugarse la vida para tener un trasero que desafíe la gravedad, por qué ponerse ropa tan apretada para mostrar unas curvas hechas en un quirófano y con las que no es difícil recordar a una “hallaquita mal amarrá”? ¿Por qué?
De pronto dirán que tantos años en Europa me han distanciado de los gustos tropicales, pero no lo creo, sigo siendo venezolana hasta la médula, lo que no he perdido es el buen gusto. Esta “nueva especie” de venezolana parece desconocer lo que significa la discreción.
Yo me arreglo para mí, me monto en tacones de 12 cm porque me da la gana, me maquillo para mí. Para salir a hacer ejercicios lucho contra la suavidad de mis sábanas, mi torre de almohadas, el frío del invierno o los brazos que me estrechan y me piden que siga en la cama… Como soy una floja, no me hace falta mucho ruego para rendirme porque si no voy, no pasa nada, no me remuerde la conciencia y sigo durmiendo…
Lo que veo en muchas cajeras de tiendas, empresarias, chamitas que hasta hace poco usaban camisa blanca y señoras que cuando yo iba a la Universidad ya peinaban canas, es un exacerbado culto al plástico, a la exageración, al “miren lo buena que estoy”, un empeño en que todos sepamos de qué color son las areolas de sus pezones o cuántas tallas menos de ropa interior son capaces de aguantar sin romperse en las dimensiones de sus nuevas nalgas. Veo a los hombres idiotizados ante tanta “abundancia” pagada de contado, a crédito, o a costillas de algún pendejo… Y es que me parece que estas mujeres no son las mismas que pararían el tráfico de la Champs-Elysées si les diera por cruzarla cuando no les toca.
Estas mujeres distan mucho del “my name is Panamá” de Bárbara Palacios, de la elegancia de Susana Duijm, la inteligencia de Irene Sáez, el carisma de nuestra querida Eva forever o el esplendor de Dayana Mendoza. Estas mujeres de mentira que ahora abundan en las calles de nuestro país no son de esas venezolanas que al caminar sabemos que nos miran y admiran, no son de esas venezolanas que hemos leído mucho más que “Cincuenta sombras de Grey”, no son de esas venezolanas que sabemos que valemos por lo que tenemos en el cerebro (eso que por desgracia no pueden operarse).
Como mujer no critico que nadie haga lo que crea necesario para sentirse mejor consigo misma. No he pasado por las manos de un cirujano pero muchas de mis amigas lo han hecho y respeto a quienes han tomado esa decisión sin perder la clase. No creo que todas las que se tratan con botox, silicona o solución salina sean unas ignorantes, pero sí creo firmemente que esto se nos está yendo de las manos. ¡Señoras, las sagradas proporciones! ¿Adónde vas con ese pecho de 500cc? Si es tan evidente que las tienes grandes, para qué necesitas que las veamos al detalle? ¿Qué haces con ese cuerpazo a los setenta años y vestida como actriz porno de segunda? Aquí parece que la discreción es inversamente proporcional a las medidas de sujetador, y no tiene que ser así, no debe ser así.
Tenemos que volver a ser las mismas de siempre aprovechando los beneficios que la ciencia ofrece para mejorar pero no para convertirnos en monstruos, en muñecas en serie, ni mucho menos en objeto de morbo de cuanto baboso nos mire. Tenemos que volver a ser las mujeres más bellas del mundo, con medidas normales, con gustos normales, con maniquíes normales. Y por normal no quiero decir corriente, quiero decir saludable, estético, discreto, refinado.
En el país de las mujeres más bellas del mundo tiene que acabarse el “todo vale”, la exageración y la ordinariez. Tenemos madera de sobra con qué levantar todo lo que se mueve y lo que no también sin necesidad de cargar a cuestas las pesadas bolsas de silicona y despropósito que todo lo vulgarizan. En el país de las mujeres más bellas del mundo tenemos que recuperar eso de que nos hablen mirándonos a los ojos, porque todas tenemos nuestra propia versión de “una noche tan linda como esta” y lo sabemos.
Sòlo un ser idiotizado como lo mencionas, puede contrariarte. Lo has dicho todo, con la precisiòn del mejor aparato suizo para medir el tiempo. Es la propia tergiversaciòn de la belleza venezolana lo que vivimos en estos tiempos. De manera que ya no se admira el don de la naturaleza en la mujer de acà, sino la proporciòn de lo grotèsco. ¿Serà producto tambièn de la Revoluciòn que nos sembrò el muerto?. Y mujeres como tù que tropiezan con tanto ser del sexo contrario con tanta frecuencia, tienen desarrollado al màximo el «GUSTÒMETRO» que nos define ante ustedes, las autènticas bellas del planeta. ¡Felicitaciones!