3 de enero, 2015
Sin mirar atrás
Parece que los humanos tenemos una hormona de la obstinación que nos lleva a repetir acciones a fin de alcanzar objetivos en los que antes fracasamos. Algunos podrían llamarle a esto “perseverancia”, otros masoquismo, la diferencia está en si el éxito depende de nosotros mismos o implica a terceros.
Cuando las cosas dependen de nosotros mismos, esa constancia, el esfuerzo, esa rebeldía, por lo general reciben su recompensa. Las cosas que más valoramos son las que nos hemos sudado, pero cuando alcanzar el objetivo también depende de los otros, todo se complica.
Trabajar en equipo es una de las tareas más difíciles que existe. Aunar el trabajo de dos o más personas, que todos deseen el mismo resultado y pongan el mismo empeño para alcanzarlo no es tarea fácil. A veces por el bien del proyecto toca llevar a cuestas la carga de algún fiel practicante de la ley del mínimo esfuerzo. Sin embargo, hay que asegurarse de que el peso de esa flojera ajena no sea precisamente el que hunda nuestra barca, de allí la importancia de descubrir la rémora que nos detiene para lograr soltarla de inmediato y seguir avanzando.
No está mal intentarlo de nuevo, pero cuidado, a excepción de “El Padrino” las segundas partes nunca fueron buenas. Las cosas son como son y ya está, no podemos dejarlo todo y ponernos en manos ajenas a ver si ocurre algo que las cambie. Hay que saber perder, asumir que retirarse a tiempo de una batalla no es un fracaso. Fracaso es obsesionarse con los imposibles y perder el tiempo intentando conseguir aquello que no depende únicamente de nuestra voluntad. Cuando en la travesía hay quienes no reman, o peor aún, lo hacen en sentido contrario, lo más normal es que la barca se hunda por la sacudida de la más innocua de las olas.
Tenemos que aprender a diferenciar entre la perseverancia y el masoquismo, aprender de nuestros errores, romper las cadenas y cuidarnos de tropezar de nuevo con la misma piedra, en el mismo camino oscuro, y hasta con el mismo pie, pues ya conocemos el final.
La vida es demasiado corta como para perder el tiempo. Este año acaba de nacer, cualquier cosa que haya salido mal tiene que quedarse en el ayer. Aún nos quedan muchas razones para subir el volumen, para seguir nuestro camino sin arrepentimientos, sin rencores, y sobre todo, sin mirar atrás.