Por eso huelo tan bien

—¡Qué bien hueles! —dijo él entre suspiros con esos ojos color miel y esas pestañas que parece que si te descuidas van a tocarte. —Qué bien hueles. —Dijo sonriendo una y otra vez.

Para desdramatizar el piropo le hablé de los quince años que llevo usando el mismo perfume contándole que a pesar de haber sido infiel alguna vez (lo hice para ver si por fin me decidía a cambiar -quince años es mucho-) no lo había conseguido porque nada me gustaba más que esa vieja y rara fragancia a la que mi olfato está tan acostumbrado. Intenté engañarle diciéndole sin mirarle a los ojos que la fidelidad es un privilegio que sólo le concedo a mi compañía telefónica. Espero que me haya creído y no descubra nunca cómo soy.

Pero la verdad es que ni él se refería al perfume, ni yo tampoco. Ambos hablábamos del olor de verdad, ese que se te queda bajo la piel, el mismo que conservas aunque te bañes muchas veces y que eres capaz de reconocer a leguas. Ese que no tiene nadie más que tú.

Frank Sinatra dijo un día “I´ve got you under my skin” y quien se queda con el olor de algo o alguien sabe muy bien lo que eso significa sin necesidad de traducirlo. También dijo que una vocecita le repetía noche tras noche “Don´t you know little fool, you never can win” –¿No ves pequeño tonto, que nunca podrás ganar?-.  Cuánta razón tenía la vocecita (aunque no nos guste nada).  Y dejando aparte cualquier resto de romanticismo (que no me pega nada y mucho menos en este momento) me puse a analizar cuál es mi olor.

Mi perfume es mucho pero mucho más que eso que viene en un frasco de forma rara por el que pago un dineral. Mi olor es todo aquello que se fue quedando conmigo a lo largo de estos treinta y cinco años. Huelo a tierra mojada, a la curiosidad por las lombrices y por las semillitas de no sé qué hierba que explotan al contacto con el agua, huelo a mango hilacha,  a agua de coco, a las cayenas que adornan tantas esquinas, al rocío mañanero de las rosas injertas en un jardín. Huelo al mar tibio que te deja ver el color de los peces, a la arena blanca y fina que calienta los pies, huelo a esperanza, a caos y alegría, a  ilusiones, a la bondad que hace compartir una arepa que no se rellena con patria. Huelo a la valentía que camina sin chaleco antibalas, a paciencia, a resistencia.

Huelo a la pasión cuando una pelota se va, se va, se va… Huelo a jugo de parchita bajo inclementes y maravillosos rayos de sol. Huelo a selva, al agua dulce de las cascadas que pocos y dichosos ojos han visto, huelo al fresco amanecer en el llano infinito, a chicha andina, al sueño que se anida entre los hilos de una hamaca. Huelo a sangre, a la de mis padres, mis abuelos, mis hermanos, pero también la de mis amigos, la de los que hace años no abrazo, la de los que se fueron mucho más lejos de lo que puede alcanzar un avión, la que mancha todos los días el suelo de la morgue, la que desgraciadamente ha corrido por nuestras calles. Huelo al dolor en las entrañas de cada madre que recoge el cuerpo baleado de un hijo, huelo a la impotencia de ver a tantos cobrar y largarse, huelo a la vergüenza por el silencio cómplice de tantos micrófonos,  huelo a la fuerza de un pueblo que no se rinde y lucha resteao’. Huelo a tristeza y lágrimas por estar tan lejos sin poder acompañar a mi gente. Huelo a pólvora y formol.  Huelo a la unión que hace la fuerza para seguir.

Huelo a ti Venezuela, huelo a ti, te tengo bajo mi piel con todo lo que me has dado, con todo lo que me has enseñado. Llevo perfume a ti cada mañana como lo lleva el venezolano que cantó esa canción. Huelo a ti Venezuela, a tu sed de libertad, al amor que no encontraré en ninguna otra parte. Huelo a Venezuela hombre de los ojos miel, huelo a todo lo bonito que tiene ese lugar que ves en mis ojos, por  eso huelo tan bien…

 

 

Yedzenia Gainza

http://www.yedzeniagainza.com

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One thought on “Por eso huelo tan bien
  1. José Ramón

    Qué suerte encontrarte en este blog perdido entre miles de blogs y aspirar la fragancia de tus palabras. Leerte me ha recordado el olor a libertad. Nada es comparable a su aroma. Yedzenia, recuperar la libertad perdida es una necesidad y una obligación.

     
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