7 de octubre, 2015
No more likes
La muchacha de los zapatos azules de pronto notó que no sabía lo que ocurría a su alrededor, que no veía rostros sino letras, que se le escapaban los detalles de la ciudad en la que vivía. Notó también que no era la única, pues al levantar la mirada vio que todos estaban cabizbajos absortos en un mundo que no era real.
Recordó que ella era de las que escribía cartas muy largas para sus hermanos, amigos y el hombre que le aceleraba el pulso haciéndole sentir a los veinte años ya había encontrado al amor de su vida. No le interesaban los ordenadores, se resistía a eso llamado “curso de computación”. Aunque a veces se aferraba a las caras y fugaces llamadas telefónicas que con el paso del tiempo comenzaron a parecerle cada vez más exorbitantes y más efímeras, no quería que nada rompiera la magia de un trozo de papel manuscrito ni la ilusión de una postal que cruzaba mares para llegar a su destino. Sin embargo, un día dejó de serle suficiente el mes que le tomaba al sistema de correos dejar apretado en el buzón un sobre gordo de palabras de amor que a pesar de haber hecho miles de kilómetros conservaban el perfume de la piel que tanto extrañaba. Fue así como con la ayuda de un amigo accedió a abrirse la primera cuenta de correo electrónico –que aún conserva– para intentar reducir las esperas.
Tanta tecnología era abrumadora, pero pronto se acostumbró a que una dirección de correo electrónico fuera la llave para abrir muchas puertas en un laberinto que comenzó a recorrer un poco en penumbra sin saber que un día se sentiría prisionera de tanto clic.
Cualquiera que tenga más de 25 años entiende perfectamente el cambio, y cualquiera con más de 35 tal vez reflexione con esto: la chica de los zapatos azules siente nostalgia de esas largas llamadas telefónicas que ya pocos tienen tiempo para hacer. Siente pena ajena por aquellos mensajes velados –o no– que algunas ex parejas se dedican al romper una relación. La indignación se apodera de ella cuando ve a padres exhibiendo a sus hijos como a monos de feria, o a gente revelando sus miserias para cosechar lástima como si esto ayudara a salir del hueco al que se ha lanzado. Siente respeto por quien sigue la causa que sea por verdadera convicción, pero le aburren profundamente esas modas de ponerse la cara multicolor, con un listón negro, o con cualquier cosa que alguno determina como “lo que toca hoy”. Recordó que siempre se ha sentido orgullosa de sus amigos sin importarle con quien comparten la cama –mientras no osen hacerles daño ni pretendan apropiarse de ellos, claro–. Nunca le hizo falta ponerse un arcoíris en la frente, así como tampoco ha necesitado ponerse un listón negro en el brazo para expresar su dolor ante una pérdida. Ha llorado a mares en silencio o en los brazos de alguien, pero no ha querido nunca ponerle un adorno a su tristeza. Había caído irremediablemente en el vicio de tomarle una foto a lo que estaba a punto de comerse sola o en compañía, pero se dio cuenta de que si no hubiera perdido tiempo en la foto, lo recordaría mejor. A fin de cuentas, lo que come o no, a nadie le importa.
La muchacha de los zapatos azules recordó a un señor que dijo una vez en televisión: “si no quieres perder a tus amigos, dales la dirección de tus padres”. De manera que en medio de la ingenuidad sobre la inmortalidad de los seres queridos, decidió ir un poco más allá dando siempre el teléfono y la dirección de su abuela. También revivió lo feliz que era cuando iba sin avisar a la casa de sus amigos, y si no los encontraba, siempre estaban los padres o abuelos para echarse unas risas con ella. Repasó los detalles que fue grabando mientras iba en el autobús, o pedaleaba con la bicicleta allende la llevara la vida: las calles, las montañas, el kiosco de periódicos, la música del carro abejita que vende helados, las flores secas a una virgen, los doce botes de salsas diferentes para aliñar los perros calientes, el perro lobo de ojos grises, la hierba verde recién cortada, la flauta del amolador, el túnel de árboles que al inicio del otoño parece una canción de The Beatles, las camisas blancas de los muchachitos entrando al colegio, el camión del señor de “los porrones plásticos, porrones de cemento, porrones de arcilla, cestas colgantes, cestas de pedestal…”
Se estaba perdiendo los detalles que la rodean a diario, y todo por llevar la mirada clavada a un aparato que la conecta con el mundo y la desconecta de la vida. La muchacha de los zapatos azules comienza a desaparecer de ese mundo virtual en el que muchos felicitan el cumpleaños solamente porque hay una alarma que les avisa, donde a algunos les parece feo que no les marquen un «like» a lo que ponen. Ese mundo que muchos utilizan para quedar bien con todos –como si eso fuera posible–. El paraíso de psicópatas y acosadores (ambos inclusive) que utilizan diferentes nombres para ver si así pueden meter la nariz en la vida ajena, o el de las innumerables solicitudes de amistad de personas que no saben nada del otro. Ese mundo en el que hay que estar permanentemente alerta renovando la configuración de privacidad para que terceros no hagan mercado con lo que candorosamente una vez se subió con la intención de rememorar una historia bonita pero caduca, o donde algunos se exponen para cosechar comentarios –pero solamente si esos comentarios son sinónimo de alabanzas–.
La muchacha de los zapatos azules quiere volver a sentir la emoción de encontrarse con una amiga cuando se abran las puertas de un ascensor, de conocer gente maravillosa mientras espera o va en tren a alguna parte. Quiere escuchar la voz de su gente, dejar que la vida siga su curso dejando atrás a quien deba hacerlo, o burlando a la distancia y al tiempo para quien crea que vale la pena permanecer. No quiere que alguien deba tirarle de un brazo para atraer su atención, ni tampoco buscar desesperadamente un enchufe como si se tratara de oxígeno.
Para quienes tienen a sus afectos desparramados por el mundo es fundamental estar conectados a una fuente de noticias y a una de comunicación que sean compatibles con la vida que quieren llevar. En este caso, ella ha decidido que lo hará como se aliña un buen caldo: es bueno el cilantro, pero no tanto.
Foto: Gaínza
Video: Alejandro Yánez.