7 de junio, 2015
Le ragazze del Prosecco
Existen palabras que se aprenden en un idioma y que no se pueden ni se deben traducir. Podría pensarse que es necesario para comprender sentimientos, pero no es así, los sentimientos sólo es posible expresarlos en versión original, sobran los subtítulos, sobran las interpretaciones.
Le ragazze del Prosecco son un grupo de tres amigas que se conocieron hace más de una década en la tierra firme que pocos conocen más allá de los canales de la inolvidable laguna de Venecia. Tres mujeres totalmente diferentes, pero con muchas cosas en común: el respeto a los demás, el sentido de la amistad, las ganas de vivir, el optimismo, y sobre todo, la determinación para hacer posible todo lo que se proponían. Ellas que habían crecido en diferentes recovecos del planeta se habían encontrado cuando el destino decidió que así fuera. Una parada de autobús, una tienda de lencería… Nadie sabe dónde puede aparecer un amigo.
Para ellas no existía la diferencia de edad, y cada una aprendía de las otras todo lo que podía: desde la lengua hasta la forma de festejar. Tampoco importaba que una fuera soltera, otra casada y otra divorciada, además de las hijas que tenían las dos últimas, siempre era apasionante abrir una botella de espumante para celebrar un encuentro con la primera y hablar de amores –los presentes, los futuros– pocas veces los pasados porque ellas nunca miraban atrás excepto cuando acababan de pasar por una zapatería.
Una de ellas cambió la tranquilidad del pueblo veneciano por una metrópoli donde lo de ponerse falda y tacones para pasear tranquilamente en bicicleta sigue siendo una fantasía. Sin embargo, el triángulo no se rompió, simplemente se hizo más grande porque uno de sus vértices estaba lejos, demasiado como para no echarse de menos, poco a la hora de necesitarse, y lo justo para aprovechar al máximo cada visita de esas donde se engordan 3Kg en una semana.
Utilizaron todas las modalidades posibles para permanecer en contacto, y no fueron pocas las veces que la sorpresa se presentaba con una sonrisa en el mercado de los lunes, o esperaba a brazos abiertos en el aeropuerto.
Así pasaron los años, las madres eran cada vez más fascinantes y veían cómo las niñas de sus ojos estaban creciendo, lo notaban en los detalles, incluso al verlas comer pizza sin patatas fritas. Por fin la soltera se había unido al club de las melenas negras y se había organizado para regresar durante una temporada. Pocos meses las separaban de otro reencuentro digno de descorchar otra botella de Prosecco para celebrar los años, la Serenísima, los amores, la vida, el destino… Pero fue este mismo, el que las unió una vez, quien este 3 de junio jugando a la crueldad envió de la forma más traicionera a la muerte para que se llevara súbitamente una mujer espléndida, valiente, feliz, llena de sueños… La muerte sin la menor compasión se apropió de una mujer con una gran fortaleza, el ejemplo perfecto de una vida donde no había espacio para la cobardía, la flojera ni la mediocridad. Una mujer que dejó huella en todos los caminos que recorrió, y un vacío insondable en el alma de todos los que tuvieron la suerte de cruzarse con ella.
Allá donde se encuentre la otra punta de este triángulo que ha vuelto a crecer, estará con los ojos perfectamente delineados, el pelo recogido, y su radiante sonrisa vigilando que no falten motivos para celebrar por ella, y brindando cada vez que sus amigas pidan Prosecco, como siempre, para tres.
Cara Roxana, grazie.
Foto: Yedzenia Gaínza