20 de marzo, 2014
Lágrimas de una madre
Después de un viacrucis burocrático impuesto por el gobierno venezolano, y de la buena voluntad de un hombre con barras en los hombros conseguí que mi mamá me visitara por dos semanas. Catorce días que en una relación madre-hija son más de veinte mil minutos en los que podría estallar el clásico choque de trenes, demasiado poco tiempo considerando que con suerte la tendré cerca en Navidad, y muchísimo para quien a pesar de haber bajado del avión con la primavera bajo el brazo se queja del frío europeo (22º C).
Mi intención era que tomara una bocanada de aire y tranquilidad, que hiciera esa higiene mental que recomiendan a diario mis amigos aquí y que no consigo por estar pegada al teléfono con +5:30h en contra de mi sueño y obligaciones. Lo intenté, pero no tuve éxito.
El trauma de la escasez que enfrenta a diario la hizo insistir en ir a un supermercado… ERROR!!! A mi pobre vieja se le iluminaban los ojos como a niño en juguetería. Los pasillos repletos de productos que hace tiempo no ve ni siquiera en la televisión la hacían llenar un carrito que yo iba vaciando por detrás. La carnicería rojita pero no de revolución del hambre sino de grandes piezas de carne tierna la emocionaban como si se tratara de una obra de arte, el pollo de todos los tamaños y para todos los gustos, una charcutería con tanto jamón que costaba decidirse y el queso que le gusta comer a mordisquitos la conmovieron. Cuando vio el pasillo de la leche y las torres para llevarla por cajas si le parecía, un dejo de nostalgia se apoderó de su mirada… Mi mamá “guapeó” cuanto pudo, pero al recordar que el sábado anterior en un supermercado venezolano que parece una ciudad fantasma sólo había conseguido un litro de aceite, pasta y algo de harina de maíz, rompió a llorar.
¡Qué dolor, qué impotencia, qué desgracia! Mi madre lloraba por todo lo que sus hijos ya no comen, por todas las horas que tiene que hacer cola para “lo que haya”, por el país que perdimos y ella aún no sabe muy bien cómo. Porque mi mamá no sabe qué es la derecha ni qué es la izquierda. Al igual que la mayoría de los venezolanos que conocimos el país de las siete estrellas, sabe distinguir perfectamente entre un corrupto y un político honesto; y nada le importa el color de los partidos ni la palabrería con la que buscan votos.
Mi mamá no tragaba a Carlos Andrés Pérez, entre otras cosas por lo corrupto que era. Creo que para ella no hay peor castigo que extrañarlo, y me juego una arepa de carne mechada con queso guayanés (en este momento más codiciada que el oro en polvo) si alguno de nuestros padres no siente lo mismo. Esa desgraciadamente es la clave, estamos tan mal como nunca pudimos imaginarlo, tan mal que extrañamos a Carlos Andrés Pérez, estamos tan mal que nuestros rostros se iluminarían como el sol de los Teletubbies si volviéramos a tener a ese gocho en Miraflores. Pero no porque nos gusten la corrupción, los paquetazos, y mucho menos lo que vivimos con él en su segundo mandato, sino porque en esos años nuestros supermercados estaban full de productos de diferentes marcas y los clientes que entraban a comprar lo hacían sin ser marcados como ganado. En esos años la gente no mendigaba medicinas al exterior porque el país tenía una sólida industria farmacéutica. En esos años el hampa comenzaba a soltarse el moño pero salir a la calle no era jugar a la ruleta rusa. En esos años la prensa era «el cuarto poder» y la libertad de expresión sagrada.
Nos gobernaba un DEMÓCRATA, y no hay que olvidar que a ese demócrata quisieron matarlo en un golpe de Estado algunos de los que ahora forman parte del régimen que se escuda en la impunidad y la mentira para acosarnos y asesinarnos.
Mi madre, esa señora que no soporta más de tres minutos al teléfono se ha modernizado porque para saber lo que pasa en el país ya no cuenta con la televisión negligente ni con las poquiticas páginas que tienen los diarios que no alcanzan para contarlo todo. Estos días de “desconexión” fracasada me sirvieron de espejo para ver hasta qué punto estamos enfermos. La pobre me contaba los detalles que no trascienden en las redes sociales, los mismos que me cuenta a medias cuando la llamo. Refugiándose en su inagotable fe rezaba para que mis hermanos no se conviertan en un preso, herido o muerto más. Se le iban los ojos cuando veía por la calle a un niño jugando mientras recordaba que su nieto tiene que hacerlo encerrado en casa para poder estar “medio seguro” y cuánto tiene que subirle el volumen a las comiquitas para que no escuche los disparos. Revisaba su teléfono innumerables veces y sufría cada muerte como si se tratara de un hijo propio. La furia la envolvía deseando “poner en los palitos” a uno de esos que se sienten muy fuertes porque golpean entre varios a una persona indefensa. Y conociéndola, no le recomiendo a ningún elemento de esos que se le acerque a mi vieja cuando anda con el “apellido atravesao´”.
Hice grandes esfuerzos por hacerla dormir y no pensar en su tierra ni en su gente, el esfuerzo fue doble porque sé que es inevitable, sé lo que siente, y para convencerla tenía que empezar por mí (¡tremenda ayuda!). En resumen, sólo conseguí entretenerla por raticos, el más largo fue la hora y media que duró el monólogo de un humorista que logró hacerla reír como no lo había hecho en mucho tiempo, y le agradezco profundamente la hazaña porque él sabe parte de lo que está pasando en casa.
Veo que me he ido por las ramas para evitar recordar el llanto de mi madre, pero sé que me entenderán porque es muy doloroso ver sufrir a nuestra sangre. El llanto de mi vieja es el mismo de millones de madres venezolanas, un llanto prematuro, antinatural, injusto. A diferencia de otras madres del mundo, las nuestras no lloran por perder a sus padres o maridos. Nuestras madres lloran porque no tienen vida hasta que cada uno de nosotros se reporta para decir que ha llegado bien, porque no consiguen la leche que sus nietos necesitan para crecer, porque escuchan las balas y saben que muchas ya tienen nombre, lloran porque no hay medicinas en ninguna parte ni para comprar ni para ayudar a un enfermo con su tratamiento médico, lloran porque han visto a sus familias desparramarse alrededor del mundo, lloran porque asesinos con sueldo formal o informal del Estado están diezmando a un pueblo que no pide más que libertad para comer, estudiar, trabajar, informarse, moverse… En fin, libertad para vivir en paz, pero en paz de verdad, no en eso que este régimen macabro quiere meternos en la cabeza a punta de plomo. Pero también tienen lágrimas de esperanza como cuando mi vieja dice “esto se tiene que acabar, vamos a tener el país que nos merecemos, vas a regresar a tu tierra y yo voy a vivir para verlo”.
Ante tanto optimismo y seguridad, a esta mujer que por más que lo imagine sigue ignorando lo que siente una madre no le queda otra cosa que romper el silencio para decirle: ¡Ojalá mami, ojalá!