31 de enero, 2014
Gris plomo
Una de las ventajas de nacer y crecer en un país tropical es la cantidad de días de sol que tenemos. Los venezolanos no sabemos lo que es sentir cómo el frío del viento te cae a puñaladas en la cara, no sabemos lo que es ver los árboles pelaos con un cielo más triste que comer solo, ni caminar rapidito para no quedarnos tiesos. Tampoco sabemos lo que es hablar raro porque se nos han congelado los labios, ni pasar una Navidad envueltos en lana.
Cuando era pequeña y la ciudad amanecía con un “palo de agua” de esos que dejan nuestras calles como canales venecianos pero sin góndolas ni italianos, el olor a tierra mojada me embriagaba, el suave paso de los carros sobre los charquitos me servía de banda sonora, y el gris en la ventana me hacía mendigar “cinco minuticos más” en la cama. Alguna vez funcionó eso de “mami hoy no que hace mucho frío” y digo alguna vez porque cuando no la convencía yo era una de los cuatro pendejos que se presentaba en el colegio sintiendo envidia por todos los compañeros que a esa hora en lugar de repasar lo anterior, leer largas horas o tener una clase más relajada, estaban todavía en pijama viendo comiquitas.
Los días grises en Venezuela nos ponían más tristes que Marco cuando se fue la mamá. Si eran cada cierto tiempo no pasaba nada, pero como duraran más de lo esperado nos dejábamos de dramas y buscábamos la fiesta (también una pulmonía) jugando bajo la lluvia, bañando a nuestros perros, revolcándonos en el barro donde se supone que debíamos jugar metras, saltando sobre charcos, y por supuesto estrenando la indignación cuando algún desalmado nos emparamaba el uniforme y los cuadernos. Que luego nos regañaran en casa, nos hicieran ducharnos y bebernos un litro de limonada caliente era la cuota a pagar por el bochinche que hoy allende nuestras descalabradas fronteras ya no vivimos porque como mucho nos permitimos hacer angelitos en la nieve cuando la Heidi que sigue dentro de nosotros se desata sin importarle cuántos años tenemos.
Esas quejas porque el domingo el sol parecía salir más temprano en lugar de llover y dejarnos dormir hasta mediodía es algo que no nos atrevemos a pensar durante los largos meses de otoño e invierno gringos o europeos. Aquí valoramos cada rayo de sol como si se tratara de oro en polvo y parecemos chamitos castigados cuando vemos por la ventana que el gris y el frío no nos darán tregua hasta que la primavera aparezca, y que no hay montaña a la que podamos rodear para echarnos un bañito en una playa besada por los maravillosos rayos de sol que tanto extrañamos incluso los que tenemos la piel como una perla que nos hace parecer personajes de “Cocoon” en bikini.
Será que me estoy poniendo vieja y la nostalgia me está atacando, será que el gris de este viernes europeo me ha metido el frío en el cuerpo, o será que las noticias que leo me hacen temer que cuando vuelva a mi querida Venezuela sólo encontraré eso, sol, calor y salitre. Será que comienzo a temer que si no espabilamos los de aquí y los de allá vamos a terminar mendigando, ya no por cinco minutos más en la cama sino por la comida que cada vez se hace más difícil conseguir (previa humillación de colas y el numerito pintado en el brazo, claro). Será que este gris plomo que veo en el cielo y en la mirada de los venezolanos va a perpetuarse tapándonos el sol más de los quince años que lo hemos permitido. ¿Será que el gris y el plomo seguirán filtrándose en nuestras casas por inexplicables goteras inundando nuestras calles de barro, muerte, hambre y miseria mientras los gondoleros de turno navegan protegidos sobre canales de petrodólares que controlan a medias corruptos y delincuentes comunes? ¿Será que nos cansamos, perdimos la esperanza o nos acostumbramos a este invierno sin fin?
Serán todas las anteriores… Sí, porque el gris que no nos deja ver nuestro inmenso cielo azul es del tono que cada uno ha querido ponerle, y mientras la mayoría no coincidamos en este que ya se está poniendo negro no habrá primavera que valga para el país de la bendita/maldita eterna primavera.
Acabo de asomarme por la ventana, y a pesar de que hoy no hay clases no hay ni un solo chamito en bicicleta burlándose del invierno, afortunadamente están en sus casas protegiéndose del frío y no de las balas.