5 de noviembre, 2014
Fuera de foco
Dicen que una imagen vale más que mil palabras y nuestra forma de relacionarnos en el mundo actual parece confirmarlo. Sin embargo, ese empeño en inmortalizarlo todo para “recordar” o mostrarle al mundo lo que vivimos nos está alejando cada vez más de lo realmente importante: vivir.
Ahora todo el mundo es fotógrafo, cineasta… Muchos se empeñan en convertir su vida en una especie de reality show donde transmiten en tiempo real todo lo que les pasa. Etiquetas van y etiquetas vienen. Exponen a sus hijos convirtiéndolos en presa fácil de cuanto degenerado circula por las redes buscando imágenes que satisfagan sus perversiones. Todo el mundo se entera de quién es la parejita de turno y de qué color son las sábanas que sudan.
No debería ser yo (una enganchada al teléfono) la que critique la permanente interacción en las redes sociales. No obstante, hay una línea que algunos parecen no ver y que no deberíamos cruzar porque hacerlo lleva a crear un álbum de fotos de cada cosa convirtiendo el paso por este mundo en una especie de photocall que no distingue entre encuentros, parrilladas, conciertos, funerales y fiestas. Sí, acabo de incluir en el mismo paquete funerales y fiestas porque algunos han llegado al punto de creer que ambas cosas son lo mismo.
¿Alguien se ha parado a pensar que en la mayoría de los casos la obsesión por la foto se roba el momento? Es maravilloso tener un recuerdo de un día, de un encuentro o una celebración, pero es muy triste que eso sea lo único, que nadie hable entre sí porque todos están muy ocupados haciendo su propia versión para publicar, que el centro de atención sea el “pásame las tuyas”. De verdad, es muy triste.
Da lástima ver cómo algunos llegan a profanar la propia intimidad para que el mundo sepa con quién se han metido en la cama o en la bañera. ¿Se puede ser tan infinitamente infeliz como para aparentar lo contrario ensuciando una experiencia íntima al hacer que todo el mundo la conozca hasta el más mínimo e innecesario detalle? Fotos de hospitales, de resultados negativos de enfermedades de transmisión sexual, y un etcétera tan variopinto como espeluznante. ¿Es necesario? ¿Hay tanta gente tan manca de atención o cariño? ¿Es la mejor forma de conseguirlo? ¿Es más importante despertar la envidia o la lástima ajena que nuestros propios sentimientos?
Hace unos meses un ser querido que dista mucho del exhibicionismo esperó pacientemente un descuido mientras me hacía creer que probaba una cámara. Me dijo que iba a ser padre… Silencio, que nadie se mueva. No fui capaz de decir absolutamente nada –por más increíble que parezca– y la cámara dejó de grabar eso que jamás habría sido publicado. Unos segundos después de sentir cómo me recorría por dentro, la emoción decidió salir, así, como siempre, sin más testigos que los involucrados.
Si pasas la tarde junto a alguien en el banco de un lugar cualquiera, no importa cuántas fotos hagas o cuántas veces vuelvas. Ni siquiera importa si un día el banco deja de estar allí, lo que de verdad cuenta es el brillo del sol que iluminaba a sus ocupantes, la mano que jugaba con tu pelo, el rostro que reconocerías con sólo pasear tus dedos sobre él. Eso no hay “like” ni «RT» que lo entienda (ni lo sustituya).

Piénsenlo, los mejores momentos de nuestras vidas ocurren mientras estamos fuera de foco.
No quiero decir que debamos olvidarnos de las fotografías, sino que lo realmente importante es la experiencia, la emoción, el sentimiento. No se trata de avergonzarnos como hacen en el fondo esos que miran a los lados antes de besar a alguien. Se trata de vivir de verdad y sobre todo, de no prostituir nuestra intimidad. Y ya sé que en muchas ocasiones somos tan felices que podríamos subirnos a lo más alto de una montaña para expresar lo que sentimos, pero no nos engañemos, nadie que es realmente feliz sacrificaría un solo minuto de lo que está viviendo por ir a contárselo a todo el mundo. Y si lo hace es porque de verdad no lo es pero quiere aparentarlo.
Es triste ver que cada vez más todo se reduce a una imagen y no hay una emoción, un olor, nada profundo capaz de ir más allá de lo que sirve para cosechar “likes” o seguidores. Tal vez se deba a que no soy una experta en informática, a que soy una paranoica – o a ambas cosas– pero me pregunto de qué tamaño va a ser el hueco en la memoria de todos esos que han dejado de vivir por inmortalizarlo todo. ¿Inmortalizarlo todo para qué? ¿Para cuando seamos viejos y la senilidad no nos deje reconocer a un antiguo amor? Seamos sinceros, no necesitamos de tanto para algo tan sencillo. Estaremos tan viejos que incluso con la foto a todo color y en formato valla de autopista seremos incapaces de recordar nada ni a nadie que no haya dejado huella en la verdadera memoria, la del alma.
Estoy segura de que en este momento quienes leen esto comienzan a recordar esa caricia, esa mirada, ese beso que no aparece en ninguna parte más que en la taquicardia que nos genera. Porque no hay “like” capaz de recrear o multiplicar emociones.
Si en medio de una mudanza o un incendio, si por un virus o la acción de un sin oficio que viole mi nube se desintegra el contenido de mis archivos de imagen, lo lamentaré, mucho. Pero lo que he vivido, eso no me lo quita nadie.
Y si la vejez y la falta de memoria hacen de las suyas, no se empeñen en hacerme recordar lo que ya no pueda, mejor disfrutemos del aquí y el ahora, pero de verdad sin dejar ir lo importante.
Comencemos a vivir el momento.