Éramos felices y no lo sabíamos…

Cuando miramos a nuestro alrededor en esta Venezuela que no reconocemos es inevitable sentir nostalgia por aquellos años en los que éramos felices sin saberlo.

Eran las cuatro de la mañana cuando abrí los ojos porque mis sueños no fueron capaces de llevarme tan lejos como para ignorar que algo importante estaba ocurriendo… Claro, me había acostado unas tres horas antes del inicio de un Caracas vs Magallanes y pocos son los venezolanos que no sienten un inexplicable escalofrío cuando llega “la hora de la verdad”. Porque sin importar que esté comenzando la temporada, nos estemos jugando la clasificación, incluso el campeonato, en un Caracas-Magallanes nos jugamos el orgullo y afloran todas nuestras pasiones de país alegre, sencillo y generoso.

Con un ojo bien abierto y el otro luchando contra la ceguera tuve que conformarme con escuchar la transmisión por radio (¡viva internet!). Cuando uno está de este lado del charco no se pone tan exigente, hasta el altavoz del teléfono de nuestra antigua casa pegado al televisor basta para vivir la emoción del juego. De modo que preferí seguir acurrucada entre las almohadas, con un ojo operativo, los oídos bien finos, la imaginación en HD y los latidos en el estadio, mi estadio.

¿Por qué soy magallanera? Porque nací magallanera, porque me lo dieron en el tetero y las compotas, porque no podía ser de otra manera. Y no soy de las que se sabe las estadísticas, soy (tal vez como la mayoría) magallanera de sangre y sentimiento.

Pero ser magallanera no me aleja del sentido común, por lo que saber que en el último inning bateaba el caraquista milagroso que más miedo me da (Bob Abreu) y que me encantaría tener en mi nave, aceleró mi pulso  deseando sin más certeza que la que aporta una pelota en el aire que el juego se cerrara con broche de oro… Y pasó, ponchamos a Bob Abreu, ganamos 8 a 0, eliminamos al Caracas, pasamos a la final y todo ocurrió en nuestra propia casa. ¿Se puede ser más feliz? Claro que se puede, aunque parece que lo hemos olvidado.

Un amigo escribió ayer un mensaje que resume todo: “Seré la persona más feliz del mundo cuando mi única preocupación sea que ganó Magallanes o Caracas”. Ignacio (así se llama) tiene razón, toda la razón del mundo. Y me atrevo a decir que lo hizo recordándonos que a pesar del éxtasis magallanero, nuestro país hace tiempo que no recibe más que un “strike” detrás de otro, y debería avergonzarnos que este gobierno de “bates quebraos” lleve quince años ponchándonos una y otra vez sin que ninguno de nosotros escupa tabaco, se reacomode la concha, adopte la posición correcta y batee un jonrón que los saque de nuestras instituciones, nuestras calles y nuestras vidas.

Éramos felices y no lo sabíamos. Había delincuencia pero podíamos salir a la calle, las cosas estaban caras pero podíamos comprarlas, había trabajo y aunque no ganáramos millones nos alcanzaba para vivir y reunirnos en el patio de alguno a comer parrilla y beber cerveza mientras juntos caraquistas y magallaneros éramos presa de las bromas del que ganara. Había corrupción, pero no este despropósito. Éramos tan arrechos que hasta nos dimos el lujo de destituir a un presidente para enjuiciarlo.

Ahora somos un país de ponchaos, que se cala las colas para comprar comida, que hace vacas para pagar rescates de secuestros, que no sale de casa y si lo hace no sabe si en el camino se encontrará con el frío de una 9mm en la frente. Otros nos han quitado el derecho a decidir lo que comemos, leemos, vemos, escuchamos, compramos, vendemos, alquilamos, y por supuesto, lo que votamos. Somos un país de ponchaos que sin arriesgarnos a robarnos las bases no corremos lo suficiente porque damos por hecho que en lugar de “quieto” el umpire nos va a cantar “out”.

Hoy es 23 de enero y a toditos los que ya no somos unos chamos que juegan chapitas debería darnos vergüenza que con muchos menos recursos nuestros padres y abuelos se echaron a la calle a pelear por la libertad que durante años disfrutamos y por pendejos nos dejamos arrebatar. Hoy 23 de enero de  2014 debería darnos vergüenza el tierrero que está quedando de este estadio abandonado llamado Venezuela al que todos  miran con lástima mientras recuerdan con nostalgia la grandeza de eso que parece que nuestros hijos nunca van a conocer.

Ahora nos toca conformarnos con un ratico de ilusión por haber ganado un juego de béisbol sabiendo que será sólo eso, un ratico y nada más porque los tiranos que nos azotan estarán acechando a la espera del mejor momento para darnos palo, palo y palo.

 

 

Yedzenia Gainza

http://www.yedzeniagainza.com

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