El país de los pendejos

Cada vez que veía que una persona permitía a otra abusar de su generosidad mi papá decía: “Todos los días sale un pendejo a la calle, y quien lo consigue se lo queda”.  Funcionaba para muchas cosas, y por supuesto lo repetía como una mantra al ver el resultado de las elecciones.

En “la cuarta” uno iba al supermercado y se arropaba hasta donde le alcanzaba la cobija, no le mendigaba nada a nadie, no se vendía aplaudiendo. La patria no era significado de penurias y necesidades insatisfechas, la patria era otra cosa, pero todo esto ya se los he contado antes.

Siempre existió el vivo, el que se la daba de vivo, el que no se dejaba, y por supuesto, el pendejo. Todos poblaban hasta el más modesto barrio de la inmensidad venezolana. Los más peligrosos eran los vivos y los pendejos, los primeros porque se aprovechaban de cualquiera buscando su propio beneficio, y los últimos porque eran imprescindibles para que los vivos hicieran lo que les diera la gana. En resumen, todo vivo necesitaba de un pendejo, y a mayor cantidad de pendejos a su servicio, mayor era el éxito del vivo. Normalmente el vivo tiene que ir cambiado de sitio porque una vez que ha exprimido al máximo a los pendejos de un lugar, se va a uno nuevo para conseguir otros. A veces ocurre algo maravilloso, el pendejo por fin abre los ojos, se convierte en uno de los que no se deja, se sacude al vivo y hasta se cuida de no volver a caer.

¿Les suena esto? Claro que les tiene que sonar. Este era el país que un 23 de enero de hace más de medio siglo se hartó de tanta represión, salió a las calles y acabó con una dictadura. Este es el país que hizo sudar a un corrupto al que el tiempo en la silla no le bastaba  para emborracharse y mantener con nuestro dinero a una barragana que hacía las veces de primera dama. Este país es el que llevó a un presidente a juicio por malversación de fondos. Sí, y también el que llevó a un golpista a la presidencia para convertirlo en una especie de deidad cuyo único milagro fue dejar pasar los mejores años de renta petrolera para hundirnos en la miseria más profunda y convertirnos en emigrantes con familias desparramadas en los cuatro puntos cardinales.

Ya sé que no es lo mismo salir a protestar en un país donde se respetan los derechos humanos que en uno donde por hacerlo te conviertes en el blanco de las balas de malandros armados por el régimen.  Pero tampoco podemos negar que estamos haciendo gala de la cantidad de pendejos que tenemos por metro cuadrado. ¿Alguien puede decirme qué carajo hacen miles de personas aguantando una cola kilométrica propia de hambrunas africanas para comprarse como mucho cinco trapos? ¿Por qué seguimos permitiendo que este régimen de inútiles tape bocas a punta de muñecas de plástico a precio de ganga?

Trapos, muñecas, juguetes y televisores. ¿Esas son nuestras necesidades? Nos hemos convertido en los pendejos necesarios para que los vivos sigan haciendo lo que quieren. Yo me resisto a pensar que somos los sinvergüenzas que seguimos con el mismo novio aunque nos tenga como venados a punta de tanto cacho, me resisto a pensar que somos los pendejos que un día salimos a la calle para que un miembro del PSUV nos hiciera suyos.

No quiero que me regalen las cosas, ni que me pongan todo en la mano. No quiero robar a nadie, quiero ganarme honradamente lo que luego utilizaré cómo, dónde y con quien me apetezca. Quiero ir a un supermercado a comprar lo que yo pueda permitirme y no lo que otros me impongan comer. No quiero ver a mi familia marcada como ganado, y supongo que el resto de los venezolanos quieren lo mismo que yo.

Me resisto a pensar que a falta de champú cuando quieren lavarse el pelo, las mujeres venezolanas se conforman con admirar el de una Barbie. Me resisto a pensar que cuando alguien está enfermo lleva su enfermedad mejor si sale vestido de ZARA a peregrinar por las farmacias. Me niego a aceptar que en mi país la gente prefiere tener un plasma gigante aunque no tenga luz con qué encenderla. Por eso siento que se me deshace el hígado cuando veo los centros comerciales llenos de colas humillantes propiciadas por un régimen de ignorantes y seguidas por una legión de sinvergüenzas que se humillan sin pensar en el daño que hacen al resto.

Qué bonito sería que un día el país se despertara con menos pendejos, que a las tiendas con remates forzados no fuera nadie, que los centros comerciales estuvieran desiertos y que le dejáramos claro a la revolución del saqueo que nosotros no queremos limosnas, queremos trabajar sin que nos maten en el intento.

Estamos a las puertas de una nueva Navidad pisoteados por los mismos malandros, dándoles la razón a quienes en febrero dijeron que esto no se acababa, a los que en mayo dijeron que llegaría el Mundial, terminaría y sería la misma vaina, a los que dijeron que los pobres presos políticos estaban haciendo por nosotros lo que no nos merecemos. Aquí estamos pensando cómo estirar las utilidades para poder tener un pernil en el horno el 24 de diciembre y peregrinando por aceitunas para las hallacas casi con la misma desesperación que por antibióticos o insulina. Y mientras tanto, una cuerda de sinvergüenzas egoístas están allí en su cola para comprarse unos trapitos con los que darán menos lástima a quienes los ven en los noticieros alrededor del mundo donde no saben que se los van a estrenar después de haberse bañado con un tobito, sin luz, y estirando al máximo el desodorante y el champú.

“Y aquí vamos los pendejos” es lo que deberían corear en esas colas mientras desde Miraflores alguno se ríe y duerme como un niño porque “ser corrupto es una nota”.

En el país de los ciegos el tuerto es el rey,  en el de los pendejos el corrupto es presidente, y seguirá siendo así hasta que todos consigamos volver a ser de los que no se dejan.

 

 

 

 

 

Yedzenia Gainza

http://www.yedzeniagainza.com

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