El embajador de la muerte

Este régimen agrede al país con tanta frecuencia que no da tiempo de reponerse de un golpe cuando ya estamos recibiendo otro.  Venezuela se ha convertido en la piñata de la fiesta del chavismo en la que no hace falta celebrar un cumpleaños para recibir palo y palo hasta romperla y descuartizarla a fin de poder sacarle de las entrañas hasta el último de los caramelos negros envueltos en billetes verdes con los que vino de fábrica.

Esa pobre piñata llena de huecos ya no da para más. Son pocos los corotos que le quedan dentro después de años de paliza que bien se han repartido a tandas Hugo Rafael –que se fue dejando al amigo bobo a que pegara por él–  y sus amigotes. Los mismos amigotes que para conseguir invitación supieron ponerse la camiseta roja y practicar con esmero el aplauso de foca para animar al afortunado que a punta de palo, plomo, o de un sablazo –según ellos bolivariano– masacra durante un rato al país que ahorcado con la cuerda de la revolución bonita brota los ojos y saca la lengua bajo la sombra de una mata de mango en la que como caimanes en boca de caño todos los boliburgueses esperan turno y su parte del botín.

A esa piñata llamada Venezuela el palo más reciente –porque desgraciadamente no será el último– se lo ha dado un payaso que hace las veces de Embajador ante la Organización de Estados Americanos. Un payaso de esos mancos de sentido del humor, con la boca grande, la lengua larga y la dignidad corta. Un payaso con una inteligencia inversamente proporcional a la pedantería con la que se mueve creyéndose el dueño del mundo por tener un pasaporte diplomático que en el caso de este régimen no es un mérito, sino una vergüenza porque cualquier inepto –eso sí,  muy complaciente– puede convertirse en jefe de una misión que represente a la cuerda de sinvergüenzas que saquean al país, pues es evidente que de los intereses de los venezolanos se ocupan bastante poco, por no decir nada.

 

Ese indecente que se alimenta del sueldo que nosotros le pagamos, que se calma el hambre y satisface los vicios a costa de nuestros bolsillos, se ha permitido el lujo de describir con su decrépita y torcida sonrisa cómo suena la cabeza de un opositor venezolano cuando es atravesada por un proyectil. Y lo hace como si hubiera diferencia entre los muertos que cada día colapsan nuestras morgues. Ese embajador que se expresa como un asesino es el diplomático más apropiado que puede tener un régimen que persigue, encarcela, tortura y asesina a sus adversarios. Ese señor que utiliza el canal de televisión del Estado –no de Maduro, ni del PSUV, ni de  Chávez, ni mucho menos de Diosdado, sino de todos los ciudadanos de este país– para describir con sadismo la experiencia de miles de jóvenes que han perdido la vida a causa de las balas que por desgracia nunca escasean, ha dejado clara la posición del régimen que representa. Ha revelado al mundo lo sanguinarios que pueden ser contra quienes no formamos parte de ese festín ni aplaudimos para que sigan saqueando la piñata. Ese diplomático de lengua pérfida se ha recreado en la muerte de muchos venezolanos como si la vida valiera la utilidad de su cargo para nosotros.

Cuesta pensar de la misma manera sobre él, tal vez porque hace falta estar compuesto de una masa especial para tener semejantes ideas. Roy Chaderton está lo suficientemente podrido por dentro como para no ser merecedor de un plomazo. La naturaleza es sabia y el tiempo implacable, saben perfectamente cómo dar una muerte de esas que lentamente paralizan los sentidos y van convirtiendo a un altanero degenerado en un despojo humano. No es necesario saber cómo suena el vertedero que Roy Chaderton tiene en la cabeza, con escuchar sus palabras se puede imaginar la halitosis producto de esa putrefacción interna que lo compone, y  eso ya es suficiente para sentir náuseas durante un buen rato.

Las madres de todos esos muchachos que han perdido la vida por un balazo de los que tanto divierten a Roy Chaderton y al público que le aplaudió el mal gusto, hoy están demasiado ocupadas llorando a sus hijos y buscando justicia. Esas mujeres no tienen tiempo que perder con un miserable que en el ocaso de su vida se regodea en el dolor ajeno. Saben que no volverán a ver a sus hijos aunque el embajador de la muerte se haga con el más profundo desprecio de todos los venezolanos decentes que afortunadamente superamos en número al grupito de delincuentes que le otorgó una silla ante la OEA, donde no sólo avergüenza a nuestra nación, sino que también ejerce como embajador de la corrupción.

El único sonido que sería agradable escuchar es el de un juez cuando sentencie al encierro a todos los responsables directos e indirectos de la mortandad que desde hace tantos años ha dejado el régimen que apalea a Venezuela. En cuanto a Chaderton, ya la vida le hará escuchar ese chasquido tenebroso que no entiende de arrogancia y a su edad no sólo tiene garantizado, sino cada vez más cerca.

Foto: Diario de los Andes.

Vídeo: Runrun.es (vía youtube).

Yedzenia Gainza

http://www.yedzeniagainza.com

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