17 de abril, 2014
Desnudez
Con este régimen hace mucho que perdí la capacidad de asombro. Sin embargo, conservo otras cosas que no formarían parte de la naturaleza de los monstruos de Miraflores ni volviendo a nacer. Y lo digo en plural porque aunque ante el mundo hay una cabeza — bastante hueca— visible, todos sabemos que el festival de puñaladas con liguita lleva tiempo en “pleno desarrollo”.
Unos hombres que de inteligencia deben tener lo mismo que yo de vulcanóloga, y de humanidad no deben haber oído hablar en su miserable vida, atacaron a un muchacho, le pegaron, lo despojaron de su ropa y lo dejaron desnudo en medio de la calle. Con dolor e impotencia vi la escena en la que seres de esos con un mundo interior muy pobre —si es que lo tienen— y de los que hasta las prostitutas renegarían la maternidad, encontraban satisfacción en un acto tan despreciable. Porque para nuestra desgracia, el planeta es tan ancho y la vida tan generosa que permite la existencia de gente como esa. Eso sí, el ataque lo hicieron entre muchos y bien armados, porque los cobardes actúan así, en manada y/o por la espalda, sólo así se creen invencibles y engañan a su decadente virilidad.
Un chamo, un estudiante, un ser humano fue despojado de sus trapitos, golpeado, humillado. Los cobardes huyeron y lo dejaron allí con su desnudez y con un único motivo de vergüenza: el de compartir género con semejantes animales.
No hay nada más honesto y generoso que desnudarse, mostrar cómo somos hasta el fondo, sin artificios, sin pretensiones ni vergüenza. Y ese día quedó demostrado que ese muchacho de lo único que puede sentirse avergonzado es del régimen que está saqueando y desangrando a su país. Ese día quedó al descubierto la dignidad de un venezolano, esa que no va en los trapos sino en la piel, en los huesos, en la sangre. Porque ese día —como todos los demás— ese chamo caminaba con el alma al descubierto.
El ataque se sumó a la larga lista de abusos que el Gobierno de los Cobardes cree que le estamos apuntando en una panela de hielo. Es obvio que todavía no han entendido de qué estamos hechos los venezolanos. Y si siguen creyendo que vamos a dejar de defender nuestros derechos por miedo a que nos dejen en pelotas, van a tener que acostumbrarse a ver nuestros cuerpos llenos de energía para combatir la mediocridad, la mentira, la cobardía, la delincuencia, el descaro y la infinita ineficiencia que ellos representan. Este país está al desnudo, camina sin armas, sin chalecos ni cascos. Venezuela lleva el alma al aire, y cuando pega el sereno se arropa con la bandera.
Valientes a los que hemos visto las costillas, gracias. Gracias por demostrar quienes son los que aun vestidos de uniforme, camisetas rojas, corbatas de seda, y chorros de petróleo no pueden ocultar la desnudez de su putrefacción.
Cool