¿Cómo duermen los ladrones?

Hace unos días salí  con una amiga a ver si en alguna tienda encontraba algo que le quedara bien a un par de zapatos que esta Navidad confirmaron que soy una enferma mental cuando se trata de tacones. Aunque a algunos les parezca raro, realmente no lo es tanto, muchas personas buscan el calzado que pueda quedarle bien a determinada prenda, pero las obsesas como yo buscamos algo que le quede bien a los zapatos de los que nos enamoramos.

No soy compradora compulsiva, simplemente daba una vuelta a ver si tropezaba con algo que me dijera “aquí estoy”, y lo encontré. Era un trapo negro, fabuloso y en oferta. Además tenía un cinturón de metal que le daba un toque tan chic que lo rendía irresistible. Como no podía ser perfecto, el metal estaba rayado, de modo que como toda mujer con un máster en compras, le quité a otra prenda uno que estaba intacto para cambiarlo por el feo.

Me metí en el probador con el trapo y unas sandalias que me servirían para calcular la altura de mis tacones. La vendedora me miró sorprendida –no es muy normal ver entrar a una mujer a los probadores sólo con 2 cosas–. El cinturón bonito se caía constantemente, así que decidí protegerlo con mi chaqueta para que no se dañara.

El atuendo me quedaba perfecto, excepto de largo. Aún descalza le faltaban unos 15 cm para cubrirme los tobillos. De manera que después de preguntar si era normal esa medida para piernas de preadolescente, volví al vestuario a quitarme la decepción.

Me entretuvo una llamada telefónica de esas que comienzan con excusas rebuscadas como si pudieran salvar una tarde de compromisos tirados por la borda. El punto es que al llegar a casa cayó al suelo el flamante cinturón. Pánico, horror, vergüenza.

¿Pero qué hace esto aquí? ¡Soy una ladrona! ¿Cómo es posible?

Mi amiga que afortunadamente me conoce desde hace casi 20 años miraba asombrada mientras se reía: “Tranquila, deja el drama, no te diste cuenta. Le podría pasar a cualquiera.”

Sentía que mi abuela desde el más allá me miraba con la ceja levantada, que si mi madre estuviera cerca le darían taquicardias y se sentiría incluso más culpable que yo. Obviamente no fue a propósito, pero cómo explicarle eso al de la tienda. Creo que si en lugar de haberse caído en mi casa, la gravedad hubiese vencido al cinturón en pleno establecimiento, en este mismo momento mis restos estarían siendo velados producto de una muerte por bochorno fulminante.

Comimos con el peso de la vergüenza sobre la espalda, y pasadas unas horas de tormento pensando cómo hacer para volver al negocio a dar explicaciones, y sobre todo, qué haría si no me creían, regresé. Transitando el camino de la honestidad que me llevaba a devolver lo robado, un taxi chocó mi carro… Vaya manera de empezar el año. Se hizo tarde y tuve que cargar con el botín a casa, otra vez pero a sabiendas.

Pasé la noche sintiéndome culpable, pensando que si alguien me vio por las cámaras pensaría que robé el accesorio aposta y no que se lo quité a una pieza para que la mía –que además no compré– estuviera soberbia. Pensé en toda esa gente que roba material de oficina en el trabajo, medicinas en los hospitales, que saca comisiones de obras públicas, gente que pasa facturas por comidas de empresa que realmente tuvieron con amigos, pasajeros que no pagan el ticket del metro, profesores universitarios con tarjetas de crédito costeadas con los ahorros de miles de ancianos confiados, caseros que no declaran el alquiler, “autores” que firman obras ajenas, presidentes que nacieron en un pueblo perdido en la sabana y de la nada dejaron a los vagos de sus hijos herencias millonarias. Me preguntaba cómo hacían para dormir después de haber robado con su respectiva planificación si yo no pegaba ojo por llevarme involuntariamente un simple cinturón de un trapo en rebajas.

Imaginé la angustia de mi mamá cuando se enterara,  que si me quedaba con ese bicho en casa como me aconsejó alguien para evitarme el mal trago de la devolución, no podría volver a verme en el espejo sin decirme “eres una ladrona”. Pensaba que yo no soy de ese tipo de gente, que mis padres ni mis maestros me educaron así.

Al día siguiente y con el auto estacionado lejos de taxistas dormidos, llevé el cinturón a la tienda, hice mi cola y le conté lo ocurrido al cajero que con cara de sorpresa me preguntaba si de verdad había ido hasta allí sólo para devolverlo y por qué. “Ay, muchas gracias.”

Salí del lugar con la sensación de haberme quitado un elefante de los hombros y comentando con mi amiga la estupefacción del muchacho. Esa noche me quedé dormida sin darme cuenta y me levanté tarde lista para matar un antojo de churros con chocolate que me merecía porque sí.

Lo significativo de este cuento no es lo que pasó ni lo que hice, eso es una anécdota para contar a los sobrinos. Aquí lo que cuenta es que muchísimas veces lapidamos a grandes ladrones sin considerar que el valor de lo robado no cambia el hecho. Robar es robar, y no hay que ver con admiración a ese que por hacerlo se cree más astuto que los demás. Robar es revisar la factura y quedarse callado sabiendo que han cobrado menos, pagar sin IVA, escaparse del trabajo, utilizar la señal de Wi-Fi o de tv por cable del vecino, quedarse con un libro prestado, llevarse las servilletas de los restaurantes de comida rápida, las toallas de los hoteles, o las mantas de los aviones. Y todo, todo se hace tan alegremente como si por ser nosotros los protagonistas ya no fuera lo mismo. ¿Con qué cara le pedimos a nuestros gobernantes que no nos roben si somos los primeros en hacerlo? ¿Acaso es menos prostituta la que cobra miles que la que cobra diez monedas por un servicio? Por supuesto que no, ambas lo son igual, lo que cambia es la tarifa y la apariencia de moribunda que tiene la de la calle respecto a la que parece una supermodelo. Exactamente lo mismo pasa al robar, da igual una cerveza que un banco, da igual ser ratero que ladrón de cuello blanco. Evidentemente aquí no entra la cara de perro que tiene el hambre cuando obliga a robar pan.

Cuando alguno se crea más listo por llevarse algo por lo que no ha pagado, aplauda que otro lo haga, o lo ayude con su silencio, que lo piense antes y admita que se encuentra en la misma categoría de todos esos LADRONES que han arruinado familias, empresas, y naciones enteras. Seguro ya no se sentirá tan orgulloso de la “hazaña” y buscará un mejor destino para su astucia.

Sin quererlo viví un día en ese mundo, les aseguro que fue horrible. No hay nada más sabroso que no deber nada y dormir sobre la mejor almohada, la de una conciencia tranquila.

Fotos:

H&M.

reportero24.com. La tostadora.

Yedzenia Gaínza.

Yedzenia Gainza

http://www.yedzeniagainza.com

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One thought on “¿Cómo duermen los ladrones?
  1. samuel

    El título de tu post sugiere una respuesta inmediata de quienes miramos y sentimos indignación por esos individuos que se hacen de lo ajeno impunemente. Esos, duermen tranquilos,plácidamente porque han logrado su objetivo sin obstáculo alguno. Son ladrones de profesión. Se han especializado para ello. En nuestro caso opera otra actitud, la honestidad. Nuestro objetivo es lograr por esfuerzo propio lo que deseamos y luego disfrutarlo con gran satisfacción por haberlo obtenido de esa manera. Esa fue la enseñanza que nos dieron esos abuelos y padres que siempre queremos que estén vivos. Allí está la gran diferencia. Al leer tu post, me asalta la memoria un caso similar que me ocurrió en un supermercado con una simple batería para un control remoto.Al darme cuenta que me marché sin cancelarla me abordó una vergüenza con un efecto que sentí hasta en mis vísceras. Cuando regresé para enmendar mi error, solo recibí a cambio una sonrisa y una expresión se sorpresa de parte de la cajera. A muchos nos ha pasado alguna vez, pero todos no experimentamos la misma sensación . Sin duda que tu post sugiere una gran reflexión adecuada a los tiempos que vivimos porque el robo es la práctica cotidiana en todos los estratos de nuestra sociedad. Además de expresarte mi admiración quiero agregar lo que mi padre me comentaba al respecto: » Solo se puede robar con impunidad, un beso de una mujer hermosa» ¡Nunca dejes de escribir!

     
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