14 de abril, 2014
Catorce de abril
Aquel 14 de abril el poder del petróleo y la impunidad estafó nuestras esperanzas. Nos robaron las elecciones, y quien pretenda convencerme de lo contrario ya puede ir abriendo caja por caja, contando voto por voto, verificando línea por línea, y cuaderno por cuaderno.
Esa noche la Venezuela creyente –y la que no también– pensó que “el tiempo de Dios” que llevaba tanto tiempo esperando, por fin había llegado.
Ya sé que muchos no le perdonan a Henrique Capriles Radonski que no nos llamara a la calle a expresar nuestro repudio contra la corrupción, el hampa, el hambre, la escasez, las deplorables condiciones de nuestros hospitales y carreteras; y por supuesto, las elecciones. Pero si al día de hoy llevamos decenas de muertos, centenares de heridos y detenidos porque sí y punto, es obvio que una manifestación del mismo tipo hace un año atrás habría sido suficiente para masacrarnos de a miles, Henrique estaría preso sin ninguna imputación decente y mucho menos con pruebas, igual que lo están López, Scarano, Ceballos y muchísimos otros. No nos engañemos.
No estoy diciendo con esto que los muertos por contarse a decenas duelan menos que si se contaran por miles. Uno ya sería demasiado. Un sólo herido, un sólo detenido, un solo “ataque fulminante” sería demasiado, y lo es. Lo que estoy diciendo, más bien repitiendo, es que a veces le exigimos a otros que asuman responsabilidades que nosotros no estaríamos dispuestos a asumir. Porque ninguno de nosotros podría dormir tranquilo sabiendo que una persona perdió la vida a manos de asesinos uniformados –o no–. Ninguno de nosotros podría mirar a los ojos a la madre de ninguna víctima que hubiese dejado la vida en la calle por defender el país que nos robaron.
Hoy de nada sirve pensar en qué pudo ocurrir hace un año cuando como buenos demócratas, pacíficos y también pendejos, creímos que esta pesadilla se acababa. Esa experiencia sólo nos ha servido para asumir que estamos peleando contra bestias que no tienen el menor respeto por los Derechos Humanos, que mienten con un descaro imposible de medir, que están dispuestos a usarnos como escudos humanos, a matarnos a plomo limpio, matracazos, gas del bueno, corrientazos y cuanto método sea necesario utilizar para seguir en el poder robando a manos llenas.
Porque como esta cuerda de corruptos y mediocres no sabe distinguir entre lo más elemental, el día que nos robaron los votos, las esperanzas, los reales y la libertad, también nos robaron la paciencia y el miedo.
Lo más difícil era dar el paso, y muchos chamos con la cabeza llena de ideas de verdad y no de pajaritos preñaos están demostrando a diario que lo que hace falta en este país es que dejemos de pedirle a los demás que hagan las cosas por nosotros, sino que las hagamos y punto. Y si los estudiantes y demás venezolanos de hace por lo menos diez años hubiésemos tenido la misma valentía que quienes hoy llevan más de dos meses jugándose la vida por defender nuestros derechos, si hubiésemos dejado de pensar que “el dólar no podía subir tanto”, que era “imposible quedarse sin comida”, que “este carajo no dura mucho”, “quién se va a vender en el poder judicial”, “la FAN no se va dejar montar la pata”, “la ONU no va a permitir abusos”, “los vecinos no nos van a dejar solos” y un etcétera más largo que cola para comprar harina, otro gallo cantaría.
En el país de los ciegos el tuerto es el rey. Lo malo para este “rey” es que sin darse cuenta le arrancó a muchos de golpe y porrazo la venda de los ojos. Ya no somos poquitos, sólo falta que los indiferentes dejen de hacerse los suecos llevando una vida “normal” (con inseguridad incluida, por supuesto) como si su ayuda no fuera necesaria. Sólo falta que terminen de abrir los ojos y vean que si no nos ponemos las pilas AHORA, dentro de diez o veinte años mientras hagamos la cola para pasar la tarjeta de racionamiento vamos a andar lamentándonos por lo que no fuimos capaces de hacer, y viviremos como los cubanos, conjugando en condicional, víctimas de la nostalgia, y nuestro único “orgullo” se basará en ser el destino de miles de hipócritas que predican lo ideal del “socialismo del siglo XXI” porque les gusta pasar las vacaciones en nuestras playas, comer lo que no podemos, y beneficiarse a nuestras mujeres para luego regresar con su decadente virilidad a Europa para seguir hablando gamelote frente a sus chimeneas.
Este 14 de abril al igual que todos estos agotadores días e interminables noches no hay espacio para pensar en violencia, rendición, derrota ni división. No caben los condicionales. Este 14 de abril es un día más para mantenernos en pie, para no comer cuentos de camino, y seguir resistiendo.
Estudiantes, madres, médicos, albañiles, abuelos, profesores, chicheros, cocineras, periodistas… En fin, venezolanos, apretemos los dientes y sigamos adelante.
Totalmente de acuerdo!!