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¿A eso le llamas victoria?

¿Con trampa, con mentiras, con excusas?

¿Sabe acaso a un chapuzón en el mar una mañana de verano?

¿Sabe a una copa de vino de esos que perfuman los sentidos?

¿Huele a un atardecer mirando el cielo desde un campo de lavanda?

¿A qué sabe la revancha que no cura la derrota?

¿Qué se siente al ganar sin sudor, sin esfuerzo?

¿Qué se siente ante el desprecio del decente?

¿De qué tamaño es el nudo en la garganta cuando se mira a los ojos callando la verdad?

¿A qué sabe caminar con la frente en alto ocultando una mentira que saluda cada mañana en el espejo?

¿Duerme bien en cualquier cama aquel a quien la espuria tranquilidad de su conciencia no le da ni para calentar un sofá?

¿Cómo es eso de sentirse triunfador ante el mundo y creerle a los aduladores?

¿A qué sabe la victoria sin árbitro, sin reglas, o irrespetando las que no convienen? ¿Al coco que sabe mucho mejor precisamente por lo que cuesta romperlo, tal vez?

¿Es posible sentir felicidad por aquellos que ignoran la verdad?

¿A qué sabe una victoria regalada, comprada, robada, pero no realmente ganada?

¿Sabe al champagne que te baña, al dinero que te abanica? ¿Quizás a la saliva de quienes te lamen los pies?

¿Cuántas lágrimas has derramado por este triunfo? ¿Cuántas son producto de la desesperación que te hizo dar la espalda a la honestidad y darle más valor al “como sea”? ¿Cuántas son por la angustia de pensar que tarde o temprano todo se sabrá?

 Cocotero2

Hacer trampa siempre termina pagándose, de paso, con intereses de usura. En la mayoría de los casos las letras comienzan a hacerse efectivas cuando el tramposo descansa plácidamente bajo la sombra del cocotero de la falsedad. Los cocos no caen menos fuerte ni a menor velocidad si la mentira fue contada sólo hasta la mitad. No hay nada más contundente que el peso de la verdad, y tarde o temprano el trofeo se convierte en una cruz cuyo peso es inversamente proporcional a la ingravidez que se experimenta al ser adorado por aquellos que sabiéndolo o no, creen en una victoria que inevitablemente se desvanecerá como el humo.  

Hacer trampa en el deporte, en los negocios, en el amor, en política, en la vida… nunca sale gratis. Parece que sí, pero no hay que fiarse, esas deudas siempre se pagan.

Fotos:

jardineriaon.com

quiencorrehoy.com

 

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Cómplice

No

 

Durante los últimos días no he podido evitar las náuseas ante la noticia de que una mujer denunciaba a un político por ofrecerle un puesto de trabajo a cambio de sexo. No es raro que la repulsión y la indignación se apoderen de quien lee algo así, lo que me molesta es haber sentido casi lo mismo por el acosador que por la “víctima”.  Como mujer he intentado ser lo más empática posible, pero he comprobado que la empatía, igual que la paciencia, tiene un límite. A lo mejor la mía es muy limitada, no lo sé. Lo cierto es que en este caso la vergüenza de género no me permite disculpar la actitud de la denunciante, es por esto que le diré algunas cosas:

No señora, usted no es una víctima como la niña que hace más de dos décadas perdió un año escolar en un colegio religioso por denunciar al profesor que pedía felaciones a las alumnas vírgenes a cambio de aprobar Física.  Usted no es una víctima como la señora que pasaba las noches limpiando y vendiendo cigarrillos o chucherías en el baño de una discoteca para poder alimentar a sus hijos. Usted no es una víctima como la mujer que haciendo arepas y jalea de mango ganaba para dar de comer a su familia. Tampoco es como esas señoras que pasan largas jornadas planchando ajeno y semanas comiendo pasta con sardinas porque no pueden permitirse más. Todas ellas tuvieron la misma oportunidad que usted: venderse al primer buitre que les ofrecía el camino fácil a cambio de prostituirse, o apretar los dientes y no tener nunca en la conciencia que lo alcanzado fuera producto de sudar sábanas en algún hotel –da igual si caro o de mala muerte–.

Usted pudo decir que no, pero prefirió hacer un trato con un delincuente, confiar en alguien que no tiene en cuenta la cualificación de los candidatos a un puesto de trabajo, sino la capacidad para darle placer sexual a su ruin y ofensiva existencia.  ¿Y por qué lo sabemos? Porque el roñoso rompió el trato, la dejó esperando como a novia de pueblo, no cumplió. Así que sea honesta por lo menos esta vez, usted no está denunciando el acoso sexual al que accedió, usted está denunciando que no le pagaron la tarifa correspondiente. Porque de haber sido contratada en el lugar que le ofrecieron, la denuncia jamás habría llegado a ninguna fiscalía. Usted denunció a su cómplice porque la dejó sin su parte del botín, no por la vergonzosa propuesta que le hizo. Y por mujeres como usted, dispuestas a venderse por un contrato de trabajo, un ascenso, una matrícula de honor, un cargo político o cualquier otra cosa con la que crean poder darse por bien pagadas, es que cerdos como el que usted ha denunciado siguen haciendo de las suyas dondequiera que van.

Las que aceptan y callan, las que denuncian por no haber sido compensadas, las que no ceden pero tampoco denuncian, todas son cómplices de seres nauseabundos que no se limitan a un solo ámbito de la sociedad. A estos aborrecibles seres se les puede ver en alguna universidad pidiendo a las alumnas que le acompañen a casa para encontrar un trabajo traspapelado que saben haber evaluado como “aprobado” pero –qué casualidad– no recuerdan con cuánto. También se les puede ver en las entrevistas de trabajo que pretenden hacer en reservados comiendo marisco y bebiendo espumante, en bromas de mal gusto que no esconden la verdadera intención, y un sinfín de escenarios más.

Desgraciadamente nunca vamos a saber cuánta gente como usted ha sido cómplice de un acto tan bajo como este. Pero lo más preocupante es que nunca vamos a saber el número exacto de mujeres –y de hombres–  que son acosados con la promesa de obtener algo de su interés o necesidad. Cada vez parece más complicado descubrir el nivel de presión al que se ven sometidas millones de personas por parte de indecentes que aprovechan su posición de poder para intentar beneficiarse sexualmente. Y cada vez vemos que por gente como usted se ve perjudicada la credibilidad de personas honestas que deciden denunciar estos hechos y luchar contra todo lo que se interponga para demostrar la corrupción de abusadores y de quienes les protegen haciendo la vista gorda.

Comprendo perfectamente que se sienta estafada, me parece estupendo que haya denunciado, y considerando que pretendía conseguir trabajo por un tipo de capacidades que no se ponen en un currículum, entiendo que usted no haya tenido la inteligencia suficiente para darse cuenta de que le estaban tomando el pelo. Da mucha lástima que se tenga tan poca estima como para creer que el sexo es el mejor medio que puede utilizar para firmar un contrato de trabajo, pero háganos un favor al resto de las mujeres: no se haga la víctima, porque aunque lo sea, usted sobre todo es cómplice.

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Caramba Simón, tú por aquí

Bruselas, corazón de Europa, una ciudad donde el verde de los parques y el colorido de las flores contrastan con el cielo gris y la llovizna pulverizada que convierten la acción de plancharse el pelo en una de las mil formas de perder el tiempo.

Cualquiera que haya atravesado Aragüita para ir a la UNITEC, haya viajado colgado en un autobús a lo largo de la Intercomunal de Turmero –donde después de una nada agradable caminata se entra a la UBA–, haya sobrevivido a los cráteres de la variante de Bárbula para poder ir a clases en la UC, o simplemente haya tenido que esconderse de los tiroteos en la UCV, podría pensar que al entrar a la sede del Parlamento Europeo en Bruselas se sentiría como cucaracha en baile de gallinas. Y un poco así parecía.

A la ciudadana de un país en el que desde hace tiempo regresar vivo a casa e irse a la cama sin el estómago vacío son considerados logros dignos de una medalla de oro en las olimpiadas de la vida, le impresionaba ver cómo hay un lugar en el que se discute el futuro de millones de personas e incluso se defienden los derechos que sistemáticamente son pisoteados por el régimen cleptocrático que hace años la hizo cruzar el Atlántico sin saber muy bien cuándo iba a volver.

 

Recordó que los tapones de dólares que tienen muchos países de su propio continente no son tan grandes como para ensordecer a la notablemente imperfecta Europa que como vieja señora, lleva a cuestas en forma de canas la experiencia de mucha sangre, sudor y lágrimas.

Mientras iba explorando los recovecos del edificio donde coincidía con muchas caras conocidas y casi en la misma proporción por las que inspiran desprecio o admiración, de pronto tuvo lugar una maravillosa sorpresa.

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Ni te quiere ni le gustas

 

Hace unos días Merritt Smith, una mujer indignada se dio a conocer por dirigir unas palabras al hombre que en un hospital le dijo a su pequeña de cuatro años  –que acudía allí por una paliza que un niño le había dado en la escuela– : “apuesto a que le gustas”.

La indignación de la madre fue tal que no pudo callarse, pues dice que en ese momento se dio cuenta de que allí empezaba todo, y tiene toda la razón. Desde pequeñas muchas niñas pasan la jornada escolar lidiando con verdaderos salvajes que suben faldas, tocan traseros, tiran del pelo, y un subestimado largo etcétera.

Esta manía de buscarle justificación al maltrato es la semilla que germina en muchísimas mujeres que luego no saben cómo interpretar los insultos o los golpes que en no pocos casos las llevan a la tumba.

Ya basta de esa nauseabunda estupidez de “quien te hace llorar es quien te ama” o “me duele a mí más que a ti”. NO, NO y NO. Esas son las excusas bajo las que se escudan los maltratadores. Y esas excusas no son solamente utilizadas por los familiares de los agresores, sino aceptadas entre risas por los referentes adultos de quienes padecen en medio de una confusión que huele a muerte.

El maltrato no solamente es el que ejecuta la pareja o esa peligrosa categoría que insiste en serlo sin considerar la voluntad ajena. El maltrato es también la mirada que recibe una mujer cuando por fin un día suelta todo eso que la oprime y la hace vivir con miedo a terminar en los titulares de un noticiero. Al maltrato se suma el “¿por qué?” que la mayoría de los hombres pregunta antes de un “¿estás bien?” como si hubiera un motivo para justificar una bofetada. El maltrato además es conocer la situación y no llamar a la policía porque “si no lo hace ella por algo será”.  También es preferir no saber para luego no tener que alojarla en tu casa –con los niños, si tiene– ni convertirse en parte del blanco. Maltrato es pensar “ellos se entienden así” sin tener en cuenta que ella no ve salida a su situación. En pocas palabras, el maltrato no se queda en lo que hace la bestia que agrede a una persona, sino que abarca el silencio, la indolencia o el veredicto de quienes le rodean.

 

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No more likes

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La muchacha de los zapatos azules de pronto notó que no sabía lo que ocurría a su alrededor, que no veía rostros sino letras, que se le escapaban los detalles de la ciudad en la que vivía. Notó también que no era la única, pues al levantar la mirada vio que todos estaban cabizbajos absortos en un mundo que no era real.

Recordó que ella era de las que escribía cartas muy largas para sus hermanos, amigos y el hombre que le aceleraba el pulso haciéndole sentir a los veinte años ya había encontrado al amor de su vida. No le interesaban los ordenadores, se resistía a eso llamado “curso de computación”. Aunque a veces se aferraba a las caras y fugaces llamadas telefónicas que con el paso del tiempo comenzaron a parecerle cada vez más exorbitantes y más efímeras, no quería que nada rompiera la magia de un trozo de papel manuscrito ni la ilusión de una postal que cruzaba mares para llegar a su destino. Sin embargo, un día dejó de serle suficiente el mes que le tomaba al sistema de correos dejar apretado en el buzón un sobre gordo de palabras de amor que a pesar de haber hecho miles de kilómetros conservaban el perfume de la piel que tanto extrañaba. Fue así como con la ayuda de un amigo accedió a abrirse la primera cuenta de correo electrónico –que aún conserva– para intentar reducir las esperas.

Tanta tecnología era abrumadora, pero pronto se acostumbró  a que una dirección de correo electrónico fuera la llave para abrir muchas puertas en un laberinto que comenzó a recorrer un poco en penumbra sin saber que un día se sentiría prisionera de tanto clic.

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El voto más caro del mundo

mexico cnn

Durante el verano que dentro de unas horas será historia en España, la Dirección General de Tráfico hizo una campaña para concienciar a los conductores sobre lo caro que puede salir atender a otra cosa que no sea el volante: las gafas más caras del mundo, la canción más cara del mundo, el porro más caro del mundo…  Cada video refleja las consecuencias de una distracción, o más bien una mala decisión al conducir. Desde fallecidos, pasando por lesiones permanentes, orfandad, familias rotas… Vidas que cambian para siempre a raíz de una desgracia.

En Venezuela es imposible hacer una campaña de ese tipo, pues no se puede responsabilizar a un conductor de no entretenerse durante el viaje. Ya bastantes distracciones tiene cada día: los asaltantes en los semáforos, los piratas de carretera, los cráteres en la autopista, la oscuridad en las vías, los túneles cayéndose, la gasolina de mala calidad, los guardias matraqueros. La falta de repuestos, de módulos de auxilio vial, de lugares de descanso… Circular por las vías venezolanas es una demostración de la habilidad de millones de conductores que a pesar de todo lo que tienen en contra son capaces de llegar sanos y salvos a su destino. Da pena, pero mientras el “gobierno bolivariano” gasta miles de millones de bolívares sustituyendo ojos de gato o señalización de las vías por propaganda, en cada kilómetro de asfalto los venezolanos recuerdan que todo esto es consecuencia del voto más caro del mundo.

  notitarde

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Importamos nosotros

Hace unos días se demostró una vez más que Venezuela es el paraíso de la corrupción, la violencia y la mediocridad. Venezuela es el lugar donde el cáncer llamado Socialismo del Siglo XXI ha hecho metástasis en todos los poderes del Estado extendiéndose hasta conseguir que no quede ni un solo metro cuadrado donde no se noten los síntomas de la putrefacción.

En la última semana han circulado las más profundas expresiones de repugnancia generadas por la decisión de una jueza que además de dar vergüenza de género, demuestra con su sentencia que hay mil formas de prostituirse –unas más caras que otras, claro–. También ha dado la vuelta al mundo la indignación por la condena a Leopoldo López, como si quedara vivo algún venezolano con capacidad de asombro sobre lo lejos que puede llegar este régimen de cobardes. Y no es que sea poco lo ocurrido, sino que parece increíble que con todo lo visto durante casi diecisiete años alguien de verdad creyera que este juicio absurdo terminaría de otra manera.

Del otro lado del mundo, mientras parlamentarias españolas intentan en Bruselas que el embajador venezolano ante la Unión Europea les dé la cara, un indecente al que no le alcanza el sueldo de profesor que se gana haciendo propaganda sobre los libros que escribe y cuyas ediciones se multiplican a medida que avanzan los cursos para los que es necesario repetir el panfleto como loros si se tiene intención de aprobar, se dedica a tildar de terrorista a un hombre que está muy por encima de lo que él ni siquiera subido a su gran ego podrá alcanzar jamás, pues toda su fama se debe a que además de tener la lengua muy larga y la memoria muy corta, se ha dedicado a “asesorar” a un gobierno que viola derechos humanos, encubre terroristas, acosa a la prensa, y despilfarra dinero público a manos llenas en cosas como pagar informes de más de 400 mil euros que se agradecen con declaraciones infames jactándose de una hipócrita solidaridad que reclama respeto a la democracia y los derechos humanos, pero solamente a los líderes que no le firman cheques.

 

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Allí donde no estás

 

Hace un año y no quiero recordarlo. Llevo días intentando por todos los medios entretenerme para no afrontar la realidad e ignorar este aniversario imaginándome que todo sigue igual, pensando que soy una ingrata que no te va a visitar y que no tengo tu nuevo disco porque soy una tacaña.

Sigo confusa, no sé lo que es ni lo que no es. Solamente sé lo que quisiera que fuera, y allí me encierro, en la fantasía de los sueños, donde no hay límites, ni tristezas, ni desgracias. Los sueños, ese refugio fantástico del que no nos gusta salir. Si pudiera me habría pasado el día durmiendo para seguir soñándote, tenerte cerca y escuchar tu voz susurrando alguna palabra de esas que conmueven incluso al corazón más duro. Si pudiera, rebobinaría el tiempo como si fuera un viejo casete y lo haría sonar de nuevo, pero hasta la mitad. Así evitaría a toda costa el réquiem que acompañó tu partida.

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Querida Colombia, qué pena con usted

macundales

Llevo días viendo el maltrato, la humillación a la que están siendo sometidas innumerables personas en la frontera que desde niña nunca me pareció que nos separaba, sino todo lo contrario.

Durante estos días he estado pensando en la cantidad de colombianos que forman parte de la vida de los venezolanos –por lo menos los de mi generación–. Pensé en las señoras que ayudaban en nuestras casas, en el taxista que durante años me llevó al trabajo, en los padres de algunos de mis amigos, en la señora que pasaba vendiendo papas rellenas por los negocios del centro, en las secretarias que recibían con un guayoyo a todas las visitas, en el mecánico del taller, en el ejecutivo de la empresa de persianas, en la Gerente de Relaciones Públicas del hotel más importante de mi ciudad, y en la dueña de la tienda de ropa interior. Todos gente agradable, trabajadora y sumamente educada que un día decidió venir a nuestro país para construirse un futuro mejor. Sí, porque hubo una época en la que Venezuela era un lugar próspero que recibía con los brazos abiertos a gente de todo el mundo dispuesta a luchar como nosotros para conseguir eso que se nos ha ido de las manos no sabemos muy bien cómo. Hubo una época en la que los venezolanos no sabíamos lo duro que es dejarlo todo para empezar de nuevo, solos y con el alma en nuestra tierra.

 

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La playa ya no es gratis

 

En los meses de verano europeo las noches cortas ayudan a que las fiestas se alarguen hasta el amanecer. Nadie quiere encerrarse en casa durante el periodo que aportará la energía necesaria para soportar el nostálgico otoño y el intenso gris invernal en el que no se piensa, mientras, la alegría de ir descalzo por el campo o esquivar las olas exprime la ingenuidad que ilusiona a todos con un tiempo que parece eterno, pero que como todo amor de verano, no lo es.

En los países tropicales las despedidas no son definitivas, allí la eterna primavera cargada de clemencia reparte calor, sol y aguaceros a partes iguales. Nadie se despide del mar con tristeza, pues las visitas se producen una vez a la semana. Es por eso que los amores que se juntan un domingo cualquiera se mantienen vivos durante tanto tiempo, allí no hay invierno que ponga a prueba la robustez de su tronco ni la profundidad de sus raíces.

Vivir en un país tropical es como ser adolescente toda la vida. Cuando se es adolescente se llega a creer que todo es para siempre, que nunca se amará como hasta ese momento, que nunca se encontrarán mejores amigos, que todo será siempre igual. Y Venezuela como gran país tropical durante muchos años fue una dulce adolescente.

– ¡La playa es gratis! Decían los muchachos cuando veían pasar a una criatura blanca como una perla que hacía mucho no se había dado un baño de playa. Y así era, gratis como la mayoría de tesoros que en esa gran tierra muchos todavía no saben valorar. Ricos y pobres se juntaban en los kioscos camino a las playas más conocidas del país para desayunar empanadas o llenar sus cavas de hielo y bebidas para todos los gustos y bolsillos. Desde el vehículo más lujoso hasta el autobús más modesto repleto de jóvenes estudiantes se cruzaban en una autopista donde todos iban con alegría a divertirse, a disfrutar del agua cristalina, la arena fina, y el verde de las montañas que escondían paraísos inimaginables para los europeos sometidos al peaje del frío a cambio de tres meses de recompensa. Los muelles se llenaban de despreocupados visitantes que tranquilamente esperaban su turno para que una lancha los llevara a un cayo cualquiera donde poder reír, jugar, comer, hacer amigos, o simplemente tenderse como iguanas al sol.

 

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