30 de junio, 2014
Cambio de nombre
Venezuela hace quince años pasó de ser el morrocoy de la IV República al que el cachicamo de la propaganda, lo accesorio y lo innecesario llamaba “conchúo”, a un reino con heredero, todos los lujos que los petrodólares pueden comprar, y una corte llena de bufones que en lugar de risa dan ganas de llorar.
Este país sometido al régimen de los mediocres se ha convertido en una especie de gran Registro Civil donde cambiar el nombre de las cosas – mientras más ridículo, mejor – parece ser lo más importante para presumir de lo que se carece.
Pasamos de República de Venezuela a República Bolivariana de Venezuela, como si eso nos hiciera más bolivarianos. Nos clavaron una estrella más en la bandera porque parece que nos hacía más venezolanos. Pusieron al caballo de nuestro escudo a correr para otro lado, el pobre iba hacia adelante y lo voltearon en dirección al barranco. De tener Bolívar pasamos al Bolívar Fuerte, una moneda que de fuerte sólo tiene el mamonazo que se metió con tanta devaluación. Los Ministerios se multiplicaron y se convirtieron en Ministerios del Poder Popular del blablablá. Se preguntarán qué tienen de poder, pues el de robar ¿y de popular? que es una práctica normal. Al Ávila le pusieron un nombre que ni ellos mismos saben pronunciar, como si llamándose Waraira Repano íbamos a quererlo más.
Los reclusos de las cárceles donde se montan fiestas sólo comparables con las del Palacio de Miraflores – especialmente por la calaña de los invitados – pasaron a llamarse “privados de libertad”, como si eso los salvara del hacinamiento o de las carnicerías entre PRANES y les proporcionara dignidad o por lo menos las tres comidas diarias.
Los programas sociales pasaron a llamarse “Misiones” aunque podrían haberlos llamado “CoMisiones” por todo lo que se desaparece antes de llegar a sus destinatarios.
A las protestas las llaman golpismo. A los golpes de Estado que perpetraron ellos los llaman fiestas nacionales. A los asesinos les llaman “colectivos de paz”. A los opositores, terroristas o magnicidas. A la ineptitud, conspiración. Al robo, expropiación. A la represión, orden. A la tortura, trato excesivo. Al gas verde, gas del bueno. A las órdenes para asesinar, ataques fulminantes. A la violación de la Constitución imponiéndonos un presidente lo llaman “última voluntad”. A un parapeto, auditoría.
La persecución ahora se llama justicia. Los chulos, países amigos. A nuestros negros de toda la vida los llaman afrodescendientes, como si para tratarnos entre hermanos tuviéramos que sacar el ADN de nuestros tatarabuelos. Al engaño mayor, Comandante Supremo. A la violencia, sensación. A la disidencia, ataque. A la libertad de expresión, manipulación o matriz de opinión. A la mentira no le han encontrado nombre – especialmente cuando queda al descubierto –. A la escasez, acaparamiento. A la devaluación, SICAD I, II, III y los que hagan falta. A la falta de mantenimiento de las infraestructuras, sabotaje. A la desgracia, show. A los que salen de sus filas y cuentan cómo se reparten el botín, traidores. A la jaladera de mecate, periodismo. Al descaro sin precedentes lo llaman Consejo Nacional Electoral. A la manipulación la llaman Cadena Nacional de Radio y Televisión. A la habladera de gamelote, trabajar. A las guerras internas las llaman reestructuración de gobierno.
A la corrupción e ineptitud que pudren nuestras instituciones la llaman revolución bolivariana, como si involucrar al pobre Simón los librara de toda sospecha. Asfixiar a la empresa privada tiene el nombre de ofensiva económica. A la regaladera la llaman solidaridad. A los injustificablemente inútiles los llaman Viceministros. A los que no son capaces de ganar elecciones los nombran Jefes de Gobierno. A las Fuerzas Armadas, Fuerza Armada Nacional Bolivariana, a la Guardia Nacional, Guardia Nacional Bolivariana ¿Para qué? Para que suene más patriótico lamerle las botas al régimen y matar al pueblo – su nueva misión –. Al Estado Mérida (ese de los simpáticos muchachitos andinos) ahora lo van llamar Estado Bolivariano de Mérida, como si cambiándole el nombre consiguieran cambiar el carácter de los gochos.
Con la cantidad de muertos que tenemos cada día, me pregunto qué espera el régimen para llamar a nuestras morgues algo como “Llegadero de las Víctimas de la Revolución Bolivariana” o “Depósito de Cadáveres Comandante Supremo Hugo Chávez”. Y pintarlas de rojo (ya saben, el clásico despliegue de ordinariez) ponerles banderas de ocho estrellas, o decorarlas con ojitos de esos que abundan en las calles de Caracas. O de pronto ponerles un mural del corazón del pueblo tan grande como el dolor de las madres que recogen allí los restos de sus hijos. También podrían instalar cámaras de VTV para que transmitan durante las 24 horas lo que allí ocurre y asignarle su respectivo intérprete en lenguaje de signos para que nadie se quede sin saber cómo se desgarran los familiares que no consiguen urnas en las funerarias, o lo que es peor, que ni siquiera tienen con qué pagar un entierro. Estoy convencida de que las morgues de este país son las únicas que merecen que se les ponga en letras gigantes el nombre del principal responsable de esta mortandad. Y como el cinismo y el ego de este régimen malandro es tan grande, seguro que hasta se toman la molestia de hacer una inauguración a ritmo de salsa (el réquiem que le gusta dedicarnos).
A los que hacemos cola para comprar comida o ser atendidos en un hospital, a los que mendigamos en las redes sociales para conseguir medicinas, esperamos horas para ver si nos despachan una bombona de gas, nos quedamos sin agua o si nos llega no podemos beberla porque la que corre por nuestras cloacas parece más limpia y huele menos feo. A los que nos movemos con mil ojos esperando que nuestra mirada no tropiece con el cañón de un arma de fuego, mentamos madres cada vez que se va la luz, perdimos a un ser querido a manos de la violencia, o hemos visto a nuestras familias y amigos desparramarse por el mundo. Sí, a nosotros que antes nos llamábamos y nos llamaban venezolanos, en el mundo también nos cambiaron el nombre. Nos llaman PENDEJOS por habernos dejado montar la pata. Y a juzgar por el camino que llevamos, aunque muchos nos resistimos parece que otros tantos ya se acostumbraron.
Yo por si acaso dejo aquí escrito que me llamo Yedzenia, no vaya a ser que en medio de una patada de ahogado (de las que cada vez son más frecuentes) un día por decreto todas tengamos que llamarnos Rosinés.
Como siempre..Genial
De acuerdo!!