El peligro de la costumbre
Cuando las cosas son extraordinarias parece que tienen más valor, el no encontrarlas fácilmente las hace únicas, y quien las vive o las posee –si es lo suficientemente sensible e inteligente– las atesora.
Charles Dickens dijo que el hombre es un animal de costumbres –parece que no hace falta demasiado para demostrar que tenía razón–. Es muy sencillo acostumbrarse a las cosas buenas… Y a las malas. Pasa en todo, por ejemplo en las relaciones algunos se habitúan a las múltiples manifestaciones de amor hasta el punto de asumirlas como “normales” y en consecuencia dejar de valorarlas por lo que realmente representan: la belleza infinita del amor, un amor que con el tiempo pasa desapercibido pero que deja un enorme vacío cuando se va. No es hasta el momento de la ausencia cuando aparece la profunda sensación de pérdida con el famoso “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde” abofeteando de realidad al menosprecio por costumbre.
En los lugares hermosos se distinguen perfectamente a los locales de los visitantes porque mientras los últimos caminan hipnotizados por la magnificencia que los circunda, los primeros a través de la inercia la han interiorizado tanto que incluso se sienten parte de ella. La costumbre es muy amiga de la vanidad y ya sabemos que la vanidad no es de fiar.
Es lamentable ver cómo la rutina día a día mata la capacidad de asombro: los amores profundos e inmensos pasan a ser amores sin más, las maravillas son solamente un elemento con el cual sentirse superior al resto sin siquiera saber qué las llevo a ser tales, cómo surgieron, cómo es que siguen donde están. El beso de los buenos días pasa a ser un simple hola, una mirada, o a veces ni lo uno ni lo otro. Se cree entonces que eso que es nuestro lo es porque sí y que no es necesario hacer nada para darle un nuevo sentido e intentar merecerlo cada mañana.
Hasta aquí esto no es más que una modesta reflexión sobre el amor verdadero y el valor que le damos o no según se haya extendido en nuestro interior el virus de la vanidad. Sin embargo, hay una parte mucho más peligrosa, mucho más preocupante y dolorosa por lo que significa para muchos. Esa parte de nuestra vida que no apreciamos porque somos incapaces de imaginar que millones de personas viven sin eso que forma parte de nuestros días.


