5 de enero, 2014
Aquel último Día de Reyes
Allá en los lejanos años 80 en cualquier familia venezolana de clase media con una madre independiente y con trabajo (ya fuera por decisión o necesidad) lo normal era que se adoptara un miembro más, ̈la nanna ̈ para los niños, la señora de servicio para los prepotentes, la señora que ayuda en casa para los respetuosos, ̈la cachifa ̈ para los indecentes… En mi casa, la señora Delia.
La señora Delia era una mujer de 37 años de un pueblo del interior, tenía el pelo poblado de canas, una piel blanquísima que no demostraba su edad ni lo duro que había trabajado, bajita y de sonrisa permamente. Tenía tres hijos a los que había dejado en su pueblo para poder trabajar cuidando de los tres niños pequeños de otra familia… Vaya ironía, una mujer dejaba solos a sus hijos para cuidar los hijos de otra que también quería lo mejor para los suyos y se estaba dejando el lomo para conseguirlo. No era una babysitter, ella se ocupaba de todo, desde cocinar, pasando por el planchado, alcahuetearnos si recogíamos un perro recién nacido, la limpieza de la casa, cambiar pañales al más pequeño y vigilar que la oveja negra hiciera la tarea y no se matara con la oveja blanca… Sobra decir quién era cuál oveja…
La señora Delia formó parte de mi familia en todos los sentidos, fue tratada como una tía, y a la hora de ser reprendidos, como una madre. Durante las vacaciones escolares se traía a sus hijos a la casa y aquéllo se convertía en una fiesta infantil. Pasaron los años (muy pocos para la tranquilidad de mis padres y el cariño que se había ganado) cuando nos dio la “terrible noticia”. Había ahorrado suficiente dinero para montarse una bodeguita en su pueblo y poder cuidar de sus verdaderos hijos. Los años de sacrificio habían dado sus frutos y por más que a sus hijos postizos no nos gustara, era justo liberarla. Así que se fue, entre sonrisas y lágrimas, con su pelito sujeto por un ganchito de cada lado, sus canas que apenas si le cubrían la nuca, con su bolso lleno de ropa, regalos e ilusiones, y con una última promesa “volveré para visitarlos, pórtense bien”.
Pasaron los años, demasiados para lo que la habíamos extrañado, pues desde su partida no hubo una sola persona capaz de comportarse como era debido. Perdimos la cuenta de cuántas muchachas pasaron por casa, la que no robaba, quería pegarnos, la que no nos dejaba solos para irse a pasear, bajaba a cenar en ropa interior… En fin, un hueco que quedó vacío porque su esmero, cariño, responsabilidad y decencia eran irrepetibles.
Cuando fui “au pair” de una maravillosa familia italiana supe cada minuto lo que sintió la señora Delia. Amar a esos niños y cuidarlos como propios, incluso tener debilidad por uno de ellos. Amarlos profundamente como para no querer dejarlos nunca sabiendo que un día me despediría de ellos y se me desgarraría el alma. Después de unos maravillosos años se repitió la historia, se repitió la despedida, pero yo ya no era la niña celosa que se quedaba sino la “madre” que se iba…
Llegó el Día de Reyes, un día que en Venezuela no tenía mucho de especial (aparte de estrenar el quinto cambio de ropa y zapatos) porque los regalos “potentes” los habían dejado San Nicolás y/o el Niño Jesús dos semanas antes. De repente, y como el mejor de los regalos, la señora Delia asomó sus canas en el jardín de la casa de mi abuela. Hablamos mucho, pasamos un rato agradable e inolvidable, y nos despedimos con alegría como era justo.
Hace tres días hablamos de ella en mi casa, todos nos reímos y pregunté qué sería de su vida porque sería bonito visitarla… Mi mamá me dijo que era familia de la esposa de un conocido y que seguramente él sabría cómo ubicarla.
Ayer vi al señor e ignorando que es viudo desde hace dieciocho años le pedí ayuda. Así que después del papelón al preguntarle si podía hablar con su mujer para localizar a la señora Delia, recibí un palo. Me dijo: “Delia también se murió hace un bojote de años”… Nunca imaginé esa respuesta y como se acerca el Día de Reyes creo que lo único que puedo hacerle es este regalo, porque dondequiera que esté supongo que le alegrará saber que a pesar de los años algo de ella quedó en esta familia.